Los dos
jovencitos caminaban lo más rápido que el tórrido sol del desierto les permitía
y, sin embargo, sus pasos eran tan lentos como lenta se acompasa la muerte. El
vertiginoso deseo de sobrevivir les hacía apurar el paso a pesar que apurarse
era acelerar la llegada de la muerte. En el desierto, en medio de él, tan
parecido a un mar inmenso, el tiempo toma la forma de carecer de forma y su
paso es casi desapercibido; poca huella deja. El reloj en el desierto es la
sed, el calor, el sentirse desfallecer: pura biología.
La velocidad estaba
ritmada por el andar de la niña, la más lenta. Pero de lejos, cómo
distinguirla, si eran solo dos pequeños cuerpos envueltos en túnicas y testados
en turbantes. El sol, en el desierto no busca amigos, ni reparte piedad, más
cuando Kabul está tan lejos.
Abrasados por el
calor, sus pequeños cuerpos se perlaban de gotas de sudor que al caer por la
enjuta carne, desaparecían en la arena ardiente.
En un momento el
miedo los venció y se detuvieron; la noche avanzaba voraz sobre la tarde. Se
miraron y en sus ojos encontraron los ojos del desierto y en esos ojos la desesperación.
Fue cuando uno
de ellos, el muchachito o la niña, que importaba ahora, recordó las palabras
que su padre les había dicho: que en sus correrías no se alejaran demasiado
pues había presagio de tormenta aunque el cielo se mostrase límpido como un
azulado espejo. También les dijo que en el desierto, que se extendía por
doquier, existía la flor más hermosa vista por ojo alguno. Pero que ellos no se
internaran a buscarla, era de un color negro azulado, perlada por una corola
amarilla, púes este deseo de conocer y poseer lo perfecto los perdería dado que
la perfección no es incumbencia de los hombres.
Conocedor del
alma humana, el padre también les advirtió que no fueran arrogantes cuando
hablaran con los dioses, pues ellos los engañarían con el solo propósito de
divertirse.
Por último les
dio la advertencia más importante: si se internaban en el desierto, dado que el
deseo de la perfección es más abrasador que la sed, que jamás intentaran volver
a casa por el desfiladero de la montaña. Porque, a pesar que era el camino más
corto y casi el único, al final del mismo existía un cristalino manantial que
significaba la vida pero también encontrarían animales feroces, ávidos de
carne. La muerte no tiene apuro alguno porque carece de tiempo: es el tiempo.
Además, los dioses
que lo habitaban siempre se encontraban malhumorados y jamás aceptaban dejar
pasar a los suplicantes pues esos dioses despreciaban a los cobardes.
Luego, el padre
siguió afilando su cuchillo, su mente perdida en el pasado, paraíso donde se
alojaba su juventud, del que hacía muchos años había sido expulsado y ahora,
cuando sentía la fría noche atraparlo, solo deseaba que el tajo fuese limpio,
mortal e indoloro. Por eso todas las mañanas acariciaba su magro cuello
mientras afilaba su cuchillo, tratando de encontrar la palabra que lo
justificase ante su Dios, si bien también deseaba encontrar el tiempo que le
permitiese postergar lo inevitable.
Como cualquier
mortal, él también buscaba más tiempo y pagaría en buena moneda el tiempo
concedido, pero en el desierto, igual que en la vejez, el tiempo no existe. Es
tan inasible como la arena y solo los tontos intentan encontrar algo que ya se
les ha escurrido. Solo los jóvenes creen en el tiempo pero porque lo ignoran,
lo desprecian, no lo contabilizan como hacen los banqueros ni los mercaderes
del oro, la plata y las especies. Para los jóvenes el tiempo no tiene peso, ni
forma y es solo lo que ellos son: puro músculo, pura fibra y todo el tiempo
contenido, en este caso, en dos pequeños cuerpos que ante el avance inexorable
de la noche decidieron internarse en el desfiladero de la montaña pues de
pronto supieron, el peligro te torna sabio, que sus horas se les estaban agotando
y la suerte les sería esquiva por la noche, en el desierto, para encontrar su
destino. Y el destino, su casa, estaba ahí al alcance de la mano, solo tenían
que internarse por el desfiladero que le habría un tajo a la montaña. ¿Qué
peligro tan escandaloso les esperaría que asombrase al mismo desierto? Cada
duna, cada puñado de arena era más peligroso que el animal más feroz que encontrarían
bebiendo en el manantial.
Y los jóvenes se
encontraban muy urgidos por encontrar tiempo para recordar las palabras de su
padre, el miedo suele ser pésimo consejero, y acosados y estragados por el
frío, el hambre y la sed abrasadora, decidieron adelantarse, ganarle la carrera
a la noche, y llegar a su casa antes que anocheciera y allí encontrarían el
agua, el pan, el calor y el amor. Los materiales del ser humano que el mismo
ser humano les niega a sus hermanos.
Ellos, acuciados
por la sin sombra de la muerte, se encaminaron directamente al desfiladero de
la montaña.
Supieron que
solo enfrentándose al desfiladero y sus acechanzas lograrían vencer a la muerte
que les esperaba en las arenas, que no hacía ruido, ni se movía velozmente como
el rayo sino como una babosa. Y ante al escarnio de la sed prefirieron confiar
sus vidas a la daga que les había dado su padre, a cada joven la suya. Además
contaban con una caramañola y tasajo y con la inconsciencia de los jóvenes. Por
eso ellos creyeron apurar el paso cuando decidieron cruzar la montaña. En
realidad, caminaban tan lentamente que esta historia tardó años en cumplirse.
Comieron un poco
de tasajo, un pedazo de pan duro, solo mojaron sus labios con avaras gotas de
agua. Cada uno encendió con su yesca su antorcha embebida en negro aceite,
empuñaron la daga, se encomendaron a sus dioses y se dispusieron a entrar en el
desfiladero, dejando atrás las dunas que bailaban para ellos danzas atractivas
que, sabían, solo los llevarían a la muerte.
Los dioses de la
montaña se desperezaron incrédulos ante semejante despliegue de insolencia, de
dos jovencitos, muñidos apenas de un fuego que solo lograba asustarlos a ellos,
pues despertaban a los duendes y brujas de la montaña que se ponían a danzar
ante los ojos de los jóvenes, burlándose del valor y la intrépida lentitud de
sus pasos. Es por ello que los dioses decidieron protegerlos, intrigados por
ver hasta dónde llegarían por el largo desfiladero. Para ello hicieron que de sus
cuerpos y de sus ropas brotara luz, de tal modo que ellos pudieron guiar sus
pasos sin temor a caerse en el abismo. Los dioses notaron con sorpresa, que los
jóvenes no hablaban. Caminaban, decididamente, por el desfiladero, en completo
silencio. Por eso supieron que se encontraban ante dos mortales plenos de
coraje. Sonrieron y el trueno asustó a los jóvenes que no obstante ni dejaron
de caminar decididamente hasta el final del desfiladero, ni profirieron
expresión alguna. Sus ojos vidriosos, secos de lagrimas inútiles, los labios
resecos, la garganta como fuego encendido avivado por ventiscas, el paso
cansino, aunque ellos creyeran caminar rápidamente, el recuerdo del agua
fresca, del quesillo de cabra, del amor de sus padres y el calor de su hogar,
los alentaba a seguir. Además, Alá que estaba en sus corazones, los empujaba a
continuar caminando a pesar de los tropiezos y el miedo. Y los jóvenes sabían,
pues su padre se los había demostrado, que Alá es grande y misericordioso; por
eso esos jóvenes avanzaban con paso firme por el desfiladero rebalsado de
peligros y ellos desconociéndolos. Los dioses de la montaña se sintieron
intrigados por ese par de jovencitos a los que habían decido proteger cuando
entraron al desfiladero pero a los que ahora pondrían a prueba, ante la actitud
arrogante que demostraban. Por eso es que los jóvenes sintieron que un viento
helado los envolvía y repentinamente se encontraron rodeados de tenebrosos
guerreros que blandían amenazadoras espadas sobre sus cabezas mientras de sus
bocas salían gritos incomprensibles y de sus ojos brotaban llamaras de fuego
que los cegaban. Pero su padre se encontraba en sus mentes y Alá anidaba sus
corazones. Por eso no intentaron huir, ni gritaron, ni demostraron miedo. El
Rey, que comandaba tan fieros guerreros, se asombró ante la actitud de los
jóvenes a los que supuso presa fácil. Pero el temor lo invadió cuando vio que
de sus cuerpos emanaba una extraña luz que casi lo cegaba. Supo que eran
protegidos de los dioses. No obstante, decidió que solo uno de ellos podría
vivir si cumplían alguna tarea agradable para el espíritu de un Rey, harto de
toda sorpresa y emoción, cuya alma solo se conmovía al fluir de la sangre ajena.
Cada joven se
encontró, enfrentado, en una pared del desfiladero, rodeado de guerreros, que
los custodiarían mientras cumplían la tarea que el Rey les había encomendado.
Deberían hacer que esas paredes cobraran vida propia. Significaran algo humano
y que fuese lo que fuese que hicieran en las paredes del desfiladero, gozase
del don eterno de la vida. Que fuese inmortal, que durasen más que mil y una
noches.
Uno de los jóvenes
había pedido trozos de carbón y brea apagada y las tinturas con que los
guerreros untaban sus rostros. El otro solo pidió un hacha afilada por los
dioses de la montaña, deseo que le fue concedido por éstos ante el asombro y la
ira del Rey de los guerreros.
De pronto
amaneció y cada joven se vio frente a su pared y sintiendo la presencia, por el
olor agrio y hediondo, de los cuerpos de los hombres de la guerra y de sus
caballos. Los jóvenes no podían ver a la luz del día, a sus cancerberos. Pero
por el olfato y el griterío sabían que estaban ahí y que les impedirían
escaparse hasta que dieran por terminado el encargo del Rey. Entonces, supieron
que cada uno tendría que labrar su propio destino.
El duro pedazo
de pan, la magra carne salada y el agua, tibia, les duró mientras ellos
diseñaban su futuro. Y lo imaginaron ominoso. Nadie se atrevería a apostar un mísero
dracma por ellos. Sin embargo, la interpretación de lo que vendrá es una
curiosa operación, con visos de matemática pero escasamente geométrica y
exclusiva de pocas almas de este mundo. Por lo demás, si bien uno lleva las
riendas de su futuro, el brioso caballo no le pertenece y éste toma los caminos
más impensados y sorpresivos. Algo difícil de explicar en palabras porque
cuando uno arrojó los dados el número a salir ya está en el indescifrable
trayecto que éstos realizan en el aire pero, ese número, no está dado hasta que
los dados caigan a la tierra y se detengan. Alá es sabio.
Uno eligió la
pared que miraba al sol del amanecer. El otro, comenzó a trabajar en la pared
que reflejaría el sol del mediodía.
A pesar que les
iba la vida, trabajaban despaciosamente y no porque no supieran que mientras
más tardasen en terminar la labor encomendada por el Rey de los guerreros menos
agua tendrían sino porque, y todos los jóvenes lo hacen, despreciaban al
tiempo. Cosa curiosa el tiempo. El no se mide ni cuando avanza ni se demora al
detenerse y solo transcurre para los demás. No huye, no se queda, es inasible
pero pesado como una roca y tan fugaz como un rayo y sin embargo nadie lo vio
jamás. Solo se ven en el tiempo, los mortales, cuando miran sus rostros en el
espejo.
El Rey de los guerreros
y sus hombres tampoco demostraban impaciencia pues solo eran el tiempo creado y
concedido a los jóvenes por los dioses del desfiladero.
La tarea era
ímproba para los dos pues la roca era dura y escarpada y mientras uno comenzó a
pintar su pared, el otro solo afilaba su hacha contra la pared que le había
tocado.
Tardaron lo que
tardaron y cada uno hizo lo que debió hacer.
En la pared del
desfiladero que se iluminaba con el primer sol del día, ¿la muchachita?, pintó
el paisaje más hermoso que ojo humano alguno hubiese imaginado en ese desierto.
Allí estaba todo: el agua, la luz, la flor más hermosa, el fuego, los animales
feroces y los dulces pájaros, el bosque y la arena del desierto. Todo
armoniosamente creado. Con el desparpajo del que hizo la primera flor, el
primer animal, e imaginó a la mujer y al hombre. Cada don de la creación estaba
allí, la lluvia y el trueno, y los mares y los ríos que ellos jamás conocieron.
La creación, tan hermosa, despertó en el Rey envidia, asombro y perplejidad y
por primera vez en su vida sintió miedo y se arrodilló anonadado ante lo que
veía. Sus hombres echaron sus rodillas a tierra, ellos, que jamás claudicaron
ante dios o ruego alguno. Entonces, el Rey de los guerreros ordenó matar al
otro joven pues nada más hermoso podría haber creado. Pero el joven exigió que
su obra fuese también evaluada y entonces el Rey de los guerreros se dio
vuelta, el sol del mediodía terminó de alumbrar el paisaje y él se vio metido
en ese paisaje. Dueño y señor de toda cosa allí creada y allí dispuesta. Y vio
también la joven más hermosa que sus ojos pudieron haber visto. Y detrás de él encontró
con su mirada a sus guerreros y por primera vez se dio cuenta del poderoso
ejército que comandaba. Fue entonces que dio un paso adelante, entrando en el
paisaje, y la muchacha y el otro joven y sus innumerables guerreros también se
adelantaron un paso siguiéndolo. Entonces lo comprendió. Ahí estaba por fin su
reino y esa muchacha lo esperaba desde tiempos inmemoriales y entonces se adelantó
dos y tres pasos y comenzó a correr y a medida que corría más, más se alejaba
la muchachita y su hermosa tierra. Entonces el Rey corrió más rápido para
alcanzarla y detrás, sus guerreros que cuando vieron que enfrente se les venían
atroces guerreros comenzaron a correr más rápido que el Rey en un intento por
salvarle la vida si caía en manos de los forajidos que venían con actitud feroz
hacia él. Y él, el Rey de los guerreros, se metió en el espejo que uno de los
jóvenes había convertido a esa pared del desfiladero solo con la paciencia de
afilar un hacha. Detrás del Rey, sus guerreros corrieron a rescatarlo y les
ocurrió lo mismo. Se estrellaron contra el espejo, al cabo eran solo sombras
del desierto creados por los dioses para atemorizar a dos jovencitos intrépidos
que se habían convertido, con el paso del tiempo, en un hermoso joven y una
espléndida mujer. Fue ella la que se acercó a la pared donde su hermano había
tallado un espejo. Entonces lo comprendió todo. Se dio vuelta y besó al hermoso
joven hecho hombre y se dirigió al espejo que la dejó entrar y desde adentro
llamó al joven y él con miedo vio a una hermosa muchacha que, sonriéndole, lo
llamaba con sus brazos extendidos, sus pequeños senos al aire. Tuvo miedo de
entrar en el espejo pero una fuerza irresistible lo empujó y entró decidido al
espejo que luego de unos instantes tormentosos volvió a su quietud eterna.
Pero ten cuidado
caminante, porque esa obra que insolentó a los dioses del desierto, aún está
allí, e inconmovible al paso del tiempo mantiene toda su magia y misterio.