La mañana se presentaba halagadora, llena de versátiles aromas de primavera y brillos acrisolados producidos por un sol que pronto comenzaría a lucir con vehemencia. El repicar de campanas de la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua, se dejaba oír en el barrio de la Hondonada, en el distrito sur. Recorría la calle como todos los días, deseando estrechar a Ana entre sus brazos. El coronel, a media mañana, iba a celebrar el bautizo de su primer nieto y le había concedido el resto de la jornada libre para que pudiera disfrutar con su mujer de la alegre mañana de domingo; también le había obsequiado con un puro habano, ¡nada menos que un coiba!, lo fumaría con el café, después de la comida..
Abrió el portal y recogió la correspondencia como todos los días. Subía las escaleras descuidadamente mientras revisaba la procedencia de los sobres; seguía esperando la carta que le comunicara su admisión en la guardia de honor de su Alteza Real.
----------
Mientras recorría el pequeño repecho que le daba acceso a su morada, repasaba el lugar donde había colocado las trampas; esperaba atrapar algún apetitoso conejo para poder disfrutar de un suculento almuerzo al día siguiente.
----------
Llegó al rellano donde se encontraba su puerta y sacó el manojo de llaves del bolsillo de la guerrera, escogió una de ellas y la introdujo en la cerradura, lo hizo de manera silenciosa, apretando el manojo en la mano para evitar el tintineo de los metales al precipitarse unos contra otros; no quería realizar el menor ruido, deseaba dar una sorpresa a su amada esposa que no le esperaría tan prematuramente.
Abrió con sigilo, cerró la puerta con extremado cuidado, dejó la correspondencia en el aparador situado a la derecha del vestíbulo, bajo el espejo biselado y se aventuró en busca de Ana, abrió la habitación y encontró lo que no buscaba. Allí estaba ella, regocijándose entre las sábanas de su propio lecho con otro hombre, él sobre ella, gozándose mutuamente y humillándolo a él.
----------
Procuraba que la trampa fuera mortal, no le gustaba que los pobres roedores sufrieran, prefería una muerte seca y fugaz.
----------
Desenfundó su arma reglamentaria. La sacó con una parsimonia escalofriante, parecía regodearse a cada movimiento; la levantó con calma, despacio; apuntó al frente. La serenidad de su rostro, la frialdad de su mirada, presagiaban un trágico desenlace.
Quitó el seguro. Fue apretando el gatillo con una lentitud pasmosa, el suspense iba acariciando las paredes del aposento. Se oyó un clic sordo, agudo, sediento de sangre y venganza. El percutor retrocedió y esperó la orden de acción.
----------
Un ruiseñor, en los alrededores de la cueva, alegraba el nuevo día con su canto melodioso, su trino dulce acariciaba el aire fresco de la mañana. La suavidad de la melodía le recordaba a Sebas tiempos pasados; la primavera en su casa de la ciudad, en el barrio de Las Eras que le vio nacer. Allí, había conocido a su mujer, le recordaba el canto alegre del pajarillo que le regaló el día de los enamorados. Hacía ya seis años de aquello.
La miraba, deseaba sentir el placer de tenerla en sus brazos como la primera vez, pero estaba en brazos de otro; quería quererla, perdonarla, decirla: “ven, yo te protegeré, te estrecharé contra mi pecho y seré tu amante más fiel”. Pero solamente pudo decirle: “¡Puta mal nacida! yo te amaba y me has traicionado”. Sintió un escalofrío que hizo palpitar su corazón a prisa, notaba la sangre llegando a borbollones a su cerebro, las venas de las sienes querían salir y suplicar a Ana ¡vuelve, quiéreme!
----------
Acababa de comer, la trucha le había resultado demasiado seca. Era la primera vez que la había salado antes de ponerla al fuego. Se había recostado en el camastro y empezaba a conciliar un reconfortante sueño, pero, algo le sobresaltó, salió del sopor y de manera precipitada se dirigió hacia la entrada de su guarida. El gruñido del oso se había oído demasiado cerca para estar tranquilo.
----------
Su mujer le miró a los ojos, una expresión de pavor desencajaba su cara hasta límites insospechados, apretó la mano de su amante y gritó, el aullido rebotó con estrépito en los muebles de estilo provenzal. El pánico se apoderó del amante que se arrebujó debajo de la sábana desgastada por las continuas refriegas, ella apretó la espalda contra el cabecero de la cama y contrajo los hombros hundiendo la cabeza en ellos, en señal de plena sumisión al pánico.
Esperaba el fatal desenlace.
El canario, desde su jaula en la ventana, miraba la escena con un gesto descuidado. Se sentía a salvo con los primeros rayos de sol que traspasaban las rendijas de la persiana y se diluían en la cortina de raso; amarillenta y apergaminada por el paso de los años. Miraba a su amo y no lo reconocía, siempre le silbaba para hacerlo cantar mientras le ofrecía alpiste o le cambiaba la hoja de lechuga; a ella, sin embargo, la conocía bien; llevaba tiempo observando calladamente como se apareaba con otro en ausencia de Sebas.
----------
Miró fuera, el oso deambulaba arroyo abajo buscando pescado fresco que le sirviera de bocado apetitoso, pensó que podía encontrar las trampas y robarle alguna presa, no importaba, “ya le habían robado antes”. Lo vio alejarse en silencio agazapado en la entrada, observando por las rendijas de la puerta que se había fabricado con ramas y que, sobre todo por las noches, le servían de protección; ya le había evitado más de una sorpresa desagradable.
Sebas miraba el paisaje con nostalgia, el recuerdo de lo sucedido le horrorizaba, tuvo que salir huyendo. Sin embargo, su rostro reflejaba una satisfacción tranquila; sus ojos se llenaban extasiados de la ladera cubierta de nieve. Los pinos se erguían en un espectáculo maravilloso; tintados de blanco, jaspeados de verdes inimitables; el arroyo dejaba deslizar sus aguas entre los chupones de hielo que permanecían colgados de las rocas abrigadas por un manto de arrullador musgo.
----------
Los miró con ira, su rostro reflejaba una rabia contenida que estallaría en cualquier momento, su esposa le contemplaba, sus ojos lánguidos, fríos, llenos de lágrimas contenidas por el pavor; su amante permanecía sumergido en la humedad acre de su propio orín. El, de todas maneras, seguía sintiendo amor, por un momento quiso tumbarse junto a ella y amarla obviando que el intruso estaba allí, deseaba olvidarse de su presencia y quererla; quererla como siempre la había querido. Fue solamente un pensamiento fugaz; tornó a la realidad y sintió de nuevo el deseo de venganza, volvieron a palpitarle las sienes de manera descontrolada.
----------
La hoguera caldeaba la cueva, la dotaba de calor de hogar, un hogar solitario y lleno de recuerdos, todos ellos concentrados en los dos únicos objetos traídos con él a su llegada. Decorando una de las paredes, colgada de una rama con una cincha realizada de matojos, estaba el arma reglamentaria. Era el toque macabro, el recuerdo del pánico y la desesperación, la memoria de lo que pudo haber sido su vida con Ana y que nunca fue; su amor perdido, el engaño, la traición, ésta, no pudo perdonarla. Encima de la mesa que se había fabricado con piedras, permanecía el coiba, símbolo sin duda de celebración.
----------
La mano sujetaba el arma con firmeza; lo haría cantar cinco veces, dos en cada uno de los cuerpos, la primera lo haría contra ella. Apuntaría a la frente para que no sintiera nada (no soportaría verla sufrir, su amor, su imperturbable amor, no se lo permitía), la segunda, también sobre ella; sería por venganza, entre los dos pechos; en ese momento, sentía que realmente nunca fueron suyos y ahora ya, no serían de nadie. Después lo dispararía a él, lo haría sin prisa, estaba inconsciente, serían dos detonaciones rápidas, justo en la cabeza, sin remordimientos, no abrigaba rencor, pero tampoco sentía lástima; el último, lo haría estallar junto a su propia sien, ahí acabaría todo.
----------
El recuerdo no le abandonaba, seguía viendo pasar las imágenes de lo sucedido: el olor virulento del orín del amante, el canario en la ventana mirando impasible. Se vio a sí mismo: la vista nublada por las lágrimas cayendo a borbotones de sus ojos; la pistola en la mano, apuntando; la crispación de la expresión de su mujer al mirarlo; el pánico; la muerte sobrevolando el aposento.
----------
Sebas, giró el arma y lo dirigió a su cabeza, no tuvo el valor necesario para acabar con la vida de los amantes. Haciendo honor a la verdad, no quiso tenerlo, no podía matarlo a él sin matarla a ella. Ana no se lo perdonaría nunca. Pero a Ana, no podía matarla.
----------
Se miró en el agua cristalina de la poza donde se bañaba todas las mañanas, al tiempo que lavaba el cuerpo intentaba purificar el alma, sin embargo, en el agua, seguía viendo el rostro de Ana reflejado.
----------
Dudó un segundo eterno, infinito. Un instante de desesperación acabaría con su vida; un desengaño maldito terminaría con todo después de cuatro años de lo que él creía un feliz matrimonio. ¡Farsa, todo farsa! los besos fingidos y las caricias simuladas, las conversaciones a la luz de la luna debajo del castaño de la finca de su padre. Ya, todo estaba perdido, para él y para Ana. Y aquel infeliz que dormía su miedo, probablemente, nunca volvería a desear algo que no fuera suyo.
Sus ojos, reflejaban el brillo producido por las lágrimas aferradas a sus párpados sin llegar a precipitarse. Sus mejillas delataban los surcos brillantes de un sollozo que había intentado ser contenido sin resultado. Detrás del brillo se escondía la tristeza más infinita.
Su mujer lo seguía mirando, sentía la mirada de él royéndola el alma, nunca vio tanta tristeza encerrada en unos ojos, se miró en ellos y supo que no lo haría, no acabaría con su vida; siempre fue un cobarde vestido de uniforme, eso creía.
Deslizó el pestillo y el cargador cayó emitiendo un silbido sereno; se estrelló contra el suelo y rebotó tres veces, en tres botes interminables.
Guardó el arma en la cartuchera y salió del aposento con una lentitud medida, sacó la alianza del dedo y la depositó encima de los sobres. Dejó la puerta entreabierta y bajó las escaleras despacio, derrumbado, superado por los acontecimientos. Su mujer, todavía presa por el pánico, descargó la tensión contra la almohada, envuelta en un sollozo incontrolable; su amante permanecía desvanecido en la humedad de las sábanas.
Salió a la calle con la guerrera del uniforme desabotonada, subió apresuradamente al coche que tenía estacionado al otro lado de la vía, le arrancó con furia y pisó el acelerador provocando un rugido bronco que sin duda contenía su más honda crispación.
Se perdió al llegar al final de la arboleda, giró a la derecha, al tiempo, las ruedas emitieron un quejido lastimero, producido más por el giro brusco que por hacer compañía a la desesperación de Sebas; el coche, desapareció finalmente por la carretera que le llevaría a su destino.
----------
El sol caía y en su crepúsculo, tintaba la nieve de un naranja cálido, se filtraba entre los verdes de los pinos y dejaba ver los rayos tranquilos posándose con delicadeza sobre la entrada de la cueva, las escasas nubes se debatían entre los grises y los granas, pasando por el anaranjado de la nieve hasta perderse en los azules del cielo.
Empezaba a ser hora de alimentar, azuzar el fuego para la cena y acostarse en el camastro de helechos y musgos a esperar el nuevo día, sin embargo, salió de la cueva, miró la luna, había luna llena; la nieve había cambiado los reflejos del sol por un azul nacarado. La noche que empezó con alegría, presumía tornarse triste y apagada. El arroyo seguía tocando su eterna canción de melancolía. Sebas, desde la entrada, miró el arma con desgana, se dirigió a ella. La asió entre sus manos y la descolgó. La memoria le trajo el recuerdo de Ana. Sus ojos se enjugaron en lágrimas que rodaron por sus mejillas, frías por el viento de la tarde, y cayeron en el suelo polvoriento de la morada.
Se oyó un estruendo, la hoguera comenzaba a debilitarse, un charco escarlata y espeso fue ocupando el sitio que fue de las lágrimas. Al lado de la lumbre, sobre la arena de la cueva, se veía dibujado un nombre “ANA”.
Las nubes taparon por completo la luna; se hizo noche cerrada; el arroyo seguía tocando su canción de melancolía y la hoguera le acompañaba con un chisporroteo fúnebre.
Ana, ¿Quién era Ana?, ¿Una diosa?, ¡no!, diosa era la naturaleza que todos los días le ofrecía espectáculos maravillosos. Había llegado el tiempo de olvidar y empezar a vivir. Tapó con arena la sangre caída al desollar el conejo, su cena. Cogió el coiba con la mano derecha mientras sujetaba el arma con la izquierda. Salió fuera, necesitaba aire fresco; arrojó el arma al arroyo; encendió el puro, estaba seco, pero, ¡qué importaba! Había llegado el momento de disfrutarlo. Mientras, empezaba a precipitarse el cielo sobre la tierra en gotas llenas de vida. Había estallado la tormenta.