Caros, carísimos, exhibidos en la vidriera de la zapatería más famosa de Dublín, los dos lo sabíamos de sobra: erguidos orgullosamente sobre nuestra base de bronce, dábamos que hablar.
Nos fabricó Jack O’Connor, el mejor artesano de Irlanda. Usó cuero charolado negro para darnos vida. Lucíamos una pequeña plataforma, taco cuadrado y presilla. Y una altivez que opacaba al resto de los zapatos expuestos alrededor.
Sabíamos también que de nosotros no se prendaría cualquiera. Era cuestión de esperar. Y el día llegó. A través del cristal vimos avanzar un alegre y alborotado grupo de jovencitos. Ya casi habían pasado de largo, cuando una bellísima pelirroja volvió a la vidriera. Nos contempló en éxtasis. Con un silbido llamó a los demás y les hizo gestos de que entraran a la zapatería. Los dos, en tanto, esperábamos. Ubicados de talón —que es como decir de espaldas—, no podíamos darnos cuenta de lo que ocurría exactamente en el local. Pronto el dueño nos levantó en el aire y fuimos a parar a los delicados pies de la pecosita. El enamoramiento fue mutuo.
–Los llevo. Pero, por favor, necesito unas chapitas de acero en las puntas y los tacos.
–Como quiera, señorita, pero le aseguro que están muy bien confeccionados. No le hacen falta refuerzos.
–No es por eso. Sucede que integro el grupo “Riverdance”. Las chapitas son imprescindibles para el tap.
¿Necesito contarles nuestra emoción ? ¡No sólo nos llevaba una graciosa jovencita, sino que además íbamos a bailar! ¡A formar parte de un famoso cuerpo de danza! Recorreríamos el mundo. ¿Qué más puede pedir un par de zapatos?
El más contento de todos era el propietario de la zapatería: por fin nos había vendido, y a excelente precio. Se comprometió con Katie —así se llama nuestra dueña—, a tenernos listos para el día siguiente.
Muy temprano ella se presentó a buscarnos. Fuimos prolijamente acomodados en una caja, y dentro de una bolsa abandonamos el local. Con Katie. Con Katie McMahon.
Fue una pena que no nos hubiera calzado, nos privó de conocer la ciudad. Realizó muchos trámites: al día siguiente “The Riverdance Irish Dance Troupe” salía de gira. A través de los balanceos y las conversaciones que oíamos, podíamos ubicar el itinerario. Pronto llegamos a un pub. La algarabía nos sacudía dentro de la caja. Lástima: no pudimos ver nada del típico bar.
Esa tarde conocimos un hogar irlandés. Más que hogar irlandés, una de las pocas casas georgianas que quedan en Dublín, con el característico balcón curvo de hierro forjado, pintado de blanco. Aunque de cuatro pisos, la ocupaba una sola familia.
Katie nos estrenó a la hora del té. Ricas tortas, mermeladas y scones. Nos calzó toda la tarde, nos caminó y zapateó largo rato. Éramos de muy buena calidad, pero debía amoldarnos y amoldarse: no podía correr el riesgo de bailar toda la noche y que, por rebeldes, le sacáramos ampollas.
Nos fuimos a descansar temprano. Desde el dormitorio de Katie, en el segundo piso —seguros de que nuestra dueña ya dormía—, dimos un pequeño paseíto hasta el balcón. Como casi siempre, llovía. Lentamente, Izquierdo y yo volvimos a nuestro lugar. ¿Abandonaríamos Dublín sin conocerla? ¡Cuántas ciudades importantes recorreríamos en cambio! ¿O en lugar de ciudades debería decir escenarios?
Por la mañana, Katie armó el equipaje. Nos alojó en un rincón de la valija, dentro de una bolsa de tela y cuidadosamente rodeados de ropa interior para que ningún golpe nos dañara.
Bailamos por toda Europa. ¡Qué placer contemplar a Katie cuando se preparaba en el camarín! ¡Nos daba gusto que nuestra dueña fuese la solista, nada menos, de ese conjunto que se volvía cada vez más famoso! Lucía ese rojo y largo cabello suelto sólo recogido a los costados con unas flores, el corto vestido blanco, las medias negras y… nosotros, siempre emocionados al salir al escenario: los aplausos que estallaban no bien aparecía nos conmovían tanto como a ella. Prácticamente ni se oían los primeros acordes de la orquesta. Y ya en escena... ese zapateo: punta, taco, cruce, repiqueteo. Katie y las aclamaciones del público nos envolvían en un vértigo imparable.
Un día, el Riverdance llegó a Nueva York, al Radio City Music Hall del Rockefeller Center, repleto de espectadores. El video de la presentación de nuestra dueña en semejante teatro, el más importante de los Estados Unidos, recorrió el mundo. Todavía oigo la impresionante ovación que coronó sus giros finales, giros magistrales de manos extendidas y cabello flameando al compás.
Cuando cayó el telón, la compañía se dispuso para salir a festejar.
—¿Adónde vas, Katie? —entre bambalinas, la voz de James sonó fastidiada.
—A cambiarme de zapatos.
—Pero si así estás espléndida. Deja ya de preocuparte por un simple par de zapatos, y vamos a celebrar.
—Tú no entiendes nada de nada, James. No son “un simple par de zapatos”. Ya era famosa cuando los compré. Pero desde que ellos están conmigo, se han ido sucediendo triunfo tras triunfo. Les debo mucho. Tú no crees en el amor por las cosas inanimadas, pero yo sí. Sin ellos, no habría llegado a ninguna parte.
—¿Escuché bien? ¿Que sin ellos, no habrías llegado a ninguna parte?¿Quieres que te diga adónde va a ir a parar tu hermoso par de zapatos un día? ¿Los famosos Izquierdo y Derecho, como te encanta llamarlos? A alguna vitrina de algún famoso teatro, recordando tus hechizos. A veces te desconozco, Katie, pareces un ser de otro mundo. Discúlpame, querida, pero no puedo verte erigirles un altar… para que después te des cuenta de que también nosotros somos parte de tu triunfo.
Katie se quedó desconcertada. Los celos de James se habían manifestado. ¡Y por unos zapatos! Desde que lo conoció, ella esperaba más que una mirada de las tantas que profesionalmente se veían obligados a cruzar. Hasta que se dijo de que a él sólo le interesaba la bailarina. ¿Sería así? ¿O ella nunca supo ver? Estuvo a punto de seguirlo, pero decidió volver a su camarín. Se echó a llorar, tan confundida como nosotros. Se dijo que debía calmarse y llevarnos a compartir la gloria con el resto de la troupe… pero el taco de Izquierdo quedó enganchado en una saliente del piso, prácticamente descuajado del talón de cuero. Fastidiada, Katie optó por calzarse otro par de zapatos. Y nos dejó. Nos dejó solos.
¿Así agradecía tanto sacrificio? ¿Nos dejaría tirados allí, en medio de la angustia, de la incertidumbre sobre nuestro futuro? Cuando Katie volvió, levantó a Izquierdo y lo miró como si no supiera qué hacer con él. Me levantó también a mí, al inocente Derecho, y nos arrojó dentro del bolsón. Ya en el hotel, fuimos a parar a la valija.
Bueno, pensé, al menos seguiremos con ella.
Qué iluso fui.
De nuevo en Irlanda. De nuevo en Dublín.
Cuando abrí los ojos a la mañana, no vi a Izquierdo por ningún lado. Tampoco a Katie.
Pero pronto regresó, venía contándole a la madre.
—Bloody floor, mum!
Así me enteré del triste final de mi compañero. Katie lo había llevado al local de un zapatero remendón, y el hombre le dijo que prácticamente ese zapato ya no servía, que no valía la pena. Por un poco más, agregó, tendría un par nuevo. Además se notaba que le había dado “buen uso”. ¡Qué coraje! ¡Buen uso y abuso!
Y ahora... ¿yo qué? Katie fue muy clara al decírselo a la madre: por más bello que fuese, con un solo zapato jamás bailaría. Y la madre asintió, y sin ningún remordimiento Katie me tomó —¡ay de mí!— y me tiró al cesto de la basura.
Primero fui a parar a una horrible y negra bolsa de residuos, me ahogaba entre aquellas húmedas inmundicias. Esa noche un camión recolector no pudo convertirme en papilla de cuero: de tan repleto, la bolsa que me contenía fue lanzada a la cumbre de la montaña de desperdicios.
Mi destino, un espantoso basural.
Los gatos se encargaron de destrozar los plásticos. Por fin vi estrellas de nuevo. Y la angustia otra vez. ¿Qué me esperaba en ese infierno? ¿Qué se hacía con todo lo que había allí? Además, tanta oscuridad después de haber admirado las luces de tantos escenarios... Y empezó a llover, y siguió y siguió.
Y tuve el dudoso gusto de conocer ratas, pulguientas ratas irlandesas de pura cepa. Una se encariñó conmigo y con mi puntera: me roía a tiempo completo. Me fui aflojando poco a poco, hasta que la parte delantera de mi suela quedó completamente desprendida. No quise imaginar el lamentable aspecto de mi capellada apuntando al cielo. Agotado, traté de cerrar los ojos para olvidar tanta humillación, cuando algo que reptaba trabajosamente se apoyó en mí. Enseguida reaccioné a una insólita sensación de tranquilidad: ¿qué podía resultarme familiar en ese pozo maloliente? Asustado, me di vuelta. La mirada de Izquierdo, tibia y alegre, como queriendo ocultar su mutilación, me desarmó. Le mostré mi puntera roída. Y nos sonreímos tristemente.
En este basurero de la verde Erín terminaremos nuestros días rememorando cómo dábamos qué hablar cuando lucíamos de orgullo sobre la base de bronce en la vidriera de la más famosa zapatería dublinesa.
Célebres, aplaudidos, admirados, ahora abandonados. Pero… de nuevo juntos.
Patricia