PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Trochon Ricciardiello, Pablo (Tito Allende)

El don de la palabra

 

Advirtió que Clarisa dormía, en cuanto acabó de leer La majestuosa historia del muñeco Pinocho: las comisuras humedecidas hacían suponer que desde mucho antes. Pensó en sus últimos ademanes sin destinatario y se sintió avergonzado, avergonzado de sí y de su verborragia infatigable, inacabable, casi condenatoria.

Salió del cuarto guardándose en su interior todos los ruiditos, llevándose consigo cualquier mojón de la vigilia, para que su princesita no despertara. El Narrador se dirigió hacia la cocina mareado por el cambio lumínico; miró nuevamente el reloj y echó un trago al resto que quedaba en el vaso de whisky. Clarisa, despatarrada en la cama grande; en la penumbra, su cara brillante, transparentaba una tranquilidad abrumadora.

Tras oler una camisa que se colocó al vuelo, se lavó la cara e improvisó una mueca de satisfacción que le salió bastante bien. Desprendiéndose los dos primeros botones de la camisa, recordó épocas más esperanzadoras, más ingenuas.

Se perfumó con generosidad y telefoneó a alguien. Sonrió en repetidas oportunidades. Agarró el manojo de billetes, unos condones a punto de vencerse, y volvió a mirarla ya sin remordimientos: su preocupación se sarandeaba al compás de un ritmo similar a la rumba o al cha cha cha.

El Narrador, con las luces tatuándole el rostro, entró simulando cierta naturalidad en un ámbito que le era foráneo. Saludó a un muchacho vestido íntegramente en cuero; se dieron un apretón de manos. Conversaron de cosas, de cosas sin importancia.

En determinado momento, el amigo lo codeó intentando instaurar cierta complicidad, indicándole con el mentón un par de muchachas cansadas, que bailaban hipnóticamente un bolero. El Narrador exteriorizó mediana decepción, pero el otro ya se encontraba abordándolas.

Él siguió mareando sus hielos en el whisky, y tras realizar un recorrido panorámico por el tugurio, divisó a la Personaje, perdida en el fondo, sola, sumergida en la música de Manzanero.

No dilató la oportunidad y se envalentonó hacia su mesa. La miró a los ojos con firmeza infundada y, tratando de disimular el temblor de sus manos, le preguntó si se podía sentar. Ella dijo que sí y presurosa bebió su cerveza, evitando iniciar una situación que si bien deseaba, la incomodaba mucho.

La conversación se sucedió mayormente con ineficacia desde ambas partes; la mujer intentó subsanar ciertos tartamudeos con comentarios insulsos, y él la aturdió con intelectualidades que nada les importaban: daban vueltas en torno a caminos estériles y se apetecían a más no poder.

La noche amenazó con fugarse: él tomó aire para pedirle el número de teléfono y ofrecerse a acompañarla. La Personaje dijo que no, que prefería quedarse a tomar un triple daiquiri y el Narrador aprovechó para huir, aunque no supo bien por qué. Al mediodía siguiente, desde una cabina pública de enfrente a la Facultad de Psicología, la llamó para invitarla a salir. Luego se apresuró en prepararle el almuerzo a su hija y llevarla a la escuela.

Pasadas las nueve, el Narrador, controlando vacilante los minutos, la vio llegar a la cita de manera un tanto precavida, como si ella también temiese repetir la infructuosidad del encuentro anterior.

Salió de su escondrijo, se dirigió con artificiosa soltura, y aparentó verla por casualidad; carcajeó porque le pareció indicado. La Personaje percibió esa estupidez y le dijo algo como qué paloma que sos o no sé, algo.

Esa noche, el Narrador fue arrastrado a la cama de un hotelucho, luego de una violenta sesión de sexo en el ascensor que deshojó todos los pruritos: fueron cuatro horas que lo acalambraron definitivamente, que lo aherrojaron a esa prefiguración del Deseo contenida en una sola mujer.

Él no se quería ir más, y tuvo la Personaje que apurar la partida con cierta vehemencia. Entonces el Narrador se dio cuenta de que casi era la hora de llevar a Clarisa a la escuela. La niña estaría desesperada en el apartamento: solita y sin haber desayunado todavía. Mientras apresuraba el paso, sus reproches se amenizaban con el sabor genital impregnado en los labios.

Clarisa, fiel cómplice de su soltería, no dijo nada: lo esperaba vestidita y peinada en el sofá. Comieron unos panchos acelerados en una plaza y continuaron carrera. La obnubilación y el sentimiento de culpabilidad lo llevaron a trasponer una esquina olvidándose del tránsito y de la urbanidad; casi son atropellados por un bólido: ojalá te revientes la crisma hijo de puta, pensó.

Finalmente dejó a la nena, y partió raudo hacia la Facultad. En el camino se cruzó con dos ambulancias, y dada la cantidad de gente que se había aglomerado en torno al accidente, se desvió por un pasaje empedrado, frecuentado por yuppies y corredores de bolsa.

No fue fácil aguantar hasta el viernes, cuando por fin se sintió habilitado a llamarla: esta vez no atendió su madre sino alguien más joven. Tras su pregunta, la voz le explicó que algo gravísimo había ocurrido, y que deberían encontrarse para conversar. El Narrador se sobresaltó y quiso manejar la situación, pero la voz acordó la hora y el lugar, para luego colgar.

Minutos más tarde, la Voz y el Narrador se encontraron en una confitería del Parque Benavente; entonces pudo enterarse: la Personaje y sus padres habían sufrido un severo traumatismo craneal, entre otras contusiones, en un choque automovilístico, provocándoles una extraña lesión neuronal que increíblemente los había dejado ciegos y mudos a los tres.

En esas circunstancias, la Voz había sido designada por la sociedad médica para cuidarlos, dado que no sólo era dificultoso el devenir personal sino también la intercomunicación: recaía en sí, la responsabilidad de oficiar de nexo entre cada uno de ellos, además, por supuesto, de ayudarlos en la cotidianeidad.

El Narrador si bien acogió toda la información, sólo ansiaba verla. Al abrir la puerta, se encontró con tres rostros náufragos, rostros que intentaban adecuarse a la oscuridad, y un gato que lo escrutaba inquisidor mientras se relamía las patas. Abrazó a la Personaje y no pudieron contener las lágrimas.

Esa noche la pasaron en su cuarto y fue como comenzar de nuevo: ella agotó sus penas en hojas de papel, traduciendo a letras lo que en su interior parecía resquebrajarse. Finalmente volvieron al terreno de las efervescencias, y la Personaje consiguió sentirse a gusto con su cuerpo. El Narrador, sin embargo, se enfrentó a un ser exigente de terrenalidad que le mezquinó aquellos gemidos que debió asir sólo en el recuerdo. Fue un polvo vacío de guarradas: él no se animaba a violentarla verbalmente porque la nueva situación lo mantenía aterido, dubitativo.

A medida que pasaron los días, el Narrador comenzó a hacerse cargo de la Personaje y de su familia, y al mes decidió mudarse allí para poder dedicarles la mayor cantidad de tiempo posible. La Voz fue relevada paulatinamente hasta que finalmente calló.

El Narrador olvidó a Clarisa, quien quedó limitada a su madre y no tardó en dejar de preguntar por él. Alternaba el Seminario de Winnicott con el ordenamiento de las sombras, cual titiritero, para aquellos seres desamparados: la didáctica se convirtió en su medio de supervivencia.

Con paciencia ayudó al padre a retomar la carpintería, constituyéndose en uno de sus mayores logros, dado el peligro que representaba la manipulación, desde la ceguera, de ciertas herramientas. La madre volvió a cocinar y no se desesperanzaba cuando perdía los fideos, y debía reorientar el almuerzo hacia destinos que el tacto le ayudaba a reconocer. La Personaje emprendió el arte de la pintura, con unas viejas acuarelas que rescataron del desván.

Y el Narrador comprobaba la estabilidad de los muebles, saboreaba los platos y ponderaba esas manchas que brotaban de la absoluta intuición. Oficiaba de enlace para que pudieran interactuar, imaginarse colectivamente y debilitar el aislamiento sensorial que los aquejaba. Les relataba lo que cada uno estaba realizando, daba voz a las hojas que contenían sus decires, permitía el diálogo en una situación comunicativa parcialmente mutilada.

Pero la exigencia de su vital protagonismo provocó que a la brevedad comenzara a detestarlos, y al cabo de un par de semanas pensó sinceramente en suicidarse. Sin embargo, su vocación y empeño posibilitaron canalizar las emociones en pos del bienestar de la nueva familia.

La ocasión en que inconscientemente fabuló lo que la Personaje supuestamente había pintado, entendió que su función no debía restringirse a la mecánica reseña del acontecer, lo cual tarde o temprano terminaría angustiando sus vidas, sino que necesitaba de toda su creatividad para construir un mundo que los acercara a la felicidad.

En principio se transformó en un concienzudo trabajo de caridad, pensado para alegrar la triste existencia de los personajes: aggiornaba hiperbólicamente las cotidianeidades, decoraba ciertos momentos ayunos de toda belleza; fantaseaba días soleados inexistentes, avances en la economía del país, logros laborales, posibilidades científicas de revertir sus discapacidades.

Con la vieja alababa los cuadros de su hija, y anunciaba que cierto crítico de arte estaba muy interesado en exponerlos en su Galería (aunque hacía bastante que había dejado de pintar); al carpintero le comentaba que le sorprendía cómo su esposa iba dominando la oscuridad (pero lo cierto es que vivía tropezándose); a la Personaje le relataba que su padre había alcanzado increíble ductilidad con las manos, y que gracias a la venta de dos mesitas de luz, habían podido pagar la contribución inmobiliaria (ocultándole que en realidad había tirado esos trastos maltrechos en un conteiner de la otra cuadra).

Y bastó poco para que, durante la narración de sus quehaceres, comenzara a experimentar, deformando o manipulando sutilmente las descripciones. Lo que redundó en el maravilloso fenómeno de que, por ejemplo, la madre al oír que el Narrador inventaba que ella estaba poniendo pimienta al pollo terminara realmente haciéndolo, como si cumpliera instrucciones.

De todos modos, esto debía calibrarse para no incurrir en severas tergiversaciones que hubieran provocado el rechazo de las marionetas, y quizás, quién sabe, un motín que resultara indeseable ante un sorprendido lector.

Así fue que, eventualmente, no resistió el impulso de inmiscuirlos en una disputa que ofrendara cierto dinamismo al pernicioso transcurrir que llevaban. Primero, se acercó en complicidad con la madre, y le comentó, con deliberado tono de intrascendencia, que su marido vivía quejándose de su falta de cariño, de su desaprensión y egoísmo para con aquél. La mujer entristeció pero simplemente se limitó al desconsuelo, por lo que el Narrador tuvo que realimentar el conflicto: convenció al viejo de que su esposa le había confesado que nunca le perdonaría haber manejado medio dormido, el fatídico día en que se estrellaron contra el semáforo.

Así consiguió que el matrimonio, durante una semana, manifestara fingida indiferencia ante la proximidad del otro. Luego, cuando ya no resultaba divertido, promovió presurosamente una telenovelesca reconciliación que los unió con mayor solidez y a él lo hizo sentir desbordantemente bien.

No pasó mucho tiempo hasta que la Personaje y sus padres, primero tímidamente (sobre todo el padre, quien más sufrió la necesaria dependencia) y luego de forma más explícita, empezaran a reconocer la importancia del Narrador para su convivencia. El ego de este último no resistió la tentación de decorar las paredes con las hojas en que ellos, con letras infantiles, habían garabateado sus agradecimientos.

Entonces, el Narrador se dio cuenta de que era dueño absoluto de sus vidas, y se sintió un poquito con derecho a ser Dios. Se dedicaba casi febrilmente a su tarea, y las horas en que inevitablemente debía trabajar, se tornaban en interminables cuentas regresivas. En esos momentos en que su potestad disminuía, presumía conspiraciones en su contra: temblaba ante la posibilidad de perder la razón de ser.

Comprendió que la etapa de lazarillo debía terminar y resolvió abarcarlo todo: empezó a narrar con descaro. Lo primero que hizo fue ejecutar al gato, que parecía culparlo en cada encuentro ocasional, y reemplazarlo por un peluche que obviamente sólo tuvo una fugaz acogida. Su obstinación en la presencia del felino confirmó el desequilibrio que ya lo turbaba, pero la familia había quedado en sus manos y no tenía escapatoria.

Cortó la línea de teléfono, tapió las ventanas y los encerró en el fondo de la casa para evitar que algún ruido despertara la sospecha de los vecinos. De esta manera, su poder se mantuvo, pero sin la mediación de la confianza y mucho menos de la credibilidad que otrora lo investían. La esclavitud se había evidenciado al punto de que, cuando llegaba a la casa y empezaba a relatarle estúpidas historias sobre las ficticias ovaciones de los periódicos locales hacia los cuadros de la Personaje, el rechazo y la incomunicación se hacían inevitables.

El Narrador tuvo que replantearse en varias oportunidades su metodología, pues no hallaba forma de reforzar las manifestaciones de su dominio y eso lo desbordaba optando por conductas teñidas de furibundo frenesí. Un día violó a la Personaje delante de los ancianos, que poco interpretaron de todo aquello que se daba lugar en las tinieblas del entorno. Otra vez, una tarde en que el Decano lo había citado para reclamar el profesionalismo que escaseaba en sus clases, subió al padre a la azotea y lo apaleó con una escoba, gozando con ese rostro que gritaba por cada poro menos por la boca.

Una siesta, mientras tomaba mate con la Personaje en el patio, acariciando su pelo grasoso (consecuencia de la falta de higiene a la que los había sumido), llegó visita. Ella se incorporó en el acto, olvidando por un instante la sumisión con que debía defenderse. El Narrador dudó hasta el tercer timbrazo: era la primera ocasión en que su reinado cimbraba, la primera ocasión en que un factor extranjero interfería en su historia:

Abrió la puerta y se encontró con la Voz, que pasaba a saludar: le extrañaba que, aunque el Narrador mismo había sugerido la posibilidad de requerir su ayuda, hubiesen pasado tres meses sin noticias. Dijo que quería ver cómo iban evolucionando.

Intentó alejar a la visitante con toda clase de débiles excusas que no tardaron en impacientarla; entonces tuvo que dejarla entrar. Los argumentos que habían logrado disuadir una o dos llamadas esporádicas de algún pariente, motivadas más por el compromiso que por la preocupación, fueron inútiles esa vez.

El instante en que giró el pestillo para cerrar la puerta, acunó un centenar de posibles soluciones, pero al acercarse a la ventana de la cocina, la espeluznante aparición de la Personaje, con la mueca de horror más terrible que podría haber improvisado nunca, lo trasladó rápidamente al plano de las acciones. La Voz lo interpeló desconcertada, mezcla de asombro e indignación, y él divisó un cuchillo embadurnado en manteca, en el risco de la pileta de la cocina.

Esa noche, el Narrador cavó durante horas. Para ocultar su faena volvió a plantar encima de la degollada un inmenso gomero, que inicialmente demandara una paciencia artesanal para ser quitado sin dañarse.

Pero lo verdaderamente trágico ocurrió al día siguiente.

El Narrador regresó de hacer unas compras (últimamente había comenzado a alimentarlos con comida para perros), y cuando fue a liberar a sus personajes, los encontró echados en el piso. Tras proponerles unas cuantas veces que lo acompañaran a la cocina, se percató de que estaban inconscientes. Uno por uno los cacheteó, primero con dulzura y luego ya con rabia; los zamarreó, los intentó parar como si fueran muñecos, pero no obtuvo respuesta. No respiraban.

Con la voz difuminada por el llanto intentó seguir relatando, pero la fatalidad lo había destituido: no sabía cómo resolver la situación. Comprendió que con sus muertes se acababa la historia; ya no había qué contar. Esa idea comenzó a atormentarlo, y durante el día acudió más de una decena de veces a cerciorarse de la desgracia que lo envolvía.

Tampoco acertaba a entender bien, de qué manera habían llevado a cabo lo que él había juzgado suicidio masivo, dado que no poseían muchos elementos para hacerlo: la ausencia de rastros de violencia física le hacía conjeturar el envenenamiento como medio para concretar la redención del calvario al que los había sometido, aliado de un sadismo visceral que le había estado velado hasta entonces.

Sus dotes narrativas no estaban lo suficientemente adiestradas para levantar el anticlímax, y aunque intentara hacer caso omiso retomando la crónica, la inmovilidad de los cuerpos era determinante: la narración había perdido consistencia, resultaba inverosímil; la evasión de los personajes lo dejaban a la deriva de una trama insalvable.

Durante cinco días permaneció oculto en la casa sin asistir al trabajo. En su desvarío suponía que cada risa callejera se refería a él, que el avance de los ómnibus evidenciaba la llegada de la policía, que los taconeos en la vereda implicaban la vecindad de alguien que descubriría el secreto.

Luego de descartar varias modalidades para deshacerse de los cuerpos, decidió incinerarlos. Cuando revolvía en unos armarios en busca de algún líquido inflamable, escuchó unos golpes en la puerta de la habitación del fondo, que casi lo matan de un infarto.

Permaneció en silencio, y los ruidos, como rasguidos en la madera, volvieron a oírse. Dudó, dudó de sí, de la Física, de Dios. Pero cuando comprendió, el temor se volvió cólera y abrió la puerta. Los tres infames estaban pálidos, cubiertos de febril sudor, temblando y de rodillas en el rellano del cuarto, cada uno con una hoja en la mano que rezaba súplicas en torno al perdón, la comida y el agua.

Revelado el complot que habían tramado en su contra, el Narrador desató con vehemencia su convicción: no permitiría semejante insubordinación. Los alimentó para no perderlos realmente, pero dejó de asearlos y los sumió a la pestilencia de convivir con sus heces; comenzó a proveerlos de comida podrida y de torturas gratuitas que no perseguían fin alguno salvo la venganza: se inauguraba, entonces, un nuevo capítulo en la historia.

El pensamiento del Narrador estaba totalmente ocupado en encontrar nuevas formas para hacerlos sufrir; pero su desasosiego era tal, que, ni siquiera cuando los obligaba a representar pequeñas obritas de teatro en que la brutalidad y la vejación eran habituales, podía hallar satisfacción. Incluso se dio cuenta de que el terror como hilo narrativo era contraproducente: la fidelidad se había convertido en pánico, y la parálisis impedía la obediencia.

En cada oportunidad en que él entraba en la habitación, por ejemplo cuando iba a desearles buenas noches, sólo atinaban a ahogarse en lágrimas de silencio; los tres miedos se apertrechaban amedrentados en un rincón, especulando el desenlace del cuento.

También el Narrador desesperaba, pero por otros motivos, al presentir la cercanía del punto final: las posibilidades de la anécdota eran escasas y sus propias decisiones lo sentenciaban a un cese inminente.

La nueva estrategia se orientó a rescatar su vida personal: gracias a certificados médicos que le extendió un amigo retomó la Facultad, y a través de un desfiladero de disculpas volvió a frecuentar a su hija. Incluso había días en que ni siquiera iba a la casa, refugiándose en un apartamento que había alquilado a pocas cuadras de dónde vivía la madre de Clarisa.

Aquella mañana, cuando volvía de dar clases, determinó visitar a los personajes y compró un escalpelo. Llegó sonriente, dispuesto a continuar el relato; pasó un trapo por los pisos y lustró algunos muebles. Anochecía cuando desenvolvió el paquetito y admiró por un instante, a la luz de una luna que no era producto de su imaginación, el brillo inexorable del instrumento.

El eco de sus pasos en el corredor fue el ruido sordo de sus víctimas arrastrándose para refugiarse en un abrazo: sus oídos intentaban volverse lo más oculares posible.

Tuve que impedir la carnicería: en definitiva el narrador soy yo, y él estaba corrompiendo una historia que me pertenecía. Mi decisión fue implacable, y su cuerpo se desplomó fulminado por un giro en el argumento.

Tomé la llave de la habitación del fondo. Tomé también el escalpelo.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de