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Salvo Epullanca, Maura Daniela (Llangkon Rayen)

Alecrín



ALECRÍN.

Por Llangkon Rayen

Camino. Hace mucho tiempo que no logro desarrollar la idea. El texto se compone de redondas blancas. No, mal inicio y estoy en contra del tiempo. Me gustaría que estuvieras aquí, para ayudarme a ordenar este caos en el que me he convertido. Un letrero llama mi atención: Hospital de muñecas. Miro la vitrina. No, no es exotismo. No quiero subrayar las extrañeces de este lugar. Un sinfín de muñecas descabezadas, cuerpos de algodón, relleno escapando y extremidades de plástico. Ojos amontonados, esperando ser usados en la próxima muñeca maltrecha. Sigo mi camino. Guardo esa imagen en mi cabeza y en una hoja cualquiera de la libreta que escribo a tu nombre. Pienso nuevamente: hospital de muñecas, reparaciones. Pero, reparar qué. ¿El descuido de una niña que jugó a la peluquera jurando que le volvería a crecer el pelo a esa cosa inerte que trata con una hija? ¿Reparar a la muñeca operada, a la que se le salió el relleno tras la operación mal hecha? ¿Reparar, simplemente, a la muñeca rota?

***

Las uñas… le llamaron la atención esas uñas intercaladas. Preguntó si se habían desteñido producto de la lluvia ácida caída a eso de las tres de la tarde. Pero no, comprendió el afán de extrañeza en esas uñas intercaladas [meñique-negra, anular-ploma, del corazón-negra, índice-ploma, pulgar-negra, pulgar-ploma, índice-negra, del corazón-ploma, anular-negra, meñique-ploma]. Quizás una buena imagen para el libro inédito lecciones de gramática para escribir una nota suicida. Degradé de sombras a ultranza, visos de un luto sin muerto que velar. Y se rió. Finalmente el adjetivo no es más que eso: una determinación del sujeto.

***

Muñeca rota. Pienso en el compañero de curso al que, amablemente, se le ha apodado como el pelado sifilítico. Pienso en su nariz mal operada. Deberías verlo ¿Cómo habrá sido el original para que decidiera entregarla a un médico que la volviese delgada, descarnada, artificial? Pienso en esa nariz operada que te distrae mientras habla. Es la imagen de una carencia, como si sólo tuviese piel sobre el tabique nasal y sus fosas. Un rostro intervenido que ahora no es más que una distracción. Un hecho artificial. Una mala sutura. Una reparación y su artificio. Y, por esas fosas deformadas, respira quien intenta hablar de sucesos prodigiosos. Habla de cuando estuvo en Japón, en Estados Unidos, en Francia. Habla en inglés con Jenny, en francés con Louise. Cree ser un coleccionista de esencias. El aspirante a maestro.

Aspirante quién sabe realmente a qué.

***

Se ha dicho tanto de este libro. El experto se ha dormido profundamente con un cartel a medio caer tras él. La tecnología, cuando no funciona, nos permite ver el mapa precariamente ampliado e impreso sobre una pared. A medio caer. La cinta adhesiva no pega. Y el maestro de maestros duerme. Yo no pego. Resopla mientras su discípula nos hostiga con su sonsonete. ¿Duerme o está muerto? No alcanzo a ver su pecho. No veo movimiento. Varios duermen mientras la mujer dice apasionadamente que hay que despertar y restregarse los ojos para ver el fondo de la caverna y su caída libre. Tengo ganas de salir corriendo, mantarraya. Esto es absurdo. Por cada página de este libro hay, creo yo, al menos veinte páginas escritas sobre ella. Ramificaciones insospechadas desde una sola página. Multiplicación milagrosa que provoca somnolencia en esta eminencia, quien seguramente salió de su estado de criptobiosis sólo para venir a explicar un mapa de los lugares visitados por el autor del libro. Esto es absurdo. Y anoto esas incoherencias para ti, en esta agenda que ya no resiste una palabra más de desaliento. Seguramente a ti te sirvan de algo.

Es absurda la acumulación de libros en las bodegas de las librerías, libros que nadie reclama, libros que sólo son un desperdicio de papel. Papeles irresponsables. Ya nadie tiene algo que contar, mantarraya. El Infierno del hombre, en este siglo, está hecho de círculos concéntricos entre las bodegas de las librerías y el ego de quien logra ver su nombre estampado en una tapa que se perderá en el montón de ellas que ha salido el último tiempo. Miles de libros de los cuales nadie hablará, que quizás nadie leerá y luego se rematarán como forma de deshacerse de ellos. Ni siquiera se recuperará el costo de impresión. Y esa es la forma más sana de evitar que se transformen en  el soporte del colchón donde duerme el escritor. Tengo ganas de salir corriendo, no te imaginas cuántas. Hace calor en este salón y pienso en el señuelo que me mandaste, en los libros contenidos en él. El libro del veneno, de la traición, de los grabados. Descomposición siempre necesaria para el abono. Un venerable anciano resopla mientras una mujer habla sobre el libro. Años de estudios que les dan carta blanca para hablarnos de lo que se les ocurra y tratarnos como niños de pecho a los cuales les lee un cuento antes de dormir. Antes de dormirse. A un costado: salida de emergencia. No hay una emergencia, hay un reduccionismo. Todo se reduce a ese mapa mal pegado en la pared: un par de ciudades, batallas, encarcelamiento. Escritura. ¿Qué haremos, mantarraya? Quieres que hable de ese manuscrito conocido que me enviaste, de esos poemas listos para imprimir, y deseas que los desmenuce sin desatender en ninguna sutura. Me estás pidiendo una autopsia. La asamblea entera cabecea escuchando a los doctores, esperan algo de su iluminismo. ¿Y tú qué esperas realmente, mantarraya? ¿Esperas que el informe indique traumatismos, intervenciones quirúrgicas, causas presuntas de muerte?

***

Santiago habla de la protagonista de esa novela que espera escribir cuando me pregunta cuándo le regalaré el próximo final. Habla de una mujer post-adolescente cuyo mundo está plagado de las imágenes que saca de sus discos. Tiene un gato, no escribe. Discutimos sobre el nombre: Max. Le pregunto por qué eligió ese nombre y responde que nunca ha sido bueno nombrando. Sonrío, pregunto cuál es el nombre de esa mujer. No sabe aún. Un buen nombre para el gato sería el de alguno de esos sujetos que parecen caerse de la pared, sobre la cabecera, custodios de sueños adolescentes. Pósters que se caen con el paso del tiempo y que no son más que los rostros que le permiten no salir de Nuca Jamás. Y recuerdo la vez que le regalé el final de su libro sin siquiera saber de qué se trataba. Un mar enrojecido. Le cuento que en Noruega y Suecia aún existe la costumbre de la caza de ballenas, tal como lo hacían sus antepasados indígenas, los sami, justificándose en una “caza aborigen” donde están en juego la conservación de ciertos elementos culturales. Caza de ballenas que transforma los fiordos escandinavos en un mar de sangre. Sangre que escribe en el presente una costumbre ancestral. Me dice que jamás había oído sobre eso. Le envío fotografías. Una fotografía con cazadores atrapados en una bahía ensangrentada. Otra de una mujer sami. Le llama la atención esa indígena casi albina de fríos ojos azules, tan ajena a esa concepción de indígena que manejamos por estos lados del planeta. Me dice que su manuscrito termina con una visión del mar. Y ahora sonrío, mantarraya. Me dice que yo sería la novia perfecta de un escritor. Algo así como una neo-musa cargada de imágenes terribles de los textos que jamás escribiré, pero que puedo otorgárselas a otros para que las plasmen por mí. Un mar de sangre. Pienso en el nombre para el gato, al mismo tiempo que pienso en el nombre de una chica que, como yo, es común y corriente. Le digo que reescriba a Max. Pienso en las conversaciones con Santiago, en mí como un catálogo de imágenes siniestras. Pienso, en ese momento y ahora, en el comentario de  Alejandro. Me cuenta que una noche Santiago se quedó a dormir en su casa y, a la mañana siguiente, despierta con una cicatriz finísima a un costado de su nariz. Inexplicable. Demasiado fina para ser un rasguño cualquiera. Sin pensarlo dos veces, le digo que fue Santiago. Extrajo una aguja para lograr sacarte una gota de sangre mientras recitaba un mantra. Alejandro ríe nervioso, me das miedo. Sólo tú puedes tener esas imágenes perversas en la cabeza. Y quizás es cierto, mantarraya: no soy más que un catálogo de imágenes para la novela de terror que jamás escribiré. Y esperas mis comentarios sobre tus poemas, sobre su cuerpo y su lujuria. Santiago. Le digo que tengo un proyecto: poner una consultora de ideas, algo así como un hospital para las ideas deshauciadas. Quizás el final de su novela es el suicidio de Rocío –me gusta ese nombre, finalmente remite a algo intenso y fugaz al mismo tiempo, algo inasible que adorna las mañanas- escuchando Bachelorette. Ha matado a su último amante dándole de comer una cazuela envenenada. Una cazuela donde Eddie, su gato, fue la carne sacrificada.

Pero eso, quizás, no es nada ortodoxo.

***           

Sólo en la mesa que precede el salón de actos, hay más de doscientos años. Y con ellos, quizás cuántos libros.            El esfuerzo es inútil. ¿Qué más podemos decir?

***

El quiltro, perro callejero o gato techero según afinidad. No un pura sangre, sino más bien compleja argamasa de mezclas sucesivas, daño genético pronosticado, falla estructural, un abandonado a su suerte, criado en la cancha de los propios errores. Se huele, se palpa. Escrutinio de la carne trémula y sus intentos de complacencia sensorial: reconocer el mundo a través de los sentidos una y otra vez. Lascivia que adolece. El quiltro es una condición marcada a fuego en una infancia un tanto adulta. Claro, estamos en una sociedad que no protege a sus niños. No hables, no te muevas, no juegues, no respires. No existas… pero ni eso puedes hacer bien. Pérdida temprana de la inocencia escondidos todos bajo la mesa o tras la puerta, escuchando el rechinar de la cama paterna. Fortalecimiento en círculos de círculos. Jugar  a las escondidas sin ocultarse, mantarraya, yéndose un rato a la mierda para volver a encantarse con la incertidumbre. Hay una informidad que asusta, que descoloca, obligando al quiltro a verse en un reflejo errático. Juegos de adultos reconociéndose en el tacto. En el tracto. Consumo temprano de estupefacientes, necesidad de olvido y necedad creciente. Buscar la forma de ocupar el espacio-tiempo para evitar el inminente tsunami. ¿Dejar o no dejar que la ola te lleve? ¿Hacerle frente o surfearla? Revolución del cuerpo grávido que habla: pulsión de muerte constante, nada habrá de dañarme, menos si se duerme arrullado por el mar. Finalmente, la ficción que hacemos de nosotros mismos nos engulle, mantarraya. Nos creemos el cuento, somos todos muñecos sin nombre en el teatro que nos inventamos y lo vivimos como si fuese ineludible. Carta de presentación que incluye la corrupción de la carne y la mente. Fingimos salir del País de nunca jamás. Fingimos amar y desear, mientras las oleadas de sangre nos moldean, haciéndonos entender que nada ni nadie nos pertenece. Y cada cual aprende a vivir con eso, mantarraya.

Deambulamos por las calles buscando sobrevivir al averno de cemento. Quiltros, eso somos. Tú, Santiago, Alejandro, Rocío, el compañero de la nariz operada, yo.

***

Hacemos señas. Decirle a alguien que no ha pasado nada, que se regresa. Que no se regresa. Todo a la parrilla: palabras afiladas que rasgan la página, telón de fondo, pavo real, la muestra... la niebla. Preferir dedos en la nuca, idea de algo, croquis, bosquejo. Dejar de ser seña, apéndice, marca formal, voluta de humo, carta arrastrada por el viento. En ningún lugar se es indispensable, mantarraya. Se es irremplazable sólo en tu cincuenta por ciento de adn regalado, polilla azotándose contra el cristal resplandeciente, encandilada. Sangre bullendo en el mismo circuito y dirección, creyendo ir hacia otro lugar. Creer fundar otro lugar. Esperar es lo mismo que escapar. Escapar es lo mismo que mentir. Acto suicida; pulsión de muerte llevada en el bolsillo, encerrada en un frasquito. La etiqueta tiene tu nombre. Beberé más tarde tu nombre. Y no habrá otra respuesta más que mi estómago rechazándote. Vomitaré esta noche tu nombre: expulsión visceral, frasquito, entrañas de algodón. Palabras malparidas, gritos acallados, desgarro interno, útero caído, lágrimas perdidas. Intervención quirúrgica que borre las marcas de nacimiento. Inventarse en medio de la calle. Nunca responderé a tus señas. Debo quemar la agenda, rasurar los brazos, las cejas, el pubis, la cabeza. El único testigo yace en tu estómago.

Lo único que quedará es este papel que no pide nada, perdido entre miles. Sólo espero que sean indulgentes con él.

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