Estoy nervioso. Voy saliendo de casa rumbo a mi primer día de trabajo, en realidad, este trabajo lo realizo hace años, pero hoy tengo cita con un cliente nuevo, y en mi oficio, ésto es como empezar de cero cada vez. Su hija me llamó hace como diez días atrás, me dijo que tenía buenas referencias mías, y que éso la tranquilizaba, pues a mí también. Sé que mis clientes, incluso sus familiares, quedan conformes con mi trabajo, y ésto, en cierto modo, me enorgullece.
Generalmente mis clientes son gente de edad, por lo que el acuerdo laboral lo llevo a cabo con sus hijos, y a veces, hasta con sus nietos. Es complicado, porque suelo tener buena onda de entrada con los parientes, pero a la hora de conocer a quien, en definitiva, voy a tratar a diario, la cosa cambia. Son personas de edad, como ya dije, pero tienen una peculiaridad, han perdido la vista, total o parcialmente, hace poco tiempo y no se acostumbran aún a vivir en penumbras. Esto los convierte en personas vulnerables, y muy, muy, irritables. Ahí entro yo, entro en sus vidas, para, cómo diría?, para prender una lucecita en sus tardes de ocio. Llego después de la siesta, suelo encontrármelos aún en la cama, un tanto amodorrados, pero relajados, lo que permite, junto a mis lecturas en voz alta, convertir esa tarde gris en un rato de aventuras. Me gusta elegir lo que voy a leerles, siempre que éllos me los permitan, claro, busco relatos de viajes, crónicas de conquistadores, bitácoras de navegación, también mitos y leyendas de diferentes culturas y épocas, creo que de este modo logro que mis “abuelos” – así los llamo para mis adentros, sin que se enteren porque generalmente no les gusta – suelten un poco la fantasía y se dejen llevar hasta otros tiempos y otros lugares donde jamás estuvieron, ni estarán. Otras veces, sólo una palabra basta para dispararles un recuerdo, de los miles que atesoran, de un tiempo lejano pero real, vivido en cuerpo y alma, registrado en esa memoria frágil, que va y viene, que viaja con más facilidad a la niñez y adolescencia, que al mediodía de hoy, y que dejó pliegues en el cuerpo, que se encoge día a día, como por arte de magia.
Recuerdo la primera vez, mi primer lectura en voz alta, mi primer cliente. Estaba aterrado! Qué iba a leerle, cuánto me iba a equivocar? Lograría entretenerlo o lo mataría de aburrimiento? Recuerdo que hasta me pregunté dónde me iría a sentar? Lejos del anciano, me oiría? cerca, su aliento a viejo me daría náuseas?
Yo quería leerles a chiquitos en el hospital, es más, fui una vez para ver de qué se trataba, salí hecho bolsa, no resistí ver esas caritas de dolor y desolación, peor aún las de sus madres, sentadas a los pies de las camitas... no… no hubiera podido.
Por un tiempo desistí, hasta que un compañero de trabajo, y amigo, me comentó que su vecina, una cuarentona simpática, le había preguntado si no conocía algún acompañante terapéutico, o algo así, que pudiera “entretener” a su padre, que estaba viejito ya y no se levantaba de la cama por nada del mundo, que pensó en él – dijo – porque trabajaba en la biblioteca y pensó que, bueno, ahí quizá habría alguien que necesitara algo de plata, y que tuviera cierto nivel cultural, y que fuera confiable, en fin, ésas cosas. Mi amigo le dijo al toque que sí, que justamente tenía una persona ideal para éso, educado, paciente, y necesitado de dinero – ése vengo a ser yo - y bueno, así empecé.
Me cité con la hija, la cuarentona, la verdad que sí, muy simpática. Me contó cómo el viejo se fue consumiendo de a poco, o mejor dicho, de golpe, en los últimos tiempos, y que si bien élla lo quiere mucho, lo ayuda económicamente, le puso una chica que limpia y una enfermera que lo cuida de noche, y todas esas cosas, no puede estar mucho con él, su trabajo no le da respiro, y su falta de paciencia se lo impide. También me contó cómo era este hombre de joven, alto y robusto, cabellera marrón bien tupida, emprendedor, siempre haciendo trabajitos extras, changas, favores, se daba maña para las cosas de la casa, electricidad, plomería, esas cositas. Adoraba a su esposa, y a élla, única hija, la tenía en un pedestal, pero eso sí, tenía un defecto (alguno hay que tener), era muy malhumorado, mucho. Ahí, precisamente en ese momento, me di cuenta que toda esa historia que me estaba contando tenía por única finalidad llegar al asunto del “malhumor”, no me costó imaginar que ese malhumor hubiera empeorado con los años, como suele suceder, y más aún si este buen padre hoy se veía impedido de moverse libremente, lo que para un hombre tan activo como él, debía ser una pesadilla. A pesar de ésto, o mejor aún, pesándome ésto, decidí probar, qué podía perder? – pensé – nada más que una tarde y como mucho ligarme algún insulto, no más. El acuerdo económico, al que había llegado con la hija, no estaba nada mal.
Así fue como saqué de la biblioteca algunos libros. Como no me decidí por ninguno, llevé todos, una mochila llena de libros variopintos, menos de cocina, creo que llevé de todos los géneros y tamaños. Me recibió la chica de la limpieza, jovencita y requetetímida, apenas se le escuchó un hola y me señaló el cuarto, ése fue todo mi recibimiento, sabía que Irma, la hija, no iba a estar, porque ya me lo había avisado, pero, no sé, me imaginaba otra cosa, qué se yo.
El dormitorio era un lindo ambiente, amplio y luminoso, con una ventana muy alta que daba a un balcón francés con algunas macetas, lindo. Los muebles eran bastante modernos, no parecían los de un anciano, seguramente su hija se había encargado de cambiarlos no hacía mucho tiempo. La cama era chica, pero no angosta, sería plaza y media, con un grueso acolchado color té con leche. Pisos de madera lustrados, una mesita de luz ancha, con pocas cosas, una lámpara con pantalla de tela, un reloj pulsera con malla de cuero negra, un vaso con agua y un pañuelo de tela doblado y perfectamente planchado. Eso era
todo, no había remedios, ni jeringas, algodones, ni papagallos, nada que diera olor a enfermo, nada que se pareciera a un hospital. Bien! éso me agradó.
El anciano en cuestión, que ya a esta altura sabía que se llamaba Alfredo, Don Alfredo, estaba semisentado, apoyado en un par de grandes almohadas blancas, y durmiendo, o haciéndose el dormido, nunca supe. Al lado de la cama había una silla de madera, roble creo, con un almohadoncito verde, puesta en dirección a la cama, como apuntando a la cabecera. Seguramente es para mí – pensé – qué hago? me siento? pido permiso? toso? lo despierto con un sacudoncito? mientras meditaba las opciones, siento “sentáte donde quieras, hijo”, era la voz de Don Alfredo, que me miraba con un solo ojo a medio abrir, me quedé congelado. Estuvo despierto mientras yo miraba el cuarto, las cosas y a él? a decir verdad fue tan sólo unos segundos que estuve allí parado, pero no sé, me parecieron siglos. Opté por la silla, apoyé la mochila en el piso, me disponía a abrirla y así sin más, agarrar cualquiera de los libros y comenzar a leer, atolondradamente, estaba tan nervioso que no me había dado cuenta que aún no me había presentado, ni me había quitado el abrigo.
Una vez más, se dirigió a mí y me dijo “ así que te llamás Horacio vos? nombre de poeta, lindo, che” (con el tiempo aprendí que le gustaba la poesía, y de tanto en tanto algún poema le leía). Eso me calmó, ese hombre no parecía ser aquel viejo gruñón que me había imaginado, al menos no por ahora. Le di una palmadita en la espalda, aún no sabía como tratarlo, darle la mano? un beso?, me saqué el abrigo y, ahora sí, me senté más tranquilo en la silla.
Justo cuando estaba por preguntarle qué tipo de lectura prefería escuchar, él, como interrumpiendo mis pensamientos, me dijo que no quería que le leyera nada, que eso de la lectura era invento de la hija y que a él le parecía cosa de chicos, que ya estaba grande para que le leyeran cuentitos en la cama hasta conciliar el sueño, que si bien
le costaba mucho leer, a decir verdad ya le resultaba imposible, podía escuchar la radio o bien la televisión y enterarse de las cosas, o aburrirse solo, sin ayuda.
Me quedé mudo. Qué podía decirle a ese hombre anciano pero no viejo? Que sí, que quizá él tuviera razón, y que lo que yo pensaba hacer con él, en su casa, era una tontería, lisa y llanamente una tontería. Pero no se lo dije, tampoco estaba convencido que así fuera. Pensé rápido, y decidí que no iba a perder ese empleo, que me quedaría allí con ese hombre y lo convencería de que leerle historias a alguien que no puede hacerlo por sus propios medios es algo noble, y hasta puede ser divertido, y no una tontería. Debía convencerlo de ésto costara lo que costara. Pero, por dónde empezar? Lo mejor sería aflojar la cosa y cambiar de tema. Empecé hablando de lo linda que me parecía la habitación, tan amplia, tan luminosa, tan … tan estúpido me sentía. Y a decir por su cara, Don Alfredo opinaba lo mismo. Por suerte, para mí al menos, tocaron a la puerta, era la muchacha que me había recibido, trayendo una bandeja con el té. Una tetera de aluminio que largaba humo por el pico, unas tazas de cerámica amarillas con flores celestes y azules creo, la azucarera haciendo juego, y un plato con galletitas dulces, de esas surtidas con aros de chocolate bañados con azúcar color rosa, que sólo a los chicos les gusta. Me sentí un escolar. No me gustan las galletitas dulces, tampoco el té, pero agradecí el gesto. Lo curioso fue que, ni bien la chica salió del cuarto, el viejo como en tono de confidencia me dijo que odiaba las galletitas dulces y más aún, odiaba el té. Me causó mucha gracia y me reí con ganas, tuve que explicarle a qué se debía mi risa, y al confesarme yo también, sentimos ambos, que algo bueno había sucedido entre nosotros. Ese día, aquel primer día de trabajo, se convirtió en una charla de amigos, sólo que en lugar de una mesa de bar y unos cafés, había una cama y unas tazas de té que nadie tomó. A eso de las seis y media, le dije que tenía que irme, que según lo convenido con Irma, yo lo visitaría lunes, miércoles y viernes de 16.30 a 18.00 y que siendo así, por hoy había terminado y nos veríamos el viernes. Contrariamente a lo que imaginaba, Don Alfredo no puso ninguna objeción, me saludó cordialmente con un “bueno muchacho, hasta el viernes”. Volví a palmearle la espalda, ahora con más confianza, agarré mis cosas y me fui contento con mi nuevo trabajo.
Estaba sonriéndome con el recuerdo, cuando me di cuenta que me faltaba sólo una cuadra para llegar a la casa de mi nuevo cliente. Acá sí me esperaba la hija, Silvina, una chica de veintipico, que ya tiene mellizos, que todavía ostenta los kilos de más que le dejó este embarazo múltiple y que conserva aún las pecas de su niñez. Esta madre-niña me contó que su padre, en realidad, su padrastro, se casó con su mamá cuando ésta era aún muy joven y Silvina apenas una bebé, que su padre biológico nunca se hizo cargo de nada, y que este hombre, que élla llama papá y adora como su verdadero papá, cuidó de ambas como nunca nadie había hecho hasta entonces. La madre de Silvina falleció hace unos cuantos años, y Antonio se quedó solo para cuidar de la niña, y por lo visto, lo hizo con mucho cariño. Silvina también me contó que Antonio tuvo un ataque cerebral, o algo así, que le provocó ceguera repentina y le dejó el brazo izquierdo medio bobo, pero que por lo demás, está muy sano. Antonio es un gallego de Galicia, llegado en los años sesenta, cuando ya nadie llegaba de Europa, sin embargo, vino a poner un bar, y lo puso. Por lo que después supe, no le fue nada mal.
Ya estoy frente a la casa, un moderno edificio de departamentos del barrio de Belgrano, un portero, bien lustrado, con circuito cerrado de televisión, y otro portero más, éste de carne y hueso, detrás de un gran portón de blindex. Llamé, me atendió Silvina y me hizo subir. Era un piso, todo un gran piso para Antonio, Silvina y las dos nietitas, sospecho que hijas de padre ausente también.
En este trabajo conozco gente de todo tipo, de diferente clase social, aunque más bien de clase media y media alta, que pueden darse el lujo de pagar a alguien para que entretenga a los viejos, les lea, les hable, y sobre todo, los escuche. Escuche todo aquello que nadie quiere escuchar, todo lo que ya escucharon alguna vez, lo que aburre, y también lo que duele. Para éso me pagan, en definitiva. Todos quieren mucho, muchísimo, a su padre, a su madre, a su abuelo, pero todos quieren que sea otro el que los escuche, el que los acompañe, al menos un rato, dos o tres tardes semanales.
La puerta no la abrió Silvina, lo hizo una empleada de impecable uniforme rosa, que olía a colonia barata, de esa que no se va ni aunque te bañes dos veces en el día, y que con su acento “paraguaio” me dijo que la siguiera. Y lo hice, hasta un gran living con varios juegos de sillones enfrentados, y hasta dándose la espalda también, unos aquí y otros allá. En uno de éllos estaba Silvina, en otro, como metro y medio más atrás, estaba Antonio. Más allá, mucho más allá, un plasma de no sé cuantas pulgadas encendido y silencioso. Silvina me sonrió, y al hacerlo sus pecas se agruparon todas al rededor de la boca formando una mancha rosadita, me resultó tierno. La imagen de Antonio, en cambio, me produjo una impresión bien distinta. Es un hombre oscuro, oscuro de tez y pelo negro muy abundante, ojos negros y cejas bien cargadas, unidas casi, bien gallego, simiesco, hasta pelos en el dorso de las manos. El contraste que producía con el cuero ecológico blanco de los sillones fue muy fuerte.
Pensar que en mis primeros trabajos me preocupaba tanto por qué les iba a leer, qué les gustaría, si lograría entretenerlos, en fin, esas cosas, y hoy, cuando llego a una casa por primera vez, sólo me detengo a ver de qué color son los sillones o qué están dando en la tele, que allá en el fondo, anuncia con brillos que comienza la novela de la tarde.
En eso, entró la empleada - quiere un té? - No gracias, ya tomé (mentí, siempre lo hago cuando me ofrecen té), el delantal giró sobre sus talones y desaparació tan silenciosamente como había llegado. Silvina se disculpó por tener que ir a ver a sus niñas y nos dejó a su padre y a mí repentinamente solos, repentina y premeditadamente solos.
Antonio tiene una voz grave, cascada. Le pregunté si fumaba mucho, me contestó que jamás en su vida había prendido un cigarrillo. Me sorprendí, tiene todo el aspecto del fumador y para mí era un hecho. Está bueno – pensé – cómo siempre alguien te sorprende, con su aspecto, con su voz, con lo que dice, cómo nuestras certezas se desvanecen, y si supiéramos aquello que piensa y no dice, nos sorprendería mucho más aún.
Me sé idóneo en mi trabajo, sé que elijo buenas lecturas, a cada uno lo suyo, y sé que las leo bien, que en definitiva, les hago pasar un buen rato a mis clientes y también lo disfruto. Pero esta vez, sentado frente a Antonio, me sentí diferente. No sé cómo explicarlo exactamente, pero me sentí como observado, no con la curiosidad típica del primer encuentro, sino de otro modo, como espiado, sí éso. Antonio me espiaba, y presentí que no lo hacía conmigo en particular, sino que era así con todo el mundo. Por qué lo haría? por pura paranoia o por oficio?
Recordé que una vez quiso contratarme para que le leyera, un militar retirado, que había quedado ciego en un accidente, no sé muy bien cómo, y que su segunda frase al teléfono fue “óigame bien muchacho, yo soy un hombre de armas, así que no me venga con lecturas raras, me entendió?” Sin dudar le respondí que no tomaba más trabajos por falta de tiempo. Y corté.
Quién sabe por qué me acordé de ésto? Quizá fue el modo de hablar de Antonio, un tanto autoritario, o su tono de voz, como la de quien se pasó la vida gritando, o sobre todo, ese modo de espiarme, de intentar controlarlo todo.
No me cae bien Antonio, sé que es totalmente subjetivo y arbitrario, ni lo conozco, pero es así, en definitiva, todo es subjetivo. Para colmo, en este trabajo si no hay onda con el cliente no vas a ningún lado. Ya lo decidí, no voy a volver acá. Lo que no sé, es qué voy a inventar? Quisiera zafar ahora mismo, pero ya que estoy acá voy a cumplir con mi trabajo, al menos hoy.
Finalmente, mentí. Le dije que había llegado a su casa pensando en una cita para conocernos y no que empezaría hoy mismo, por lo que no llevé libros. Le sugerí leerle el diario o alguna revista. Antonio me respondió, no de muy buen modo, que ya había escuchado el noticiero y que revistas no tenía. Ahora sí, esta relación mal parida, acaba de morir. Hice tiempo como pude hasta que apareció Silvina, con una de las bebas a upa, y preguntó inocentemente, “cómo va todo?” No supe qué decir, me sentía incómodo pero me pareció que lo mejor era decir la verdad. “Miren – dije – no sé, me parece que esto no va a funcionar, siento que no hay buen vínculo entre nosotros”. Y me jugué un poco más “a ud. Antonio, no le pasa lo mismo?” Se puso blanco, creo que nunca nadie se le enfrenta ni lo encara, así, de una. Tuvo que aceptar que sí, que era cierto. Sin más vueltas me despedí y salí de esa casa. Ya en la calle me sentí aliviado. Decidí caminar un rato por esas calles arboladas, prolijas y apacibles. Me alegré de no estar tan necesitado de dinero y poder elegir con libertad con quién trabajar. Es sano, me dije.
Volví contento a casa, como en mi mejor día de trabajo.
Mientras me preparaba un café, me acordé nuevamente de Alfredo. Durante dos años compartimos tres tardes semanales, algunas lecturas y cientos de charlas. Yo servía el café y él me contaba viejas anécdotas, ésta era la mejor parte. Generalmente sus historias tenían a mujeres como protagonistas, sin embargo, jamás dudé que amó a su esposa con toda su alma. Pero para él, el sexo era otra cosa. Solía “hacerle favores” a las vecinas, que una canilla que perdía, que un tanque roto, luego un cafecito y nunca jamás les cobraba. Volvía seguido a visitarlas, por mutuo consentimiento, esta vez, era un enchufe y hasta una laucha asustada en una cocina. El barrio conocía sus andanzas. Su fama de ganador traspasaba la cuadra, por lo que es difícil suponer que su esposa no estuviera enterada. Seguramente ella, desde esa sabiduría que da el amor, entendía que para su esposo el sexo era fugaz y el amor lo duradero.
Extraño esos cuentos del viejo, fanfarroneaba con su virilidad, que las rubias ésto, que las pelirrojas aquéllo, y se le transformaba la cara al recordarlo, rejuvenecía mágicamente.
Lo extraño. Hace ya un año que falleció. Recuerdo que sonó el teléfono un rato antes de que saliera para su casa, y lo presentí, no sé por qué, él estaba bien de salud, había tenido un problemita de corazón hacía un tiempo, pero nada serio y ya estaba recuperado, pero así y todo, lo presentí. Era Irma, llorando a mares. Alfredo murió en su cama, dormido y en paz. En cierto modo me alegré por él. En este trabajo veo a muchos viejitos morir internados, con dolores, consumidos.
Él fue como un padre para mí, pocas veces me encariñé tanto con un cliente, quizá porque fue el primero, vaya uno a saber. Hasta pensé en tirármela a su hija “para hacer el vínculo más familiar” pensé, pero me arrepentí, no porque la cuarentona no estuviera apetecible, sí que lo estaba y bastante, sino porque sentí que de algún modo al hacerlo traicionaría la confianza que él me tenía.
Ya estaba lavando la taza cuando recordé un poema de Horacio, y fui a mi cuarto a buscar el libro. Me senté en la cama y lo leí en voz alta.
TADZIO