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de la Cruz Ventosa, Aixa (Harley Benton)

Álbumes de fotos



ÁLBUMES DE FOTOS

SEUDÓNIMO: HARLEY BENTON


Después de la boda, celebrada bajo carpas en la playa con el consenso de todos los invitados sobre la belleza y felicidad de la novia, el tocado, el vestido de Channel, alguna burla sobre los invitados, el tiempo favorable, agradecido, el matrimonio partió en un Saab granate cargado de latas de Pepsi y ramos de flores en el retrovisor. De camino al aeropuerto, hicieron escala en su nueva casa donde recogieron maletas y se disimularon a sí mismos enfundados en ropa deportiva. Nunca antes habían cruzado el Atlántico y él se pensó William Bradford, especulando sobre el paisaje de la Tierra Prometida en una travesía de 66 días por mar, mientras su esposa se acostumbraba al término, “esposa”, y se mantenía despierta durante todo el vuelo para no perderse el alumbrado de la costa este en plena noche, los abruptos geográficos delineados con luces diminutas, separación entre negro tierra y negro mar. El océano que visto desde arriba, sin horizonte, parecía una laguna.

La fotografía les fue tomada en el Cañón del Colorado. Habían ascendido durante horas y a pleno sol de mediodía, frente a una enorme hendidura en la arcilla naranja, se encontraron con una visita guiada de turistas norteamericanos. Entablaron conversación con un aventurero canadiense que venía de pasar una semana en Cancún después de haber visitado la selva chiapaneca en su frontera con Guatemala. Según les contó, la arena era allí tan blanca y suave como polvo de talco. Almorzaron juntos sobre un mantel a cuadros y antes de seguir camino, el turista se ofreció a tomarles una fotografía de espaldas al canal, ahora que la luz algo más tenue de la tarde permitía retratarlos en esa posición. Caminaron hasta el borde del precipicio y se tomaron de la mano, sonrientes ante el imponente paisaje que aparece retratado en la fotografía. La arcilla, más oscura que de costumbre por las fuertes lluvias caídas, parece contener pigmentos de toda la gama de colores comprendidos entre el negro y el naranja más templado. Es una fotografía espléndida. La he analizado miles de veces y no contiene ninguna señal anómala que pronostique la inmediata muerte de la pareja, que un segundo después de que el flash fuera disparado se despeñó precipicio abajo al desprenderse la tierra que los sujetaba.

El turista que tomó esta instantánea era mi padre, y la anécdota tuvo cierta repercusión en su vida, como un punto negro en medio de su historia, un incidente indudablemente trágico en el que, por algún motivo, había participado de manera tan decisiva como involuntaria; extremadamente fortuita y por ello, también absurda.

Ayer a la noche celebramos su funeral – el de mi padre -  en una bonita sala con piano blanco y pedestal, a modo de escenario, por el que diversos familiares y amigos fueron desfilando. El tío Pete llevó su guitarra y tocó canciones, cantó Wish you were here, Forever Young, Whiskey in the Jar y ese tipo de cosas. Luego mi madre acercó sus labios al micrófono y lloró durante unos minutos, magnificando su llanto, siempre tan discreto, con la ayuda de los altavoces. Mientras tanto yo bebía tequila en un rincón, servido en copas de cristal elegantes que me rellenaban sin parar unas camareras adolescentes que venían incluidas en el precio del catering. Toda la ceremonia costó 9.000 dólares.

Llegó mi momento de subir al escenario. Se trataba de una plataforma amplia a la que se accedía por un escalón de unos cincuenta centímetros y que una vez terminada la ceremonia, el encargado de la limpieza me explicó que solía utilizarse para celebrar high tables, réplicas de los banquetes medievales ingleses en los que el rey presidía la reunión desde una mesa elevada por encima de sus invitados. Aunque la altura era mínima, había bebido demasiado y al mirar hacia abajo estuvo a punto de marearme el vértigo.

­- Antes de casarse, mi padre hizo un viaje por México, él solo. – Comencé a decir, y noté que arrastraba todos los sonidos, como si mis cuerdas vocales se hubieran adormilado por el alcohol – De vuelta a casa, paró en Colorado y en una expedición por el cañón, fotografió a una pareja de recién casados un segundo antes de que se despeñaran. La policía le requisó el carrete, pero insistió durante meses en que le devolvieran sus fotografías y finalmente, lo consiguió. El problema es que, durante los meses de espera, había llegado a obsesionarse con la idea de que esa instantánea suya había capturado la esencia del mismísimo diablo, y cuando vio la imagen clara, la pareja sonriente, la composición tan kitsch, tan álbum de boda, su desilusión fue inmensa. En efecto, no había transición, ni aviso, ni fenómeno paranormal que pronosticara el cambio drástico entre la vida y la muerte. Lo bueno, para él, es que logró sobrevivir 30 años a esa bonita pareja de recién casados. – Terminé.

Cuando vivía en Nueva York asistí a un concierto de música conceptual en el sótano de un teatro en Manhattan. El recuerdo me asaltó como un flash mientras seguía en aquel altillo frente al ataúd de mi padre, esperando a que me aplaudieran, más que nada, por que ese gesto siempre significa que el espectáculo ha finalizado. Según fui desenhebrando la anécdota que me había venido a la memoria, descubrí que las similitudes eran varias. En aquella ocasión, también se trataba de una sala amplia con un piano como único mobiliario. Había un foco sobre el piano; todos los demás estábamos a oscuras. El pianista se acercó, descubrió la tapa y se sentó sobre las teclas, mirando de frente al público. El impacto de su trasero presionando todos los sonidos a la vez resultó desconcertante, y durante minutos, la resonancia fue disminuyendo, aunque surgían nuevos armónicos, cada vez más tenues, hasta desaparecer. Cuando por fin llegó el silencio - el musical, se entiende, porque la sala estaba llena de murmullos, nerviosos balanceos en las butacas, etc.- el pianista se dio la vuelta y se fue; la función había terminado pero la audiencia estaba tan desconcertada que nadie se atrevió a aplaudir.

A mí tampoco me aplaudió nadie. Quizás estaba demasiado borracho y no me entendieron. Seguramente no le vieron la gracia a nada de lo que había dicho. Por eso recordé al pianista de Manhattan, porque siempre estoy recordando anécdotas pasadas por analogía con las presentes.

Mi padre me contagió su afición por los fenómenos paranormales. En vez de coleccionar sellos o cromos, teníamos un gran álbum lleno de fotografías de apariciones extrañas, sombras inexplicables en el claro de un bosque, el rostro de un cura dibujado en la luz que se filtra por las vidrieras, fotografías familiares que al ser reveladas muestran a un individuo extra, sobrante, que nadie recuerda haber visto, etcétera, etcétera. Cuando llegó la era Internet, comenzamos a interesarnos también por las psicofonías, pero nunca tomaron el protagonismo que le concedíamos a nuestro álbum de fotos raras. Hace exactamente siete días que lo revisamos juntos por última vez. Como siempre, después de especular sobre cuáles eran montajes y cuáles mostraban fenómenos paranormales serios, mi padre volvió a contrastar su imagen del cañón del colorado con todas ellas, una a una, para no encontrar nada.

Después de tantos años, no entiendo qué es lo que buscaba exactamente. Al fin y al cabo, tampoco tiene mucha importancia. Era una taradura senil que acarreaba desde los cuarenta años. Siempre fue precoz para estas cosas; yo lo recuerdo desde niño con el pelo blanco y unas enormes ojeras moradas. Por eso, tal vez, no se me hace demasiado difícil enterrarle. Siempre me pareció muy viejo y me extrañaba que año tras año, este instante se fuera posponiendo. Llegué a pensar que explotaba su look decrépito para mantenerme constantemente en vilo, para que no bajara la guardia, porque según decía – y en esto se basaba la gran filosofía de su vida -  cuando nos descuidamos por estar siendo demasiado felices o desgraciados o útiles,  acabamos cayendo por precipicios; de repente, así,  sin amenaza previa.

Cuando bajé del escenario me acerqué a la silla del piano donde se había quedado dormida, echa un ovillo, la gata Missy de mi padre. No recuerdo de quién fue la idea de traerla al funeral. Desde arriba, me había fijado en ella porque resaltaba como un objeto incongruente. Le acaricié la quijada y achicó los ojos complacida. Es un enorme saco de pelo blanco. Desde que la esterilizaron, se ha vuelto obesa. Mi padre había escuchado que los gatos manifiestan una conducta muy peculiar con respecto a los fantasmas y por eso decidió comprar a Missy. Corría de arriba abajo por los pasillos y de pronto se paraba en seco para observar fijamente algún punto en blanco de la pared durante minutos. Por eso papá estaba convencido de que no vivíamos solos, y provocaba situaciones absurdas continuamente, interrogaba al gato con aspereza, preguntándole quién, cómo, qué era lo que había visto. “Si los animales hablaran”, solía decir, “muchos misterios de este mundo podrían desvelarse”.

Senté a la gata sobre mis rodillas y comí un par de canapés para asentarme el estómago. Ya había oscurecido y pronto los invitados comenzarían a marcharse. Algunos, antes de hacerlo, pasarían frente al ataúd y contemplarían a mi padre con disgusto, odiándole por existir como cadáver, como advertencia. Atrapé la mirada de mi madre al extremo opuesto del salón y le hice un guiño para que se acercara. “Toma, tu cámara”, dijo, y me prestó la misma y vieja polaroid que un día había retratado a una pareja feliz a punto de despeñarse. Comencé a sacar fotos al ataúd, a los invitados, a la gata. También retraté los espacios vacíos de las esquinas, puntos blancos en la pared, todo lo que me vino a mano.

En muchos poblados mesoamericanos todavía existe un miedo atroz a la fotografía. A mí no me parece tan risible esa superstición de que la cámara nos roba el alma. Hay diferentes tipos de fotos; eso está claro. No es lo mismo posar en una de grupo, que ser atrapados en un instante en el que nadie debería estar observándonos. No creo que nuestra esencia quede enjaulada en el interior de la cámara, pero sí se radiografía a sí misma en el resultado. Yo siempre salgo fatal en las fotografías; quiero decir que soy muy poco fotogénico y llegué a pensar que esta fealdad que captaban las cámaras y no los espejos decía mucho sobre mi yo verdadero. Pero estos pensamientos los tuve durante una época bastante sombría de mi vida, en la que estudiaba libros esotéricos de autoayuda y mi primera mujer acababa de abandonarme, por lo que no merecen mucho crédito.

Ayer a última hora, mientras charlaba en los pasillos con el encargado de la limpieza, escuchamos un sonido extraño dentro del salón de festejos. No me alarmé en un principio, pero cuando vi su cara de pánico me dieron un vuelco las tripas y tuve muchísimas ganas de vomitar. “Hace una semana entraron a robar”, dijo el limpiador, “déjeme que compruebe”. Sacó un enorme manojo de llaves y abrió la sala donde hacía unos minutos había dejado de estar el ataúd de mi padre. En el interior todo estaba despejado y en calma. Yo me quedé en el umbral de la puerta mientras el hombre inspeccionaba cuidadosamente todos los detalles. “Nada”, dijo encogiéndose de hombros. “Creo que ha sido la tapa del piano, se ha cerrado sola. Aquí ocurre mucho de esas cosas, ya sabe”.

Me acompañó hasta mi coche y de camino estuvimos discutiendo sobre el precio elevadísimo que han adquirido los oficios fúnebres en el país. Hacía poco habían tenido el caso de un hombre que enterró a su padre y semanas después se suicidó. Al parecer, había contraído una deuda con el banco que era incapaz de pagar. Lo curioso, según me contó, es que la familia, que no había querido ayudarle a saldar sus deudas, volvió a contratar los mismos y carísimos servicios funerarios para su despedida. “Esto es como cuando se te casa un hijo”, decía, “son ocasiones contadas en las que todo el mundo quiere exprimirse el bolsillo.”

Esta mañana he llevado a revelar las fotografías que tomé en el funeral y no tendré los negativos hasta dentro de un par de días. No pretendo encontrar nada sobrenatural en ellas, aunque una silueta ambigua provocada por un defecto en el flash, una sombra sugestiva en la pared o alguna luz más brillante de lo normal en torno al ataúd servirían estupendamente para finalizar el álbum fotográfico de mi padre y, de alguna manera, honrar su memoria. 

Llanos de Apan. Verano




Una tarde, durante la época de lluvias, el lingüista y espeleólogo Osvaldo Pilniak, acompañado por su camarógrafo, tomó el autobús de línea y se apeó en mitad de la carretera. 500 metros a la izquierda se encontraba el video-bar Candy. En dirección opuesta, el autobús se perdía entre montañas y unos carteles de tráfico anunciaban la ciudad de Pachuca. Situados entre ambos puntos de referencia, miraron al frente y Osvaldo Pilniak, miope desde niño, tuvo que forzar la vista para llegar a vislumbrar el final de los llanos, verdes como una postal irlandesa durante aquella época del año.  El camarógrafo fotografío los volcanes, a lo lejos. Se distinguían del resto de montañas por la cima quebrada como un huevo aplastado. La tarde estaba limpia, tras las lluvias intensas del mediodía. Escucharon el caudal de un río desbordado, surcando el extremo oriental de las fincas, en dirección a una laguna próxima.

“Es zona de mucha obsidiana”, dijo Pilniak, que estaba agachado en la cuneta, escarbando entre la tierra. Se incorporó con una piedra negra entre las manos; una punta de flecha que aún daba muestras de su labrado original. Descendieron un kilómetro de pendiente embarrada y encontraron más tesoros prehispánicos, desenterrados por la lluvia; pedazos de vasijas de barro, algunas de ellas aún conservaban parte del dibujo original. El camarógrafo no paraba de hacer clic clic sobre el terreno. “Un arqueólogo se lo pasaría en grande por aquí.” Observó, desmarcándose, por no ser arqueólogo, de todo posible entretenimiento. Porque era un hombre serio, el camarógrafo.

A los pies de la enorme pendiente se erigían las primeras casa del fraccionamiento. Estaban numeradas por estatuillas de la virgen de Guadalupe, que alzaba un letrero con la cifra correspondiente entre sus manos. Osvaldo Pilniak acababa de regresar de un viaje por Europa y comparó este folclor con los terroríficos enanos de piedra que pueblan los jardines del viejo continente. Buscaban el número 27, escondido tras un pequeño cerro infestado de nopales. Los había que doblaban la altura de los dos hombres y salvaguardaban la intimidad de la cabaña posterior como un seto bien crecido. “¿Traes el equipo de iluminación?”, preguntó Pilniak. El camarógrafo miraba al cielo con los ojos cegados. “Parece que hay luz suficiente para los exteriores.” “¿Lo trajiste o no?”. “Sí, sí. Está todo”. Señaló un enorme bolso de cuero que llevaba colgado de un hombro. “Quiero que captes las primeras reacciones, ¿entiendes? Así que ándate despierto”. El hombre asintió de nuevo. Habían llegado al porche de la residencia. Un gato gris panzudo descansaba boca arriba, como un escarabajo del revés, sobre la tierra de un macetero. Cuando escuchó acercarse los pasos de la dueña saltó de un brinco y corrió a treparse al árbol más cercano.

“¿Qué desean?”, preguntó, con un tono más autoritario que amable, la mujer que salió a recibirlos. Rondaba los 35 o 40 años - a Pilniak siempre le resultaba complicado hacer estos cálculos con las mujeres indígenas, cuyos rasgos envejecen de manera diferente – y estaba elegantemente vestida, pantalones crudos de crepé, botas altas, como de montar y una camisa de Ralph Lauren ceñida en la cintura. El pelo que llevaba recogido en una coleta alta, por encima de la nuca, era tan negro que destilaba reflejos azulados.

“Osvaldo Pilniak para servirle, señora. Mi compañero y yo trabajamos para la National Geographic. ¿Sería tan amable de invitarnos a entrar?” La mujer dudó unos instantes. Los escrutó sin remilgos, paseando sus ojos oscuros de arriba abajo por su fisonomía y decidió avisar primero al hijo. “Discúlpenme”, dijo. “Ha habido secuestros por la zona.” Cerró la puerta y escucharon sus pasos correteando por el interior de la vivienda. En pocos segundos, volvió a aparecer en el umbral, acompañada por un joven de tez oscura, muy alto y fornido. Fue éste quien los invitó a pasar. “¿Cómo dice que se llama?” “Osvaldo Pilniak, lingüista y espeleólogo”. El joven asintió varias veces, como si entendiera. Los guió hacia el interior donde olía a lumbre mal apagada y sobre una mesa de madera de nogal, la mujer colocaba pastas para el café en unas cazuelitas de barro. “Supongo que es usted doña Guadalupe Icaza.” Dijo Pilniak mientras el camarógrafo y él tomaban asiento. “¿Van a querer café?” Ambos asintieron y la mujer se resistió a identificarse. “Esta zona es muy rica en restos arqueológicos.” Observó el hijo. “Todavía siguen apareciendo ídolos indígenas de gran tamaño. Están sepultados por estos pequeños cerros que usted ve. Son señales de antiguos asentamientos.” La mujer seguía moviéndose de arriba abajo por la cocina, alcanzando tazas, azúcar y cucharillas. “Señora Icaza, siéntese con nosotros, por favor. No se tome tanta molestia.” “No es molestia alguna”, dijo en un tono seco, cortante. El camarógrafo depositó su polaroid sobre la mesa y pidió permiso para fotografiarlos a lo largo de la entrevista. “Bueno, primero deberíamos saber de qué se trata, ¿no creen?”, dijo el joven, con una sonrisa tímida que pretendía excusar el comportamiento esquivo de su madre. “Por supuesto,” contestó Pilniak. “Sólo estoy esperando a que la señora tome asiento.”

El comedor estaba rodeado por amplios ventanales. El gato que habían visto en la entrada los observaba ahora desde el otro lado de las cristaleras, camuflado entre los pliegues de un gigantesco maguey. De pronto se levantó un viento fuerte que azotó los frutales y cerró de golpe una puerta, en algún sitio. Tras haber servido café y pastas para todos, la señora tomó asiento junto al hijo y permaneció en silencio, expectante. Aunque había repasado su discurso durante el viaje en autobús, Pilniak dudó, llegado el momento, sobre cómo plantear el asunto con cierta sensibilidad. Intentó buscar un modelo de conducta recordando los pésames que se había visto obligado a dar a lo largo de su vida, pero sintió que un tono demasiado solemne podría magnificar las implicaciones trágicas del acontecimiento. Si es que las había. Al fin y al cabo, era un simple especulador monolingüe, pero a base de estudiar el fenómeno se sentía prácticamente preparado para toda clase de reacción.

“Desde hace 30 años el equipo de lingüistas de la Universidad Autónoma de Montevideo venimos desarrollando un barómetro de las 1.000 lenguas minoritarias en peligro de extinción que ahora mismo existen en el continente americano. Gracias a la colaboración del gobierno mexicano, llevamos un censo riguroso de los hablantes de las lenguas más pequeñas.” Pilniak abrió un archivador sobre la mesa y extrajo una serie de cartulinas con gráficas y números interminables. “A principios de la década de los sesenta, 150 personas hablaban el tapiteko en las regiones centrales de México.” Los nombres propios venían recogidos en una decena de folios asegurados con una grapa. Pilniak le tendió una copia a la señora Icaza, pero ésta no demostró ningún interés en identificar los apellidos de la lista. Parecía absorta, y le temblaba ligeramente el labio superior, probablemente a causa de un tic nervioso. El desconcierto del hijo comenzó a hacerse evidente. “Como vemos en este diagrama de líneas, en los ochenta el número de hablantes se redujo a la mitad. En las siguientes décadas el idioma ha seguido decreciendo, sin nuevas incorporaciones, para alcanzar, en la era 2000, el grado crítico de extinción con sólo 10 tapitekos dispersos por todo el país.”  El camarógrafo realizó su primera fotografía cuando la mujer empujó con rabia las cartulinas hacia el lado opuesto de la mesa, evitando que ocuparan su espacio. “Lo siento, no estoy interesada.” Dijo, levantándose de la mesa y derramando con un movimiento desafortunado el termo de café. “Ya la han oído.” Ratificó el hijo. “No estamos interesados en realizar ningún tipo de donativo para la conservación del patrimonio lingüístico de la zona. Ya colaboramos con la asociación parroquial y Médicos sin Fronteras.” Les dio la espalda y se dirigió hacia la entrada para abrirles educadamente la puerta. Por ello no pudo ver que su madre temblaba, sentada de nuevo en la silla.

Pilniak, que pensaba haber previsto cualquier situación posible, estaba desconcertado. “Creo que no me han entendido.” Dijo alzando mucho la voz, bastante alterado. “Son ustedes, con toda probabilidad, los últimos hablantes del tapetiko. ¿Entienden lo que les digo?” Escucharon la risa franca del hijo, proveniente del recibidor. “Se trata de un error.” Dijo, y regresó a la sala dejando la puerta abierta. La madre permanecía en la silla, aquejada por sus diversos tics nerviosos. “Mi madre y yo no hablamos ninguna lengua indígena. Siento que se hayan equivocado.” El camarógrafo retrató un primer plano del rostro desencajado de Pilniak. Le pesaba considerar la posibilidad de que su registro estuviera errado. Por un instante, todo parecía un gran despropósito. No habría reportaje, ni paga extra, ni premio remunerado en el Journalism Award del próximo año. Parecía imposible que alguien tuviera dudas sobre su lengua materna, pero aún así, mal perdedor, Pilniak quiso asegurarse. “¿Están ustedes seguros de lo que dicen?”. Recibió por respuesta una nueva carcajada del muchacho y la mano firme y huesuda de la señora Icaza posada en su hombro. “Mi hijo no sabe tapetiko. Cuando me embaracé, mi marido y yo decidimos dejar de hablarlo.” El pulgar del camarógrafo comenzó a moverse frenético sobre el pulsador. La tenue iluminación de la estancia acusaba los efectos del flash y los personajes parecían inmersos en una tormenta. El rostro del muchacho era especialmente cómico; además, balbuceaba. A Pilniak le recordó a un humorista famoso que se empotraba contra puertas de cristal en todos sus sketches. “Madre, ¿qué has dicho?” La mujer, con un gesto autoritario, mandó callar al hijo. “No nos pongamos dramáticos.” Ordenó. Ya todos habían vuelto a la mesa y por primera vez, la mujer prestaba cierta atención a las tablas y estadísticas que Pilniak le había ofrecido. También comenzaba a posar con naturalidad fabricada para los retratos del camarógrafo, como si una vez aceptado el fraude, ya no sintiera culpa de participar en la consiguiente farándula. “¿Pero por qué me ocultaste algo semejante?” insistió el hijo. “Ningún bien te hubiera hecho saberlo.” “¿Papá también lo hablaba?” “Sí, y estuvo de acuerdo conmigo en que no te serviría de nada aprender una lengua muerta. Mejor enseñarte el inglés.” “Mis abuelos no hablaban inglés.” “Pero quizás lo hablen tus hijos. Hay que ser prácticos, Manuel. Se hubieran reído de ti en la escuela por hablar un idioma de pueblerinos.” Pilniak escuchaba extasiado la conversación, tomando frecuentemente notas en su agenda Moleskine. Al camarógrafo siempre le había parecido una pedantería el cuaderno con pretensiones que utilizaba su jefe y lo retrató en una mueca desafortunada, con la lengua fuera y el brazo izquierdo escondido bajo la mesa. Al día siguiente, de vuelta en la oficina, envió un mail cadena con esta imagen en la que Pilniak parecía estar masturbándose frente a su agenda literaria.

Mientras tanto, madre e hijo seguían discutiendo sobre la herencia lingüística y habían olvidado cerrar la puerta de la casa por lo que el viento entraba en ráfagas muy fuertes y despeinaba al hijo, a Pilniak y al camarógrafo, aunque no alteraba en lo más mínimo el recogido de la señora Icaza.  El lingüista y espeleólogo argentino se entrometía en la discusión familiar que había originado para recabar datos. “De manera que lleva 25 años sin hacer uso del tapetiko, ¿no es así?”. La retahíla del hijo era incansable y no respetaba los incisos. Mientras la mujer contestaba “Lo hablé con mi hermana, aunque a escondidas. Pero murió hace cinco años”, el hijo reclamaba a gritos: “¡Me enseñarás! ¡Me enseñarás a hablar esa lengua de nacos! ¿Entendiste?” y el camarógrafo, preocupado por el inminente atardecer, los invitaba a trasladar su disputa a los jardines, para proseguir con el reportaje fotográfico.

La puesta de sol se concentraba sobre los lagos y era un de rosa intenso. Madre e hijo, este último con lágrimas en los ojos, posaron de espaldas a los Llanos de Apan, rodeados por inmensos nopales con sus tunas, magueyes infestados de gusanos rojos exquisitos – 100 pesos la docena - perros del páramo y la inminente lluvia, amenazando con nubarrones densos en lo alto de los volcanes, a kilómetros de distancia. El camarógrafo se sintió muy satisfecho con el resultado. La señora Icaza le preguntó cuándo se publicaría el reportaje. Aún no estaban seguros; primero debía pasar el filtro de sus editores. Comenzaba a hacerse tarde pero ni la madre ni el hijo querían dejar marchar a los desconocidos que habían desencadenado aquello. Temían quedarse solos en la noche y sacaron una botella de tequila para celebrar, como si fueran personajes de Fenimore Cooper, la plenitud de la última tapetika. Con el segundo trago, el camarógrafo se presentó como Jacinto Segura, y al asignársele un nombre, pasó a formar parte activa de la reunión, como un personaje completo. El hijo, gracias a la bebida había pasado en breves instantes del llanto a la euforia y pedía que su madre le enseñara a pronunciar las frases más básicas de su recién descubierto idioma histórico. “Tiene usted, señora Icaza, una ardua tarea”, observó el recién presentado camarógrafo. “El chico parece dispuesto a aprender.” La mujer negó con la cabeza y empinó de nuevo la botella. “No podría enseñarle; no sé escribir el tapetiko.” “Podría presentarle a un fonetista. Le enseñaría a transcribir sonidos.”Intervino Pilniak. La mujer dejó de escucharlos. Todos aquellos planes le abrumaban por lo inútil que consideraba la empresa. ¿Acaso cambiaría algo que su hijo hablara tapetiko tras su muerte? ¿Qué sus nietos lo hablaran? ¿Qué en siete generaciones se recuperase el centenar de hablantes de las últimas décadas?

Aquel gato que oscilaba entre lo callejero y lo doméstico saltó sobre su regazo y comenzó a ronronear. Los hombres habían iniciado una conversación animada sobre el futuro de las comunidades indígenas dentro del NAFTA. La señora Icaza recordó una canción popular que su madre le cantaba en las mañanas, cuando salían a recoger nopalitos de los cerros contiguos a la casa y comenzó a entonarla. Primero fue apenas un silbido, luego le incorporó la letra y los tres hombres callaron ante el código indescifrable, la voz grave de la señora y el silencio de la noche en los llanos. Cuando le pidieron que tradujera la canción, se vio incapaz de encontrar las correspondencias adecuadas, como si el mundo que evocaba esa letra estuviera demasiado alejado del presente. “No se puede traducir”, dijo y Pilniak, intérprete aficionado, se sintió un poco herido en su fuero interno. Dejaron que la mujer siguiera cantando y pronto se adormilaron en sus butacas, por los efectos somníferos del tequila y el aburrimiento comprensible que produce escuchar palabras en una lengua que no desciframos.

A la mañana siguiente dejaron los Llanos de Apan y pocos días después tomaron su vuelo de regreso a Uruguay. Pilniak firmó el reportaje que tuvo una gran acogida entre el público, ya que en él arremetía contra las políticas lingüísticas y afirmaba que la desaparición de estas lenguas minoritarias era un proceso inevitable. Un discurso similar al sostenido por los estadounidenses en el siglo XIX, quienes lamentaban el exterminio de los nativos con una nostalgia confortable, por lo irremediable del suceso.

Poco tiempo después emprendió un nuevo viaje a las montañas peruanas. Los últimos cinco hablantes del putsil eran familiares profundamente enemistados. Llevaban más de una década sin dirigirse la palabra. Cuando Pilniak trató de reunirlos fue ahuyentado a pedradas.

Los textos inconclusos



 


Hace años visité a una bruja. Leía las cartas en una antigua lonja del puerto que olía intensamente a pescado. Doña Karmele – así se llamaba y tenía un fuerte acento bermeano – intentaba ahuyentarlo prendiendo numerosas velas aromáticas e inciensos, pero el tufo persistía. Ella lo achacaba a fenómenos del más allá, que el olor original de aquel local siempre regresara, como las caras de Belmez, resistentes a cualquier producto de limpieza. Hablamos de los fantasmas, de por qué habían inundado mi vida y de otros asuntos que no había planeado contarle pero que al final salieron a relucir con naturalidad, porque aquella mujer poco sabía del futuro pero tenía un ojo clínico para detectar los rasgos de la personalidad de uno, y también un trato acogedor, hogareño, como esas antiguas matronas de los pueblos. Le expliqué mi vida adoptando el tono de una breve reseña bibliográfica. Después, acongojado, le confesé el pánico que me inspiran las reseñas bibliográficas: la terrorífica idea de que algún día, tras mi muerte, un académico rabioso reduzca a una cuartilla de prosa neutra los hechos más relevantes de mi irrelevante existencia. Le conté esta y otras cosas a Doña Karmele, aunque sobre todo hablamos de fantasmas.

-                                                   Son almas que se resisten a morir.

Dijo ella.

-                                                   ¿Acaso las hay que se rinden fácil­?

Pregunté yo.

-                                                   Por supuesto. La mayoría.

Dijo ella. Nos quedamos pensativos. Quise memorizar la configuración de los objetos en la sala, la extraña atmósfera fruto de la mezcla de elementos rituales en aquel vertedero industrial, las paredes desnudas, el óxido y unos viejos baúles de caoba llenos de retales. Así lo escribí, más adelante.

-                                                   ¿Y qué me recomienda para ahuyentarlos­?

-                                                   No creo que se vayan. Aquí en el norte son muy tozudos, ¿sabe­?

Me reí con franqueza ante aquella observación. Me hubiese gustado sacar mi cuaderno de notas y apuntarla, pero me pareció grosero.

-                                                   Si me dice que no reconoce en ellos a ningún familiar, lo que debe hacer es ignorarlos. No le van a hacer daño.

Su respuesta, de puro racional me pareció insólita. Esperaba alguna receta de brebajes mágicos, o reuniones espiritistas para ahuyentar la energía negativa. Pero no fue así. Resultaba obvio que la vidente era escéptica como nadie con todo aquel mundo de fantasmas y apariciones. Debió pensar que mi relato se debía a algún tipo de achaque nervioso y me orientó para que hiciera lo más sensato, ignorar los problemas que yo mismo fabulaba. Era todo un ejemplo de psicología utilitarista aquella anciana. 

Ya en el tren de regreso comencé a escribir un relato que se inspiraba en Doña Karmele y la lonja de pescado que tras la muerte de su marido había reconvertido en gabinete parapsicológico. El cuento se iniciaba con mi visita de aquella tarde y a continuación sabíamos por medio de un narrador omnisciente que el marido de Doña Karmele había muerto en la mar y días después, durante una sesión, este marido pescador muerto se le aparecía a la escéptica vidente y ella fingía no verlo, como tantas veces había recomendado a sus clientes que hicieran, pero la visión persistía y además acarreaba un insoportable aroma a pescado rancio que atraía inspectores de sanidad y clausuraban la lonja y Doña Karmele, insolvente, moría de frío en el puerto de Bermeo y su alma, por su puesto, se negaba a entrar gentilmente en ese cómodo más allá, como en un verso de Dylan Thomas y vagaba eternamente por las lonjas del puerto, atormentando a los sardineros. Pobre mujer, no entiendo por qué la traté con esta desconsideración en mi relato, con lo entrañable que era; supongo que es un recurso de malos escritores, dejar morir al personaje cuando ya no se sabe qué hacer con él.

Aunque mal escritor he sido siempre, durante aquella época andaba también muy falto de imaginación por lo que propiciaba anécdotas grotescas como aquella de la vidente bermeana y luego escribía sobre ellas. Visité psicólogos y médicos con afecciones inventadas, me colé en un parque de bomberos, puse una denuncia falsa en la policía y accedí a salir por la tele en uno de esos reality shows donde la gente cuenta detalles escabrosos de su vida. Pretendía reunir todas aquellas experiencias en un libro de relatos que sería un gran éxito, la mezcla entre vida y literatura llevada a escena y luego reportada por su protagonista quien, a su vez, al relatar los hechos, volvería a incorporar elementos fabulosos.

Supongo que fue la experiencia exagerada del plató de televisión la que puso fin a esta fase de mi vida. No perderé demasiado tiempo en explicar lo ocurrido porque cualquiera puede encontrar el video en Youtube. Sólo diré que la representación fue excesiva. Me había inventado un personaje torpe y apocado que debía  lamentar su mala suerte con las mujeres. Sentado en el plató de sillones amarillos comencé a hablar. Dije que siempre estuve gafado, que en el instituto se extendió el rumor de que era homosexual y sólo conseguía que los hombres me miraran. Que no tuve una novia hasta los 25 años y me abandonó por mi hermana. Que no sabía que ninguna de las dos fuera tortillera.

La presentadora me asediaba con preguntas impertinentes y morbosas y como ya he dicho antes, andaba falto de imaginación. Pronto tuve que recurrir a la autobiografía para no quedarme en blanco, para resucitar al personaje inventado que poco a poco fue pareciéndose mucho a mí. Sin darme cuenta, acabé hablando de mi única ex - novia, desahogándome con la presentadora cuyas ansias de humillación no tenían límite. “No nos habías hablado de ella. ¿Qué ocurrió, José­? Compártelo con nosotros. Qué nombre tenía.” “Ginebra”, dije,”Ginebra”.

Podía haber mentido aunque sólo hubiera sido en el nombre, pero no lo hice. Acabé llorando emotivamente en el plató, por la mañana en que aparecí en casa de ella con una bandeja de magdalenas y abrió la puerta aquel tipo, un nazi, pelo rapado y cara de gorila de discoteca. Cuando ya había expulsado todas mis miserias, presentaron a un nuevo invitado, me sacaron de cámara y me quedé llorando en el sofá de tapicería amarilla. Lloré tanto que un técnico vino a quitarme el equipo de micro por miedo a que lo ahogara.

Pasé algunos meses encerrado en casa, por miedo a que algún telespectador viandante me reconociera, y aproveché esta reclusión para juntar mis notas, corregir relatos que ya tenía escritos e inventar un hilo conductor que diera unidad a la colección. Nada más terminar el libro me sentí orgulloso del resultado y lo envié a diversas editoriales que nunca me contestaron. Mi orgullo fue disminuyendo con el tiempo. La última vez que releí esta obra sentí profundos deseos de que estuviera en formato físico, de ser uno de esos escritores chapados a la antigua que aún escriben a pluma para poder destruirla con mis manos, rasgando uno a uno cada folio. Sin embargo, todo cuanto tengo es un archivo de Word y en aquel momento me pareció que mandar un documento virtual, mediante clic, a la papelera de reciclaje, no saciaría mis instintos autodestructivos. Por eso aún conservo mi primer libro de relatos, titulado Las aventuras fingidas, del que puntualmente extraigo algún fragmento pasable para probar suerte en los concursos regionales. Aún no he ganado ninguno.

Tardé casi un año en superar la fobia social que originó mi aventura televisiva. Cuando recobré la calma decidí que la mejor manera de conservarla era dejar de escribir por un tiempo. Hice mis pinitos en el mundo de las artes plásticas con una serie de gatos disecados cuyo pelaje chorreaba pintura de colores llamativos. La muestra generó repulsa y me sentí importante por un tiempo. Mi nombre comenzó a generar entradas en Google. Mucha gente escribía con gran indignación en foros de Internet, dudando que algo tan espeluznante pudiera ser considerado “arte”. Porque el arte ha de ser bello, agradable, inspirador, constructivo. Ya saben.

Compuse un breve ensayo riéndome de estos ingenuos críticos del canon trasnochado y fue mi primer texto en publicarse a escala nacional, en una revista de arte y más tarde en una antología de apreciaciones sobre la estética contemporánea. Este pequeño triunfo editorial me hizo olvidar mis antiguas rencillas con la literatura y regresé al recogimiento de mi desordenada oficina de escritor. Desde aquel cubículo apestoso en la zona alta de General Concha vendía tarjetas de teléfono al por mayor, abasteciendo diferentes locutorios de la zona.

Era un trabajo ridículo, en un espacio ridículo, atestado de cajas sin desembalar, envoltorios de plástico por el suelo y una moqueta antiquísima que absorbía como una esponja la suciedad. Me gustaba imaginarme Bukowski en uno de sus empleos asépticos antes de saltar al estrellato.

Escribí con bastante entusiasmo entre tarjetas telefónicas, antes de caer enfermo. Fue por culpa del aire acondicionado, en el brote de meningitis del 2005. Coincidimos varios vecinos en el hospital y dije que no me sorprendía, que el aparato llevaba todo el verano emitiendo ruidos satánicos, era igualmente imposible pensar con el calor ambiente que con el aire acondicionado puesto. No me extrañaba que la infección bacteriana hubiera elegido nuestro bloque. No después de que el sistema emitiera aquellos gargajos premonitorios. No señor.

Era la primera vez que enfermaba de algo que no fuera gripe. No di importancia a los síntomas iniciales: dolor de cabeza, rigidez en la nuca e intolerancia a la luz son afecciones comunes tras una jornada de ansiedad literaria frente al monitor del ordenador. Por ello, cuando el médico me comunicó que mi situación era crítica por haber retrasado el tratamiento, no pude sino culpar al oficio.

La noche en la que creí ver destellos que emanaban del contenedor de vidrios ya estaba contagiado, las finas membranas que rodean mi cerebro estaban seriamente inflamadas, pero yo no estaba enterado y sólo recuerdo que experimenté una epifanía como aquella que asaltó a Emerson en el Jardin des Fleurs de París, aquella que cambió su percepción del mundo y marcó su obra literaria.

Como en un cuento de Felisberto Hernández sentí que brotaba luz de mis ojos y pensé que aquello significaba que durante unos breves instantes se me había otorgado el don de la clarividencia. Extraje las notas sobre mi incipiente novela y creí ver más allá con mis pupilas linterna. Anoté unas impresiones esclarecedoras que a la mañana siguiente eran poco más que frases sin sentido en la peor de las caligrafías. Sin embargo, durante la locura de aquella enfermedad, se me grabó la idea de que estaba destinado para la grandeza, que mi nueva novela lo estaba; me lo había comunicado Ralph Waldo Emerson en una aparición frente a los contenedores de mi barrio. Esta y otras incongruencias pretenciosas las exclamé a voz en grito frente a médicos y pacientes en el Hospital de Cruces, ala de vigilancia intensiva.

No recuerdo cómo llegué a Urgencias. Creo que tomé un taxi, pero no guardo una imagen nítida sobre el trayecto. Aquella noche en la que creí ver destellos que emanaban del contenedor de vidrios, me acosté pletórico y febril, profundamente agotado y desperté veinte horas después. Mi cuello ya no estaba rígido sino completamente paralizado, no podía mover la barbilla ni para masticar. En cuanto al dolor de cabeza, aún me parece inexplicable que los mecanismos corporales me mantuvieran consciente mientras sentía que me atravesaban el cráneo agujas de tejer. Supe que me estaba muriendo, no podía ser de otra manera.

Ya en el hospital, chillé como un cerdo con la punción lumbar y el miedo a un nuevo pinchazo me mantuvo calladito. No fue hasta que me hubieron ingresado en la UCI que hice públicos mis desvaríos. Hacía unos minutos me había visitado el doctor de planta para informarme de que estaba contagiado de meningitis. Pidió que le facilitara los datos de todos aquellos con los que había estado en contacto directo y aquello me deprimió porque tuve que jurarle que no había mantenido ninguna clase de relación social durante los últimos dos meses. Exceptuaba a mis escasos clientes porque éstos, debido al desorden de la oficina, ni siquiera se acercaban a mi mesa de trabajo. Después de confesarle al doctor que vivía como una tortuga, como un gato callejero, decidí fingirme trastornado. Ahora recuerdo que fue una decisión voluntaria, aunque los médicos digan que estaba bajo los efectos de la enfermedad. Quise que todo el mundo pensara que era escritor, un genio loco y que por eso mi vida era un fracaso. A los genios se les perdona cualquier cosa. Por eso comencé a invocar a gritos mi epifanía iluminadora, a la vez que reivindicaba la escasa y menor obra de Ralph Waldo Emerson cuya aparición frente a unos contenedores del barrio me había señalado el camino.

Reconozco haber exagerado mi malestar psicológico, pero el miedo a la muerte me tenía muy asustado y fantasioso. Como sentía que no había nadie a quien lamentara especialmente dejar en este mundo, mis ramalazos de autocompasión se centraban en mi pobre novela inacabada. Ahora que nunca dejaría de ser un puñado de notas y fragmentos, se me antojaba maravillosa, una verdadera promesa de genialidad que la muerte venía a arrebatarme. En aquellas largas horas de soledad – el suero goteando sobre mi brazo, la televisión por monedas, los efectos nebulosos de la morfina – recuerdo haber reconstruido mi muerte de tantas y tan disparatadas maneras como una mente febril y fantasiosa como la mía fue capaz de evocar.

Cuando llevaba una semana ingresado, recordé mi visita al consultorio de la bruja doña Karmele, pensé de nuevo en los fantasmas. Imaginé mi caída en un purgatorio elitista para escritores de obra inconclusa. Fue una visión terrible y genial. Kafka recorría un gran pasillo de hospital, ligeramente en cuesta, y recitaba los últimos párrafos de El Castillo, cambiando alternativamente de la primera a la tercera persona, atascado en su última frase, como un disco rayado. En una taberna londinense estaba Geoffrey Chaucer, el medievo inglés en carne y hueso, sentado a la mesa, rodeado por un nutrido grupo de peregrinos. Los contaba, uno a uno, sin cesar y siempre acababa vociferando: ¡Eran 120 cuentos, no 15!

Chaucer apenas recibía descanso en esta obsesiva tarea de pasar lista a sus peregrinos; cuando lo hacía – en contadas ocasiones porque el infierno y el purgatorio se caracterizan por este carácter reiterativo - charlaba con Guillaume de Lorris sobre la continuación post-mortem que el misógino de Jean de Meung había realizado sobre su texto Le Roman de la Rose y siempre acababan alterados, muy ebrios y amenazando con degollar a de Meung.

El instante más emotivo de mi alucinación tuvo lugar cuando me di de bruces, en mi paseo por el purgatorio de las obras póstumas, con Roberto Bolaño, envuelto en una densa nube de humo, en plena corrección del manuscrito 2666. “No fumes, amigo”, le dije. Él se encogió de hombros. Me preguntó cómo le había ido a su colosal obra. Le confesé que, finalmente, la habían publicado en un único volumen. Le pareció una apuesta arriesgada por parte de sus editores. “Ya nadie lee novelas tan largas, no soy Tolstoi ni Dostoievsky”. Tuve el atrevimiento de decirle que se equivocaba, que todas las previsiones sobre la fragmentación para del siglo XXI habían fallado. “El lector mayoritario, el lector de entre paradas de metro, desea historias interminables como telenovelas mexicanas.” Le dije y creo que no le gustó mi comentario. Se despidió recomendando que leyera a Carver y a Marcel Schwob. Luego me dio la espalda y siguió tecleando a un ritmo frenético, con el cigarrillo suspendido contra el abismo, pegado a su labio inferior. A Schwob aún no lo he leído.

Durante diez días me sentí cadáver y lamenté dejar la vida, por mi novela, tan inacabada. Apenas una veintena de papeles desorganizados iban a ser mi huella en este mundo. Y cuando ya me había resignado completamente a dejar de existir, justo en el instante en el que me volví indolente, comencé a mejorar. Lo dijeron los médicos: “Está usted mejorando, fuera de peligro”. Paulatinamente me retiraron los calmantes y perdí el valor que me habían conferido, dejé de gritar como un vagabundo visionario en la planta de vigilancia intensiva.

Sobreviví al brote de meningitis del año 2005 y regresé a mi oficina de escritor-vendedor de tarjetas telefónicas; me reencontré con mis textos inconclusos. Aún era verano y el aire acondicionado seguía clausurado. Sudaba como un cerdo sobre el teclado del ordenador. Pese a todo, los primeros meses escribí con entusiasmo, lleno de fe en mis visiones esclarecedoras. Si bien no recordaba ninguna de las brillantes innovaciones que en mi estado febril había soñado introducir en la novela, estaba convencido de que permanecían vivas en algún rincón de mi subconsciente. Escribía con una decisión temeraria, sin pararme a corregir. Los folios se acumulaban en kilobytes de memoria. Creía estar inspirado, en el sentido más ancestral de la palabra, poseído por un hálito creador, tocado por el diablo.

Finalicé mi novela de más de seiscientas páginas en la primavera del año siguiente.  Me tomé un mes de vacaciones para distanciarme del texto y poder analizarlo con objetividad. Alquilé un bungalow en la costa gallega. Ocupaba mi tiempo dando paseos interminables por la playa. En alguno de estos recorridos comprendí que la novela inédita que me esperaba de vuelta en Bilbao era poco más que mierda. Un delirio presuntuoso. La reseña bibliográfica de un hombre sin méritos – y aterrado por las reseñas bibliográficas- alargada hasta la saciedad, como una digestión pesada.

El descubrimiento me sacudió con un nuevo brote de enfermedad. En esta ocasión me había intoxicado comiendo ostras de las rías gallegas. De nuevo en el hospital, sumido en una depresión de tintes autodestructivos, deseé con determinación haber muerto de meningitis meses atrás, haber muerto con mi novela inacabada, compartir eternidad con Kafka, Chaucer y Bolaño en una condena mucho más insigne que mi vida real. Lo deseé de veras, entre vómitos incontrolables vertidos en una palangana de hospital.

Sobreviví de nuevo. No he vuelto a comer ostras ni a escribir literatura. Me limité y me limito a vender tarjetas telefónicas a los inmigrantes que regentan locutorios en los barrios periféricos de la ciudad. Hay ocasiones en las que hecho en falta esa ansiedad intensa, incendiaria, que experimentaba cuando escribía y me hacía sentir un experto deportista de riesgo. Como soy incapaz de inmolarme, decido no escribir, y por primera vez, he tomado una resolución, sin necesidad de epifanías ni consejos literarios de ultratumba. Supongo que me acostumbraré de nuevo a estar medianamente muerto, como ya hice en el hospital durante el verano de 2005.

Los inmigrantes llegan sin descanso al barrio. El negocio es boyante.

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