Tazas y jarras de café salían de la cocina de la familia Pelo Lindo. Apiñados alrededor del teléfono esperaban inquietos que el grisáceo aparato de disco de marcado y cable ensortijado, repicara, emitiera algún sonido.
Los Pelo Lindo no eran gente de emociones estruendosas. Parcos, flacos, pálidos, de párpados caídos, vestuario anacrónico, eran siete en total. Se las acomodaban para vivir en el modesto apartamento de tres habitaciones y un baño de la abuela, Dolores de Pelo Lindo, matriarca doblada por la escoliosis quien a duras penas recorría las habitaciones de la casa con un desvencijado plumero para borrar las huellas del polvo.
Era una familia humilde de contadas aspiraciones en la vida. Sin títulos universitarios ni cargos laborales de importancia. Llenaban la despensa gracias a un único atributo: su boyante cabellera. Una negra, lacia, fulgurante melena que desprendía una aromática fragancia, similar a la del fruto de la vainilla y que heredaron de su abuelo, el difunto Fausto Pelo Lindo.
No era de extrañar entonces que su nombre figurara en el mundo de los comerciales, como extras para tintes, baños de crema, productos para prevenir la calvicie, catálogos de peluquerías, salones de belleza y champúes anticaspa. Incluso había quienes se asomaban en los balcones vecinos o sacaban sus sillas en las tardes de cielo encapotado, solo para ver a la brisa batir las filiformes, etéreas hebras que posaban en magnífico orden sobre aquellos cueros cabelludos. Era un espectáculo. De allí que aquella noche del 2 de mayo de 1975, entre humaredas de café, aguardaran ansiosos una llamada.
Consuelo de Pelo Lindo, nuera de Dolores de Pelo Lindo, cuñada de Esperanza Pelo Lindo y Clemente Pelo Lindo; tía de Silvestre Pelo Lindo, madre de Salvador Pelo Lindo y esposa de Benigno Pelo Lindo, estaba dando a luz a su segundo hijo: el próximo Pelo Lindo.
Con más de doce horas de labor, tenía a todos sus parientes en vilo, hasta que el timbre del teléfono sonó y trajo con el levantar del auricular la noticia: era varón, se llamaba José del Refugio y había sacado la melena Pelo Lindo.
Con modosa sonrisa cada uno de los Pelo Lindo se fue retirando. Caminaron hacia la cocina y comenzaron a lavar, secar y guardar parsimoniosos, la jarra, las tazas, las cucharillas, la bolsa del café. Había surgido un sentimiento de entusiasmo en el día. Era hora de dormir.
Desvaído, ensimismado, famélico, de atávicos párpados caídos, José del Refugio no llamaba la atención de nadie, excepto por su sublime, fragante pelo azabache, pero para su madre esto bastaba. Con los pechos hinchados de leche, los pezones adoloridos, Consuelo de Pelo Lindo amamantaba al recién nacido, al tiempo que llamaba a los productores de televisión para anunciarles que ya tenía sobre sus brazos a la parte de atrás de la próxima cabecita del bebé Menen.
Por ser el menor del clan pasó a ser el consentido de la casa. Unos fugaces mimos sobre el flequillo y su afiche sosteniendo en absoluto estado de letargo una colorida jirafa de goma en una de las paredes más significativas del apartamento lo confirmaba.
Cuando cumplió los 3 años dejó la ceñida cuna y durmió en la parte baja de la litera, situada al lado de la cama de sus padres, debajo de su hermano Salvador; aunque a veces solía irse a hurtadillas a la alcoba de su abuela o al sofá-cama que extendía en las noches en la sala su tío Clemente. Nunca para la habitación de su tía Esperanza, porque su primo Silvestre, el antiguo niño mimado, lo podía echar a patadas.
A los siete ingresó al preescolar. Iba retrasado en comparación con los otros niños de su edad, pero los Pelo Lindo no se preocupaban, ya que cada miembro de la familia había pasado por eso; tampoco se preocupaban porque a la vuelta del colegio siempre lo encontraban solo, de pie en el salón, con su impecable overol azul marino, franela roja, pelo engominado y peinado a lo Gardel, extendiendo una notificación que sus padres debían firmar.
La queja de la maestra era la misma de siempre: José del Refugio no jugaba con los cubos de madera, no le interesaba lanzarlos al azar y descubrir en sus caras números o letras. No dibujaba ni coloreaba. No se aprendía la historia del Gato con botas. Solo miraba por la ventana y cuando el viento soplaba, sacudiendo su pelo, dejaba todo lo que estaba haciendo para sacar el peine que tenía escondido en su mochila y colocar en su lugar cada uno de sus magníficos cabellos.
Eran sus sueños, sí, sus sueños, los que lo apartaban de inoportunos hexaedros que al unirse formaban la palabra “Mamá”. Sin decirlo, sin saberlo, José del Refugio era el único Pelo Lindo que atesoraba deseos. Inexpresivo, insípido como el resto de sus consanguíneos, en el fondo de su desvaído ser germinaba la semilla de la imaginación exaltada. A través del ventanal, su cabecita volaba a donde sonaban las claquetas, se encendían las cámaras, micrófonos y focos, para dejarlo pasar a él, al niño, al futuro hombre con el cabello más hermoso del mundo. Sería una estrella, y los dientes de aquel peine que fastidiaban a la maestra con su lección de “A de abeja. B de burro. C de conejo”, no hacían más que alisar su imponente futuro.
Nunca dejó de soñar con los ojos abiertos. Así, con esa tenue llama de pupila dilatada, lo sorprendió el tiempo, la adolescencia. José del Refugio ya no era el chiquillo del traje de una sola pieza y franela roja. Le había cambiado la voz, ensanchado levemente la espalda. Las hormonas se habían paseado a sus anchas por su rostro, abrazándolo con una sábana de acné y una rejilla de hilos metálicos sobre sus dientes. Lo único que quedaba del niño posando estático junto a una jirafa de hule, era la cabellera oscura y rozagante.
Una mañana como cualquier otra se levantó para ir al liceo. Taciturno como todos los demás, hizo la cola para ir al baño del estrecho inmueble. Esperó paciente. Apenas llegó su turno entró y se metió en la ducha. Abrió la manilla, enjabonó su cuerpo y comenzó a lavar cuidadosamente su melena, usando los productos que sobraban de los castings y que su madre recolectaba para reducir gastos. Puso sus pies sobre el tapete del baño. Restregó la toalla sobre su cabeza y sintió como un mechón de su llana cabellera comenzó a ensortijarse. Al principio pensó que se trataba de una alucinación, pero al deslizar su mano sobre su cabeza percibió la presencia de un bucle tupido y tambaleante sobre su nuca, luego otro, otros, hasta que preso del pánico corrió y se detuvo frente al espejo.
Sus ojos desorbitados no daban crédito a lo que veían. Había acontecido un hecho monstruoso. Su pelo había dejado de exudar el olor de la vainilla. Ya no era lacio, azabache, mucho menos radiante. Era un tieso nido castaño, reseco, henchido y resquebrajado.
Abrió de golpe la puerta del baño, dejando escapar con la nube de pavor un grito que descubrió la figura de un hombre joven, de pocas carnes, cubierto de sus caderas para abajo con un paño, y con los dedos atrapados en un enjambre capilar.
Fue el hazmerreír de su primo Silvestre, quien no desperdició ocasión para apuntarlo con el dedo, despreciarlo y llamarlo: “Pelo Malo”. Se había deshecho su porvenir, esfumado sus sueños ¿Cómo pasó? ¿Qué o quiénes pudieron ser los culpables? Por su mente pasaron veloces como balas un sinfín de hipótesis ¿La toalla? ¿El agua? ¿La hora? Ni por un segundo sospechó del ADN, moléculas que lo vinculaban con su abuela materna —que en paz descanse—, quien tenía un cabello en tirabuzones que colgaba por encima de sus hombros, maltratado, marchito, infestado de horquetillas. No, esa era una responsabilidad demasiado científica, compleja, y él nunca aprendía nada en las clases de biología. La culpa era de su madre. Sí, de la insensatez de su madre, de esa mezquina manía de escatimar cada centavo que debía gastar y recoger las muestras de los comerciales.
—¡Ya no tengo el cabello lindo por tu culpa! ¡Por estar trayendo a la casa champúes baratos! —gritó José del Refugio por primera vez en su vida, encerrándose en uno de los cuartos.
Lloró desconsolado, como nunca lo había hecho, como no sabía que se podía hacer, fluctuando entre la depresión y el desespero.
Mientras tanto, en el corredor que llevaba a las habitaciones, los Pelo Lindo caminaban en fila india, de un lado a otro sin saber qué hacer. Sus caras denotaban el esfuerzo, sacrificio que no producía ninguna clase de resultado. Si tan solo pudieran pensar por sí mismos, tener más de una emoción, pero sus cerebros, protegidos por el cráneo, la piel que lo revestía y sus espléndidas cabelleras, no estaban acondicionados para ello.
José del Refugio durmió dos días consecutivos para reponerse de esa agresiva sacudida anímica. Despertó sediento y su afiche ya no estaba, lo mismo que sus citas para los castings. Sus aspiraciones de convertirse en la futura melena del acondicionador de turno se desvanecieron aquel día y la repetitiva imagen de una apretada onda de puntas quemadas y hebras partidas, se erigió como un espectro para atormentarlo de día, de noche, en el más profundo dormitar; por el resto de su vida.
Desengañado afrontó la realidad; estudio lo más que pudo, se graduó a duras penas de bachiller y empezó a trabajar como ayudante de sombrerero. Comenzó su lucha por escapar de su fama de “Pelo Malo”.
Su obsesión lo ayudó a perfeccionar prendas para cubrir la cabeza; para encarcelar las enmarañadas cerdas de aquel vil, deforme afro. Poco a poco su encubierta obcecación hizo que aventajara a su jefe y se convirtiera en un famoso empresario. Boinas, gorros, cascos, cachuchas, pañoletas, chisteras, exquisitos bonetes estaban entre sus más famosas creaciones. Todos, absolutamente todos: niños, adultos, adolescentes, ancianos, desfilaban por las calles con sus refinadas piezas, con los anhelos incumplidos del único Pelo Lindo que soñó en grande.
Pronto se hizo famoso, pero el dinero no lo entusiasmaba, tampoco lo impresionaba que toda una nación se identificara y aplaudiera su trabajo. Era lo de menos. Solo quería asomarse en una ventana e imaginar que debajo de aquella copa, ala de tela y de cartón saltaba su perfumada cabellera azabache. Volver a ilusionarse con los ojos abiertos.
Un día, y como ya era hora, contrajo nupcias con una joven de melena más o menos aceptable, pero algo andaba mal: ya no había espacio en la casa de la abuela. Nunca le pasó por la cabeza que ya eran muchos viviendo en el limitado inmueble, así que no le quedó otra que pensar, y mientras duraba este proceso, él y su esposa, Victoria de Pelo Lindo, vivieron varios meses en la oficina de la compañía, hasta que una madrugada a José del Refugio se le ocurrió una idea: comprar y mudarse al apartamento que estaba en venta y al lado del de su abuela, Dolores de Pelo Lindo. De su hogar.
Bastaron nueve meses para que las tazas con café salieran nuevamente de la cocina de la familia Pelo Lindo. Apiñados alrededor del oscuro teléfono inalámbrico, esperaban atentos, silentes, una llamada. Parcos, flacos, pálidos, de ojos caídos, revolvían la infusión de la fruta del cafeto, soplando pausados para no quemar la punta de sus lenguas.
Luego de varias horas de labor, Victoria de Pelo Lindo pujaba en un quirófano al nuevo integrante de la familia manteniendo a todos despiertos hasta altas horas de la noche. El teléfono por fin sonó y trajo la noticia: era varón, se llamaba Franco Pelo Lindo y había sacado el cabello de su padre.
Los Pelo Lindo, parcos, flacos, pálidos, de párpados caídos, caminaron con mueca infausta hacia la cocina y comenzaron a lavar, secar y guardar parsimoniosos la jarra, las tazas, las cucharillas, la bolsa del café. Había brotado un sentimiento de pesar en el día. Era hora de acostarse.
La trampa
Frío, frío. Dolor, dolor. Los tallos están duros, secos y las cortezas se parten al montarse sobre ellas. Se acabó la cosecha. Hay que escapar. Frío, frío. Dolor, dolor. Seguir corriendo. Detenerse de pronto. Los bigotes sienten algo. Un lugar descubierto. Ruido. Algo enorme se aproxima. Una ranura por la puerta. Entrar. Luz. Gris claro. Calor. Una cueva ¡Casa!
El motor del vehículo se detiene y con él se marcha el sonido fuerte e inarticulado. Una pareja joven: un hombre y una mujer salen del automóvil. Esperan pacientes a que la lenta puerta del garaje termine de tocar de manera automática el cemento. Tiritan y al hacerlo, nubes etéreas brotan de sus narices para estacionarse en sus rostros. Ella tiene un yeso en su brazo derecho y utiliza como puede la mano izquierda para introducir la llave en el cilindro de la puerta. Él, su esposo carga todas las bolsas de papel colmadas de alimentos. Hunden el interruptor de la luz de la cochera y encienden las luces de la cocina. Una vez adentro suspiran y deslizan compulsivamente los zapatos sobre la dura textura de la alfombra. Copos y cristales de hielo se convierten en una mancha.
Ella se quita los guantes, la chaqueta. Él coloca la carga de comestibles sobre el tope de granito. Ella está punto de pedirle que los guarde mientras trata de zafarse del enredo que hizo con su yeso y la bufanda, pero un ruido la distrae. Gira su cabeza, inclina su cuello. No ve nada. “Debe ser la nevera otra vez. Te he dicho que tenemos que comprar una nueva. Hasta que esta no eche humo o explote no te darás cuenta". Él tensa sus ojos, cejas y frente en claro signo de fastidio, y sin decir nada comienza a ordenar latas, cajas, quesos, carnes, frutas, hortalizas. Ella de un tirón logra por fin quitarse la bufanda.
Las mejillas de ambos están rojas y sus pieles resecas. Este invierno ha sido duro, más desde aquella tarde donde la lluvia huracanada comenzó a mezclarse con la nieve hasta convertirse en una peligrosa cellisca; un baño de baba helada por todo el pueblo. En esa sombría mañana todos fueron sorprendidos por una sólida capa de hielo, en especial ella, quien recibió la nueva silueta de la tempestad dando varios traspiés que hallaron como lastimoso soporte su cúbito y radio.
Ha sido un día lleno de compromisos médicos y laborales; los dos están cansados. Salen de la cocina y colocan sus botas, sacos en el clóset de los huéspedes, al lado de la puerta principal; chequean la calefacción. Todo está en orden. Ella sube primero las escaleras que conducen al cuarto y él la sigue, quizás vigila que no tropiece, que tenga de dónde sostenerse. Soldar un hueso en ese invierno inhumano ya es una condena.
Desaparecen y el piso de la cocina y el de la planta baja de la casa dejan de vibrar. El ratón escondido lo siente, por fin puede volver a moverse. La memoria antigua en su cerebro se activa: los caminos de ida y de regreso a la cueva, su nuevo hogar, circulan por su mente como una serie de imágenes fotográficas. Snif, snif. Se vigoriza el sentido del olfato. Un aroma sabroso y familiar. Los bigotes concuerdan con que todo está en calma. La cabeza, grande con respecto a la relación con su cuerpo se asoma. Comienza la correría nocturna.
Hay que escalar. Un pequeño espacio. Una cueva grande y honda. Snif, snif. El origen del olor está cerca. Roer el cartón ¡Cereal! Pararse enseguida sobre dos de las patas. Manipular la comida con las patas delanteras. Comer, comer, seguir comiendo ¡Alerta! ¡Ponerse en cuatro! El oído detecta una frecuencia.
Ella se acaba de acordar que no puso a descongelar el pollo para la cena y baja las escaleras, se apura antes de que se haga más tarde. Viste una gruesa bata de cuadros blancos, rojos y negros, y camina sobre cómodas pantuflas. Enciende la luz de la cocina, abre la nevera y de nuevo a sus espaldas escucha otro ruido. Voltea enseguida y ve una mancha a un costado del cesto de la basura. Se acerca curiosa, con cautela y lo ve, se ven. Un mus musculus marrón, pequeño. Un homo sapiens gris, mediano. Los dos mamíferos más comunes del planeta Tierra están frente a frente.
Mus asustado y sobrexpuesto enfila otra vez la veloz marcha a su cueva. Ella grita. La madera de las escaleras rechina por el peso apresurado de algo. El esposo llega en pijamas y medias. "¡¿Qué pasó?!", pregunta creyendo que ha ocurrido lo peor. "¡Un ratón! ¡Estaba en la basura y se escondió tras la cocina!”, responde ella segura de que ha pasado lo peor.
Él le pide en vano que se calme, que no lo vuelva a asustar por algo carente de importancia. Fuera de sí ella solo enumera enfermedades, asegura gabinetes, barre a duras penas con un solo brazo y se lava las manos, cuando de pronto, absorta en una revelación, se paraliza y le ruega a su esposo que compre una trampa.
Él intenta persuadirla. Acaba de regresar del supermercado y sabe que afuera la temperatura ha descendido al menos diez grados.
“Hay que comprar una trampa. Hay que comprar una trampa. Hay que comprar una trampa”, repite poseída por una aguda fobia. Él resignado le da un beso en la frente, se da media vuelta, se cambia y parte otra vez para el supermercado.
Transcurridos treinta minutos no sabe nada de su esposo. Sentada en una de las sillas del comedor no hace más que mirar la entrada de la cocina. Suena el teléfono, es él, no sabe qué trampa comprar. Ella le recomienda que hable con uno de los encargados del lugar, que le explique el caso. Pasan otros quince minutos y ella todavía se niega a poner un pie en esa área de la casa. Él llega con una pequeña caja amarilla de grandes letras rojas: "Uno de los dependientes me recomendó utilizar trampas con pegamento".
Finas pantallas negras rodean la nevera, la cocina y el cesto de la basura. La pareja sube de nuevo al cuarto y todo vuelve a ser gris oscuro. Mus ya no siente el piso trepidar. Se acerca con cautela. Las ventanas nasales se abren y reconoce un olor que asocia con la muerte de su comunidad. Advierte peligro. El plano del lugar que tiene grabado en su cerebro como una película evitará en el futuro esas salidas.
Pasan los días y no hay señas de Mus. Él cree que se ha ido. Ella en cambio sabe que está allí, esperando una mejor oportunidad. Él piensa que el tema del huésped indeseable la ha tornado un poco irracional. Ella, que él es un ingenuo. El único punto en el que al parecer está de acuerdo, es que en definitiva el ratón no ha caído en la trampa; no se advierte el inequívoco olor de la muerte en la casa.
Son las seis de la tarde y ella regresa del trabajo. El cielo viste la capa de la noche intensa, una oscuridad propia de la madrugada; la infalible tarjeta de presentación del mes de enero. Abre la puerta y lo ve, el monstruo corriendo, presto a esconderse. Un ligero sismo circula por sus pies y piernas hasta volverse un terremoto en sus brazos y manos. El pavor no la deja pensar. No quiere, pero debe pasar por allí. Instintivamente da pequeños saltos de espanto para que las puntas de sus pies se planten lo menos posible sobre esas apestadas baldosas. Siente el corazón explotarle en cientos de pedazos. Con el brazo hinchado y la piel de gallina llega a la sala, toma el teléfono y llama a su esposo: “¡Está vivo, incluso más gordo!”
Él llega a la hora de siempre y ella no pierde un segundo para relatarle la nueva catástrofe. Él no titubea y se planta frente al refrigerador. “Basta de contemplaciones”, sentencia mientras toma un frasco de mantequilla de maní, recoge todas las trampas y esparce sobre ellas una generosa bola de delicioso dulce. Ubica el fatídico menú en sitios estratégicos y le pide que tenga paciencia. Al intruso le quedan pocas horas.
La noche transcurre en calma, en el sofá y frente al televisor. Los esposos se abrazan sobre ropas obesas y ríen sin advertir que el frío celoso no da permiso para que la piel palpe a la piel. Son solo cuatro meses de sacrificio, parecen decirse entre comerciales de jabón y tiernas caricias. El programa de concursos regresa después de una larga publicidad, fijan sus miradas en el aparato tecnicolor, adivinan respuestas, cuando de pronto un chillido revienta su eco por todos los rincones de la casa. Se incorporan de golpe sobre sus asientos. Ella lo sabe, lo presiente, el ratón cayó en la trampa. Se acercan de puntillas a constatar el crimen.
Cinco dedos con garras están atrapados. El ratón intenta con desespero despegarlos pero no consigue moverse. Ella entra a la cocina y mira perpleja aquella minúscula, casi traslúcida pata a punto de desmembrarse. Mus lucha, su instinto lo aferra a la vida sin saber que la dulce falta de intelecto le evita el martirio de saber que ya no hay marcha atrás.
Sufre, el dolor es inaguantable en su pata trasera, igual no mengua ni un solo segundo en su heroica batalla. Hala, empuja, chilla, se retuerce, se debe salvar. El esposo, mudo, no aparta los ojos del roedor, enseguida voltea a mirarla para encontrar una palabra que rompa con su sonido el inescrupuloso silencio, pero ella tiene sus ojos rojos, hinchados, inundados y un pestañeo los vacía para dejarle el rostro pintado de lágrimas.
Él sorprendido de sí mismo, sin saber por qué, se acerca en un acto de redención, pero los cuatro incisivos filosos y amarillos comprimen su remordimiento. Ella, forzando la soga que tiene anudada a sus cuerdas vocales, expulsa un esbozo de voz y le suplica que haga algo, pero su acercamiento y tardía bondad ocasionan que Mus termine de entrar en pánico. Todo es un gran caos que transcurre y devora raudo las pupilas: él retrocede para no asustarlo, el ratón hala con todas sus fuerzas su pata y el potente adhesivo por la presión que ejerce sobre su cuerpo, captura su otra extremidad. Está atrapado hasta su torso. Ella lanza un grito corto, él se atemoriza sin asimilar lo que pasa. Se confunde, cree que el brusco movimiento del animal es una clara señal de ataque. Toma del suelo, nervioso y sin pensar otra trampa; la pega de golpe sobre su lomo. Da dos bruscos pasos hacia atrás. Respira, se calma, observa. Silencio. Mus completamente vencido se lamenta con un intenso quejido.
El pequeño mamífero respira sin poder moverse. Sus largos bigotes están agitados. Ella sale de la cocina encorvada, llorando, con un yeso que le pesa y una consciencia que la aplasta. Él solo quiere bajar al sótano y buscar una caja de zapatos vieja. La consigue. Va de nuevo a la cocina. Se detiene delante del ratón. Suspira. Suspira como si el valor fuera una tripa de caucho que hay que bombear con mucho aire. Quita la tapa de la caja y toma al roedor convertido en un sánduche por sus funestas lonjas de pan, trampas que le desgarran la carne. Cierra la tapa. Gira la cerradura. Dentro del garaje marca la clave de la puerta automática y esta con su habitual sonido mecánico desciende; descubriendo un níveo e inhóspito paisaje.
Él camina y hunde sus pies en la espesa nieve que cae a borbotones para dejar lo inimaginable blanco y escarchado. Abre un contenedor plástico de gran tamaño y acomoda en su interior, con suma delicadeza —quizás esperando que el poder del gesto desholline su curtido arrepentimiento—, sobre bolsas de basura, el sarcófago marca Nike. Cierra el cesto. Camina de regreso a la casa. El gran portón baja, sellando el calor adentro y dejando afuera las huellas que en segundos se van desapareciendo.
Dentro de una caja de zapatos está Mus. Su estómago, cabeza, patas, cola, están aferradas a ese olor que siempre ha asociado con la muerte. No para de forcejear, mientras, afuera, cientos de pálidos y hermosos copos se van acomodando de manera casi imperceptible sobre el plástico del contenedor.