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Harina Mitxelena, Miguel (Hugo Salado)

Al amanercer, junto al muro



 

 

 

        AL AMANECER, JUNTO AL MURO

 

 

 

 

 

HUGO  SALADO
En el sentido nada habitual del término. Se lo dijo como un escupitajo, con el rencor no olvidado de las últimas afrentas.

–Mire, Novelle, es usted un cínico, y lo vamos a resolver como se resuelven estas cosas–. Y ese iba a ser un gran error.

Se despidieron, no sin establecer lugar y hora. Sería en tres días, y Crenoux se alejó digno y considerando que la respuesta había sido proporcional al ataque.

No en vano durante los últimos meses tuvo que soportar lo indecible, desde aquella mañana en que por vez primera se cruzaron ambos junto al paseo con la señorita Lavigne. Novelle, quien ya la conocía, se ofreció a presentarlos, y así se hizo, un tanto forzado. Al menos es la sensación que se llevó del incidente Crenoux, quien aún no creía conocer lo suficiente a su amigo.

Los sucesivos días se prestaron a paseos al sol, por parques y avenidas, y algún que otro encuentro de elevada calidad etílica. La ciudad prestaba playa y asfalto. La señorita Lavigne dividía atenciones, ahora el viejo conocido Novelle, ahora el recién Crenoux, simpático y hablador, con un fondo de océano de invierno, según creyó intuir. No se lo dijo, no quiso profundizar en la impresión inicial, y mantuvo sus tardes tranquilas en compañía doble.

¿Cómo empezaron las pequeñas tormentas?

En el doble fondo de agua de la mente de Crenoux algo comenzó a removerse en erupción, y él pensó: Raoul, no te inquietes, es preciso mantener la tranquilidad en tu vida. Pues era prisionero de su propio pasado, del cual aún estaba emergiendo en estos años del nuevo milenio. Esta nueva época donde han desaparecido los dioses y las culturas, donde el nuevo Zeus se disfraza de economía o simplemente de heraldo de la guerra. No podía creer que estuviera mirando a la dama con nuevos ojos viejos de otra era.

Él tuvo por cierto que estaba dado el nuevo paso en su viaje por la existencia, en su recreo por la filosofía que pretendía realizar, y de pronto dudaba.

–Crenoux, permanece tranquilo–, se dijo a sí mismo y comenzó a desempolvar las viejas novelas, que trataban de sentimientos entrelazados fuertemente con la carne, cuando la vida no pasaba por debajo o tan lejos de lo cotidiano. Aquellos tiempos en que hacía calor, en el alma con las emociones, con el verano en el cuerpo. Y quiso repetirlo, e invitó a Mme. Lavigne.

Bruno no podía salir de su asombro desde su pantalla electrónica cuando ella se lo contaba. Eran esas actitudes propias de otra época que se le imponían como un dolor de cabeza, como una invasión de cólera venida desde otro tiempo.

–Me llama mademoiselle –contaba ella–. No me lo puedo creer. Y me da la mano para entrar en los  locales y salir del coche.

Crenoux la esperaba en la puerta del trabajo, y la idolatraba. –Señorita, yo os amo –le dijo en una ocasión. Y Carol se tragó el chicle del susto.

–¿He dicho algo inoportuno? –se ruborizó Raoul en una reverencia, temiendo que el cielo se cerrase tormentoso ante sus palabras. Volvió al plural por aquella vez.

–Creo reconocer la situación, amigo Bruno –especificaba Raoul al relatar a su camarada la situación en que se revolvía. Bruno asentía y callaba–. Si el mundo lo entiendo como amenazador, se convierte al instante en amenaza. Ya sé que me lo negarás, pero desde mi acercamiento a la señorita Novelle, llegan a mi mente toda clase de peligros y temor a decepciones.

Novelle le daba largas, le daba evasivas. En realidad no sabía cómo contestar. Él tan sólo pretendía un acercamiento, más íntimo si puede ser, en palabras suyas, a Caroline.

¿Cómo le explicaría que el nombre era falso, y el apellido?. ¿Cómo le explicaría por no haber querido detener una broma antes de que cruzara la frontera de lo divertido? Le diría que la nube negra que se cernía sobre él, querido Raoul, no era sino la garra del desengaño, el primer asomo de la locura.

Bruno buscaba las palabras que calificaran la situación. De momento dudaba sobre la actitud que adoptar, oyendo día a día el desarrollo de la emoción del otro.

–Podrías llamarla.

–Se niega a contestar a mis toques telefónicos, por favor, si tú pudieras decirle algo.

–Quítamelo de encima, le había pedido ella.

Y Bruno ya aceptó totalmente que se habían desbordado los muros de la normalidad.

–Ella me ignora, ella me crea dolor en el alma –continuaba quejándose Raoul Crenoux. Se emborrachaba con sus novelas del siglo XIX; y caía en desmayos y desalientos. Velaba las noches sometido por las furias del insomnio. Y la bola iba creciendo con cada uno de los giros de la tierra, cada día más.

Días de lluvia y grisura en el cielo que incrementaron el trastorno de Crenoux; tardes de invierno y los paseos azotados por vientos: el paisaje ideal para la caída en la melancolía.

–Un día más y vendrá lo inevitable, no puedo aplazarlo más.

Raoul se sinceró con su amigo, le abrió su alma para vaciarse de la angustia que quiso tener. Estaba repitiendo los movimientos del alma que creía correctos, los pasos de un galanteo que, penosamente para él, y no lo sabía, ya no funcionaban en el hoy.

–Esto está llegando demasiado lejos –quiso imponerse Bruno con un tono de voz más enérgico–. Se acabó.

Pero Raoul ya no quiere, o no puede comprender. Su capacidad para la lógica ha quedado desmontada e inservible, no le caben razonamientos acertados en la cabeza. Se siente amenazado. ¿Por quién? Qué más da, la insensibilidad de la época, o los demonios de los celos.

El destino quiso colaborar con la exactitud de lo inoportuno. Crenoux estuvo gritando su dolor al mar en el paseo, pálido y casi desmayado del frío. Al borde del desaliento o de componer una figura trágica de suicidio para la cual le faltaba el valor. Volvía desanimado hacia el centro de la ciudad, arrastrando sus pasos junto a las puertas cristaleras de los multicines. Bruno y la chica salían del local en el preciso momento que su mirada se dirigía inconsciente al interior, ella acompañada de Bruno, entre bromas y risas. Un abrazo cordial o simplemente amistoso, reventó como un misil en el pecho de Raoul, espectador inoportuno.

–Mire, Novelle, es usted un cínico, y lo vamos a resolver como se resuelven estas cosas.

–Espera, déjame que te explique.

Pero ya Crenoux corría y se perdía en las calles, entre las pocas personas que aún quedaban dispersas en la ciudad.

Su falta de valor le proporcionó la osadía de quien se siente engañado. Lo habían traicionado y ya nunca podría confiar en nadie.

“Al amanecer, junto al muro del cementerio, el domingo” decía el correo electrónico que recibió Bruno. La primera sorpresa fue comprobar que Raoul sabía manejar un ordenador para enviar mensajes. La segunda sorpresa, era que proponía un duelo a espada.

Decidieron que tenían que ir,  al menos para convencerlo de que en el mundo, en la ciudad, había también un lugar para él. No sabían cuándo había comenzado a perder la razón de aquella manera, y ahora estaban estupefactos ante la postura adoptada. Se podía deber a la extraña forma de vida que llevaba últimamente, de noches sin final que duraban tres días: cabía la posibilidad. Una forma de vida habitual que no todo el mundo es capaz de soportar: pudiera ser. No habría que hacer más suposiciones.

Curiosa cita para un extraño duelo a espada. Increíble.

La noche del sábado transcurrió como todas. Bruno permaneció más taciturno que de costumbre en medio del grupo, no bebió ni participó en ninguno de los ritos de cada semana. Parecía preocupado.

Con las primeras insinuaciones del alba cuatro coches se dirigieron hacia el cementerio. Era el momento de la cita. El muro daba al norte, y evitaba también que llegaran las luces de la ciudad. Era un ámbito sombrío, cuando no tenebroso. Muy propia la elección.

Inquietud ante la figura del hombre joven que aguardaba desde la alta noche junto a la pared de sillares casi tapada por la hiedra.

Saludó y se negó a escuchar ningún consejo, ninguna explicación. La cobardía no acepta palabras, se limitó a contestar. Sacó dos espadas de acero afilado de una funda de cuero.

–No tengo más que decir.

El tiempo se detuvo un instante y Novelle buscó con la mirada al grupo para que alguien parase todo aquello; alguno que dijera ya está bien, tomara a Raoul por los hombros, y como en otros tiempos volvieran a la carretera a buscar lugares tranquilos, bares ruidosos o descampados fuera de hora, de nuevo hasta el anochecer.

Inconcebible. De pronto la escena se convirtió en un rito, en una ceremonia imparable como la del baile sin palabras, entumecido el entendimiento por la percusión machacona.

Se vio de pronto Bruno a sí mismo con el arma en la mano frente a Crenoux que vestía totalmente de negro. Sintió temor.

Recordó lo que oyó una vez a quien ahora lo enfrentaba con una seguridad implacable: si nuestra mente cree que estamos amenazados, realmente estamos en peligro.

Todos callaban y miraban sin moverse, y lo que hubiera podido quedar en una anécdota para rellenar huecos en la conversación en el futuro, se había convertido en una ceremonia solemne. El silencio de la mañana aguardaba acontecimientos.

–En guardia  –oyó. Y se vio como en un sueño.

Raoul levantó el arma al frente, y fue, por un instante un hombre de otra época. Lo que él siempre deseó. Miró a su mademoiselle Lavigne que permanecía petrificada, como ausente, con toda la angustia concentrada en el pecho. Ahora ella se sentía responsable de aquello, sin demasiada precisión, pero responsable.

El pequeño grupo esperó qué iba a ocurrir, casi en éxtasis ante el espectáculo.

Fue un instante escaso; Bruno no supo armar la figura, y Crenoux, tal como había ensayado mentalmente miles de veces estiró el brazo derecho y lanzó una estocada feroz, descargando el temor y la rabia por la afrenta que había recibido en el centro de su orgullo. Toda la fuerza concentrada en la empuñadura de la espada, transmitiendo la de su brazo.

El momento quedó grabado en su cerebro para siempre: el cuello desnudo de su contrincante que esperaba todavía que aquello no fuera verdad, recibiendo el acero. Lo atravesó de adelante atrás, limpiamente, y saltó un chorro de sangre, nítido y oscuro. Se doblaron las rodillas y ni un sonido salió de su garganta, paralizado su cuerpo por la sorpresa y por la noticia inmediata de su muerte.

En un minuto habían partido los coches en todas direcciones, incrédulos y aterrorizados sus ocupantes. Crenoux miró al cielo y susurró unas palabras antes de partir caminando, con las espadas en su funda.

El cuerpo inane de Novelle, permanecía caído junto al muro, en la mañana del día impensado que no vería anochecer.

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