AL FINAL DEL DÍAporPablo Espíritu
Su último día de vida se le había hecho extremadamente largo. El despertador había vibrado diez horas antes de su muerte sobre la mesita de noche emitiendo un ligero zumbido, parecido al de un animal. Ella había dejado que sus dedos largos, y algo helados por el contacto con el aire, se posaran sobre el exiguo botón que le ponía fin al aullido matutino antes de enfrentarse a un rutinario día.
Diez horas después de ese momento la alfombra sobre la que se deslizaron sus pies dormidos está fría y golpeada por las motas de polvo que pululan entre el suelo y los muebles de su casa. El escurridizo pasillo que conduce a los ascensores interiores está en este momento bajo el silencio característicos de las ocho de la tarde y sus pequeños escalones, y la mínima cuesta de subida que lo caracteriza, ya no tienen la pureza de la que hacían gala en la mañana cuando ella aplastó el mármol amarillento con la pereza de sus pies, en el instante en el que el día apenas comenzaba.
Ahora está vacío. La adolescente que a las ocho de la mañana levantara los ojos y masticara chicle a forma de saludo debe haber vuelto a ese estrecho pasillo poco antes de la media tarde. Posiblemente ha comido con desgana el plato que con rigor su madre le sirve los miércoles y ha pasado el resto de la tarde deambulando por la casa caliente y aburrida. Arrastrando unos enormes calcetines que una vez le sirvieron a un amor no muy lejano para disputar encuentros de futbol en el parque de la escuela. Quizás se ha tirado sobre el sofá a leer alguna de esas revistas que siempre sobresalen de su brillante bolso, igual de adolescente y pequeño que ella, mientras a mandíbula batiente hace que esa goma infernal de fresa y cereza tenga un sentido en este mundo.
La muchacha es una cita ineludiblemente matutina igual que en la tarde lo es la espalda del portero que desaparece tras la puerta que lleva a su casa, un pequeño espacio en el que la televisión siempre está prendida en un canal de deportes eternos haciendo que el viejo portero y el hermano soltero con el que vive pasen los días en una dilatada sensación eufórica de competición y salud aunque ninguno de ellos salga a respirar el aire puro de la calle ni a descubrir si sus espaldas son capaces de mantenerse rectas el tiempo suficiente como para recuperar el título que les fue adjudicado hace más de un millón de años.
Ahí está la espalda del portero, unos anchos hombros vestidos con la gruesa rebeca trenzada con la que recibe a los inquilinos durante un turno laboral. Mostrando sus dotes de prestidigitador desaparece detrás de la puerta que pretende confundirse con los oropeles que adornan la pared y deja a la mujer sola en un ritual que ambos conocen y practican cinco días por semana a esas mismas horas.
El pasillo se queda por completo vacío y se sume en el silencio pétreo que exuda el suelo. Ella dejará que sus pies se deslicen y dejará que la suave sensación de encontrarse por fin cerca de casa comience a tomar posesión de su cuerpo. Permitirá que su abrigo se vuelva una inmensa manta pesada sobre sus hombros cansados, los que hace sólo dos minutos caminaban por la calle erguidos como estatuillas orgullosas, permitirá que sus pies se sientan adoloridos y que la lengua comience a endurecerse a causa de la sed. Ese también es un pequeño ritual y es la némesis abierta y conocida de sus comportamientos matutinos. Ahora que está frente a la puerta del ascensor y que la caja mecánica ya desciende a fuerza de gomas y cuerdas de hierro a su llamado puede ver con claridad que cualquier tipo de parecido entre la mujer que esa mañana estaba en ese lugar y la de ahora es pura coincidencia. Porque en este instante, confirma la noche cerrada con un ligero vistazo al reloj con destellos plateados sobre la esfera, no hay absolutamente nada en común. El pintalabios de esta mañana ha sido absorbido con los dos primeros besos a la taza de café en el cubículo que ejerce como lugar de recreo para los cincuenta empleados de la oficina. El perfume, que sólo compra en aeropuertos o en el cielo, se ha ido detrás del suave rosado de los labios quizás con los pasos que a las dos de la tarde la condujeron frente al fax.
Abre la boca y deja salir el aliento cansado de las últimas diez horas. No, absolutamente nada que ver esa boca con la de los blancos dientes con sabor a la menta de un árbol que nace en selvas robustas de libertad que ni siquiera se ha propuesto imaginar. El ruido seco y lleno de impertinencia del viejo ascensor la despierta del recorrido vago por sus hazañas de conservación matutina y le obliga a exhalar un suspiro que insufla de vida los metros irrisorios de acero y al espejo enorme y asustadizo del elevador dotándolos de un mínimo de humanidad. No es difícil, ahora que ya se halla frente al vidrio de sus vanidades matutinas y sus reencuentros nocturnos, dejar que el alivio navegue por el espacio circundante sin respetar ninguna norma. En cuestión de minutos la llave se deslizará dentro del enigma de la cerradura y ante ella se abrirá el pasillo reducido que tanta calidez le despierta. En ese estrecho hueco del mundo, en un edificio repleto de otros departamentos igual de grandes que el suyo, se han producido algunos de los momentos más satisfactorios de su rutinaria y agradable vida. Allí, con el perchero por escolta, se ha despedido en un abrazo del más pequeño de sus sobrinos. Ha dejado que sus cortos brazos de niño rodeen su cuello y se ha impregnado del olor infantil y de lo momentáneo de su muestra de afecto. Ahí mismo ha recibido algún regalo que otro y ha despedido, sin distinción en la hora del día, a los amigos y a los familiares. Saborea, pese a que se encuentra en el aire oscuro de un monstruo mecánico y obsoleto, la sensación que le invadirá al encontrarse de nuevo en el paraíso artificial y necesario que es su casa.
Las tenazas que topan contra la caja del ascensor y su atronador ruido son la señal de que ya se está mucho más cerca de lo prometido. Empuja la puerta para salir del elevador y encontrarse en el pequeño vestíbulo que comparte con un departamento que se encuentra vacío desde que el viudo que lo habitaba decidió cambiar de aires y volverse al pueblo del que decía no era necesario haber salido nunca. Esa fue su frase de despedida. El anciano había obviado el futurismo del timbre y haciendo acopio de fuerza había hecho chocar sus huesudos dedos contra la puerta de su vecina. A ella los sonidos de las falanges sin carne contra la madera le habían parecido truenos lejanos y no fue hasta que se aproximó a la ventana y elevó la mirada al cielo plano y azul que supo que los sonidos venían de este mundo. Había recorrido el pasillo, sorteando la presencia del delgado perchero, y con la confianza de la vida segura había hecho girar la manilla que dejaba que las circunstancias entraran a su antojo.
Los ojos oscuros y dilatados del viejo y sus cejas elevadas hicieron que ella no pudiera evitar una sutil sonrisa. El viudo se despidió con dos frases y un apretón de manos como había hecho cuarenta años antes cuando abandonó un pueblo que nunca había sido próspero y a una novia con la que el amor tampoco pensaba prosperar. En las últimas cuatro décadas el viejo no había cambiado nada y el chico del norte que a los veinticuatro años tenía por toda posesión una maleta de cartón con riesgo a perecer en una lluvia torrencial de otoño emprendía viaje con la misma fuerza con la que se fuera por primera vez. Ni la larga enfermedad de su mujer ni las rutinas de una vida sin la naturaleza seca a la que había estado acostumbrado habían conseguido doblegar su espíritu provinciano.
- Adiós señor, un placer y que todo le vaya muy bien.
Ahora la puerta permanece cerrada y el silencio reina entre ella y su vecino. La ida del viudo ha supuesto un pequeño golpe de libertad porque si antes sus miradas se encontraban tras las ventanas del salón y la cocina ahora por ojos escudriñadores sólo está la oscuridad de las cortinas abotonadas.
La puerta de su casa está allí esperándola. Ya no cabe ninguna duda de que el milagro del descanso nocturno está próximo, que en cuestión de minutos la calefacción se habrá puesto en funcionamiento y su mano impaciente se paseará por los tubos fríos esperando la confirmación sobre el calor artificial y hogareño. Busca las llaves en el bolso en el que conviven unas gafas de sol, el suplemento del periódico del domingo y unas galletas que nunca encuentran el camino para llegar a la boca de su dueña. En el bolsillo pequeño se hallan las escurridizas y heladas llaves. Las hace chocar unas contra otras con la finalidad de extraer de esa combinación el sonido familiar y único que determina que esa ella y que esa es su casa.
La llave se desliza en los resortes desconocidos y con un ligero golpe hacia delante el pasillo, oscuro como todas las noches de lunes a viernes, se despereza del abandono ante sus ojos. Abre las aletas de la nariz que han estado presas de olores del mundo durante un día infinito y deja que el aroma de su propia identidad llene los pulmones. Es una amalgama que reúne unas gotas del perfume de todos los días, los pequeños golpes aromáticos del café matutino y la labor tiránica de las únicas tres plantas que oxigenan la casa durante su ausencia. Podría distinguir ese olor de cualquier otro en el mundo, como las madres el de los hijos y los animales la pestilencia grotesca de sus cuevas.
Se quita el abrigo perezosamente antes de dejar caer su dedo índice sobre el interruptor. No le ha hecho falta hasta el momento más luz para distinguir que la que mana de algún recoveco no recordado de su casa. Quizás esta mañana estaba muy dormida y dejó la luz del dormitorio encendida o quizás fue la lamparilla que está junto a la mesita y el globo, es una luz pequeña y fría la que debe haber olvidado apagar esa mañana y que ahora la recibe iluminando débilmente el pasillo. Es extraño en ella, cuyas conductas son meticulosos y sus rituales inquebrantables, pero mañana, se dice, no volverá a pasar.
Cuelga el abrigo y presiona el interruptor dejando que una luz poderosa y real ilumine la escena que es su llegada a casa. En un par de minutos estará tumbada en el sofá o quizás bajo las gotas irregulares y calientes que desprende su ducha. Se muerde el labio inferior en señal de placer futuro antes de arrastrar el primero de sus pies hacia el salón.
Ahí está la pequeña lámpara encendida, su error, como había supuesto era la luz del salón que utiliza para leer las revistas, ¿cuándo la habría encendido? Hacía días, quizás más de una semana que no había tenido ganas de leer en casa e incluso cargaba con el suplemento del periódico en el bolso, que extraño no recordar lo que uno hace. Sus pies de deslizan por la madera acuchillada y abrillantada unas semanas antes de la llegada anunciada del invierno mientras sus ojos ya están puestos en el escabel en el que se dejará caer para quitarse los zapatos.
Si no fuera porque sabe que está cansada, que fue un día largo como suelen ser los miércoles se atrevería a pensar, ahora que está a punto de alcanzar la puerta blanquecina del dormitorio, que hay algo extraño en el aire, un calor especial, como si la vida hubiese empezado a calentar la casa antes de su llegada. Conoce esa sensación porque la ha vivido intensamente. Desde hace unos meses André ha dejado de ser una cita amorosa en la calle para convertirse en un alma llena de calor que pulula por su casa los fines de semana. El olor y el calor familiar que dan dos cuerpos juntos en el salón y el dormitorio es para ella una de las experiencias más intensas de su frágil mundo. Ahora que arrastra los pies y que ha dejado la palma de su mano caer sobre la madera niquelada una sensación mínimamente similar a la de los cuerpos juntos aparece, algo así, se dice instintivamente, como la presencia de alguien que no va a quedarse, quizás, podría ser la de un gato o la de un perro o....
Los ojos se abren en un gesto desolador cercano a un terror que ni ha experimentado ni ha oído hablar. Ella no se ha dejado la luz del dormitorio encendida, eso sí no podía ser, y tampoco puede ser que la sombra amenazante y dilatada por la penumbra que se acerca a ella sea una creación suya. Abre la boca para gritar antes de pensar siquiera en emprender la fuga pero los brazos de la sombra se abalanzan sobre su cabeza.
“Si un ladrón entra a tu casa a las ocho de la noche no va a robarte es que quiere matarte”, lo que nunca ha pasado por sus pensamientos ahora lo ha con la celeridad con la que los brazos del hombre aprietan su cabeza intentando aplastarla, como si se tratara de un armazón sin huesos. Sus piernas de cristal golpean la dureza de carbón de las del hombre.
- Tranquila, no te va a pasar nada- el desconocido ha puesto su enorme mentón sobre el mismo centro de la cabeza de ella y con todas sus fuerzas lo intenta introducir en el cráneo débil de mujer -tranquila si no quieres que te duela.
La enorme presión de la mandíbula de tiburón sobre su cabeza y el intenso terror no logran que se desvanezca y aunque sólo piensa en como caer muerta por un golpe de miedo y de descontrol sus pensamientos vuelan de una parte a otra con una celeridad que jamás ha conocido mientras sus piernas y sus brazos se resisten al abrazo de las garras del oso que la inmovilizado.
“¿Esas palabras?¿De donde es ese acento?”, ¿es la vida la que llama a su puerta?, ella que un nunca ha hecho nada, que nunca ha ido a ninguna parte, ¿ese acento no es el de un extraño? Uno de esos países frío y lleno de montañas de piedras y arbustos en los que nunca estuvo y que los demás dividen como si fueran costureros dementes creando locos que han aprendido a matar como forma de vida, “¿es uno de esos? ¡no, por favor, no!”
Si su cabeza se pudiera detener pero mientras su pecho late contra el del hombre que la está aplastando con la fuerza de toneladas de hierro su cabeza se ha vuelto independiente de ella y a la vez que intenta controlar el terror busca una solución.
- Prinsesa, no me lo hagas difícil- sus músculos se han reinventado con una nueva fuerza y ahora los huesos quebradizos de la princesa si empiezan a temblar. Ella intenta abrir la boca pero se topa con un rugoso abrigo que desprende olor a alcanfor y con sus propia melena envuelta entre sus dientes.
- No me mates, por favor no me mates- pero la boca está abierta contra las clavículas titánicas del hombre y sus labios no pueden moverse ni separarse de los dientes por lo que su petición nunca sale.
-Prinsesa.
Su cabeza va perdiendo fuerza ahora que siente el ancho mentón del hombre como un pequeño martillo afilado. Sólo es el miedo que te duerme, ¿pero por qué no nos duerme enseguida? Sus ojos están cegados por sus propios cabellos afilados y cortantes y aunque sus lagrimales vibran con el terror que siente están tan secos como la piel del hombre que se estrecha contra su cuerpo en camino de ser despedazado.
Mientras su debilidad aumenta la del hombre también lo hace. El desconocido comienza a soltar suevamente las amarras de sus brazos, los desliza con la gracia de un experimentado bailarín o un amante por la espalda de ella hasta llegar a los hombros y de los hombros al pequeño cauce vital de su cuello. Sus rugosos dedos de extraño se posan como patas de insecto sobre la piel sin restos del perfume matutino y se unen, unos contra otros, en un juego perfecto entre enemigos y rivales. Sus enormes manos de palmas duras y heridas mueven la cabeza de ella hasta conseguir que su suave melena castaña deje de arañar los ojos. No podrá pedirle a la mujer que lo mire, que se identifique con él porque los párpados semi abiertos sólo dejan ver una espacio en blanco donde antes se movían sus serenas pupilas.
El golpe de un cuerpo de mujer contra el suelo de madera recién acuchillado y barnizado es muy similar al de una pareja que rueda llena de pasión por el suelo o el de un par de libros pesados que se escapan de las manos.