A lo largo de su vida, Mario había ejecutado tres intentos de suicidio. Tres actos serios y deliberados, como a él le gustaba decir.
La primera vez que intentó suicidarse ocurrió cuando Mario tenía trece años. Esperó a que sus padres se fueran al campo a comer con sus amigos. Durante ese día, disfrutando de la casa sólo para él, se esmeró en realizar aquello que más le gustaba hacer, como jugar al baloncesto en el patio trasero, escuchar música y leer una novela, masturbarse con una revista porno, ver su película favorita mientras se comía una lasaña y bebía mucha Coca-Cola. Tras haber hecho todo lo que le parecía placentero, Mario llenó la bañera con agua muy caliente, se desvistió y se metió dentro. Con un cuchillo bien afilado se cortó las venas en las muñecas de cada brazo. No dejó ninguna nota escrita. Los motivos para querer morir, pensaba Mario, no le interesaban a nadie.
Por suerte, porque Mario en el fondo era un tipo afortunado, ese día se desató una tormenta en el campo y los padres de Mario regresaron antes de lo previsto. Se encontraron a su hijo en la bañera, medio vivo o medio muerto, y lograron así que su primer intento de suicidio, serio y deliberado, resultara fallido.
El segundo, sucedió nada más sacarse el permiso de conducir, a los dieciocho años. Después de que Mario se cortara las venas, sus padres fueron conscientes de que su hijo adolescente sufría graves problemas. Le obligaron a ir dos veces por semana a un psiquiatra, durante cinco años consecutivos, con la finalidad de diagnosticar sus traumas y disuadirle de esas ideas suicidas. Durante esa época, Mario se mostraba como un joven que no se diferencia del resto. En el instituto sacó notas excelentes, tuvo sus primeras relaciones sexuales, varias novias, se inició en el kalimotxo, probó algunas drogas y jugó en un equipo de baloncesto. Pero como iba diciendo, el segundo intento de suicidio fue cuando su padre, por primera vez, dejó que se llevara su coche.
En esta nueva ocasión, Mario se preocupó por aliviar, en todo lo posible, el sufrimiento que pudiera hacerle a sus padres. Cogió el coche y se dirigió al centro de la ciudad para comprar un regalo especial a cada uno. Gastándose todos sus ahorros, Mario le compró a su padre el estuche de puros más caro que encontró, y a su madre un collar que sabía de antemano que le gustaba. Mario guardó los presentes en el maletero, esperando que pudieran recibirlos cuando se enteraran de que había muerto.
Después, Mario condujo a las afueras de la ciudad, hasta lugar en el que había planeado hacerlo: un camino de tierra donde había una recta de un kilómetro. Antes de iniciar la marcha, puso en el casete su canción favorita, “Here is no why”, de un grupo llamado The Smashing Pumpkins, y subió el volumen al máximo posible. Bajó las cuatro ventanas del coche y encendió un cigarro. Mario no fumaba, pero quería probarlo antes de morir. Le dio tres caladas, y tiró el cigarro. Arrancó el coche y cuando metió la quinta marcha, pisó el acelerador hasta el fondo y, según decía Mario, durante una fracción de segundo, con el aire golpeándole en la cara, sin poder casi ni respirar y la música destrozándole los oídos, se sintió más vivo que nunca. Iba a doscientos kilómetros por hora cuando terminó la recta. Nada más salirse del camino de tierra, en un acto reflejo, Mario pisó un poco el freno, pero al instante se estrelló contra un árbol.
Milagrosamente, salió vivo del accidente de coche, aunque no ileso. Mario se rompió las dos piernas y estuvo un mes postrado en la cama, y luego el verano entero acudiendo a rehabilitación. Le explicó a sus padres, quienes recibieron los regalos, que el accidente fue por causa de una imprudencia por su parte. Estaba probando su habilidad como conductor, y eso le llevó a emocionarse y querer alcanzar el límite de velocidad del coche. Las huellas de la frenada fueron la prueba definitiva de que podía ser cierto y sus padres le creyeron. La recuperación física del accidente, apenas le permitía ir una vez a la semana al psiquiatra. De todas formas, como no había progresado demasiado en cinco años, sus padres suspendieron la terapia. Después de innumerables sesiones y diversos tratamientos psicoterapéuticos, el doctor no descubrió si seguía o no interesado en su propósito de suicidarse; ni siquiera alcanzó a saber por qué se cortó las venas. Era algo personal y Mario no tenía pensado decírselo a nadie.
Pasado el verano, Mario ya podía caminar. No igual que antes, pues el accidente le dejó una leve cojera. Mario tuvo la certeza de que morir no iba ser nada fácil y las consecuencias podían ser difíciles de sobrellevar, si no lo lograba. Decidió entonces hacer algo que desde siempre había deseado eludir: suicidarse con una dosis letal de pastillas. Por eso, decía él, cuando acabó el instituto, se metió a estudiar Medicina.
Mario estudió la carrera durante seis años, convirtiéndose en el número uno de su promoción, para satisfacción de sus padres. Durante los primeros años de carrera, se interesó por las sobredosis y descubrió que lo más habitual, cuando se produce una ingesta muy superior a lo normal de medicamentos o drogas, eran dos efectos: el organismo reacciona y lo rechaza enseguida y, en vez de morir, expulsas todo tras pasar los momentos más terribles que puedas imaginar. El segundo efecto sería colapsar el sistema nervioso y experimentar una muerte lenta y dolorosa. Mario prosiguió documentándose en la biblioteca de la facultad, consultando libros especializados. Para su sorpresa, leyó en uno de ellos a un autor que sostenía que existía una fórmula maestra para obtener una dosis que proporcionaría la muerte instantánea, lo más parecido a la muerte súbita, por decirlo de alguna manera. La dosis exacta variaba para cada sujeto, en función de sus condiciones orgánicas, anatómicas y fisiológicas. En base a eso, habría que administrar y combinar unos analgésicos con otros y aplicar más o menos cantidad. Tras este hallazgo, Mario investigó secretamente con ratas para cerciorarse de que la fórmula daba resultado. Le llevó meses dar con su dosis. Antes de que ocurriera eso, había tenido dos relaciones sentimentales, pero no llegaron a cuajar.
El tercer intento de suicidio se produjo durante el viaje de fin de carrera. Mario, que por entonces acababa de cumplir veinticuatro años, y sus compañeros de promoción viajaron hasta Punta Cana, en la República Dominicana. Pasaron una semana bebiendo sin parar y tomando el sol en unas playas de ensueño. Creyendo que serían sus últimos días, Mario aprovechó para acostarse con todas las chicas que le dejaron hacerlo.
La última noche antes de regresar a España, Mario y sus compañeros hicieron una fiesta de despedida en la playa. El joven Mario estuvo bebiendo un rato y se alejó del grupo sin ser advertido por nadie. Paseó por la orilla, bajo la luz de la luna, y se dio cuenta de que siempre actuaba de manera ordinaria y silenciosa. Podría haber sido un kamikaze, o quemarse a lo bonzo como forma de protesta por algún motivo. Aunque sabía que el caos del mundo no puede sino aumentar, que el ruido del fondo crecerá hasta cubrir toda señal coherente, creía que si ejecutaba con cuidado todos sus actos y no llamaba demasiado la atención tendría menos culpa en esta lenta desintegración.
Llegó a una zona completamente desierta. Estaba un poco borracho y optó por darse un baño antes de tomarse la dosis exacta de pastillas que le causaría una muerte instantánea. Nadó durante un rato, se masturbó y volvió a la arena. Se vistió y, acto seguido, ingirió las pastillas. Al mezclarlas con el alcohol que había bebido, aunque no era mucho, le hizo vomitar de inmediato, durante quince interminables minutos. Un lavado de estómago involuntario malogró su tercer intento de suicidio y nadie se enteró de lo que pasó esa noche. Ni siquiera sus compañeros de promoción sospecharon nada cuando en el vuelo de regreso a España, Mario tenía cuarenta de fiebre y el cuerpo descompuesto. Demasiada juerga, le decían. Mario recordaba ese viaje por la cantidad de veces que fue a vomitar al cuarto de baño. Fue el peor momento de su vida.
Antes de que yo conociera a Mario, él aprobó el MIR, realizó las prácticas y empezó a ejercer como médico. Al principio haciendo sustituciones, pero poco después, transcurridos dos años, le fue asignada una plaza de residente en el área de urgencias de un hospital. Tuvo una novia durante ese período de su vida. Ella era un espíritu aventurero, así la definía Mario, y todo el dinero que ganaban se lo gastaban viajando por Europa. Ella le llegó a pedir matrimonio, pero Mario llegó a amarla demasiado, tanto que no quería casarse y dejarla viuda en la noche de bodas, y rompió con ella.
Realmente, Mario seguía empeñado en suicidarse. Los tres intentos serios y deliberados le produjeron un verdadero pánico a sufrir mientras se moría. Por eso en adelante actuó por impulsos suicidas. Porque ansiaba morir pero no sabía cómo hacerlo.
Una noche cualquiera, por ejemplo, Mario se despertaba de madrugada, salía a la calle y se situaba en mitad de la carretera con la esperanza de que le atropellaran. Otras noches, se dirigía al barrio más peligroso de la ciudad, donde a menudo acababan atracándole. Con la experiencia, aprendió que debía resistirse y provocar a los atracadores. Una vez le llegaron a dar un navajazo, pero tuvo la fortuna de que no le afectara a ningún órgano vital. Ninguno de esos coches, ni los maleantes, fueron capaces de matarle y Mario se sentía cada vez más frustrado. Sabía que la mejor manera para matarse era pegándose un tiro, pero no reunía el valor necesario para hacerlo. Entonces, como iba diciendo, cuando Mario tenía treinta y cinco años, yo lo conocí.
Un día me desperté con una patada en la boca. Para mi desgracia, me había convertido en un indigente de los que duermen entre cartones y se exponen a ese tipo de cosas. Unos jóvenes violentos me golpearon y comenzaron a insultarme. Yo era escoria para ellos, alguien que ensuciaba las calles con mi sola presencia, y me dieron una paliza. Casi acabaron conmigo. Según me dijeron, yo estaba inconsciente y sangrando por la boca cuando unos trabajadores que pasaban por allí llamaron a una ambulancia.
Mario fue el médico que me había atendido en urgencias cuando llegué, salvándome la vida, y estaba siguiendo mi evolución en planta. Lo hacía con todos sus pacientes, pero, según decía, se notaba yo que necesitaba más atención que ningún otro. Estuve a punto de morir y nadie en absoluto se había preocupado por mi estado. Eso inquietaba a Mario, a pesar de yo era un sin techo y el hecho de no recibir visitas era la cosa más normal del mundo. Las diez noches que estuve en el hospital, tras haber terminado su turno en urgencias, Mario me hacía compañía por un rato. Conversábamos sobre el último partido de la liga de fútbol, sobre nuestras películas favoritas y política. La mañana en que me dieron el alta médica, Mario se presentó para despedirse de mí. Por fin se atrevió a confesarme que él mismo llamó a mi ex esposa para contarle lo que me pasó. Ella le respondió que no le importaba lo más mínimo si me moría o no.
Yo no había vivido siempre en la calle. Porque antes de ser indigente, tenía una esposa y una vida. Por el día trabajaba en una fábrica de coches y por las noches jugaba al poker. Solía irme bien en las cartas y los beneficios eran un sobresueldo que me permitía darme algún capricho. Aunque mi esposa reprobaba que jugara al poker con tanto dinero y me amenazó varias veces con dejarme si seguía haciéndolo, nunca protestó cuando le regalaba joyas que para mi sueldo eran prohibitivas. Una noche, el peor momento de mi vida, me superaron en varias manos en las que pensaba que ganaría seguro, y perdí todo el dinero que tenía en la mesa. Para recuperarme, avalé mi coche y luego la casa donde vivíamos. Yo siempre me retiraba a tiempo, pero fallé y de un plumazo lo perdí todo. Y a mi esposa se le acabó la paciencia. Ella era mi única familia. Se largó con mi mejor amigo, con el que llevaba acostándose varios meses.
Era una historia pasada, ya habían pasado tres años, y le dejé muy claro a Mario que ahora vivía así por elección propia. Aunque estaba arruinado, claro que podía haber empezado de nuevo, pero me eché a la calle porque era más sencillo que esforzarme en recuperar todo lo que había perdido, incluida mi mujer, y actuar como si nada hubiera pasado. Todo me daba igual. Pero Mario se empeñó en ayudarme.
Cuando salí del hospital, Mario me acogió en su casa. No era un piso grande, pero, en cambio, resultaba tremendamente confortable: estaba reformado a su gusto, tenía una cocina moderna, una cama de dos metros y los productos tecnológicos más avanzados, algunos de los cuales era la primera vez que veía. Envidiaba tener ese piso.
A Mario no le apetecía cocinar y fuimos dando un paseo a un restaurante. Allí, mientras cenamos como nunca que pensé que volvería a hacerlo, Mario me propuso un negocio. Me contó que tenía un amigo que quería morir, pero no era capaz de matarse a sí mismo. Estaba buscando a una persona que, simplemente, le pegara un tiro. A cambio, pagaría con seis mil euros a quien lo hiciera. Me pareció que me estaba insultando a la cara; yo vivía en la calle pero jamás había mendigado, ni robado y en ningún momento se me pasó por la cabeza matar a nadie. Pero, lo cierto, es que por dentro me entraron ganas de decirle que aceptaba. De golpe y porrazo, con ese dinero en mis manos, podría jugar de nuevo al poker. Me aseguraría tener otra oportunidad, una revancha. Mario no hizo por insistir, me lo sugirió a mí porque, aparte de pretender ayudar a su amigo, quería ayudarme a mí. Yo le dije que me lo pensaría y Mario me respondió que podía quedarme esa noche en su casa. Después, tendría que irme.
Me pasé la noche considerado su propuesta. Ignoraba que el sujeto al que tendría que matar sería Mario. En ese momento, este dato hubiera influenciado mi decisión y las cosas se habrían producido de otra manera. Eran las tres y media de la madrugada cuando me di cuenta de que la situación era tan ambigua y complicada, que no sería capaz de decidirlo por mí mismo. Preferí que mi destino lo eligiera una moneda. Si salía cara, lo haría; si salía cruz, me iría en ese instante de la casa de Mario.
Al día siguiente, le comenté a Mario que aceptaba el trabajo, pese a que no era de mi agrado hacerlo. Necesitaba conocer más datos sobre el asunto, pero Mario se puso muy nervioso y me pidió que esperara. Se encerró en su dormitorio para hacer una llamada telefónica. Luego desayunamos y respondió a cada pregunta que le hice. Debía presentarme a medianoche en el puerto marítimo y allí aparecería su amigo. Llevaría un traje negro y una corbata roja. Acerca del dinero, su amigo me lo daría cuando nos encontráramos, y sobre él, se inventó que le habían diagnosticado cáncer. Tras meses de lucha, y antes de que su cuerpo se diera por vencido, él quería rendirse y acabar con su vida. Mario me entregó la pistola. Y entonces nos dimos las manos. Me obligó a coger los cien euros que me ofreció, y yo me fui de su casa.
Con ese dinero, pude comprarme ropa nueva. Guardé lo suficiente para comer decentemente y fui a la casa de juegos donde esa noche se produciría mi regreso al poker. Encontré varias partidas a las que me hubiera gustado inscribirme, pero debía dejar una señal y no me lo permitieron. Empecé a sentirme ansioso y tenso, y pensé que lo mejor sería calmar los nervios, darme una vuelta por ahí y relajarme.
Ni que decir tiene que con la pistola en mi bolsillo, me entraron ganas de pegarme un tiro. Era un don nadie, un perdedor y un cornudo. Y esa noche me convertiría también en un asesino. No desenfundé la pistola antes de tiempo porque amaba la vida, aunque para mí fuera la mayor mierda del universo.
A las once de la noche, me dirigí al puerto. Estuve un rato inspeccionando la zona, en busca del lugar ideal para efectuarlo. Me preocupaba que alguien pudiera oír el disparo, aunque la verdad es que nadie había rondado por allí en una hora.
Dieron las doce en punto y fui al lugar indicado. Pasaron quince interminables minutos y nadie aparecía. Entonces, llegó un coche deportivo. Me dio las luces y yo me acerqué al coche. Allí dentro estaba Mario vestido con un traje negro y una corbata roja. Salió del coche, con un maletín en las manos, y me reveló que ese amigo que quería morir no existía, sino que era él quien quería hacerlo. Mario me contó que durante ese día, en vez de ir a trabajar, había cogido un vuelo a París. Estuvo paseando por la ciudad y comió en una terraza a orilla del Sena, la más cara que encontró. Después, se compró el coche deportivo y condujo sin detenerse hasta la ciudad. Estaba satisfecho porque le había dado tiempo incluso para visitar a sus padres, cenar en su lugar favorito y, luego, follarse a una prostituta de lujo negra, pues nunca lo había hecho antes.
Mario siguió hablando y me relató su vida al completo, me habló de sus novias, sobre la carrera de Medicina, baloncesto y, ante todo, acerca de sus intentos de suicidio, deliberados o no. Se veía a sí mismo como un suicida fracasado. Y no le faltaba razón.
Sin embargo, Mario llevaba una vida excepcional. Su propósito de suicidarse le permitió vivir sensaciones que muy poca gente podría contar. Además, le obligaba a aprovechar al máximo el tiempo, porque, tal y como decía Mario, al menos debería llevarse un buen recuerdo a la tumba. Mario, con treinta y cinco años, había vivido más que yo en cincuenta y seis años. Podría decir que hasta esa noche en la que ambos nos encontrábamos cara a cara, lo más emocionante de mi existencia había sido ganar en una mano a dos jugadas de poker con una escalera real.
Me molestó que rehuyera explicarme por qué quería morir. Creía que a mí debería justificármelo, si quería yo le ayudara. Me dijo que coleccionaba motivos, pero ahora no tenía tiempo para explicármelos. Y me soltó que ya iba siendo hora de hacerlo.
No estaba dispuesto a satisfacer sus deseos. Saqué la pistola y la tiré lo más lejos que pude. Me di media vuelta y, mientras me alejaba de él, le grité adiós. Mario salió detrás de mí y me rogó que no pensara, que simplemente actuara y le hiciera el favor de matarle, como si eso fuera tan fácil. Yo no sería investigado, porque nadie conocía nuestra relación. Y me recompensaría: abrió el maletín y me enseñó lo que contenía.
En el maletín desde luego no había seis mil euros. Dentro estaban los ahorros de Mario, todo el dinero que aún no se había gastado: cincuenta mil euros. La cosa se iba torciendo poco a poco. Ya no era una oportunidad para sentarme en una partida de poker, era tener la seguridad de que con ese dinero podría rehacer mi vida. Dios mío, cincuenta mil euros. Y un coche deportivo, añadió Mario.
Entonces decidí hacerlo. Corrí a por la pistola mientras Mario no paraba de agradecerme que hubiera cambiado de opinión, en ese momento le estaba haciendo sentirse la persona más feliz del mundo. Le quité el seguro a la pistola, me distancié unos metros y apunté al corazón de Mario. Me dijo que no lo hiciera de ese modo, debía apuntarle a la cara, entre las cejas sería el blanco perfecto.
Mi primer pensamiento, apuntando a la cabeza de Mario, fue cuestionarme por qué Mario no se decantó por realizar la carrera de Farmacia, si eran los estudios más adecuados para su empeño en suicidarse por una sobredosis. O si, en realidad, él apreciaba eso, ser médico y trabajar en urgencias para ayudar a la gente cuando más lo necesita. En ese instante tuve la sensación de que podía haberme mentido sobre su pasado. Una invención, más o menos elaborada, para persuadirme. Le miré fijamente a los ojos y descubrí que tan sólo tenía dos certezas sobre Mario: quería morir pero, en cambio, le satisfacía salvar las vidas de los demás, como hizo conmigo. También me pregunté si le habría propuesto lo mismo a otra persona, algún otro paciente, o si yo fui el primero. Le dije hasta siempre, Mario, e hice el gesto de apretar el gatillo, pero no pude llevarlo a cabo. No podía arrebatarle la vida y tampoco aceptar el dinero, porque aunque ganara una partida de poker, aunque ganara mil, era consciente de que, tras mi paso por el hospital, mi esposa nunca volvería conmigo y ya nada sería igual que antes. Entonces levanté la pistola y me apunté a la cabeza. No era capaz de dispararle y esa noche uno de los dos tenía que morir. Pensé que ahora me tocaba a mí salvarle la vida a Mario. Hice ademán de apretar el gatillo y esta vez sí conseguí hacerlo.
La Guerra Civil
COSECHA EÑE 2009
“La guerra ha sido siempre un factor de progreso; por ella
es como aprenden a conocerse vencedores y vencidos”
MIGUEL DE UNAMUNO
MOISÉS
Resultaba molesto exponer los antecedentes de la Guerra Civil Española si dos alumnos no paraban de hablar. Hasta tres veces les llamé la atención, pero seguían erre que erre cuchicheando entre ellos. Molestaban a sus compañeros, y a mí me estaban sacando de quicio. Como por las buenas no funcionaba, una sencilla solución hubiera sido estallar. Echarles del aula, después de una buena bronca, y así lograr desahogarme. Sin embargo, se me ocurrió una tercera opción. Interrumpí la exposición y me acerqué a los dos alumnos. Les pedí, con amabilidad, que se fueran a la biblioteca para que escribieran en un folio una reflexión sobre las guerras civiles. ¿Por qué se llega a combatir entre propios hermanos? Debían tomárselo en serio, ya que contaría para la evaluación final. Los dos chavales se fueron entre risas, murmurando literalmente que “se me iba la pinza”. Pensé que había hecho bien imponiéndoles un castigo constructivo, pero me entró una duda. ¿No aprovecharían para, en vez de ir a la biblioteca, fumarse un cigarro, o quizá un porro, en los servicios? Pensé que era capaz de enseñarles a mis alumnos algo de Historia, aunque no podía educarlos tal y como yo deseaba. Esa impotencia provocó que me planteara si habría llegado la hora de ser padre. Entonces pensé en mi situación actual: tenía treinta años, trabajaba en un puesto como profesor de Historia en un instituto, una plaza que me garantizaba una economía solvente para siempre, y llevaba diez años con mi novia. Vivíamos juntos desde hace cinco. Pensé que éramos felices juntos y estábamos muy enamorados. Mi situación, por tanto, era idónea.
Mi novia y yo no estábamos casados y deberíamos hacerlo antes de tener un hijo. Fui a una joyería después de clase, elegí un anillo y encargué que grabasen nuestros nombres: Moisés y Penélope. El sábado, el anillo estaba listo y reservé en un restaurante para cenar. La petición de mano no fue nada espectacular, antes del postre le dije a Penélope unas palabras románticas y descubrí el anillo de compromiso. Ella reaccionó quedándose muda. Y se puso a llorar sin poder aguantarse los sollozos. Dejó de llorar y, acto seguido, mirándome fijamente a los ojos, me confesó que le habían ofrecido un puesto en la oficina de Londres. No podía casarse conmigo, y me arrojó una bomba: lo mejor era romper. Se levantó y abandonó el restaurante.
PENÉLOPE
¿Casarnos? Que me propusieron un puesto en Londres, era cierto. Pero no era algo para toda la vida, sería por un año. Tenía un amante y habíamos acordado que viviríamos juntos, aprovechando que él también se iría a Londres para grabar un disco. Después de ese año lo tendría más claro. Así podría decidir si seguir con Moisés o con mi amante. Pero Moisés lo había estropeado todo y tuve que elegir a uno de los dos antes de tiempo. En cualquier caso, me quedaba una conversación pendiente con Moisés, lo sabía. Me inventaría una excusa convincente, lo suficientemente rotunda para que nunca saliera a la luz la verdadera razón. Mi amante era Daniel, el hermano de Moisés.
Me acerqué al piso de Daniel para comunicarle la noticia. No lo encajó bien y me echó en cara que eso no era lo pactado. Pero ¿qué habíamos pactado? Según él, yo no podía dejarle por su culpa y Moisés no debía enterarse nunca de lo nuestro. No recordaba haber mantenido esa conversación, pero le comprendía. Lo que le pasaba a Daniel era que ahora le entraban remordimientos. Llevábamos diez años acostándonos a espaldas de su hermano. Incluso hice el amor antes con Daniel, a pesar de que ya llevaba saliendo varios meses con Moisés. Daniel sólo quería sexo y yo me conformaba con estar a su lado. No podía casarme con Moisés, no quería, pero Daniel me amenazó que si no lo hacía no nos iríamos juntos a Londres. ¿Comprometida y viviendo con mi amante? Sería demasiado retorcido para mí. En ese instante, sentí que estaba enamorada de Daniel. Debía actuar rápido. Le dije que si me dejaba, le contaría lo nuestro a Moisés.
DANIEL
Me la había jugado bien. Diez años follándome a Penélope cuando me apetecía, sin ningún tipo de compromiso, y la muy tonta se enamoró de mí. Y, lo más grave de todo, va y me lo dijo. A mi Penélope me atraía porque pertenecía a mi hermano. Me había follado a todas sus novias; no fueron muchas, no más de cinco. Ni que decir tiene que jamás me he sentido orgulloso de hacerlo y que Moisés no me pilló con ellas. De hecho, era yo quien se lo acababa contando. Siempre me perdonaba y luego rompía con ellas. Creía que debía protegerle porque Moisés no soportaría que ellas le dejaran. Era mi deber como hermano mayor, y punto. Con Penélope, la cosa fue bien distinta. Normalmente, yo me interesaba por sus novias, pero ella fue la que me sedujo a mí. Nos enganchamos rápidamente el uno del otro y nunca pensamos en dejarlo, a pesar de que yo seguía tirándome a otras y no se lo escondía a Penélope. Ahora, que ya no estaba con mi hermano, no me interesaba tanto seguir con ella; ni, menos todavía, irnos a vivir juntos a Londres y renunciar a estar con otras mujeres. Pero Penélope me tenía bien agarrado por los huevos y no tenía demasiadas opciones. Moisés no podía enterarse de lo nuestro, porque esto sí que nunca me lo perdonaría.
Dentro un mes me iría a Londres a grabar un disco y no quería tener líos. Yo era un cantante con una voz razonablemente buena y una cara bonita. Por una cuestión de marketing, los de mi compañía me vendieron como un artista gay y eso multiplicó las ventas. Todos nos forrábamos y a mí elegían como el hombre más deseado del país, durante los últimos cinco años. Lo importare era ser fiel a uno mismo, y bastaba.
Como siempre, el domingo comimos en casa de mis padres. Moisés disculpó a Penélope, fingiendo que se encontraba mal y se había quedado en casa. Durante la comida no dijo nada más sobre ella, pero después me lo soltó todo a mí. Estaba destrozado. Empeñado en que le había dejado por cómo era él, por su manera ser y de quererla. Qué ingenuo era. Creía que quizá necesitaba un empujón para aliviar su sufrimiento, algo que transformara sus lágrimas en un poco de rabia. Le conté media verdad, le dije que sospechaba que ella tenía un amante. Él se quedó alucinado. Entró en cólera y le entraron ganas de matar a alguien. Yo me quedé satisfecho con su reacción y, en cuanto puede, llamé al móvil a Penélope para decírselo. Como medida de precaución, mantendríamos las distancias por un tiempo. Eso era bueno, muy bueno para mí.
MOISÉS
Me sentía el alumno más torpe del mundo. Mi hermano me enseñó a vigilar si mis novias me ponían los cuernos. Lo llevaba grabado con sangre, pero los hechos mostraban que no me había aprendido bien la lección ¿Quién sería su amante? Podría sonsacárselo a ella. Aunque si no me lo dijo en su momento, ¿por qué iba a hacerlo ahora? ¿Y por qué mi hermano sospechaba que tenía un amante? ¿Sería otra vez él? Esperaba que no. Daniel se había acostado con mis anteriores novias. Era enfermizo. Sostenía que lo hacía por mí, aunque yo elaboré mi propia teoría. Cuando éramos pequeños, Daniel era mal estudiante, pero en el aspecto social funcionaba a otro ritmo. Aparte de ser muy guapo y tener un físico envidiable, Daniel tenía don de gentes. Nuestros padres siempre le regañaban por la vida que llevaba, todo el día fuera de casa. Ellos querían que fuera como yo, un estudiante modélico. Acostarse con mis novias, era su pequeña venganza. Cuando empecé con Penélope, me adelanté y le dije que ni se le ocurriera acostarse con ella. Daniel me dio su palabra y cumpliría su promesa. En adelante, debía seguir cada movimiento de Penélope y averiguar quién era su amante.
Todos los días, después de clase, acudía al trabajo de Penélope. Esperaba en la acera de enfrente a que apareciera por ahí su amante. Pero a lo largo de la semana no tuve ni las más mínima sospecha de nadie. Sus compañeros de trabajo, a los cuales conocía perfectamente, no podían ser. Quizá su amante estuviera fuera de la ciudad.
PENÉLOPE
Allí estaba Moisés, enfrente de mi oficina, espiándome desde su coche. No sólo merodeaba por el trabajo, sino que me seguía hasta la casa de mi amiga, donde me estaba quedando a dormir. Por suerte, me había beneficiado de la nueva situación, ya que me ahorró la conversación que tenía pendiente con él. Pero me fastidiaba no poder ver a Daniel. Le llamé desde el trabajo, y quedamos el sábado en unos cines.
El sábado fui de compras con mi amiga. Detrás de nosotras, Moisés nos seguía. Cortar con aquello hubiera sido tan fácil como darle un beso en la boca a mi amiga, aunque ella no estaba por la labor. Entramos en unos grandes almacenes y allí conseguí despistar a Moisés. Salí rápidamente a la calle en busca de un taxi que me llevó a los cines, y entré en la sala donde me esperaba Daniel. Él insistía en que siguiéramos sin vernos hasta Londres. Para mí eso era insostenible. Faltaban tres semanas y, además, ¿por qué no podría seguirme a Londres? Hasta que no supiera quién era mi amante, no se detendría. Le sugerí que se sincerara con él, sin éxito, porque Daniel se negaba en rotundo a hacerlo. Por lo menos, le pedí que fuéramos a los servicios, pero tampoco cedía en eso. Si alguien le descubría intimando con una mujer, se iría al traste su personaje de artista gay. Daniel tenía como norma general sólo sexo seguro en su casa, siempre con las persianas bajadas. Me di cuenta de que ésas eran mis cartas para que hablara con Moisés. Le amenacé con decir a la prensa que no era gay. No fuimos a los servicios, aunque Daniel sí se comprometió a contarle la verdad a su hermano.
DANIEL
No podía decírselo. Esto no se parecía en nada a follarme a sus anteriores novias. Pobre. Pobre e ingenuo Moisés. ¿Cómo lo encajaría? Dándole vueltas a la cabeza, se me ocurrió una solución. Podríamos contratar a un actor para que fingiera ser su amante. Llamé a Penélope y quedamos que al día siguiente la recogería por la salida de un museo.
El domingo, Moisés también apareció por el museo. Penélope consiguió deshacerse de él y la recogí en mi coche. Le solté mi plan de camino a las afueras de la ciudad, y a ella le pareció perfecto. Llamando a dos contactos, conseguí que un actor hiciera de su amante. Ella se puso tan contenta, que se excitó. A mí me parecía mejor irnos a mi casa, pero estábamos en un descampado y no había nadie a la vista. Mientras follábamos en la parte trasera de mi coche, oímos a un coche acercándose por el descampado. Penélope no quería parar, estaba desatada. A mí ya no me hacía gracia la situación, seguí por ella, a ver si se corría pronto. De repente, Penélope se detuvo y se apartó de mí. Era Moisés quien se bajaba del coche, caminando furioso hacia nosotros. Aún no me había visto, y me coloqué en el asiento delantero. Agachado, encendí el motor y arranqué. Moisés nos lanzó piedras que impactaron en la luna trasera. Creía que no me había visto y se lo pregunté a Penélope. Ella me recordó que estábamos en mi coche, ¿cómo no iba a saber que era su hermano el que se tiraba a su novia? No hizo falta que siguiera. Era la mayor cagada que había hecho en la historia de las cagadas.
MOISÉS
Me metí en el coche y conduje hasta mi casa. Otra vez ese maldito cabrón. Tenía que haber corrido hasta su coche y haberlo matado, o matarlos a ambos. Eso hubiese estado bien. Me arrepentiría, seguro, aunque ahora me sentiría más tranquilo y no encolerizado. No, Daniel era el máximo culpable. Si pudiera golpearle en la cara con todas mis fuerzas, joder, me quedaría muy relajado. Pensé que debía haber hecho eso. ¿Íbamos a estar así toda la vida? Él haciendo lo que le daba la gana y yo perdonándole. Darle una buena paliza. Con eso me conformaba. Has hecho algo malo y alguien se ha enfadado contigo. Una advertencia. Alguien lo tenía que hacer por mí; lástima que no conociera a nadie tan retorcido como para hacerlo por dinero. Se me ocurrió meterme en Internet. Navegué apenas diez minutos y topé con un tipo que se dedicaba a estos asuntos. Es increíble, todo lo que quieras, cualquier cosa que imagines, puedes obtenerlo en la red. Intercambié un par de e-mails con el tipo, le mandé una foto de mi hermano y quedamos que le pagaría después de darle una paliza, un trabajo fino, no como para mandarlo al hospital, pero sí lo suficiente como para dejarle un par de cicatrices.
PENÉLOPE
Moisés ya no era un problema. Me daba pena que se hubiera enterado de esa manera. Era extremadamente sensible y estaría sufriendo mucho. Nuestra relación nos había conducido a estar a punto de casarnos, le tenía cariño y deseaba que las cosas le fueran bien. A partir de ahora, tocaba pensar en mí. Debía mantener con Daniel una conversación seria sobre el futuro. No quería compartirle con nadie y él debía comprometerse a no acostarse con otras mujeres. Tenía mis dudas sobre cómo planteárselo, porque habíamos discutido mucho últimamente, con amenazas por medio. En cualquier caso, Daniel me sorprendió pidiéndome matrimonio, y acepté.
DANIEL
Le pedí matrimonio a Penélope porque tenía que solucionar el problema con mi hermano. Había llegado la hora de dejar de ser tan cabrón. Si la hubiera dejado sin más, mi hermano interpretaría que ya no era un capricho para mí. Pero si me casaba con ella, demostraría que no era así. Creía que la cura de la promiscuidad era la fidelidad, y me tenía sin cuidado lo que pudieran decir al respecto. Supondría admitir en público que no era gay. Mi futuro en el mundo de la música se tambalearía, aunque había ganado el suficiente dinero como para poder permitirme un bache en mi carrera.
A lo largo de la semana siguiente, llamé a Moisés a diario. No contestaba a mis llamadas y tampoco acudió a la comida familiar del domingo. Antes, había convocado una rueda de prensa para anunciar que no era gay. No podía destapar que era mentira, así que los de la compañía me recomendaron que dijera que había cambiado de acera. Mis padres no hicieron ningún comentario al respecto durante la comida. Fue una comida bastante triste. Volví a casa dando un paseo. De camino, me detuvieron dos chicos para llamarme traidor. No les podía culpar. Tenían razón. Entonces, cuando estaba llegando al portal, un tipo con la cara camuflada me empujó por la espalda. Caí al suelo y el tipo comenzó a pegarme con un bate béisbol. Eso era otra cosa, venía a por mí. Logré levantarme y le pegué una ostia. Él tipo ni se inmutó. Agarró bien el bate y me golpeó en la cabeza, como el que golpea una pelota para lanzarla fuera del estadio.
MOISÉS
El domingo por la tarde cité al tipo que había contratado en una cafetería céntrica. No había cumplido exactamente con el contrato, porque mi hermano estaba en el hospital. Lo más sensato parecía no polemizar con él y le entregué el dinero en mano. Me quedé sin tres mil euros y con la duda de si mi hermano captaría el mensaje.
Estuve dando vueltas por la ciudad en el coche. Debía visitar a mi hermano, pero antes quería pasarme por el lugar donde recibió la paliza, enfrente de su casa. Sus admiradores más incondicionales, le estaban realizando allí mismo un homenaje, colocando discos, fotografías, velas y, en general, cartas y frases en las que mostraban su amor y su devoción por Daniel. A cualquiera se le encogería el corazón presenciándolo, pero a mí no. La prensa había publicado que la paliza que recibió fue a raíz de su revelación de que ya no era gay. Algún perturbado homosexual, incapaz de asimilar que la traición de su ídolo, se había ensañado con él. Menuda pantomima. Odiaba a Daniel y detestaba aún más que su imagen saliera fortalecida tras esto. Me acerqué a una gasolinera y compré un bidón de gasolina. Pensé hacerle una última advertencia. No todo el mundo le amaba tanto, era cierto que había un peligroso hijo de puta al que no le gusta su comportamiento.
Hasta que anocheció, cientos de seguidores acudieron al homenaje para dejar sus muestras de cariño. Yo los observaba desde mi coche, mordiéndome las uñas sin parar. Cuando el último fan se marchó de allí, mi reloj marcaba la una de la madrugada. Fue entonces cuando me bajé del coche y rocié la gasolina por el homenaje, con cuidado de que no alcanzara las velas. Cogí una vela, sintiendo un sudor frío que empapaba mi espalda. Retrocedí unos metros y lancé la vela al homenaje. Rápidamente todo empezó a arder y se formó una columna de humo, mayor de la que imaginaba. Me quedé un rato contemplando impasible el resplandor del fuego. Luego me fui a casa y pronto me quedé dormido. Al día siguiente iría al hospital, después de clase.
PENÉLOPE
Entré en la habitación para despedirme de Daniel. Iba a pasar esa noche en el hospital y antes quería pasar por casa. Daniel estaba muy raro. Evitaba expresar cómo estaba; sólo le interesaba ver la televisión para ver lo que decían sobre él. Me despedí y, cuando le di un beso, me soltó que debíamos acabar con esto. Le habían dado una paliza por haber sido un farsante y, lo peor de todo, habían quemado su homenaje. Alguien tan desalmado andaba por ahí suelto. Daniel lo interpretaba como una señal, un castigo, y deseaba cambiar radicalmente y alejarse de la fama. ¿Y por qué tenía que romper conmigo? Necesitaría a alguien que le cuidara y estaba dispuesta a no irme a Londres. Era su prometida, joder. Pero ni con esas, no quería que regresara al hospital, ni casarse conmigo, ni volver a saber nada más de mí. Me fui de la habitación dando un portazo.
Fuera del hospital, por primera vez en años, me sentí sola. Se me pasó por la cabeza que tenía que haberme casado con Moisés. Podría haber sido su mujer y la amante de Daniel para siempre. De este modo, hubiera cambiado por completo el curso de mi vida: no haciendo nada. Ahora debía irme a Londres, cuando ya no tenía ningún aliciente. Me crucé con Moisés en la parada de autobús. Había aparcado su coche y se acercó hacía mí. Le conté que habíamos roto y él esbozó una sonrisa torcida. Se fue llamándome puta. Y yo volví a pensar que debía haberme casado con él.
DANIEL
Mi hermano se presentó en la habitación del hospital un día después de la paliza. Moisés estaba intranquilo, y se notaba que respondía con evasivas alas preguntas de mis padres acerca de por qué no había venido antes. Les pedí que nos dejaran hablar a solas. Pobre e ingenuo Moisés. Lo primero que hice, fue contarle que había dejado a Penélope. Tenía ganas de pasar más tiempo con él, y ella nos lo impedía. Le propuse que nos fuéramos a vivir juntos, ahora que los dos estábamos libres. A Moisés le pareció buena idea; creía que estaba siendo compasivo conmigo. Saltaba a la luz que lo de ser un tío guapo, se terminó. El golpe que me dejó inconsciente, la causa de que estuviera en el hospital, me dejaría una cicatriz. Sería la marca de mi pasado como un farsante y un canalla. Antes de que yo continuara hablando, Moisés quería decirme algo al margen de eso. Me confesó que él contrató a alguien para que me pegara. Al tipo se le fue un poco de las manos, y lo sentía. No pasaba nada. Era la cosa más normal del mundo y le podía perdonar. Aunque, después, también me reveló que él fue quien quemó mi homenaje. ¿El motivo? Porque me odiaba en lo más profundo de su corazón. Mi pobre e hijo de puta hermano pequeño. Me incorporé y le ofrecí un abrazo. Le amaba más que a nadie en mi vida. Con Moisés entre mis brazos, me entraron unas ganas irrefrenables de acostarme con alguna mujer a la que él amase. Me imaginé follándome a la madre de sus hijos, a otra Penélope y, aún más, me encantaría algún día poder estamparle en la cara una prueba de paternidad que certificara que yo era el padre de algún hijo suyo. Le apreté fuerte con mis brazos. Todo lo fuerte que pude.