-Cuánto cansa morir -se quejó. Sonreí. En verdad parecía un hombre en el umbral de la muerte. Tenía el aspecto de haber estado encajando palizas días antes de nuestro encuentro. Aspiraba dificultosamente el aire marino y hablaba con lentitud, las palabras casi se le caían de la boca.
-Volvía yo del muelle -soltó-. Unos cuantos días haciendo doble turno en el puerto, llevando sacos de harina, barriles de aceite a los buques, a los almacenes, esas cosas. -Hizo una pausa- ¿Tienes cigarros?
-Ya sabes que no fumo
-Bueno -continuó-. Ay, esas tardes en el muelle echábamos nosotros más humo que los barcos. Trabajábamos como mulas esperando la hora de descanso, la salida. Casi al anochecer parábamos y comíamos algo, ya sabes, pan, pescado, lo que hubiéramos traído. Lo de menos. La gran mayoría fumábamos. Qué rico. Dábamos calada tras calada bajo las farolas del puerto, mirábamos la playa y las olas mientras el aire trataba de empujarnos de vuelta al trabajo.
>Dicen que no hay nada mejor para los pulmones que el viento del mar. Cojudeces. Yo digo que para los pulmones, en verdad no hay nada mejor que una buena calada en una noche marina, un cigarrillo liado con tus dedos. - Hizo otra pausa. Bajó la mirada:
-¿De verdad no tienes algún canuto por ahí?-carraspeó-, no importa si está desbaratado, acá lo componemos. Te aseguro que esta noche no será el tabaco lo que me mate.
-No -me hurgué los bolsillos.
-En fin, si no tienes, no tienes. Como decía, había entonces terminado mi turno en el puerto y volvía yo a mi hospedaje. En el camino el cansancio me hacía preguntarme si no me había entusiasmado mucho con el trabajo, es que recién me daba cuenta de que no tenía cuerpo con el que seguir caminando. Me recosté en una pared de adobe y me animé a echar una pestañeada, total, no había nadie, ni un alma en las avenidas, ni una puta siquiera. Restaurantes, negocios de suministros, cerrado. Me incorporé para seguir mi camino, pero el mareo que me embargó me dijo bien claro: Hoy no llegas a casa a pie.
Aquel amigo mío contuvo su historia unos momentos, giró la cabeza en dirección contraria a la playa. Miraba las primeras hileras de casas, introducía la mirada entre las calles que subían, pero a esas horas nadie bajaba. Volteó hacia mí su rostro demacrado, sonrió y me volví a preguntar cómo era posible que un hombre tan joven pudiera declinar un aspecto lozano en tan poco tiempo.
-¿Conoces a Mariano Solar? -preguntó. Negué con la cabeza-, claro que no lo conoces, y yo tampoco, supuestamente. Qué te diré. Es un borracho. Un sinvergüenza mujeriego, ya sabes, de esos tipos que no piensan con la cabeza sino con las pelotas. Y tiene una hija de la que apenas se ocupa, con una mujer que no se cansa de sus malos tratos. Es un ladrón, un despojo de esta ciudad. Pero nunca ha matado a nadie.
-Igual es un bastardo -dije. Me interesaba mostrarme receptivo al discurso de mi amigo, talvez así averiguaría la causa de su decadencia.- Es un bastardo.
-Vaya que los es, y además, un desdichado, pobre, víctima de este accidente.
-¿Cuál accidente?- pregunté.
-Uno que me cogió a mí de las patas -se lamentó.
La ciudad es un conjunto de casas y edificios pequeños, enmarcados por las cuatro plantas de procesamiento de harinas que se han asentado como pilares en los extremos. El pequeño boom de pescado de los últimos años ha reactivado un poco la economía y los cursos de fabricación de aceites, y otros derivados, han empezado a repartir un hedor casi insoportable entre las calles, que sólo se disimula cerca del mar.
Atontado por la pestilencia y el licor, esa noche mi amigo se había introducido en las primeras calles de la ciudad, antes de caer en cuenta de que no tenía fuerzas para atravesarlas. En algún momento torció el camino. Cuenta que derivó por alguna callejuela triste, de las más antiguas. A esas horas el viento empezaba a arreciar y la temperatura descendía hasta unos pocos grados. Lo mejor era buscar cobijo, pero las paredes desnudas y las veredas frías de ninguna forma se presentaban acogedoras. Sin saber a dónde dirigirse mi amigo divisó una fogata de barril doblando una esquina.
Un extraño alimentaba las llamas con restos de papeles y cartones. Carlos se acercó y fue invitado a calentarse un poco. El extraño le extendió una botella. “Puede beber”, dijo. “Hace un frío de mierda como para estar sobrio”. Mi amigo aceptó, si bien ya estaba un poco bebido, el calor del alcohol ya lo había abandonado. Tomó un par de tragos y se acomodó junto a las llamas sobre un morro de costales. “Ahora voy a descansar un poco, oiga. Ya cuando despierte, si quiere charlamos”, le dijo a su anfitrión y sin esperar su venia, cerró los ojos.
-Dormí como muerto -dijo Carlos- largo y tendido, por muchas horas. Al despertar, y en esa fracción de segundo en la que uno aún no abre los ojos, pensé que ya debía ser de día. Pero no. El mismo frío maldito y la misma noche seguían allí. El hombre de la fogata estaba sentado a un lado, calentándose las manos. “¿Ya está descansado?”, inquirió. “¿Cuánto he dormido?”, contesté. Dijo que unas cuantas horas “Unas horas” farfullé. Y le pedí unos tragos más de ese ron suyo. “Qué noche maldita. No está mal tener compañía”, dijo el extraño. “Ya lo creo”, contesté frotándome los ojos. Aquella siesta no me había repuesto nada. “¿Cómo te llamas?”. “Carlos”, le dije. “Mucho gusto”, contestó, “yo soy Mariano”.
-¿Mariano? -pregunté.
-Me apuñaló -dijo Carlos-. Loco de mierda. Aquí mismo, una y otra vez -señalaba su pecho con una mano-. Estaba acaballado sobre mi vientre. Había saltado de improvisto y como una bestia empezó a hundirme su hoja sobre mí mientras yo, pobre, la poca fuerza que tuve la gasté dando alaridos. En medio del dolor fui cerrando los ojos, lentamente, sin poder evitarlo. No me quería morir, no quería pero me iba, lo sentía. Cómo me iba de mí mismo. La luz se retiraba de mis ojos con una última imagen de Mariano subido sobre mí.
Cerró la boca, no para guardar la calma. Podía ver sus ojos tensos y abiertos revoloteando violentamente en el departamento de sus memorias, dándole vuelta a todo lo que había dentro en busca de más recuerdos. Yo no me atreví a interrumpirlo, lo dejé en ese trance doloroso y me avoqué mejor a escuchar el sonido del mar a mi derecha, a sentir el frío hincando mis mejillas mientras aspiraba grandes bocanadas de viento que llenaban mis pulmones. No habría estado de más tener un cigarrillo por alguna parte, pensé.
-Al día siguiente -dijo recordando-, amanecí.
Hizo énfasis en esa última palabra y lo pude entender. Después de semejante ataque, amanecer es todo un mérito. ¿Pero cuánto tiempo había pasado desde aquello?, no podían ser más de dos años, la última vez que vi a Carlos en nuestra ciudad, antes de que se marchara. Entonces aquel ataque explicaba su aspecto tan desmejorado, debía tener el pecho marcado, los órganos, alguna vez perforados, funcionando de milagro en medio de sus cicatrices. Todo aquello habría contribuido a debilitar su salud y sus fuerzas. Mi amigo no habría podido seguir empleado en los almacenes del muelle, imposible. Lo habrían echado dándole a lo mucho una mísera liquidación y él, afligido por su estado se había convertido en una especie de indigente en esta ciudad sin alma. Estaba envuelto en la miseria, alcohólico y fumador. De pronto me estremecí de lástima por la persona que tenía delante. Efectivamente, poco quedaba del rostro lozano que conocí.
-Amanecí -me dijo- en una pocilga de mierda. Al principio creí que la que dormía a mi lado era una prostituta, pero más que confirmar eso, me interesaba averiguar qué hacía yo en ese cuartucho. Me resistí todavía a moverme de la cama, sólo pensé, traté de poner en orden mis recuerdos pero la cabeza me mataba a punzadas y quería estallarme cada vez que la forzaba a recordar. Una resaca de aquel tipo sólo se consigue bebiendo hasta perder el conocimiento, pero en esos casos uno despierta en la vía pública, tirado en alguna calle o plaza y no en una habitación, por más pocilga que sea.
>Mientras trataba de recuperarme y pasaban los minutos recostado en aquel colchón desenfundado, me di cuenta de que la mujer a mi lado no era lo que pensaba, o ya mismo se habría vestido y largado de vuelta a la calle en vez de seguir durmiendo la siesta. Tampoco podía ser alguna que yo hubiera seducido la noche anterior no, no fue así, más bien anoche... ya recordaba. Debería estar muerto. Pero entonces ¿qué hacía yo en aquella habitación? Tendría que estar convaleciendo en algún hospital o mosqueándome en la calle. Sin embargo aún me dolía lo suficiente la cabeza como para cuestionar la seriedad de mis reflexiones. Me levanté y fui hasta el baño, estaba desnudo y me percibía cierto hedor en el cuerpo. En el baño no había luz. Oriné como pude y me lavé la cara. Volví a la habitación en el momento en que me sorprendió una punzada especialmente intensa en el cerebro. Gemí de dolor, sólo un poco, pero lo suficiente para despertar a la mujer. “¿Mariano?”, me dijo. “¿Te encuentras bien?”.
>Al principio no lo entendí. Probé un poco, traté decirle “Soy Carlos, mujer, ¿con cuántos te has acostado anoche?”, pero no me animé. Sabía que no tendría sentido, que no obtendría una respuesta que me tranquilizara. “Mariano”, insistió ella levantándose de la cama, también estaba desnuda. “¿Has traído dinero?”, preguntó. Se cubrió con una bata y se acercó a la ventana para correr las cortinas. Por un momento la mañana blanca y sucia me deslumbró. No le respondí. Más bien recogí mi ropa tirada alrededor de una silla, me vestí y sin decir nada me dirigí a la puerta, pero antes de llegar a ella vi otro colchón en la habitación. Me acerqué y había una niña pequeña escondida entre unas sábanas viejas. Estaba pálida y respiraba con dificultad. Un sentimiento ajeno me invadió y entonces comprendí la pregunta de la mujer “¿Has traído dinero?”. No me lo había pedido como exigencia, no lo quería para pagar el alquiler, ni siquiera para ella misma. Había hecho la pregunta con esperanza y casi como súplica. Revisé mis bolsillos. Dos monedas. Las dejé en la mesa y me salí de allí.
>Ya en la calle vi que mis manos no eran mis manos. Pasé por una ventana y no me atreví a mirar mi rostro, tenías menos estatura y sin embargo era más corpulento, los brazos fuertes y la cabeza pequeña. Me detuve suspirando, ése no era yo. Lloré encogido sobre la acera tratando de encontrar una respuesta, pero me resultaba tan difícil, tan imposible, que incluso sospeché que me había vuelto más imbécil.
-¿Eras Mariano Solar? -le pregunté a mi amigo. Ni siquiera me detuve a meditar en lo imposible que era aquello, no hacía falta. De pronto empecé a desconfiar de él y de lo que contaba. ¿Con qué finalidad aquel hombre, algún hombre, puede ponerse en frente de uno y soltar tales historias? Debo decir que mi amigo sonaba muy cuerdo y desde que empezó nuestra entrevista no detecté en él ningún tipo de tic ni reflejo que delatara su estado mental. Sin embargo allí estaba, contándome aquel sinsentido, ¿esperando qué cosa de mí?, ¿con qué finalidad?
-Ese día -continuó-, me la pasé vagando por la ciudad con ganas de confesarme con alguien, de encontrar quien me pudiera explicar aquella situación. Deambulé por las partes altas y bajas, estuve detrás de cada desconocido a punto llamarle: “Oiga, por misericordia ¿qué me está pasando?”. Pero nunca me atreví, de alguna manera ya sabía que para el resto del mundo todo seguía exactamente igual, el único jodido era yo.
> Me di cuenta que mientras avanzaba el día, una maraña de demandas nuevas iban manifestándose en mi cuerpo. La lengua pastosa, la garganta seca, angustia en el pecho y un potente latido en mi vientre. Supuse que eran los vicios de Mariano. No tenía dinero para satisfacerlos, pero eso no evitaba que siguieran allí, ahora también eran los míos, y me carcomían. A pesar de todo, algo tenía claro: debía ir hasta el muelle en los almacenes y buscar entre los trabajadores a alguno que tuviera mi aspecto. Tenía que averiguar qué fue de mí, qué rastros quedaban de mi existencia. Me encaminé hacia la playa, bajando las calles, pero entonces mis nuevos deseos me asaltaron. Pasé por un bar y mi cuerpo me sugirió entrar y, a pesar de cometido, no tuve la voluntad para negarme. Adentro, para mi suerte, bebí gratis. El dueño era algo de Mariano. Me conversaba con entusiasmo de anécdotas aberrantes mientras yo contestaba con monosílabos, pero a él no le importaba. Seguro que Mariano era parco en palabras.
>Levanté la cara de la mesa. No recuerdo cuándo me quedé dormido, pero ya era de noche. Tenía la mejilla empapada de cerveza y los párpados de un ojo aplastados. Salí a la calle oscura matizada con las luces de las farolas. “El muelle”, murmuré. Tenía que saber qué fue de mí, esa era la clave.
-¿Y te encontraste? -le interrumpí. La noche se afianzaba en el cielo y a esas alturas de su relato sólo me interesaba escucharlo terminar. Quería decirle “¿Y ahora qué?”, “¿Qué quieres que haga con eso?”. Algo de mi viejo amigo aún quedaba en ese cuerpo delgado, en sus facciones arrugadas y por tanto, aún me unía un hilo de amor por lo que fue nuestra amistad. Tal vez con un poco de tino en mis palabras podría convencerle de volver conmigo a nuestra ciudad. Allí su familia y yo podríamos ayudarle mejor, quién sabe, con un poco de tratamiento tal vez devolverle un poco de su antiguo carácter.
-Claro que me encontré -respondió-. Allí estaba, una persona alta y delgada subiendo del muelle a la ciudad. Estaba hecho un estropajo, arrinconado por la brutalidad del trabajo de mierda que me había impuesto. Me acerqué un poco y lo abordé. “Hola”, dije con la boca de Mariano. “Buenas noches”, me vi responder. Quería preguntarle, “¿qué recuerdas de anoche?”, “¿quién eres?”, “¿qué se supone que debo hacer?”. Pero un estremecimiento me recorrió el vientre. De pronto un deseo empezó a revolverse en mi interior. Otro vicio de Mariano, mío ahora. Nacía de repente con fuerza y se desarrollaba en mis adentros hasta calentarme la sangre. Era nuevo, no lo había advertido antes o no habría ido hasta allí.
>Sabía que sería una estupidez atacar a mí propia persona, ahí delante. Pero los movimientos de aquel cuerpo se tornaron, más que una voluntad, un reflejo. Me sentí programado para hacer aquello. Tenía la hoja escondida entre los pantalones de Mariano. Una mano se deslizó por allí y sujeté el mango. En algún momento aquel cuerpo se desató de mi voluntad. Mi conciencia gritó pero el instinto la desplazó de lleno a un segundo plano. Ya no tenía control sobre nada. El deseo me estaba ganando terreno en cada músculo, en cada articulación que antes me obedecía. Ya tenía el cuchillo levantado en frente de aquel hombre. Pude ver la expresión de su rostro, sus piernas flexionadas en un intento vano de huída. Entonces lo hice, descargué mi brazo sobre él.
-¿Te atacaste a ti mismo? -le pregunté. Aquello que me contaba era inaudito. ¿A qué tipo de mente podría ocurrírsele semejante escena?, pero también me asaltaba la duda. Asumiendo que todo fuera real, solo por unos instantes, ¿qué pasaba allí?, ¿había vuelto mi amigo a vivir la misma noche de su asesinato, sólo que desde una perspectiva y situación diferentes?
-Me maté -contestó-. Pero claro, con el paso de los años incluso el horror de hacer aquello se desvanece. Lo que de verdad me aterraba era el pavor por la rutina.
-¿Qué pasó al día siguiente? -pregunté. Me imaginaba la respuesta. Era ridículo.
-Ya lo sabes -dijo-, otra vez -hizo una seña de destajarse el cuello con un pulgar.- Pasó lo mismo. En adelante siempre ocurriría lo mismo, alternando las perspectivas.
-¿Hasta hoy?
-No, creo que hoy no -dijo-. Resulta que hoy me he redimido.
Eso fue todo, ni una palabra más. Un remolino de oscuridad me succionó hacia mis adentros. Las ventanas de mis ojos iban quedando cada vez más altas mientras caía en mi propia oscuridad. Mi campo de visión se iba perdiendo de a pocos. Traté de llamar a Carlos pero él ya no estaba. Un completo extraño se incorporaba allá fuera, ni Mariano ni nadie que conociera.
Antes de perder el conocimiento me di cuenta. Aquel extraño no era más que uno de los tantos Carlos que debían haber sido. Yo era el siguiente.
Desperté en un cuartucho ruinoso. Había un hedor de cuerpos sucios en el ambiente. Traté de levantarme pero una jaqueca terrible me hizo perder por completo el equilibrio y caer de la cama sobre el suelo de tierra. La mujer a mi lado se despertó. “Mariano, ¿estás bien?”, preguntó con miedo.