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Pardo Vidal, Juan (Anonimo)

La esfera del tiempo

                             

Isidoro Álvarez siempre estuvo convencido de una cosa: de  que en esta vida hay  muy pocas cosas por las que merezca  la pena angustiarse o perder la cabeza; y lo que nunca  perturbó la tranquilidad   de su espíritu fue la idea de la   muerte. En  ningún momento, durante su largo peregrinaje por el mundo,   llegó a sentir  ansiedad, pena, o angustia por un fenómeno que siempre consideró  natural a la vida, parte de ella misma.                La muerte fue siempre  para él un hecho consustancial a la existencia, una circunstancia más que nos acompaña desde que consentimos, en el océano de la inexistencia, ser traídos a la vida. Y aún ahora, tras largos años de duro bregar   por el mundo, cuando debería ser ésta su compañera inseparable, la sombra que con ahínco e interesada lujuria buscase doblar su alma una última vez,   se presenta  sólo  como un accidente de la existencia, como un hecho más que le acompaña  y le da forma.                Desde hacía varios años, siete exactamente, desde la muerte de su mujer una tarde  de marzo en su casa de la calle Ponzano de Madrid,  se había dedicado única y exclusivamente  a dejarse llevar por la  corriente traicionera de la vida, a dejarse mecer por su lento fluir hacia la muerte. Todo, sin perder en ningún momento  la indiferencia y el desapego   que siempre le había caracterizado y con el que parecía haber venido al mundo.                Había algo que  le  ayudaba a soportar la soledad de estos últimos compases de su existencia: contemplar el constante trajín,  el ir y venir apresurado de sus vecinos, de la gente  que pasaba bajo  su terraza. Era en esta modesta atalaya, situada en un cuarto piso de un edificio un tanto mal tratado por los aires ennegrecidos de  Madrid, donde esperaba con cierto desencanto que el tiempo fuese desnudando de incongruencias su  existencia y terminase por ejercer su última e irremediable labor. Y mientras este momento  llegaba, dedicaba sus tardes a  recostarse sobre la barandilla y a observar el constante pulular de personas, de gentes de todo tipo, altas, bajas, rubias, morenas, de andar apresurado, de movimientos pausados, que pasaban bajo su terraza.                Pero aquel día, un día resplandeciente de mayo, un día claro, radiante,  de colores diáfanos y   sedientos de vida,   algo  atrajo de manera especial su atención. Era la figura de una adolescente que estaba  apoyada sobre una de las farolas de la calle, la que   apresó su mirada con gran fuerza.  Su rostro,   su cara,  su tez,  adornados todos de una descomunal tristeza,  atraparon sus ojos como no lo había hecho  nadie en muchos años. Enseguida quedó cautivado por aquella inesperada presencia, por  una figura  marchita de melancolía, por una mirada hechizada de nostalgia y tristeza, por unos ojos que  adornaban su rostro con una belleza madura e impropia para   sus años. Fue verla y sentir una fuerte  curiosidad una curiosidad que dejaba entrever algo más que un mal presagio. Quizás fue su indiferencia, su gemela dejadez hacia un mundo que parecía  resbalar ante su mirada, lo que ejerció tan extraña y misteriosa atracción sobre él.                Vestía   con una sencillez exquisita. Su pelo corto redundaba en una edad indefinida.  La imaginó  él, en aquel momento, llevado por la sorpresa y la perplejidad, por el sol oblicuo de la tarde, por sus ojos llenos de brillos y sombras,  secuestrado  por los efectos de su propio  deseo, como   un ser de otros tiempos, como una mujer venida de otros mundos, de otras vidas y  transportada   hasta allí por un error  del destino. Quiso pensar que era una figura forjada sobre el cristal helado y frío del Ártico, una escultura de témpanos azulados que en un desliz del devenir  había ganado    vida.  Nada más verla,  comprendió   que   aquellas pupilas negras y distantes escondían algo más que una adolescente de trece o catorce años.                Esa tarde, traspuesto, regocijado  por esta visión, por el cosquilleo de una belleza inesperada, por  la luz transparente y  primaveral,   se mantuvo durante una hora   apoyado sobre el balcón, fotografiando en su retina cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos,  pero, sobre todo, intentando encontrar fondo al misterio  que se traslucía tras aquellos ojos negros, unos  ojos que, en la distancia, iluminaban de penumbra su figura. Ella permaneció  durante todo este tiempo apoyada sobre la farola, sin  mover músculo alguno, con la vista perdida en el fondo de la calle, como si esperase ver aparecer  algo o a alguien. Al  final, con la llegada de la noche, la vio marcharse con la misma naturalidad con la que había aparecido, en dirección a un sol que relamía con su brillo los últimos contornos de la ciudad.                Tras su marcha tardó más de lo debido en  reordenar sus pensamientos, unos pensamientos  que habían quedado congelados tras su aparición. Una vez dentro de la casa, mientras la oscuridad de la noche  se reflejaba en forma  de relámpagos negros sobre  los cristales,  surgió de alguna parte de su memoria una figura del pasado. Le invadió entonces un extraño convencimiento, la posibilidad de que aquella mujer pudiera ser algo más que una figura anónima, un rostro sin nombre; quizás una sombra de su pasado.                No tuvo que esperar mucho;  la semana siguiente,  estando de nuevo en la terraza de su casa repitiendo la única labor que le merecía  algún atractivo, seguir con su vista el movimiento de sus vecinos,  la vio aparecer de nuevo, en el fondo de la calle, avanzando lentamente,   con la misma mirada en sus ojos, con la misma frialdad y melancolía rasgando su rostro. Con su llegada se repitió,  tal y como  la recordaba, la misma tarde de la  semana anterior. Con idéntica mezcla de deleite y contenida admiración se quedó allí de pie  de nuevo observando su cuerpo,   la luz azulada  que desprendía  su rostro. Pero a diferencia de lo que le había sucedido siete días antes, un extraño sentimiento  se fue adueñando  de él, un sentimiento que   le permitía intuir, adivinar, antes de que sucediese,   lo que  iba a pasar en el siguiente instante. Antes  de que aquella mujer  parpadease, de que moviese  este o aquel músculo, él ya sabía que lo haría. Era como si todos sus movimientos  viniesen a repetirse tal y como habían pasado hacía siete días, con los mismos gestos, con las mismas dudas, con la misma viscosa  tristeza de una semana antes.  Esta sensación de repetición le hizo  dudar, dudar de dónde estaba, de quién era  y, sobre todo, del   tiempo  que había pasado entre medias. En realidad, no sabía  decir si era éste el mismo momento; si habían  pasado  siete días  entre medias o tan sólo unos segundos. Llegó a pensar que aquella tarde  era parte de un mismo día que había simulado prolongarse durante  toda la  semana. Llegó a pensar  que, en un desliz de su atorada conciencia, había sido capaz de crear  siete días, siete días con sus noches,  donde sólo habían existido  varios segundos, forjando  así un recuerdo que era sólo parte de un presente desvanecido en el tiempo. Al final,  como ya había sucedido antes, con la llegada de la noche, aquella niña  desapareció de su vista.                La siguiente semana  vino a repetirse como un acelerado recuerdo de la anterior. Hundida entre la espesa niebla de la sospecha pasó a ser  la estela de un recuerdo del que dudaba fuese eso, un recuerdo, un fugaz instante de su memoria. No sabía qué pensar, pero  tampoco  deseaba llegar a ninguna explicación; en el fondo anhelaba que aquel misterio se fuese prolongando indefinidamente o que, al menos, no le desvelase, antes de tiempo,  su propio secreto. Quería convertirse  en  espectador de algo que intuía extraordinario.                Esa misma noche, mientras recorría el océano turbio  de su   pasado,  mientras revolvía en el amarillento campo  de sus recuerdos y olvidos,   vinieron de improviso unas palabras del pasado   a dibujar en su mente   el esbozo de una respuesta al enigma que le acompañaba desde hacía unas semanas.                -¿No os habéis fijado en ella? Si tiene la piel negra casi como el carbón y siempre va vestida con la misma ropa, con una camisa blanca y una falda marrón.                Aquella era una voz de su infancia, una voz que  recuperaba ahora tras muchos años de olvido. Sí, esas palabras las había  escuchado Isidoro  muchos años antes,  en  una escuela de Villasanta,  el pueblo donde nació y donde vio pasar la mayor parte de su infancia. Eran las palabras de Ovidio, un compañero suyo de la escuela  por el que   conoció la historia de aquella mujer y de su hija.                Este chico travieso, deslenguado y vivaz, fue el primero en hacer circular, entre los chavales del pueblo, las mil y una historias que corrían de aquella familia   entre los adultos de la comarca. Una familia que, llegando un buen día a Villasanta,   se instaló en el pazo  de un indiano que había muerto meses antes en un accidente en Panamá.                La niña de ojos negros e indómita tristeza, que se había dejado ver algunos días en la plaza del ayuntamiento, siempre acompañada de una mujer de color y avanzada edad,  comenzó a  asistir a   la escuela donde estudiaba Isidoro. Recordaba ahora cómo durante esos días de otoño, ninguno de sus compañeros  hizo el menor amago de  acercarse a ella. Todos mantuvieron una fría distancia, fruto del  miedo y   la poca simpatía que en Villasanta despertaban los extraños. Durante aquel mes que compartieron la misma aula, Isidoro siempre la vio en la posición similar,  recostada sobre su pupitre, indiferente ante lo que el maestro decía o el resto de compañeros hacían, desviando su  mirada hacia el bosque de hayas que se divisaba desde las ventanas. A  ella  no parecía importarle mucho el vacío que el resto de sus compañeros le profesaban; parecía incluso  disfrutar con ello. Se  dejaba entrever  cierta altivez y orgullo  mal disimulados.                 Durante aquellas breves  semanas se fue despertando en Isidoro una malsana  atracción que, aunque lo intentó, no supo o no pudo satisfacer. No deseaba enfrentarse al resto de sus compañeros, que despreciaban a la chica en parte por su altivez y en parte por lo que sus padres les  habían dicho sobre ella, pero una ligera inquietud y curiosidad   se alzaba desde lo más profundo de su espíritu. Siempre se quedaba  con las ganas de indagar un poco más sobre su vida, de conocer quién era ella en realidad. Pero se tenía que conformar siempre con  mirarla de reojo, imaginando si podía ser verdad cada una de las cosas que había oído.                               Cuando  sonaba la campana,  ella  recogía  sus libros y   emprendía el camino de vuelta al pazo del indiano. Un camino que subía hasta una de las colinas que presidían la entrada a la ría y desde donde se divisaba todo el pueblo, el fantástico hayedo que le  rodeaba y, al fondo, como en una inmensa alfombra llena de polvo blanco, el mar.                Un día cualquiera,  Isidoro  no pudo dominar más su curiosidad y, entrando por la puerta de su casa, preguntó a su madre por las historias que había oído sobre aquellas dos mujeres.                -Eso no te tiene que  importar. Ahora lo que tienes que hacer es no pensar en ello  y estudiar, que para algo trabaja tu padre  de sol a sol, para pagar tus estudios.                Pero a Isidoro no le valían las respuestas de sus compañeros, ni siquiera las de Ovidio, que se vanagloriaba de saberlo todo y que era quien más hablaba del asunto.                -Ella se casó con el indiano y luego lo envenenaron para quedarse con su fortuna. Pero según me han contado mis padres, en el testamento había dejado dicho que para que ella pudiera  recibir su parte debía venir a vivir   a España. Por eso están aquí, para poder coger el dinero. Pero no te creas que eso es todo; ella no  es hija de él, ella es hija de otro. Por lo que me ha contado  mi padre, que está muy enterado de todo esto y que ha hablado con el notario de la capital, se casaron cuando ella tenía  once años. Pero tuvieron un hijo, un hijo del que no se sabe nada  y que parece murió hace poco...                Estas historias exacerbaban más su  viciada imaginación. Durante aquellos días de otoño, Isidoro pasó mucho tiempo  fantaseando con la realidad o irrealidad de lo que oía. Sentía un cierto regusto, morbosidad malsana, al pensar en lo que podría haber de cierto en todas aquellas historias. Imaginaba cualquier cosa  tras las paredes de piedra, llenas de hiedras y humedad.                Ella dejó pronto  de ir a la escuela y  a   los dos meses de llegar a Villasanta no se la veía ya por el pueblo. La madre nunca bajaba y era sólo la sirvienta de color, la que dejaba intuir al resto de los vecinos  que continuaban por allí. Esto multiplicó aún más las habladurías.                -Yo creo que han debido  encontrarse con el espíritu del indiano que les ha condenado por su crimen a no salir jamás  de la casa, a quedarse de por vida en ella-  le decía Ovidio a  Isidoro mientras en  sus ojos se adivinaba   un brillo  denso y azulado,  un brillo con el que parecía intentar infundir en el  alma de su compañero  el mismo encantamiento que a  él le producía aquella historia-. Que sí, que en esa casa siempre han pasado cosas muy extrañas. Allí murió la primera mujer del indiano. Nadie supo nunca cómo, porque tras su muerte, él se fue de nuevo y nunca permitió que se investigara nada. Dijo que fue un accidente, pero nadie en el pueblo le creyó; todos pensaron que la había asesinado.                Al finalizar las clases,  antes de volver a casa, Isidoro solía subir  a lo alto de los acantilados, para desde allí  quedarse mirando el pazo donde vivía la familia, esperando ver  alguna figura,         alguna luz que pudiese iluminar el secreto que secuestraba ya  por  completo  su conciencia. Pero nada sucedía y, al anochecer, bajaba por el camino de la playa,  con la humedad camuflada entre sus huesos, tiritando de frío y escuchando a la curiosidad reptar con fuerza por su cuerpo.                Una semana después de su conversación con Ovidio, a la salida del colegio, éste le agarró del brazo y, empujándolo hacia una esquina,  le dijo:                -Esta noche vamos a subir Miguelón, Ismael y yo.  Vamos a meternos en la casa. Miguelón ha encontrado un agujero en el muro por donde se puede entrar sin que nos vean.                Esa tarde el corazón de  Isidoro latió más rápido que nunca. Pensó  que en cualquier momento lo vería salirse  de su cuerpo. El sudor fluía como un manantial poderoso  por las palmas de sus  manos. Pero por mucho que  pensaba, no conseguía decidirse, no sabía qué hacer,  si acompañar a sus amigos o esperar a  que le contaran al día siguiente lo que habían descubierto. Cuando llegó a su casa, subió con rapidez las escaleras hasta su cuarto. Al tumbarse en la cama, se notó  cansado, agotado de  pensar, de imaginar   y de dudar. Se  puso entonces a  mirar   por la ventana. Sintió enseguida  cómo la lluvia  golpeaba con cansina dejadez el tejado de la casa. A eso de las nueve, llevado por un impulso que no sabría decir de dónde venía, un impulso irreconocible que debió nacer  de lo más hondo de su alma,  se enfundó la gabardina y, sin pensárselo dos veces, se encaminó hacia el hayedo que bordeaba el pazo del indiano.                 Había dejado de llover y los destellos blanquecinos de la luna comenzaban a despuntar tras las hojas de los árboles. Subió por el camino dejándose golpear por la brisa del mar que se alzaba en esos momentos desde  los acantilados, embadurnando de humedad  el suave susurro del bosque. Enseguida  divisó las luces del pazo. Por un momento un lento escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Qué hacía él yendo hasta ahí? ¿ Qué buscaba en aquel lugar? ¿Por qué no se había quedado en casa?  Pero la fuerza que minutos antes le había empujado a salir de su casa, le hizo seguir adelante. Bordeó la pared del jardín y dirigió su andar nervioso hacia la colina donde se suponía le esperaban  sus amigos. Al llegar a la parte más alta del camino, se internó entre los helechos. Notaba cómo la humedad de la noche iba penetrando en su cuerpo. Sólo la ansiedad de encontrar a sus amigos le hacía moverse con velocidad. Una vez llegado a la esquina del jardín donde se suponía  debían de encontrase,  anduvo unos metros, pero allí no vio a  nadie. Comenzó entonces a susurrar sus nombres, a silbar, pero nadie le contestaba; sólo el aullido del viento le devolvía, en forma de un extraño eco, alguna respuesta. En lo alto la luna, única testigo de sus temores y movimientos, comenzaba a  despejar sus luces entre los haces envolventes de la noche.                No sabía qué hacer; allí no había nadie y la humedad y el frío comenzaban a hacérsele insoportables. Con mucho cuidado encendió una cerilla. Al hacerlo, descubrió  entre dos altos helechos un agujero que daba paso al jardín, un agujero escondido entre la maleza y por donde se podía introducir un chaval de su estatura. El frío en esos instantes se adhería con crueldad a su cuerpo. Sin pensárselo dos veces, se introdujo  en el jardín.                Cuando llevaba andados varios metros una duda vino a asaltar   su corazón:  ¿y si había algún perro en la casa o si le confundían con un ladrón? Por un momento pensó en darse la vuelta y volver por donde había venido. Pero la curiosidad, la inercia y el miedo que le daba volverse atrás,  le hicieron seguir adelante. Se había olvidado ya  de sus amigos. Sólo pensaba en alcanzar la casa cuanto antes y mirar a través de una de las ventanas  de la planta baja. Le quedaba ya poco, unos veinte metros. Divisaba  los detalles de lo que debía de ser la puerta trasera; entre las luces de la noche distinguió, a un lado del camino, un antiguo establo derruido y varias maderas apiladas desordenadamente. Siguió avanzando hasta que oyó unas voces cerca de él. Eso fue lo último que pudo recordar. Después cayó  como un fardo pesado sobre una zanja cubierta de barro y lodo. Lo siguiente que vino a su mente fue la suavidad de una manta y los ojos de una mujer de color que seguían atentamente cualquier movimiento de su cuerpo.                -Ya parece que recobra el sentido- la escuchó decir.                En ese momento Isidoro se dio cuenta de su situación. Estaba tumbado en el sillón de uno de los salones de la casa, con una bolsa de agua sobre su cabeza. Tras unos segundos de confusión   vio aparecer, detrás de una de las puertas, el rostro de la mujer  que había despertado,  durante las últimas semanas, los mayores  odios y pasiones en el pueblo; una mujer de la que  se había  hablado mucho,  pero  de la que nada o casi nada se  sabía. No andaban muy desencaminados los que ensalzaban  su belleza. Su tez era blanca como la nieve, casi enfermiza, de una luminosidad desbordante, con unos ojos achinados, que parecían ocultar un pozo de  tristeza.                En un principio no pudo escuchar lo que le decía y menos aún articular su mente para buscar una respuesta a unas preguntas que no escuchaba y no entendía. Sólo era capaz de seguir con la vista los ojos  de aquella mujer que debía de rondar los treinta y cinco y que ocultaba en cada una de sus facciones una belleza  violenta y casi salvaje.                Cuando consiguió liberarse de la atracción de aquella cara y  volver a ser consciente de su situación,  dijo un vergonzoso:                -Me había perdido y como no encontraba el camino de vuelta, decidí venir hasta aquí.                Pero al pronunciar estas palabras apreció en su voz el nerviosismo que antecede a la mentira;  se sintió como lo que era, como un niño travieso, un niño  que había sido cogido robando unos caramelos.                               La mujer abandonó el salón. Él continuó   quieto, tumbado sobre el sofá, sin saber qué hacer, escuchando el perturbador silencio de aquel edificio. Las paredes eran de piedra maciza, sus techos altos; en ellos se  distinguía,  como un meandro de luz ensangrentada, el resplandor de una chimenea. Con cierta sorpresa observó en  una de las esquinas del salón, la única que desde su posición podía distinguir con claridad, un montón de cajas de cartón, libros y otros utensilios, apilados ordenadamente unos sobre otros,  ocupando un espacio que simulaba no ser el suyo y que descomponía  la aparente  armonía de la habitación.                Las estanterías  estaban repletas de esculturas y artesanías que a Isidoro le resultaron cuando menos estrambóticas, y que relacionó con los viajes del indiano a Sudamérica. Había de todo, relieves de madera, máscaras de color, arcos, vasijas, tinajas, todo  dispuesto sin ningún  orden, como si aquellos objetos  se hubiesen precipitado por un despeñadero hasta su situación actual.                Se respiraba por todo el pazo una incierta atmósfera de atemporalidad. Parecía que éste, deseoso de preservar su ambiente original, se rebelaba contra  todos los elementos decorativos que, como injertos no deseados,  usurpaban su antigua forma, creando  un ambiente  improbable, ligero de realidad.


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