PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Lombardo, Miguel Angel (Gaspar Ilom)

La enfermedad

 
  I   “En enero se tiene que marchar del piso”. Para Augusto aquella frase fue como una inyección en la muñeca, de esas que le ponían cuando le daban crisis de asma para comprobar el nivel de “globulitos” en la sangre, como él solía decir. El dueño de la casa estaba algo nervioso; al fin y al cabo tenía cierta simpatía por él. Le decía a su mujer: “si apenas puede caminar, si está siempre enfermo ¿no lo ves?” Pero ella insistía que no y que no, que ya estaba bien de tanta consideración que ni siquiera la tienes con tus hijos. “Esa panda de vagos que tú has malcriado” le contestaba su marido, y ella sentía que le venía una especie de comezón en la espalda y se rascaba con el marco de la puerta, por culpa de este “bobo solemne” como le llamaba después que un día escuchara esa expresión en alguna tertulia de la radio e esas que siempre están insultando a todo el mundo. Era allí donde aprendía lo necesario para sortear y encarar a las vecinas de la comunidad de propietarios de la calle Jordán, con una batería actualizada de regates e improperios que estaban aprobados no sólo por la Real Academia sino también por lo más selecto de la sociedad española del siglo XXI.

Pero el casero seguía allí plantado delante de Augusto, metiendo y sacando la mano del bolsillo, moviéndose nervioso con la mirada de su mujer clavada en su omoplato, en la nuca y o en el cuello, que eran sitios donde él solía sentir contracturas desde que se casó hacía más de veinte años. “Augusto, que le digo que no tenemos ya más tiempo, hágame el favor, tiene usted que desocupar el piso”. Entonces Augusto se metía también la mano en el bolsillo y sacaba un inhalador que llevaba con timidez a la boca, como pidiendo disculpas y tratando de hacer ver al casero que nada de eso tenía que ver con él, que lo de la enfermedad iba por dentro y era una cosa suya, si bien aquél no lo entendía así ni mucho menos. El casero buscaba dónde parar la mirada y la llevaba del Ventolín al ascensor escuchando el susurro amenazante de su mujer que le indicaba que se quedara quieto.

La señora Angustias, o sea, la mujer de nuestro paciente y afable casero Sebastián, era una especie de bruja sin escoba, excepto cuando le daba por barrer la escalera. Entonces le entraba como un ataque de ansiedad raspando el suelo con las cerdas del cepillo como si en lugar de baldosas fueran cacerolas. Se detenía en la casa de Augusto y pegaba la oreja un rato y luego se pasaba por el portal de doña Amparo, que ya estaba muy mayor la pobre, y si pegaba la oreja era por saber si no se había caído y se la oía trajinar moviendo cosas de aquí para allá: la silla de la cocina la llevaba al salón y de allí se traía el mantelito de la cómoda que lo ponía en el recibidor y pasaba así el día, tranquila pero con un dinamismo que hubiera sorprendido al propio Heráclito. La señora Angustias frotaba bien y en eso se iba enterando de cómo iban las cosas en el bloque, de ahí que tuviera un conflicto permanente con el portero en ambas funciones: la del cotilleo y la de la limpieza.

La llegada de Augusto a la casa había conmovido a todos: pálido, débil, pero con ojos grandes en los que escondía todo el vigor que reservaba para cuando tenía crisis. Augusto se ganó a todo el bloque de viejitos que lo veían como el hijo que nunca los visitaba o el amor que un día tuvieron, porque tenía el semblante de un alma melancólica y romántica. Por las noches escuchaba ópera o jazz, y Sebastián, el casero, bajaba la televisión si sus hijos no estaban cerca o se marchaba al cuarto de invitados, que aún le llamaban así a pesar de que nunca habían invitado a nadie. El piso de Augusto estaba un poco descuidado, con algunas goteras y necesitado de una buena mano de pintura, pero luminoso y bastante tranquilo. Allí pasaba las horas leyendo y viendo mapas, atlas de geografía, fotografías de lugares remotos que componía sobre una gran mesa imaginando recorridos donde vivir muchas aventuras: Brasil, Chile, las cataratas de Iguazú, la Patagonia, y el polo Sur, luego subía por Sudáfrica, Mozambique, Namibia y recorría aquel continente imaginando las aventuras de exploradores en el Congo y evocando las películas de Tarzán, de King Kong o de tuaregs en el desierto.

Cuando estuvo tanto tiempo ingresado en el hospital, uno de sus compañeros de habitación, Don Luis, gruñón y encorvado como un gancho oxidado le decía: “para aguantar aquí lo mejor que puedes hacer es imaginarte que estás viajando por lugares bonitos, Albacete, Carrión de los Condes, Manzanares…” A Augusto le costaba imaginarse volando por Albacete pero en cambio se imaginaba en el Caribe, tras un largo día de descanso y playa, refugiado de la tormenta tropical en una chamba donde una señora cocinaba langostas, sintiendo el olor y el ruido intenso de la lluvia al golpear sobre las hojas de palma. En su viaje llovía siempre con furia y constancia, como cuando se despierta una pasión dormida que no deja tregua. Y ciertamente algo tenía de refugio de amor aquella afición por los viajes porque una vez quiso a una mujer, y esos días se le habían enquistado en el pecho, y no fue sino hasta años más tarde que empezaron a drenar poco a poco, en cada viaje imaginario por el mundo de esos que hacía siempre en el hospital donde los días eran eternos.

II

Nadie quería estar en el hospital: “no le vayan a decir nada a mi mujer, que le va a contar que me mareé y que perdí el conocimiento y esas tonterías que se inventa”, decía Don Luis, enredado en su profundo amor por el mundo y su enemistad con la familia. Esa contradicción le había encorvado la espalda y lo tenía postrado con tremendas subidas de azúcar. Quería, soñaba y pedía al doctor todos los días un plato de fabada, como cuando estaba en casa: “así me curo, y no con esta comida asquerosa, les he dicho doce veces que no tengo dientes, coño, y me siguen poniendo filetes más grandes que una vaca”. No toleraba la estupidez, pero por encima de todo no toleraba el conformismo. Por eso amenazaba al viejo que tenía enfrente cuando éste le rechazaba una fruta porque el médico no se la había recetado. “Eres un ridículo”– le decía – “Por Dios bendito, qué daño te va a hacer una manzana, coño”. Y el otro se quedaba al principio desconcertado y luego asentía con cualquier excusa para evitar un enfrentamiento con aquel oso dispuesto a tirarle un tubo de oxígeno a la cabeza en cualquier momento.

Yo estuve en la cárcel, quince días, por decirle gilipollas a un juez. Y se lo volvería a decir, porque era un gilipollas. Niñaaa! – le gritaba a la enfermera – quitadme esto de aquí coño, que me tienen atao como al borrico del tío Bartolo.

Pero cuando llegaba la enfermera y ésta se disculpaba por el retraso con alguna razonable explicación Don Luis sabía escuchar. A quien no soportaba en cambio era a los doctores que le decían cada día cosas sin convicción, hipótesis confusas y palabras extrañas que retrasaban aún más su agonía por no estar en su sillón. Su rostro de perro pachón apenas variaba con o sin máscara ante ese equipo médico que encabezaba Juanita Huang, Samuel Ndongo y el doctor Matamoros, que más que doctores parecían un conjunto de marimba. Un día Don Pedro, su compañero, después de dos días ingresado le preguntó a Don Luis.

-                        ¿Y a mi cuándo va a venir a verme el médico?

-                        Ya te vio – le dijo Don Luis.

-                        ¿Quién? A mi no me ha visto nadie todavía.

-                        ¿Y el calvo de esta mañana?

Don Pedro se incorporó bruscamente en la cama como si tuviera un resorte y con la cara aún más pálida respondió:

-                        ¿Ese es mi médico? Pero si es un niño.

Y así comprendió que en realidad estaba en manos del destino, ese despiadado y antipático juez que se planta en tu casa un día y dice que sólo él puede salvarte, y que todas las pruebas que le estaban haciendo, para las que se despedía de los compañeros de habitación saludando con la mano como si fuera el Papa, sólo servían para alimentar la sed de ciencia (o sed de mal) del Trío Matamoros.

III

La noche que Augusto dejó su casa la ciudad estaba cubierta de nieve. Solo y en medio de tanta blancura tuvo la misma sensación de desamparo que le venía en el hospital los fines de semana cuando estaba a merced de un médico de urgencias que sólo visitaba los casos graves. Se preguntaba entonces por qué si la especie humana era capaz de crear un sistema de turnos para mantener en funcionamiento una fábrica de tapones de corcho sin interrupción, o invadir países como Panamá, Granada, Nicaragua o Irak los días de diario y los fines de semana, no podía en cambio atender a los enfermos con la regularidad y constancia que éstos requieren. Estas preguntas no parecían tener fácil respuesta puesto que todo el personal del hospital lo encontraba “de lo más normal, como en todas las profesiones, por qué esto va a ser diferente, nosotros también tenemos derecho”. Augusto consideraba que tal vez la enfermedad era una excepción y requería una manera diferente de afrontar las cosas, que tal vez las personas eran más importantes que las estructuras, las empresas o los símbolos.

Don Pedro a sus ochenta años era muy consciente de esas cosas. Había vivido en Alemania en los años sesenta y regresó a España diez años más tarde con dinero suficiente para comprarse un piso en Lavapiés. Él decía que primero había sido pobre, luego emigrante, luego comunista y ahora jubilado, y su condición actual le obligaba a pasar las tardes en la Peña Los Botellines jugando al chinchón, el dominó, el tute o el mus.

-                        El dinero sólo tiene dos posturas: saberlo ganar y saberlo gastar - decía.

Don Luis, que agradecía las palabras simples y sabias, mostraba simpatía por el anciano. ¿De donde es usted? Le preguntaba todos los días. Y eso significaba que tenía aprecio por la conversación y ganas de escucharle… todos los días. Cada vez que entraba un enfermo nuevo en el cuarto donde llevaban semanas, Don Luis siempre le preguntaba: ¿de dónde es usted? Y dependiendo de cuál fuera la respuesta tal vez no volvía a dirigirle la palabra. Había lugares como Avilés o Burgos por los que por alguna extraña razón no mostraba el más mínimo interés. En cambio Valencia, Alicante, Albacete y Murcia le parecían el no va más. Augusto entendió más tarde que allí había pasado siempre sus vacaciones cuando los chicos estaban pequeños. Luego cada uno se fue para su lado y Torrevieja, Campello o San Juan, quedaron sólo en el cajón de su memoria donde guardaba los mejores tesoros que dosificaba como si fuera un frasco de esencia. Por esa razón, cuando le preguntaban si tenía hijos siempre respondía lo mismo: “Yo no tengo ninguno; mi mujer tiene cuatro”.

Y es que ciertamente a Don Luis sólo lo visitaba su esposa, que más que caminar se balanceaba por miedo a perder el equilibrio ya que el lumbago le daba unos pinchazos que la dejaban paralizada. Él, al verla llegar con la elegancia de un pingüino, le reprochaba que hubiera salido de casa. “Pa qué vienes, si yo estoy bien, coño” Pero bien, la verdad, no estaba. Una “manchita” en el pulmón –como decían los médicos- le impedía respirar, caminar y hablar con facilidad; le impedía, en definitiva, volver al sillón donde quería pasar el resto de sus días. Cuando entendió la gravedad de esa situación también supo que la decisión de salir del hospital le correspondía más que nunca a él. No volvería a someterse a una nueva broncoscopia ni tampoco a una biopsia; quería conservar su dignidad, evitar en la medida de lo posible el dolor, y por encima de todo quería disfrutar en su sillón la última cosecha del amor que había cultivado durante cincuenta y tres años.

IV

Thackeray decía que todo hombre de bien se hace más simple cuando se hace más viejo, y tal vez sea cierto porque es entonces cuando abrimos nuestra puerta más secreta donde se ocultaba el amor, el miedo, el sufrimiento y la verdad. La enfermedad nos pone delante de esos cuatro conceptos como si fueran tubos de oxígeno de los que debemos aspirar todos los días porque tan importantes son como la felicidad, la valentía o la independencia. La enfermedad nos enseña que hay que abrir la puerta oculta y airear la estancia de vez en cuando, decir que uno ama y sufre, afrontar las cosas de una manera simple y directa.

Augusto preparó una maleta y dejó una nota por debajo de la puerta de Sebastián, el casero. Se  dirigió a la plaza de Cristo Rey que esa noche se había convertido en una alfombra blanca de nieve y entró en el hospital. Algunas enfermeras, somnolientas, le saludaron al pasar. Entró en la habitación treinta y dos, se sentó frente a Don Luis y le tomó de la mano. Éste, sin reaccionar apenas, debió imaginar en el duermevela que tal vez fuera su esposa quien, algunas noches e incluso de madrugada, aparecía por allí cansada de luchar en la cama contra su propia soledad o contra la angustia de no haber recibido la llamada de todas las noches. Augusto estuvo un buen rato aferrado a la mano de Don Luis, e intentó soñar junto a él. Recordaba la mujer que asaba langostas en aquella playa caribeña con la que soñaba tantas noches y podía hasta sentir la fuerza del sol y la brisa reconfortante del mar sobre su pecho y su cara. Se imaginaba envuelto en el agua densa y poderosa, sacudido por un oleaje intenso, y supo entonces que había llegado el momento de cambiar el rumbo, dejar atrás este desamor ya perdido y empezar a caminar hacía donde siempre le condujeron sus sueños y los mapas. Al fin y al cabo, la vida sólo tiene dos posturas: saberla ganar y saberla gastar.

FIN
 

El trilobites



En mi cartera guardaba tan sólo un par hojas con el nombre y la ubicación de las obras que debía visitar: una escuela, una guardería y un pequeño hospital. No llevaba planos ni proyectos porque me habían informado que mi contraparte me los daría al llegar. También debía recoger unas facturas y finalmente saludar al Presidente en una recepción oficial. Fácil, una misión de dos días. Era mi primera misión. El vuelo venía lleno de reclutas que se trasladaban a una base militar muy cerca de mi destino final y eso provocó que pasáramos más de media hora haciendo cola frente a una caseta donde había sólo un funcionario revisando no sé qué papeles. El sol ardía como un brasero y yo estaba a punto de desfallecer. Cuando salí de aquel control busqué un lugar a la sombra y miré a mi alrededor. A la derecha, una carretera de asfalto se perdía en el desierto; a la izquierda, había una valla metálica y detrás un grupo de personas del que salió un hombre alto, de unos treinta y pocos años, que vino hacia mi.

-                    Buenos días –dijo- Usted debe ser el ingeniero.

-                     Así es –contesté. Me acababa de graduar y ese detalle me cayó como una alfombra a una escalera.

-                    Yo soy Sídorf –dijo él.

-                    ¿Perdón?

-                    Sídorf –repitió con seriedad- la contraparte.

No parecía de allí. No era de allí. Tal vez era cubano. Tenía la piel oscura, el pelo negro rizado y un caracolillo brillante que le caía en la frente. Era alto, de nariz gorda y chata, y sus ojos se empeñaban en vigilar cada uno de mis movimientos. Eso me incomodaba.

-                    Venga por aquí –me dijo.

Ingeniero, pensé yo. Le ha faltado decir “ingeniero”, pero está bien. Le acompañé hasta un Land Rover de color blanco que estaba aparcado en la cuneta de la carretera. Era un modelo del año setenta y seis, de la serie tres, de esos que tienen los faros delanteros en la aleta. Cuando me disponía a subir al coche me fijé en una vendedora que estaba sentada junto a una nevera de plástico azul. En la nevera había unas bolsitas rellenas de un líquido blanco. Pensé que era leche fresca y la boca se me hizo agua. Sídorf lo notó.

-                    Es leche de camella…. –dijo.

-                    ¿Se puede tomar? –pregunté escéptico.

-                    Está fresca. –añadió. Era un tipo hermético.

Miré con más atención a la señora. Tenía un lunar muy grande en la frente que no sabría diferenciar si era natural o si era pintado. Luego me fijé en la nevera azul y me pareció un iceberg de medio metro vagando por el desierto. Había una conexión entre el lunar y la nevera, estoy seguro, como si trazaran entre ambos una especie de energía magnética que me envolvió y me hizo caer en el reclamo. “Leche de camella”, repetí en voz baja, casi inaudible.

-                    One bag, please. –dije.

La señora no entendió nada. Yo me quedé clavado, balanceando, viendo su lunar hasta que mi acompañante cogió una bolsa y él mismo le dio unas monedas. Le agradecí la invitación. Me pasé la bolsa fresca por la frente, luego por el cuello y después mordí un pico del plástico por el que empecé a chupar un líquido que sabía a yogurt natural, amargo, pero muy fresco. Cuando terminé la bolsa la guardé en uno de mis múltiples bolsillos, subí al coche por la puerta de atrás y me acomodé en un asiento lateral. Allí había un bidón de agua, varias mantas y un rollo de papel higiénico. Miré al chofer y él hizo algo parecido a un saludo desde el espejo interior. Era un tipo flaco, con la piel cuarteada como un lagarto y, a mi modo de ver, ya un poco mayor. Esperó la instrucción de Sídorf y después se aferró al volante como si ese fuera el último trabajo de su vida.

Pasamos la mañana revisando construcciones y recogiendo facturas. Algunas de las obras estaban a punto de concluir; otras ya habían terminado y sólo esperaban la inauguración oficial de mi director. Ese tipo de detalles eran los que debía cerrar por la tarde con el Presidente, de modo que nos encaminamos hacia el lugar donde nos encontraríamos aprovechando una recepción oficial que daba al cuerpo diplomático. Recuerdo que fuimos por un camino de tierra y que paramos a tomar el té en un sitio espectacular, al lado de unas dunas, bajo la sombra de un árbol. Sídorf y el chofer sacaron las mantas del Land Rover y las echaron en el suelo. Después se pusieron a buscar leña allí mismo, mientras que yo les observaba preguntándome de dónde demonios la iban a sacar. Apenas caminaron unos metros y escarbaron en la base de unos juncos cuya raíz era gruesa y ardía de maravilla. Allí pasamos un buen rato tomando el té, disfrutando del paisaje y viendo espejismos. Antes de llegar al desierto pensaba que los espejismos eran ríos o palmeras que aparecían cuando uno tenía mucha sed, pero en ese viaje descubrí que no son más que el efecto del calor sobre el horizonte, que deforma las figuras y hace que las cosas muy pequeñas se vean muy grandes. Así, en las horas de más calor, una rueda de camión tirada en la arena se convertía en un camión que parecía aproximarse hacia nosotros. Lo mismo ocurría con la línea del horizonte, que se convertía en un lago enorme cuando se veía alterada por cualquier montículo o variación en el terreno.   En esos pensamientos estaba cuando empecé a sentirme un poco mareado, aunque entonces lo atribuía al calor y al cansancio del viaje. Se lo dije a Sídorf y él mismo me dio su pañuelo para cubrirme la cabeza. Después de unos minutos me sentía un poco mejor. Regresamos a la carretera y nos detuvimos de nuevo unos kilómetros más adelante en una granja. Una señora que tenía el rostro cubierto con un pañuelo subió al coche. Llevaba tres o cuatro bandejas de cartón repletas de huevos. Se sentó frente a mí y apoyó las bandejas sobre sus piernas cubriéndolas con ambas manos. Era todo un ejercicio de equilibrio el que le esperaba, por la aridez del terreno y por los baches.

-                    Son para la recepción –dijo Sídorf.

-                    Si es que llegan –dije yo.

-                    Claro que llegan.

Caminamos un buen trecho los cuatro en silencio, cada quien escarbando en sus pensamientos. Yo miraba la carretera de tierra y me preguntaba cómo era posible que no se perdieran los coches por aquellos trazados. Pensé que tal vez los neumáticos tirados en la arena servían como señales, aunque de noche no servirían de mucho… pero fue en ese preciso instante cuando vi la primera y última señal de todo el viaje. Era un cartel bien grande, se podía leer a unos veinte o treinta metros, y decía en varios idiomas:

TERRENO PROPIEDAD

DE LA BASE MILITAR.

NO PARAR

El chofer aceleró sensiblemente y durante un buen rato estuvimos tragando baches. Yo empezaba a ponerme nervioso. Al principio buscaba con el rabillo del ojo misiles lanzadera, o algo así, y ponía a trabajar mi imaginación encaminándola a cualquier tipo de desgracia. Pensaba que todo era posible, viendo la cantidad de cosas que pasan en el mundo y recordando los militares que vi en el avión; eran sólo niños… cualquier susto, cualquier amenaza podía acabar con nosotros. Me volví a sentir mareado y ya esperaba lo peor, que no llegó desde fuera sino desde mi propio cuerpo. Bruscamente sentí en mi estómago un rayo que me atravesó de arriba abajo. Lo retuve un tiempo, lo analicé con cuidado y lo comprendí enseguida. Todavía me resignaba a aceptarlo y esperaba otra señal. A los pocos minutos sentí uno más fuerte.... era la señal. No podía creer lo que ocurría. Entonces dije:

-                    ¿Podemos ir a un baño, por favor?

Los tres me miraron atónitos, también el conductor que se tragó un bache en el que perdimos una docena de huevos.

-                    No puede ser –dijo el chofer en mi idioma.

Era la primera vez que le oía hablar. Su voz seca salía directamente del fondo de un agujero en la arena. Sídorf trató de calibrar la urgencia.

-                    ¿No se puede aguantar?

-                    Creo que sí –mentí.

Si hay algo peor que engañar a los demás eso es engañarse a uno mismo. Justo cuando acababa de decirlo sentí un dolor insoportable, un latigazo que me partía en dos. Fue cuando me salió de dentro una especie de gemido que yo creía inaudible… pero que todos oyeron.

-                    ¡Para aquí! –ordenó Sídorf.

-                    Pero… es la base militar –balbuceó el chofer.

Creo recordar que fue él quien me abrió la puerta y también fue él quien me dio el rollo de papel higiénico, aunque ahora sólo tengo vagas impresiones. Tenía los ojos entreabiertos y es probable que llenos de lágrimas. Bajé del coche y me alejé unos metros. A mi alrededor y no había nada: sólo un enorme desierto, una valla a lo lejos que suponía era la base militar y yo mismo con un rollo de papel en la mano. “Esto es un espejismo”, me dije. “Es una línea en el horizonte que muy pronto no estará”. Me desabroché el cinturón y esperé que todo siguiera su curso natural, la naturaleza, mi organismo, la vida, por favor, la vida, el devenir cotidiano de una base militar en nivel de alerta tres y el doble chequeo de un centinela que esté acostumbrado al fraude de los espejismos que agrandan las figuras desde lejos…

Pero fue entonces cuando lo vi. Siempre suceden cosas extrañas en los momentos más arriesgados, cuando hay algo en juego. Miré al suelo y lo que vi frente a mí era sorprendente. Había un trilobites. Yo no sé mucho de geología pero sí lo suficiente para conocer ese fósil. No era una huella, era un fósil completo. Junto a él, muy pegados, había también helechos, estrellas de mar, ammonites y muchos otros que no conocía. Había placas enormes de fósiles que debían llevar allí miles de años incrustados en las piedras, en aquel desierto olvidado por el mundo que se había convertido la sala de un museo de historia natural. Comprendí que estaba justo encima de lo que un día fue un vasto mar, comprobé que yo estaba ahí clavado como un estúpido –peor aún, como un profanador de tumbas- y sentí que aquellos fósiles me estaban diciendo: “¿pero de qué vas?” Y tenían toda la razón del mundo para hacerlo, porque entonces pensé que eso eran aquellas piedras, la razón del mundo concentrada y reposada, la esencia de la evolución de la humanidad, y yo no era más que un ingeniero técnico recién graduado y con diarrea.

Quise salir corriendo, o tal vez volar por los aires reventado por uno de esos misiles katiuskas que seguramente me estaban apuntado, quise hacer cualquier cosa que me sacara de encima aquel sentimiento de culpa, pero un nuevo retortijón me mantuvo allí paralizado un rato más, retenido a la fuerza por ese pedazo de historia, como si todos los fósiles, y en particular el trilobites, quisieran hacerme comprender de una vez algo crucial que empecé a madurar más tarde y sólo gracias a aquella experiencia: mi posición en la historia -desde ese día siempre en cuclillas-, mi comprensión de lo que realmente es “el mundo”.

Regresé al Land Rover, tomé el bidón de agua y me la eché por las manos, la cara y el cuello. Luego subí y me senté en mi asiento. El chofer, que estaba paralizado, arrancó y salimos de allí a toda prisa. Cuando cruzamos el territorio de la base militar Sídorf me miró y dijo:

-                    Es la leche.

-                    Ya… lo siento –me disculpé.

-                    No, digo, que es la leche de camella la que le ha hecho mal... ingeniero.

Vi sonreír al chofer. También vi una sonrisa esbozada en los ojos de aquella mujer y luego oí crujir un par de huevos. Ya en la recepción, el Presidente y yo nos dimos un firme apretón de manos.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de