Elque suscribe, Roberto W. Maldotti, Comisario a cargo de la comisaría de este pueblo, labra hoy la siguiente acta, a raíz de la denuncia por cuatrerismo hecha hace unos días por el vecino don Sebastián Muleiro, que en la oportunidad de hacer la denuncia acusó del delito al vecino don Arístides Gutiérrez. Habiendo declarado los vecinos mezclados en el hecho, se determina que el acusado es inocente. El acusador le regaló la vaca al acusado.
“Me llamo Muleiro. Sebastián Muleiro. Tengo 42 años y nací aquí, en esta zona. Tengo una chacra saliendo del pueblo, y allí vivo, sólo. Bueno, más o menos sólo, porque hasta no hace muchos días vivió conmigo Aparecida Gutiérrez, que es de acá, del pueblo. Vengo a hacer una denuncia señor Comisario, porque me han robado una vaca. El ladrón fue Arístides Gutiérrez, el hermano de la Aparecida, y usted lo va a poder comprobar no más yéndose hasta la casa, o mandando al agente Perrini, porque a la vaca la tiene ahí, lo más tranquilo. Las veces que la he ido a buscar me recibe con la escopeta, y yo no me quiero desgraciar. El le dice a cualquiera que lo quiere escuchar, y se lo va a decir a usted también, que se ha quedado con la vaca porque yo se la he regalado, pero no es así. Yo no soy de andar regalando vacas comisario. ¡Me la ha robado y lo vengo a denunciar por cuatrero”.
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“Me dijo el Flaco Perrini que me andabas buscando. Espero que sea por un asado y no por nada de la policía. ¿Cómo? ¿Sigue jodiendo ese con el asunto de la vaca? No Tito, vos me conocés bien y sabés que nunca robaría nada, y menos una vaca. Me la regaló, y él lo sabe bien. ¡Me la regaló! ¿Porqué? ¿Qué querés que te diga? Ponéle que me la regaló por esas cosas de la vida. Mirá, si me tenés que meter preso me metés preso. ¡Pero la vaca no se la devuelvo ni en pedo! ¿Me entendés? ¡Ni en pedo! Tito, vos me conocés bien. ¿Cómo me voy a andar robando una vaca de mierda?”
“¿Qué hacés Tito? Si, ya me enteré. Por el quilombo ese de la vaca, sí, me enteré. Yo no tengo mucho para contarte, aunque en el boliche se sabe todo, pero sabés bien que nunca me ha gustado hablar de las cosas que me conversa el vino. Ahora de esto te cuento porque sos la autoridad y porque me parece que lo que yo sé no tiene mucho que ver ni con la vaca en cuestión ni con la denuncia en cuestión. Digo yo. Anda a saber. Bueno, te cuento. Una tardecita el viejo Tercilio me dijo..., Tercilio si, el de la Aparecida. Bueno, me contó que la Aparecida se le había ido. “Se fue con un hombre más joven -me dijo entre vino y vino-. Se fue, pero va a volver. Siempre vuelven”. Y así fue. Habían pasado unos días cuando ella entró al boliche, linda como siempre. Porque mirá que el Tercilio ha tenido suerte con esa muchacha. Está bien que él no tiene problemas de plata y que a la chica la tiene bien, pero, ¿vos la tenés vista? ¡Tiene unos pechos y un par de piernas de novela! ¡Y un culo de aquellos! Bueno, te decía que ella entró al boliche a los pocos días, una tardecita. Se sentó en una mesa con el viejo, hablaron un ratito, en voz baja, se tomaron unos vinos y después se fueron. Tercilio tenía razón; siempre vuelven. Y eso es todo lo que sé Tito. La muchacha se le fue y la muchacha volvió. Nada más. De la vaca nunca supe nada ¿Cómo? Sí, la Aparecida se le había ido con un tal Muleiro”.
“Buenas tardes. Tercilio Ugardiola, servidor. Sí señor comisario. La señora Aparecida Gutiérrez vive conmigo, así es. No, no estoy al tanto de que el hermano de Aparecida le haya robado una vaca a ese señor Muleiro. En realidad sólo he visto al muchacho un par de veces, y a ese otro señor, ¿Muleiro dijo usted? Bueno, a ese señor no lo he visto en mi vida. Sí. Así es. Es cierto. El sí ha tenido que ver en mi vida, pero, si usted me permite, no veo que puede tener eso que ver con el supuesto robo de una vaca. Le contaré todo lo que sé, y usted verá. Hace un tiempito ella, la Aparecida, me comunicó que me dejaba. Agregó que se iba a vivir con un tal Sebastián Muleiro, que no es otro que el Muleiro en cuatión, el mismo que ahora denuncia que le han robado una vaca. Pues bien, una vez que la Aparecida me comunicó su decisión de marcharse, cosa que acepté como corresponde, se fue de mi casa y no supe nada más de ella hasta que, unos días después, volvió. Pienso que los entretelones, los que yo conozco al menos, no tienen nada que ver con el asunto policial que a usted lo ocupa. Sí señor. Estoy a sus órdenes. Usted sabe donde ubicarme. Buenas tardes”.
“Buenas tardes señor comisario. Si. Me citaron para declarar. Me llamo María Aparecida y me dicen Aparecida. Soy la hija mayor de don Catalino Gutiérrez, finado ya, y de doña Margarita Rivas, finada también. Vivo en el pueblo desde que nací. Desde siempre entonces. Tengo 35 años y hace ocho que estoy con don Tercilio Ugardiola. Don Tercilio ya hace rato que pasó los sesenta, pero no lo dice. Le cuento esto porque tiene que ver, ya verá usted. Don Tercilio es bueno, no me puedo quejar, nunca me quejé, la verdad sea dicha, pero de ahí no pasaba. No sé cómo decírselo, usted me entenderá. Era bueno nomás. A él lo único que le gusta, o lo que más le gusta digamos, es pasarse sus buena horas en el boliche de Santiago, comiéndose unas empanaditas y tomándose unos vinos. Usted sabe don comisario que don Tercilio toma mucho vino. Todos en el pueblo saben que siempre tomó mucho vino, pero nunca me levantó la mano, la verdad sea dicha. Nunca. ¡Ni Dios permita! Esto es así y lo tengo que decir para que usted me entienda lo que le voy a decir. Para que entienda todo lo que pasó. Con mi hermano Arístides nos vemos poco. El es bastante más chico, anda por los veinte, o los veintidós, y todo empezó hará unos dos meses, más o menos, una tarde que se vino a tomar unos mates y me dijo que me quería hablar. A esa hora don Tercilio está siempre en lo de Santiago, en el boliche, y Arístides no anduvo con vueltas. Me dijo que tenía un amigo, que era muy buena persona, y que le hablaba siempre de mí. Que yo le gustaba mucho, al amigo, y que estaba dispuesto a compartir conmigo todo lo que tenía. Me decía, mi hermano me decía, que me iba a tener como a una reina. Me dijo que se llamaba Sebastián Muleiro, que tenía 45 años y que vivía en una chacra, una chacra que es de su propiedad, a la salida del pueblo. “Vos estás loco”, le dije yo el primer día, y él antes de irse me volvió a repetir; “No sabés lo que te perdés. Te va a tener como a una reina”. Y así me estuvo hablando como una semana entera. Todas las tardecitas pasaba por casa, siempre a la hora en que no estaba don Tercilio, y me hablaba y me hablaba de Sebastián, y me decía que no dejara pasar la oportunidad, y que...¿Cómo? No, yo no lo conocí a Muleiro hasta la tarde que me fui con mi hermano hasta la chacra. No sé. Me dejé convencer. Total, pensé, entre lavarle, cocinarle y plancharle a uno de sesenta y pico, y lavarle, cocinarle y plancharle a uno de cuarenta era lo mismo. O mejor ¿No? Por los años digo. Antes de irme le hablé a don Tercilio, porque yo no soy de andar cambiando de hombre así porque sí, y se lo quise decir. Lo tomó bien. “Si la cosa no anda vuélvase -me dijo. Don Tercilio siempre me trató de usted-. Si no estoy en casa véngase a buscarme a lo de Santiago. Al boliche.”. Y bueno, esa tardecita nos fuimos con Arístides para lo de Muleiro. Mi hermano ya le había avisado y el hombre nos esperaba con un asadito a la parrilla. El y Arístides tomaron mucho vino y Sebastián casi ni me habló, pero yo veía como me miraba. Me miraba toda, no sé como decirle. Hacía mucho que no me miraban así. Que nadie me miraba así. Nos acostamos tarde, cuando se fue Arístides y, bueno, no sé si tengo que contarle todo. Es un hombre muy fuerte. Hacía mucho que no me cansaban tanto. Los primeros días fueron buenos, o normales, qué se yo. Pero después empezó a quejarse de que la comida estaba salada, que las camisas no estaban bien planchadas y que el jardincito que está frente a la casa yo no se lo tenía bien regado. Yo le digo eso, nada más, pero se quejaba por todo. De otras cosas también. Entonces me di cuenta de lo mucho que tomaba. Más que don Tercilio, que ya es decir. Pero no se portaba como don Tercilio. No. Este se ponía jodido, violento, y yo me di cuenta que en cualquier momento me iba a pegar. Entonces le dije que o cambiaba o yo me iba. Y ahí fue que se me largó a reír. Se reía como un loco, y me decía que yo no me podía ir, que yo era de él. “La vaca es de tu hermano -me dijo sin dejar de reírse a carcajadas-, pero vos sos mía”. Entonces fue cuando me contó lo que había hecho Arístides. ¡Me había cambiado por una vaca! ¿¡Usted se da cuenta!? ¡Por una vaca de mierda me había cambiado! ¡Ni por mil vacas que joder! ¡Yo soy una mujer y una vaca es una vaca! Entonces me vine para el pueblo, pasé por casa y me fui al boliche de Santiago a buscarlo a don Tercilio. No me preguntó nada. Me agarró la mano y me la apretó fuerte. Nos tomamos unos vinos y nos fuimos para la casa. Esa noche le cociné con ganas. ¡Casi hasta lo había extrañado!”.