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Garcia Saconne, Victor (Vit-8)

El Espejo del infinito laberinto



Los dos jovencitos caminaban lo más rápido que el tórrido sol del desierto les permitía y, sin embargo, sus pasos eran tan lentos como lenta se acompasa la muerte. El vertiginoso deseo de sobrevivir les hacía apurar el paso a pesar que apurarse era acelerar la llegada de la muerte. En el desierto, en medio de él, tan parecido a un mar inmenso, el tiempo toma la forma de carecer de forma y su paso es casi desapercibido; poca huella deja. El reloj en el desierto es la sed, el calor, el sentirse desfallecer: pura biología.

La velocidad estaba ritmada por el andar de la niña, la más lenta. Pero de lejos, cómo distinguirla, si eran solo dos pequeños cuerpos envueltos en túnicas y testados en turbantes. El sol, en el desierto no busca amigos, ni reparte piedad, más cuando Kabul está tan lejos.

Abrasados por el calor, sus pequeños cuerpos se perlaban de gotas de sudor que al caer por la enjuta carne, desaparecían en la arena ardiente.

En un momento el miedo los venció y se detuvieron; la noche avanzaba voraz sobre la tarde. Se miraron y en sus ojos encontraron los ojos del desierto y en esos ojos la desesperación.

Fue cuando uno de ellos, el muchachito o la niña, que importaba ahora, recordó las palabras que su padre les había dicho: que en sus correrías no se alejaran demasiado pues había presagio de tormenta aunque el cielo se mostrase límpido como un azulado espejo. También les dijo que en el desierto, que se extendía por doquier, existía la flor más hermosa vista por ojo alguno. Pero que ellos no se internaran a buscarla, era de un color negro azulado, perlada por una corola amarilla, púes este deseo de conocer y poseer lo perfecto los perdería dado que la perfección no es incumbencia de los hombres.

Conocedor del alma humana, el padre también les advirtió que no fueran arrogantes cuando hablaran con los dioses, pues ellos los engañarían con el solo propósito de divertirse.

Por último les dio la advertencia más importante: si se internaban en el desierto, dado que el deseo de la perfección es más abrasador que la sed, que jamás intentaran volver a casa por el desfiladero de la montaña. Porque, a pesar que era el camino más corto y casi el único, al final del mismo existía un cristalino manantial que significaba la vida pero también encontrarían animales feroces, ávidos de carne. La muerte no tiene apuro alguno porque carece de tiempo: es el tiempo.

Además, los dioses que lo habitaban siempre se encontraban malhumorados y jamás aceptaban dejar pasar a los suplicantes pues esos dioses despreciaban a los cobardes.

Luego, el padre siguió afilando su cuchillo, su mente perdida en el pasado, paraíso donde se alojaba su juventud, del que hacía muchos años había sido expulsado y ahora, cuando sentía la fría noche atraparlo, solo deseaba que el tajo fuese limpio, mortal e indoloro. Por eso todas las mañanas acariciaba su magro cuello mientras afilaba su cuchillo, tratando de encontrar la palabra que lo justificase ante su Dios, si bien también deseaba encontrar el tiempo que le permitiese postergar lo inevitable.

Como cualquier mortal, él también buscaba más tiempo y pagaría en buena moneda el tiempo concedido, pero en el desierto, igual que en la vejez, el tiempo no existe. Es tan inasible como la arena y solo los tontos intentan encontrar algo que ya se les ha escurrido. Solo los jóvenes creen en el tiempo pero porque lo ignoran, lo desprecian, no lo contabilizan como hacen los banqueros ni los mercaderes del oro, la plata y las especies. Para los jóvenes el tiempo no tiene peso, ni forma y es solo lo que ellos son: puro músculo, pura fibra y todo el tiempo contenido, en este caso, en dos pequeños cuerpos que ante el avance inexorable de la noche decidieron internarse en el desfiladero de la montaña pues de pronto supieron, el peligro te torna sabio, que sus horas se les estaban agotando y la suerte les sería esquiva por la noche, en el desierto, para encontrar su destino. Y el destino, su casa, estaba ahí al alcance de la mano, solo tenían que internarse por el desfiladero que le habría un tajo a la montaña. ¿Qué peligro tan escandaloso les esperaría que asombrase al mismo desierto? Cada duna, cada puñado de arena era más peligroso que el animal más feroz que encontrarían bebiendo en el manantial.

Y los jóvenes se encontraban muy urgidos por encontrar tiempo para recordar las palabras de su padre, el miedo suele ser pésimo consejero, y acosados y estragados por el frío, el hambre y la sed abrasadora, decidieron adelantarse, ganarle la carrera a la noche, y llegar a su casa antes que anocheciera y allí encontrarían el agua, el pan, el calor y el amor. Los materiales del ser humano que el mismo ser humano les niega a sus hermanos.

Ellos, acuciados por la sin sombra de la muerte, se encaminaron directamente al desfiladero de la montaña.

Supieron que solo enfrentándose al desfiladero y sus acechanzas lograrían vencer a la muerte que les esperaba en las arenas, que no hacía ruido, ni se movía velozmente como el rayo sino como una babosa. Y ante al escarnio de la sed prefirieron confiar sus vidas a la daga que les había dado su padre, a cada joven la suya. Además contaban con una caramañola y tasajo y con la inconsciencia de los jóvenes. Por eso ellos creyeron apurar el paso cuando decidieron cruzar la montaña. En realidad, caminaban tan lentamente que esta historia tardó años en cumplirse.

Comieron un poco de tasajo, un pedazo de pan duro, solo mojaron sus labios con avaras gotas de agua. Cada uno encendió con su yesca su antorcha embebida en negro aceite, empuñaron la daga, se encomendaron a sus dioses y se dispusieron a entrar en el desfiladero, dejando atrás las dunas que bailaban para ellos danzas atractivas que, sabían, solo los llevarían a la muerte.

Los dioses de la montaña se desperezaron incrédulos ante semejante despliegue de insolencia, de dos jovencitos, muñidos apenas de un fuego que solo lograba asustarlos a ellos, pues despertaban a los duendes y brujas de la montaña que se ponían a danzar ante los ojos de los jóvenes, burlándose del valor y la intrépida lentitud de sus pasos. Es por ello que los dioses decidieron protegerlos, intrigados por ver hasta dónde llegarían por el largo desfiladero. Para ello hicieron que de sus cuerpos y de sus ropas brotara luz, de tal modo que ellos pudieron guiar sus pasos sin temor a caerse en el abismo. Los dioses notaron con sorpresa, que los jóvenes no hablaban. Caminaban, decididamente, por el desfiladero, en completo silencio. Por eso supieron que se encontraban ante dos mortales plenos de coraje. Sonrieron y el trueno asustó a los jóvenes que no obstante ni dejaron de caminar decididamente hasta el final del desfiladero, ni profirieron expresión alguna. Sus ojos vidriosos, secos de lagrimas inútiles, los labios resecos, la garganta como fuego encendido avivado por ventiscas, el paso cansino, aunque ellos creyeran caminar rápidamente, el recuerdo del agua fresca, del quesillo de cabra, del amor de sus padres y el calor de su hogar, los alentaba a seguir. Además, Alá que estaba en sus corazones, los empujaba a continuar caminando a pesar de los tropiezos y el miedo. Y los jóvenes sabían, pues su padre se los había demostrado, que Alá es grande y misericordioso; por eso esos jóvenes avanzaban con paso firme por el desfiladero rebalsado de peligros y ellos desconociéndolos. Los dioses de la montaña se sintieron intrigados por ese par de jovencitos a los que habían decido proteger cuando entraron al desfiladero pero a los que ahora pondrían a prueba, ante la actitud arrogante que demostraban. Por eso es que los jóvenes sintieron que un viento helado los envolvía y repentinamente se encontraron rodeados de tenebrosos guerreros que blandían amenazadoras espadas sobre sus cabezas mientras de sus bocas salían gritos incomprensibles y de sus ojos brotaban llamaras de fuego que los cegaban. Pero su padre se encontraba en sus mentes y Alá anidaba sus corazones. Por eso no intentaron huir, ni gritaron, ni demostraron miedo. El Rey, que comandaba tan fieros guerreros, se asombró ante la actitud de los jóvenes a los que supuso presa fácil. Pero el temor lo invadió cuando vio que de sus cuerpos emanaba una extraña luz que casi lo cegaba. Supo que eran protegidos de los dioses. No obstante, decidió que solo uno de ellos podría vivir si cumplían alguna tarea agradable para el espíritu de un Rey, harto de toda sorpresa y emoción, cuya alma solo se conmovía al fluir de la sangre ajena.

Cada joven se encontró, enfrentado, en una pared del desfiladero, rodeado de guerreros, que los custodiarían mientras cumplían la tarea que el Rey les había encomendado. Deberían hacer que esas paredes cobraran vida propia. Significaran algo humano y que fuese lo que fuese que hicieran en las paredes del desfiladero, gozase del don eterno de la vida. Que fuese inmortal, que durasen más que mil y una noches.

Uno de los jóvenes había pedido trozos de carbón y brea apagada y las tinturas con que los guerreros untaban sus rostros. El otro solo pidió un hacha afilada por los dioses de la montaña, deseo que le fue concedido por éstos ante el asombro y la ira del Rey de los guerreros.

De pronto amaneció y cada joven se vio frente a su pared y sintiendo la presencia, por el olor agrio y hediondo, de los cuerpos de los hombres de la guerra y de sus caballos. Los jóvenes no podían ver a la luz del día, a sus cancerberos. Pero por el olfato y el griterío sabían que estaban ahí y que les impedirían escaparse hasta que dieran por terminado el encargo del Rey. Entonces, supieron que cada uno tendría que labrar su propio destino.

El duro pedazo de pan, la magra carne salada y el agua, tibia, les duró mientras ellos diseñaban su futuro. Y lo imaginaron ominoso. Nadie se atrevería a apostar un mísero dracma por ellos. Sin embargo, la interpretación de lo que vendrá es una curiosa operación, con visos de matemática pero escasamente geométrica y exclusiva de pocas almas de este mundo. Por lo demás, si bien uno lleva las riendas de su futuro, el brioso caballo no le pertenece y éste toma los caminos más impensados y sorpresivos. Algo difícil de explicar en palabras porque cuando uno arrojó los dados el número a salir ya está en el indescifrable trayecto que éstos realizan en el aire pero, ese número, no está dado hasta que los dados caigan a la tierra y se detengan. Alá es sabio.

Uno eligió la pared que miraba al sol del amanecer. El otro, comenzó a trabajar en la pared que reflejaría el sol del mediodía.

A pesar que les iba la vida, trabajaban despaciosamente y no porque no supieran que mientras más tardasen en terminar la labor encomendada por el Rey de los guerreros menos agua tendrían sino porque, y todos los jóvenes lo hacen, despreciaban al tiempo. Cosa curiosa el tiempo. El no se mide ni cuando avanza ni se demora al detenerse y solo transcurre para los demás. No huye, no se queda, es inasible pero pesado como una roca y tan fugaz como un rayo y sin embargo nadie lo vio jamás. Solo se ven en el tiempo, los mortales, cuando miran sus rostros en el espejo.

El Rey de los guerreros y sus hombres tampoco demostraban impaciencia pues solo eran el tiempo creado y concedido a los jóvenes por los dioses del desfiladero.

La tarea era ímproba para los dos pues la roca era dura y escarpada y mientras uno comenzó a pintar su pared, el otro solo afilaba su hacha contra la pared que le había tocado.

Tardaron lo que tardaron y cada uno hizo lo que debió hacer.

En la pared del desfiladero que se iluminaba con el primer sol del día, ¿la muchachita?, pintó el paisaje más hermoso que ojo humano alguno hubiese imaginado en ese desierto. Allí estaba todo: el agua, la luz, la flor más hermosa, el fuego, los animales feroces y los dulces pájaros, el bosque y la arena del desierto. Todo armoniosamente creado. Con el desparpajo del que hizo la primera flor, el primer animal, e imaginó a la mujer y al hombre. Cada don de la creación estaba allí, la lluvia y el trueno, y los mares y los ríos que ellos jamás conocieron. La creación, tan hermosa, despertó en el Rey envidia, asombro y perplejidad y por primera vez en su vida sintió miedo y se arrodilló anonadado ante lo que veía. Sus hombres echaron sus rodillas a tierra, ellos, que jamás claudicaron ante dios o ruego alguno. Entonces, el Rey de los guerreros ordenó matar al otro joven pues nada más hermoso podría haber creado. Pero el joven exigió que su obra fuese también evaluada y entonces el Rey de los guerreros se dio vuelta, el sol del mediodía terminó de alumbrar el paisaje y él se vio metido en ese paisaje. Dueño y señor de toda cosa allí creada y allí dispuesta. Y vio también la joven más hermosa que sus ojos pudieron haber visto. Y detrás de él encontró con su mirada a sus guerreros y por primera vez se dio cuenta del poderoso ejército que comandaba. Fue entonces que dio un paso adelante, entrando en el paisaje, y la muchacha y el otro joven y sus innumerables guerreros también se adelantaron un paso siguiéndolo. Entonces lo comprendió. Ahí estaba por fin su reino y esa muchacha lo esperaba desde tiempos inmemoriales y entonces se adelantó dos y tres pasos y comenzó a correr y a medida que corría más, más se alejaba la muchachita y su hermosa tierra. Entonces el Rey corrió más rápido para alcanzarla y detrás, sus guerreros que cuando vieron que enfrente se les venían atroces guerreros comenzaron a correr más rápido que el Rey en un intento por salvarle la vida si caía en manos de los forajidos que venían con actitud feroz hacia él. Y él, el Rey de los guerreros, se metió en el espejo que uno de los jóvenes había convertido a esa pared del desfiladero solo con la paciencia de afilar un hacha. Detrás del Rey, sus guerreros corrieron a rescatarlo y les ocurrió lo mismo. Se estrellaron contra el espejo, al cabo eran solo sombras del desierto creados por los dioses para atemorizar a dos jovencitos intrépidos que se habían convertido, con el paso del tiempo, en un hermoso joven y una espléndida mujer. Fue ella la que se acercó a la pared donde su hermano había tallado un espejo. Entonces lo comprendió todo. Se dio vuelta y besó al hermoso joven hecho hombre y se dirigió al espejo que la dejó entrar y desde adentro llamó al joven y él con miedo vio a una hermosa muchacha que, sonriéndole, lo llamaba con sus brazos extendidos, sus pequeños senos al aire. Tuvo miedo de entrar en el espejo pero una fuerza irresistible lo empujó y entró decidido al espejo que luego de unos instantes tormentosos volvió a su quietud eterna.

Pero ten cuidado caminante, porque esa obra que insolentó a los dioses del desierto, aún está allí, e inconmovible al paso del tiempo mantiene toda su magia y misterio.

Tan lejos Kabul.

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