JULES ET JIM REVISITED.
Abro los ojos por la mañana y me veo a un perro haciendo “grrrrrrrrrr”.
Debería sentir miedo pero aún no sé si estoy soñando, si estoy aun bajo los brazos de Morfeo o si soy un perro soñando conmigo o yo soñando con un perro.
Se va despejando un poco mi mente y no, no estoy soñando. Me sobresalto. El perro enseña los dientes y gruñe más fuerte.
Me quedo quieto, yermo, como si me hubieran convertido en mármol.
El perro está encima de mí con sus patas delanteras sobre mis brazos, la lengua fuera, mirándome fijamente, enseñando un poco los dientes y emitiendo un sonido parecido al de una nevera: constante, amenazador, apenas perceptible.
Es un perro de presa canario o eso creo. No es que sea experto en perros pero recuerdo que un amigo mío tenía uno parecido en casa de sus padres, decía que el perro de presa canario era robusto y una gran máquina de pelear.
No sé qué hago aquí con esta cosa encima tumbado en una cama desconocida.
No reconozco el lugar donde estoy.
Sé que estoy en una habitación pequeña.
Es de día, probablemente de buena mañana.
Nervioso, miro a mi alrededor. La habitación tiene, a la izquierda, una ventana por donde se cuela la luz. En frente, por lo que puedo ver detrás del animal, alcanzo a percibir una cómoda con su espejo que sostiene algunas ropas desparramadas de mujer. Miro ahora a la derecha cuidadosamente, pues a cada meneo mío el presa canario emite un gruñido más alto, así que me muevo con una lentitud laxa.
Trago saliva.
Sigo moviéndome muy despacio, intentando alcanzar con mi vista algo que me ayude a quitarme a esta amenaza de encima, algún utensilio que pueda usar contra él, alguien a quien pueda pedir ayuda… Pero tan sólo puedo percibir con mi vista algunos muebles desvencijados, pilas de libros, estanterías con utensilios de cocina, nadie alrededor.
A la derecha, un perchero lleno de sombreros y, en el suelo, una gran vasija de plástico con arena y cacas.
Es entonces cuando percibo un olor nauseabundo a algo descompuesto como comida o quizás excrementos, no sé.
Cierro los ojos y levanto ligeramente la pierna derecha pero el perro se da cuenta y gruñe más fuerte.
Hago regresar la pierna en su sitio y el mastodonte vuelve a su gruñido base: el murmullo-nevera.
Intento tener conciencia del resto de mi cuerpo. Parece que todo está en su sitio.
Abro los ojos.
Ahora alcanzo a notar algo de lo que no me había dado cuenta: estoy completamente desnudo. Y eso no es todo; percibo con horror que el perro tiene los cuartos traseros casi pegados a mis piernas y que algo puntiagudo, húmedo y caliente se clava en mis testículos.
Empiezo a rezar avemarías a la manera antigua y vuelvo a cerrar los ojos.
Noto que sudo.
No quiero ponerme nervioso.
Cualquier pérdida de control podría ser fatal para mí.
Intento recordar qué hice anoche, con quién estuve hablando, a qué sitios fui, qué demonios bebí, fumé, tomé…, pero no acaban de aclararse mis ideas.
Es entonces cuando caigo en la cuenta de que tengo la lengua áspera, como si la hubieran frotado con un rascador de lunas de coche. Debe de ser por las copas tomadas ayer. Seguro que era garrafón de cuarta categoría.
Tengo sed.
La cabeza me palpita, siento dolor en las sienes donde parece que se ha acumulado toda la sangre. Debo de tener las venas gordísimas.
Noto una especie de agujero en el estómago.
Es evidente que la noche anterior tuvo que haber sido muy salvaje. Si consiguiera acordarme de algún detalle, alguna cara, algún resto de conversación… Pero por más que busco en mi mente no hallo nada que me ayude a recomponer un poco el mapa de mis andanzas nocturnas.
El perro, quizás un poco más tranquilo al ver que no me muevo, acaba por echarse sobre mí, casi por completo, pero dejando su cara pétrea dirigida firmemente hacía la mía.
Ahora la acerca más.
Noto su asqueroso aliento que da de lleno en mi boca. Es un olor… Una mezcla de pis, comida, tierra. Es como si de su boca saliera… ¡Toda la mendacidad del mundo! ¡Ja, ja, ja! Sí claro, eso es. Esa es una de tus frases, Juan, sí, sí.
¡Ah!, no sé porqué me acuerdo de ti ahora, cómo me viene tu imagen a la cabeza.
Juan, querido hermano, me pregunto qué harías tú en esta situación, tú que eras tan modosito, reservado, tranquilo, tú que tenías respuesta para casi todo y que mantenías la cabeza fría incluso en los momentos más tranquilos.
“Seguro que hay una explicación lógica y una salida adecuada a esto”, dirías tú. Y puede que la haya, ¡pero yo no la encuentro!
Siguiendo tu filosofía, tendría que hacerme una composición de lugar, darme cuenta de la nueva situación, aceptarla… ¿y qué más era? Todo eso ya lo he hecho pero… ¿qué más, qué más?
Me parece estar oyendo uno de tus sermones, aquello tan famoso de que mira la vida que llevas, no sé cómo vas a acabar, deberías enderezarte, un día te van a encontrar en la calle con la cabeza abierta…
Nunca te hice caso y quizá gracias a eso de los dos yo soy el que sigue vivo.
¿Total para qué iba a seguir tus pasos? Éramos hermanos pero éramos diferentes. A mí no me apetecía pasar como tú las horas muertas frente al ordenador o viendo películas de vídeo a mansalva o jugar a juegos de rol o esa afición estúpida por los insectos. Pues no, a mí me gusta salir, beber, oír música, bailar, conocer chicas…
Chicas.
Quizás sea por una mujer por lo que acabé de esta manera.
¿Te acuerdas de aquella murciana que conocimos en el Lilas Pastia? Sí, sí, fue una de las pocas, poquísimas veces que accediste a salir conmigo. Ja, ja, ja. Y ya sé que la cagué, no estuvo bien haberme ido con ella y con tu coche sin decirte nada y dejarte tirado a cincuenta kilómetros de Madrid.
Te pedí decenas de veces perdón por eso… y por otras cosas.
No creas que estoy orgulloso de aquella noche, pero si vieras qué cara tenías al día siguiente… ¡Ja, ja! ¡Ay! ¡No! Es mejor no reírme. Este cabrón perro ha vuelto a erguirse y ahora está enseñando los dientes otra vez. ¡Oh, Jesús Cristo!
Vale, vale, no perdamos la calma. Si pudieras darme alguna idea Juan, hermano.
¿Hablarle cariñosamente? ¿Pero crees que tengo corazón para eso?
Además, no sabría hacerlo. Nunca me gustaron los perros. Especialmente como éstos, los presa canario y parecidos.
Cierto que los canes nunca fueron mi afición, pero no hice daño a ninguno.
Bueno, a dos o tres he apedreado, sí, pero jamás hice aquellas barrabasadas a las que eran tan aficionados los amigos del pueblo cuando éramos chicos, ¿te acuerdas?
Pedrote, Manolo, Isi, Tono, Esteban; aquellos pegaban patadas a los pobres perros de la calle, le cortaban el rabo a algún desgraciado animal o cogían a uno de esos chuchos entre los cuatro, cada uno por una extremidad, mientras un quinto lo masturbaba.
¡Dios mío qué asco!
O la mayor crueldad de todas; atar un pedazo de filete de cerdo reseco a un largo hilo y esperar, tras una esquina, a que apareciera un pobre chucho famélico, aguardar a que engullera el triste alimento y entonces, rápidamente, tirar con fuerza de la cuerda; el trozo de carne, que tan sólo un momento antes había estado en el estómago del animal, salía disparado. El pobre bicho se retorcía de desesperación, incapaz de comprender qué pasaba.
¿Ves? Yo nunca hice eso. Yo nunca hice eso, Juan. Entonces ¿por qué me veo atrapado bajo las patas de esta bestia inmunda?
¿Me lo puedes explicar?
¿Me lo puedes explicar????
Espera.
De repente el perro ha dejado de gruñir. Cierra la boca, levanta las orejas, mueve la cabeza extrañamente.
Creo que ha oído algo.
Percibo unos pasos detrás de la puerta. Parece que son dos personas. Se acercan.
Noto cada vez más próximas a esas dos personas. Los pasos cesan. Se oye el timbre de la puerta.
Otra vez el timbre.
Tras unos segundos, oigo aporrear la puerta.
- Sheila, ¿estás ahí? – dice una voz de hombre – Hemos quedado a las ocho y cuarto. ¿Es que lo habías olvidado? ¡Abre, maldita seas!
Al oír la voz el perro mueve la cabeza hacia la puerta y ladra. Aprovechando ese descuido, me incorporo y expulso al perro por fin fuera de mí.
El animal cae redondo al suelo y emite un gemido. El hombre tras la puerta ahora golpea más fuerte la misma mientras sigue tocando el timbre y continúa gritando el nombre de Sheila.
- ¡Sheila, ábreme, por tus entrañas de zorra! ¡Con quién estás ahí! ¡Qué le estás haciendo a Jules!
También oigo gruñir a un perro que debe de estar con el hombre tras la puerta. Unos ladridos feroces acompañados de zarpazos terribles. ¡Luego no son dos tíos, sino un hombre con otro jodido perro!
Salgo de la cama, miro en derredor mío. En el crucero de la cama hay una botella de vino vacía, la agarro. El perro se ha recuperado, corre hacia mí, salta. Justo cuando aun está en el aire le doy con la botella que se rompe en mil pedazos en su hocico.
El animal cae pesadamente en la cama, luego gira hasta el suelo, cerca de mis pies, emitiendo horribles gruñidos, mientras de su nariz mana sangre como cerveza de un grifo y mueve sus cuatro patas como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica.
El hombre, tras la puerta, sigue aporreando y gritando mientras que los ladridos del otro perro se hacen cada vez más furiosos, terribles.
- ¡Qué le estás haciendo a Jules! ¡Qué le estás haciendo a Jules! ¡Voy a echar la puerta abajo!
Efectivamente; perro y hombre se empeñan con ahínco en el derribo de la puerta de una manera contundente, como si una pala mecánica fuera la encargada de ello. En ese momento caigo en la cuenta de que estoy herido. De alguna manera la bestia, que ahora se retuerce de dolor delante de mí, me ha alcanzado con una de sus garras. La parte izquierda de la cara me duele horrores. Siento la sangre caliente derramarse por mi boca y mi pecho. Me mareo. Me apoyo en la mesa de noche.
Juan, hermano mío, estoy cada vez más confuso.
¿Qué puedo hacer? Estoy muy cansado, Juan.
El hombre y el otro perro, detrás de la puerta, siguen dando violentos golpes, rajando la madera. Ya casi puedo ver sus cuerpos.
Intento incorporarme. Caigo. Me hiero un pie y las dos manos con trozos de cristal. Me levanto. Vuelvo a apoyarme en la mesa de noche.
Aparecen tras la puerta transformada en añicos un hombre grande y gordo que lleva atado a un perro casi igual al que yace bajo mis pies, sólo que aquél se me antoja más fiero.
El hombre observa al primer perro que aun se agita en el suelo y luego me lanza una mirada furiosa.
- ¿Y quién coño eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Has visto lo que le has hecho a mi pobre Jules?- me espeta clavándome una mirada de odio. El perro, al que lleva sujeto y que tiene las patas delanteras en el aire, dirigidas hacia mí, suelta espuma por la boca y gruñe como si fuera un demonio.
Tiemblo como un niño de dos meses, hermano. Mis brazos y mis piernas se agitan sin control. Mi vista se va nublando.
- ¡Te vas a enterar, hijo de cerda! ¡A por él, Jim! - acierto a oír todavía al hombre.
¡Oh, no!
Juan, el hombre ha soltado al perro.
Intento protegerme con algo, pero mis miembros no responden.
El perro se acerca.
¡Está casi delante de mí!
¡Ayúdame, Juan, hermano!
¡JUAN!
¡JJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJJ…!