Marc Davis es amigo del padre de T. T. es un vecino; el señor Marc Davis es el dibujante de figuras humanas en los Estudios Disney. T. me cuenta que buscan una muchacha para que haga la Bella Durmiente del Bosque. Tiene que bailar para que ellos puedan copiar sus movimientos, pasarlos al papel. Tal vez también requieran que le haga la voz al personaje. Le cuento a mi madre, que me dice que no me haga ilusiones; le cuento a mi padre, que refuerza la idea de que hacerme ilusiones es una estupidez: lo más probable es que se trate de unos degenerados que me quieren ver en cueros. Los dos concuerdan en que T. es un pelotudo y tarde o temprano, lamentablemente más temprano que tarde, subraya mi madre, acabaré por darme cuenta. Mi padre no dá ni dos centavos de dólar por T. ni las amistades que pueda tener T. con los Estudios Disney. Mi padre quiere que cuando sea mayor yo esté con él en el negocio de grifería; que le lleve los libros contables. Yo me sentía bastante segura para bailar en el estudio de los dibujantes: había tomado un curso de ballet el año anterior, aunque después lo tuve que abandonar porque tengo el arco del pie vencido. El día de la audición me levanto bien temprano y voy a los Estudios. No hay ninguna otra muchacha haciendo cola para dar una audición, por lo cual pienso que o la información de T. es ultra secreta y de máxima confidencialidad o que, como dicen mis padres, me van a usar en una película pornográfica. La secretaria del señor Marc Davis me hace poner un disfraz, un corpiño de cuero muy ajustado y vestido de campesina. Yo tenía entendido que la Bella Durmiente es una princesa, le digo. Ella entonces me explica que sì, pero a mí me toca hacer la parte en que yo bailo en el bosque, cuando la princesa tiene una falsa identidad y vive con las hadas bajo otro nombre. Parece que a la princesa la hacen pasar por campesina, yo eso no lo entiendo muy bien; en ese momento no sé si lo sacaron del cuento original o del ballet de Tchaicovsky, en el que se inspira la película o si se le ocurrió a Walt Disney en una noche de insomnio (Walt Dinesy padecía de insomnio). Despuès entra el señor Marc Davis y se sienta frente a su caballete de dibujo. Me dice que debo bailar al ritmo de la música y que él dibujará los movimientos. Es como ser la modelo de un pintor, explicó, pero mucho mejor porque acá me podía mover. Pusieron ese vals tan bonito y que todo el mundo recordará por siempre: Eres tú el príncipe azul/ que yo soñé…; bailé exactamente durante cuatro horas con diez minutos. Cuando volví, me dolían los pies y los tenía tan hinchados que mi madre dijo que quedaría inválida con toda probabilidad. Pero a mí no me importaba; me pagaron cinco dólares que yo veo como una fortuna y me sentía contenta. Desde que tengo uso de razón, sueño con ser actriz o con ser alguien que se destaca de entre las demás personas por sus nobles acciones: un médico que viaja al Africa a salvar a los niños o un científico eminente como Marie Curie, por ejemplo. Claro que ninguna de estas dos vocaciones es posible con padres como los míos. Por estos días, mi padre me insiste en que tome el curso de mecanografía y lo apruebe. Es importante ser mecanógrafa; de verdad es un conocimiento que dura toda la vida, dice él: no se puede estar tipeando con un solo dedo como una infeliz. Yo sueño con salir en cámaras, sueño con ir por la calle y que los jóvenes y los viejos me señalen y digan: Miren, aquella es la Bella Durmiente. Por supuesto que yo sabía que sólo posaría para los dibujantes, para el señor Marc Davis y con un poco de suerte a lo mejor conseguía que me permitieran hacer la voz de la princesa Aurora. De todos modos, los espectadores de la película verán en el cine a mi cuerpo y mi rostro, en el cuerpo y en el rostro de la princesa Aurora. Ya eso me tiene bastante complacida, hasta que la tipa que es asistente de Eyvind, el que pinta los fondos, me dice que Marc Davis en realidad aplicó los rasgos de Audrey Hepburn para el rostro de la Bella Durmiente. O sea, que los rasgos faciales de la Hepburn inspiraron al señor Marc Davis para hacer la cara de la Bella. Le digo a la tipa ésta que es una cucaracha, le grito palabras fuertes y me enojo. Ella no se ofende porque o las palabras no eran tan fuertes como yo pensaba o la tipa está bien acostumbrada a oírlas y ya no le mueven un pelo. Con razón, me defiendo diciéndole que la señora Hepburn nunca pisó el Estudio para posar ante los dibujantes. La tipa repite que si no le creo, me fije en el primer cajón del escritorio del señor Davis y allí encontraré bastantes fotografías de la actriz, como para salir de duda acerca de si la utiliza o no como modelo para el rostro de la princesa. Refuerzo el grito de que es una cucaracha, porque sólo las cucarachas husmean en los papeles ajenos. La tipa se encoge de hombros y para ella ahí se termina la historia. Yo me siento traicionada hasta la médula, pero después me repongo: estoy casi segura de que el monigote ese del señor Davis, en quien yo creo como en Jesucristo, me pondrá para actriz en el doblaje de la Bella. Desde que se me ocurre la idea de ser su voz hasta el final, aliento la ilusión y trago cucharadas, tarros enteros de miel. Mi padre me mira hacer y se mofa: dice que tengo la voz cascada de su suegra búlgara, mi abuela. Nunca podré darle el toque virginal y cálido de una princesa, agrega, por más que yo tenga dieciséis años recién cumplidos. Aparte nosotros venimos de abajo, no tenemos nada que ver con príncipes ni reyes. Los abuelos tenían una tierrita en Canadá, pero el frío los corrió y fueron bajando hasta establecerse en Los Angeles. Es un buen lugar Los Angeles; nos gusta vivir acá. Como sea, yo voy haciendo amistad con el señor Marc Davis y él me toma cariño. Tengo ampollas en los pies, y un día me tuerzo un tobillo a fuerza de tropezarme con un taburete. Me pongo una pomada sobre el tobillo hinchado durante diez días, quince días y al final el tobillo se desinflama. Me queda una leve renguera. A la Bella Durmiente en su rol de campesina, las hadas la llaman con el nombre de Rosa Silvestre. Es el apodo que se le ocurrió al señor Davis en honor a mí, un regalo que me hizo, por Rose, mi nombre. Rose Stanley. Me siento feliz, soy feliz y me sueños están a punto de hacerse realidad. Lloro lágrimas de felicidad y mi madre dice que estoy loca y amenaza con que si bajan mis calificaciones cortará de plano todo el asunto con los Estudios Disney y me llevará a un psiquiatra para que me trate de por vida. Me aplico todas las noches a estudiar las materias de la escuela, especialmente matemáticas. Los números me cuestan, no tengo facilidad para las matemáticas. Hay una canción en La Cenicienta que se titula Un sueño es un deseo que fabrica tu corazón; la canto a cada rato. Canto todo el tiempo, esa canción y otras; canto en la ducha, en el almuerzo y la cena, canto en el autobús que me lleva a la escuela. Tarareo los ballets de Tchaikovsky; escucho el disco de Cascanueces y me castigo con dos días sin postre por dormirme mientras lo oigo. Mis padres están hartos de mí y de la música, pero al señor Marc Davis le gustan mis canciones. Dice que soy como una alondra. Yo no tengo ni idea de qué es una alondra y cuando llego a casa lo busco en el diccionario: es un pájaro, un aves paseiformes, de la familia de los aláudidos. Le pregunto si podrán contratarme para hacer la voz de la Bella Durmiente y él me dice que tenga paciencia. Ya le dijo a su jefe, a Walt Disney en persona, que yo podría ser la voz de la Bella Durmiente. ¡Oh, mi Dios, tanta felicidad no me cabe en el cuerpo! Esa noche sueño con Marc Davis, un sueño confuso, de amor tal vez, con besos y caricias. A la mañana siguiente me pregunto si estoy enamorada de él. Cuando lo veo en el Estudio, me desaliento: es mucho más viejo que yo, es pelado y tiene los labios finos, color borgoña. Cuando toma café, después de la segunda taza, su mal aliento es tal que debo hablarle guardando cierta distancia. Siempre tiene las palmas de las manos húmedas y debe secarse a cada momento para no manchar el papel de dibujo con su transpiración. Nuestros hijos serían feos: no puedo casarme con él. Esa misma tarde, después del mediodía aparece en los Estudios un idiota, que a todas luces es amigo de T. y dice conocerme. Le ponen un gorrito puntudo y una capa muy larga para convertirlo en el príncipe Felipe. La atención del señor Marc Davis se concentra en el príncipe Felipe al que debe dibujar luchando con el dragón en que se ha trasnformado Maléfica. El tarado se luce moviendo aquí y allá una espadita ridícula; después cuenta que está tomando clases de esgrima con un profesor francés. Imaginaste que estamos haciendo Los tres mosqueteros o algo por el estilo?, le pregunto. Mi madre cree en los horóscopos y las casualidades y me sugiere que a lo mejor el imbécil este es el amor de mi vida, el príncipe cuasi verdadero, el sueño ideal, como dice el vals de la Bella, que yo, cual toda mujer, estaba esperando. Me persigue por toda la casa, prácticamente me ruega de rodillas para que salga con el príncipe Felipe. No voy a salir con él, grito, por nada del universo. Entonces se mete mi padre y recalca que a lo mejor el idiota hasta tenga un buen porvenir en el mundo del espectáculo, cosa que yo no. Al final, les digo que al príncipe Felipe le gustan los muchachos. Al principio creen que les estoy mintiendo, pero cuando comprenden que es una revelación verídica, mi padre concluye de una vez y para siempre que todos los artistas de Hollywood son unos degenerados. Desde que Felipe llegó a los Estudios, yo bailo cada vez menos, me dedico a comer muffins y a servir café al resto de los dibujantes. (A Marc Davis, en pleno trabajo le diagnostican una úlcera y nada más puede tomar leche fría.) Por esos días, empiezan a llegar los actores que harán las voces: aunque alguno de la producción quería a Bette Davis para el rol de Maléfica, Bette Davis no se convierte en Maléfica. O es que pide una fortuna por hacerlo o es que el rol confirma la imagen que tienen los cinéfilos de que es una malvada. Aparece la señora Elinor Audley, que ya hizo la voz de la Madrastra de Cenicienta, en La Cenicienta. La señora Elinor es una actriz de las grandes; espera seguir haciendo esta clase de cosas hasta la muerte. Cuando está en la cola del supermercado, dice, o cuando el cadete de la pizzería le lleva la pizza a su casa, enseguida la reconocen y le dicen frases como: Oh, usted es la que hacía tal o cual papel. Qué bien estaba allí. Era una hija de puta de pies a cabeza, una hija de puta completa. La señora Audley está muy orgullosa de sus actuaciones; yo aplaudo sus monerías y ella después me invita a tomar gin tonics. Un día de buenas a primeras aparece Mary Costa, cantante lírica. Nadie sabe de dónde salió. Es rubia, robusta, tiene como treinta años pero dice que tiene menos: todos en los Estudios nos damos cuenta de que miente. La ponen a hacer gorgoritos, escalas, solfeo: alguien dice que tiene la voz de una alondra. Yo claramente puedo decir qué es una alondra, para algo lo busqué hace dos putos meses en el diccionario y hasta arranqué la página que va de alias a ariles llevo siempre conmigo. La alondra es un ave aves paseiformes, de la familia de los aláudidos; es una familia muy numerosa. Pero en ese instante prefiero callar mis conocimientos ornitológicos y no lo digo en voz alta a ninguno de los Estudios. En mi casa, mis padres dicen: Te serruchó el piso, te quitó el lugar, es una trepadora, seguro se acuesta con alguno de los productores: estas figuritas suben al mundo del espectáculo impelidas por los resortes del colchón de alguno. Le dan para que cante las canciones de la Bella; ¡mis canciones! les gusta a todos. Walt Disney entra en éxtasis cuando la oye; el resto de los realizadores está en trance. Si Tchaikovsky pudiera se levantaría de la tumba y vendría a estamparle un beso en la frente, tan bello es el arte de Mary Costa en la canción, dicen. La anuncian a la prensa como la voz oficial de la Bella Durmiente; la promocionan. Yo quedo relegada a un rincón del Estudio junto con los escobillones, los baldes y el detergente. Mis padres dicen que mejor me trague las lágrimas y siga adelante con mi vida porque ellos ya me lo habían advertido; si ahora me ven llorar es sólo por culpa mía. Un buen día pienso si debo reponerme o hundirme; pienso de qué madera están hechos los artistas de verdad y de qué madera están hechos los sueños. Pienso mucho en esto, durante días y días, adelgazo, no duermo, me pongo muy flaca: la ropa de la Princesa Aurora me queda holgada y el señor Marc Davis lo nota. El no ha notado cuál es el motivo de mi tristeza, piensa que es una pena de amor que me causó un chico. Le digo que no salgo con chicos; que mi vida es el arte. Le echo en cara que faltara a su palabra y no me presentara al señor Disney para ser la voz de la Bella Durmiente. Me cuenta una historia terrible de Mary Costa, una infancia desgarrada, poblada de miseria y cosas de la que es mejor no hablar. No me conmueve; si cree que mi infancia no ha sido cruel debería él vivir una temporada con mis padres, le digo. Me dice que conserve la calma, que tenga paciencia. La paciencia es de lo que están hechos los inmortales, aclara. No sé a quiénes se refiere con la palabra inmortales, tal vez también deba buscarla en el diccionario. Agrega que está haciéndole una propuesta seria al señor Disney: Piel de Asno. El señor Marc Davis sugiere que la próxima película que los Estudios lancen sea Piel de Asno, otro cuento de hadas. La Bella Durmiente será todo un éxito, dice él, como lo fueron La Cenicienta y Blancanieves y los siete enanitos. En Piel de Asno, yo puedo hacer el papel principal, puedo ser la voz de Piel de Asno. Me recomienda que lea el cuento original, que lo busque en la biblioteca. Es de Perrault o de Andersen. A lo mejor sea de los Hermanos Grimm, justo en ese preciso instante él no se acordaba. Me seco las lágrimas con su pañuelo y me voy. Pasa el estreno de La Bella Durmiente y es un éxito. Mi nombre no figura ni siquiera en los créditos y mucho menos en los agradecimientos. En el estreno están presentes los actores, los realizadores, los dibujantes y los productores. En un trono de oro puro está sentado Walt Disney. El señor Marc Davis me vé momentos antes de entrar al baño de caballeros y me dice que espere por Piel de Asno, que el plan está en marcha, él lo ha puesto a funcionar: hasta está haciendo los bocetos. En los Estudios tienen tu número de teléfono?, pregunta. Te voy a llamar, dice, después se mete en el baño con apuro. Como sea, Piel de Asno no resulta. La siguiente película de los Estudios Disney es La espada en la piedra, sobre el Rey Arturo. De los estudios me llaman y me preguntan si puedo ir y ponerme a hacer de venado. Les pregunto si debo ponerme un traje de venado, un disfraz. Estamos en verano y la refirgeración en los Estudios no es muy buena. Me contestan que basta con camine en cuatro patas por el set para que los dibujantes se hagan una idea de cómo caminaría un venado. Trabajaron así en Bambi, explica la persona que me contacta. Digo que voy a pensarlo; en eso aparece Rick y me caso con él. No usa capa ni sombrerito tirolés con una pluma, ni toma clases de esgrima: de príncipe azul no tiene nada: es un gran conocedor de la cerveza Budweiser y una vez estableció un record mundial tomándose treinta y una sin respirar. Yo estuve presente en esa competencia: era la que abría los precintos. Fuera de eso, un buen hombre, se hace cargo del negocio de los grifos y hace un poco de plomería a domicilio. Hace poco estábamos mirando la televisión y veo en un documental a Mary Costa, la ladrona de puestos. Tiene como ochenta años, pero parece más joven por los refreshing y sabrá Dios cuántas operaciones de cirugía estética se habrá hecho. Todo con lo que ganó a costa de La bella Durmiente. Lo llamo a Rick a los gritos para que venga a ver, pero no me oye porque está probando una nueva válvula en la pileta de la cocina; cuando trabaja con agua se desconecta el audífono y es sordo como una tapia. Mary Costa declara en la televisión: “No tenía idea de que La Bella Durmiente sería el filme que me mantendría en contacto con la juventud. Cuando hablo con los jóvenes, les digo que no se olviden de sus sueños, que se esfuercen. Yo tuve mucha suerte y fui muy afortunada; fue como una vez en sueño, tal cual la canción, y amo cada minuto del mismo.” Vieja zorra, le digo a la pantalla, pero ella no escucha, no oye. Después cambio el canal y aparece Rick con una cerveza y la noticia de que la válvula anti pérdida para grifos de lavabo es todo un éxito. Brindamos por el éxito de ventas de la válvula.
La reencarnada
Primero se quejan porque no hablo. Me tratan de estúpida, de atrasada. Después se quejan porque hablo. Estupideces dicen que hablo, que estoy loca. No me lo dicen de frente sino entre ellos. Se echan la culpa uno al otro porque soy loca, enferma. Hablan de un abuelo que reventó solo en las montañas abandonado de todos, porque nadie lo aguantaba; que yo soy de su estirpe, aseguran. Un perdedor total, un viejo imbécil, tenía la sangre podrida. Ella propone ver un profesional, un psiquiatra. Él dice que mejor un brujo. No se ponen de acuerdo; ella se lamenta de no tener otros hijos, él agradece a Dios y los santos no tener más hijos que yo. Él tiene mejor carácter que ella, pero menos paciencia. Amenaza con que si sigo con el mismo cantito, me meterá un tortazo tal que me va a dejar la cabeza mirando para el otro lado. Ella es dulce y recurre a otras técnicas, la del soborno: ¿quiero frutilla con crema? ¿Quiero natilla? ¿Quiero el Piglet que gruñe oink oink si se le aprieta la colita? ¿O la muñequita que ríe y hace pis?; sólo si dejo de hablar esas pavadas, esas idioteces. Tengo nueve años, me llamo Melisa Pérez; hace cinco que empecé a hablar y desde entonces que sé que soy Aurora M. Barragán, que vivía en Baviera y se murió, dejando a su marido solo y a un hijito. La M no sé de qué nombre es, creo que de María. El pueblo se llama Baviera pero queda en Argentina y el marido es sastre y tiene buen corazón. El hijito está en sexto grado, aunque le cuesta sumar y restar. No como sal ni azúcar, porque mi familia la de veras no come sal ni azúcar, a pesar de que hay una plantación en la zona y una salina. Todo eso sé y ellos me quieren hacer callar la boca, porque somos cristianos, dicen, y no creemos en la reencarnación, y si nos apuran, la verdad es que no creemos en nada. La M es de María o de Mariana y Barragán va con b larga.
Ellos vienen bien vestidos a ver al profesional. Una vez me llevaron a catequesis con la misma ropa, para ver si hacía el curso para la primera comunión. Al final no la tomé, porque los curas pedían mucha plata por el curso. Los curas son unos endemoniados y unos degenerados, dijo él. Hasta les gritó que las iglesias se les quedan vacías de puro angurrientos que son, que se comen el oro a manos llenas; por eso ahora la gente se va y se hace evangélica. El mundo entero será evangélico en el futuro, porque los pastores son otra cosa, lo tratan a uno como gente. Ella le dijo que era una vergüenza que les hubiera gritado esas cosas a los curas y que tenía unos ahorritos y con eso me mandaría a hacer el curso. Pero no me mandó nunca.
El profesional me hace hacer dibujitos. Los tests, se llaman así. Un árbol, una casa, tu papá, tu mamá. Picho, que era el perro que se nos escapó y lo atropelló un camión. Las iniciales de mi nombre. A. B. El tipo me insiste.
Le digo que ella no es mi verdadera madre.
Le digo que mi esposo se llama José Barragán, que tiene una tiendita de tejidos y además cose pantalones. Le cuento que tengo un hijo, Juliancito, que tiene once años y es un poco duro del coco para sumar y restar.
El profesional menea la cabeza de un lado a otro y frunce el entrecejo.
Ellos salen y nos quedamos solos.
Primero me dice que yo puedo hablar con él de lo que quiero. Él no va a contárselo a ellos. Es un secreto entre él y yo. ¿Qué me pasa?, pregunta. ¿Quiero su ayuda?
Me tiro al piso y le beso las manos.
Me largo a llorar.
Le pido que me ayude a encontrar a mi familia, mi marido José Barragán y mi hijo. Viven en Baviera, en la calle de la Parroquia 615. Al otro lado está el convento de monjas encerradas y como hubo que tirar la tapia por un problema con la medianera, ahora nos separan de ellas los naranjos nada más. Cuando morí, mi marido quiso enterrarme en el huerto de naranjas para tenerme cerca, pero a las monjas les dio mucha impresión y le dijeron que si él hacía eso, ellas no volverían a cocer dulce. Es un pueblo pobre, la gente se vuelve muy egoísta.
Me enterraron lejos, en el cementerio arriba del monte.
Como no hay flores por ahí, excepto las del pimiento silvestre, me deben poner piedras.
El profesional dice dónde leí sobre la reencarnación.
Hace poco leí libros sobre eso, antes no sabía nada.
Pregunta si yo puedo saber qué era él antes de esta vida.
No tengo la menor idea de qué era antes el tipo este. Pero sí sé lo que será después, casi con toda seguridad. Un animalito, una alimaña. Una lagartija, un sapo, un alacrán, una araña pollito. Seguro que no vuelve a ocupar un cuerpo humano que es lo más sagrado que hay en la rueda del karma, mancillándolo como lo está haciendo.
Le suben los colores a la cara. Me dice que si sigo hablando de todo esto, del delirio, me manda a una institución sin chistar. Una que tenga barrotes, como una cárcel. Donde no voy a ver más a mis padres los de esta vida y adonde ni siquiera se puede ver el cielo por un cuadradito en el techo. Me voy a pudrir ahí entre unos locos asquerosos que se hacen las necesidades encima.
Me pregunta si entendí.
Asiento.
Cuando salgo del consultorio, ella me abraza, él me mira con desconfianza primero a mí y después al tipo. El tipo dice que el tratamiento será largo, porque estoy muy afectada. No puede curarme en una sesión pero algo ha logrado conmigo, dice. Cuando está por sacar la billetera, el tipo me pide que diga en voz alta quién soy. Lo digo en voz baja, me pide que hable más alto. Lo digo: Aurelia M. Barragán, la esposa de don José, el sastre. Vivo en Baviera, en la calle de la Parroquia. Tengo un hijo que se llama Juliancito. Debo de tener otro hijo también, que es el que me quitó la vida y me envió derecho a esta nueva existencia, con ellos. El dice que los hijos siempre les roban la vida a los padres, le pega una trompada en la nariz al profesional y salimos. El profesional dice que nos va a denunciar a la comisaría y al Colegio de Psicólogos.
Él le dice que se cuide mejor de que antes no lo denunciemos nosotros por charlatán y aventurero. Después me alza y me lleva en brazos hasta la salida del hospital, a paso rápido. Vos quedate tranquila, nena, me dice, que mientras yo esté nada peor que yo te puede pasar. Él tiene estas cosas, es una bestia, pero a veces me hace reír.
Cuando llegan, pelean. Pasan los días y siguen peleando. Ella dice de hacer más hijos y él le dice que antes muerto, que ella hace hijos que más parecen ostras, peces espadas, y bichos extraños del mar que personas humanas. Ella dice que o los hace con él o se pone a hacer hijos con otros y él le da un sopapo por sinvergüenza y mala mujer. Después ella dice que se irá de la casa a lo de la abuela por un tiempo y nos dejará a los dos, a mí con el asunto del marido perdido y las vidas pasadas, y a él con la bebida y el despido del trabajo. Una familia no vive de un seguro de despido, en una familia un hombre sale a la calle y se rompe los cuernos hasta que encuentra trabajo. Él le dice que haga la valija y se vaya. Él le grita que es una mala madre, que tiene la entraña de hiel. Ella se va por la mañana y él le advierte que no vaya a volver por la tarde porque cambiará la cerradura y la llave, para que no vuelva a entrar. Ella me besa en la frente, llorando. Me empapa de lágrimas, yo me seco sus lágrimas con el flequillo y me voy a jugar.
Así que él trae a uno de los locos que saltan en la plaza y agitan una latita. Tiene la cabeza rapada y una túnica naranja. Él me dice que le cuente al loco todo lo que yo ando diciendo y el loco nos habla del camino recto y las verdades de Buddha. Él le dice que todas esas cosas lo dejan frío, que Buddha no le dice nada. El loco le indica que viajemos a Baviera, un pueblo de Tucumán. El loco lo sabe porque antes de hacerse hare krishna era universitario y aprendió muchas cosas. Después le vino el dolor en el alma de toda la droga que se metió en el cuerpo y se hizo hare krishna y predica las verdades del camino recto, que no entendimos bien cuáles son, porque el hare krishna las gritaba agitando la latita. Sabe que Baviera está en Tucumán, en el norte, porque lo leyó en los libros de geografía y porque era parte del camino que él hacía cuando traficaba la coca; así dice el loco. En Tucumán seguro hallamos a don José Barragán, el que es mi marido y entonces yo me convertiré en la prueba viviente de la verdad de la reencarnación. Él le pregunta si se puede sacar plata con eso y el hare krishna no responde. Él le entrega una tortilla de papas babosa y un pedazo de chorizo colorado, pero el loco dice que no come carne ni huevo ni nada que venga de un ser vivo porque es budista y hare krishna, y que tampoco come fritos porque eso le patea el hígado que lo tiene muy mal de la época en que era drogadicto.
Él la llama a ella y le dice que vuelva, que nos vamos al norte a ver qué hay de cierto. Ella lo manda al carajo por vago y borracho. Culpa de él la simiente rancia. Ella no reencarna como ser humano la próxima, estoy segura, ni siquiera pajarito o pececito de color. Ella se viene buitre, lagarto, víbora venenosa, tiburón. Ella madre de seres humanos no vuelve a ser seguro.
Yo estoy muy contenta y bailo dando vueltas y agitando el chinchín y la latita que me dejó el hare krishna. Él viene y me dice que me calle de una vez o me mete una patada en el culo tal que a Baviera llego volando.
El viaje lo hacemos todo de noche. Llevamos de comer pero no nos alcanza y por eso cuando el colectivo para, compramos lo que venden a la vera del camino, sandía o tortilla santiagueña, de esa que se hace con harina, grasa y sal y se echa en la parrilla para que arda. Él pide caña en los paradores y cuando subimos otra vez, medio se tambalea y se me duerme encima. Yo me hice un peinado con trenzas para encontrarme con mi marido y mi hijito y él me lo arruina. Cuando le digo que se aparte, que huele mal, medio que lloriquea y pregunta qué habrá hecho mal. No es una pregunta en serio, eso me lo tengo aprendido. Porque si le largo acá la lista de todas las cosas malas que hizo y yo sé, me mete un tortazo de aquéllos y me hace escupir los dientes.
Al amanecer llegamos a San Miguel y no salimos a pasear ni a conocer. No venimos a hacer turismo; venimos a buscar a mi familia. Así que esperamos como tres horas en la estación hasta que un alma buena dice que nos arrima al pueblo, a Baviera. Yo tengo retorcijones en la panza; él me dice que me calme y como no sea cierto aquello de lo que le hablo, cuando volvamos a Buenos Aires me da una paliza de esas para recordar. Lo que tiene de bueno él es que es más lo que amenaza que lo que cumple. Si no, yo viviría rota y descalabrada, la mitad del tiempo en la sala de traumatología del hospital. No estoy segura de que se llame traumatología el lugar donde en el hospital atienden a los que molieron a golpes.
El alma buena nos abandona en campo abierto y tenemos que caminar siempre derecho, siempre adelante, indicó. Aquicito nomás, dijo el alma buena, pero son como ocho kilómetros de descampado. En el horizonte hay cactus y una vez nos revoloteó un carancho. Él dijo que si el carancho se le ponía a tiro, lo bajaba de una pedrada. Yo le dije que mejor lo deje vivir porque a lo mejor después regresa hecho una persona y nos lo encontramos en la próxima vida lleno de reproches porque lo matamos en ésta. Él me ordenó que caminara rápido, mirando el suelo, delante de él y sin decir ni mu. Si podía, dijo, que me callara de respirar. Él es bruto cuando habla, y si no fuera porque es muy malo, a veces hasta pensaría que es bueno. Pero no me dejo convencer; cuando alguien me da pena, enseguida creo que es bueno y al final resulta que es una porquería. El hare krishna dijo que la piedad es el mayor bien en el mundo y que la crueldad es lo que hace que una persona más o menos se convierta en una persona mala. Lo de la crueldad no se lo discuto, pero lo de la piedad… yo no estoy tan segura.
El pueblo es feísimo, enseguida lo reconozco. Están las piedras rotas de la entrada, y los espinillos que se tuercen. Él dice que le muestre mis dotes, que le señale dónde hay un almacén, una fonda donde echarse un trago al buche. Le digo de seguir hasta el convento, donde las monjas hacen el dulce de naranja y un licorcito amargo destilado con cáscaras. Me sigue, me sigue andando detrás. Así que de pronto veo la casita. Tiene el farolito que yo tallé, y la misma Virgencita del Carmen pintada junto a la puerta. Le digo que ésa es mi casa; él me dice que vaya y toque a ver qué pasa. Se pone detrás de mí, muy cerca. Apoya su mano en mi hombro, como si tuviera miedo de que yo me caiga para atrás. Hago toc toc y sale un chico. Es más alto que yo y flaco y esmirriado, pero yo sé que es mi hijo Juliancito. Lo abrazo bien fuerte y él se echa a llorar. Me abraza también y llora. Le pregunto si está solo y él me dice que con Catalino. Catalino viene apurado a ver qué pasa, mirando raro. Tiene los ojos zarcos y la cara chupada, de pasar hambre. Ahí me doy cuenta de que es mi otro hijito, ése por el que me morí cuando él nacía. Grito de la alegría, Catalinito, soy tu mamá; no te reconocí porque nunca te había visto, pero ahora que te vi una vez, no te voy a olvidar nunca. Qué hijo tan lindo tengo, le dije, qué hijos tan buenos. Catalino me mira torvo, como un perro guardián que duda entre gruñir o menear el rabo. Les pregunto dónde está José, mi marido; contestan que fue a entregar un encargo al sacristán aquí al lado y que vuelve enseguida. Qué alegrón se va a llevar cuando te vea, dice Juliancito, estuve tanto tiempo esperando a que volvieras. Pero eso no se podía decir, dice Juliancito que le dice el padre, porque si uno desea a cada rato que los muertos vuelvan, no se los deja descansar. Así que yo desear lo deseaba igual, pero calladito, dice mi hijo Julián, deseaba para adentro, me comía el deseo. Me hacen pasar los dos, y él viene a unos pasos tanteando las paredes para no caerse aunque no está borracho. Aquí en Baviera no ha tomado nada, ni una gota. Está pálido del susto. La casa está limpia y hay cortinas con voladitos y un mantel de plástico verde sobre la mesa. Alguna monja hace caridad y los ayuda, pienso. Sigue igual el rinconcito bajo la escalera donde está mi máquina de coser, entonces yo digo: acá es donde puse el dinero. Levanto la máquina y en el cajón escondido donde guardo los carreteles de hilo, hay diez mil pesos. Pero no son los billetes de ahora, sino que se ven distintos. Debe de ser porque es plata vieja, de hace diez años por lo menos. El hijo chico me mira y pregunta si somos ladrones, y él le contesta que venimos de muy lejos. Mi hijo chico, que es muy inteligente y me hace reír también, dice que qué tiene que ver, o resulta ahora que los ladrones tienen que vivir cerca de uno. Catalino tiene un pico un poco largo, porque si yo llego a decir algo así a un extraño delante de él, por ejemplo, ligo ahí mismo un cachetazo. Pero aquí es distinto porque la casa de José no es una escuela de golpes y cada uno puede decir en voz alta lo que opina. Mi hijo mayor le dice a Catalino que mejor vaya, que corra, corra y vaya a buscar al padre así entendemos este entuerto. Catalino le responde al otro que si quiere que corra que le compre patines o una bicicleta, porque él por la calle camina y anda como un hombre hecho y derecho.
Qué lindo pico tiene mi hijo Catalino.
Al rato veo venir a José corriendo y alzando los brazos como quien grita ¡fuego, fuego! Renguea de la pierna derecha todavía, se ve que no se la pudo tratar: sigue con el zapatón de hierro. Es un terco, nunca va al médico cuando debe. Cierro los ojos y lo veo todavía en el baile de Engracia, me dice cómo voy a animarme yo a bailar con un rengo, que de tan chiquito se quedó padeciendo del pie…, pero yo lo tomo entre mis brazos y apoyo mi cabeza en su pecho, que antes era muy menuda para ser mujer, más baja que él que ya es muy bajito. La canción dice Cultivo una rosa blanca / en junio como en enero… y damos vueltas, despacito. Qué lindo baila José aquella noche, él suspira: señorita Mediavilla, señorita Mediavilla…, que de ahí es la M de Aurora M. Barragán. Después José y yo nos hacemos novios enseguida, me dicen que no me case con un sastre que es un pobretón y me va a hacer pasar miseria; pero lo vi tan sincero con su sombrero entre las manos y diciendo que me servirá siempre, siempre será mi siervo y mi perro fiel y si no lo acepto penará de amor y fastidiará a todo el pueblo contándole su pena... Bien rápido lo quiero y en la primavera nos casamos, el vestido lo cose él y el tul lo mando a pedir a San Salvador. Qué linda noche la noche de bodas, cómo sudaba José del miedo. Ahí le vi por primera vez el pie derecho, chiquito, como de niño. Qué lindo: verle el pie y enamorarme por todo lo eterno fue una sola cosa. Qué bonito el pie deformadito de mi marido; en la próxima vida él no será un hombre cualquiera, será un ángel, un arcángel, un querubín del cielo de esos pintados en los altos techos de las iglesias.
Lo tengo frente a mí, pero me mira solo un instante. Después fija los ojos en él y le escupe quién es usted. Él dice el padre de la niña, y que venimos de lejos, de la Capital, porque se le metió que es la esposa de usted, la difunta que perdió cuando le dio el hijo chico. José lo mira fiero, como si lo quisiera matar. Él es dos cabezas más alto, así que no creo que José se le anime, aparte es el único sostén de la casa, bueno estaría que se pegara con él y saliera roto o muerto. Porque si él se muere, ¿quién alimentará a los hijos?, y ¿cómo él y yo nos reencontraremos después? José le dice que me saque de ahí, antes de que nos saque él a la rastra. Yo nomás quiero que él me mire con sus ojos con cristalitos amarillos, así me reconoce. Le pongo una mano en el hombro, y José le grita a él que aparte a la niña, que no lo enfurezca. Le digo que soy Aurora, cuando morí caí en el cuerpo de una chiquita, en Buenos Aires, la única hija de Juan Pablo y Stella Pérez, tuve mala suerte, le explico, porque hubiera podido volverme hija del cura picaflor de San Andrés y entonces estaríamos cerca. Pero también fue buena suerte porque hubiera podido nacer en la China o más lejos, en esas islas perdidas del mapamundi y nunca hubiéramos vuelto a vernos. Le dice a él que no responde de sus acciones si no nos vamos. Él dice que como me toque un pelo con violencia, lo mata ahí mismo. José le grita que vinimos a jugar con su sufrimiento, que ésta es la revancha que se toma Celeste, una comadre de antes, porque él no la tomó a Celeste sino que se casó con Liboria, la partera, cuando murió la difunta. Así que mejor nos vamos por donde vinimos, nos indica, y le digamos a esa zanguanga de Celeste que a él nunca le gustaron las mujeres metidas y chuecas, que para rengo ya está él, y si algo bueno hizo la difunta fue darle dos chiquitos con los pies bien formados y con la altura conveniente. Se juntó con la Liboria porque no es pretenciosa y es buena, ya se le arrimaba cuando la difunta vivía, pero él nunca la tocó ni le hizo caso, por no hacer pecado. Ahora la Liboria está en Susque, la llamaron para un parto. Si no estaría aquí mismo y nos correría con la escoba, dice. A escobazos limpios no quitaría la locura.
José, lo llamo bajito, y él me mira directo a los ojos, lleno de refucilos y creo que algo de él distingue quién soy yo y está feliz de haberme enterrado. Llévese esta niña, le dice a él, a que la atienda un cura o un médico si es como usted dice y no fue que lo mandó la Celeste.
Él me aprieta el hombro hasta hacerme doler y yo abrazo a mi hijito; lloramos los dos. El que es mi marido no me mira, parece que es feliz con Liboria, la que me asistió en el parto del hijito chico y ya le hacía caricias a José, a escondidas. Al final, él habrá respondido las caricias, de eso las esposas se ve que no se enteran ni después de muertas. El bebé venía de nalgas, decía ella, era un parto muy difícil y al final me morí, para qué lamentarse si todos vamos por el mismo camino. Pero por un hombre, un viejo jorobado y rengo como José, tacaño, con el carácter podrido, de quien yo me enamoré porque estoy loca como una chiva, ¡por él, venir a matarme a mí!
Ése, mi marido, agarra unas piedritas del altar de la Virgen del Carmen que yo levanté cuando vivía y nos las tira. Cuando se terminan las piedras del altar, busca unas en la puerta y sigue tirando, alegre como si practicara un deporte. Catalino lo acompaña, nos tira piedras también, para que nos vayamos rápido. Mi hijo chico tiene la mano larga.
Él me dice que no mire para atrás, no vaya a pegarme un piedrazo de los vándalos, me abra una ceja y tengamos que correr a la enfermería a que me pongan un punto. Acá la gente se cura sola o se muere: esto es pleno desierto y quebradas. Vamos a una fonda y después buscamos quien tenga un sulky y nos regrese a San Miguel, dice. Le pregunto si está muy enojado, si me va a dar una paliza, si me va pegar, y él dice que no y ya me parece un milagro. Lo único que le pasa es que tiene sed y le palpita el corazón muy fuerte; seguro hay un sentimiento pernicioso que lo daña, dice. ¿Viste?, me pregunta, ¿cómo lloraba el chico más grande?; era una cosa que partía el alma en pedazos de verlo. Le digo que no me hable más de mis hijos ni del asqueroso traidor de José. Él asiente y se queja porque no trajimos sombreros y el sol pega muy fuerte en la cabeza. A uno se le ocurren muchas cosas idiotas cuando se insola, dice él. Y que empiece a decirle papá, me ordena con voz gruesa, que no se me olvide. Papá, porque si no empiezo a decirle así de una buena vez, me amenaza, ahí sí que pierde la paciencia y me surte a castañazos. Asiento, asiento; qué puedo hacer, qué remedio tengo.