La palabra remite a un objeto frío, de naturaleza mineral, que puede tener apariencias infinitas. No estoy tan segura de lo que acabo de definir y consulto el Diccionario de la Real Academia Española. En su primera acepción dice: Sustancia mineral, más o menos dura y compacta, que no es terrosa ni de aspecto metálico. María Moliner es aun más sucinta y la define como material de las rocas.
La que tengo en mi mano puede estar contenida en esas definiciones, pero también las excede con su combinación de tonos ocres y grisáceos, las excede cuando me toca con su piel rugosa. Porque no es lisa, y así me hace una observación con su presencia. Me permite distinguirla de un canto rodado, por ejemplo, o de un pedazo de mármol. No tiene la elegancia del mármol ni su calidad para encarnarse en una escultura. Soy sencilla, me dice, y pienso en esas mujeres que engatusan así a los hombres y luego los vuelven locos con sus caprichos. El color ocre también me insinúa algo, pero no se atreve a vociferar; más bien me habla con el tono burlón de las adivinanzas, con el aire de superioridad de quien las formula. ¿Tendrá un poco de hierro en forma de óxido? Yo no sé nada de minerales, sólo puedo decir que es plana, de bordes irregulares y que cabe en la palma de mi mano. Tiene el tamaño apropiado para eso, para convertirse, si alguien se hubiera propuesto afilarla, en un arma prehistórica, un utensilio para descarnar un ciervo, por ejemplo. Pero también tiene el tamaño justo para que alguien la elija entre un montón de sus congéneres con el fin de transportarla en un avión sin que se la culpe por exceso de equipaje. Porque esta piedra, ordinaria por las características enunciadas, ha viajado en avión, arropada por algunos sweaters que la protegieron de cualquier trauma físico que hubiera podido sufrir en el trayecto. Cuántos kilómetros hay entre Masma y Buenos Aires no debe saberlo, ni creo que le importe. No son éstas las primeras cosas que preguntaría una piedra si le fuera dado el don de lenguas, me imagino. Quizá quiera saber de qué está hecha, cosa que, evidentemente, no le puedo decir; cuándo nació y para qué está en este mundo, pregunta que a nosotros se nos hace muy difícil responder cuando de nosotros se trata. Muy bien: yo podría contestarle algo, puede que calme un poco su ansiedad y deje de hacer preguntas por un tiempo.
Formaste parte de una casa, perdida entre la multitud que se parecía a vos, hecha de la misma materia. Tal vez le daría un ataque de depresión por su falta de originalidad, eso de descubrir que como uno hay millones; se sentiría insignificante, una hormiga en medio del universo. Pero ¿acaso la ciencia con su falta de indulgencia no nos viene diciendo que el hombre ocuparía el tiempo de un parpadeo en la historia del universo? La verdad es que no la quiero desilusionar, para eso no hizo semejante viaje. Aquí la tengo, en mi mano izquierda, objeto de mi observación. No puede hablarme, vamos… Debe saber a esta altura de su vida que es muda, pero su silencio me dice muchas cosas, me permite imaginar. Está bien... hago trampas. Me contaron parte de su historia.
Hay en algún lugar remoto de Galicia un campo, y en ese campo persiste, abandonada y en ruinas, la casa donde nació mi abuelo, piedra apilada sobre piedra por manos que sobreviven de alguna forma en las mías, como si el linaje de nombres y rostros desconocidos culminara precisamente en mi mano izquierda con el único fin de legarme esta piedra y todas sus preguntas. De entre los muros en peligro de derrumbe y las vigas podridas que todavía se esfuerzan para contenerlos, mi hermana, que había llegado allí guiada por nuestros familiares, la eligió pensando en mí, piedra desamorada del muro como tantas otras que se le hermanaban en el piso de tierra y hierbajos, piedra que resume la sencillez de una casa que no conoció los beneficios de la luz eléctrica ni del agua corriente, piedra que no podría imaginar el viaje que todavía le esperaba y su cambio de destino, porque dejó de ser material de contención para convertirse en un ladrillo de memoria. Todo eso puedo explicarle yo. Espero que no se desilusione. No veo ninguna reacción en ella que me de motivos para dejar de imaginar o de hacerme preguntas. ¿Pero qué tiene de particular? ¿Cuál es el secreto de su singularidad?
A veces me pongo a mirar una piedra.
No me pongo a pensar si siente.
No me extravío llamándole hermana mía.
Pero me gusta por ser una piedra,
me gusta porque no siente nada,
me gusta porque no tiene ningún parentesco conmigo.
Tomé prestados estos versos a Fernando Pessoa. Mejor dicho, a su heterónimo Alberto Caeiro. Hay algo que verdaderamente me incomoda. Dejo la piedra sobre la mesa y la miro extrañada. ¿Por qué tanta intimidad entre nosotras? ¿Qué parentesco tiene conmigo? Después de todo, yo no conozco la casa de donde procede: nunca fui a España. Pero hace unos cuantos años, ignorando que esa casa existía, escribí un relato en el que la inventaba:
La casa estaba abandonada, en medio de un enorme matorral. Las paredes eran de piedra, y en las juntas había crecido toda clase de flores silvestres. Las puertas y ventanas, de madera, estaban podridas. Entramos a ese lugar que yo había imaginado tantas veces en blanco y negro, como todas las historias del abuelo, como si fueran escenas salidas de una película de cine mudo. Después de ver esos interiores oscuros, donde jamás había llegado la electricidad ni los colores, pensé que no me había alejado tanto de la realidad. En la cocina, sin embargo, entraba la claridad de la mañana por un gran ventanal. Vi el horno de barro de donde mi bisabuela sacaba el mejor pan casero de la aldea, el mismo donde se horneara el lechón de Nochebuena que comían en el mesón largo de roble, ahora apolillado, que se habría derrumbado al apoyar el primer plato. Los imaginé a todos ellos, sentados muy juntos en esos bancos llenos de telarañas, acomodados en dos largas hileras a ambos lados del mesón. Vi sus pies sobre la tierra apisonada, tan dura que seguía siendo lisa después de casi un siglo.
Seguí recorriendo los cuartos, habitados por el viento que se colaba por las aberturas, y también, por los fantasmas cuyas caras conocía por haberlas visto en tantas fotografías amarillentas. Eran fantasmas de mujeres con sus caras antiguas, de cejas espesas, inseparables. Llevaban un pañuelo que les cubría la cabeza y polleras amplias hasta los tobillos. Solamente mostraban la cara y las manos; había que adivinar la forma de sus cuerpos. No sé por qué no podía imaginarme el aspecto de los hombres, quizá porque en las fotografías no parecían tan antiguos. Iba esquivando las vigas caídas por el suelo y, a través de una ventana o lo que quedaba de ella, lo vi al abuelo, al pie de un olmo, escarbando en la tierra con las manos.
Ni siquiera reconozco el estilo, empezando por los fantasmas; tal vez sí, cierto toque sentimental. En todo caso, ¿qué parentesco tiene conmigo la que escribió ese cuento? Lo que recuerdo muy bien es que la casa en ruinas que imaginé entonces se parecía espeluznantemente a la que vi, algunos años después, en las fotografías de mi hermana, que deambulaba, como el protagonista del relato, entre las vigas y la vegetación que lo invadía todo, mientras buscaba la piedra que me regalaría. ¿La imaginación debe ser fiel a la realidad?
Recuerdo un bellísimo ensayo de Borges que hermana a Coleridge y a Wells en la idea de utilizar una flor para demostrar la realidad de las fantasías. Coleridge imaginó que a un hombre le daban una flor en un sueño mientras atravesaba el Paraíso, como prueba de que había estado en él. El hombre, al despertar, encontraba la flor en su mano. Wells hace que el protagonista de “La Máquina del Tiempo” traiga una flor del futuro. La piedra que viajó desde la imaginación en una maleta, arropada por los sweaters de mi hermana, llegó en avión hasta la tangible Buenos Aires y sigue quieta sobre la mesa, fiel a esta realidad. No se cansa de su postura incómoda. La realidad de la mesa es dura, pero a la piedra, acostumbrada a su propia dureza, no le debe importar demasiado. Me pongo a pensar si siente.
Nota de julio de 2008:
Finalmente, viajé a España. En Madrid pasé una semana maravillosa (amigos queridos, Goya, Velázquez, la primavera dejándose oler en las noches con perfume de saúco) y luego, inexplicablemente, tomé rumbo sur, después hacia Cataluña. Alegué el interés en la influencia árabe, la arquitectura de Gaudí y los modernistas, y otras excusas vergonzosas, como el sol y no tener licencia para conducir, al rechazar las invitaciones de mis familiares en Galicia.
En su gran novela, Proust nos hace ver constantemente, a través de su alter ego, la decepción que le causa encontrarse en la vida real con lo que había imaginado, porque lo imaginado siempre era superior. Y en “El loro de Flaubert”, Julian Barnes nos recuerda que en el final de “La educación sentimental”, Frédéric y Deslauriers rememoran el deseo previo a su visita fallida al burdel como el mejor momento de sus vidas: ¿Quién necesita irrumpir en el desolado desván del cumplimiento?
Sospecho que evité ir a Galicia por culpa de la piedra.