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Navarro, Robert (Track)

La casa



    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No quería pararme. No quería tomar el camino que llegaba a este pueblo, a esta casa. Pero estoy delante de ella, contemplándola con el corazón encogido. Estamos en verano, las puertas y las ventanas están todas cerradas... Parece deshabitada, una hierba alta rodea todo el edificio. Ningún rastro de vida. El pueblecito está desierto. Como hace quince años…

- Buenos días, Alfredo, ¿Vienes en Dordoña uno de estos días? Me he mudado y ahora vivo en una casa de pueblo, me gustaría que me devuelvas la visita cuando te acerques por aquí. Era una llamada de mi amiga Sandra.

Nos habíamos conocido anteriormente en una carretera. Ese día, circulaba con mi coche y al pararme en un semáforo, una pareja de jóvenes me habían pedido cortésmente si pasaba por Bergerac y si podía llevarles. Habían subido en mi coche y pasando la ciudad les había acompañado hasta su casa de Saint Avit-Seigneur, al sur de Dordoña, departamento del suroeste francés y comienzo de la Occitania.

Habíamos simpatizado y no he dejado de visitarles cuando pasaba cerca del lugar. Vivían en una región a la vez hermosa, fascinante e inquietante. La comarca está marcada por su historia de guerras, invasiones y leyendas. Está también ligada al mito de los cátaros. Esta religión apareció en Europa en el año mil. Aunque perseguidos por la iglesia católica, los predicadores cátaros, gracias a la calidad de su mensaje espiritual, fueron bien aceptados por la pequeña nobleza occitana y con una parte importante de la población. Al principio del siglo trece, viendo la influencia creciente del catarismo, la iglesia católica  iniciará una verdadera cruzada. La represión durará cincuenta años y para acabar con el catarismo, el papa Inocencio III instituirá la inquisición en 1232. En 1244, los últimos cátaros fueron exterminados, quemados vivos por los cruzados en el castillo de Montségur convirtiéndose así en una fortaleza real.

Pasaron algunos meses hasta la llamada de Sandra y durante nuestra conversación telefónica, al preguntarle sobre Jean-Pierre no me contestó...

Me encuentro a pocos kilómetros del pueblo de mi amiga, estamos en enero, hace frío y la noche cae pronto. Llego al pueblo. El humo de las chimeneas de algunas viejas e imponentes casas se mezcla con la niebla habitual de esta región, me paro y llamo a la primera puerta que encuentro para preguntar donde vive Sandra. Nadie la conoce, es verdad que hace poco que vive aquí. Pero me quedo desconcertado con la idea de que en este lugar apartado y con pocas casas nadie me ayude.

Después de numerosas tentativas, por fin tengo la suerte de entrever a la salida del pueblo, un edificio y a su lado un espacio donde está aparcado un viejo coche que reconozco como el de mi amiga.

Aparco mi vehículo, bajo la maleta y la botella de vino que he traído para la cena. Llamo a la puerta y en seguida, Sandra me abre, con la sonrisa en los labios.

- ¿Has tenido dificultades para encontrarnos? pregunta.

Le cuento mi gran asombro al saber que nadie la conocía en el pueblo. Entramos en la casa y me contesta:

- Aquí, toda la gente desconfía de los recién llegados. Toda la región esta ligada a viejas tradiciones y supersticiones. No me importa porque así conservamos nuestra independencia y sin la curiosidad de los vecinos estoy tranquila aquí...

- ¿Y Jean-Pierre, qué tal?

- No vivimos ya juntos pero seguimos teniendo buenas relaciones. Creo que vive en Bergerac...

Constato que más allá de esta información, ella no sentía la necesidad de decir más sobre el asunto. La gran sala principal de abajo es a la vez la cocina y el comedor: una alta chimenea en donde crepita el fuego, paredes blancas, irregulares, encaladas; enormes vigas carcomidas, revestimientos de madera teñidos con nogalina, una inmensa mesa cubierta con un hule blanco y, en el aire, una mezcla de olores de leña quemada y de efluvios saliendo de una olla colocada sobre una antigua cocina de hierro.

Sandra está resplandeciente pero la veo diferente, preocupada ¿Quizás su vida sentimental?

- Mi madre está conmigo durante una semana. Ahora está en su habitación pero me alegra que la puedas conocer ¿Que piensas de la casa? ¿Quieres visitarla?

Desde mi llegada a este sitio, estoy dividido entre la satisfacción de ver de nuevo Sandra y un cierto malestar extraño que mi subconsciente siente pero que no puedo explicar concretamente. Las paredes con relieve, llenas de huecos y protuberancias me parecen vivas, que respiran...

¡Hombre! Puede que estés cansado por el largo viaje…

- Esta casa me impresiona, Sandra. Es la primera vez que tengo esta sensación dentro de un lugar.

- No me extraña, Alfredo, te lo explicaré más tarde...

Intrigado, la sigo con el fin de visitar la casa.

- Es una casa muy antigua que ha sido, durante siglos, una posada de viajeros, soldados y aventureros. La casa se conserva tal como estaba hace siglos y solamente se ha remozado el interior.

Subimos al primer piso y verdaderamente es una casa muy grande. Todas las habitaciones se parecen: una cama alta, rústica, cubierta con un voluminoso edredón y a sus lados dos mesillas de noche cubiertas con un pequeño tapete amarillento y una lámpara con una pantalla de terciopelo rojo que alumbra débilmente una gran habitación cubierta íntegramente de madera y yeso. Suelo, vigas, puertas, ventanas, muebles: todo es del mismo color de madera teñida con un barniz oscuro. Las paredes son desiguales como las de abajo. Me parece que esperan la noche para...respirar también; en estos momentos ya no sé en qué siglo estoy. Tengo la sensación de transformarme y de alejarme de la “realidad”,

- Esta habitación es la tuya. Puedes subir tu equipaje...

Se oyen pasos en la escalera, seguro que es su madre. Después de abrir y cerrar las numerosas puertas, acabamos la visita y bajando, Sandra me dice:

- Es inútil ir al sótano. No hay nada más que una pila de madera y herramientas, ¡Un trastero! Vamos a beber un vinito y así conocerás a mamá.

Hacía frío arriba pero no tengo ninguna impresión de frío o de calor, obsesionado por esta sensación que se va apoderando de mí.

Efectivamente, cerca del fuego, sobre una mecedora, está la madre de Sandra, muy delgada y pálida. Me echa una ojeada:

- Buenas noches señor ¿Que tal?

- ¡Puedes llamarlo Alfredo, madre!

- Buenas noches señora, encantado de conocerla.

No puedo encontrarle ningún parecido con su hija, regordeta y de mejillas sonrosadas. Seguro que se parece más a su padre, aunque nunca me ha hablado de él.

Está cosiendo el dobladillo de servilletas rojas.

- Es para Sandra, por una vez no tendrá servilletas descabaladas.

- Mamá,  sabes que recibo poca gente aquí y no necesito doce servilletas.

- Nunca se sabe... Es una casa muy grande y un día pueden llegar muchas personas...

Está vestida con ropa de color gris perla, sus manos son finas y arrugadas pero su rostro es liso. Sus ojos no tienen expresión, el sonido de su voz es lineal y casi inaudible. Sus finos labios no dejan entrever ninguna sonrisa. Sandra pone la mesa y sirve un vaso de vino a cada uno.

- Mi madre me ha traído este vino de Burdeos.

- ¿Vive usted en Burdeos, señora?

- Si, desde siempre, pero me aburro en esa ciudad tan burguesa ¿Qué piensa usted de la nueva casa de mi hija?

- De noche es difícil apreciar la casa y también el exterior, con esta niebla...

- ¿Sabe usted que esta casa ha sido durante siglos una posada? ¡Seguramente han pasado muchas cosas aquí! ¿No piensa usted que es fascinante?

Su voz me parece provenir de una entidad ligada a este edificio.

Desde mi llegada, dentro o fuera, es el silencio lo que más me ha impresionado, un silencio glacial, un silencio total donde el menor ruido toma un valor desmedido.

- ¿Alfredo, conoce usted la historia de los cátaros?

- ¡Mamá, creo que no es el momento ni el lugar para hablar de estas cosas!

Prestando poca atención a su hija, continúa con su voz monótona:

- La región está fuertemente ligada al mito de los cátaros. La religión apareció en Europa en el año mil. Dualista, la doctrina cátara oponía el bien y el mal. La inquisición y la cruzada de los “Albigeois” desorganizaron el movimiento cátaro. A cien kilómetros de este pueblo queda el único vestigio de esta época, el castillo ruinoso de Montségur en donde los últimos cátaros fueron masacrados y quemados vivos por los cruzados.

- Mamá, vamos a cenar y no vas a contar toda la historia de Francia ¿No es verdad?

No responde y nos sentamos los tres delante de un plato de sopa humeante.

- ¿Cómo has encontrado esta casa Sandra?

- Como después de mi separación no me quería quedar en el mismo lugar donde vivíamos Jean-Pierre y yo, estaba buscando un lugar para vivir y unos amigos del pueblo de Belves me han indicado esta casa que estaba desocupada desde hace muchos años.

- ¿El propietario no quería alquilarla?

- No lo conozco. Pago mi alquiler a un notario de Beaumont que me contó que ninguna persona de la región quería ocuparla. La primera razón es que hay una fuente que pasa bajo la cimentación de la casa. La segunda es el misterio de la muerte de todo el ganado del propietario una noche, hace veinte años, los  veterinarios no pudieron explicarlo concretamente. Por último, el día de mi llegada, una paisana del pueblo me aconsejó consultar al brujo, le  pregunté porqué y me dijo que en esta región hay un brujo en todos los pueblos y él podría responder a mis preguntas. Sólo él conoce esta casa y la conoce muy bien.

Viviendo cerca de aquí ya conocía esta particularidad y los brujos de los pueblos se suceden de padres a hijos desde la noche de los tiempos.

- ¿Has ido a consultarle?

- No en seguida, pero al cabo de dos días lo necesitaba porque pasaban cosas extrañas en esta casa.

Por primera vez en mi vida me sentía el testigo de una situación que no había vivido jamás. Se parecía a un guión de literatura fantástica adaptada para el cine. A medida que Sandra me contaba este relato, mi malestar aumentaba. Estas paredes continuaban respirando...

La madre se queda muda, cena con los ojos bajos, fijos sobre su plato. A  veces, sube su cabeza y sus ojos vacíos se fijan en mi mirada. Y Sandra sigue:

- He ido a ver al señor Moissac el brujo. Un campesino afable que conoce la historia de las creencias locales de esta parte de Francia. Me contó que había intervenido en esta casa. Fue una posada durante siglos cuyo último propietario había tenido problemas con su ganado, y que los últimos inquilinos han intentado saber quiénes eran estas presencias invisibles que habitaban la casa y han huido todos con miedo. Quería tranquilizarme afirmando que estas manifestaciones eran pacíficas. Seguramente personas fallecidas en este lugar sin poder encontrar el descanso eterno.

Tengo ganas de preguntarle si bromea o dice la verdad pero con mi fuerte sensación de malestar, pienso que sus palabras son reales. Presencias inofensivas o no, tengo escalofríos en la espalda y vacilo a la idea de quedarme a dormir aquí

- Alfredo, todo esto no debe impresionarte. Vivo aquí desde hace algunos meses y como puedes ver, no estoy traumatizada.

En este momento, la madre de Sandra se levanta y sube para acostarse

- Buenas noches, hasta mañana

- Buenas noches señora

Y siguiendo, Sandra me dice:

- Creo también que vamos a ir a descansar, es muy tarde. Si tienes tiempo mañana, podemos pasearnos, visitar los alrededores del pueblo y charlar más.

- Buenas noches Sandra, hasta mañana.

Subo al piso, entro en mi cuarto, sin mirar las paredes porque las siento cercanas, muy cercanas.... Me desvisto, “escalo” a mi cama rústica que parece un barco. Apago la lámpara para concentrarme en mi sueño. Dentro de mi cabeza surgen imágenes de gente de antaño, guerreros, viajeros, bandidos... Me parece que todos van a entrar en mi cuarto y acostarse conmigo. El tiempo pasa sin poder dormir.

El pesado silencio se interrumpe de una manera extraña. De pronto empieza a oírse un ruido que poco a poco va creciendo y que parece venir de la parte de abajo. Es un ruido regular, rítmico como si fuera un hombre serrando leña y parando algunos instantes para descansar. No puedo imaginar que sea Sandra cortando leña para el fuego de la chimenea, le he oído subir y cerrar la puerta de su habitación. El ruido persiste y va creciendo. Miro el reloj, son las tres de la mañana. No sé si debo levantarme o quedarme en el calor de mi cama... Me levanto, abro la puerta de mi habitación y en el pasillo, el ruido es más fuerte y se localiza debajo del edificio. Pero lo peor es el olor, un olor a la vez persistente y lejano, una especie de mezcla de azufre y de hierba mojada recién cortada. En este corto espacio de tiempo, me parece entrar dentro de “El color caído del cielo” un cuento de Lovecraft, una historia de un color indefinible, un color que nuestro cerebro no puede interpretar...como este olor. Lo confieso, tengo miedo...

- ¡Sandra, Sandra! llamo a la puerta de mi amiga

- ¿Qué pasa?

- Hay un problema. ¿No oyes este ruido?  ¿Y de donde viene este olor?

Abre su puerta:

- ¡Alfredo, casi todas las noches estas presencias se manifiestan en el sótano. Como te lo decía ya, son pacíficas y viven en la casa desde hace años, siglos.

- ¿Pero quién?

- Duerme, no pasa nada, y tengo sueño - dice cerrando su puerta

Al mismo tiempo, el ruido siniestro vuelve a crecer y este olor persistente....

No puedo quedarme más en este lugar pero antes de irme quiero saber.

La madre de Sandra, esta extraña mujer, no ha abierto su puerta. Seguro que duerme o...

En un segundo mil cosas pasan por mi cabeza. ¿La madre, el padre, Sandra? ¿Y Jean-Pierre, qué ha sido de su novio? Me siento como dentro de un sueño. ¿Me he transportado dentro de un universo desconocido y hostil? Quiero saber...

Voy a bajar. Pasando delante del cuarto de la madre, no se qué instinto me incita a entreabrir su puerta, una de las lámparas está encendida pero no veo a nadie. La cama no está deshecha, no hay ningún rastro de vida, de cualquier persona que pudiera ocupar esta habitación. ¿Pero dónde está? Y estas paredes respirando, respirando… Estoy enloquecido, aterrorizado pero curioso porque quiero saber más. Bajo las escaleras y recorro con la mirada toda la sala, no veo a nadie. Me fijo en el picaporte de la puerta del sótano, pongo mi mano temblorosa sobre él para abrir pero no tengo fuerzas de ir más allá, detrás de esta puerta. El ruido no para y el olor persiste. Fuera, a través de las ventanas se ve una espesa niebla pegada sobre los cristales. Hace frío pero estoy sudando. Vuelvo a subir las escaleras y abro una vez más el cuarto de la madre. La lámpara está apagada... Sólo la luz del pasillo ilumina débilmente el espacio y creo distinguir una silueta de pie, de espaldas delante de la cama

- ¿Es usted señora?

Ninguna respuesta

- ¿Oye usted este ruido? ¿Me entiende?

En este momento, esta forma humana se vuelve hacia mí y creo reconocer dentro de la penumbra la que me contaba la historia de los cátaros. No veo nada más que una silueta gris, un gris luminiscente...

Vuelvo a cerrar la puerta, aterrado, histérico... Estoy viviendo una verdadera pesadilla con los ojos abiertos, una alucinación. Vuelvo a mi cuarto, el abominable olor ha entrado dentro y el lúgubre estruendo de la sierra aumenta su potencia. Me visto, amontono mi ropa en la maleta y salgo al pasillo.  Llamo otra vez a la puerta de Sandra

- ¿Qué hay? ¿Qué más quieres?

¡Qué voz! ¡Pero no es su voz! ¡No es la de Sandra! Una voz ronca, casi masculina...

- Debes dormir. Hablaremos por la mañana

¡Esta voz! La puerta se abre, la veo como hace un rato, los ojos nublosos por el sueño y con su voz normal me dice:

- ¡Alfredo, tengo ganas de dormir... cálmate!

- ¿Pero Sandra, dónde está tu madre y quién está contigo en la habitación?

- ¡Nadie! ¿Quieres constatarlo? Mi madre está durmiendo ¡Qué suerte tiene!

Me hablaba sin mirarme. No puede ser la dulce chica que he conocido antes.

- ¡No hay nadie en el cuarto de tu madre, nadie lo ocupa! Y me gustaría que bajemos juntos a ver lo que pasa en el sótano. ¿Quieres venir conmigo?

- ¡Alfredo, empiezas a ser un pesado insistente! ¡Quiero descansar y dormir tranquilamente!

Este “quiero descansar y dormir tranquilamente” me hiela la sangre porque la voz es la otra, la ronca, la horrorosa... Y sin decir nada de más, la que creía ser mi amiga vuelve a su cuarto dando un portazo. Tomo la decisión de irme sin esperar más. Un último reflejo me incita a abrir de nuevo la puerta de la madre y encuentro el lugar como la primera vez, lámpara encendida y nadie dentro. Siento escalofríos, bajo de cuatro en cuatro la escalera, ruido y olor acompañándome por última vez. Fuera, hay silencio, frío, niebla, un verdadero decorado de una película de serie B...

Precipitándome a mi coche, me doy cuenta que he olvidado las llaves dentro de la casa. Llamo varias veces. Por fin, Sandra me abre, sin decirnos nada, paso ante ella, entro en la cocina y  encuentro mis llaves sobre el aparador. El ruido infernal ha parado, el olor está presente pero atenuado. Ahora hay dentro de la casa el mismo silencio que fuera. Vuelvo a pasar ante Sandra que cerrando la puerta no dice ni una palabra, yo tampoco. Entro en mi coche y arranco rápidamente. No sé si soy un cobarde pero estoy persuadido de que es vital para mí alejarme de este lugar. No volveré, estoy seguro.

La niebla está muy espesa y en cada curva, me parece que los árboles, dibujándose con la luz de mis faros, se convierten en masas informes, en siluetas grisáceas, amenazadoras. Mi imaginación se desborda y creo que cualquier cosa puede suceder esta noche. ¡Y ese olor que se ha quedado en mi nariz...! He puesto música, el disco de Peter Gabriel en vivo, a todo volumen con el fin de tranquilizarme y convencerme que lo que dejo tras de mí es una alucinación pasajera.

Tengo un único deseo: llegar lo más pronto a la próxima ciudad. ¡La civilización, la vida real! No sé cuanto ha durado éste viaje pero el tiempo me ha parecido interminable.

¡Por fin: luces, signos aparentes de vida humana, la ciudad deseada! Entrando en el primer hotel que encuentro deseo contar toda esta inverosímil historia al vigilante nocturno,  que casi dormido, me da la llave de la habitación. No digo nada y entro en un cuarto anónimo, común, sin vida oculta...casi tranquilizador. Lo poco que me quedaba de noche lo pasó sin pesadillas, solamente soñando con espacios verdes, azules, abiertos, luminosos, terrestres.

No tuve más noticias de Sandra.

Ahora mismo, delante de esta “casa”, soy incapaz de encontrar respuestas.

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