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Granados Chaverra, Jesús Antonio (El poeta del amor)

Al que madruga, Dios lo ayuda



SEUDONIMO: EL POETA DEL AMOR

AL QUE MADRUGA, DIOS LO AYUDA.

Madrugué. Y antes de las seis de la mañana me encontraba a dos cuadras de mi casa. El sol apenas despuntaba, cuando lo vi salir de una casa; aún se acomodaba el carriel y el sombrero de alas volteada de esos que usan los ganaderos. A unos trece metros de la puerta de donde asomaba, una detonación interrumpió la calma de aquella hermosa mañana, un hombre de mediana estatura con un carriel montañero al hombro, camisa blanca, pantalón azul; caía al suelo boca arriba al recibir un segundo balazo en el corazón. El verdugo corrió hacia una motocicleta del alto cilindraje conducida por otro de su misma postura, mientras guardaba su arma. Doblaron en la siguiente esquina y luego desapareció el ruido del vehículo.

Un cadáver más en la carrera 14; una de las calles de este pueblo, se tendía en su charco de sangre. Muchos transeúntes asustados corrieron despavoridos;  otros nos quedamos pasmados de ver aquel macabro suceso.

Poco a poco nos acercamos a aquel hombre que cerraba sus ojos y abría la boca y me hacía como señas con los dedos “Me preguntaba a mí mismo: ¿Será que me conoce? ¡Yo no lo conozco! ¿Será que quiere decirme algo, su último deseo? Parece que solo yo veo que me está haciendo ademanes ¿Que querrá de mí?

Al llegar la policía los curiosos se fueron retirando para evitar ser interrogados sobre lo sucedido. La fuerza pública se llevó el cadáver y en su recorrido alcanzaba a ver que el fallecido me hacía señas con sus dedos de que lo siguiera, un tanto intrigado; resolví volver a casa a buscar mi bicicleta para seguir el vehículo de la policía, recorrí su mismo sendero hasta llegar a la morgue del hospital local. Dos médicos examinaban el cuerpo desnudo de este hombre desconocido para mí y mientras estos realizaban su oficio veía claramente que el cuerpo se incorporaba en la mesa donde yacía tendido y empezó a llamarme con gestos de sus manos, esperé a que los dos legistas se fueran para entrar a la fría habitación y averiguar que quería este tipo de mí.

Media hora más tarde pude entrar al depósito de cadáveres y me hice como a un metro del difunto, quien continuaba sentado en la mesa donde se hacen las necrosis y a su lado su propio despojos,  sentí miedo  y a la vez curiosidad. El hombre de mediana estatura, piel blanca, gordo y barrigón que horas antes había muerto me enseñaba una carta que llevaba en el bolsillo del pantalón; indicándome que la recogiera y en un sobre aparte del interior de su carriel, sacó una tarjeta bancaria, la cual unida a la carta me entregó sin mencionar una sola palabra, desapareció su imagen y solo pude ver una lágrima en su rostro muerto y tendido.

Por sus rasgos, creo que no era de tierras cercanas, más bien del interior del país, quizá uno de esos ganaderos o dueños de fincas bananeras que vienen de vez en cuando a visitar sus propiedades y quién sabe si se negaría a pagar una de esas “vacunas” que imponen los grupos subversivos a los ricos que tienen bienes en esta región.

Guardé el recado recibido en el bolsillo de mi camisa a cuadros, y me desconecté del qué hacer que tenía para ese día.

Volví a mi casa, sin mencionar a nadie, una sola sílaba de lo sucedido; me encerré en mi cuarto y sentado en mi cama empecé a mirar la tarjeta – era del Banco de Bogotá-  era de ahorros; luego tomé la carta y la revisé por todos lados a ver si tenía alguna abertura para sacar o mirar su contenido; ésta tenía un remitente y destinatarios con su respectiva dirección, decía: R// Esteban Atehortúa, calle 100 #14-25, Turbo Antioquia y en el lugar del destinatario, para: Maria Angélica Atehortúa Medina, calle los laureles # 56-102, Ciudad de Manizales.

En el sobre de la cuenta de ahorro, estaba impreso el número de la clave de la tarjeta: 2452, guardé la carta y me dirigí al cajero para averiguar el saldo de la cuenta; mi sorpresa fue inmensa, el corazón se me aceleró al ver que tenía un saldo de $ 187.000.000 de pesos. Empecé a sudar frío, no lo podía creer; levanté los ojos al cielo y me persigné, sin saber qué hacer, retorné a mi habitación para calmar los ánimos y pensar en qué hacer ante esta situación.

Cavilando en mi suerte me quedé dormido. El crujir de mi estomago por el hambre y el canto de un gallo me despertaron cerca de las cuatro de la tarde del 15 de abril de aquel año. Mirando fijamente por la ventana, no terminaba de pensar, sentía un alivio cuando entraba la brisa a mi cuarto y el olor de la sazón del guisado y el sonido de las  tajadas de plátano verde que fritaba mi madre en la cocina.

Fue muy tarde de la noche; cuando desperté de pronto con una idea en mi cabeza que no me dejaba conciliar el sueño, tenía que viajar hasta llegar a la dirección del destinatario de aquella carta, hablar con esa persona; explicarle lo sucedido y entregarle su recado, eso haría.

En la mañana del siguiente día, lleno de ánimo y fé, volví al cajero a retirar dinero suficiente de aquella cuenta, para cubrir los gastos de mi viaje; hablé con mi madre, hermanos y amigos sobre mi ausencia por unos días, extrañados por esa decisión tan repentina y viendo mi situación económica tan precaria no me creyeron. Ya a las ocho de la noche, en un Bus con destino a Medellín, sentado al lado de la ventana empezaba a recordar todo lo sucedido y no lo podía creer; cómo pasan las cosas y el tiempo, me dije; uno vive, sueña y solo le alcanza para morir. Contento de hacer ese viaje traté de descansar un poco y no pensar más en lo hechos. Media hora después de haber partido a mi destino incierto empecé a llenarme de temor, y hacerme preguntas sin respuestas como: ¿Quién será esa persona a quien voy a estregarle éste encargo? ¿Creerá lo que le cuente?, los hechos reales y la razón por la que esté ante su presencia? Ahora bien; otro temor era que no conocía la ciudad ni tenía un número telefónico de esta persona, ni familiares míos, solo una dirección y… Qué tal si esa dirección no existiera y qué pasaría si no encontrara aquella mujer a la cual va dirigida la carta, cómo será ella. Muchos interrogantes surgieron a lo largo del camino, hasta que decidí dejárselo a mi suerte y tratar de llegar hasta la dirección conocida.

Eran las cinco de la tarde, cuando el ruido de la ciudad de Manizales me despertó entrando a la terminal, alcancé a ver de nuevo el sol que se ponía lentamente en el horizonte, ¡Por fin llegué! exclamé en voz baja mientras todos bajaban del carro. Desconcertado, sin saber qué hacer primero, recorrí el terminal de transporte como buscando algo, desde luego que lo encontré; metí la mano en el bolsillo de la camisa que llevaba puesta y ahí estaba la carta, la razón de este viaje. Resolví tomar un taxi que me llevara directo a la dirección que hora empuñaba en mi mano como mi única esperanza de llegar a algún lugar más cómodo. Fue un paseo por toda la metrópoli, admirando su esplendor y belleza; quise quedarme en algún hotel y recorrer mejor sus calles y lugares famosos, pero, algo más que mí destino me empujaba hasta aquella dirección desconocida. Se oscurecía, una suave música de guitarra se escuchaba en los parlantes del taxi. De pronto el silencioso taxista, cuando de pronto frenó y dijo: ésta es su dirección señor, esa es la casa- señalándome con el índice sin bajarse del carro. Me hice a la acera y me quedé solo y sin saber qué hacer me pregunté, con la carta en la mano, ¿y ahora qué? Unos niños jugaban en el patio de la casa que tenia la dirección exacta, cercada por un enrejado de hierro que cubría todo el frente a unos diez metros y la puerta de la entrada tenía un candado cerrado; llamé y los niños no me prestaron atención, luego insistí en llamar su atención, cuando una señora elegante de unos cuarenta años abría la reja para entrar a la casa, me le acerqué y le pregunté; si allí vivía María Angélica Atehortúa Medina, ella me miró extrañada y me respondió: ¿Para qué la necesita, joven? Antes de responder a su pregunta me hizo otra ¿Parece que usted no es de por aquí, su acento es como de la costa, no? Si señora, no soy de por aquí; vengo de muy lejos, de la costa y traigo un recado para María Angélica, deseo hablar con ella, le dije. Y ese recado ¿quién lo manda, joven? Me preguntó la señora. Creo que es de su padre, don Esteban Atehortúa, le dije. No, no es su padre, es nuestro hermano. ¿Usted es amigo de él?, me preguntó con cierto aire de satisfacción y alegría. No señora; es una historia larga y difícil de creer, pero mi misión es contárselas y entregarle a María su mandado; quisiera verla, le dije. No está en casa por ahora, no debe demorar en llegar, pero, éntrese a nuestra casa, me imagino que debe de estar cansado y hambriento por el viaje; muchísimo le conteste.

Ya no quedaban luces en el cielo, más que las estrellas, los faroles de la cuadra y algunas hojas secas revoleteando por las calles. Reunidos en la sala, después de haber comido una excelente cena, donde solo faltaba María Angélica; sonó el timbre de la casa. Una mujer joven no menos de veinticinco años entró saludándonos; un metro con setenta y cinco de estatura, de tez blanca, delgada, con la frente muy parecida a la del cadáver de su hermano, que en otras se parecían bastante; sus ojos claros se clavaron en los míos y de nuevo sentí ese agitar en mi corazón, ese sudor frío en mis manos y cierto miedo de conocerla y contarle del deceso de su hermano y a la vez me agradaba su presencia y quería tocar su mano; sentarla a mi lado y llenarme de su bella sonrisa, del color rosa de sus mejillas y del perfume de sus cabellos rizados, negros y largos; parecía un ángel: Tenía una belleza rara e inusual, que no se ve en muchas partes ni en muchas mujeres.

María Angélica, luego de cenar; se hizo en una silla mecedora cerca a una de sus hermanas que ocupaba el mueble principal de la sala; extrañada por mi presencia quiso indagar algo sobre mí, y Claudia su hermana; la que me recibió en la puerta de la casa le dijo: Te estábamos esperando María, éste joven, Carlos Sánchez, que hoy nos visita, trae un recado para ti que envió Esteban, y viene de muy lejos, de la costa. ¡Ah! eres consteño, tengo varios amigos y amigas costeños, dijo María, mientras acentuaba esa sonrisa que vuelve loco a cualquier hombre y más a un costeño enamorado como yo. Si, María Angélica, respondí. Vengo de muy lejos, no conozco a nadie en esta ciudad, me propuse una misión y aquí estoy para cumplirla, y más que cumplirla se que es el deseo de su hermano. Lo que les voy a contar es triste y quizá no lo crean, pero, es la realidad; he venido hasta aquí por cuenta propia, no he sido enviado por su hermano Esteban Atehortúa, lo hice porque creí que era lo correcto después de lo que me ha pasado. Todos se quedaron intrigados a la espera de escuchar lo que tenía que decirles.

Hace dos días me encontraba en mi pueblo, cuando algo, que no alcanzo a comprender todavía, despertó cierta curiosidad en mi vida: Recibí de manos de un hombre, que horas antes había muerto, esta carta y una tarjeta bancaria; al leer el sobre de la carta y  encontrar ésta dirección; decidí venir para contarles lo que pasó y estregarles el recado, en especial a María, por que en el sobre está el nombre de ella.

Luego de contarles, con lujos de detalles, todo lo que había pasado; aún no lo podían creer. Es duro de creer, les dije; pero es la realidad, no tengo más que decirles, María; le entrego la carta y la tarjeta que me dio su hermano, saqué algo de dinero de ella para poder pagar los costos del viaje hasta aquí y regresar.

María, abrió el sobre; empezó a leer las primeras líneas cuando se le llenaros de lágrimas sus hermosos ojos, el resto de los hermanos también lloraron, yo también lloré sin quererlo; no me pude contener. Era muy triste lo que estaba pasando, pensé en que hubiera sido mejor no haber ido, sino enviarlo todo por correo y librarme de ser un llevador de malas noticias a tierras extrañas y a familias desconocidas.

Esa noche me dieron posada en su casa y no fui capaz de conciliar el sueño; se cruzaban miles de pensamientos en mi mente. Me preguntaba: ¿y después de aquí qué sigue?, ¿Qué haré? ¿Sería conveniente contarle a alguien más?, si es que me lo creen. No lo sé, dejaré que el tiempo se encargue de borrarlo todo.

María, a la mañana siguiente, me esperaba desde muy temprano sentada a la mesa del comedor para desayunar y emprender el viaje de regreso conmigo a la costa, para llevarse los despojos mortales de su hermano y darle cristiana sepultura en su tierra acompañado de su familia, no le importaba lo peligroso que fuera mi pueblo, tomaría el riesgo, pero algo tenía que hacer.

De regreso en estas calles polvorientas de la costa, nos dirigimos a visitar la morgue e identificar el cadáver. Nuestra sorpresa fue inmensa; al extinto lo habían entregado a otra familia por equivocación; echaron el difunto en el cajón y sin mirarlo se lo llevaron rumbo desconocido, ya habían entregado cinco cadáveres ese día; ofuscada y llorando, María insultó a los médicos, saliendo del hospital y sin saber qué hacer. Le propuse colocar un aviso en la emisora y si no aparecía lo buscaríamos en todos los barrios del pueblo; eso hicimos. El aviso se escuchó toda la tarde y nadie se reportó. Al llegar la noche nos fuimos un grupo de amigos y María, a recorrer los barrios en busca de velorios; preguntando y mirando el rostro de los difuntos, hallamos siete. Cansados de caminar por todos lados, cerca de la una de la madrugada cesamos la búsqueda, no lo encontramos. María, se recostó en mi pecho llorando; le sobé la cabellera para consolarla, mientras le dije que, en las horas de la mañana buscaríamos en las veredas cercanas al pueblo. A las ocho de la mañana siguiente recibimos una llamada del locutor local; indicándonos que a las diez se realizaría un entierro y que la misa se celebraría en la parroquia central. Antes de la hora prevista estábamos en el atrio mirando a todos lados, hasta que por fin se acercaba un grupo con un féretro, no era el cadáver. Nos sentamos en el atrio a pensar qué hacer. Un amigo de búsqueda, sonriendo se nos acercó gritándonos, ¡Ya apareció! Está en la morgue, alguien lo trajo, felices por la noticia; nos fuimos a identificar el cuerpo, sí, era su hermano al que más adelante se llevaría.  María, quería conocer el mar, la playa, la bahía y hasta el resto de mi familia; gusto que se dio en el agua sal, tomando agua de coco y comiendo róbalo frito con patacones.

Hoy, catorce meses más tarde, Maria Angélica Atehortúa Medina agradecida por el buen trato que recibió de mi familia; me escribe una carta de amor, encantada por el mar, la pesca y las costumbres del caribe, dice que quiere venirse a vivir conmigo y tener su propia familia, además para poder administrar lo negocios que dejó su hermano en estas tierras.

El mantel



 

El teléfono volvió a timbrar; esta vez era la voz de un hombre que formalmente se presentó y sin pérdida de tiempo procedió a explicar el motivo de su llamada.

-         Señor Víctor Arias; usted tiene una cuenta por pagar por un celular en plan que adquirió;  debe ponerse a paz y salvo con la empresa, o ingresará a data crédito y se procederá a hacerle cobro jurídico por esta cuenta, dijo. Víctor se quedó pensativo y entre sus vagas percepciones se preguntó ¿De qué cuentas me habla éste? 

-          Señor, no sé de qué me habla, respondió Víctor,  mientras fijaba el celular a la oreja para oír mejor. Yo jamás he tenidos celulares en planes ni con su empresa ni con ninguna otra, creo que está equivocado.

-         ¿Está seguro que no ha adquirido celulares en planes? Preguntó Centeno.

-         No señor. Jamás he tenido cuentas de celulares, ni las tendré; no me interesan los planes y no sé cómo me involucraron en ésto; respondió Víctor Arias.

-         Usted debe acercarse a uno de los centros de atención de la empresa en cualquier parte del país para que haga una negación de línea; pide un radicado de su caso y

 

Al llegar a su casa, le contó a la familia de lo que le estaba pasando.

- No eres el primero, respondió su mujer, al escuchar su versión. Ayer salió por el noticiero que a una señora le robaron la cédula y sacaron a su nombre ochenta celulares.  Es que la delincuencia no termina nunca, siguió hablando ella, los ladrones cada día se las ingenian para salirse con las suya; ya no se puede ni tener celular en este país.

Victo, no pudo dormir bien.  Era la primera vez que se veía involucrado en deudas; no fiaba por miedo a quedar mal; no hacia préstamos por no tener que soportar la cobradera de los bancos o de los “gota- gota”: famosos prestamistas de la costa colombiana.

Fue la mañana del martes de la semana siguiente a la llamada, cuando decidió viajar a la cuidad y hacer lo indicado por el abogado para salir del rollo en que estaba metido. Feliz de adelantar la diligencia, salió de la edificación calle arriba mirando la elegancia de la ciudad. Era temprano para volver a casa, luego de almorzar y con tiquete de pasajero en mano, siguió tirando vista por el centro de la ciudad. En una de esas calles polvorientas, una mano se extiende cortando su paso y acompañada de una voz tímida y afligida que le dice:

-         Señor, regáleme una moneda, imploró la mujer que se le atravesó en medio. Víctor alzó la mirada y no acostumbrado a dar limosnas, sintió un vuelco en el corazón y pensó en su pobre madre. Esta mujer debe tener la edad de mi madre, se dijo; tiene las manos callosas como señales del duro trabajo de su vida. Sacó algunos billetes y se los dio sin mediar palabras.

-         Gracias, Dios le bendiga, dijo la mujer haciéndose en un rincón de la acera.

Cansado de caminar cuadra a cuadra la gran selva de cemento, de ver las cosas que no se ven en el pueblo donde vive, decide ir a la terminal para estar cerca de los carros que van al lugar que lo vio crecer. En su camino de regreso, la mujer que horas antes le había pedido limosna, se le acerca otra vez con un envoltorio en su mano.

-         Señor, mire. Dijo la mujer; esto es para usted, por el dinero que medio ahora rato, ¿Se acuerda?

Víctor, miró y vio que la mujer le entregaba una bolsa con algo parecido a una cobija en su interior.

-         No, tranquila señora, respondió Víctor; guárdelo para usted, le puede servir para arroparse en la noche, debe de hacer mucho frio en estas calles.

-         Es un regalo para usted, usted se lo ganó, afirmó la señora, y… No es una sábana, es un mantel; usted debe tener una mesa para él, yo no la tengo; además no me sirve para arroparme, es muy pequeño y muy fino, me lo pueden robar.

-         ¡Véndalo!, y con el dinero de la venta, se compra un buena cena o una cobija para el frio de la noche, respondió Víctor adelantando sus pasos hacia la terminal.

-         No; no, por favor recíbalo; continuó la mujer; tómelo, es un regalo con mucho cariño de esta pobre anciana.

Víctor sin mirar atrás siguió su estirado camino; ya se escapaba de la mujer, cuando ésta dijo algo que lo frenó en seco; volteó y se arrimó a la limosnera mujer. ¿Qué dijo usted?                

-         Sí, como lo oyó. Es un mantel mágico, volvió a repetir la señora.  

-         ¡Mágico! Y ¿qué magia hace o puede tener que no ha logrado que usted deje de pedir limosnas y vuelva con su familia?, repuso Víctor.

-         No tengo familia; respondió la mujer bajando la mirada, por ello quiero regalárselo y sí; es mágico, pero la magia la debe descubrir usted para satisfacer sus anhelos. Le entregó la bolsa con el mantel a Víctor y se fue.

Víctor, se quedó con la bolsa en la mano mirando cómo se iba la mujer calle arriba, bajo el abrasador sol del medio día con su aspecto harapiento cargado de años y de soledad. Miró la bolsa y se la llevó bondadosamente debajo del brazo con un gesto de extrañeza y una gran duda sembrada en el portal de su corazón. Subió al vehículo que se convirtió en un remanso de pensamientos encontrados; no podía borrar de su mente el rostro de aquella mujer y de la magia que hablaba del mantel; pensó sacarlo de la bolsa para verlo y no; se le olvidó. Un pitazo fuerte los hizo saltar de la silla; se anunciaba la parada en el pueblo donde residía. Tomó su bolsa y bajó del auto cuando caía el manto de una hermosa tarde veraniega; la puesta de sol le daba de frente y en la distancia se veía un horizonte dorado reflejado en las marismas del océano; volvían las canoas de pescadores y los alcatraces por apares, en un vuelo lento retornaban a sus dormitorios.   

Al llegar a su vivienda, no encontró a su familia. Entró a la casa y en un rincón de su guardarropa metió el mantel con todo y bolsa. Días antes de la llegada de la navidad, la familia pasaba por momentos económicos difíciles. El trabajo de Víctor escaseaba; se estaban comiendo los ahorros, los enseres de la casa y hasta las uñas. Con los pocos ahorros que le quedaban, Víctor decide comprar una olla fritadora, una pipeta de gas y una mesa, los elementos para hacer empanadas, buñuelos y demás alimentos para vender en la esquina de la cuadra.

Montó una pequeña venta de fritos y le dejó a su mujer el negocio para hacer rendir los escasos pesos que tenían, mientras él partía en busca de empleo a los poblados vecinos. Siempre retornaba en las horas de la tarde y al pasar por la cuadra veía casi la totalidad del vendaje en la pequeña vitrina.

-         No hay buenas ventas, decía su mujer, esto está mal, todo mundo pasa, mira y sigue, pero no compran.

-         Paciencia, mujer, respondía Víctor con un ardor en su atribulada alma y una fe acérrima de que todo podría cambiar para el éxito de la familia.

Una fresca tarde, en plena navidad, buscaba en su guardarropa un traje para ir a la iglesia a postrarse de rodillas ante el madero del maestro y dejar en sus manos sus tristezas, sus oraciones y su mala suerte. Para su sorpresa, en un rincón muy abajo, se topa con la bolsa del regalo de la mujer limosnera. Sacó la bolsa, la abrió y extendió el mantel en la cama. Era un mantel hermoso, redondo, blanco con figuras de Papá Noel, de los renos, frutas y de regalos de mucho colores.

-         ¡Qué bonito! exclamó Víctor en la soledad de su cuarto mientras acariciaba y contemplaba el mantel; lo levantó y lo tendió en la mesa de la sala de su casa. De vuelta en el cuarto se vistió y salió para la iglesia.

Al otro día muy temprano; el ardiente sol atravesó hilos de luz por las hendijas de la casa y el toque de la puerta los hizo dejar la cama, la familia se levantó y abriéndo, se halló al compadre con la mujer y los hijos y  dos gallinas en las manos para el sancocho del almuerzo.

-         Compadre, hoy vengo a pasar el día acá con ustedes; dijo el compadre Juan, quien venía del campo con una sonrisa amplia y el corazón lleno de felicidad por la cosecha del año.

-         Bienvenidos, dijo la mujer de Víctor pasándolos a la sala.

A la hora del almuerzo, sentados en la mesa con sancocho servido, empezaron a llegar otros amigos y familiares de Víctor y de su mujer que traían regalos, licor, un mercado y dinero para la familia, cosa que nunca habían hecho antes ni siquiera en navidad.

Terminada la comida, charlaban, bebían licor y reían a placer. La mujer de Víctor, al quitar el mantel de la mesa por estar sucio de comida regada por los niños, los visitantes empezaron a sentir ganas de irse y de hecho comenzaron a marcharse a sus viviendas como si algo o alguien los hubiese espantado o echado.

-         Qué cosa rara, Víctor, dijo su mujer; esta gente nunca nos habían visitado y de un momento a otro aparecen y desaparecen. La mujer lavó el mantel y lo dejo al sol; tomó los enseres del vendaje de fritos y se fue a la equina a ganarse la vida. En tanto Víctor se dejó caer en su hamaca a hacer la siesta.

Llegaba la tarde y las ventas no aumentaban en el único negocio de la familia. Víctor se levantó de la hamaca, fue al patio, orinó y de regreso entró el mantel que ya se había secado; salió a la esquina a darle vuelta a los fritos y todo el vendaje lo esperaba intacto.

-         ¡Aquí no se vende nada! Dijo Víctor,- mirando la vitrina repleta de comida. Vamos a tener que corrernos para otro lado, porque si la cosa sigue así de seguro quebraremos.

Víctor observó que la mesa donde se hacían los fritos y estaba la vitrina lucía desnuda, en la mera madera; no tenía un trapo o un mantel que le diera elegancia al negocio. Envió a uno de sus hijos que le trajera el mantel navideño de la casa. El niño le entrega el mantel y lo tiende en la mesa, deja a su mujer sola atendiendo, mientras él sale en busca de un mejor sitio para el negocio. Al regresar ve una larga fila alrededor de la mesa de fritos. Pensó en lo peor, muerto o herido en la familia; nada de eso; era la gente haciendo cola para comprar y esperando fritanga para llevar. Víctor al estar frente a la vitrina no vio un solo guisado, todo lo habían comprado en menos de media hora. Asombrado por el repentino cambio del destino, se le cruzaron miles de pensamientos por la cabeza. Se preguntaba del porqué de lo sucedido y en un rayo de lucidez se acordó de las palabras de la pordiosera mujer que le regaló el mantel: “Es un mantel mágico y la magia debes descubrirla”. El rostro de Víctor cambió de negro claro a rosado suave. Se acercó al mantel y lo acarició con dedos de seda.

-         ¡Es mágico! de verdad que es ¡Mágico! decía Víctor en voz baja y alzando la vista vio la larga fila de gente esperando del vendaje. Se puso a ayudar a su mujer en la cocción de los alimentos y en la venta, hasta terminar la última empanada y el último trozo de carne guisada con yuca del día.

Las ventas eran las mejores. Gente de todo el pueblo acudía a comprar las más sabrosas empanadas jamás probadas en su vida; todo les parecía delicioso.

Una tarde Víctor y su mujer planearon dejar la venta de fritos y abrir un restaurante en el centro del pueblo. Seis días después lo abrieron, un comedor comunitario a bajo precio para los más pobres. Luego de dos meses abrieron una fonda lujosa con servicios a la carta para los más exquisitos del pueblo; los negocios comestibles andaban sobre ruedas. Las ganancias se multiplicaban. El mantel fue dividido en dos secciones para los dos restaurantes. Lo curioso era que los comensales elegían la mesa donde estaba el medio mantel en cada local, mientras las otras mesas permanecían vacías. Víctor repartió el mantel en trozos más pequeños llevando a cada mesa un pedazo; de la repartición le quedó un paño que se llevó al bolso donde guardaba su biblia y algunos enseres de uso frecuente.

Una tarde, uno de esos hombres de apetito voraz se sentó en el restaurante de lujo y luego de ordenar su alimentación tomó el pedazo de mantel que estaba debajo del vidrio de la mesa y que atraía su vista notablemente y se lo colgó en el pecho para no ensuciar su traje. Al terminar la comida se echó el paño al bolsillo y se lo llevó sin intención alguna. De uno en uno fueron desapareciendo los pedazos del mantel navideño de la familia de Víctor. La familia ocupada en sus altas ventas no se percató de los robos, hasta cuando los negocios dejaron de dar las utilidades de siempre.

-         Han bajado las ventas, dijo la mujer a una de las cocineras del local, al momento de contar el producido diario. Quizá mejoren para las vacaciones, terminó diciendo.

Al llegar a su casa, Víctor y su mujer discutían el tema de la rebaja en las ventas; iban a tener que cerrar uno de los negocios.

-         Algo no anda bien, dijo Víctor,- tendré que administrar personalmente cada local y replantear la atención al cliente.

La noche se hizo larga como la misma esperanza de la familia de recuperarse de las bajas; y por fin el nuevo día. Víctor, muy temprano antes de que llegaran los empleados, visitó cada local y para su ingrata vida solo quedaba un pedazo de mantel en cada negocio. Desconsolado, perplejo y rabioso, permitió que abrieran los locales para ver cómo evolucionaba el día. Fueron doce comidas en total las que se vendieron y para la hora del cierre, cuando retornó a visitar cada local, no quedaba una sola pieza de aquel mágico mantel.

Víctor nunca le dijo a su mujer lo de la magia del mantel. Cerró los locales y se dedicaron a vivir de los buenos ahorros que tenían, pero como dice el dicho: “De donde se saca y no se mete, el hueco queda”. Llegó el día en que la familia no tenía ni para pagar los servicios públicos. Llegó el desespero, la incertidumbre y los nervios se apoderaron de él. Hacía rato se había olvidado de Dios y de su compañera la Biblia; rebuscó entre su bolso y en medio del Salmo Noventa y Uno encontró el único tramo de mantel que aún quedaba y sin memoria de él su corazón saltó como potro en pradera; se puso de pie, llamó a su mujer henchido de felicidad para que reorganizara la venta de fritos y guisados en la esquina del barrio.

Víctor, celoso de su último retazo del mágico mantel, lo colocó debajo de la pata de olla fritadora y cada cinco minutos se cercioraba de que no se lo hubiesen robado. La fila de gente comprando era inmensa y las esperanzas de trabajo y crecimiento económico estaban en su pequeño negocio. 

Atendía la olla repleta de patacones, más tranquilo y satisfecho, en la labor de la tarde; revolviendo y despachando a los comensales lo producido hasta terminar el último pedazo de carne frita; todas las tarde recogía el trozo de paño y lo guardaba en medio de su Biblia y lo cuidaba como el más sagrado tesoro, esperanza de la familia.       

 

El señor de los deseos



El viejo Fornaro, pescador de oficio y fundador del pequeño poblado a las orillas de la ciénaga de Tumaradó; caserío de madera levantado en horcones de mangle, con calles hechas con hileras de puentes en tablones, de enterradas estacas en el suelo chungoso de la rivera. Fornaro, parecía Papá Noel; barrigón, barba larga y canosa, ojos miel y de piel rojiza quemada por el sol en largas faenas de pescas. Él vivía solo, apartado del bullicio de los nuevos colonizadores del poblado que llegaban en busca de mejor vida con abundante pesca y madera para vender. Los niños amaban al viejo Fornaro, le llamaban el abuelo y lo esperaban a las orillas de la ciénaga junto con sus madres, en especial las madres cabeza de familia que se veían en apuros para alimentar a sus hijos, dispuestos a ayudarle en el trabajo de limpiar el sedal  y ganarse algunos peces y camarones como recompensa. En las navidades el viejo Fornaro, con sus modestos recursos económicos organizaba un arbolito de navidad y entre los más allegados, cantaban villancicos y oraban tomados de las manos, a veces compraba tela roja y blanca, y  se hacia el traje de Papá Noel, habían pasado tres años que no se ponía uno, desde que muriera la modista del pueblo. Fornaro, era muy querido en el caserío por su bondad, su honestidad y en especial su humildad. Una tarde de noviembre sacó gran cantidad de madera recolectada por meses, la trajo al caserío en su pequeña bote y en la calle principal, que a la vez era la calle del comercio; en un lado había una cadena de casas de madera y al frente un pastizal sin viviendas, al doblar la esquina otra calle con viviendas a ambos lados, unas con terraplenes de tierra en el frente como corredores y otras con andenes de tablas. Fornaro, amontonó la madera en una claro de la entrada de la calle que topaba con la orilla de la ciénaga rellenada con aserrín, una sobre otra acomodó las tablas. La gente se preguntaba, si era que el viejo construiría alguna casa en el caserío. ¿Será que el viejo se aburrió de esa soledad de la pesca y el mosquitero en que vive? o ¿Será que se va a dedicar a vender madera? ¡Quién sabe! Se decían, pero, nadie le preguntaba para qué era la madera. Al siguiente día, el viejo fornaro llego al poblado con un serrucho, martillo, metro y clavos; empezó a medir y a martillar, luego de cortar, de a poco fué construyendo unos cajones rectangulares de dos metros de largo por uno de ancho y setenta de profundidad. De nuevo la gente, entre tantos los niños, se preguntaban; ¿Para qué serán esos cajones? ¿Será que el viejo se convirtió en sepulturero o va a negociar con cajones mortuorios? Viejo, ¿Para qué son esas cajas? Preguntó una mujer de la calle. Luego les diré, contestó el viejo sin dejar de clavar; acompañado de un pantalón corto, sin camisa y sin zapato, adornado por su larga cabellera y barba blanca como copos de nieve y su barriga rojiza, al desnudo. Al pasar los días, los cajones se hacían más numerosos y al finalizar la semana eran treinta y cinco los cajones terminados. Dos más y terminaré, dijo el viejo, con una sonrisa radiante de satisfacciones, tomándose una tasa de café sentado en una butaca bajo el palo de almendro, cerca al aserradero de don Manuel, recibiendo la brisa suave de la tarde veraniega bajo el olor a rosas del jardín de doña Juana la esposa de don Manuel. A la mañana siguiente, el viejo Fornaro, terminó su labor. En las horas de la tarde reunió al pueblo en el aserrío frente al arrume de cajones, todos extrañados y a la expectativa de lo que dijera el viejo, se acomodaron sin molestias en el lugar; vestidos con su mejor traje de calle y rociados con fragancias de mil olores, aguardaban la palabras del anfitrión de la reunión. A las cinco de la tarde, cuando todos los invitados se hallaban en el recinto, el viejo Fornaro carraspeó su garganta y se puso en pié, diciendo: señoras y señores, niños y niñas de la ciénaga de Tumaradó, gracias por haber asistido a mi llamado; los he reunido para darles la buena nueva, luego de encomendar este grandioso día a Dios el todo poderoso, terminada la oración prosiguió: hoy les diré el mensaje que por meses he guardado para mi y que nos pertenece a todos; resulta que una noche una Ángel o un Santo llegó hasta mi humilde choza, cuando yacía en mi cama; me llamó por mi nombre, me dijo que construyera un cajón grande por cada casa de la calle principal y que las ubicara en la acera de cada una, en la parte del cielorraso y que dejara espacio para que, habitantes de éste o de cualquier otro pueblo puedan pedir sus deseos; él,  siguió hablando y dijo este mensaje: los cajones deben de ser utilizados de la siguiente forma; tomen una moneda de cualquier denominación o nación;  la besan, se la ponen en la frente, pidiendo un deseo y lo lanzan al cajón. Un día, no muy lejano, un hombre los visitará, vendrá volando sin tener alas, todos lo verán; tomará las monedas de los cajones y por cada moneda hará realidad el deseo pedido en esa moneda. ¡Ese hombre es el Señor de los deseos! Si otro hombre o mujer cualquiera que sea, llegare a venir pasándose por el señor de los deseos no lo acepten, solo el que venga volando sin tener alas ese es el verdadero. Este mensaje debe ser conocido por todos, dado a los hijos de sus hijos por generaciones hasta la llegada del señor de los deseos. Terminada la intervención del viejo Fornaro, algunos murmuraban sin hacer preguntas, el dueño del aserrío, don Manuel preguntó: señor Fornaro, ¿Cuando colgaremos los cajones? Hoy mismo, respondió. Otro pregunto: ¿Y si aquel dueño del deseo nunca aparece, qué pasará? “El señor de los deseos”, corrigió el viejo Fornaro, vendrá; no se cuando pero vendrá. Lo más importante es tener fe, tranquilidad y transmitir el mensaje a los hijos y nietos. Apenas terminada la reunión, todos los hombre que asintieron, se dispusieron a poner los cajones en cada vivienda. La noticia de lo acontecido fué regada en otros pueblos y algunos por curiosidad se acercaban al caserío para lanzar su moneda pidiendo un deseo o varios; las mujeres solteras pedían marido, los más pobre dinero o trabajo, los enfermos ser curados, cada cual dejaba su moneda y su deseo. Fué de gran revuelo comercial para el poblado de la Ciénaga, la historia de los cajones y los deseos. El caserío se veía visitado por personajes jamás vistos por el lugar, las compras aumentaron en tanto que el número de viviendas nuevas con familias llenas de deseos inconclusos. Al paso de los días, los cajones recibían más monedas, nadie se atrevía a robarlas por miedo y por respeto a las predicciones de un hombre tan sabio y querido como el viejo Fornaro, quien dijo al término de la reunión: “Ay de aquellos que roben las monedas con los deseos, no vivirá lo suficiente para gastarlas, la ruina será perenne en su familia por generaciones”. Cierto día, el viejo Fornaro, no llegó como de costumbre a las orillas del poblado a vender su pesca y a comprar café, azúcar y otros alimentos de primera necesidad, nadie daba razón de él, extrañados niños y mujeres se quedaron esperándolo por dos días. Don Manuel, el del aserrío, preocupado como el resto de los amigos del viejo pescador de barba larga; partió, unido a otros cuatro vecinos, en su búsqueda en una canoa a motor fuera de borda. Llegaran al sitio de residencia del viejo Fornaro, don Manuel lo llamó: ¡Amigo querido! ¿Dónde estás? Tu ausencia nos tiene preocupados, sólo les respondió el bisbiseo del viento. Entraron a la humilde choza de paja y paredes de madera, hallaron la cama tendida y todo lo de la casa ubicado en su lugar, ni rastros del viejo, esparcieron la vista por todos lados y nada, no estaba, ¿Dónde estará?, se preguntó un vecino acompañante, ¡Quien lo sabrá! Dijo otro. Los visitantes montaron en sus botes y recorrieron la Ciénaga por todos sus recodos en busca del viejo amigo y nada más, que su bote a la deriva, se halló con un canalete en el interior, más preocupados que antes, suponían que el viejo habría caído al agua en un descuido o afectado por un infarto o algo parecido. Cerca al crepúsculo infinito de la tarde volvieron a casa, tristes y cansados; los moradores del caserío esperaban con impaciencia en el aserrío la llegada de los buscadores del viejo, y al verlos cabizbajos se llenaron de temor y tristeza. Al siguiente día todos los habitantes del poblado se dispusieron a encontrarlo vivo o muerto; recorrieron la Ciénaga palmo a palmo, poblados tras poblados, veredas tras veredas y nada, no lo hallaron. Se lo habrá comido el caimán, dijo una anciana. ¡No, no puede ser!, el viejo era muy precavido cuando pescaba, contesto un joven. Eso es lo malo de vivir sólo y apartado de los demás, dijo una mujer cabeza de familia, sin nadie que lo cuide, sin hijos, sin parientes cercanos. Hay personas que se pasan la vida viviendo sin criterios, nuca forman un hogar, una familia, expresó otra dama de la comunidad, por eso terminan muriéndose o desapareciendo del mapa sin que nadie de razón de ellos, termina de comentar la señora. Creo que se fue para el cielo, comentó un niño, para protegernos de las enfermedades de la malaria y la viruela. Hubo un silencio sepulcral. No puede ser, dijo don Manuel, que desaparezca sin dejar rastro alguno; en algún lugar deberá estar, debe de haber alguna parte donde no hayamos buscado. ¿A dónde más ir? Preguntó un tendero de la calle del comercio, nadie respondió, puesto que todos los lugares conocidos habían sido examinados.

Pasaron los años y el pueblo creció en gran medida, la costumbre de pedir deseos ante los cajones lanzando la moneda era pan de cada día, siempre había personas ávidas de deseos. Los niños se hicieron hombres, casados y con hijos, la tradición perpetúo en estos nuevos niños; conocieron la historia del viejo que parecía a Papá Noel y de su desaparición. En ocasiones, algunos vecinos, entre los más jóvenes, se reunían para idearse la forma de robar los cajones desconociendo las consecuencias de tal pecado. En horas de la noche bajo mechones o a la luz de la luna, se escabullían por los tambos de las casas arrastrados en el lodo para no ser vistos, pero, al bajar uno u otro de los cajones con monedas eran sorprendidos por algún viejo receloso trasnochador, que a través de las hendijas de las casas miraban como a la espera de algo hasta rayar el sol al siguiente día. Fue una tarde de truenos y relámpagos, cuando muchas habían perdido la esperanza de sus deseos, uno de los niños avistó algo de color rojo que revoleteaba en la distancia como un ave gigante por los cielos del poblado, él exclamó: ¡Miren! Señaló el niño con su delgado dedo índice. Todos los presentes en uno de los locales, miraron. ¡OH! Dio mió, grito una vieja gitana de mil caminos en sus pies, ¡Parece ser el águila de la tierra de los dioses, donde el agua es bendita, la tierra fértil; donde nadie camina calzado y donde las vestiduras son blancas, y todos llevan ramos de laurel en sus cabezas y las vírgenes son madres sin tocar hombres!, expresó la gitana con gran voz. Los presentes la miraron con mucha curiosidad. La agitación hizo salir al resto de los habitantes de sus casas, unos arropados con toallas otros cobijados con sábanas por el frío que hacía ante las amenazas de lluvia en esa tarde de navidad. Apareció entre la niebla del aserradero un viejo, apoyado en un bastón de cedro, vestido de blanco y cinturón de paño rojo, era don Manuel de Alcaraz, vecino y amigo de los pobladores de la Ciénaga de Tumaradó; se paró en medio de la calle de tablas y apuntando con su bastón dijo: hace muchos años, un amigo muy querido; don Fornaro el viejo pescador, nos habló de tu venida majestad; dijo que vendrías volando sin tener alas y harías realidad nuestros deseos, los deseos del pueblo. Hemos esperado con paciencia y aunque muchos perdieron la fe, yo no la he perdido. Los niños de ayer, hombres de hoy, te han esperado en sus inocentes vidas, algunos coterráneos han muertos, murieron creyendo en ti, confiando que vendrías. Benignísimo Señor de los deseos, bienvenido al pueblo que esperó y creyó en su realidad. Un hombre joven, bajó de las alturas, sin alas; pisó la calle de tablas y se hizo de rodillas ante el pueblo, los niños se acercaron para tocarle su vestidura azul celeste. Su Rostro era negro como el de San Martín de Porras, delgado, de buena estatura, labios rosados y cara fileña. Una vez se incorporó en el suelo, intentó volar y no pudo, miró a su derredor y mil rostros lo acechaban con angustia, curiosidad y deseosos de realizar sus sueños; era la esperanza de los que habían dejado una moneda en los cajones y con ella un deseo. El señor de los deseos se dirigió al aserrío y en medio de la muchedumbre se expresó: pueblo de Fornaro, pueblo de pescadores, pueblo de la esperanza; hoy inicia una nueva era en sus vidas, aquellos de ustedes que creyeron en las palabras de viejo Fornaro y lanzaron una moneda a los cajones tendrán su recompensa. He venido a ayudarles enviado por los reyes del oriente y occidente, pero, aún no conozco sus deseos, voy a recoger cada moneda de vuestros cajones y en cada moneda veré y oiré el deseo pedido al lanzarla, para los que han muerto elevaré una plegaria por sus almas, para los que se fueron en otros caminos al perder la fe; encenderé cirios pascuales para que los buenos vientos los acompañen en cada paso, para los presentes hoy y aquí:  hombres, mujeres y niños tendrán lo que sus corazones ha deseado. Ahora vayan a sus casas, visitaré cada familia y cada una obtendrá mi favor.

Llegada la noche, las entabladas calles estaban solas, los negocios cerrados y la gente en sus residencias. El señor de los deseos, llamó doce niños, cada uno por su nombre parecidos al de los apóstoles. Con mechones en las manos, para poder alumbrarse el camino, los niños se reunieron al rededor del primer cajón bajado; el señor de los deseos, empezó a sacar monedas de toda clase, valor y naciones, del interior de su vestimenta sacó unas pequeñas tulas verdes, las repartió a los niños; a cada niño le estregaba una moneda diferente, luego de colocársela en la frente para adivinar el deseo contenido en ella y ver el rostro de la personas que la arrojó al cajón. La primera noche revisaron la tercera parte de los cajones, el dinero fue guardado en casa de don Manuel. En las noches siguientes la labor de recolección de monedas continuó; tres días después, uno de los cuartos de la casa de don Manuel yacía repleto de costales llenos de monedas. Terminada la recolección de monedas, el señor de los deseos, se colgó una medalla especial con la imagen de la Virgen del Carmen y vistió un hábito del color café con un cinturón color amarillo, se frotó un ungüento de hierba buena, ruda y sándalo en las manos, llamó a sus doce amiguitos colaboradores y en fila india se dirigieron a los diferentes hogares a cumplir con los deseos de la gente. El señor de los deseos tenía la virtud y el poder adquirido de ver a las personas a través de su aura; cuando a una persona la veía con un aura de color rojo, significaba que esa persona era de mala fe, perversa, maligna y estaba dispuesta a hacerle daño a sus vecinos, amigos y así misma; era un peligro para la sociedad y a toda costa había que apartarse de ella. Cuando a una persona le veía el aura de color verde, correspondía a una persona muy enferma y requería de ser aliviada. Cuando una persona se veía de color morado, representaba tragedia en su vida; algo malo estaba por sucederle o sufría por algún problema familiar; podría ser de hambre, pobreza, necesidad de afecto y comprensión o era maltratada por vecinos o familiares. Cuando el color del aura era azul oscuro, esta persona se hallaba sana, pero, no le convenía a muchas personas su amistad porque había orgullo, vanidad y avaricia en su corazón. Cuando era de color azul celeste el aura del la persona, figuraba un ser sano, cariñoso, virtuoso y de muy buenas relaciones personales, con un excelente trato a los demás; podría hacer amistad con todos los seres por pequeños o grandes que fuesen, le favorecía al señor de los deseos hacerse acompañar por esta clase de seres, entre ellos los niños que lo acompañaban en su recorrido por cada casa. Los de aura color negro, eran seres ya muertos o a punto de fallecer. Los de aura color blanco, eran escasos, concernía al aura de Ángeles, Santos, curanderos y personas con un alto nivel de espiritualidad, así era el aura del señor de los deseos.  Al entrar a la primera vivienda, el señor de los deseos se persignó, los niños aguardaron afuera su salida, a la primera persona en conceder el deseo fué a doña Ana con el aura verde, una anciana que quince años atrás había hecho su primera petición lanzando su moneda. Señora Ana, dijo el señor de los deseos, ha llegado la hora de ayudarle en su deseo. Entonces, el señor, llamó  a uno de los niños, requirió una bolsa con monedas, metió la mano y sacó varias, exactamente las monedas lanzadas por la anciana en todos los tiempo: éstas fueron las monedas que usted lazó, dijo dirigiéndose a la anciana, todas tienen el mismo deseo: ser curada de su enfermedad. El dolor que le ha aquejado por varios años, es un cáncer en el estómago que ha invadido todos los órganos vitales, ciérrelos y descanse en la cama. El señor se frotó las manos calentándose una con la otra, roció una gotas de limón en ella y acto seguido las puso sobre el abdomen de la mujer,  un temblor recorrió su cuerpo, un frío extraño invadió los huesos de la doña, mientras un haz de luz azul salía de las manos del señor y se adentraba en el vientre de la enferma, ella despidió un quejido de dolor y al instante un aliento de bienestar. Y luego dijo: ya no siento molestias en mi barriga, y asintiendo con una leve sonrisa de alegría y los ojos brillantes de gozo, dando gracias al señor. En el suceso, el señor de los deseos le regresó las monedas diciéndole: tu fé te ha curado, vive hasta que el buen Dios te necesite. El hombre, salió de la casa y perseguido por los niños amigos, entró a otra humilde vivienda, donde una mujer era perturbada por un maleficio de brujería; sentía una gusanera en la garganta que no la dejaba tragar los alimentos y en las noches se le abultaba el vientre saliéndole por la boca ranas croando. Estaba acabada, flaquita y se veía muy mal. El señor de los deseos le pasó la mano por la cabeza y ella gritó fuerte en una agonía sofocante, la hizo tender en el suelo sobre las tablas de la casa, le dio de beber unas gotas de un pequeño frasco verde que saco de su corpiño, la mujer se quedó desmallada; el señor la colgó de los pies con una cuerda sujetada al travesaño de la casa y con la cabeza hacia abajo, le aplicó tres rezos en el pecho poniéndole los dedos en cruz. Una sustancia amarilla y pestilente empezó a salir por la boca de la mujer y al final vomitó algo parecido a una placenta con pequeños renacuajos en su interior, el señor la desató y la postró en la cama, le puso un collar hecho con dientes de ajo, hojas de anamú, destrancadera y saca sal, igualmente le dejó las monedas que ésta había arrojado a los cajones. Al rato la mujer se curó, y no volvió a sentir problemas. Más tarde prosiguiendo su camino, el señor de los deseos, a lo lejos, en la calle, divisó a una mujer con un aura de color rojo, apuró el paso y se acercó a ella preguntándole: ¿A quién piensas hacerle daño? La mujer no le prestó atención y se internó en su casa cerrando la puerta, el señor tocó varias veces hasta que una mujer joven, hermana de la que había cerrado, le abrió; en su rostro se veía la tragedia representada en un color morado que circundaba su humanidad. Pase, señor de los deseos le dijo sin mucha simpatía, él entró a la casa y sentándose en una poltrona, tomó la mano de la joven y le dijo: he venido a ayudarte, tus deseos vienen de estas tres monedas de plata, tienes una hermana internada en el manicomio, debes ayudarla sacándola de allí; ella no está loca, si permanece otros meses allí no podrás hacer nada por ella, todo ha sido una vil trampa de tu hermana la que acabó de cerrarme la puerta, ella tiene un mal espíritu, acusó a tu hermana Martha de loca para sacarla del medio y quedársele con el marido y todo su dinero, ahora está buscando la manera de hacerte daño; posiblemente dañe a tu bebe o te quite la vida, huye de aquí, busca a tu hermana Martha y ambos hagan vida en otro pueblo, toma esta bolsa de monedas para que no les falte nada, estas monedas ya no tienen deseos, sus dueños murieron y por ellos elevaremos una plegaria el viernes por la noche en la capilla del Divino Niño. La joven mujer dio las gracias y sin hacer mucho ruido escapó a otro poblado. Días tras días, el señor de los deseos curó, alivió, ayudó y reformó muchos hogares en el pueblo de la Ciénaga, todos los deseos fueron cumplidos en el poblado, solo faltaban los deseos de la gente de  otros pueblos que no sabían de su llegada o por situaciones económicas no se habían desplazado hasta la Ciénaga. Los hombres del poblado construyeron una choza grande y cómoda, para el descanso del señor de los deseos, en el lugar donde una vez existió el rancho del viejo Fornaro, le construyeron un puente de madera con más de un kilómetro de largo, éste iba desde el caserío hasta la puerta de la rancha para facilitar la llegada de los visitantes al lugar. Cuando el señor de los deseos no se hallaba en casa, se encontraba pescando en la Ciénaga; vivía de las monedas sin deseos y de donaciones dejadas por los visitantes. Por muchos días, el señor de los deseos intentó volar, y lo hizo, su vuelo era corto y apurado, algunas veces caía al suelo dando tumbos y golpes. Cansado de tantos intentos de volar en vano se resignó a su surte y a su nueva vida. En las navidades organizaba el árbol de navidad y ante el pesebre del pueblo cantaba villancicos con los niños, vestido él, de Papá Noel repartía regalos a los niños más pobres. De esta manera, el pueblo fué liberado de la pobreza, las enfermedades de la malaria, reinó la armonía y la paz. Cada quince días, el señor de los deseos, salía a dar una ronda por todas las calles del poblado, visitaba familias que tenían problemas de dinero, dándoles lo necesario para crear su propia fuente de ingresos, en otras familias encontraba personas adoloridas por la artritis; ponía su mano en el lugar afectado y se esfumaba el dolor al instante o aplicaba un poco de untadura con igual resultado. No solo curó enfermos, si no que ofreció ayuda de muchas maneras y a personas de variados pueblos y naciones que arribaban en busca de una solución a sus problemas. Terminadas las peticiones de los deseos contenidos en las monedas, el señor de los deseos inició una peregrinación por veredas, poblados y caseríos apartados de la gran civilización, siempre ayudando al más necesitado. Varios años duró en su cruzada antes de volver al pueblo de la Ciénaga y conocer a María de la Ossa. Una tarde al pasar la calle de las delicias; una mujer de cabellos negros y largos, rostro fileño y hermoso, tendía en los lazos donde se ventea o seca la ropa, unos trapos recién lavados. Ella, lo vio venir y sus azules ojos se clavaron en los de él, una leve sonrisa apasionada se dejó entre ver, el señor de los deseos sintió un aliciente en su corazón, cosa extraña para él; jamás una mujer lo había timbrado tanto de todas la familias que había visitado, se acercó a ella y besó su mano, su corazón palpitaba como un tambor de fiestas africanas, la joven mujer suspiro al deleite de la tarde. Le parecía conocerlo de tiempo atrás, la naturaleza de su forma de ser la hechizaba. La mujer era sobrina de don Manuel. Ella, se encontraba de visita aprovechando las vacaciones del mes de Julio, sus estudios de parapsicología absorbían casi la totalidad de su tiempo y no tenía espacios para mirar y soñar en las mieles del amor, aquel encuentro le alegraba la vida. El señor de los deseos la invitó a su morada, hablaron lo suficiente para conocerse y enamorarse, meses más tarde, un treinta y uno de diciembre se casaron. Pasaron felices como una pareja de recién casados, vivían en armonía con la naturaleza y los vecinos, cuando una mañana de marzo, el señor de los deseos levantó los brazos al cielo en el patio de su casa y una fuerza sobre natural lo elevó varios metros, sorprendentemente y sin quererlo había recuperado la capacidad de volar sin alas. Junto a su espesa reunió al pueblo para despedirse, recorrería otras naciones ahora que podía volar, en otros rincones del mundo familias pobres y llenas de deseos lo esperaban por años con un montón de monedas en calabazas, baúles, costales y alcancías, cada moneda con un deseo por hacer realidad.                                                                                                                                                                                                

El viejo Rafa



La abuela Pacha: Nació en el año de 1906 un 31 de Diciembre, entre pobreza, cantos y danzas. Vivió pobre, sigue pobre y de seguro que morirá entre su escasez y cachivaches que le traen algunos recuerdos, porque a su edad; creo que no se ganará la lotería, además; nunca la ha comprado. Su única riqueza son sus cuatro hijos producto de su vida, cuando joven y bella y cuando hizo parte de una de las ocho esposas del brujo Rafa. Mi abuela; una mujer alta, de piel morena clara, buen porte, analfabeta y trabajadora como todas las jóvenes de su tiempo. Se voló una noche de cantos de chicharras, bajo el efluvio de media luna que dejaba ver el camino culebrero, al encuentro de los brazos de aquel hombre odiado, temido y respetado por muchos, quien la esperaba a la orilla del río Atrato, en una champa, para llevársela a vivir a su aposento; en la casa de madera de ocho cuartos, una sala estrecha, una cocina con fogones de barro cocido en el patio trasero de la casa forrada de palmas de iraca. Mi abuela, no sabía por qué lo hacía, pero, sentía un impulso, ajeno a su conducta, que la obligaba, como si la halasen en una garrucha que la llevase aquellos brazos.  Era la quinta mujer en su colección de damas simpáticas, para aquel hombre, no menos de diez y ocho años de edad cada una, enamoradas o hechizadas por algún conjuro; vivían juntas como hermanas en aquella casona de grandes jardines y plantíos de legumbres, y plantas de bebidas aromáticas. Le correspondió el primer cuarto, esto quería decir que era una nueva inquilina en el hogar. El viejo Rafa, tenía la costumbre de aposentar a su última conquista en el primer cuarto, puesto que, cerca de éste era donde se sentaba en su silla mecedora a sobarse la barba larga y teñida por el humo del tabaco que a diario fumaba en las tardes con su flecha y escopeta cargada a su lado, como a la espera de una presa para cazar. En efecto era buen cazador, agricultor y brujo, parecía uno de nuestros ancestros; con la cara cuadrada, su cuerpo cubierto de pelo y una fuerza descomunal; malo, de muy pocos amigos; nunca se le vio reír. Cuenta la abuela: que muchas veces salía a cazar con algunos conocidos a las selvas espesas de las tierras chocoanas, de varios días de camino matando Serpientes a su paso, Conejos, Micos, Armadillos y otras clases de animales comestibles. En ocasiones cuando no cazaban nada; se les escondía a los compañeros de caza y más adelante del camino se convertía en un Morroco o Tortuga gigante, que para su amigos era una fortuna toparse con uno de estos escasos animales, como era inofensivo y lento no había necesidad de matarlo; lo amarraban a una vara larga por el caparazón y lo cargaban turnándose en el trayecto de regreso a sus viviendas. Al encontrarse a escasos metros del caserío, el brujo Rafa se incorporaba a su forma humana y los compañeros asustados y ofuscados le reprochaban su acto, compa Rafa le decían: no vuelva hacernos esto, usted cómo nos pone a cargarlo de tan lejos, con semejante peso y solo, cuando se siente cerca es que aparece; no se le vaya a ocurrir convertirse en otra clase de animal, porque podemos matarlo. Compa Rafa, jamás se mudaba en un venado o zaíno o cualquier otro animal veloz por temor a que le dispararan, para evitar la huída de la presa.

Aunque en el pueblo se comentaba de lo sucedido, todos lo olvidaban al rato, por medio a perder sus vidas con alguna brujería del brujo Rafaelito, como le decía, su quinta esposa mi abuela Pacha, cariñosamente.

En cierta ocasión un Indígena Tule, también brujo y curandero de lo alto de las montañas; bajó con el firme propósito de matar a su homólogo, porque le estaba quitando su clientela. Con un simple apretón de manos, sin mayor esfuerzo y sin hacer mucho ruido, en menos de cinco minutos lo dejaría tieso como el bastón que lo acompañaba, pues, era cojo del pie izquierdo, usaba un porta pene hecho de calabaza pintado de color rojo que le legaba  hasta el hombro, sujetado con un lazo de fique amarrado a su cintura para mantenerlo erecto al cielo, uno u otro ornamente de su cultura y el resto del cuerpo desnudo y descalzo.

El Indígena, desde el momento en que se acercaba en su canoa de caracolí con destino al caserío donde se encontraba su próxima víctima, se le hizo un nudo en la garganta y cierto miedo se apoderó de su alma, y tenía razón; el viejo Rafa, brujo de brujos, ya conocía el designio de aquel sombrío indio encuero. Con uno de sus actos de hechicería, en la hora del almuerzo, había visto el rostro y las intenciones del enemigo en un plato de sopa de conejo y pichones de palomas; vio venir un espíritu maligno montando una lancha, con figura de indio que le rodeaban en el cuello un juego de collares de dientes de mico y zaínos, proezas de sus cacerías a diario.

El compa Rafa, reunió a sus ocho mujeres en el patio trasero de tierra seca y amarilla de su casa, para hacer un conjuro de protección; tomo tres plumas de gallinazo y los engrasó con una mezcla de plantas machucadas, las frotó por el cuerpo desnudo de sus esposas. La primera fue Marinelda Cedeño; mujer hermosa con rasgos árabe y acento  montañero, que fue su primera conquista y quien entre otras facultades, mandaba cuando el patrón no estaba. Con dos hijos y sin más parientes, se dejó sobar el trío de plumas negras hasta la punta de los pies, y así; una a una las fue recorriendo con un glosario de palabras extrañas y bocanadas de humo de su tabaco. La siguiente fue Ana Rosa Gómez, luego Dianne Ovidia Palacios, seguida Eneida Castrillón y después Danilsa Peroza; al instante Kelly Urán; prosiguió con Samdra Milena Pulgarín y por último mi abuela Francisca Valencia.

Terminado el artificio; siete de sus mujeres se guardaron en sus cuartos y solo la más vieja y casi bruja, Marinelda, se quedó sentada en la silla mecedora de su marido, simulando coser una colcha de retazos, mientras el compa Rafa se escondía detrás de la puerta trasera de la casa, manteniendo la de adelante cerrada con una cruz de guayabo tierno clavada con clavos de herrar bestias y una mata de sábila de ocho pencas amarrada con una cinta amarilla y doce alfileres enterrados en sus cactos.

Escondido, a la espera de la llegada de su enemigo, el viejo Rafa rezaba la oración del descuido, la amansajusticia  y la de sansón; mientras sostenía en su mano derecha su lanza inseparable y en el cuello le colgaba un collar de cabezas de pirañas conjuradas, el tabaco calado y el oído atento a los pasos sigilosos de su adversario. Sintió de repente un soplo de viento raro que estremeció los horcones de la casona y las ollas de la cocina se cayeron, quieto sin mover un solo músculo, apretaba el pucho de tabaco en su boca con calma, a eso de las tres en punto de la tarde; se oyó el canto de un gallo kirico y el viejo Rafa montó guardia como un centinela. En tanto su mujer se hizo a unos escaso metros de la puerta trasera, escuchó una voz ronca con palabras mal pronunciadas; era el hechicero cuna, que saludaba a la mujer de aspecto sensible e inofensiva y a su vez preguntaba por el compa Rafa, mostrando cierta simpatía, para convencer a la preparada mujer, a que le llamara a su marido, ésta respondió con tono amable y cortés, y sin despertar sospechas: “señor Wasikello Domicó”, ¡Qué bueno verlo! El Pae Rafa no está; salió a cazar para la cena, ¿gusta usted pasar a nuestra casa y esperarlo? El Indígena guardó silencio mientras cavilaba en qué hacer ante aquel ofrecimiento; cierto miedo le infundía la casa de otro brujo como él; pero, al ver que la mujer le daba la espalda para sentarse en la sala, éste olfateó la entrada, como perro armadillero, y no halló olores extraños. Dio el primer paso para subir a la casa, llevaba medio cuerpo adentro; cuando un fuerte agarrón de su mano derecha le hizo brotar los ojos del espanto y el dolor de la presión le obligó arrodillarse con lagrimas en los ojos, mientras el compa Rafa; le quitaba el collar conjurado que el Indígena traía para mayor efectividad de su defensa y hechizo contra su rival. En no menos de diez minutos, el infortunado Wasikello Domicó, el indígena, el rey de los brujos de las altas montañas; se desvanecía en orines y lamentos, suplicando: ¡Ay compa Rafa suélteme! ¡Ay  Pae Rafa suélteme! ¡Póngame una penitencia, pero no me mate, amigo Rafa! ¡Tóme mi mujer y mis hijas y todos mis conjuros y tierras, pero, no me mate! El compa Rafa, en silencio, no hizo caso de sus chillidos; sabía que no habría otra oportunidad y si dejaba la culebra viva el peligro lo acecharía por siempre, mientras el resto de la humanidad del cautivo se con vertía en una figura de sal como la mujer de Lot en la historia bíblica, cuando Dios, decidió destruir a Sodoma y Gomorra con fuego, por su actos pecaminosos.

Terminado el trance, el compa Rafa aspiró profundo el aire fresco de la tarde con olores a jazmines de su sembradío, guardó su collar y se dispuso a enterrar los excrementos salados de los restos de su enemigo. En un hueco profundo lejos de su morada; echó el cuerpo, las tres plumas de gallinazo, tres cabezas de piraña de su collar y cinco dientes de ajos machos, para que el espíritu del fallecido no molestase a nadie por el resto de la eternidad.

Luego de bañarse, a nado libre, en las orillas del río Atrato; se colocó la muda de ropa blanca y almidonada, que acostumbraba los viernes, único día que vestía así y utilizaba para cortejar una de sus mujeres y echase un “cave” lento y lleno de retozones como un buey; hasta muy tarde de la noche.

En total, hizo una quincena de hijos, de diferentes estilos y estaturas. Ninguna de sus mujeres podía salir de la casa sin su permiso y ninguna se atrevió hacerlo nunca por miedo; estaban seguras que lo sabría y la condena a su desobediencia, era la expulsión del rancho de nueve piezas. El Pae Rafa, decidió construir un cuarto más para dormir sólo, desde el suceso aquél con el indígena, la expulsada vagaría loca por todos los años del resto de su vida y ningún hombre hallaría aprecio ni amor en ella.

En cierta época, cuenta mi abuela: El compa Rafa, se fue de viaje a otros pueblos como curandero y brujo, era muy solicitado para sacar maleficios o para echarlos. Este oficio le daba recursos suficientes para vivir una vida sin preocupaciones, y quien se negara a pagarle lo cobrado por su labor; le quitaba hasta las hijas que se encontraban de pecho y luego las vendía o se llevaba las mayorcitas como concubinas hasta terminar su recorrido.

Demorado en uno de sus viajes envió una carta poema a sus ocho esposas, que recitaba de la siguiente forma:

Quiero hacerme entender que no soy

propiedad privada de nadie ni hoy ni mañana.

Soy mío y de mis renuevos; hojas suelta;

velero en la cual soy capitán y marinero.

No limito las posibilidades de la tierra,

ni el alcance de sus manos; no soy barrera.

Menos transformar la figura de la silueta,

en flor llegaron a mí; y en flor y aroma se Irán.

No somos más que un recuerdo añejo

que deja su olor y el sabor de la piel

lo que nos dimos con alegría y pasión.

Soy como el viento, soy una noche cualquiera

alargando sus raíces al fondo de la vida.

¡Ay de ustedes! Quienes crean ser mi dueña... ¡Qué duelo!

El hombre que entregó la carta poema a una de las mujeres, se asombró, cuando todas acudieron al puerto donde arriman las lanchas de viajeros y mercaderes a recibir el recado; exclamando, dijo con grave voz: ¡Ese si es mucho sinvergüenza, descarado, tener ocho mujeres a la vez y en la misma casa! Deberían de meterlo preso o fusilarlo y arrojarlo a las corrientes del río Atrato para que su cuerpo lo devoren los tiburones cuando llegue al mar y no lo hallen nunca. Semanas más tarde, este desventurado hombre que lanzó aquellas expresiones, al enterarse de quien se trataba aquel que había ofendido en su ausencia, quedó mudo; su lengua desapareció de su boca sin dolor alguno. Una mañana cualquiera despertó y no pudo pronunciar ni una sola sílaba; le faltaba íntegramente su lengua; sabía que había sido víctima de un embrujo del compa Rafa, más no se atrevió hacer ni una sola  seña sobre el asunto.

Seis de las esposas de compa Rafa, se alegraron al escuchar la lectura de aquel recado, leída por una comadrona; puesto que ninguna de ellas sabía leer; pensaban que por fin se habían liberado de aquel peludo hombre de aspecto horrible y olores poco agradables, que muy pocas satisfacciones les daba, pero sí muchos golpes y penitencias; aquellas palabras suponían decir que el compa Rafa no volvería, estaban equivocadas.  Tres meses más tarde apareció con un habano encendido, vestido de negro y baúl lleno de ropas, calzados, chanclas y calzones para sus esposas; más viejo y brujo que de costumbre, sabía cada detalle de lo que hicieron sus mujeres.

Una tarde después de cenar, prendió su tabaco y arrastró su silla mecedora al corredor de su mansión; a su lado izquierdo la lanza  inseparable de caza, viajes y conjuros, y a su lado derecho, su escopeta hechiza que tenía un cementerio de hombres y animales en su haber. Sentado, meciéndose, largaba bocanadas de humo espeso y hediondo; con la mirada calle abajo donde se divisaban algunos de sus hijos jugando a la gallina ciega, dejó de mecerse hasta que el tabaco se le apagó. Ya entrada la noche nadie se atrevía a llamarlo, pues, era costumbre quedarse hasta la madrugada y rendido por el sueño entraba a su aposento o al cuarto de cualquiera de sus ocho mujeres.

A la mañana siguiente, las mujeres del compa Rafa en encontraron la silla mecedora vacía, acompañada de la escopeta y un mocho de tabaco apagado en su lugar, cosa extraña que les hizo pensar lo peor. Las esposas esperaron a que apareciera en cualquier instante de alguna casa vecina; donde a veces se quedaba hablando hasta dos días con algún brujo aprendiz de sus hazañas. Jamás apareció. Unos dicen que se lo llevó Lucifer el Diablo por los pactos que tenía con él. Otros, que se lo devoró un espectro en las orillas del río Atrato, mientras se echaba una cagada en uno de esos baños flotantes en los ríos de los pueblos chocoanos. Algunos, que abandonó sus mujeres porque, varias de ellas, aprendieron de su brujería y estaban preparando un maleficio para matarlo.

Desaparecido el compa Rafa, de forma misteriosa como fue su trajinada vida; nadie volvió a saber de él. Sus mujeres recogieron sus corotos para marcharse, mas un profundo miedo las detenía puesto que, escuchaban la voz de viejo rafa a la media noche y sentían el olor a tabaco en toda la casa y otras veces escuchaban que alguien arrastraba la mecedora hasta el corredor de la casa, una que otra de las mujeres se levantaba y veía la silla mecerse sola en la oscuridad del anden. Fueron muchos los día se zozobras y trasnocho, hasta que las ocho mujeres se reunieron en la sala, se tomaron de las manos formando un círculo e hicieron un conjuro para apartar los espíritus intranquilos, en medio del hechizo se  apareció el viejo rafa vestido de negro, estremeciendo la casa con su presencia y con la punta de la lanza les dio el último a dios; a cada mujer le hizo una cicatriz en el pecho en forma de cruz, de inmediato se esfumó como un fantasma. Temerosas se encerraron en sus cuartos y no volvieron a escuchar la voz ni oler el humo del tabaco del viejo Rafa. Se marcharon cada una por distintos caminos, dispuestas a rehacer sus vidas en otros pueblos del Chocó o Antioquia. Mi abuela Pacha, mandó desbaratar aquella casona y se construyó una más pequeña para ella y sus hijos en el mismo caserío. Hoy, muy viejita, solo algunas vagas evocaciones tienen de su vivencia juvenil y ve en uno de sus hijos el vivo retrato de su esposo Rafa.

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