Estaba sentada frente al asesino de su marido. Después de un año de ir atando cabos había llegado a la estación de destino. No necesitaba más pistas. Cuando la verdad llega así, de esa manera, no hay forma de engañarse ni aun queriéndolo. El esfuerzo por maquillar la realidad es inútil. Él mismo la proporcionaba las pistas, los datos, el camino sin retorno. Lo descubrió justo cuando él quiso, cuando la dio el último detalle de su asesinato. Así daba por concluido un largo proceso de autoinculpación. Ella no supo qué hacer. ¿Cómo reaccionar ante un desenmascaramiento semejante, ante la caída de un mito que se había convertido en un referente no sólo amoroso, también lo era en el plano moral e intelectual? Lo sospechaba desde hacía seis meses. Seis meses de zozobra, de negar las evidencias, de buscar explicaciones a su medida. Él fue marcando la pauta, en ningún momento la dejó de la mano. Ella no quiso aventurarse a buscar por su cuenta una verdad que la dejaría sin apoyaturas. Nunca tuvo inquietudes inspectoras ni policíacas. Esperó pacientemente a que el misterio se fuera desvelando por sí sólo, sin saber que existía una mano negra detrás, una mano que también la acariciaba avariciosamente por la noche. No se daba cuenta de que detrás de ese desenmascaramiento se encontraba él, haciendo una labor sibilina y subrepticia, midiendo los tiempos. Era como si la fuera abriendo los ojos gradualmente, hasta hacerla descubrir la gran mentira de su vida, que echaba por tierra un proyecto de vida en común.
Cuando fue consciente de ello, se encontraba frente a él. No podía ser de otra forma. Él quería contemplar su reacción, cómo se desmoronaba hasta perder cualquier rasgo de dignidad personal, para recuperarse acto seguido si la hacía comprender que fue un crimen necesario. Se encontraba frente a él y también frente al plato de salmón, en el restaurante al que habían ido a celebrar el aniversario de estar juntos, de haberse conocido íntimamente, que curiosamente, entonces calló, coincidía con el día en el que él encontró a su marido muerto. Él mismo lo había empujado por el hueco del ascensor, que aquella noche se había quedado entre los pisos tercero y cuarto. Fue la ocasión que había estado esperando desde que conocía al matrimonio. Enseguida supo que ella debía ser suya. Esperó el momento con paciencia. Sabía que no sería capaz de ganarse los favores de Rosa mientras formaran una pareja en apariencia tan sólida. Se vio forzado a hacer algo radical. Si Juan moría, tendría el camino libre, aprovecharía el momento de debilidad que ella experimentaría durante el duelo.
La impaciencia es el gran enemigo de los asesinos, junto con la ansiedad. Carlos lo sabía. Podía esperar el tiempo que fuera necesario. Dar un golpe de mano tan audaz a las primeras de cambio debía ser fatal, acabaría en la cárcel o con el eterno resentimiento de Rosa. Estaba convencido de que más tarde o temprano encontraría el momento propicio, entonces el asesinato resultaría como un juego de niños, o como hacer una chapuza en el edificio. Al volver por la noche se encontró el ascensor roto y parado entre los pisos tercero y cuarto. Por la mañana esperó a que su vecino de planta saliera para bajar juntos y así entablar una conversación ligera, el cruce de palabras de rigor. Al llegar al piso tercero lo cogió por la solapa y lo arrastró con facilidad hasta el hueco del ascensor. El factor sorpresa y su fuerza fueron sus aliados. Le resultó tan sencillo como quitar un caramelo a un niño, sólo que él no quería quitar ningún caramelo a Rosa. Quería quitarla un peso de encima. Pensaba que, por debajo de las apariencias, en su matrimonio existía un profundo desacuerdo que los hacía vivir encanallados sólo en privado. Rosa y él conseguirían hacer la pareja perfecta igual que había cometido el crimen perfecto. Perfección tras perfección superaría una vida llena de penurias sentimentales. Una vez cometido el crimen, debía avisarla. Rosa sería la primera en enterarse. No la avisó directamente. Habría sospechado si hubiera llamado a su puerta para decirla que su marido había caído accidentalmente por el hueco del ascensor. Esperó a que ella bajara. Lo tenía cronometrado. Bajaría en menos de media hora. Se ocultó de los vecinos que iban pasando siempre quejándose de que el ascensor continuara averiado. Cuando sintió sus pasos, empezó a pedir ayuda a gritos. Rosa bajó apresuradamente. La acompañó mientras esperaba a que vinieran los bomberos sin saber ella si quién había caído era su marido. Podía ser o no. Él insistió en que seguramente no porque el accidente debió suceder de madrugada, cuando algunos trabajadores de la construcción salen casi sonámbulos. Mientras esperaban a los bomberos, hablaron relajadamente, y sólo cuando sacaron el cuerpo de su marido, ella se vino abajo. De repente fue consciente de que su vida daba un vuelco de impredecibles consecuencias. Lloró desconsoladamente en el hombro de Carlos, que aquel día decidió no ir a trabajar. Se quedó con ella, ayudándola en los asuntos burocráticos y consolándola, sobre todo esto último. Así fue como ocurrió. Nadie sospechó de él, ni la policía, ni ella ni el resto de los vecinos. La versión oficial y la oficiosa dieron por cerrado el caso. Había sido un desgraciado accidente.
Carlos se tomó su pieza con la misma facilidad con la que asesinó a su vecino. Rosa cayó en sus brazos como consecuencia lógica de la dinámica de los acontecimientos. En lugar de cómo un criminal, ante sus ojos se presentó como un héroe.
Le resultó tan sencillo que no se conformó con llevar una vida plácida a su lado, decidió no guardar el secreto que en último término ardía en su conciencia. Se lo confesaría, pero de tal forma que ella lo comprendiera. Debía comprender sus razones porque también eran las suyas. Su crimen les convenía a ambos, les ofrecía un futuro mejor. La solución perfecta. Su confesión les haría cómplices. Él descargaría su conciencia. Se lo fue revelando por partes tan inconexas que no pudo llegar a la conclusión definitiva hasta tener el puzzle completo. Se reservó la última pieza para el día perfecto, para el aniversario de su crimen. La invitó a cenar en un restaurante caro. No quiso escatimar en gastos. Sellarían su relación con un secreto que los uniría más que el rito más barroco. Al compartirlo se harían cómplices en un nivel superior al sentimental.
Cuando Carlos puso la guinda que coronaba el pastel, cuando la dio un dato en principio insustancial sobre la hora en la que ella escuchó su voz de alarma el día de “autos”, Rosa se dio de bruces con una verdad que se había estado negando a reconocer durante demasiado tiempo. Se encontraba sentada frente a él y frente al salmón, ya sin poder tomar bocado, sin explicarse por qué no salía corriendo. Carlos estaba convencido de que no le delataría ni le clavaría el cuchillo ni el tenedor con los que se disponía a tomarse el salmón. Desde que planeó y ejecutó a la perfección su crimen, sintió una especie de certeza visceral de que todo le debía salir igual si se dirigía con la misma diligencia. Rosa estaba aturdida. Era lógico. Su conmoción inicial entraba en los planes de Carlos. La cogió de la mano y la sintió extraña, como si no fuera la misma, como si volviera a ser la mujer de otro, en este caso de un difunto que creía haber enterrado en el sentido material y en el sentimental. De repente sintió unos celos irreprimibles. Afloraron sus dudas. La aseguró que lo había hecho por amor, una razón que ella debía considerar suficiente. El amor puede justificar cualquier cosa, y un crimen debía justificar algo tan bonito como lo que compartían desde hacía un año. Romper ese camino casi ascético de perfección sería cometer un crimen en este caso injustificable. En la mano de Rosa estaba. Nunca se le pasó por la cabeza que ella pudiera delatarle. La reacción sobreactuada según su opinión de Rosa rompía sus esquemas. Carlos la tenía fuertemente agarrada por las manos. Ella pensó que era por miedo a que decidiera salir corriendo a denunciarle al primer policía que encontrara. Se equivocaba. Aquellas manos tomando las suyas tenían otra explicación, sondeaban su estado de ánimo. Rosa debía corresponder al amor que le había llevado a arrastrar a Juan de la solapa hasta el hueco del ascensor, tirándole sin hacer caso de sus súplicas, sin tomar en consideración la cordialidad con la que habían bajado hasta el tercer piso, hablando sobre el ascensor estropeado y del tiempo que les quedaba de hacer aquella gimnasia buena para la salud pero mala para las prisas con las que se levantaban, siempre a última hora, al borde de no llegar puntuales al trabajo.
El salmón tenía buena pinta, pero sólo tomaron un poco de lechuga de la ensalada, y un sorbo de vino rosado.
Nada más atar el último cabo, Rosa le miró con ira, si bien con una ira no exenta de amor. El amor todavía contaba, o contaba sobre lo demás. Rosa no podía separar radicalmente el acto criminal de Carlos de su amor, es decir, en cierta forma le podía justificar ya que su amor la había hecho soportable la muerte de Juan, habiendo ganado en el cambio aunque no estuviera bien reconocerlo. Su nueva pareja era mejor en todos los sentidos. La había hecho plenamente feliz. Carlos la preguntó si le iba a delatar y Rosa no contestó. Estaba claro que no, pero también estaba claro que ella debía ir despejando una a una sus dudas. Demasiados dilemas insolubles, que sólo el tiempo iría matizando. No la quedaba más remedio que sufrir las consecuencias, aceptar que en cierta forma también era culpable, y no sólo por la ocultación del crimen, sino por haber sido cómplice, porque su amor y el que despertaba en Carlos la debía complicar en el delito. Su felicidad se levantaba sobre la comisión de un crimen premeditado, que ella justificaría si no lo denunciaba. De alguna forma había ayudado a su ejecución, dejando entrever que a ella también la caía bien Carlos, su vecino por entonces. No era totalmente inocente ni Carlos del todo culpable. Poco a poco fue encontrando sentido a esta versión de lo sucedido. Seguramente el crimen había sido el resultado de una estrategia perversa que la realidad había urdido, y a ellos no les había quedado otra que ejecutarla. El azar los había gastado una mala pasada. Les había proporcionado motivos suficientes para actuar como actuaron, como ella misma estaba dispuesta a actuar cerrando los ojos o no queriendo ver que, detrás de toda aquella basura justificativa, había un muerto, Juan, del que realmente estuvo enamorada aunque Carlos apareciera como un amante irreprochable, un tipo que no se paraba en remilgos a la hora de conseguir sus propósitos, que en último término eran los de ella, alcanzar la plenitud. Juntos lo habían conseguido. Mejor no darlo más vueltas, o al menos intentarlo.
Se les quitaron las ganas de comer. Estuvieron como una hora sin reaccionar, allí sentados, vueltos sobre sí mismos. Carlos buscando su mano, que se escabullía debajo del mantel. No podía soportar el roce de aquella mano asesina. Estaba frente a un criminal, si bien con el atenuante del amor, de la enajenación mental consiguiente. Ella le veía como a un criminal y, a la vez, buscaba cuantas razones se la ocurrían para disculparle, todos los eximentes, el amor, que a lo mejor estaba descubriendo más fuerte que nunca, contradictoriamente, y esto sin duda porque hasta aquel momento no había sentido odio por él. El odio debía ser el ingrediente que hiciera resaltar el amor. El asesinato era una prueba de amor incontrolado, pasional hasta límites indecibles, casi maníacos. Carlos se lo dijo por si no había quedado lo suficientemente claro. No se lo podía tomar como un acto perverso si lo analizaba en profundidad, sino como la prueba que todos los amantes buscan, aquella que deja constancia y produce certeza. Que no era un vulgar asesino se deducía de su vida ordenada. No volvió a cometer otro crimen ni tuvo ningún problema con la justicia. Durante ese año no dio un solo motivo para la duda en ese tema. Jamás se puso violento con ella, nunca la dedicó una palabra más alta que otra. La trató como a una reina sin ser aristócratas ninguno de los dos.
Rosa sufrió una verdadera tormenta interior. Pero no se descompuso. Lo llevó con entereza. La lucha por salir indemne ante semejante contratiempo fue encarnizada. Poco a poco se rescató de la conmoción. Su capacidad de reacción fue tan rápida que en poco más de una hora se liberó de todos los problemas de conciencia que pudiera tener. Le miró fríamente, con la certeza que la proporcionaba los datos objetivos y su amor. Le quería más que nunca. Le tomó de la mano que durante todo el tiempo había tratado de tomar las suya y le clavó las uñas en prueba de su odio y de su amor desmedidos. Carlos aguantó sin rechistar, sin encoger el brazo, sabiendo que aquello era una mezcla confusa de sentimientos contrapuestos, de los mejores y de los peores. No le delataría. Podía estar tranquilo. Las marcas en su mano y la sangre corriendo por el mantel lo ratificaban. Así, simbólicamente, expiaba sus culpas. No merecía pena de muerte ni de cárcel. Carlos estaba seguro de ella, había calculado bien, y ella de él. Ya más tranquilos se tomaron el primer vaso de vino, y un segundo a pequeños sorbos durante un largo silencio que los hizo volver sobre el salmón. Se lo tomaron también sin articular palabra. Así retomaban una normalidad que habían abandonado durante apenas dos horas, en las que se dilucidó algo muy grave o quizá intrascendente porque lo importante debía ser el amor. Se tomaron el salmón con parsimonia, como queriéndolo conceder el valor probatorio de que la normalidad había vuelto a sus vidas, así se demostraban mutuamente que nada había cambiado, que aquello en todo caso los iba a hacer disfrutar más del pescado y después del postre y del cigarrillo mientras volvían paseando a casa. Rosa protegió con su pañuelo de cuello la mano herida de Carlos. Se tomó un té mientras Carlos se tomaba un coñac. Salieron muy juntos, satisfechos por ello y satisfechos también de lo que había pasado y cómo había pasado, ella quizás más. Si no hubiera sido por el arrojo temerario de Carlos, sin duda cargado de cierto grado de inconsciencia, no estaría sintiendo algo tan fuerte y profundo, que no sólo era amor, pero que sobre todo era amor, tanto que sentía taquicardias. Volvieron a casa para hacer el amor sin pasar por el pub donde por regla general solían tomarse la última copa. Al día siguiente aquello les parecía un sueño extraño. No lo volvieron a referir.
Al año ocurrió algo que devolvió la incertidumbre a Rosa. Un vecino se cayó por el hueco de la escalera, de cuya mujer Carlos la había hablado en término elogiosos. Lo empezó a dar vueltas. ¿Se repetía la historia tal vez? De ser así, ella quedaba en una posición difícil. Después de analizar minuciosamente los datos a su alcance, decidió no dar por sentado nada ni mirar para otro lado, sino enfrentarse a lo que podía ser una reedición de la misma historia. Decidió espiarle. Estaba segura de que, detrás de la aparente normalidad de su vida matrimonial, que él propiciaba con su plena dedicación, había una segunda lectura y, acaso, una vida paralela que él, con su facilidad para el desdoblamiento de personalidad, hacía verosímil. Igual que con anterioridad se había querido escamotear cualquier realidad contraria a sus intereses, esta vez daba por sentado que había gato encerrado en el comportamiento perfecto de Carlos. En lugar de presumir su inocencia, empezó a presumir su culpabilidad. Debía conseguir la prueba del crimen y, como consecuencia de ello, de su infidelidad. Llegó a temer por su vida. Si había consumado un crimen para quedarse con su vecina en exclusiva, ella también estaba sobrando, así que empezó a tomar precauciones. Si bajaban juntos la escalera, nunca lo hacía delante de él. Se ponía en guardia cuando le veía con un arma potencial. Por la noche siempre esperaba a que se durmiera, por si acaso, y por la mañana se solía levantar antes. Llegó a sentirse víctima de una paranoia tan delirante como la que la produjo su amor ciego e incondicional por él. En cualquier caso se sentía víctima de sí misma, de sus pulsiones irracionales. Había pasado del amor incondicional al recelo absoluto. No tardó en encontrar la primera pista. Las piezas del puzzle de su vida ordenada de nuevo se empezaban a descolocar. Lo prefería a pasarse la vida en un engaño perpetuo, en la que el amor actuaba en forma de señuelo, es decir, no era una realidad incuestionable. Mejor demoler el edificio de su relación desde sus cimientos que continuar con una farsa por bien urdida que estuviera. De nuevo el miedo, la tierra temblando bajo sus pies, el mundo dando vueltas alrededor suyo sin poder hacer nada por orientarse. Además de su estrategia defensiva, fue ideando un plan de control consistente en llevar un registro de sus salidas y sus llegadas, de sus palabras y sus silencios, de sus llamadas telefónicas y de sus tiempos muertos. Siempre conseguía encontrar un resquicio para la duda, una fisura en la planificación que él hacía de sus salidas y entradas, de sus palabras y de sus silencios, de sus llamadas telefónicas y de sus tiempos muertos, de aquello que Rosa no podía dar respuesta cierta ni Carlos hacerse responsable. Del primer miedo pasó a la excitación por el descubrimiento de una nueva prueba, de un nuevo desperfecto en la cadena de acontecimientos que él iba enlazando para destruirla moral y sin duda también físicamente.
Después de una semana de intensas pesquisas, de analizar concienzudamente los datos que iba anotando por orden cronológico, reloj en mano, sin que se la fuera un solo detalle, hizo un intento de síntesis, y se la ocurrió algo que la produjo un escalofrío. Tal vez Carlos contaba con todo aquello, más aun, seguramente aquellos datos reveladores no eran fruto de su esfuerzo ni de su capacidad inspectora, sino una vez más del empeño de Carlos por manejar las situaciones más enrevesadas. Él ya debía contar con sus sospechas y sus movimientos estratégicos. De ser así, volvía a convertirse en una marioneta suya, a seguirle el juego como si fuera una estúpida. Aquella idea la dejó postrada en el desanimo, imposibilitada para luchar contra un determinismo tan brutal, sin moral ni más interés que el propio, sin amor ni odio porque Carlos parecía hacerlo todo como un autómata. Seguía teniendo el mando de las operaciones. Suya era la iniciativa. Volvía a utilizarla. Sembraba en ella la duda para consumar unos planes que se la escapaban desde aquella perspectiva. No podía estar segura de lo que era real o inventado. La estrategia de la araña de Carlos la enredaba hasta dejarla sin recursos, la dejaba sin puntería a la hora de interpretar los datos.
Estuvo paralizada durante toda una tarde, sin saber qué hacer. Se la llegó a pasar por la cabeza huir, abandonarle. Pero la solución no podía ser tan simple. Se sentía incapacitada para sortear el descomunal y extraño entramado urdido por Carlos. Un mundo diseñado a su gusto y sobre la marcha. La encontraría allí donde fuera. No le iba a resultar complicado si había salido bien parado de dos asesinatos en los que en ningún momento apareció como sospechoso. No sabía qué camino tomar. En cualquier caso y como premisa para salir del atasco tanto intelectual como emocional daba por sentado que Carlos se había convertido en el ojo del gran hermano sin necesidad de verlo todo, sin vigilarla las veinticuatro horas del día. La espiaba de otra forma. Quizá Rosa se hacía el marcaje a sí misma. Se consideraba una pieza fácil. Reconocimiento que no la ayudaba a sacar soluciones imaginativas. Las dotes para la intriga de Carlos estaban por encima de la media, indiscutiblemente por encima de las suyas. Ella había aprendido algunos trucos, pero él era el maestro.
El laberinto era intrincado. Para salir de él tendría que pensar como pensaba Carlos. Debía entrar en su mente como él había ocupado la suya. Se trataba de adelantarse a la siguiente decisión, a la siguiente propuesta. Era complicado, no imposible. Su intuición femenina la debía servir hasta cierto punto. La había ayudado para alcanzar el primer estadio de certidumbre. Ahora debía ir más allá. Decidió jugar a la contra. Daba por sentado que él sabía que ella sabía su nueva trama. Debía invertir el orden de conciencia que cada uno tenía sobre el otro. Debía hacerle pensar que nada había cambiado, dando por sentado el statu quo después de haber dudado y haberse puesto en lo peor. ¿Cómo hacerlo sin levantar sospechas? El planteamiento resultaba sencillo. Pero no era una actriz ni tenía cualidades interpretativas. Si descubría sus maniobras, sería el fin. Carlos encontraría una forma fácil y limpia de deshacerse de Rosa si ella no acababa con antes con él. En una confrontación directa siempre tenía las de perder. Por la cabeza se la pasaban todo tipo de soluciones, incluida la más sencilla y expeditiva, la de asestarle un golpe y, una vez comprobada su muerte, llamar a la policía. Con la policía sería capaz de luchar por su supervivencia como persona de derecho. La sería más sencillo que entablar una lucha de estrategias con quien la debía superar con facilidad. Confesaría su asesinato y a partir de ahí trataría de buscar todos los eximentes posibles. De repente sintió una felicidad extraña, como si desde ese momento de lucidez se pudiera considerar una mujer libre, liberada de una opresión que al fin tomaba carta de naturaleza, hasta entonces solapada por sentimientos que la hacían prisionera y cautiva. Se levantó y empezó a recorrer la casa en busca del mejor lugar para ejecutar su plan. Debía contar con el factor sorpresa. Cara a cara sería incapaz de darle una bofetada. Nada más mirarla a los ojos, él descubriría sus intenciones. Debía ser a traición. La traición en este caso estaría sobradamente justificada. Quizá en la cama, una vez dormido, o recién llegado de la calle, especialmente el jueves, cuando solía volver con algunas copas de más, o el sábado, mientras veía el partido también un poco pasado de alcohol. No quiso tomar una decisión que, tratándose de lo que se trataba, siempre sería apresurada. Todavía lo tendría que dar más vueltas, durante días o quizá durante semanas. Carlos no debía notar cambio alguno en su comportamiento. Lo más definitorio de sí misma, su mirada, debía expresar lo mismo desde que empezó a sospechar el nuevo asesinato. Debía continuar con la misma estrategia que últimamente la llevaba a desconfiar de él. Si daba un nuevo giro a su comportamiento, Carlos también volvería a cambiar de orientación. No tendría que ser especialmente solícita, ni seca, ni agria ni dulce, ni complaciente ni arisca, eso sí, no le debería dar la espalda jamás, ni confiarse. El final estaba cerca. No podía bajar la guardia en ningún sentido. Lo mataría como él había matado dos o quien sabe si no más veces, con frialdad, como la que resuelve un problema de aritmética, sabiendo que de aquello dependía su vida o, cuanto menos, una vida razonablemente tranquila.