Anatole France.
<<Tras el desgraciado accidente aéreo que ha acabado trágicamente con las vidas de nuestro querido Presidente y dos de los miembros más destacados de la Junta Ejecutiva, dando lugar a la renovación parcial de la cúpula de nuestro partido, me veo obligado, superando el profundo dolor que embarga nuestras filas, a emitir este informe, dadas las actuales discrepancias que existen sobre la conveniencia de mi designación como candidato oficial para la Presidencia de la Nación.
<<El desgaste que viene sufriendo mi imagen pública durante el transcurso de mi mandato, y que ha dado pie a que los miembros incorporados recientemente a nuestra Junta Ejecutiva calibren la necesidad de presentar al país una nueva figura política que tenga más posibilidades de regir los destinos del Estado en las próximas elecciones, confío en que sea considerado un mal inevitable (sin perjuicio de que dicha pérdida de popularidad se valore en su justo grado y se intente minorarla con todos los medios a nuestro alcance) una vez que exponga las circunstancias que me llevaron a la cima de la nación y que aconsejan, indefectiblemente, mi continuación en la cumbre de la misma.
<<Fue en una de las primeras reuniones ejecutivas, allá por 1.996, cuando nuestro entonces Secretario General, don F.G.., y el Secretario de Organización y Coordinación, don J.B.., decidieron llevar a cabo, en una reunión secreta, una serie de estudios que establecieran un modelo comparativo que pudiera servir para designar a la persona capaz de aglutinar los diferentes sectores y grupos sociales del país, de manera que nuestro partido, en las elecciones generales que se avecinaban, no sólo obtuviese un alto grado de representatividad en ambas Cámaras del Parlamento, sino que llegara a conseguir que la totalidad del poder descansara en él al absorber la Presidencia del Gobierno. Con este objetivo fueron formadas así una serie de comisiones de estudio que llevarían a cabo sus investigaciones de forma aislada. La compartimentalización guardaba el secreto, y los datos que dichas comisiones suministraron en su día, y que actualmente siguen manteniendo toda su validez, analizados por un grupo de expertos antes de ser resumidos en sus conclusiones finales. Catalogados como prioritarios, dichos estudios fueron presentados a los miembros restantes del ejecutivo, discutidos y aprobados por unanimidad el 14 de julio de 1.996.
<<Por aquel entonces yo era un miembro menor de nuestra organización que, aun siendo diputado, trabajaba de manera oscura en una de las muchas delegaciones provinciales del partido surgidas a raíz de que el pueblo tomara confianza en el proceso democrático, y a muchos de nuestros militantes (por no decir que a casi todos), les sorprendió mi rápido ascenso dentro del organigrama y que me llevó, en el corto plazo de unos meses, a alcanzar la Vicesecretaría Técnica y en la Asamblea de Compromisarios de septiembre del 97 a ser nombrado Secretario General. Quizá extrañe que diga que el primer sorprendido fui yo, pero razones de fuerza mayor, entonces desconocidas para mí, obligaron a que fuera sacado del anonimato.
<<En aquella época las conclusiones sobre las características del candidato ideal fueron contrastadas con la información que se tenía de nuestros afiliados más destacados. Diez o doce miembros del partido, que actualmente ocupan cargos de gran responsabilidad en distintos estamentos gubernamentales, fueron seleccionados en una primera instancia. Sus características personales parecían indicar que formaban el grupo idóneo para encontrar entre ellos, con un escaso margen de error, a la persona que conseguiría encumbrarnos en el poder. La inteligencia de J.C.., los conocimientos económicos de J.M.., los legales de D.L.., el pasado revolucionario de T.J.., la empatía y capacidad para atraerse a las masas de P.Z.., les hacían destacar como nuestros militantes más significados, aunque después la Comisión Ejecutiva descartara a varios para amoldarse a la evolución política del país. También fue entonces cuando el destino, en forma del estudio denominado Análisis Evolutivo del Gobernante y del Mantenimiento del Poder, me hizo entrar en escena.
<<Dicho informe, recibido con retraso debido a la complejidad que implicaba su desarrollo y a la minuciosidad con la que fue realizado, aportaba unos datos que refutaban, para sorpresa de todos, las inferencias establecidas en principio. En contra de lo que se pensaba, el referido informe indicaba que una inteligencia superior en el gobernante sufriría en exceso ante las reacciones viscerales y a menudo irracionales de las masas, incrementando el riesgo de que la persona, que detentara el poder, padeciese una neurosis a corto plazo. También fueron sorprendentes los resultados relativos a la capacidad de conectar emocionalmente con los grandes grupos sociales. El sujeto, con dicha capacidad empática, acabaría dejándose arrastrar por los vendavales de impulsos emotivos que galvanizan a las muchedumbres, estrangulando sus controles lógicos e incrementando, de esta manera, el riesgo de que las decisiones que tomara fueran, en el mejor de los casos, "arriesgadas" para el Estado. Asimismo la fidelidad ideológica al partido tampoco se establecía como una cualidad recomendable en el dirigente de una comunidad democrática y pluriteorética. Se concluyó que un dignatario intransigente, que intentara llevar a cabo todas nuestras concepciones filosóficas, podía arrastrar a la nación a un proceso disgregativo, ya que sólo una situación de partido político único permitiría una imbricación satisfactoria entre ambos polos del dominio (es decir, entre gobernante y gobernados) y eso siempre que existiera un proceso previo de depuración socio ideológica en los individuos disidentes en el territorio. Por otro lado la parcelación progresiva del conocimiento, originada por el avance tecnológico, hacía que las especialidades profesionales de los sujetos dejaran de ser significativas. Resultaba igual de indiferente que el dirigente fuera economista o abogado, ingeniero o albañil, e incluso esta situación podría ser observada mucho más claramente en el cuarto nivel de la pirámide del poder, donde existiría un constante enfrentamiento entre los individuos con mando para ampliar sus áreas de autoridad ajeno a que las necesidades del Estado, y su capacidad para abarcarlas, hicieran razonables sus peticiones, como actualmente se puede comprobar que viene sucediendo entre algunos de nuestros afiliados engarzados en la estructura gubernamental.
<<Sin embargo, y en contraposición, dicho estudio destacaba tres factores fundamentales para la gobernabilidad de un país. Técnicamente fueron denominados mutabilidad física, facilidad de incomunicación verbal y dismemoria.
<<En primer lugar el rostro del gobernante debía poder adaptarse a las características intrínsecas del grupo social con el que tratase, para producir una atención positiva en éste. Se recomendaba así una simetría anodina en los rasgos faciales del mandatario, para poder ser retocada más fácilmente por los especialistas en maquillaje. El líder (y por tanto el partido, si quería mantenerse en el poder) debía tener tanto la capacidad de representar un rostro agotado frente a una reunión sindical como igualmente ser capaz de despertar, con la dulzura de ojos de un hijo bondadoso, las nostalgias de la ancianidad en una asamblea de jubilados. A continuación, en un segundo orden pero no por ello menos importante, se destacaba la facilidad de incomunicación verbal. El desarrollo de los medios de comunicación, la necesidad de actuar como intermediario entre ambiciones encontradas y el ansia desatada de información nueva cada día en las masas populares, encarecían a su vez que el dirigente elegido tuviese una gran facilidad para emitir frases vacías de contenido, principal garantía de, al menos, no incrementar las tensiones sociales que existiesen y de retrasar, en todo caso, los cambios socioeconómicos que pudieran perjudicar a nuestra estructura política. En cuanto a la dismemoria, destacada entre todas como la facultad más necesaria para la perpetuación en el poder, hacía referencia a un bajo nivel en la capacidad humana de rememorar. La dismemoria era en definitiva una válvula de seguridad para la salud mental del gobernante y el pilar básico para la continuidad del partido. Diluyéndose la memoria, se difuminaría la responsabilidad del dirigente relativa a los actos, acciones y decisiones que tomase; es decir, su conciencia no sufriría posibles remordimientos frente a sus concepciones éticas, morales o ideológicas, con lo que su cerebro, espíritu o alma, según queramos considerar, no sufriría si contaba con este vertedero automático para las desagradables acciones a las que a veces fuerza el ejercicio del mando. Por otro lado, también la dismemoria impediría la fragmentación y la autocrítica dentro del partido para, en cambio, facilitar su perpetuación como ente político. Las tensiones internas y las ambiciones personales de sus miembros quedarían limitadas de esta manera al tercer nivel de la pirámide del poder, ya que un dirigente con esta característica dependería totalmente de sus asesores, quienes verían satisfechas así sus pretensiones personales de forma colectiva, al detentar realmente cada uno su parcela correspondiente de predominio dentro de nuestra supremacía sobre el país.
<<Las probabilidades de permanencia fueron analizadas en base a estos datos, y la conclusión fue rotunda. Si se conseguía introducir como mandatario a un afiliado con estas características, la perduración del partido en el Gobierno, con ligeras oscilaciones cíclicas que afectarían únicamente al porcentaje de nuestros representantes en las Cámaras, estaría asegurada por un mínimo de cuatro décadas.
<<Y son estas razones, que en su día me llevaron a ser elegido para servir al partido y a la nación desde el puesto que ocupo, las que obligan a que me den incondicionalmente su apoyo, puesto que, aunque actualmente se pueden encontrar individuos entre nuestros afiliados que manifiestan en mayor o menor grado las dos primeras características, de momento no tenemos a nadie en nuestras filas que supere mi capacidad dismemórica en su tranquilizadora intensidad, y que hace que, mi vida, sólo abarque el último mes de mi pasado.
<<Fechado y rubricado>>.
Un rayo de sol se cuela por los cortinajes que defienden al despacho de miradas indiscretas. Revolotea, gira, reverbera indeciso y, mariposeando, ajeno a la importancia del hombre -al que le da la espalda-, se pone a jugar sobre el documento. El Presidente se pregunta cuántas veces habrá redescubierto que su capacidad de trabajo, su inteligencia, su diplomacia, su honestidad y un largo etcétera son sólo palabras huecas. <<Señor -una mano surge ante él, acompañando a la voz-. La reunión es a las diez, señor Presidente>>, le insiste, tendiéndole una pluma, su secretario. El señor Presidente lo sabe. Está en su agenda desde hace tres días. Pero, ¿cuándo ordenó él que se celebrara? ¿Cuándo decidió confeccionar el informe? Está tentado de preguntar, pero luego sus ojos se detienen en la fotografía de una mujer y unas niñas que tiene sobre la mesa. Ayer eran su familia, y también la semana pasada. Y hace un mes aún alcanzan a pertenecerle. Pero, ¿y hace dos? ¿Y hace un año? Tendría que buscar su cariño en los archivos para saberlo; sus besos en los reportajes fotográficos; sus palabras de amor en los chismes de las revistas del corazón. El Presidente sabe que solamente de una cosa puede estar seguro, que sólo de una cosa tiene consciencia, que únicamente de una cosa tiene certeza, y es de su enfermedad; de su amnesia evocativa. Entretanto, el rayito de sol, curioso, decide investigar lo que observa la mirada del hombre y, ensanchándose, trepa por el cristal que protege la fotografía. Está frío y resbala. El rayito de sol no comprende qué interés puede haber en una plancha helada para que los dedos de un hombre se alarguen rozándolo. Una punzada ácida le sube al Presidente hasta la boca. <<Lástima que no olvide mi úlcera...>>. Luego la angustia se le desborda, cuando piensa en la existencia que será suya hasta que se le diluya en la pendiente del olvido; cuando siente la certeza de ser un pobre diablo; cuando tiene la convicción profunda de ser una miserable ameba, una insignificante ameba que se remueve en el minúsculo microcosmos de su gota de agua y que, en su pequeñez, ignora que está siendo manipulada bajo un microscopio. Su secretario le mira entonces, e intuye la exasperación muda que corroe a su superior: no en vano ha sido él quien le ha redactado el escrito. <<No se preocupe, señor Presidente, dentro de poco habrá pasado este mal trago y volverá a ser lo que la Historia contará de usted. Y ahora, señor, si quiere hacer el favor de firmar...>>, le insiste, con cierto apresuramiento, su secretario, señalándole el escrito. El Presidente rúbrica, mientras intenta desesperadamente, frente a la fotografía, en vano, retraer de la memoria la imagen de unas niñas en sus brazos. Entretanto el rayo de sol, cansado de vagabundear, descubre un lienzo y decide trepar por la pared para observar de cerca sus colores. El rayito de sol no lo sabe, pero ilumina, sin querer, el gran retrato del Conductor de la Patria...