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Torrente Andrada, Soraya (Cascabel)

El dolor de Tom



Tom había llegado a casa cabizbajo, con los ojos hundidos, envuelto en misterio y oscuridad. En su mirada solo se percibía desconfianza, miedo y un vacío que helaba la sangre. El cariñoso y comprensivo gesto de Sara, que lo recibía con tanta ternura, solo provocó en él una fría y  completa indiferencia. Su actitud se mostraba esquiva y carente de cualquier sentimiento afectivo.

En el pequeño pero acogedor salón, Sara lo tenía todo dispuesto. La comida preparada inundaba el ambiente de un exquisito olor que invitaba a comer. La chimenea encendida daba a la estancia un calor hogareño que contrarrestaba con el frío y la insistente lluvia en el exterior que desde hacía dos días no daba  tregua; el invierno se había echado encima antes de lo previsto.

Tom había viajado durante todo el día en un frío y húmedo vagón de tren desde Galicia hasta Madrid y ni el cansancio, ni el hambre, ni siquiera el frío, parecían haberle despertado de su letargo y ella se sentía ¡Tan identificada con él…!

Sara se sentó a la mesa e invitó a Tom a comer con una delicada y tierna sonrisa pero él no respondió. Siguió postrado en aquel rincón con la mirada perdida y un mar de tristeza en sus ojos.

Ella iba a dedicarse en cuerpo y alma a Tom durante sus quince días de vacaciones ¡Deseaba tanto verle feliz…!

Sara despertó con el timbre del teléfono de una siesta con sobresaltos y de un sueño poco reparador. Ya no recordaba la última vez que había dormido bien. Tal vez desde su infancia. Ahora se ayudaba con fármacos. Mientras se acercaba a la mesita para atender la llamada, observó a Tom en un rincón. Silencioso, ausente. Solo dejó entrever un halo de desconfianza ante la cercana presencia de Sara demostrándolo con un ligero desplazamiento para evitar cualquier contacto.

Hola mamá!

No, no ha comido todavía.

Me preocupa su delgadez, si por lo menos bebiera un poco de leche…

No mamá, prefiero que de momento no venga nadie de visita, creo que será mejor esperar unos días.

Gracias mamá, sabía que lo comprenderías.

Un beso

Podría decirse que Sara era una mujer lamentablemente a la última, una mujer por desgracia en el candelero, una mujer a la moda con las últimas tendencias sobre su piel. Porque de un tiempo a esta parte, ella y otras muchas mujeres lucen un estilo sobrecogedor que les hace estar presentes cada día en los medios de comunicación. Se caracterizan por llevar el cuerpo tatuado a golpes, los ojos permanentemente pintados de púrpura y el alma humillada reflejada en su rostro.

-Dos años antes de la llegada de Tom, Sara había viajado a Madrid. Había salido de su casa en Galicia con lo puesto y completamente destrozada, huía victima de un constante maltrato físico y psíquico por parte de su pareja. Huía sin saber muy bien adonde, pero sí sabía de que. Huía del horror, del dolor y de la humillación a la que constantemente había sido sometida.-

En Madrid, lejos de su verdugo, comenzó otra vida. El principio fue duro.

A su llegada buscó alojamiento en una casa de acogida regentada por otras mujeres víctimas de maltratos. Allí vivió el día a día en compañía de otras que habían corrido su misma suerte, su misma desgracia. Convivía con las experiencias ajenas que le recordaban cada día la suya propia.  Volvió a vivir en las sesiones de terapia de grupo una y otra vez los horribles recuerdos de la humillación y del profundo dolor. Aprendió a enfrentarse a esa cruda realidad con la ayuda de profesionales.  Y un día, se vio capaz de volver a empezar por ella misma, sin olvidar, pero aparcando su dolor para renacer de nuevo.

Pasado un año, Sara se instaló por su cuenta en un pequeño apartamento en la zona de Bravo Murillo; siguió en la casa de acogida por las mañanas, pero ahora ayudaba a renacer  a otras que llegaban completamente muertas en vida. 

Por las tardes había conseguido empleo en una escuela de ballet como recepcionista y desde su puesto a través del cristal observaba  al grupo de niñas volando y dejándose caer sobre las puntas de sus pies, libres, felices. Sara las miraba con ternura y deseaba que el futuro prometedor que las aguardaba no se viese jamás truncado por un verdugo como el que le había machacado a ella sus piernas a golpes y la había alejado para siempre de su pasión, el baile.      

Sara  miraba con dulzura como Tom se había ido acercando al plato poco a poco y había empezado a comer dos días después de su llegada, la alegría la embargaba por dentro, sentía unas enormes ganas de acariciarlo, pero era pronto todavía, él la hubiera rechazado. Por hoy estaba bien así.

Poco a poco Tom se acercaba más a Sara, habían transcurrido dos semanas desde su llegada a Madrid , la observaba con curiosidad y no con la acritud de los primeros días, sus movimientos eran naturales y no tan desconfiados, esos pequeños cambios daban a Sara esperanzas y fuerzas para continuar. Sabía que lo lograría con amor, cariño, paciencia y con mucha comprensión. Tom renacería como lo había hecho ella.

¡Hola mamá!

¿Sabes? Tom está mucho mejor, ha comido y ya deja que me acerque.

Puedo acariciarlo, ya no está tan tenso, yo le hablo cada día con ternura y noto como va confiando en mí. Esta tarde se ha acercado y se ha recostado a mi lado en el sofá.

¡Tengo tantas ganas de verle bien!

Sí mamá, este sábado será un buen día para que vengáis a visitarme.

Un beso mamá

Para Sara cada día era un reto, se despertaba cada mañana con la esperanza de conseguir que Tom avanzara un paso más. Deseaba que el sufrimiento vivido en el pasado quedase a un lado y la confianza volviese a él de nuevo para poder afrontar un futuro en paz.

Ella sabía que con amor, ternura y dedicación, poco a poco Tom volvería a disfrutar de la compañía y a confiar de nuevo, y eso era ahora lo más importante para ella.

Sara había dispuesto todo para que Tom se sintiera a gusto con la visita, le había contado que su madre y su hermana vendrían a verles desde Galicia. El se mostraba activo y hasta parecía que contento.

En el salón estaba la mesa preparada, Sara había cuidado hasta el mínimo detalle, un jarrón con unas preciosas rosas rojas en el centro y unas bandejas de canapés variados y exquisitos para comenzar. La campanilla del horno avisaba de que el cordero estaba ya listo y de la cocina manaba un olor estupendo.

El timbre sonó y Sara supuso que sería la esperada visita de su familia, nerviosa e impaciente se dispuso a abrir y ni en sus peores sueños hubiera imaginado con lo que iba a encontrarse al otro lado de la puerta. Tom escuchó desde el salón una voz que reconoció al instante y que le heló la sangre.

¡Hola zorra!

¿A qué viene esa cara?

¿No esperabas mi visita?

Veo que has preparado la cena para nosotros

Sara temblaba, su cabeza daba vueltas, el corazón le latía con fuerza y no podía respirar.

En la puerta, su verdugo, la apartaba de un empujón y entraba en casa tirando al suelo todo lo que encontraba por el camino. Sara intentó escapar pero cuando su mano estaba a punto de asir el pomo de la puerta recibió un fuerte golpe en la cabeza que la dejó aturdida. Él la ató de pies y manos y la arrastró por los pelos hasta el salón.

Tom, escondido tras la cortina, víctima del pánico observaba inmóvil como Sara recibía golpes e insultos. El miedo le había paralizado.

¿Creías que no te encontraría?

Te dije que te mataría, nunca debiste abandonarme

¡Yo soy tú dueño! No vas a olvidarlo nunca ¿verdad?

Sara sangraba por la nariz, abundantemente, intentaba buscar a Tom con la mirada pero la vista se le nublaba. Deseaba que por lo menos él pudiera haberse escondido y que su verdugo obsesionado con ella no hubiera reparado en él.

Sara lamentaba lo que Tom estaría viviendo de nuevo, lo imaginaba muerto de miedo agazapado en algún rincón.

Tom, ese Rottweiler fiel que había sido maltratado hasta casi la muerte por el mismo verdugo que había destrozado a Sara.

Tom, ese perro  que llevaba todavía en su cuerpo las cicatrices que su amo le había causado a base de golpes y quemaduras. Y este ser sin alma, sin escrúpulos y poseído por la ira,  había vuelto de nuevo a su vida irrumpiendo en ella para arrebatársela. 

Sí, Sara y Tom tenían en común los golpes tatuados en su piel a mano por el mismo salvaje, y la humillación en su alma grabada por el mismo ser repugnante.

-Sara se había hecho cargo del perro cuando se vio con fuerzas. Cuando poco a poco consiguió superar sus miedos, cuando volvió a la vida después de haber llegado herida de muerte a la casa de acogida para mujeres maltratadas. 

Lo recogió destrozado, con grandes secuelas físicas,  y poco a poco con cariño, ternura y mucho mimo, estaba consiguiendo que el animal volviera a confiar en el ser humano-.            Mientras pensaba en Tom, levantó la mirada unas décimas de segundo y pudo ver las manos de su verdugo empuñando un cuchillo de grandes dimensiones, pudo ver la cara de aquel asesino completamente desencajada por el odio y la locura, sus ojos desorbitados sedientos de venganza. Vio como el cuchillo que asían aquellas manos sudorosas que tantas veces la habían machacado iba directamente a su corazón y  al instante supo que había llegado su fin.

Sara cerró los ojos, apartó de su mente la imagen de la muerte y pensó en su fiel amigo de nuevo, pensó en su madre y en su hermana que estarían a punto de llegar y se imaginó por un momento volando con sus zapatillas de ballet, libre, como las niñas de la academia de baile. Volando lejos de la tortura, lejos del dolor y a salvo con su familia y con Tom.  

Con los ojos cerrados, y abandonada a su suerte esperando el golpe definitivo, Sara escuchó un grito de dolor, el grito de su verdugo. Abrió los ojos aturdida y pudo ver a Tom abalanzarse sobre el que había sido su amo, le tenía agarrado por el cuello con sus dientes y lo zarandeaba lejos de Sara.

El verdugo era como una marioneta terrorífica manejada por Tom que, enfurecido, le arrancaba la piel a tiras con su boca.  El sonido seco de un cuerpo inerte  al caer sobre la baldosa hizo presagiar a Sara un final, pero en ese momento no fue capaz de adivinar de quién, porque, tambaleante, había conseguido reptar hasta la puerta; allí pudo a duras penas ponerse en pié y abrir.            En el descansillo de la escalera pidió socorro a gritos y los vecinos corrieron en su ayuda. Cuando llegaron a la estancia, se encontraron a Tom sobre el asesino, que yacía muerto en medio de un gran charco de sangre. Tom jadeaba y miraba a Sara, y en sus ojos, ella, pudo entender lo que quería decirle.

He acabado con nuestro dolor, no volverá a ponernos jamás una mano encima, ni a humillarnos. Pero también pudo ver que este era  el último suspiro de Tom. Sara corrió a su lado e intentó con sus manos parar el chorro de sangre que manaba del pecho del perro atravesado por el cuchillo, pero a Tom solo le quedó un halo de vida para acercar su boca a la mano de Sara que intentaba cortar su hemorragia  y se despidió para siempre de ella lamiendo con ternura su piel, como queriendo curar su herida.

Tom se había ido dejando a Sara a salvo, librándola con su propia vida de un dramático final.  

Sara hizo renacer de nuevo a Tom, lo sacó de la tristeza, de la desconfianza y del dolor que solo conoce el que ha recibido patadas en su cuerpo y en su alma. Lo hizo desde la comprensión, la paciencia y el amor, igual que con ella lo hicieron sus compañeras en la casa de acogida y su propia familia.

Tom estaría siempre a su lado, en su corazón.

Fuera ya no llovía y el sol empezaba a dejarse ver.

Su madre y su hermana comían en el salón, a su lado, en silencio.

Sara llevaba puestas sus zapatillas de ballet de nuevo.

En la esquina de la estancia un plato de comida vacío, un hueso y una gran ausencia. La de ese animal que había actuado como un ser humano y en la mente se Sara un único objetivo, olvidar al humano que se había convertido en el peor de los animales.            Ella sabía que tenía que continuar, que tenía que vivir y que tenía que confiar. Se lo debía a él. Su compañero, su guardián. 

El dolor de Tom se había terminado para siempre, el futuro de Sara volvía de nuevo a renacer de entre las sombras y esta vez no permitiría que nadie volviera a truncar sus sueños.

Al día siguiente, Sara, volvió como cada tarde a la escuela de ballet, pero esta vez no se sentó en la recepción. Volvió del vestuario ataviada con su tutú y con sus zapatillas, con decisión y una sonrisa en los labios escuchó a la profesora de ballet decir a sus alumnas.

Niñas os presento a vuestra nueva compañera de clase.

Sara, comenzó a volar de nuevo sobre las puntas de sus pies.                                                                                               

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