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Alonso, Jorge Victoriano (Eleuterio Olhausen)

La curva de los jazmines muertos

   

A “La Esquina del Riojano” se la conoció con ese nombre desde que allí hizo construir y destruir su hermosa casa don Monegundo Ormeño, un riojano de más de 80 años llegado desde su provincia, según se supo después, queriendo huir inútilmente de una trágica historia de amor. Por lo poco que contó doña Marcelina Pantaleo, la dama de compañía que llegó con él al pueblo para atenderlo, y se ocupó de todo hasta después de su muerte, y mujer que nunca fue de mucho hablar, don Monegundo había sido un poderoso viñatero de la zona de Aminga. “Por esas cosas de la vida”, como le gustaba decir a la mujer, el anciano se había enamorado de una niña de apenas 15 años, hija de un humilde productor de aceitunas de Nonogasta. Todo fue correctamente arreglado entre don Monegundo y don Alilo Bermúdez, el padre de la muchacha, y se fijó la fecha del casamiento que les cambiaría la vida a los Bermúdez. Pero ni el enamorado ni los padres de la chica, que se llamaba Flor, pensaron en ella. Y asñi fue como la bella niña, una semana antes de la boda, desapareció. Inútiles fueron todas las búsquedas y rastrillajes que se hicieron en la zona. La jovencita no aparecía. Cada uno de los vecinos de Nonogasta colaboró para dar con ella, ya que todos estaban convencidos de que esa era una boda muy importante para el pueblo, pero todo fue inútil; no se la hallaba en ningún sitio. “Apareció veinte días después -seguía contando Marcelina Papaleo-, cerca de Jagüé, que yendo para Chile, para cruzar la cordillera por el Paso de Comecaballos, es el último pueblo de La Rioja. Y así se lo llamó siempre; ¨el último pueblo¨. Jagüé es un pequeño caserío con una pintoresca plaza con aires de aldea española y una capilla donde se venera la imagen de la Virgen India, una pequeña imagen tallada en madera que llegó al pueblo a comienzos del siglo. También se la conoció siempre como “La Virgencita Negra”, pero no por el color de su piel, que era de un rosado pálido, casi blanco, sino por el hombre que se hizo cargo de que la virgencita llegara hasta el pueblo. La trajo de regalo, en uno de sus habituales viajes, un hacendado chileno que todos los años llegaba hasta allí a comprar ganado. Se cuenta que el hombre vestía totalmente de negro. Hasta su poncho y su sombrero de ala ancha eran negros, como sus caballos. Como alguna vez dijera un poeta uruguayo, “llevaba el luto prendido en el alma, y en el ala del sombrero”. Desde entonces se la llamó “La Virgencita Negra, pero para los más ancianos del lugar sigue siendo “La Virgencita del Caballero Negro”. Este pueblo muestra varias particularidades, más allá de que en el lugar el tiempo parece detenido. Una de ellas es que la calle principal, que bordea la plaza, es el cauce seco del río Jagüé. Antes, a  principios de siglo, fue un lugar de mucha actividad, ya que cuatro veces al año se juntaban en las afueras del poblado miles de animales vacunos, que venían en espectaculares arreos desde Córdoba, Santa Fe y el norte de la provincia de Buenos Aires, rumbo a Chile. Allí los arreos se detenían varios días por diferentes motivos. Por un lado se dejaba descansar a los vacunos antes de encarar la difícil travesía por el Paso de Comecaballos, pero especialmente porque había que errar a cada uno de los animales para evitar que las piedras les destrozaran los vasos y tener que sacrificarlos. Todos aquellos días, con los campamentos de herreros trabajando de sol a sol, eran de verdadera fiesta en Jagüé”.

A la pequeña Flor la encontraron cerca de allí, muy lejos de la casa de sus padres. Había muerto, y su cuerpo estaba junto al cauce seco del río Jagüé, en las afueras del pueblo, cerca de una extraña formación de piedra con forma perfecta de pirámide, a la que los lugareños llaman Pirámide La Pocha. Los hombres que dieron con ella, unos arrieros que llevaban unas mulas flacas a Chile, contaron con detalles como había sido todo. “Ya estaba cayendo el sol y buscábamos un lugar para pasar la noche cuando pareció que de pronto nos envolvía un perfume de jazmines. Muy fuerte. Y entonces la vimos. La chica estaba sobre una de las piedras grandes del río seco, como dormidita. Estaba sin ninguna ropa encima, desnudita, y cerca de ella el perfume de jazmines era mucho más fuerte. Mucho más fuerte”.

La enterraron allí mismo, porque cuando quisieron subir el cuerpo a una camioneta, para llevarla hasta su pueblo, ni entre diez hombres pudieron alzarla. “Como la virgencita de Luján”, dijo el cura párroco de Nonogasta, y después de beber un largo sorbo de la botella con moscato que siempre llevaba con él, envuelta en arpillera mojada para mantener el vino fresco, aconsejó darle sepultura allí mismo.

Ese lugar, desde aquel día, se conoce como “La Curva de los Jazmines Muertos”. “Dicen los pocos que van para Jagüé -decía doña Pantaleo, terminando de contar aquella historia de amor-, que unos doscientos metros antes de llegar a la Pirámide la Pocha ya empieza el perfume. Y que junto a la cruz de la sepultura, donde la gente deja flores de papel, botellas de agua para la sed de la niña, como hacen con la Difunta Correa, y mensajes con pedidos de milagros, que parece que se  realizan...¿qué les estaba diciendo? ¡Ah, sí! Y dicen los que pasan por allí que junto a la cruz el perfume es mucho más intenso. Dicen que es como estar bajo un cielo de jazmines, pero parado sobre una alfombra, también de jazmines”.

Según doña Marcelina, cuando se le dio sepultura a la niña don Monegundo Ormeño vendió todas sus propiedades y decidió instalarse, nunca nadie supo porqué, en Aguinaldo, al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, y a más de dos mil kilómetros de donde había quedado su amor. Todo eso le llevó dos años, hasta el día del final.

Cuando el anciano llegó al pueblo se instaló en el Hotel Italia y desde allí dirigió los trabajos de construcción de su casa. Primero compró casi toda la manzana que había elegido, apenas a cuatro cuadras de la plaza principal. Casi toda porque los Saint Marín no quisieron venderle su casa, y tampoco aceptó Miguel Pérez, que tenía allí su vivienda y un pequeño almacén. Don Monegundo hizo demoler todas las otras construcciones y en el lugar se comenzó a levantar una casa hermosa, de dos plantas,  blanca y con techos de tejas rojas. La casa tenía unas galerías muy amplias, con grandes arcadas. Varios hombres, especialmente elegidos, se encargaron del jardín. Algunos de ellos contaron después que todas las plantas elegidas por “El Riojano”, como ya se lo llamaba en el pueblo, eran jazmines. Los había amarillos, azules, violetas, jazmines de China, Jazmín Común, Jazmín del Paraguay, Jazmín de San José, Jazmín del Cabo, Jazmín del Cielo, Jazmín Real y algunos otros que nadie supo nunca como se llamaban, pero que eran jazmines. También había tres enormes plantas de jazminorro. Don Monegundo Ormeño, para que los del único vivero que había en el pueblo le pudieran conseguir esta última planta, les había dado una descripción muy precisa. “Es una planta de la familia de las ranunculáceas que puede llegar a medir hasta cinco metros de altura. Sus hojas son opuestas y sus flores, muy olorosas y reunidas en panículas, blancas. Es oriunda de los bosques mediterráneos”.

En el medio del parque el hombre hizo construir una fuente. Allí, como saliendo del agua, indicó que se colocara una de las tres estatuas, las tres iguales, que había hecho traer de Buenos Aires, adonde él mismo había viajado para dar las instrucciones para su elaboración. Era la figura de una hermosa muchacha, casi una niña. Estaba desnuda, sus senos eran muy pequeños, y llevaba una canastita llena de racimos de uvas entre sus manos. Junto a esa fuente hizo levantar una glorieta que velozmente fue cubierta por Jazmines Azules, que siempre dieron flores celestes, y Jazmín del Cielo, de pequeñas florcitas blancas. En esa glorieta el aroma de las flores fue siempre mucho más intenso; “Como en la Curva de los Jazmines Muertos”, supieron contar algunos vecinos que a veces murmuraba doña Marcelina, como hablando para ser escuchada nada más que por ella misma.. En la glorieta don Monegundo hizo poner un sillón de hierro. Su dama de compañía contaba que su patrón se sentaba allí todas las tardecitas, y que cuando ella se acercaba a llevarle sus yemas batidas siempre lo encontraba hablándole a la estatua, en voz baja. “No sé, yo digo. Me parecía. Si no le hablaba a la estatua estaba hablando sólo, pero hablar hablaba”. Las otras dos estatuas, idénticas a la de la glorieta, fueron puestas en dos de las esquinas del jardín, también rodeadas de jazmines. Toda la propiedad fue cerrada por un muro de casi tres metros de altura, que se pintó de blanco.

Cuando más habló doña Marcelina Papaleo fue el día que pasó todo, cuando el anciano riojano sólo llevaba algo más de cuarenta días viviendo en la mansión. “La noche anterior, cuando me saludó como hacía todas las noches antes de irse a dormir, don Monegundo me dijo que en la mesa del comedor me dejaría cuatro sobres y me explicó que tres de esas cartas debía entregarlas al día siguiente a primera hora, y que la cuarta era para mí. Me tendría que haber dado cuenta, pero entonces no me llamó la atención. A la mañana siguiente, a las siete, como todos los días, fui a su cuarto a llevarle la bandeja con el desayuno. El no estaba, y la cama estaba como yo se la había preparado la noche anterior. Dejé allí la bandeja y salí a buscarlo al jardín. Lo encontré en la glorieta, sentado en su sillón, como todas las tardes. Pobrecito. Parecía estar mirando a la estatua de la niña. En la frente, en uno de los costados, tenía una herida chiquita. No había salido mucha sangre. El revolver estaba caído junto al sillón. Entonces me cambié, tomé los sobres y salí a repartirlos, como él me había indicado. No, yo no escuché nada. Ni el disparo ni nada. Siempre tuve un sueño muy pesado, a Dios gracias. ¡Pobre don Monegundo! El debe de haber pensado que iba a poder vivir con su dolor, pero no pudo. La vida es así. Y el amor también”. Una de las cartas era para el comisario. En ella le explicaba a la autoridad que había decidido matarse, por propia voluntad, y que nadie debía ser responsabilizado por su muerte. Otra era para Flores, el funebrero. “de acuerdo a lo oportunamente conversado -decía la breve nota-, adjunto cheque por el valor por usted indicado para los gastos de mi sepelio, flores y misa incluidas. No olvide usted que las únicas flores que deben acompañar mi cajón son jazmines y calas. Sé que es muy difícil, pero si consigue calas grises mejor”. El tercer sobre era para el intendente, a quien le comunicaba su deceso, y le notificaba que, salvo una muy buena suma que le dejaba en herencia a su fiel Marcelina Pantaleo, toda su fortuna pasaba a ser de la comuna de Aguinaldo, con la indicación de que la misma debía ser utilizada para la construcción y el mantenimiento de un asilo de ancianos. “La Casona de los Jazmines, como han bautizado a mi propiedad, también será de la municipalidad –agregaba la nota-, pero con algunas condiciones: la casa y el muro deben ser destruidos. Sólo deben quedar allí los jazmines, ¡todos los jazmines!,  la glorieta y las tres estatuas. El lugar podría convertirse en un paseo, y es mi deseo que su nombre sea ese; “Paseo de los Jazmines”. Cada vez que llegue al pueblo un parque de diversiones también es mi deseo que el “Paseo de los jazmines” sea el lugar elegido para la instalación del parque. Nunca podré olvidar que ella era una mujer, pero siempre será una niña”.

Muchos años después de aquella muerte, cuando ya el Parque de Diversiones Ahora y Para Siempre llevaba muchas temporadas actuando allí, algunas vecinas, las más ancianas, contaban que después de las cuatro de la mañana, cuando el parque ya había cerrado, se podía escuchar una extraña melodía, que sonaba como muy lejana. Algunas de esas mujeres, las que todavía seguían manteniendo intactas sus más viejas fantasías, aseguraban que algunas madrugadas habían visto corretear, entre la calesita y las hamacas voladoras, a una hermosa muchacha, casi una niña. “Ríe y canta -dijo doña Rosario Ibazeta, a la que siempre llamaron Charo-, y a veces parece que llorara. Lleva un vestido blanco, muy largo, y se la ve como si flotara. Siempre lleva ramos de jazmines en sus pequeñas manos, y esas noches el perfume es mucho más fuerte en el lugar”. 

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