Silva Sánchez, Julio Rafael (Don Remigio, barbero y violinista)
Al atardecer, encuentro y fuga
AL ATARDECER, ENCUENTRO Y FUGA
Don Remigio, barbero y violinista
Esta tarde lluviosa de octubre, al releer uno de aquellos sonetos que escribías en el periódico mural del liceo (¿El Mocho Ilustrado, se llamaba?) comienzo a entender tu tragedia, Arnoldo: nunca pudiste ser más que eso: un poeta, un romántico, un soñador, enamorado hasta los huesos de Gabrielita, tu prima, la dulce depositaria de todos tus anhelos e ilusiones, la enigmática morena que te hacía suspirar debajo del mango, en los ratos del recreo. ¡Cómo la buscabas y cómo se reía de tus asedios! Pero siempre consentía en acompañarte a tus sesiones vespertinas de música clásica, en tu cuarto del segundo piso, desordenado, pero apacible, cuando disfrutaban (a todo el volumen que daban los altavoces del estropeado tocadiscos) de los nuevos acetatos obsequiados por tu padre, como esa versión del Concierto para violín en re mayor, de Ludwig van Beethoven, interpretada por Yehudi Menuhin (que la escucharas, amor, que te enloquecieras con esas cuerdas, vidita, le susurrarías), en una singular mixtura con los últimos blues de Louis Armstrong, los mosaicos de la Billo´s Caracas Boys o los sones de Carlos Puebla.
Recuerdo con nitidez que ese año también iniciarías la militancia, cuando el viejo Villaquirán (aquel catire bondadoso, vendedor ambulante de abarrotes y conspirador acucioso) te iniciaría en los vericuetos de la conjura, al tiempo que te obsequiaba los primeros manuales (junto a los infaltables libros de versos), textos que devorabas en las tardes deslumbrantes de tu adolescencia, que los leyeras, corazoncito, te apasionarán. Fue a partir entonces cuando fuiste comprobando lentamente que tus lecturas nocturnas, consumadas detrás de la pared del solar, a escondidas de tu padre, se correspondían con pasmosa exactitud con la realidad que te envolvía. Todas esas páginas de Sartre, de la Beauvoir, de Fucik, Djilas, Gorki, Machado, Lorca, Pocaterra, Arráiz… devoradas con pasión durante tantas solitarias y gélidas noches, palidecían ante los alborozados comentarios de tío César, el dueño del cine, quien, luego de disfrutar aquella impactante película Y Dios creó a la mujer (todavía recuerdas a Brigitte Bardot, despojándose de la toalla, al ritmo de La Bamba, de Ritchie Valens), te hablaría alarmado de la reciente sublevación en el puerto cercano de un puñado de militares y civiles empeñados en reconquistar la verdadera democracia, resolver la crítica situación política, económica y social que vivía el país y poner el fin a la persecución, a los encarcelamientos, a los desaparecidos, a la tortura y a la muerte que había impuesto el régimen autoritario del cara de batracio. No lo dudaste un segundo: te incorporaste esa mañana, el mismo día que cumplías quince años, a las jornadas de agitación y luchas populares que se libraban en los barrios más pobres. Esa fue tu prueba de fuego. A partir de entonces serías admirado por tu valentía, tu arrojo, tu capacidad organizativa, tu inteligencia y tu verbo encendido, capaz de arrebatar a los más indiferentes (¿te acordabas de aquel mitin relámpago, a las puertas de la facultad, luego del cual el poeta Enrique te diría: eres como Nerón, chiquito, pero incendiario?). Tu prestancia de joven revoltoso atraería las miradas de las muchachas de la célula y la curiosidad de los esbirros de la zona. Como era de esperarse, se desató en tu contra la más feroz persecución y, al final, esa tibia madrugada, regresando a la residencia, luego de una exitosa pinta, aún con los atomizadores en tu bolso, caíste en manos de la policía. No hubo manera de liberarte: ni los esfuerzos de tu padre, amigo del Ministro, ni las diligencias del profesor de inglés, conectado con el gobierno, ni las influencias de aquel senador que habías conocido hacía poco pudieron evitar que fueses condenado por un tribunal militar a seis años de presidio. Seis años de tu joven vida pasarías en la isla, en un clima bochornoso que alcanzaba los cuarenta grados a la sombra: un tremedal casi completamente inundado por las aguas desbordadas de la laguna, las cuales habían convertido el terreno en una gigantesca ciénaga, un inmenso criadero de larvas causantes de las más diversas enfermedades. Sin embargo, a pesar de aquel ambiente hostil, empleando tu gran capacidad organizativa lograrías motivar a un grupo de presos para formar un precario conjunto criollo: Valentín en las maracas, Juan Antonio en el cuatro y José Luís en el guitarrón y, por supuesto tú, Arnoldo, como solista. Así, en las tristes noches del presidio darían rienda suelta a la añoranza al entonar canciones, joropos, boleros, montunos, tonadas, valses y coplas de diversos autores, como: Arbolito sabanero, de Alberto Arvelo Torrealba: Abre mis sueños al raso / la soledad sin un grito. / Aspira el canto marchito / la dulce flor del ocaso. // Tú, pesaroso en el paso, / puro arenal del estero, / soñando el aire mayero, / ¡cómo tendrás de congojas / que ya no te quedan ni hojas, / arbolito sabanero!, o El cucarachero, de Juan Vicente Torrealba: El estero es grande y bello, / tiene un don primaveral, / pero le falta el lamento / de la brisa en el palmar, o El Guayabo negro, de Pedro Emilio Sánchez: Guayabo negro, pregúntale a la sabana / si alguna vez por aquí me vio pasar / guayabo negro marchito / donde amarro mi caballo / cuando llego del palmar, o Flores negras, de Julio Flórez: Oye, bajo las ruinas de mis pasiones, / y en el fondo de esta alma que ya no alegras, / entre polvos de sueños y de ilusiones / yacen estremecidas mis flores negras. También en el penal se templaría tu ánimo: los cursos de filosofía política, las prolongadas conversaciones con los más curtidos y las escasas lecturas permitidas (no te explicabas por cuál extraña razón tenías acceso a autores como Whitman, Neruda, Malraux, Balzac, Martí, Freud, Úslar Pietri) te fueron modelando paulatinamente. Al final, cuando saliste becado rumbo a Francia, tu formación estaba consolidada, tanto así que en París no pasarías trabajo, al contrario: te adaptarías fácilmente a la vida bohemia y a los exigentes seminarios de la universidad.
A tu regreso, muchos años después, con un valiosísimo arsenal académico en tus alforjas: dos especializaciones y una maestría, más los cursos libres de arte (los que más me gustaron, me dirías cierta vez), te encontrarías con la triste realidad de un país en el cual no tenías cabida, como lo comprobaste en carne propia al tratar de ubicarte profesionalmente en diversas instituciones públicas o privadas. Luego de interminables visitas, entrevistas, ofrecimientos y puertas cerradas en tu cara, decidiste que lo mejor sería echar mano a aquel maltrecho escarabajo que un día te regalara tu padre y comenzar a transitar las calles de la ciudad como novel chofer de taxi.
Así las cosas, una esplendente mañana, al regresar de tu ronda nocturna, fuiste sorprendido por el estallido o sacudón que se había originado en la ciudad dormitorio, con los subsecuentes saqueos en la capital y en otras poblaciones vecinas, como irradiación de las protestas en contra del aumento de las tarifas del transporte público, decididas por los dueños de las línea de autobuses, busetas y carros por puesto que hacían el trayecto hasta la capital. Los usuarios madrugadores, gente humilde que laboraba en la capital, se enardecieron y se abstuvieron de subir a los vehículos, mientras los choferes alegaban cumplir órdenes superiores. Esa fue la chispa que encendió la pradera. De la protesta verbal se pasó al tumulto en cosas de segundos: grupos de jóvenes obreros iniciaron la violencia, rompiendo a pedradas los vidrios de autobuses y busetas, los cuales pronto fueron pasto de las llamas. Decidiste entonces (con tu furor acostumbrado) sumarte a las manifestaciones y comenzar a levantar barricadas para interrumpir el tráfico en la avenida y fuiste el primero en arremeter contra las vidrieras del supermercado, comenzando los saqueos que durarían hasta la noche siguiente. Cuando el motorizado cayó muerto a tus pies quisiste huir, pero era tarde: una avalancha de policías te derrumbaría y nuevamente serías hecho preso. Otra vez condenado. Otra vez a prisión, en donde languidecerías hasta aquella mañana incierta cuando un joven militar desconocido se alzaría en armas. Seguiste con atención el curso de los acontecimientos, hasta el fracaso prematuro del golpe. El por ahora del cabecilla auguraba expectativas. Desde la cárcel aguardarías los nuevos tiempos, que creíste llegados cuando aquel joven militar se lanzaba a la presidencia de la república y lo lograba, con un caudal inmenso de votos. Nuevamente la ilusión se hizo dueña de tu ánimo. Ahora sí, pensaste: llegó la hora de los excluidos. Tras un indulto bregado por tus amigos, saldrías a la calle. Volverías a la búsqueda, pero serías nuevamente objetado. En ninguna parte te querían: tienes prontuario, te dirían unos; estás sobrecalificado, acotarían otros; no tienes experiencia laboral, argumentarían aquí; estás pasado de edad, refutarían más allá…
Finalmente, de labios del relumbrante funcionario, antiguo compañero de luchas y desvelos y ahora feliz propietario de una camioneta último modelo y de una jugosa cuanta bancaria en el Caribe, sabrías la verdad: lo que siempre te ha fregado, compadre, te diría esa tarde, ha sido tu endemoniado carácter, tu empecinamiento, el querer discutirlo todo, cuestionarlo todo, criticarlo todo, corregirlo todo… No tenías cabida, chico. Nadie te quiere a su lado. Eres un estorbo. Que no siguieras buscando. No irías a encontrar nada. Tal vez podrías resolverte con una misioncita, ¿lo querías?, que lo aceptaras, panita, no hay más remedio.
No tuviste opción: a las calles nuevamente. Allí te conectarías con las pandillas que asolaban las avenidas, centros comerciales, veredas, aceras y bancos. La acción del taxi fue pan comido: tenías que velar al chófer, someterlo, apoderarte del carro y llevarlo hasta la arboleda. Con muchísimo cuidado, cámara, no vaya a ser que te vea el rostro y luego te identifique en el careo policial. Nunca anticiparías la reacción de tu piel cuando colocaron en tus manos la pistola: creías que todo sería más cómodo, que bastaba con recordar tus juegos infantiles junto al jagüey, con Carlitos y Gilberto, cuando atrapaban a Gisela y la amarraban al samán, en aquellas contiendas de policías y ladrones que culminaban al atardecer, bajo el chaparrón despiadado, con el regreso a casa, calados y risueños, deberíamos apurarnos, hermanitos, nos espera la tía Amparo, el rosario, las tortas borrachas y el jugo de guanábana. No, no era así: ahora te enfrentarías a tu primera tarea como miembro de aquella atrevida cuadrilla: lo debías apuntar de ladito, compañero, pegado al costado del carro, no lo pierdas, no lo sueltes, atrápalo, empújalo, asústalo, que ni respirar pudiera.
Un poco más apretado sería el asalto al supermercado (¿Mínimos precios, máxima calidad?), te acordaras, panita: los camaradas de la brigada entrompándole a los guardias, metralleta en mano, tú, Gabrielita, atrayendo la atención del vigilante, luciendo tus muslos dorados en aquellos pantaloncitos calientes y los ojos del hombre que se salían de sus órbitas al darse cuenta de que no eras la pavita ingenua que pensaba, sino que tu pistola lo apuntaba directamente al rostro. Y tú, Arnoldo, siempre al mando, nunca atrás, controlando toda la operación. Luego, el gran escape por las sinuosas calles de la urbe y, por fin, la fiesta en tu apartamento, la gran coartada, la complicidad de la profesora gringa, la del cuerpo de paz, la que te amaba y estaba dispuesta a jurar que nunca habías salido de allí, que habías llegado temprano y no te separaste de ella ni un minuto, trama que nunca aceptarías, Gabrielita, porque no quiero compartirte, amor, no quiero ni que la mires, no importa que la operación fracase, que se venga abajo, que nos jodan, pero tú eres mío y de nadie más, lo entendías, cielo, lo asumieras.
Lo más complicado fue reclutar a los compinches para la toma del pueblo. Nadie quería: ni los poetas de la escuela de letras, siempre presumidos y nunca dispuestos, ni los ayatolas de periodismo, hartos de disciplinas filosóficas y huérfanos de valor y audacia, ni los pintores de la escuela de artes, siempre dispuestos a compartir los tragos, pero nunca ganados para la acción directa. Fue necesario armar el grupo con gente de la periferia (ya te había advertido sobre la inconveniencia de juntarse con estos lumpemproletariat, como los llamaba Gabrielita). Y así te fuiste, rumbo a San Francisco, aquel pueblecito perdido en la campiña, que ni aparecía en el mapa, mucho menos en la bitácora del ejército. La toma propiamente dicha fue facilito, cámara, ni siquiera un tiro (menos mal, porque la única pistola que servía era la tuya, Arnoldo, las otras estaban arruinadas, pana), el mitin en la plaza, tu arenga sobre los derechos humanos, la libertad y la justicia, los gritos de los campesinos, todo eso te enardecería, te soliviantaría de tal manera que ni cuenta te darías cuando al arrancar en retirada, el bisoño y nervioso conductor del primer carro, donde tú ibas, claro, siempre a la vanguardia, se estrellaba contra el puente, y los vidrios rotos que vienen a lesionar tu ojo derecho, hermanito, qué dolor, tanta sangre, que oscuridad repentina. Luego, la penosa marcha hasta granja cercana, donde el profesor de inglés, médico veterinario aficionado, practicaría las primeras improvisadas curas. Más tarde, casi en la madrugada, volver a la ciudad, el ingreso calladito a la residencia universitaria, la voz de alto, las balas en torrencial aguacero, la sirenas de los autos patrulleros, los gritos de las monjas, de las estudiantes, tu último suspiro, Arnoldo (el celaje de aquel texto amado de Enrique Mujica: Es por una decisión / y no por una certeza / como he de entrar en el instante. / Última realidad inmortal y posible / donde la nada es puerta / de toda eternidad...), la música de las esferas, la triste voz de madre con sus canciones vespertinas en la lejana aldea, la más brillante luz, el definitivo y dulcísimo aroma de los campos en flor, de los naranjos, las astromelias, los girasoles, los geranios…
Y tú, Gabrielita, horas antes de que todo esto aconteciera, enfundada en tu más estrecho vestido de pana acanalada, luego de aquella insoportable clase de francés, qué fastidio, hermanos, que desperdicio del tiempo, que estupidez, te dispondrías a encontrarte con el profesor Peralta, el que te robaba el aliento, el que te sonreía lascivamente en el cafetín de humanidades, el más bello, camaritas, que está buenísimo, para comérselo, para devorarlo todo, todito. Llegarías emocionada al cubículo, cerca de la fuente, en el extremo sur del corredor. Tardecita soleada y tranquila. El trino de los torditos acariciaba tu piel. Las cigarras susurraban despacito su canto erótico. Entraste. La oscuridad estallaría en tus ojos, el estridente bramar de mil guitarras enloquecían los altavoces, el aire irrespirable tocó tus pulmones, te tambaleaste, caíste de rodillas, apenas pudiste adivinar el torso desnudo del hombre que se abalanzaba sobre ti, que te apretaba, te golpeaba, te sodomizaba, te volvía loca, te asfixiaba, te estrujaba la piel hasta el límite de tus fuerzas, te hería con aquel estilete ardiente, te sustraía definitivamente el hálito (la neblina del verso de Luís Alberto Crespo volvería a ceñirte: Cuando se mueve / debe ser porque no la vemos / Cuando canta / es porque no lo sabe. / Cuando cambia de presencia / debe ser porque se pertenece. / Cuando cierra su ojo rojo / es porque se hechiza / y cuando embellece / es porque se ha ido). Y la fresca tarde, Gabrielita, finalmente se vestiría de grana…