Pérez, echado sobre la hamaca, miraba el techo y hacía crujir sus dedos cuando sonó el teléfono. Sí, soy yo, dijo. No quería mostrarse nervioso ni mucho menos emocionado, pero no conseguía controlar una cierta torpeza al hablar, una voz privada de acierto que lo delataba: entonces, hasta mañana a las cinco ¿no? Ah…, un momento, disculpe eh, ¿me podría repetir la dirección? Sí, claro que sé donde está, aseguró con firmeza antes de despedirse. La Plaza de los Héroes…, no tenía la menor idea de dónde quedaba, sin embargo, no había querido mostrarse inexperto. Podía darse el caso de que un simple titubeo fuera interpretado como una incompetencia, y él no estaba dispuesto a correr ningún riesgo, a vacilar o cosquillear ligeramente un error que le costara esta oportunidad. Se ilusionó al pensar que podía tratarse de una empresa importante, pronta a proponerle una oferta que le cambiara la vida. Estamos en el número veintisiete de la Plaza de los Héroes, justo al frente de la fuente, le había dicho.
El número veintisiete no era más que un enorme galpón pintado de blanco. Sobre sus muros, nada que pudiera identificarlo, ninguna insignia, mucho menos un nombre. Pérez atrapó el predio con una ojeada que abarcó la plaza y las casas vecinas. Aquella mirada circular lo dejo en suspenso. Tanto la hierba de la plaza, que crecida libre y desordenadamente perturbaba la visión de la fuente, como las casas alrededor, típicas moradas de un barrio popular, no cabían en la idea de una zona corporativa.
¡Adelante!, es aquí mismo, sintió decir entusiasta a un hombre que salió improvisamente del anónimo inmueble. Pérez accedió vacilante, y a pesar de que pretendía aclarar ciertas dudas antes de entrar, no atinó a formular preguntas ni a pedir explicaciones. El hombre le señaló un sofá acomodado junto a un bebedero al ingreso, luego se retiró con pasos apurados.
Pérez aguardó allí un momento, unos cuantos minutos que le fueron suficientes para escudriñar el lugar: un amplio espacio, largo unos treinta metros, desprovisto de cualquier objeto y exageradamente pulcro, una puerta al fondo que parecía comunicarse con lo que debía ser una oficina. No creo que sea aquí, se dijo, al contemplar el vació. Estaba por marcharse, convencido de encontrase en medio de un malentendido, cuando cinco hombres vestidos con trajes blancos aparecieron en el fondo de la sala. Al verlos portar una tambora, una güira, un acordeón y una guitarra, experimentó una relativa calma. ¡Son músicos!, no me he equivocado, pensó.
-¡Bienvenido!, mi nombre es Pascual, dijo uno que abandonó el grupo para acercársele y estirarle la mano a modo de saludo.
- Eduardo Pérez, para servirle. ¿Es usted el agente?
- Dejemos las presentaciones para más tarde, ahora le invito a acercarse al escenario. Como ve, los muchachos se están preparando para ofrecernos una demostración. Me acompaña por favor…
Los cuatro músicos simétricamente ubicados a los costados del repentino escenario, formaron un semicírculo que dejaba al centro un amplio espacio desocupado. Pérez comprobó gozoso la ausencia de un cantante. Posiblemente estaba de pie frente a la que sería su orquesta. Esta idea lo tranquilizó. Se sintió reconfortado y alentado en la ocurrencia que lo había empujado hacia aquella situación. ¡El Pérez tendría una banda propia! En cuanto intuyó esta posibilidad, poco le importaron las exquisitas ambiciones que había alimentado durante los últimos tiempos. Últimamente soñaba con ser contactado por una importante empresa discográfica, con escuchar sus canciones en las emisoras más importantes del país y con ver sus propios videos en la televisión. Sin embargo ahora y repentinamente, se aventuraba en la gloria de unas vagas pretensiones: imaginó los ensayos con el grupo de músicos, luego los conciertos abarrotados de gente con el merengue como dueño de la atmósfera: todos bailaban, y él sobre el escenario, cantaba.
A la cuenta de tres, dijo Pascual, y llegado el tercer número, la banda comenzó a sonar. Menuda sorpresa se llevó Pérez al escucharles tocar la canción que había compuesto en respuesta al anuncio del periódico: “¿eres un músico amateur en busca de oportunidades? ¿Te gusta componer y cantar? Nuestra empresa, una importante agencia del mundo del espectáculo, está en busca de talentos. No pierdas tiempo: escribe una canción en ritmo de merengue, luego graba un video en el que la cantes y envíalo a la casilla postal número cinco de esta capital. Si el material nos gusta, un agente se comunicará contigo”. Cierto, sabía que lo habían llamado porque el tema les había complacido, pero no fue hasta que escuchó su composición reproducida al vivo por un conjunto profesional que probó la verdadera satisfacción por sus hazañas y manías de músico.
La interpretación instrumental de su canción era perfecta. No tenía ninguna duda, los músicos eran excelentes. Fijó la mirada en el movimiento del palo que golpeaba un extremo de la tambora, a tiempo que la mano libre del músico batía el lado opuesto en una combinación precisa de técnica y ritmo. Repetía para sí la letra del tema que había compuesto, a la espera de que le dieran la señal para que se incorporara al cuarteto, para que ocupara su lugar al centro del escenario, cuando la música se interrumpió de sopetón.
-¿Has pensado alguna vez en cantarle a Dios?, escuchó decir en medio de un imprevisto silencio.
La pregunta le atravesó el cuerpo como una fría corriente de aire. Se sintió traicionado, debilitado por un abatimiento que producía en su organismo un efecto similar al de la fiebre.
¿Es esta una secta?, interpeló Pérez, lanzando una mirada errante que envolvió un momento a los músicos, otro a Pascual y más tarde al vacío y amplio espacio que ocupaban. El escrupuloso blanco de los trajes que vestían esos hombres y el detallado aseo del galpón, lo envolvieron en una anómala atmósfera, en un cierto terreno de lo desconocido.
- De ninguna manera, esta es una iglesia, contestó Pascual, casi irritado.
Pérez improvisó una serie de disculpas con la esperanza de marcharse, sin embargo, le fue imposible liberarse de una laberíntica conversación que a través de dichos, citaciones y frases conducía siempre a Dios. Sitiado por un cerco de palabras que obstruía su fuga, decidió asentir con la cabeza y simular un repentino interés, una falsa sumisión que, estaba convencido, lo protegería.
Supo que Pascual era un pastor y que estaba por inaugurar un templo evangélico en aquel galpón. Una iglesia más de su movimiento religioso, desprendida de una mega estructura que escapaba a cualquier territorio e idioma. Eran millones los fieles y los templos repartidos en todo el mundo. Una especie de pulpo gigantesco que alcanzaba con sus brazos la periferia y el centro mismo de la tierra, le dijeron. Al interno de esta familia planetaria todos cumplían una misión:
- Tú sólo tendrás que cantar, cantar con pasión, vibrar en el escenario hasta que la alabanza alcance un entusiasmo sublime. La energía que se produzca en el templo dependerá de tu capacidad. Pero no te aflijas, no será difícil. Te repito, sólo debes cantar, cantar con brío, despertar tus instintos de músico y escribir canciones como la que compusiste para esta selección.
Esa, aclaró Pérez, es una canción en ritmo de merengue, inspirada en una mujer…
No importa, le respondieron. ¿No hablaba acaso de amor?, pues bien, qué era Dios sino amor. Bastaba pensar en el Señor y remplazar los términos mundanos por aquellos divinos. En cuanto al ritmo, un sonido alegre y contagiante era perfecto para el culto.
Al despedirse, Pérez prometió regresar al día siguiente con la letra de la canción modificada. Esta vez, a sugerirle las palabras no sería su amor por una mujer, sino su fe en Cristo. En el galpón le esperarían los músicos listos para ponerse a su entera disposición: harían cuantas pruebas fueran necesarias, conectarían los micrófonos y los amplificadores.
Lo de los amplificadores le había parecido una buena idea. Después de todo sólo le pedían alterar algunas palabras. En el fondo, la canción continuaría siendo la suya y durante el ensayo, los vecinos de ese barrio la escucharían. A pesar de que prefería no regresar, decidió, amparado en la convicción de saberse capaz de controlar aquella extraña situación, aceptar el desafió. Valía la pena entrar en el juego sólo para participar de aquel ensayo, para interpretar su canción en compañía de músicos profesionales, ceñir vigoroso el micrófono y escucharse a sí mismo amplificado por los decibeles… Luego del ensayo, olvidaría para siempre aquel episodio.
“Mi fe es poderosa y hoy me llega la gracia de Jesús, porque lo amo, porque lo amo…”, se escuchaba cantar ensordecedoramente todas la noches en el número veintisiete de la Plaza de los Héroes. El merengue, inflado de palabras evangélicas, ocupaba gran parte de la ceremonia religiosa. Las letras se multiplicaban en las voces de una muchedumbre que desbordaba el local, perturbada por la euforia de la alabanza. Los sonidos tropicales de los instrumentos se engrandecían a través de los amplificadores, y se acumulaban una sobre otra las canciones, como una multitud hinchada de gente.
Al centro del escenario y en contados momentos, el pastor interrumpía el espectáculo para dirigirse a sus fieles. A los escasos periodos de predicación, seguían amplios tiempos de música y exaltación.
Desde la tarima, Pérez percibía que las personas seguían febrilmente su fanática presentación. Mientras interpretaba una tras otra las canciones, simulaba ser un cantante famoso, una estrella de la música sobre un exclusivo escenario, que en presencia de periodistas y alocados seguidores, cantaba y bailaba merengues de moda. Los fieles de la iglesia se transformaban en sus admiradores, las pálidas luces que lo iluminaban le parecían renovarse en tecnológicos reflectores y las tablas sobre las que se movía, en una moderna escenografía de diseños estrafalarios.
Pérez se entregaba por completo a aquel embrujo, a esa suerte de macabro espejismo que cada noche, cuando la excitación se había repetido por muchas horas y contagiado en tantas almas, alteraba la realidad. Atrapado en sus fantasías, escuchaba al público batir sus manos para aplaudirlo y ovacionar su nombre para honorarlo.
Los fieles, por su parte, se conmovían al extremo con la emoción que les transmitía la alabanza de Pérez. Sólo con observar el entusiasmo que le inspiraba la religiosa celebración, sentían su propia fe crecer y esperaban poder ser tocados, como lo había sido él, por la gracia de Jesús. Con la piel erizada, la música en el cuerpo, el animo ardiente y la vista levantada continuaban con los aplausos y los gritos de reverencia: ¡Jesús!, ¡Jesús!, ¡Jesús!..
La partida
La luz estaba apagada. Echada sobre la cama con los ojos cerrados, Andrea procuraba escuchar los sonidos de la casa cuando percibió el tosco caminar de unas botas que atravesaron el zaguán y se acallaron en la sala.
De pronto, el golpe seco de un puño contra la puerta de su habitación la hizo incorporarse.
-Andrea, ya estamos listos. –dijo su madre. Prepárate tu también que cuando el asunto haya acabado, te echare un grito para que vayas a la sala y te enteres del resultado.
-Ellos, ¿ya llegaron?
-Sólo uno. Pero el otro no tarda en venir…
-¿Cuál?, ¿Cuál de los dos llegó?
-Qué más da…
Pedro había sido el primero en llegar. De los López, era el mayor y el más valentón. En la hacienda de su familia nadie se ocupaba mejor que él de la marcada de los animales. Cuando se ponía al mando, luego, luego terminaba la faena. Y vencidos, los caballos y las vacas admitían con resignación el fierro ardiente sobre sus muslos. La peonada lo admiraba. Tenía una voz enérgica, decidida. Era alto y corpulento. Bien parecido para esos parajes en los que el sol y el trabajo castigaban a diario el físico de los morenos.
Tenía fama de mujeriego, a pesar de que contadas eran las ocasiones en las que se lo había visto con mujer. Era cierto, sus historias eran muchas, pero no era menos cierto que no sobrevivían a unas cuantas noches de placer.
Cuando la fatiga del día era poca y se lo permitía, se juntaba con sus tres hermanos en el bar del pueblo. Juan, el menor de los López, se ocupaba de llevarlo a casa cuando el clima de la taberna pasaba de generoso a áspero a medida que corría la bebida y se avanzaba en el juego. Y no era que Pedro buscara pelea, pero si lo provocaban, si lo buscaban, lo encontraban.
Diez años lo separaban de Juan, y a pesar de esta diferencia, era con quien mejor se llevaba. Entre ellos no había secretos. Compartían el trabajo; las alegrías y los sinsabores del campo; el alcohol y las noches de naipes. No existía hacienda vecina que no los quisiera entre los invitados de sus fiestas. Sólo que a los dos juntos porque el uno sin el otro, no era lo mismo. Era juntos que animaban las noches iluminadas por las fogatas, y de cara a las figuras trémulas del fuego, inventaban historias fantasmagóricas o situaciones divertidas que envolvían a los personajes de la zona.
-¿Tardará mucho?, -preguntó algo inquieto, Emilio Suárez, mirando a pedro de soslayo.
Pedro no lo sabía. Hacía varias noches que Juan dormía en lo de un amigo y de día no se asomaba por la hacienda. Trató de poner buena cara:
-No. No debe tardar…
En eso, entró el Juan.
En el pueblo Juan López tenía fama de buena gente. De ese tipo de muchacho que aunque fuera alegre y juguetón nunca se metía en problemas. Era sabida su habilidad para trabajar el cuero. De eso se ocupaba gran parte del día, de los cueros. Cuando no estaba metido en su taller, ayudaba a su madre a despachar los productos de la propiedad hacia la ciudad. Era un chico flaco y de buen talante. Tenía muy buenas maneras, y esto le daba un aire elegante que lo distinguía del resto de la muchachada.
Eran muchas las niñas que procuraban llamar su atención, y otro tanto, las madres que lo consideraban un buen partido para sus hijas. Pero él no se interesaba por ninguna. Por lo menos no lo había hecho hasta el día en que Don Emilio Suárez llevó a Andrea para su hacienda. Fue a partir de entonces que la gente comenzó a comentar y a sentirse herida en sus sanas costumbres. Decían que Juan estaba cambiado. Que se comportaba esquivo con las personas, y que huidizo estaba, principalmente con su hermano Pedro. Las razones las sabía todo el yermo. A Don Emilio le había dado por casar a su hija. Y se le había metido en la cabeza que fuera con uno de los López. No importaba con cuál. Sería acaso por la prosperidad de aquella familia. El caso es que Emilio Suárez apareció en su caserón, reunió a los cuatro muchachos y les ofreció a la niña.
Ella estaba allí mismo. Parada al frente de los hombres con los hombros encogidos y la cabeza gacha. El padre la hizo levantar la mirada, pararse erguida, mostrase en fin, aunque fuera tímidamente. Su belleza, que había llegado de la noche a la mañana, era aplastante. Un par de años atrás nadie se hubiera imaginado que Andrea sería una moza tan bonita.
¿A cuál de ustedes interesa?, preguntó el padre. Pero eso sí, advirtió, el que la elija tendrá que casarla y por supuesto, respetarla. Además, observó que hasta el día del matrimonio, el enamoro con su hija sería casto. El hacendero tenía que dejarlo claro: nadie en la comarca pondría en duda el honor de su niña.
No era que Pedro estuviese buscando mujer. Pero Andrea era la niña más bonita que había visto por esos páramos y tuvo miedo de que alguno de sus hermanos se le adelantara. ¡Yo!, dijo, de pronto agitado. ¡Yo me la caso!
La señora Suárez llevó un par de cervezas a la sala. Allá estaban los dos hermanos, sentados sobre el sofá con aire enfadado. Cada uno se había puesto en un extremo, lo más separado que la largura del asiento permitía estar al uno del otro. El espacio vacío que les dividía, se levantaba como una trinchera que les permitía eludir miradas y eventuales palabras.
La señora Suárez percibió que el ambiente se había hecho notoriamente rígido, así que prefirió no ofrecerles nada para comer. Al contrario, presa de un repentino escrúpulo, le pareció conveniente preguntar:
-¿Ya van a comenzar?
-Sí mujer, -contestó Don Emilio. ¿por qué no traes las cartas?
-¿Y van a demorar mucho?
-No. Será rápido, ¿verdad caballeros?…
Los López asintieron con la cabeza.
-Anda, ve a traer las cartas…
¡Yo me la caso!, había dicho Pedro. Pero ese mismo rato, antes de que pudiera pronunciar la última palabra, Juan había pegado un salto y con apuro anunciado que él también estaba interesado.
A Emilio Suárez le daba igual con cual de los dos se casara su hija. Lo importante era que con esa familia se emparentara la suya.
Pedro no quiso enfrentar a su hermano. Pensó que no valía la pena ofender su amistad. Después de todo, Juan era muy joven para llevar en serio ese compromiso. Así que propuso la que a su juicio sería la mejor de las soluciones. El matrimonio se celebraría en seis meses, tiempo suficiente para que su hermano cambiara de idea. Entre tanto, ambos cortejarían a la muchacha. Estaba seguro de que a mitad del camino el más chico desistiría. Juan aceptó, convencido por su parte, de que cuando llegara la hora, la belleza de Andrea no sería suficiente para que Pedro entregase su libertad.
Al inicio, ninguno de los dos hablaba del noviazgo. Jamás mencionaban a la muchacha y hasta fingían que no existía. Sin embargo, la ausencia de alguno de los dos incomodaba al otro. Las escapadas que se daban de la hacienda eran cada vez más frecuentes, pero siempre por separado. Si de mañana Juan llevaba a Andrea a dar un paseo, al mediodía Pedro la invitaba a almorzar. Esta organización espontánea, sin previo acuerdo, les proporcionaba una falsa calma. Sólo que el arreglo no duró mucho. Al cabo de tres meses los hermanos dejaron de hablarse. Entre ellos, el silencio tenía un significado: los dos estaban enamorados.
Faltando un mes para la realización del matrimonio, ninguno de los dos se había dado por vencido, y era evidente que las cosas no mudarían. Por terquedad o por pasión, ninguno cedería, y poco les importaba ya, la eminente rivalidad.
Fue entonces que Emilio Suárez propuso la partida. El fracaso de aquella torpe solución daba lugar a un acuerdo todavía más sombrío.
Las cartas fueron dispuestas encima de la mesa. Don Emilio estaba satisfecho; el asunto que ya había dado demasiado que hablar, se solucionaría pronto, como se resolvía la hombría de los hombres en el bar: con juego.
Con los dos hermanos como únicos jugadores, la partida se decidiría en pocos minutos. El ganador se casaría con Andrea. El perdedor, tendría que aceptarlo.
Sin decir palabra alguna, Pedro y Juan tomaron asiento uno al frente del otro. En cuanto se acomodaban, compartieron una mirada nerviosa, algo desconcertada.
El viejo se puso al medio de los dos con el mazo de naipes entre las manos; el profundo silencio que dominaba el ambiente se quebró con el sonido de las cartas que Emilio Suárez empezaba a mezclar.
Andrea permanecía en su cuarto, todavía oscuro, en silencio, a la espera de que la llamaran.
Si alguien le hubiera preguntado, ella hubiera elegido a Juan. Creía amarlo, pero no se lo había dicho. No se lo había dicho a nadie por miedo a que los hermanos se enfrentasen.
En aquel momento de rara espera, ni siquiera la posibilidad de que Juan ganara la partida la consolaba. Sería por el hecho de saber su suerte decidida en un juego de azar. Con tristeza pensó en su padre; en el día que la ofreció a los López; en los seis meses de doble enamoro y nuevamente, en Juan…
De pronto se decidió a encender la luz; caminó por el estrecho espacio de su habitación; lanzó una mirada errante. Entre sus muebles, se sintió un objeto más y comprendió que su vida le sería siempre inquietantemente ajena.
Fue entonces cuando escuchó, como una sentencia, el grito gélido de su madre: