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Tentori II, Natalí (Nina)

Agua y fuego



 

 

 

Agua y fuego

Seudónimo: Nina

Las ventanas del departamento dan a la copa del árbol plantado en la vereda, delante del edificio. La calle es tranquila, todavía no le llegó el asfalto, los colectivos pasan a varias cuadras de ahí y los autos prefieren evitarla. La luz del sol entra al departamento por la tarde a través de las ramas del árbol. Es otoño. Se hace un dibujo de palos raquíticos entrelazados en el parquet del living. La sombra. Un esqueleto desarmado y sin calavera dibujado en el piso. Todos los días la misma sombra. Hasta que cambie la estación.  

La señora Lucía vive ahí desde hace cincuenta años. Tiene algunas vecinas con las que habla en el ascensor. Los parientes la visitan seguido. Sale a hacer las compras al supermercado y pide envío a domicilio. Va a los médicos una vez por mes, a veces más. Charla con el farmacéutico cada vez que va comprar los remedios. El portero del edificio se llama Ramón, no le cae bien.

La casa está impecable. Ella también, su cara. Parece que los años la esquivaran. Nada. ni una miga de polvo sobre la mesa, ni un velo de nostalgia en los ojos. Apenas dos arruguitas en los parpados, una mancha marrón en la mejilla como si recién le hubiesen dado un beso. ¿Quién?

La televisión chica, enfrente de la mesa de la cocina, está casi siempre encendida. Aseo, presente continuo, perfecto, lustrado y brillante. Por la mañana temprano: el living. Trapo al piso, franela haciendo círculos a la mesa de madera. Estanterías y bibliotecas: bordes, esquinas, debajo de los libros, adentro de los cajones. Los adornos, con un trapo húmedo. La sala ordenada, empezando por una pared, el perrito de porcelana, la pareja de bailarines, de derecha a izquierda, el florero azul. No hay portarretratos por ningún lado. Golpea los almohadones del sillón. Pensar que hace treinta años estaba su marido sentado en ese sillón, tenía la cabeza tapada con una frazada y había un gendarme apuntándole a la cabeza con una pistola del otro lado de la frazada.

Después, el baño. Suficiente lavandina y detergente. Otras mujeres dicen que no haga eso. Pero Lucía lo hizo desde los 19 años cuando se casó y nunca tuvo un mareo. La mezcla desinfecta y asea. Hasta que no pude mirarse en los azulejos como en un espejo, no se detiene. A veces le duele la cintura por limpiar la bañadera durante un rato. Entonces descansa unos minutos mientras acomoda los frascos de shampoo, crema enjuague, desodorante, la colonia. Le gusta que estén todos con la etiqueta hacia el frente. Lo mismo con el botiquín. Los remedios detrás del espejo, están ordenados alfabéticamente.

Terminado el baño, satisfecha del trabajo hecho, va a ocuparse de la cocina y mira las novelas de la una y de las dos de la tarde. Un balde con mucho agua, el trapo de piso, la cortina musical de las telenovelas. Mientras acomoda la heladera, planea su almuerzo y deja en el estante de arriba los comestibles que va a usar. Friega la mesada y deja brillantes las canillas. Las alacenas las limpia sólo una vez por semana. Aunque todos los días las abre para corroborar que no se haya ningún desastre. El fumigador viene el primer martes de cada mes, pero no le tiene confianza.

Mira el final de la novela de las dos y se sienta en la mesa, pela verduras, juntando las cáscaras en una bolsita. Cocina a eso de las tres y come. Acompaña el almuerzo con pan y un vaso de jugo instantáneo (sabor a naranjas).

Continua el aseo. La habitación de la hija. Sendas bibliotecas cubren los dos muros. En la otra pared hay un placard empotrado. En la otra, una puerta corrediza de vidrio que da al lavadero. Saca libro por libro, les pasa un trapo seco, los vuelve a dejar en el orden que están. A veces fantasea organizarlos alfabéticamente o por colores pero enseguida desiste porque si la hija volviera se enojaría muchísimo. La señora Lucía cambia las sábanas si juntaron polvo, sacude los almohadones y los vuelve a poner en su sitio. Airear los placares y si llega a oler humedad saca algunos vestidos para ponerlos a lavar. Cada cosa está en el mismo lugar desde hace treinta años. La señora Lucía es una guardiana. Incluso el reloj despertador marca las cinco. Y cuando suena la alarma se acerca caminando desde el lugar de la casa donde esté para apagarlo.

Pensar que hace treinta años una noche llegaron los gendarmes y se quedaron toda la madrugada. Pensar que se le borró la noción del tiempo a Lucía. Oyó sonar el despertador en esta habitación aquel amanecer y eso no le dijo nada. Alguien lo apagó. La hija seguramente. Como todas las mañanas. Hasta esa. Después de esa mañana no la volvió a ver.

Cuando termina con la habitación de la nena, va al lavadero. Siempre hay algo para lavar en una casa. Va metiendo por tandas y por grupos de colores en el lavarropas. La ropa que saca la pone en otro balde y va escurriendo prenda por prenda. Todavía le dan los tendones y los músculos para retorcer la tela.

Después de escurrir el pantalón que estaba sacando del balde de la ropa ya lavada, se seca las manos en el viejo vestido de villella azul que usa todo el día. Hace tres años fue un domingo a comer a la casa de su hermano y la cuñada mencionó eso de que mejor lo tirara a la basura a ese vestido o que lo regalara a la parroquia, porque ya estaba muy pasado de moda y gastado. Dijo que ellos le iban a regalar otro. A la semana siguiente su hermano le tocó el timbre. Traía una bolsa dorada con un moño. Había adentro un vestido.

Lucía dijo a la cuñada que había donado el vestido azul a la parroquia. Su hermano sabe que no es cierto. Cada vez que pasa a visitarla, a tomar la merienda después del trabajo, la encuentra dentro de esa vieja prenda que es tan suave a la piel y tan calentita para el invierno.

Cuando tiende la ropa en la soga, mientras el motor del lavarropas sigue funcionando y la tele en la cocina está encendida, suele parecerle que todos están en la casa. Y, cada vez, corre con su mano, la sábana que acaba de colgar pesada del agua, como si fuera un telón. Del otro lado ve a su hija hablando por teléfono y riendo sentada en la cama de su habitación, otras veces se da vuelta y le grita ¡mamá, no me espíes!, le estampa un beso con rouge y la saluda con la mano.

Cuando termina el ciclo de lavado vuelve en sí misma. Retoma su tarea. Va a hacerse unos mates. Mira otro programa en la tele. Deja su habitación para limpiar al último. Se prepara una cena y come en la cama, mirando los programas de la noche. 

Ahora está poniendo la pava con agua sobre la hornalla y suena el teléfono. Apura el paso hacia su habitación y levanta el tubo. Del otro lado, la voz de una chica jovencita:

-¿La casa de la familia Rodríguez?

Lucía corta. Sin contestar nada. Número equivocado.

Vuelve a sonar el teléfono:

-Hola.

-¿La casa de la familia Rodríguez?

Lucía corta. Se queda sentada en la cama con el teléfono en la mano, esperando.

Suena.

-Hola.

-¿La casa de…

Lucía corta. Hace treinta años que espera levantar el tubo y que del otro lado le digan ¿Acepta una llamada por cobrar desde Australia?

Vuelve a dejar el tubo en la mesita de luz. En unos días Lucía cumple años: muchos. Es casi lo mismo estar esperando que vuelva a sonar el teléfono o estar descansando. No piensa. Los recuerdos son como películas en súper-ocho proyectadas sobre las paredes de su casa. Las ve pasar. Las atraviesa. Las deja funcionando en otras habitaciones y sigue limpiando.

Ahora, con los ojos clavados en el picaporte de su habitación, ve una proyección de hace treinta años. La noche que se llevaron a la nena. La meten acá adentro a punta de pistola. Ella se sienta en el mismo lugar donde está ahora. Y cuando el gendarme se va, encerrándola, tira lo que ella tenía colgado en el picaporte de la puerta. Una percha con un vestido. Al suelo la seda lavada color carne. Parece un colgajo de piel.

La despiertan los chillidos de la pava. Reacciona, se levanta, gira el picaporte con la mano y apura el paso hacia la cocina. Llega y apaga la hornalla. Casi toda el agua se evaporó. El techo de la cocina está lleno de gotitas a punto de caer. Congoja. Lluvia que no va a precipitarse nunca.

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