Hace poco que Laura y Fran se han cambiado de piso. Han invitado a los padres de Laura a comer, para que vean la nueva casa. Han invitado también a los padres de Fran. Lo decidieron después de pensarlo mucho. Les parece que esas cosas de familia son un poco aburridas, de modo que han preferido ahorrarse una comida y juntarlos a todos el mismo día.
Laura se ha pasado toda la mañana de un lado para otro; ha ido a la compra, ha preparado la comida y ha barrido el piso mientras Fran terminaba de montar las estanterías del salón.
Han llegado primero los padres de Fran. Siempre van cogidos del brazo, muy pegados. Laura les ha enseñado el piso y se chocaban en todas las puertas por entrar juntos en las habitaciones. Después han salido a la terraza y Laura les ha dicho que si quieren tomar algo.
-¿Una cervecita...?
-Vale; compartiremos una. ¿Sin alcohol, tienes?
-Pues... creo que no.
-Bueno, no te preocupes, cielo. Si no tienes sin alcohol, no pasa nada. Tráenos una de las otras.
-Es que... no he caído- se disculpa Laura.
-No importa cielo; de verdad que nos da lo mismo, ¿a que sí?
-Claro, mujer; ¡qué más dará!
-¿Me traes a mí otra?- dice Fran.
-Claro- dice Laura, desde la puerta.
El padre de Fran se deja caer en una tumbona de madera tropical.
-Se está bien aquí, ya lo creo...- exclama.
-Sí, la verdad es que no está mal. Creo que el cambio ha merecido la pena- admite Fran.
-Nada que ver con el otro piso; dónde va a parar... –confirma su madre, dejándose caer en la otra hamaca de madera tropical, junto a su marido.
Llaman al telefonillo. Laura acaba de llegar a la terraza.
-Serán mis padres- dice, dejando en la mesa de madera tropical la bandeja con las cervezas y los panchitos.
Los padres de Laura traen una bandeja de pasteles, y vienen discutiendo por algo del coche.
-... a ver si la niña lo sabe. Hola, hija. ¿Sabes tú de quién es ese coche amarillo, pequeño, que hay ahí abajo, en frente del portal?
-¿Amarillo... pequeño...?
-Un Mini- aclara el padre.
-¿Un Mini...?- piensa Laura-. Pues...
-Sí, hija- interrumpe la madre-, es que tu padre le ha dado un golpe al aparcar.
-Un golpe..., un golpe... Que lo he rozado un poco así al doblar.
-Pues...-continúa Laura-, pues... no; no sé qué Mini decís.
-No importa, hija- ataja el padre-, le he dejado una nota con mi número de teléfono para lo del seguro.
-Cada vez conduce peor este hombre- murmura la madre, llevándose a Laura del brazo hacia el salón-. Nos hemos perdido dos veces viniendo para acá. Y la otra tarde estuvimos a punto de salirnos de la carretera. Imagínate cómo sería, que derrapamos y todo.
-Uy, sí... menudo derrape- objeta el padre.
-Un día nos mata- insiste la madre.
-Los padres de Fran están en la terraza- dice Laura-. Llegaron hace un rato. ¿Salimos?
-Sí, claro, hija. Es que este hombre... Mira cómo vengo. Hecha un manojo de nervios.
-Trae, anda. Dame los pasteles que los llevo a la cocina y pasa. ¿Te pongo una copita de vino blanco?
-Hija, que sean dos- dice el padre, dirigiéndose hacia la terraza.
Los padres de Laura saludan a los padres de Fran. Y los padres de Fran, saludan a los padres de Laura. Se nota más calidez entre ellos; una especie de camaradería de otras sobremesas en las que compartieron alguna copa de más.
Llega Laura con el vino. La terraza es amplia, pero no lo suficiente como para que los seis se sientan del todo cómodos allí. Los padres han formado corrillo con Fran y hablan de la nueva variante de la eme cincuenta que te deja en la rotonda del hipermercado, justo para entrar a la calle.
-Por ahí no tienes pérdida- asegura el padre de Fran-. Nosotros hemos venido estupendamente por ahí.
-No lo conocía yo eso. Me he salido por la eme cuarenta y cinco y ahí me he liado...
-Es que por ahí...- comenta Fran, meneando la cabeza.
Las madres hablan entre ellas y Laura está de aquí para allá, pendiente de todo.
-La comida está lista ya. Podemos entrar cuando queráis.
Y todos están de acuerdo en empezar ya a comer y pasan hacia el salón en fila india, con sus copas de vino y sus medias cervezas.
-¿Te ayudo, hija?- pregunta la madre de Laura.
-Sí, bonita, ¿quieres que te ayudemos?- se adhiere la madre de Fran.
-No hace falta, en serio. Yo la ayudo- dice Fran-. Vosotros sentaos.
En la cocina, Laura y Fran apenas hablan, cada cual atareado con lo suyo.
-¿Llevo esto ya?, ¿o esperamos a que estén los pimientos?
-Llévalo. Ya casi están. Id comiendo, si queréis. Ahora voy yo.
-¿Conocíais la casa vosotros?- pregunta el padre de Fran.
-Sí, ya habían estado- interviene la madre de Fran.
-Sí, pero le decía a tu mujer antes que casi no la reconocía. Les ayudamos a hacer la mudanza y esto estaba todo hecho un lío. Ahora lo tienen muy bien, ¿verdad que sí?- dice la madre de Laura.
Todos asienten y, con la boca llena, murmuran que sí, que sí. El padre de Laura le dice a su hija, con un gesto, que le pase los pimientos.
-Fran ha terminado esta misma mañana las estanterías del salón- dice ella.
Todos asienten.
-Pues sí; tenemos que hacerlo- asegura la madre de Fran-. Siempre estamos diciéndolo, y luego nada. Es cuestión de organizarlo.
-Buscamos un fin de semana que estemos libres y reservamos algo en una casita rural.
-Bueno, nosotros de momento lo tenemos difícil- objeta la madre de Laura.
-Sí, tenemos a la perrita mala- dice su marido-. Hay que llevarla todos los días al veterinario, incluso los fines de semana, para que le pongan unas inyecciones. Ha cogido no sé qué bacteria en la sangre y está bastante mal.
-Vaya... lo siento- se compadece la madre de Fran, que sabe bien lo que es que a tu mascota se la vaya comiendo una enfermedad.
-Sí, hija. Estamos fatal- admite la madre de Laura-. Será una tontería... pero es que se les coge un cariño...
-No es ninguna tontería. Se les llega a querer como a uno más- dice la madre de Fran.
Los padres se miran y asienten. Las dos mujeres siguen hablando.
-Es que realmente son uno más. Son tan listos... Se dan cuenta de todo.
-Ya lo creo que sí.
-Esta perrita nuestra se pone a ladrar de contenta en cuanto ve que Roberto se pone el chándal. Es verle en chándal, y se pone loca porque sabe que la va a sacar a la calle.
-Es verdad- interviene el padre de Laura-. No puedo ponerme ese chándal como no sea para sacarla.
-Nosotros teníamos un gato que sabía abrir la puerta de la despensa. Aprendió a colgarse del picaporte y abría aquella puerta que era asombroso verle- dice el padre de Fran, sonriendo.
-Esta nuestra tiene ya once años y se las sabe todas. Es tan lista, que a mí a veces me da miedo de cómo puede leerte el pensamiento. Ahora que la estamos llevando al veterinario... bueno, pues antes de que me haya puesto los zapatos y sin haber tocado para nada su correa, ya sabe que la voy a coger y se esconde debajo de la mesa.
-Sí, deben reaccionar a estímulos mínimos, que nosotros no notamos- apunta el padre de Laura-. El otro día vi en la televisión un experimento que hacían con unos perros.
-¿Un experimento? ¿Qué clase de experimento?- pregunta el padre de Fran.
-Uno en el que les ponían a unos perros una determinada música cada vez que les daban de comer. Bueno, pues en menos de una semana los perros ya asociaban esa música con la comida. Comprobaron que, cada vez que les ponían la música, los perros segregaban más saliva; se ponían a babear.
-Como Laura- dice Fran.
Todos le miran, sorprendidos. Todos esperan que continúe.
-Sí; a Laura también le pasa eso. Cada vez que me ve la polla babea.
Laura asiente.
-Es verdad. Se me hace la boca agua.
Un dulce destino
-
(...) se pasaba los días sin salir de su habitación, con las persianas bajadas.
A veces podía estar allí encerrada una semana, o más. Me acercaba hasta su
puerta y me quedaba allí delante, procurando no hacer ruido.
El
doctor apuntó algo en su cuaderno.
- ¿Qué buscabas
exactamente?
-
No lo sé. Mi padre viajaba continuamente. Algunas veces no había ropa limpia,
ni comida en la nevera.
- ¿Y tu familia?
- De cuando en
cuando nos visitaba algún pariente, pero aquello era casi peor. En lugar de
pedir ayuda, mi padre trataba de aparentar que las cosas nos iban a las mil
maravillas. Iba a ver si mi madre se encontraba con ánimo para salir a saludar
y a mí me dejaba en el salón, con las visitas. Recuerdo que se me quedaban
mirando así como... no sé. Aquello se me hacía eterno. Luego mi padre volvía y
les decía que disculpasen a Ruth, que no había dormido bien esa noche. Y sacaba
café y pastas- Belén tragó saliva antes de continuar-. Durante mucho tiempo he
pensado que aquello era una especie de farsa. Ahora ya no. Ahora simplemente
creo que la actitud más natural ante lo irremediable.
Al salir de la
consulta, Belén decidió que iría a visitar a su madre esa misma tarde. Mientras caminaba hacia el coche llamó a
Gerardo, pero no consiguió dar con él. Así que le dejó un mensaje en el
contestador diciéndole que llegaría tarde, que no la esperase para ir al cine.
Al verla entrar, Ruth
se incorporó y le tendió la mano.
- ¡Ven aquí, Pilar,
corre! ¡No hagas ruido! Cierra la puerta, corre. Mi padre no puede saber que
estamos aquí- hablaba con débil entusiasmo-. Acércate, anda. Menos mal que has
venido. Ya pensaba que tendría que ir a buscarte.
Belén le cogió la
mano y se sentó junto a ella en la cama.
- ¿Sabes lo que
quieren, Pilar? No te lo vas a creer. Quieren que me case con ese maldito Tomás
Roncero. Se lo he oído decir a mi padre. Tengo que irme antes de que sea
demasiado tarde. Lo tengo todo preparado. Mañana por la mañana cogeré el tren y
me iré de aquí. Vendrás conmigo, ¿verdad que sí? Dime que sí, por favor. Dime
que vendrás conmigo.
Belén no pudo evitar
hacer un leve gesto de asentimiento.
- Lo sabía, mi
cielo. Sabía que no me dejarías sola- Ruth se acercó al rostro la mano de Belén
y depositó en ella varios besos.
Luego se abrazó a la
cintura de su hija, se acurrucó sobre sus piernas y estuvo unos minutos
susurrando palabras cada vez más incomprensibles, hasta quedarse como
adormecida. Aquella tarde no volvieron a hablar.
Al llegar a casa,
Belén le contó a Gerardo lo ocurrido en el sanatorio.
- Es curioso. Hoy no
me ha reconocido. Me ha confundido con una tal Pilar. Al principio estaba muy
agitada, pero luego se ha ido calmando poco a poco. Al salir he hablado con la psiquiatra. Le he
preguntado si sabía quién podía ser Pilar.
- ¿Y...?-preguntó
Gerardo, sin levantar la vista del libro que estaba leyendo.
- Me ha dicho que
debió de ser una amiga suya de la adolescencia. También me ha dicho que ha
experimentado una evolución interesante en las últimas semanas. Y que llamaron
a casa para decírmelo.
Gerardo hizo un leve
gesto de fastidio.
- ¡Es verdad! Me
olvidé por completo...
- ¿Te olvidaste?
- Lo siento, cielo.
- No lo entiendo. No
entiendo que te olvidaras- murmuró Belén, arrojando su bolso al suelo-.
Tratándose de una cosa así... no lo entiendo.
- No me digas que
está peor...
- No, no es eso-
atajó Belén.
- ¿Y entonces?
- La psiquiatra me
ha dicho que ha entrado en una nueva etapa de su enfermedad. Al principio
pensaron que era una crisis pasajera, o un principio de alzheimer. Pero no. Al
parecer se ha estancado en una especie de delirio permanente. No sabe dónde
está. Cree que tiene diecinueve años.
- Lo siento, de
verdad. No pensé que la llamada fuera importante- se disculpó Gerardo,
volviendo al libro que había depositado momentáneamente sobre sus piernas.
- He estado más de
media hora hablando con la psiquiatra. Me ha dicho que la enfermedad de mi
madre ha sido el sufrimiento. Lo llamó cuadro depresivo crónico con fases
agudas. ¿Y sabes lo que me ha dicho al final? Que no cree que vaya a ponerse
mejor. Y que tal vez sea mejor así.
- ¿Y eso...?
- Según ella, la
lucidez es una tortura para este tipo de pacientes. Me ha dicho que, al perder
el contacto con la realidad, ha dejado de sufrir; y que ahora tiene por delante
un... un dulce destino.
Gerardo levantó otra
vez la vista del libro.
- ¿Un qué...?
- Un dulce destino;
eso dijo.
- No sé si me
convence esa teoría tan...
- Me estoy
arrepintiendo de haberte contado nada.
- ¿Por qué?
- Da igual.
- ¿Qué te pasa ahora?
- Nada. Es sólo
que... no sé. Que me hubiera gustado conocerte antes, hace veinte años, cuando
aún no estabas de vuelta de todo.
- ¡Vaya, qué
bien! Me alegra que seas tú precisamente
la que sale ahora con eso. Siempre estás diciéndole a todo el mundo que no te
importa la diferencia de edad. ¿En qué quedamos?
- Tienes razón; la
edad no es lo importante.
- ¿Y entonces?
- Qué más da… -
concluyó Belén, con un suspiro-. Quiero que sepas que he tomado una decisión:
voy a sacar a mi madre del sanatorio. Me la voy a traer a casa una temporada.
- Cielo... no lo has
pensado bien.
- Claro que no. Pero
lo voy a hacer de todas formas. A eso es a lo que me refería. ¿Ves cual es la
diferencia entre tú y yo?
Gerardo se inclinó
hacia delante para dejar el libro sobre la mesa.
- Sé que no te va a
gustar esto que voy a decirte pero... te lo voy a decir de todas formas: mira
Belén, lo de tu madre es una putada, está claro. Pero esa idea tuya de traerla
aquí no va a solucionar nada. Es un error. A tu madre no la vas a ayudar. Y a
ti..., a ti no te va a venir nada bien estar tan cerca de ella. ¿O es que te
has olvidado ya?
Belén se apoyó en el
marco de la puerta y bajó la cabeza.
- Tu madre necesita
cuidados especiales que aquí no le podemos dar. No podemos hacernos cargo de
una persona que...
- Yo me hago
responsable.
- ¿Y los ensayos?
- No faltaré a los
ensayos. Ya veré cómo lo hago.
Había sido difícil
ingresarla y ahora estaba siendo difícil conseguir que la dejasen pasar una
temporada en casa de su hija.
- El plazo máximo de
lo que llamamos “ausencia controlada” es de dos semanas. Pasado ese tiempo
consideramos al interno desaparecido y ponemos su cama a disposición de otro
paciente. Tenemos una larga lista de solicitudes, ya sabe.
Belén asintió.
- En ese caso...
firme aquí y aquí. En esta hoja lleva las pautas de medicación: nombre
del fármaco, número de comprimidos y frecuencia de las tomas. También está el
teléfono del servicio de urgencias.
- Gracias- dijo
Belén, alejándose del mostrador con el papel en la mano.
Gerardo la esperaba
al otro lado del vestíbulo.
- ¿Ya está todo?
- Sí, voy a
buscarla. ¿Por qué no llevas el coche hasta la puerta y nos esperas allí?
- Como quieras.
- No tardaremos.
- Esta noche he soñado
que iba desnuda por la calle. Ya lo
había soñado otras veces. Normalmente lo paso mal; me da mucha vergüenza. Pero
hoy no. Por primera vez ha sido diferente. Me sentía muy a gusto así, desnuda.
No me importaba que la gente me mirase. Luego me encontraba con una amiga que
hace tiempo que no veo. Ella también iba desnuda. Nos cogíamos de la mano y
andábamos por ahí, tan felices.
El doctor se acercó
hasta la mesa y anotó algo en su cuaderno.
- ¿Qué tal está tu
madre?
- Bien, supongo.
Quiero decir... dentro de lo que cabe. Se pasa el día contando historias de
cuando era joven. Las cuenta como si le hubieran ocurrido ayer mismo. Casi no
la reconozco. Es como si fuera otra persona.
- ¿Sigue creyendo
que eres Pilar?
- Sí. Y eso hace
que, de algún modo... hace que le de menos valor a... bueno, a todo. Está muy cariñosa; pero no sé si es conmigo o
con Pilar. Debió de quererla mucho. Más que a nadie después- Belén se inclinó y
sacó un kleenex del bolso-. A Gerardo lo llama don Emilio- continuó,
sonriendo-. No he podido averiguar de quién se trata, pero tengo una idea
aproximada. Debió de ser el maestro, o el cura del pueblo. A él no se lo he
dicho, claro. Se pondría furioso. Se ha
tomado todo esto como una especie de paréntesis. Se las ha ingeniado para
llenar su agenda de “compromisos académicos”, como él dice. No llega a estar de
mal humor, pero se le ve agobiado.
- Si no te importa,
Belén, volvamos a tu madre.
- ¿Mi madre...? Está
en su mundo. Al parecer, mi abuelo la obligó a casarse. No es fácil saber por
qué. Cuenta las cosas de forma desordenada. Está metida en su propia realidad.
Y su realidad termina poco antes de casarse. No hay forma de que vaya más allá.
Lo he intentado y no quiere. Por las
mañanas se peina delante de la ventana. Se cree que está todavía en el pueblo,
que el tiempo no ha pasado, que no se ha casado, ni tiene una hija, ni...
- La memoria
selectiva es frecuente en los estados demenciales. Actúa como mecanismo defensivo. De algún
modo, la mente
elige los recuerdos
agradables y
desecha los demás. La
consecuencia es que la persona vive inmersa en una realidad deformada.
- No está mal, ¿no?
Después de todo... ¿qué son las cosas sino lo cada uno de nosotros cree que
son?
Apenas había
transcurrido una semana cuando Belén recibió una llamada de su padre.
- Ya me he enterado
que estás jugando a...
- ¿A qué? ¿Quién te
lo ha dicho? Ha sido Gerardo, ¿verdad?
- Eso ahora no
importa. Sabes muy bien lo que me costó conseguir una plaza en ese sanatorio.
Allí la atienden debidamente.
- ¿Cuánto tiempo
hace que no ves a mamá?
- Ya sabes que estoy
muy ocupado. De todos modos... tu madre, por desgracia, no se entera si voy o
no voy a verla.
- Así que no sabes
lo cambiada que está. Es otra persona.
- ¿Está mejor?
- Todo lo contrario.
Ahora sí que está loca de verdad, y no como cuando te las ingeniaste para
ingresarla.
- ... no sabes lo
que dices, hija.
- No lleva ni una
semana conmigo y ya se viste y come ella sola.
- No te engañes.
Sabes de sobra que puede tener una recaída en cualquier momento.
- No, Tomás, ya no.
Ruth se ha escapado de todo esto y ahora es más libre que ninguno de nosotros.
Es agradable tenerla cerca, ¿sabes? Estoy empezando a conocerla, y me está
viniendo muy bien.
- ¿Qué dice Gerardo
de todo esto?
- Está casi tan
ocupado como tú. Sé que mamá le molesta; y lo entiendo. Pero al menos él no se
hace la víctima, ni trata de engañarme. Claro que, aunque lo intentase, dudo
que lo consiguiera. Ya no soy una niña.
- No digas
tonterías, Belén. Debes llevarla de vuelta al sanatorio cuanto antes. Allí
puedes visitarla tantas veces como quieras.
- ¿Por qué la
casaron contigo?
- No sé la clase de
disparates que te estará contando tu madre. No olvides que es una persona
enferma. La vida es muy complicada, hija.
- O muy sencilla.
- ¿Qué quieres decir
con eso?
- Que estoy
empezando a entender muchas cosas. Creo que ahora te conozco mejor que nunca,
Tomás Roncero.
- ¿Qué dices, Belén?
- Algún día
tendremos que hablar tú y yo; más adelante. Por el momento, será mejor que no
vengas por aquí. Ruth no se alegraría de verte.
- Hoy he visto a Xavi.
Me lo crucé al salir de la biblioteca.
- ¿Ah sí...?
- Me ha dicho que
estrenáis la semana que viene en el Festival de Lisboa. Lo tienes encantado.
Dice que tu Medea es sobrecogedora.
Belén se encogió de
hombros.
- ¿Has pensado ya
qué día vamos a llevar a tu madre al sanatorio?
- Aún no.
- Te recuerdo que
tiene que estar de vuelta antes del sábado.
- ¿Y si buscamos a
una persona para que la cuide?
- ¿Aquí?- repuso
Gerardo.
- Está mejor con
nosotros que en el sanatorio.
- Entiendo por donde
vas; es decir, lo entiendo desde el punto de vista emotivo. Supongo que todo se
debe a la satisfacción que te produce pensar que la estás ayudando.
- No te equivoques,
Gerardo. No lo hago por mí.
- ¿Tú crees? Siempre
he visto en esa clase de dedicación a los demás un punto de egoísmo. El mundo
es injusto con muchas personas. Y uno se siente afortunado porque lleva una
buena vida y, a veces, tiene la necesidad de justificarse por haber tenido
suerte en el reparto y se lleva a casa a la madre enferma, o algo parecido.
- No me gusta eso
que dices.
- No importa.
Olvídalo. Me da igual si lo haces por ella o lo haces por ti. Pero piensa un
momento en mí. Te vas de gira dentro de dos semanas. No puedes llevarla
contigo. O sea, que me quedo yo aquí, con ella, y con esa persona que vamos a
contratar para que la cuide. Me conoces
bien, Belén; sabes que no funcionará.
- ¿Me estás pidiendo
que elija?
- Al final todo se
reduce a eso. Nos pasamos la vida teniendo que elegir. Sé razonable. Hay cosas
que no pueden ser.
- Es lo que hay, ¿no?
- Es lo que hay.
Ruth aguardaba junto
a la puerta. Miraba su maleta.
- No quiero ir a
Madrid. Me duele la cabeza, Pilar.
Belén cruzó con su
marido un gesto sombrío y cogió a su madre del brazo para indicarle que debían
salir.
- No te preocupes.
No vamos a ir a Madrid- mintió.
Gerardo cogió la
maleta y las acompañó hasta el coche.
- Estará bien cuando
vuelva a habituarse al sanatorio.
Belén respiró hondo
y cerró de un golpe el maletero.
Durante el trayecto,
Ruth se mantuvo distraída contemplando el paisaje que discurría tras el
cristal.
- Vamos deprisa; eso
está bien. Mi padre nos buscará. Pero nosotras vamos por delante. No podrá
encontrarnos, ¿verdad, Pilar?
- Vamos a tener que
estar un tiempo separadas. Y vas a tener que ser fuerte.
Ruth se puso seria.
- No quiero ir con
Tomás Roncero. Me duele la cabeza, Pilar.
- No te preocupes.
No va a pasarte nada malo. Todo irá bien; te lo prometo.
Ruth agradeció esas
palabras con una sonrisa y pareció calmarse. Belén apretó las manos contra el
volante y dejó escapar una idea que le rondaba la mente.
-¿Has estado alguna
vez en Lisboa?- preguntó.
Ruth no pareció
oírla. Continuó mirando por la ventanilla mientras canturreaba en voz baja.
A partir de ese
momento ya no hablaron. Ruth comenzó a recitar unos poemas aprendidos de
memoria en algún punto de su vida mientras Belén, que había subido la música y
se había puesto las gafas de sol, luchaba por contener el llanto, las ganas de
dar media vuelta.
Al llegar al
sanitario, las dos mujeres bajaron del coche y caminaron hacia el edificio. En
la puerta las esperaba un celador de aspecto aburrido.
Un nombre, dos nombres
Desde
que no está Mercedes, en la casa hay como un sobrante de muebles, cortinas,
macetas, tijeras y voz; un sobrante de hogar.
Al principio era sólo el compás de espera de su labor inacabada, del
teléfono mudo. Pero ahora, cada vez más, hay olvido en el semblante desdibujado
de ella en su lado de la almohada, en el espejo del baño. Y se desliza por la
casa un murmullo como de fantasma doméstico que entra y sale del armario
ropero.
Hace casi dos años que no está Mercedes.
(…)
Juan no se
había dado cuenta de eso, del tiempo que había pasado ya, hasta que le llegó un
formulario del padrón municipal. Debía actualizarlo y no supo si tenía que
poner que vivía solo o incluir a Mercedes también. Así que decidió no rellenarlo.
Acudió a un abogado que le dijo que la ley no considera que alguien ha
fallecido hasta que han transcurrido diez años sin tener noticias suyas.
-Diez
años es mucho tiempo. ¿De cuándo es esa ley?
-De
veinticuatro de julio de 1889.
-Está
claro que está pensada para otra época. Para cuando la gente se iba en un barco
al otro lado del mundo y no había teléfonos. Hoy no haría falta esperar tanto.
(…)
No sabría
decir con exactitud qué día ocurrió, pero cree recordar que fue un martes,
después de comer. De la cocina llegaría el tintineo de los vasos en el
fregadero y un rumor de tertulia radiofónica. En el cuarto de estar olería a
café y a tabaco negro en la siesta a medias de Juan frente al televisor.
No
había notado nada raro, ni ese día ni los días anteriores. Sin embargo, al
despertar, supo que Mercedes no estaba. Tuvo esa sensación desde el primer
momento. A pesar de eso, la buscó por toda la casa. Dejó para el final el
vestíbulo como si supiera, también, que iba a encontrarse con la puerta abierta.
Se asomó al descansillo y la llamó. Nada. Se fijó en que el ascensor estaba
bajando y se le pasó por la cabeza que tal vez fuera ella, aunque no trató de
seguirla. En ese momento aún no sabía
que no volvería a verla. Así que entró en casa y se puso una chaqueta de lana.
Se había quedado frío. Se acercó al balcón y miró la calle por si la veía salir
del portal. Pero pronto se distrajo con el movimiento de las ramas de los
árboles. Hacía aire y el sol resplandecía, dorado y verde, entre las hojas. En el
banco de al lado del quiosco había un hombre solo que fumaba. Un jubilado
miraba el escaparate de la ferretería de la esquina. Una chica caminaba
despistada; parecía buscar una dirección. Pasó de largo un autobús. No había
nadie en la parada. Y Juan decidió que saldría a dar un paseo hasta la bahía,
aunque dudó si ir por el Born o por las Avenidas.
(…)
Una de las
peores cosas te puede pasar si eres un ratón es que te persigan con el tubo de
la aspiradora y te succionen y acabes muriendo asfixiado en una bolsa llena de
polvo y pelusas. Una de las peores, si eres un gato, es tener que malvivir en
el rompeolas; entre las piedras húmedas, el hambre y la sarna.
Mercedes
solía ir todas las tardes a llevarles comida y leche a los gatos del rompeolas.
Juan pensó que la encontraría allí.
Caminó
sin prisa, observando a la gente con la que se cruzaba, imaginando qué se
traería entre manos cada uno de esas pobres almas perdidas. Era uno de esos
días en los que hace menos frío en la calle que en casa.
Al llegar a la bahía se quedó mirando el mar, que
estaba aquella tarde un poco revuelto. Luego anduvo un rato de acá para allá y,
al no ver a Mercedes, volvió a casa suponiendo que la encontraría allí,
planchando la ropa o abstraída en el silencio de la tarde de esa manera en que
últimamente se aislaba.
(…)
Esa primera
noche no cenó. Esperó frente al televisor, fumando y apurando a tragos cortos y
persistentes algo más de media botella de vino.
Por
la mañana, después de tomarse una pastilla para el dolor de cabeza, decidió
salir a buscarla. En la comisaría le dijeron que aún era pronto para denunciar
la desaparición.
-
Hay que esperar, al menos, cuarenta y ocho horas. ¿Se le ocurre algún motivo
para que se haya marchado sin avisar?
-
No.
-
¿Ha buscado en los hospitales?
-
Pues...
-
¿Qué edad tiene?
Cuando
se trata de viejos no parece que se lo tomen muy en serio.
-
¿Problemas de orientación?
-
Hasta ahora, no.
-
¿Tiene familia?
-
Está su hermana, pero no creo y... bueno... nuestra hija. Tenemos una hija que
vive en Ibiza.
-
Tal vez si se pone usted en contacto con ella...
Juan
asintió, pensativo.
-De todas formas, si mañana no ha aparecido, vuelva
por aquí y formalice la denuncia.
-
Es muy raro...- dijo, a media voz, antes de irse.
-¿El
qué...?
-No
cerró la puerta al salir; como si pensase volver.
(…)
A partir de
ahí, la búsqueda por la estación marítima, la estación de tren, el aeropuerto,
hospitales, pensiones, hoteles y, por último, anuncios en la presa local, cada
vez más espaciados. La incomprensión y, luego, la indiferencia de los vecinos.
Y, casi sin notarlo, ya era martes otra vez; y luego
diciembre y junio y, de nuevo, diciembre. Dos inviernos de pan de ayer, sopa de
sobre y filete, vino cosechero, una naranja, televisión, paseos, monólogos, y
una especie de luto por una especie de muerte que no permite descanso ni
olvido.
(…)
La ausencia
ha despertado en Juan Sanjuán la costumbre de pensar en alto, de dialogar en
solitario, de llamarse Sabino, que era como lo llamaban los camaradas de la
célula antes de que el partido fuera legalizado.
A la mayoría se les desvaneció entonces la sensación
de plenitud que los mantuvo unidos durante los años difíciles. El Sábado Santo
Rojo les borró el nombre, el personaje. Y lo que llegó no era muy diferente de
lo que tenían. Era menos: una familia, un piso, un trabajo...
Juan era auxiliar administrativo del Instituto
Nacional de Previsión. A los pocos años consiguió un negociado. La jefatura de
sección tardó ya un poco más. Y ahí estuvo hasta que, finalmente, consiguió
terminar la
Diplomatura a distancia que había cursado durante más de
seis años. Entonces le hicieron jefe de servicio y, últimamente, subdirector
provincial de algo. Treinta años de servicios. Los compañeros le dieron el
obligado homenaje a la jubilación, el regalo, la medalla al mérito civil, las
palmaditas en la espalda y “a vivir, Sanjuán, que ahora empieza lo bueno”.
(…)
Ha de haber
algo; no sé, algo así como un destino, piensa Sanjuán; algo a lo que consagrar
la duración de una vida: algo que esté por llegar.Porque si no, no se
entiende. No se entiende qué hacemos aquí ni para qué. Mercedes... sí, a ella la justifica su
ausencia: esa decisión de romper con todo que hubiera admirado a Sabino y que
yo he renunciado a entender.
A cambio de un destino plano, sin sobresaltos,
Sanjuán ha logrado forjarse una memoria sesgada de sí mismo, una memoria en la
que se diluyen lo mejor y lo más terrible. De ese modo ha conseguido salir
adelante, aceptando para sí una vida que siempre pensó que sería para otros,
una vida en la que las cosas simplemente trascurren, le rozan sin llegarle
dentro, sumido en una especie de vacío en el que no hay sombras de tragedia, ni
el resplandor de un tiempo añorado al que retornar siquiera en momentos flacos.
(…)
La mayor
parte del tiempo, Sanjuán se refugia en la ficción televisiva, en su particular
amalgama de sentimientos, códigos de triunfo, dolor, pasiones verdaderas o
fingidas. En su contemplación
indiferente se le van pasando las horas, los días.
Los
escenarios múltiples de vidas tan improbables: volcanes y la ópera, multitudes
agitadas en estadios deportivos, autobuses como los que paran en su puerta,
animales que hablan, niños lastimados, niños y niñas que son víctimas de la
atrocidad total del mundo.
Mercedes
y él tuvieron una hija, y otro que nació muerto, o que murió al nacer. Una hija
de esas que repiten curso y fuman a los trece, de esas que crecen rápido y se
enredan con chicos mayores, de esas que se escapan de casa y luego vuelven; una
niña a la que había que atar corto, y cuidar, y castigar, y mimar, y retener a
toda costa.
Hace
años que se marchó definitivamente. Ahora vive en Ibiza, en la caseta de aperos
de un huerto abandonado. Hace pulseras y collares de cuero y los vende en los
mercadillos para turistas. Se ha deshecho de su carné de identidad, del reloj,
de casi toda su ropa. Tiene una bici y un par de perros mestizos que comen lo
que ella: pan, verduras y hortalizas.
En
el cuarto más oscuro y remoto de la memoria, guarda Sanjuán el oprobio de sus
incursiones nocturnas bajo el camisón rosa, amarillo pálido, la dolorosa
apetencia de esa carne prohibida, la insoportable, la atormentada atracción. Y
los sollozos, la culpa sin rostro, sin conciencia, sin palabras, al abandonar
sigilosamente su cuarto cada vez, cada última vez.