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Moya Bascuñana, Manuel Ramón (Ramón Bascuñana)

Aldo Nove



ALDO NOVE

Me llamo Iván, veintiocho años, sagitario y me gusta Aldo Nove. Cuando digo que me gusta Aldo Nove quiero decir que me gustan las historias que escribe Aldo Nove. Yo no leo mucho. En realidad, en la práctica, sólo he leído las historias que ha escrito Aldo Nove. Siempre que he intentado leer otro tipo de historias he fracasado estrepitosamente. Se me atragantan en el cerebro, que es donde se atragantan las historias. No sé cómo explicarlo. Empiezo con buena voluntad, con muy buena voluntad, pero enseguida abandono. No me engancho a la historia, no me la creo. No sé.  Una vez probé con un libro de cuentos de Faulkner. Era como subir una montaña con un saco de cien kilos de carbón a cuestas. En general casi todas las narraciones que caen en mis manos me aburren. Las de Aldo Nove, no. Antes de leer a Aldo Nove, sólo leí una historia que me haya gustado tanto como las suyas. La historia se titulaba: La familia de Pascual Duarte. Aprendí a leer con l-a-f-a-m-i-l-i-a-d-e-p-a-s-c-u-a-l-d-u-a-r-t-e. Me enseñó mi hermano. Mi hermano sí que es un gran lector, un lector cojonudo. Un lector de novelas largas. Algunas de más de doscientas cincuenta páginas. Tengo que agradecerle que me enseñara a leer. Sin él no podría disfrutar de las historias de Aldo Nove. Que no me gusten las historias largas no quiere decir que no disfrute con las cortas. Me gusta Aldo Nove porque sus historias se pueden leer en un suspiro y porque tienen mucho sentido del humor. Lo del sentido del humor es fundamental. Antes Vivía con mi madre y mi madre no tenía mucho sentido del humor. Yo diría que no tenía ningún sentido del humor. Ni pizca.  El sentido del humor es importante para sobrevivir en los tiempos que corren. Por eso me atrae Aldo Nove. En realidad, sólo he leído un libro de cuentos de Aldo Nove. Se titula Superwoobinda y es súper divertido. Un desmadre. El libro era de mi hermano, pero cuando se marchó a vivir con su novia, después de hacerle un bombo, me lo regaló junto a su colección de discos de los Modern Talking y los Duran Duran. Dos grupos que no soporto, pero que por respeto a mi hermano no he tirado al contenedor de la esquina. Lo que nunca me entrará en la cabeza es cómo mi hermano con lo listo que es y la cantidad de libros que ha leído, muchos de ellos de más de doscientas cincuenta páginas, cayó en la trampa de hacerle un bombo a su novia. Mi hermano es libra, tiene cuarenta años, tres hijos y está separado. Su mujer le abandonó para irse a vivir con un actor porno de películas caseras. Éste es el tipo de cosas divertidas que ocurren en los cuentos  breves de Aldo Nove, pero a mi hermano le ocurrió de verdad. Se quedó tocado, hecho polvo. Una putada. En serio. El pensaba que era un gran amante; u-n-r-o-d-o-l-f-o-v-a-l-e-n-t-i-n-o de provincias, pero resulta que su mujer estaba insatisfecha; bastante insatisfecha. Un rato largo insatisfecha. Después del abandono ha sido tanta su frustración que se ha apuntado a un partido político de extrema derecha. Desde que se apuntó al partido político de extrema derecha se ha vuelto un mitinero que no hay dios que lo soporte. Dice que hay que echar del país a todos los extranjeros; sean rumanos, colombianos, marroquíes o sudamericanos. Incluye a los negros y a los gitanos, aunque algunos de ellos hayan nacido en el país. Dice que eso no es una circunstancia atenuante; que no se merecen la nacionalidad. También opina que son mala gente; unos tarados y unos ladrones, unos violadores en potencia y unos degenerados a los que habría que abrirles la cabeza con un bate de béisbol. O a pedradas. Sólo para comprobar si tienen materia gris dentro. Con las fulanas extranjeras es más comprensivo, tampoco es cuestión de convertir el país en un páramo. Según mi hermano, podrían quedarse un temporada, ya que ellas no han venido de turismo sino que han venido al país a ganarse la vida de la única manera que saben, con el sudor de sus cuerpos.  Si por él fuera convertiría el país en su finca privada y dedicaría su tiempo libre al tiro al blanco. O mejor al tiro al negro. Le entusiasma hacer este tipo de bromas. Cree que tienen gracia. Ése es mi hermano. Un impresentable, un machista, un homófobo, un xenófobo, pero tengo que agradecerle que me enseñase a leer y que me regalase Superwoobinda de Aldo Nove, cuando se marchó de casa para vivir con su novia a la que había dejado preñada. Fue hace por lo menos diez años. Una eternidad.  Entonces mi padre aún vivía y no tenía tantos problemas con mamá. Cuando murió mi padre, mi madre comenzó a atarme a la cama para que no me escapase por la noche. Si mi padre hubiera vivido, a mi madre ni se le hubiera pasado por su cabeza hueca lo de atarme a la cama. Mi padre se lo hubiera impedido. Bueno era mi padre. Un cabrón de cuidado, pero que nadie le tocase a sus hijos. Aunque uno fuese un machista xenófobo y el otro no tuviera dos dedos de frente, como él acostumbraba a decir. El que no tiene dos dedos de frente soy yo, claro. Por eso mi madre me ataba a la cama desde que faltó mi padre. Por eso y porque tenía miedo. Miedo a que le hiciese daño a alguien; fuera quién fuese. Me ataba a la cama y me decía: qué cruz me ha dado el señor. Qué cruz.  Lo decía y lo repetía con mucho énfasis como si con una vez que lo dijese no fuese suficiente para comprender la magnitud del problema. Incluso alguien como yo, que no tiene dos dedos de frente, era capaz de comprender la magnitud del problema. Cuando mi madre empezó a atarme a la cama yo todavía no había leído a Aldo Nove y no sabía que había más gente como yo: gente rara, tarados y así. Por ejemplo; Eduardo, dieciocho años, Aries, aficionado a guardar la mierda – con perdón, pero no hay otra manera de decirlo- en los cajones de su mesita de noche. Un  tipo raro, pero de los de verdad. No como yo. Yo tengo pequeña manías. Pequeñas manías poco peligrosas. Me gusta arrancarme los cabellos de uno en uno y luego me los como uno a uno, también. Lo de arrancarme y comerme los  cabellos me tranquiliza cuando me pongo nervioso. A veces, lo de comerme los cabellos, cuando abuso, me produce ardor de estómago. Es infantil, inquietante, e incluso asqueroso, pero no le hago daño a nadie. También me gusta llevar los zapatos cambiados: el izquierdo en el pie derecho y el derecho en el pie izquierdo. La gente piensa que es incómodo, pero no lo es en absoluto. Nada.  La gente que me ve con los zapatos cambiados se me queda mirando como si fuese tonto de remate o  un monstruo de feria. La mujer barbuda o algo similar. Cuando íbamos a  la consulta del médico, mi madre me exhibía como si fuese un animal extravagante: un gato de dos colas o un perro con dos cabezas. Me utilizaba para darse importancia y para hacerse la víctima. A cualquier desconocido o desconocida, le contaba que para ella era una cruz y que no sabía qué sería de mí si a ella le ocurriese algo y que el estado debería ayudarla a mi manutención y empleaba la palabra manutención como si realmente supiera lo que significa la palabra manutención. No se cansaba nunca de largar todos mis defectos, que son innumerables y de quejarse y de pedir ayuda, porque ella era una pobre viuda desamparada y yo era una cruz, una pesada carga. Yo nunca me he visto como una pesada carga, porque mi madre siempre me trató  como si fuese un cero a la izquierda o un trapo sucio. Y ni los trapos sucios ni los ceros a la izquierda son una pesada carga. Yo procuraba no molestar, o molestar lo menos posible. Me sentaba en un rincón con las piernas cruzadas y leía algunos de los cuentos de Superwoobinda. Lo que más me gusta - ya sé que uso mucho el verbo gustar, pero es que es un verbo que me gusta- de los cuentos de Aldo Nove son los detalles. Como por ejemplo que María, la protagonista de Nosotros diga que no le gusta vivir donde vive porque las paredes del edificio parecen hechas de papel higiénico de otros tiempos. Es una buena frase; una frase estupenda, ingeniosa. ¿Le daría lo mismo a María vivir en un edificio donde las paredes estuviesen hechas de papel higiénico reciente? A veces, mientras leías, pensaba en cosas así. La gente, cuando lee, pensará las  mismas cosas que yo.  Lo cierto es que las ideas de Aldo Nove, desde mi modesto punto de vista de tarado que no tiene ni dos dedos de frente, son geniales. De una genialidad bárbara. Hay un cuento que empieza: Es bonito comprar libros. Una casa sin libros es muy triste. Yo tengo setenta y cinco. Sólo enciclopedias, eso sí, porque los otros se desordenan. Yo no tuve el problema del protagonista de ese cuento, porque yo sólo he tenido un libro en toda mi vida. El libro de cuentos de Aldo Nove. La familia de Pascual Duarte se la llevo mi hermano cuando se marchó de casa para irse a vivir con su novia embarazada. Se llevó la novela no porque la considerará estupenda sino porque estaba firmada por el autor y esperaba sacarle en un futuro algo de pasta porque como dijo cuando le pedí que me la regalase: no todos los días se encuentra uno con una novela firmada por un premio Nobel. Yo lo del premio Nobel no sabía lo que era, pero entendí que se la quedó  no porque tuviera un valor sentimental sino porque podría tener un valor económico. Desde entonces sé que los seres humanos en general se mueven por impulsos, principalmente pecuniarios; que es una palabra que he buscado en el diccionario porque cuando la escuché no sabía lo que significaba.  Pues eso, que mi hermano sólo piensa en el dinero, como mi madre. Se nota que son familia: madre e hijo. Mi hermano desde que se separó sólo piensa en el dinero de la pensión que le tiene que pasar a su ex mujer para la manutención de los niños. Mi madre sólo pensaba en el dinero que se gastaba en alimentarme. Pensaba que el Estado o el Ayuntamiento a través de los servicios sociales debería hacerse cargo de mi manutención. Era como si el Estado o el Ayuntamiento fuesen su difunto marido. Mi madre opinaba que yo era una lima y que con la pensión de viudedad no podía llegar a fin de mes. Y que la culpa era mía, porque parecía como si yo tuviera una solitaria en el estómago.  Cuando me soltaba todo ese rollo me ponía triste, muy triste, porque en el fondo soy un sentimental, y me encerraba en mi cuarto a leer alguna historia de Aldo Nove. Leía, por ejemplo: Un fuerte aumento de la actividad sexual entre la gente o el sol del porvenir. Una historia extraña y singular que tiene algún punto de conexión con la historia de nuestra familia. El comienzo es realmente fabuloso: La otra noche estaba haciendo el amor con mi hija Azzura (14 años, Tauro, una joya de niña, con unas tetas que parece Anna Falchi) cuando justo en el momento del bendito orgasmo…hay que reconocer que es un buen comienzo, un comienzo realmente fantástico, fabuloso. Uno de esos comienzos que enganchan y te arrastran al corazón de la historia. No soy crítico literario ni nada por el estilo, ya saben, sólo tengo dos dedos de frente como mucho, pero soy de la opinión que los finales de los cuentos de Aldo Nove no están a la altura de sus brillantes comienzos. Claro que, yo tampoco puedo opinar demasiado, ya que únicamente he leído y releído los cuentos del autor italiano. Cuando he intentado leer la obra de otros autores, a la tercera página me daba por vencido. Me consta que en la escuela le dijeron a mi madre que yo tenía un déficit de atención. Por ese motivo me colocaban siempre solo y en la última mesa de la clase. Por esa razón el profesor nunca me preguntaba. Yo no entendía nada porque nadie intentaba explicarme nada. No aprendí nada porque nadie se molestó en enseñarme nada. Sólo mi hermano que me enseñó a leer y a escribir para que pudiese defenderme en la vida. Ocurre que a veces me pregunto de quién tengo que defenderme en la vida. Mi madre decía que era una cruz para ella y  un inútil, que nací así porque nací antes de tiempo. También decía otras cosas. Cosas que dolía, que todavía duelen: que ojalá me hubiese muerto al nacer o hubiese nacido muerto. Que si hubiera sabido cómo iba a ser yo se habría despeñado por un barranco o hubiese malparido. Lo repitía a menudo, especialmente cuando estábamos solos. Cuando había gente delante lo que más le molaba  era dar pena y lástima y decir que yo era una pesada carga para ella, una cruz y que cuando muriese el señor le tendría preparado un lugar a su vera en la gloria por lo mucho que había sufrido por mi culpa, aquí, en la tierra. Si no quería escuchar las tonterías que decía me refugiaba en un armario o me subía al tejado a leer. Algunas tardes me subía al tejado a practicar el amor solitario. Lo del amor solitario no se me ha ocurrido a mí solo sino que lo he sacado de un cuento de Aldo Nove. Aprender la vida en un libro de cuentos es complicado. Es sumamente difícil encontrar respuestas a todas las preguntas que te surgen. Superwoobinda tan sólo tiene 221 paginas y con letras grandes. En ocasiones me siento como Andre Garano, el protagonista del cuento El programa con debate entre el público. En ocasiones me gustaría poder decir como él: mi mente está enferma porque el programa con debate entre el público ha entrado en ella. Hacen combinados con los compuestos químicos que están en mi cerebro. Por eso cuando le pego fuego a la puerta de mi vecina no soy responsable del tremendo incendio que desato.  Por eso no entiendo que cuando le pegué fuego al coche de mi vecino porque estaba mal aparcado delante de un vado, todo el mundo me echase la culpa a mí, cuando la culpa era de mi mente enferma. Nadie quiso escucharme. Intenté leerle el cuento de Aldo Nove al dueño del coche, pero casi me mata a golpes y patadas y puntapiés y más patadas y más golpes y más puntapiés. Estuve tres meses en el hospital. Mi madre rezaba. Estoy seguro de que rezaba para que no saliese de ésa y me muriese de una vez. Supongo que pensaba que era lo mejor para los dos. Especialmente para ella.  Por desgracia, también, para ella, sobreviví.  Desde entonces no me quitaba  ojo de encima. Si antes me ataba a la cama, después, además, me vigila como si fuese un asesino en serie o un peligro público. Si hubiera podido me habría puesto un cartel que dijese que era un peligro para la salud del género humano y que no se acercase nadie a mí. A veces me pasaba días enteros atados a la cama. Me orinaba y me hacía de vientre encima y un hedor insoportable impregnaba el cuarto y entonces pensaba en Eduardo guardando sus deposiciones en los cajones de su mesita de noche y me venían las arcadas y me daban ganas de vomitar y me vomitaba encima y el olor agrio del vómito se superponía al hedor de los orines y de mis propia mierda. Cuando eso ocurría me daba por pensar que mi madre se había olvidado de que existía yo. Lo peor era que no me podía mover y que no podía entretenerme con nada. No podía dedicarme a hacer el amor solitario ni a leer alguno de los cuentos de Aldo Nove que tanto me tranquilizan porque en ellos encuentro gente como yo que lleva una vida normal aunque se acuesten con su hija de catorce años o le peguen fuego a la puerta de la vecina. Leer por ejemplo Bastante bonita, que es el favorito de entre mis favoritos. Su comienzo es estupendo, para flipar: Me llamo Rosalba, tengo 27 años y soy bastante bonita. Debe de ser por eso que siempre tengo una polla en la boca. Desde cuando tenía 15 años los hombres en cuanto me ven se vuelven idiotas y enseguida quieren meterme la polla en la boca. Yo no soy guapo, pero algunos domingos me sentía como Rosalía. Los domingos después de misa mi madre me dejaba al cuidado del padre Martín. El padre Martín era muy simpático y muy amable conmigo. Me solía regalar una moneda del cepillo y me metía la polla en la boca como los hombres idiotas a Rosalía. Luego, cuando acababa me regalaba caramelos. Mamá estaba muy agradecida de que me cuidase y le decía que se tomaba demasiadas molestias conmigo y que no debía regalarme nada porque me estaba malcriando.  Y eso que mi madre no sabía de la misa la mitad. Yo no le he dije nada porque a mí no me molestaba que el padre Martín me metiese la polla en la boca; ya que me hacía sentir amado, aunque el padre Martín me hubiese hecho prometer que no le contaría nada a nadie porque lo que hacíamos era un secreto de confesión, o sea, un secreto inconfesable. Yo sé guardar un secreto, aunque sea inconfesable. Mamá no.  Mi madre hablaba y hablaba y hablaba y me volvía loco, completamente loco. Me aturdía y me ponía nervioso.  Me aturrullaba y no encuentraba donde esconderme mientras ella gritaba que tenía veintiocho años, pero la mentalidad de un niño de cinco años y que hiciese el favor de ponerme los pantalones del derecho, que esa no era manera de llevarlos y  que me colocase los zapatos como es debido y que me tomase la medicación en lugar de arrojarla al retrete porque si no me pondría peor que peor, hecho un loco. Yo ni caso. La dejaba hablar y hablar y hablar, como quien oía llover.  Por supuesto no me tomaba la medicación. Ni hablar. Si me hubiese tomado la medicación no hubiera podido hacer el amor en solitario en el tejado ni  hubiera podido parecerme al violador disfrazado de Diabolik de Cuando gritan soy invencible el cuento de Aldo Nove que mejor refleja lo que me gustaría ser. Sin  embargo, sólo soy Iván, Sagitario, veintiocho años, pero con una mentalidad de cinco, según mi madre; un chico al que el padre Martín le metía la polla en la boca los domingos después de misa mientras su madre decía que iba al cementerio, pero en realidad se reunía con el marido de su mejor amiga para que le metiese la polla en la boca y la hiciese sentirse todavía guapa y deseable y no una viuda triste y amargada que se pasaba el día hablando y hablando y hablando de la cruz que tenía que soportar y de que la pensión no le daba para llegar a final de mes o viendo interminables  programas de televisión como ese dichoso programa de talentos y entrevistas que da título a uno de los cuentos Protagonistas y al que suspiran por acudir Matteo Pirovano y Stefano Aleandro y Christina Cando. Mi madre también suspiraba  por acudir a uno de esos programas de televisión donde una entrevistadora  anoréxica de sonrisa profident e imperturbable  pregunta a los incautos que acuden sobre la vida sexual de su hijo cuarentón  o sobre las inclinaciones lesbianas de su  suegra. Mi madre hubiera estado encantada de la vida de contar con pelos y señales mi caso para que todo el país pudiera compadecerla por los muchos sacrificios que había tenido que realizar  y por la pesada cruz que soportaba sobre sus frágiles hombros. Sí, hubiera estado  encantada de hablar y hablar y hablar, pero yo no le di la oportunidad. No soporto que se aireen mis debilidades y que la gente se compadezca de mí porque me pongo los pantalones al revés y los zapatos cambiados de pie. La maté cortándole la cabeza con una catana que se dejó mi hermano cuando se marchó a vivir con su novia embarazada. Fue fácil. Zas, un golpe y ya está. Se acabó. La cabeza quedó perfectamente separada del tronco. Una obra de arte. El tajo fue limpio, pero la sangre lo puso todo perdido; con lo que a ella le molestaban la suciedad y las manchas. No la maté porque me hubiese dado cuenta de que cada día que pasaba era más y más fea, o porque careciese de sentido del humor, o porque tuviese en las piernas esas venas varicosas y horribles, ni porque me diese asco o usase un gel de baño ridículo, que son algunas de las razones que aduce el protagonista de El gel de baño para asesinar a sus padres en el primer cuento de Superwoobinda. No. La maté para que se callara de una vez, para dejar de ser una pesada carga y una cruz para ella, para que supiese por fin si dios le había reservado un lugar en la gloria a su vera por lo mucho que había sufrido por mi causa y  porque ella nunca comprendió que me gusta leer en silencio. Ahora estoy ingresado en un  sanatorio, aunque ellos lo llaman centro psiquiátrico de recuperación y hay un silencio magnífico para poder leer. Por desgracia no me han dejado traerme el libro de cuentos de Aldo Nove. Dicen que me perturba demasiado. Me da igual. Lo que no saben es que de tanto releerlo,  me sé la mayoría de las historias de memoria; que el libro de cuentos vive dentro de mí, ya para siempre.

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