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S. de Sione, Silvia (Cristal)
La extraña enfermedad
Hace muchos años, vivía en un país lejano un hombre muy rico, que le
tenía miedo a la muerte. Ese gran temor se despertó en él cuando vió morir
a sus padres de una enfermedad muy extraña.
Los doctores y curanderos del lugar, no lograron saber de qué se trataba, y
por más que hicieron todo lo posible por sanarlos, ambos fallecieron
sorpresivamente y casi al mismo tiempo, después de tan solo cuatro días
de fiebre altísima e insoportables dolores en el cuerpo.
El hombre, que ya era un empresario muy conocido y exitoso, lloró durante
mucho tiempo la muerte de sus padres, sin dejar nunca de consultar a
diferentes doctores sobre los síntomas que padecieron, con el fin de
averiguar de donde provenía tal enfermedad, y cuales eran los métodos
para prevenirla.
Pero nadie sabía responderle a sus inquietudes, y el miedo a que a él
pudiera sucederle lo mismo crecía más y más.
Cierta vez, conversando con un curandero, se enteró de la existencia del
“Gran Sabio”, un anciano sabelotodo que vivía en una ciudad cercana, pero
el único modo de llegar a ella era caminando, porque los caminos que
conducían hacia allí eran extremadamente angostos y pedregosos.
Entonces no lo dudó un instante, y luego de despedirse de su mujer y sus
pequeños hijos, los mellizos Adriel y Catriel, marchó rumbo a esa ciudad.
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Caminó durante varios días, hasta que al fin llegó, con los pies muy
lastimados y llenos de llagas. El “Gran Sabio”, al verlo, inmediatamente
sanó sus pies con una poción preparada por él mismo. Luego lo escuchó
atentamente, pero estuvo pensando un largo rato antes de responder a las
preguntas del empresario.
- La verdad, amigo, es la primera vez que me sucede, pero por más que
pienso y pienso, no logro saber el nombre ni el origen de la enfermedad
de la cual me has hablado, ni tampoco que medidas de prevención puedes
tener en cuenta, lo que si puedo asegurarte, por sus características, que es
una enfermedad hereditaria. Pero no temas, porque solo aparece cada
veinte años, y para entonces, en un lejano país, ya habrán descubierto la
vacuna para curarla. Solo será cuestión de viajar hasta allí para traerla,
y aunque será muy pero muy costosa, para ti eso no será ningún
impedimento. Ahora relájate, y ve a disfrutar tranquilo de la vida, pues
sabes que dinero es lo que te sobra, así es que podrás tener la vacuna en
tus manos antes que llegue esa enfermedad.
Y diciendo esto, entregó al hombre un frasco de la poción que había
utilizado para sanarle los pies, explicándole que en el camino de regreso le
sucedería lo mismo, y volvería a necesitarla.
Luego, acompañándolo hacia la puerta de salida, insistió:
- Disfruta la vida, tienes todo para hacerlo, mucho dinero, una buena mujer
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a tu lado, y dos hijos extremadamente inteligentes, que siempre estarán
dispuestos a ayudarte y podrán llegar muy lejos si no se lo impides. No lo
olvides nunca. Disfruta y vive en paz con tu familia.
Dichas estas palabras, se despidieron y el empresario emprendió el largo
camino de regreso hacia su casa. Durante el viaje, el hombre muy
preocupado, pensaba en lo que podía sucederle en veinte años más.
- Si la enfermedad es hereditaria, ya no hay dudas que seré afectado
por ella, justamente yo que tengo tanto miedo a morir. Tengo que hacer
algo para asegurarme de que podré tener esa vacuna en mis manos en el
mismo instante en que la extraña enfermedad se apodere de mi cuerpo,
ni un segundo después, porque no quiero sufrir, ni menos morir….
Repetía muy afligido el hombre.
Y así siguió, durante todo el camino, lamentándose de su suerte y pensando
en alguna solución realmente confiable para su problema.
Al llegar a su casa, besó a sus hijos mellizos y a su mujer, quien enseguida
le ayudó a curarse las heridas de los pies con la poción. Luego le contó lo
sucedido, cada palabra que el Gran Sabio le dijo, y muy amargado se fue a
descansar.
La mujer intentó levantar su ánimo recordándole que con la vacuna no
había nada que temer. Pero él seguía empecinado en pensar que podía
sufrir y si algo salía mal, también podía llegar a morir.
-3-
Y así siguió durante varios días, totalmente concentrado en su problema,
sin ni siquiera prestar atención a los logros que Adriel y Catriel conseguían
cada día. Con tan solo tres años, ambos sabían leer perfectamente y
escribían cada día mejor. Realmente era extraordinaria la inteligencia de
estos niños, y su madre se sentía muy orgullosa de ellos.
Por fin un día, el empresario se levanta de mejor ánimo, diciendo que había
tomado una importante decisión, que les cambiaría la vida a todos, pero
que si realmente lo amaban, debían aceptarla. Su mujer se acercó
apresurada a escucharlo, recordándole que ella siempre estaría dispuesta a
seguirlo y sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de volver a verlo
feliz.
- Muy bien- dijo el hombre- entonces no habrá inconveniente alguno en
que vendamos todo. Y cuando digo todo, me refiero a la empresa, a la
casa, y a todos los lujos a los que estamos acostumbrados a tener.
- Pero… ¿con qué fin?- preguntó su mujer sorprendida.
- Con el único fin de guardar todo ese dinero para dentro de veinte años,
cuando yo esté en peligro de contraer esa enfermedad. Solo así podré
estar un poco más tranquilo y seguro, sabiendo que en mis manos tendré
millones y millones de billetes con qué pagar la vacuna o las vacunas, si
es que hicieran falta más de una, y también asegurarme que podré exigir
extremada rapidez en el trámite, porque, como he dicho en reiteradas
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ocasiones, no quiero llegar a sufrir ninguno de esos terribles síntomas,
y si hace falta todo el dinero que tenemos para evitarlo, no lo dudaré.
- ¿ Y dónde viviremos? ¡ No pretenderás que nos quedemos en la calle
con los niños!- reaccionó la mujer.
-No, en la calle no. Nos mudaremos a algún pueblo lejano, y conseguiré
una pequeña casita con lo indispensable para vivir. Y así será nuestra vida
a partir de ahora, solo tendremos lo esencial para comer y vestirnos, pues
será la única manera de poder conservar el dinero que recaudemos después
de las ventas.
-Pero, ¿y qué va a ser de nuestros pequeños hijos? ¿ Cómo les pagaremos
estudios en una situación así?- preguntó afligida la mujer.
- ¡Caray, mujer, mira por lo que te preocupas! Ellos son tan inteligentes que
no hará falta que los enviemos a ninguna escuela. Todo lo aprenderán
solitos, y nosotros mismos los ayudaremos si lo necesitan.
- Eres muy injusto, sacrificas hasta la educación de tus hijos por miedo a
sufrir. No te pido lujos, pero si un estudio para ellos. Podrías dejar
disponible aunque sea un poquito de todo ese dinero, para ese fin.
-respondió sollozando la mujer.
- No me hables de injusticia, injusto es el destino conmigo, y eso es lo
único que puedo hacer para intentar remediarlo.
Y dicho esto, marchó a poner en venta todos sus bienes.
-5-
La mujer lloró desconsoladamente, pero amaba tanto a su marido, que
decidió acompañarlo y seguir junto a él en este nuevo rumbo que tomarían
sus vidas.
Pasaron algunos días, y cuando ya habían conseguido comprador, hicieron
rápidamente los trámites y vendieron todo, guardando luego, muy
cuidadosamente todo el dinero. Después se marcharon a un pueblo lejano,
y habitaron una casita pequeñita, que el hombre había comprado.
Los primeros días fueron muy tristes, pues pasar de tenerlo todo a tener
lo mínimo indispensable era un cambio demasiado fuerte. Y más aún
para la mujer, que siempre había tenido cocinera, lavandera, planchadora, y
demás, ahora debía hacer todos esos trabajos ella misma. Y era agotador,
porque también debía cocinar dulces caseros y tortas para vender en el
pueblo, con el fin de obtener ganancias para subsistir, sin tener que tocar
el dinero guardado.
También debía cuidar a los mellizos, que día a día iban creciendo en
tamaño, travesuras e inteligencia. Por suerte, su marido le ayudaba, él era
el encargado de conseguir al mejor precio los ingredientes necesarios para
hacer las tortas y dulces. Luego cuidaba a los pequeños, mientras su mujer
cocinaba y luego él salía a vender esos manjares en el pueblo.
Las ganancias eran escasas, pero para comer les alcanzaba.
Adriel y Catriel tenían tanta necesidad de aprender, que su mamá decidió
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conseguir libros prestados en la biblioteca del pueblo. Allí iban todos los
días a elegirlos, y una vez en casa, los mellizos los leían y si algo no com-
prendían bien, se los explicaban sus padres. Así, poco a poco, fueron
aprendiendo temas de todas las materias, pero a medida que crecían, más
les planteaban a sus padres la necesidad de ir a una escuela.
La mujer sufría mucho con esta situación, pero la respuesta de su marido
siempre era negativa, empeñándose en recordarles que en la única escuela
que había en ese pueblo, exigían muchos útiles y materiales de estudios,
y ellos no estaban en condiciones de comprarlos, como tampoco de pagar
el traslado de los niños todos los días, para que asistieran a otra escuela en
cualquiera de los pueblos cercanos a los que vivían, porque como ya era
sabido, el dinero guardado estaba destinado exclusivamente a curar su
enfermedad algún día.
Transcurrieron así muchos años, durante los cuales Adriel y Catriel,
siguieron insistiendo en tener un estudio, ambos soñaban con ser doctores
o científicos. Pero tuvieron que conformarse solo con trabajar en la fábrica
del pueblo, para ayudar con los gastos de la casa.
Un día, leyendo el diario, se enteran de que en un país lejano, científicos y
doctores trabajaban juntos para hallar una vacuna que sería utilizada para