__ "¿Qué hace usted en esta casa?"__ preguntó el principito. Disfrutaba paseando por el campo, y cuando encontraba una casona abandonada, simplemente entraba y la recorría en silencio.
__ "Yo hago arte. ¿Y tú?"__ contestó desde la penumbra el sujeto, que acababa de dejar un candil encendido sobre una repisa.
__ "Me gustan las casas sin gente. A veces, el viento las hace susurrar. Crujen un poco las cancelas, los picaportes desprendidos o los cartones entre la maleza. Entonces, parece que por unos momentos la casa te habla de su pasado. Es bonito."
__ "Pues yo pertenezco a la Hermandad de los Moradores-iluminadores"__ repuso el artista, encendiendo otra vela.
__ "¿Moradores-iluminadores?"__ dijo el principito, sorprendido.
__ "Sí. Encendemos candiles en mansiones antiguas . La condición es que deben estar abandonadas. No es nada complicado, pero requiere su solemnidad"__ y el hombre dio un paso atrás, entornando los ojos.
__ "Esto me recuerda a unas imágenes dibujadas en un libro sobre Prehistoria. Los habitantes de las cavernas aparecen iluminando con teas las paredes, para poder dibujar sus animales allí. ¿Es algo parecido a ese arte?"__ preguntó el Principito.
__ "No exactamente"__ repuso el hombre, tomando una palmatoria. __"Nosotros sólo encendemos luces, y después nos marchamos. Pero guardamos cierta simultaneidad: ahora mismo hay decenas de compañeros realizando esta misma labor, en otras tantas casas solitarias".
El Principito miró juguetear los frágiles resplandores sobre el techo. Pensó : "No creo que los hombres del Paleolítico estuvieran tan bien organizados".
__ "Y ¿qué pasa cuando se apagan las luminarias?"__ le inquirió de nuevo.
__ "Pues en verdad no pasa ... nada"__ contestó el hombre. __ "Simplemente, se extinguen de forma natural. Ninguna luz debe ser repuesta, sustituida o trastocada . Nuestra labor es, por decirlo así, crear una geografía múltiple, discontinua, de humildes velas encendidas en moradas dispersas. Eso es todo."
__ "Pero si lo hacéis en soledad, individualmente, ¿quién podrá apreciar este arte?" __ y el Principito torció el gesto, sin terminar de comprender.
El artista, que al parecer había completado su labor y se había sentado en una silla desvencijada a contemplarla, miró al pequeño.
__ "Ciertamente es un arte inabarcable. Nadie puede comprobar la simultaneidad de estas pequeñas iluminaciones. Para hacerlo, debería ser una especie de divinidad, o al menos, disfrutar de una percepción sobrenatural ¿no te parece?"__ sonrió.
El Principito volvió a contemplar la obra de arte, efímera y mortecina. Nunca se le hubiera ocurrido que hubiera gente dedicada a tales oficios.
Sin embargo, en el fondo, algo dentro de él estaba muy conforme con aquella labor.
Pensó : "una llama se debilita y acaba por extinguirse aquí, mientras otra, quizá lejos, en otro lugar semiderruido y oscuro, está a punto de ser encendida.
Si tuviera un rato libre y pudiera escoger una ocupación, quizá elegiría caminar muy suavemente hacia una de esas moradas inútilmente iluminadas, como un devoto camina hacia el templo vacío".
Pierre Menard , "El pequeño Príncipe"
Instrucciones para hipnotizar arañas en París
Las arañas invadirán París; esto es inevitable, nostradámico. Tras las lápidas de Père Lachaise se van reproduciendo, inmisericordes; oh, París, grandiosa prostituta, ¿qué corriente de flores malignas te va infectando el espinazo? De cualquier rendija brota el musgo, los adoquines ceden, vacilantes minerales que en lo oscuro confiesan su retirada, sus sagas claudicantes. Habría que recuperar la matriz pura de suelos arenosos que sustenta a los cementerios para anticiparse a las hordas de arañas, y recitar, en esta urbe arterial y embravecida, de ciclópeas arcadas como enrojecidos ojos de un gigante manco, un exorcismo de liberación para que el porvenir se lave de ácidos completamente en el vientre del Sena, se tienda pacífico al sol de mediodía, inmaculado ya y limpio de arácnidos.
Primero hallaremos la disposición de los cementerios, lo cual es sencillo, pues en los mapas antiguos, los cementerios también muestran su despliegue de élitros de piedra y sus penumbras estatuadas, solamente hay que localizarlos y atraparlos en cuerdas de lápiz rojo, nunca azul porque un mapa de París que se precie es tan azulado como París mismo. Sobre el azul de París el lápiz rojo señalará su recinto violeta rodeando cada cementerio, y sólo entonces tendremos por cierto que ninguno hemos omitido, que somos sabedores de toda una estrategia basada en lápidas.
Menos simple, más laboriosa y tortuosa será la tarea de excavar la tierra madre bajo la cual yacen los tentáculos de carbono, dilucidar a base de ingenio la clave de cada cementerio, montar guardia ferviente cada noche no lunar bajo las ancestrales estancias, hasta que de tanto mortecino bisbiseo, de tanto musitar los moradores internos, vayan surgiendo las nuevas galerías, los pasajes prístinos, las otras arquitecturas, las que sustentan de verdad el mecanismo del subsuelo.
Y entonces, insomnes, recorrerlas, con bastones de cedro y puño de pelo de chivo, firmemente agarrados con la mano, a expensas del recelo de gendarmes absortos, a espaldas del furor del populacho aún dormido, andar en un Elíseo avance, flotar suavemente hacia Montmartre, escandalizar con fantasmal desnudez a los mendigos nocturnos en Bois de Boulogne, y así ir extirpando de la oculta raíz de la ciudad baja la cifra de todos sus pasadizos.
Y no solicitar jamás ninguna ayuda.
Entonces iremos observando cómo va encontrando su camino al exterior todo ese aire adormecido en la entraña, cómo se abren paso las vías minerales de interior por el puro goce itinerario de la expansión, con la fresca delectación de lo aireado, hasta paulatinamente confluir, entramarse, progresar a caño abierto, huracanarse hacia el centro de la urbe donde ya late esperando el corazón de tierra orgánica, el inmenso lagarto latente.
Y así habremos hallado en qué profundas bóvedas catedralicias, entre miríadas de caparazones de lemming, truena el lento redoble del corazón de la piedra.
No resultará fácil, pero lo averiguaremos. Solamente así podremos hipnotizar a las arañas que ahora infestan los cementerios, aventar los pasadizos que esas obreras espantosas han perpetrado para apoderarse del secreto de París.
Las hipnotizaremos tan sólo con adelantarnos y conquistar el corazón matriz de la intraurbe.
Y luego marcharemos en barcazas nocturnas río abajo para escapar de vengativas arpías, brumosamente satisfechos, en la dudosa compañía de presbíteros y travestidas.
Pierre Menard , "Manuscrito hallado bajo una fuente romana"
Kung-Fu-Tzu y la mariposa
__"Vamos, Chuang-Tzu. ¿A quién quieres engatusar con esa fabulación?" díjole, desafiante, Kung-Fu-Tzu a la pequeña mariposa que reposaba en la palma de su mano.
__"¿Qué fabulación, Kung-Fu-Tzu?" __ le contestó el insecto.
__"Ese cuentecillo acerca de tu duda acerca de si eres Chuang-Tzu soñando que eres mariposa, o mariposa soñando que es Chuang-Tzu. Sabes perfectamente que te sueñas como mariposa, y que después despertarás, y que volveremos a conversar como personas cabales", respondió Kung-Fu-Tzu, imperativo.
__"¿Quieres que despertemos, Kung-Fu-Tzu?", preguntó la pequeña mariposa desde su mano.
__"¡Claro! ¿Cómo mantener una conversación razonable con un insecto, que además habita en mi sueño como yo habito en el suyo?"
__"Pues yo te pregunto ahora, Kung-Fu-Tzu : si despierto y desaparezco como mariposa y regreso a la realidad como el Chuang-Tzu que afirmas que soy ...", e hizo una pausa.
__"Continúa", apremió Kung-Fu-Tzu, empezando a impacientarse.
__"... ¿Quién te asegura, Kung-Fu-Tzu, que en la vida real, no serás tú una mariposa en mi mano tal y como yo aparezco ahora en la tuya, como perfecto complemento a esta ensoñación?"
Kung-Fu-Tzu vaciló por un instante. No hallaba la oportuna réplica.
__"Voy a despertar, Kung-Fu-Tzu. A lo mejor no eres más que una humilde mariposa. Quiero comprobarlo" , y partió de la mano, volando.
Escoja usted un conjunto de figuras geométricas de alambre
Elija asimismo un sesudo texto cualquiera que se deje mancillar
Deje caer graciosamente las formas geométricas sobre el indefenso texto
Ahora elija qué formas englobarán, y cuáles de ellas señalarán
Para la figura englobante, remarque el texto encerrado en ese recinto
( esparza sus frases en repentinos versos )
Para la figura señalante, escoja los sintagmas ensartados en sus aristas
(esparza sus frases en más súbitos versos)
Finalmente, elija un orden de geométrica lectura
Copie concienzudamente el resultado (*)
en la espalda de una bonita muchacha o en un pentagrama de cristal
El poema se parecerá a usted. En cualquier caso
puede usted cantarlo a voz en grito o desecharlo :
Es usted un escritor de hechizante sensibilidad.
(*) Tomemos un ejemplo ilustrativo:
Esta brisa fina,como debe de ser, limpia las aristas de las hojas, despeja la semana, desnuda el cielo hasta lo inverosímil.
Es cuando las muchachas silban y los caballos lucen su lámina perfecta, y la felicidad sale al paso de la información calumniosa.
El mar se pasa toda la mañana bajo el agua, bajo el sol alegre, desprovisto de todo sentido.
Parece que estamos en los años inmediatos a la guerra europea, y que mañana va a aparecer un largo poema de Apollinaire que, claro, ya lo leímos en varias antologías porque después cambió el tiempo y vino un viento sur propicio a las innovaciones inverosímiles.
__"Me apetecía verte despertar", contestó él, con voz conciliadora.
__"Sabes que él volverá de un momento a otro con la pitanza. Está amaneciendo". Ella oteó el horizonte, inquieta.
__"Pero estás tan bella así ... Además, me prometiste que algún día le aclararías la situación"
__"Nunca te prometí nada. Además, ya sabes que no eres mi tipo. Te he dicho mil veces que tienes la cola demasiado larga para mi gusto. ¡Márchate ahora!".
(Y contra un horizonte anaranjado se recortó la descorazonada silueta de un Diplodocus alejándose, mientras la hembra de Triceratops pensaba con alivio que, cuando despertara de nuevo, aquel dinosaurio ya no estaría allí).
Pierre Menard , "Monterroso explicado a los niños"
Monalda y Cristalda, las complementarias
Nos cuentan los testimonios escritos que Cristalda se construyó a imagen y semejanza de su recíproca, llamada Monalda. También explican que algo se torció tras esa original epifanía, porque con el transcurso de los años Cristalda se fue convirtiendo en algo parecido a una ciudad complementaria de Monalda. Ambas yacen aún hoy a ambos lados de una infranqueable garganta, cuyo río resuena, fragoroso y secreto, kilómetros abajo.
Pocos sabrían decir realmente si Cristalda fue generándose paralelamente a su hermana mayor, o si en realidad el mismo día en que Monalda se consolidó como ciudad, simplemente surgió de entre las peñas de la vertiente opuesta de manera especular.
Lo cierto es que Cristalda parece querer constantemente poner contrapuntos y contrapesos : por cada jardín que se construye en Monalda, en Cristalda aparece inadvertidamente un solar; por cada parterre allí, una escombrera allá; las cúpulas y torreones de una se ven tercamente correspondidas por pozos y excavaciones en la otra ; la simétrica ubicación geológica de ambas en el valle hace que, mientras que en una el sol invade calles y plazas, la otra permanece en la fresca umbría, y a medida que el astro avanza se vaya cumpliendo la inversa. Tan sólo al breve momento del mediodía parecen equilibrarse los claroscuros, pero esto escasamente dura un minuto, como si esa irritante homogeneidad fuera inconcebible a algún secreto Orden de cosas.
También se ha comprobado que, por una veleidad gravitatoria del planeta, hay un ciclo de siete años en los cuales el hondo torrente prefiere los acuíferos subterráneos de Monalda , y entonces ésta se va poblando de pozos y surgencias, afloran las aguas por doquier, se colman fuentes y estanques, y la ciudad deviene fértil húmeda orgánica insalubre; exactamente en la misma medida en que Cristalda se deshidrata progresivamente y la sequía se apodera de cultivos y parcelas. Pero esto dura exactamente siete años, tras los cuales Cristalda va recuperando sus feraces verdores y rellenando albercas y lagunas, que en Monalda tienden a desecarse.
A lo largo de las épocas, numerosos intentos de interrelación se han producido entre ambas : amagos de invasión, de emigración, de expedición, de anexión; todos en vano. Una rara maldición parece querer separarlas, aunque a la vista una de la otra siempre han permanecido.
Recíprocas migraciones de sus habitantes se produjeron cíclicamente; unas, huyendo de pestes y plagas que menudeaban en la ciudad húmeda; las de enfrente, buscando alivio a su mortífera sequía. Unos y otros con la vista codiciosa puesta en la ciudad del lado opuesto, la que hubiera resuelto sus respectivas cuitas. Pero no se conoce el éxito en ninguna de estas empresas; la ancha garganta ha resultado siempre infranqueable por más kilómetros recorridos en busca de una pasarela que cruzara al otro lado. Se sabe de cientos de intrépidos espeleólogos de la Monalda feraz que perecieron ahogados en los insanos pozos del subsuelo, en busca de ese mítico pasadizo que desembocara en la Cristalda seca. Y no se ignora que un número similar de infortunados anónimos cristaldianos intentaron en vano una empresa similar.
Asimismo hubo un tiempo en que los habitantes de Cristalda encendían fogatas en las piras de sus colinas a la manera de los antiguos fareros o piratas, con la intención de obtener respuesta de los monaldianos. Sin embargo, cada fuego que se apagaba en Cristalda al instante tenía su correspondiente en Monalda, de la misma intensidad y duración. Esto, que en un principio se había entendido como mutuo acercamiento, derivó en incomprensión, acabando por interpretarse como una burla. Nadie entendía los mensajes lumínicos del otro, ni el porqué de su perfecta simetría.
Quizá ignoraban que por cada luz encendida en Monalda, misteriosamente otra se extingue en Cristalda y viceversa, como siguiendo una pauta inexorable.
Finalmente, las dos urbes terminaron por darse la espalda, y largas décadas llevan ignorándose con rencor.
Sin embargo, mágica es la relación que las une de forma latente.
De seguro desconocen sus habitantes que por cada nuevo infante que nace en Cristalda, un desfile mortuorio surca las calles de Monalda. Que cada muchacha monaldiana cuyo corazón es partido por un amante cruel, provoca un súbito arrebato amoroso en una sorprendida joven de la ciudad enfrentada.
Hay quien incluso afirma que si un vagabundo desahuciado desaparece en una, reaparece al instante en la otra, desmemoriado y pujante, desnudo y vigoroso, con imparable afán por recomenzar su vida.
Pierre Menard , "Las ciudades divisibles"
UBIK, el Interliteraturizador
Le presentamos el definitivo, el genuino interliteraturizador : Ubik.
¿Pasa usted por una época de sequía creativa? No se preocupe, a todos nos ha sucedido alguna vez.
Pruebe con los trueques sintácticos, con los impagables desvíos léxicos que Ubik descubrirá por usted. Ubik le ayudará a disfrazar un texto de reconocida valía artística, convirtiéndolo en algo casi suyo ¡Y nadie lo va a advertir!
¿Desearía usted haber sido el autor de esos escritos que siempre han reposado en su mesilla de noche? Morosas prolongaciones, finales impostados, planteamientos paralelos, hábiles reciclajes, descartes simulados del verdadero autor ... Pierda cuidado : Ubik encontrará para usted la forma de apropiarse de la manera más sutil de sus libros de cabecera.
Ubik : un auténtico yacimiento de proto-literaturas, de intra-literaturas, de para-literaturas, de pseudo-literaturas. ¡Descubra el inigualable placer del préstamo literario carente de todo permiso! ¡De ese delicioso eufemismo llamado "intertextualidad"! ¡Sea usted el inadvertido “negro” literario de sus autores predilectos a posteriori, in fraganti , con total impunidad y la mayor comodidad!
¡Y sin salir de su propio hogar!
(Ateniéndose estrictamente al uso indicado en el Manual de Instrucciones, Ubik es completamente inofensivo y le deparará el placer insospechado de inigualables ratos de literatura, impostura, combinatoria y desvergüenza. No olvide manejarlo con la debida prudencia).