Shahrazad atraviesa el patio, franquea la fuente, los frutales y las columnas, su angustia se decora de ornamentos estucos, azulejos y lágrimas.
Ya alejada de los cuarteles de la guardia, del anabal y de todas las murallas que la resguardan, se adentra en los bazares, se pierde entre mercaderes, entre alfombras de urdimbre de seda y brocado de oro, cerámicas vidriadas, metálicas, pardas y verdosas.
- ¿Qué te ocurre muchacha? – pregunta el viejo mendigo.
- No me ocurre nada anciano, me he desorientado y debo volver al palacio – dice Shahrazad aún con lágrimas en los ojos.
- Antes de volver a tu hogar podrías darme una limosna, soy un viejo con muchos pesares.
- Estoy obligada, pero quién puede hacer algo por mí, hoy es un día de desdicha, pronto moriré por una injusticia – dice Shahrazad entre sollozos.
- ¿Qué injusticia es ésa de la que hablas?
- El Califa ha decidido que cada noche desposará a una muchacha virgen y la mandará ejecutar al amanecer siguiente. Esta noche seré su esposa y mañana estaré muerta.
- Muchacha, el bien y el mal habitan en el alma de cada hombre, si quieres puedo contarte una historia, que por ser verdadera es de todos y expiará tus penas.
“Caminaba por el desierto y las dunas se aliteraban en relamidos soplos de arena, era una marea ceniza que enturbiaba el cielo y comprimía el aliento. Luego fue el silencio, el sol resplandeciente y el sonido de pájaros – pájaros – pensé – por qué un ave vuela en el desierto – y vi entonces un verde oasis entre los médanos. Era un deslumbrante y vegetal paisaje franqueado por un abismo, se unía a este mundo a través de un puente, y en la entrada de aquel puente podía leerse la siguiente inscripción: Este paso sólo será atravesado por aquél que posea una larga vida de buenos pensamientos, verdad, fuerza y devoción. Quien haya elegido el camino de la mentira, caerá en un precipicio tormentoso de fuego y metal fundido.
Estando a unos pocos pasos del puente, tres soldados suníes aparecieron en una llamarada, con temor les pregunté cuál era su intención – Quisiéramos saber tu nombre – dijeron los tres, interponiendo sus armas. En ese momento temí pues, de decirles quien era, me matarían de inmediato porque mi nombre es nombre de infiel – Muhammed, mi nombre es Muhammed - repetí cobardemente a los soldados. Estos hicieron un gesto de burla y con reverencias se inclinaron –
Puedes pasar... buen hijo de Alláh – y entonces supe que me había condenado. Los soldados se revelaron como tres enormes Djinn, que con sorna sentenciaron: Por opción propia te has aliado a la mentira y ya no podrás cruzar este puente, estás condenado a vagar por el mundo hasta saber quién eras antes de ser Muhammed. Y dichas estas palabras el oasis completo se desvaneció, y las dunas se volvieron a aliterar en relamidos soplos de arena, en mareas cenizas que enturbiaban el cielo y comprimían el aliento. Luego el silencio, el sol resplandeciente y el sonido de la ciudad circular. Me perdí en sus calles, en sus bazares y en la muchedumbre donde nadie sabe el nombre de nadie. Entonces vino a mi una muchacha cuya aflicción me inspiró contarle la siguiente historia:
Existió una princesa de nombre Savitri, cuyo rostro tenía la belleza de la flor del loto y su nombre se pronunciaba como un delicado y dulce rumor a la vera del Indo. Era tal su belleza que cien príncipes disputaban su mano, pero aún así, Savitri no escogía a ninguno por esposo. Fue entonces cuando Ashvapati, su padre, le ordenó que eligiera un marido, y no era común que un padre dé a su hija la opción de elegir marido, pero tal era su ansiedad por desposarla que bien valía cualquier licencia. Así fue que Savitri recorrió los templos donde meditaban los nobles de casta, y en uno de ellos encontró orando a Satiava, y supo, en la vehemencia de su corazón exaltado, que era aquel hombre el destinado a ser su esposo. Ashvapati aceptó el casamiento y, a pesar de que el padre de Satiava era un rey destronado y ciego, consintió en pedir su mano. Antes del casamiento, y en los preparativos de la boda, llegó a Savitri una terrible noticia: un oráculo había predicho que Satiava moriría un año después de casarse. La princesa dudó en contraer matrimonio, porque de hacerlo condenaría a muerte a Satiava. Entonces pensó en su deber como mujer, a la cual le es natural desear casarse con el hombre amado, y pensó también en la renuncia a cualquier fruto de sus acciones personales, pues no había acciones que ella pudiera ejecutar para salvar a su marido, porque las acciones verdaderas resultan sólo de la devoción a Dios y no de los propios intereses. Así fue que Savitri se caso con Satiava y lo acompañó en una vida humilde. Imploró cada día por el destino de su esposo sin encontrar señales que manifestaran alguna voluntad alentadora. Poco antes de la fecha prescripta por que el oráculo, Savitri fue hablar con su padre, que era un hombre sabio, y le planteó la enorme pena que la embargaba. Entonces Ashvapati le contó la siguiente historia:
Rea había dejado al último de sus hijos, lo depositó en el ara como su marido lo había ordenado, esta vez sintió una extrañeza en ese acto, no era culpa, pues culpa no se siente siendo un dios, no al menos antes de que el tiempo fuera como hoy lo conocen los hombres. Y es que Cronos, su marido, poseía el tiempo, era su atributo, así es que el tiempo no transcurría sino en los actos del dios. Y sus últimos actos devenían en consumir todo aquello que había creado, y sus creaciones, sus hijos, volvían a él, como de él hubieron surgido en un principio. Fue así que Rea sintió algo particular por el último de sus hijos, algo que celosamente entrañaba su necesidad de desenlazar sus actos de los actos de su esposo, sintió extrañeza en las nuevas sensaciones que la invadieron y dio nombre a su razón, porque es virtud de los dioses crear lo inexistente y con ello darle entidad de nombre. Rea sintió necesidad de continuidad, y con su necesidad naciente en forma de palabra le dio al universo entero la continuidad, y pensó en ese hijo, y en los hijos de ese hijo, y en los hijos de los hijos de ese hijo. Pero era voluntad de Cronos devorar sus frutos y Rea no poseía atributo para escapar de esa voluntad. Así, finalmente se cumplió lo que Cronos había dispuesto, en consecuencia a cualquier causa, su orden se satisfizo. Rea penó amargamente su soledad y dio pena a todo el universo sometido por Cronos, y de esa pena inmensa surgió otra idea. Y fue atributo de Rea aquel pensamiento y volvió a darle nombre y entidad a su idea, la llamó Kairos, y fue Kairos todo tiempo de oportunidad, todo momento donde la determinación de Cronos tuviera alternativas. Entonces Rea sonrió dulcemente, y en la contingencia de su sonrisa burló a Cronos. Pensó en el menor de sus hijos, Zeus, y en la continuidad que él entrañaba, y en la posibilidad de no haber alimentado a Cronos con él. Y volvió a ser este pensamiento principio de lo existente, y se imaginó a ella misma eludiendo a Cronos en la oportunidad de remplazar a su hijo por una roca envuelta en paños. Y así ocurrió, en razón de Kairos, que la alternativa existió y el universo mismo tuvo alternativa continuidad. Y entonces:
Rea había dejado al último de sus hijos en lugar seguro y portaba una roca envuelta en paños, la depositó en el ara como su marido lo había ordenado, esta vez sintió una extrañeza en ese acto, no era culpa, pues culpa no se siente siendo un dios, no al menos después de que el tiempo fuera como hoy lo conocemos los hombres.
Luego de escuchar la historia que su padre había contado, Savitri marchó con su esposo y aguardó que el terrible día llegara. En la fecha prescripta, Satiava salió al bosque, como era costumbre que lo hiciera, pero esta vez Savitri pidió acompañarlo en la jornada y éste aceptó gustoso. Él apreciaba la naturaleza, el esplendor de los árboles regocijaba su espíritu y animaba su carácter. Savitri lo contemplaba silenciosa mientras él refería maravillas sobre el aroma de las flores, el trino caprichoso de las aves o el temple cristalino del aire atravesado por el sol de la mañana. Luego, Satiava comenzó a sentirse débil, su cuerpo se fue desvanecido, como se desvanece la flama de una hermoso candil que ha perdido su savia, y un poco más adelante, con el natural tránsito que habita el paso de la vigilia al sueño, cayó rendido al piso. En ese momento apareció un gigante monstruoso de cabellos rojos, era Yama, el dios de la muerte, que venía por el alma de Satiava.
Saviri se abrazó al cuerpo de su marido y suplicó a Yama que tomara su alma a cambio de la de él, y aunque el dios se negó, conmovido por la lealtad de la mujer, accedió a concederle cualquier deseo que no fuera volver a la vida a su esposo. Entonces Savitri le pidió que devolviera la vista al padre de Satiava, pues eso calmaría en parte la enorme pena de perder a su hijo. - Está hecho - contestó Yama que procuró desprender a la mujer del cuerpo de su compañero. Una cosa más - dijo Savitri - Qué cosa es ésa - respondió el dios, y Savitri le pidió que devolviera al padre de su marido el reino que supo poseer, pues esto compensaría a la familia la enorme pena de perder a uno de los suyos. - Está hecho - contestó Yama, que procuró desprender nuevamente a la mujer del cuerpo. Una cosa más - dijo Savitri - Qué cosa es ésa - respondió con enojo el dios, y Savitri pidió que le concediera cien hijos de Satiava, pues el rostro de esos hijos compensaría la enorme pena de perder a su esposo. Está hecho, contestó el dios que procuró desprender nuevamente a la mujer del cuerpo. Ella sonrió dulcemente y dijo: Yama, tu me has prometido cien hijos de Satiava, por ello no puedes llevártelo hasta que no hayas cumplido tu palabra. Entonces el dios se supo burlado y, consumiéndose en un cegador brillo, desapareció. Savitri y Satiava tuvieron una próspera, larga y feliz vida juntos.
El rostro de la muchacha resplandeció – ¿Entonces hay alternativa, anciano? – preguntó, finalmente – Siempre que uno se entregue con devoción a la verdad… – dijo, Muhammed –…la oportunidad de escoger será nuestra.”
Shahrazad contempla al mendigo – Gracias por tu historia, que por ser verdadera es de todos y ha expiado mis penas. Ahora debo volver al palacio.
- Antes de volver a tu hogar podrías darme una limosna, soy un viejo que aún conserva muchos pesares.
- Estoy en deuda, pero cuál es tu nombre anciano – dice Shahrazad.
- Hace mucho que nadie lo pregunta... Parsis, recuerdo que así me llamaban – el anciano se incorpora – Gracias por tu obsequio muchacha – y se aleja entre el gentío hacia el desierto.
Shahrazad vuelve a cruzar las murallas, el anabal y los jardines del palacio. Esa noche, y ya casada con Shahriar, le pide al Califa que le brinde la posibilidad de despedirse de su hermana, y el gran soberano concede el último deseo de su esposa.
- Donde estuviste hoy Shahrazad – pregunta Dunyazad, tratando de alivianar el tiempo.
- He ido al mercado y me ha ocurrido algo...– dice Shahrazad, deteniéndose al advertir que su esposo la espía entre las cortinas.
- Cuéntame, qué historia es esa– Shahrazad sonríe dulcemente, mientras detrás de los paños el Califa parece suscribir con gestos el nacimiento de una intriga.
- Ya la escucharás más tarde Dunyazad, ahora... ahora déjame contarte otra historia maravillosa…