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Tolosana Artola, Pilar Ana (Anonimo)

La caída de ojos de mi amigo el siniestro



 

           Se llamaba igual que su padre: Lucius… Él solía repetir hasta la agonía casi,  aquello de que descendía de un antiguo procónsul de África de al final de la República en los tiempos romanos.     Supongo que estaba un poco obsesionado con todo esto de la tradición de Roma… Ni siquiera nos dejaba que le llamáramos Lucio sin ninguna declinación, porque decía que dañábamos su virtuosidad, y parecía muy ofendido. Nos lanzaba exabruptos que nos hacían enmudecer por esa boquita que era tan pura en otras ocasiones en las que hablábamos de algo que en absoluto, podría comprometerle.     Lucius vivía en Barcelona desde que llegó a la Facultad de Bellas Artes de la Universitat de Barcelona. Allí fue donde yo lo conocí, hará unos tres años ya; durante el transcurso de ese año, yo era una de las chicas que se desnudaban y posaban en su fría clase, para que los observadores y espectadores artistas copiaran en sus níveos lienzos, con suma perfección o con imperfecciones varias, según el gusto y las aptitudes de los susodichos, las formas y voluptuosidades de los y las modelos. De algunas cosas, hasta yo me asustaba, y eso que he visto de todo; no me quedé extrañada de que al pasar el tiempo, me enterase de que algunas de esas personas que estaban allí trabajando a mi lado, triunfaran luego como estrellas del Porno.     Después de la clase de un aciago día, coincidí en la cafetería con Lucius, y alabó mi dominio de sí misma y mi disciplina y seriedad en el ámbito profesional.

-         Es el deber por el deber, nada más -, le dije.     Cuando le convoqué a que me llamaba Julia, corroboró que era un nombre de los más preciosos que había en el mundo, y se alborotó in crescendo.  Acabado ya mi café irlandés, quise despedirme… No obstante, veía a Lucius tan empalagado en su conversación sobre Julio César, Asterix, Obelix y Panoramix, que me daba lástima cortar su monólogo tan crudamente.

-         En la primera historia el mejor amigo del guerrero Astérix es Panoramix, y Obelix es sólo un personaje secundario… -, disertaba Lucius.

-         Tú sí que eres todo un personaje -, pronunciaba yo entre dientes.

-         ¿Qué?-.

-         Nada, nada. Sigue con lo que me ibas a contar de César -.     Entonces, no sé si fue mi cara de aturdida, o si las numerosas veces en que miré la hora en el reloj de la derecha que estaba colgado en la pared colaborarían en reafirmar mi aburrimiento, pero el caso es que Lucius se dio cuenta que le estaba soportando peor que a una mala digestión, y se disgustó muchísimo. Se fue sin despedirse; se fue abrazando sus carpetas con ansia…         Me tocó posar en su clase como una docena más de veces. Sin embargo, no volví a hablar con él hasta que el curso no terminó, y coincidimos en un restaurante griego. Esos ratos en los que él me tenía que dibujar, eran para mí una tortura constante.     No me importaba desnudarme ante la gente, pero ante él sí. Le veía sólo a él esbozándome con su mano zurda en el lienzo. A menudo, tenía que cerrar los ojos para olvidarme de dónde estaba, pero seguía sintiendo la presencia de un Lucius amenazante y espeluznante.     A lo mejor es que no he sentido verdadero miedo en toda mi vida, y quería experimentarlo por una vez. Porque miedo y Lucius, casi podían ser antónimos: mas que aprensión, Lucius daba risa: tan bonachón, tan inocente y tan apesadumbrado. - ¡No fue para tanto! -, exclamó Lucius el día de nuestro reencuentro. - No sería para tanto, pero tú no me hablabas -, le recordé. - Ni tú a mí, que eres una rencorosa -, concluyó, guiñando un ojo.       Me invitó a tomar el postre con él y sus amigos. Pedimos Galaktoburiko con leche y sémola,  aunque yo hubiera preferido Muzaka con nueces y almendras.     Lucius era un chico sin problemas reales… Que si no se había fijado y había  mezclado la ropa de color con la blanca en la lavadora… Que si su madre no dejaba de llamarle y le atosigaba… Que si los últimos zapatos que se había comprado le hacían daño en el dedo gordo del pie…     Tenía nada más contrariedades absurdas a los que sólo él daba una importancia pasmosa. A otro cualquiera le hubiera dado vergüenza narrar tantas tonterías por minuto, pero es que con cada una, parecía que el mundo llevaba una trayectoria incipiente a desencarrilar sin remedio.     Parece mentira, pero lo que más inquietaba al chico, era que era zurdo. Al principio, pensé que era una soberana tontería, pero por lo visto, para un romano de pura cepa como él se definía constantemente, no era nada deseable.

-         En muchas familias y hasta muy recientes fechas, rezaban para que los niños fueran diestros. Los zurdos o siniestros estamos muy mal vistos… -, afirmaba Lucius.

-         Eso es una tradición absurda, Lucius -, objetaba yo, tratando de animarle.

-         Pintar es lo único que hago con la izquierda, lo demás he aprendido a hacerlo con la diestra. Me gustaría que esto no lo comentaras con nadie -.

-         Lo dices como si ser zurdo para ti fuera una degradación -.

-         Lo es… Aunque hay cosas peores: como dijo Alejandro Casona: “Algunos hay que parecen zurdos de las dos manos” -, concluyó él.     En cierta fecha Lucius me contó que estaba enamorado de una vecina suya que se llamaba Marcia.     Decía que era tan bella como la mismísima Cleopatra, reina de Egipto. Era obvio, se estaría refiriendo a esos enormes y seductores ojos, a su pelo negro como el carbón, a su cadencioso caminar…

-         Todo aquello acabó en tragedia, Lucius. Además, esa chica está con otro y eso puede acabar    mal, si tú te entrometes -.

-         ¿No te han dicho nunca que eres una agorera, Julia? -.

-         ¡Chico! ¡Yo sólo ejerzo de amiga sincera! -.     Y así era, esa Marcia, se escondía detrás de un muchacho de los que se dopaban en el gimnasio, y salía de allí tremendamente musculado. Había malas personas que intentaban convencer a Lucius para que se enfrentara con el mastodonte superestimulado. - ¡Ni media torta tiene ese presumido engominado! -, le mentían.     Menos mal que Lucius había asumido ya que tenía tipo de espárrago triguero, y que si se tropezaba con el don Juan de la niña, lo iba a descoyuntar como si fuera encaje de bolillos.     Se querrían reír un rato los que le indicaban lo contrario. No lo he comprendido todavía… O quizá quisieran asistir a un funeral, porque es que estaba tan claro quién iba a salir perdiendo en caso de enfrentamiento.     Además Marcia quería mucho al orangután de su novio, y no iba a dejarlo por Lucius. Hasta se iba a poner silicona en los labios y en los pechos, para parecerse más a Angelina Jolie, y gustarle más a su hombre.     Fuera de lógica y fuera de sí, Lucius proclamaba a los cuatro vientos,  que su meta en la vida era conquistar a esa dama con cuello de cisne, y manos de ángel.     Él era el único que la veía así de encantadora, porque los demás la percibíamos un poco verdulera cuando la contrariabas en alguna cosa. La buena de Marcia tenía las rodillas despellejadas por su trabajo de limpieza en la escalera del metro; todo el día andaba agachada entre lejías, desinfectantes y productos varios. Sin embargo, era una realidad que ella nunca reconocería, porque siempre salía de casa con la ropa de su madre, y mirando a todo el mundo por encima del hombro, como si le fuera perdonando la vida a la gente por saludarla.      Podía ser un bulo, y que, como ella misma remarcaba, fuera una empleada de Marketing, pero el día que me colisioné con ella en la estación del metro, con el Ajax Pino en una mano, y una bayeta en la otra, no me dejó mucho a la imaginación.     Desde entonces, se le bajaron los humos y dejó de tratarnos a todos como pordioseros sin trabajo digno. Podía haberme vengado de aquélla que me armó una vez que subí a buscar a Lucius, y se me quedó enganchada la falda en el ascensor. Expliqué que ésa era la razón por la que había tardado en salir:

-         Los demás también necesitamos el ascensor, bonita… ¿Te habías dormido dentro o qué? -, pronunciaba Marcia con cara de aficionado radical Ultra Sur.

-         Fue la falda, se me quedó enganchada en… Lo siento… Como el ascensor es viejo… -, farfullé.

-         ¿Y qué quieres decir con eso? ¡Si es que te ha costado salir media hora…! -.     No dejaba de pensar sobre cómo Lucius podía venerar a un ser tan desagradable. Si no fuera porque Marcia presumía tanto de tener pareja estable, habría pensado que se ponía celosa de que yo visitase a su vecino de enfrente.     Desde que no le he dicho a nadie lo de su trabajo de limpieza, en vez del de la empresa de Marketing, que ella se inventaba, parece declararme un pertinaz respeto, e incluso tragarse la mala baba que durante el tiempo ha ido engendrando para conmigo.     Hoy también estoy pensando en ir a buscar a Lucius a su casa. Había quedado con nosotros en el bar de delante de su casa hacía media hora, pero no aparece por aquí. Es muy raro en él que no se presente a una cita; es de los que se apuntan a un bombardeo.

Se lo anuncié a los demás, y me puse en ruta.     Cuando ya estaba cerca del portal, me encontré a Marcia que salía a toda prisa…

-         ¿Qué pasa, Marcia? -, la interrogué.     Parecía tan frágil. Yo la sujetaba con fuerza por los brazos blancuzcos, para que me detallase la causa de su nerviosismo. Si la soltaba, huiría con seguridad.     Intuía que lo qué pasaba  tenía que ver con Lucius. Marcia temblaba como si fuera un pollito empapado:

-         No puedo… No puedo decirlo… No es nada -.

-         ¡Claro, ya! ¡Mira, niña, me estás sacando de mis casillas! ¡Qué me cuentes lo qué pasa! -, exigí, agitándola con despiadada brutalidad.

-         Tu amigo, Lucius, vino a verme, y… Estaba raro, muy violento, todo lo que no es él… Parecía lascivo y… -.

-         ¿Y qué? ¡Qué! -.     Se tambaleó. No quería continuar con la charla, pero yo cada vez estaba más intranquila, y casi la abofeteo si no me llega a remachar que Lucius estaba desmayado en el rellano.

-         Cuando he coincidido contigo, iba a buscar ayuda -, confesó Marcia sin creérselo demasiado.     Subí las escaleras de tres en tres, seguida de Marcia que prefirió seguirme, antes que olvidar la situación, y quedar como “una Farruquita cualquiera”.     Efectivamente, cuando llegué, allí estaba Lucius, tendido en el rellano del tercero Lo que me sorprendió es que al lado de éste se encontrara el noviete de Marcia.     El chico de Marcia me relató lo que había acontecido: él había llegado a buscar a su novia, como habituaba a hacer en cuanto tenía un momento, entonces al coronar en el piso de Marcia, vio a Lucius que rodeaba la cintura de ella, y no se le pasó por la cabeza que podía ser un gesto de amigos; del puñetazo que le dio a Lucius, éste cayó por las escaleras quedando en horizontal en el suelo, como si fuera una cucaracha patas arriba.     En ese instante, parecía que Lucius recobraba el sentido que había perdido. Fui la primera persona a la que distinguió, al despertar.

-         ¡Julia! Marcia… ¡Julia! ¡Julia! ¡Lo conseguí! -.

-         ¿Qué dices? Que has conseguido, ¿qué? -, increpé a mi amigo, atisbando que al ver que estaba mejor, la parejita nos había dejado solos.

-         Marcia me  ama… Me lo ha dicho, va a venir a vivir conmigo… Me desmayé de la impresión -, deliraba el dolorido iluso.

-         Ya te digo. Uffffffffffffffff… Lo que te quiere… Y su novio también… Te tiene un cariño… -.     Le acompañé a su piso. Las costillas debían punzarle a morir, sin embargo lo más grave sería el golpe que se había dado en la cabeza, porque decía cada sandez…

-         Debe ser mi mirada… Las trae locas… -.

-         Claro, pues ahora más aún… Ese primate de acero te ha dejado el ojo colgando… -, repliqué.

-         Va a ser la caída de ojos, Julia… La caída de ojos… -.

-         Mejor dicho, esto va a ser, la caída del ojo, Lucius… La caída del ojo… -.     Fui a por hielo.     Espero que a Lucius no se le vuelva a repetir algo así en su vida, o en ninguna de ellas si tiene varias. Lucius es un hombre que se mueve como pez en el agua, en orgías y en bacanales; pero cuando se trata de monogamias o enamoramientos apasionados, se comporta como un bufón.     Su complicación es que entra en todo sin ojo, ni mano derecha.                                                    

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