PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Espeche Ortiz II, Alfredo Gustavo (Valetodo)

Alguien más que un sueño



Alguien  más  que  un  sueño         

(Seudónimo: Valetodo)

Después de la cena siempre siento una imperiosa necesidad de salir de este lugar y entonces recurro a Marco, pero esta noche esperaré un rato más, porque la última vez que fui a su encuentro -esta tarde- él no sabía que yo ya estaba preparado para verlo y tardó mucho en llegar. Es que acá todo me resulta cada vez más tedioso, quizás porque me recuerda a la otra vida, y entonces busco a Marco a cualquier hora. 

Ya casi nada recuerdo de mi vida anterior, salvo que llegué aquí poco después de la muerte del Presidente.            En aquella época acostumbraba dormir muy poco, a tal punto que en mi casa me advertían que si no descansaba lo necesario mi mente y mi cuerpo se deteriorarían en plena juventud. Tenía múltiples actividades y disfrutaba viviendo despierto a toda hora, noche y día. Dormía sólo de a ratos y en cualquier lugar, porque dormir se asemejaba demasiado a morir y sentía que cada minuto que dormía era un minuto que perdía de vida, a no ser por los sueños. Soñaba mucho, pero pocas veces recordaba lo soñado, algo que me tenía sin cuidado, porque entonces la vida era lo único importante para mí, y la vida era sólo el mundo tangible, con todo lo material o abstracto que hubiera en él, y las personas que me rodeaban. Pensaba que la vida era eso y nada más. De mis sueños sólo recordaba algunas personas o cosas que había visto en la realidad, pero nada que surgiese espontáneamente en ellos.            Todo fue así hasta que murió el Presidente. Más de medio país, por llorarlo, no pegó los ojos durante varios días. El resto, por otros motivos, tampoco lo hizo. Todos estaban a la expectativa de los cambios que sobrevendrían tras su muerte. Se especulaba tanto con un golpe militar como con levantamientos populares o enfrentamientos entre facciones y mafias rivales enquistadas en el poder y en su entorno. Los partidarios del Presidente concurrieron masivamente al funeral, rezaban en las iglesias, que permanecieron abiertas día y noche, o asistían a homenajes públicos. Nadie dormía. Quienes permanecían en sus hogares observaban las exequias por televisión o se mantenían atentos a las informa­ciones de la radio y compraban dos o más diarios por día. Fue la primera vez que el país se mantuvo tanto tiempo despierto.            Transcurría la tercera noche de los funerales cuando ocurrió. Él me contactó cuando regresaba de tomar un trago con un amigo que había logrado despedir los restos del Presidente después de esperar en la fila un día y medio. Era de noche e iba a mi casa por una calle desierta, bordeada de árboles y edificios antiguos, alejada del centro y las lentas y desordenadas hileras de coches de quienes llegaban desde lejos a los funerales y de los policías y civi­les identificados con brazaletes partidarios que intentaban ordenar el tránsito. En la penumbra de la calle empedrada, donde hasta ese momento sólo escuchaba mis pasos, oí que alguien repetía mi nombre. Me detuve y giré pero no vi a nadie. Pensé en mi amigo, pero sabía que no estaba de ánimo para hacer bromas. Era una voz que parecía implorar desde muy lejos. Convencido de que no se trataba de una broma y que tampoco estaba imaginando, me detuve dispuesto a averiguar qué sucedía. Apoyé la espalda en un árbol y comencé a fumar, nervioso, esperando. Escuché nuevamente la voz, más agónica que antes, que me pedía que siguiese mi camino y fuese a dormir lo antes posible. Un momento después decidí hacer lo que me pedía y ya no la volví a oír.            Regresé a casa rápido y, para sorpresa de mi familia, me fui a la cama sin cenar. El desvelo de varios días me adormeció pronto y tuve un sueño: Estaba en un lugar desierto y a un centenar de metros veía una multitud de hombres y mujeres de distintas edades. Ajeno al gentío había un joven caído que parecía necesitar ayuda y me llamaba con gestos. Ignoré a los demás y me acerqué a él.             - Gracias... -dijo mientras se tomaba de mi hombro para incorporarse- no hubiera durado mucho si no aparecías.            Soltó mi hombro y permaneció erguido. Era de mi misma estatura y parecía recobrar fuerzas rápidamente. Yo no recordaba conocerlo, pero él me miraba con familiaridad.            - ¿Nos conocemos? -pregunté.            - Sí. Muchas veces nos hemos visto, aunque yo siempre pasé inadvertido para ti.            - ¿Dónde? ¿cuándo?.            - Acá, en los sueños -respondió con naturalidad, señalando nuestro derredor-. Pero hay mucha gente acá, vayamos a otro lugar.              Yo sólo veía el desierto y la multitud y no encontraba ningún otro sitio donde estar.            - Ahora me siento mejor -dijo al instante y, sin que yo supiera cómo lo hizo, estábamos en un gran parque con mucho verde, como cualquiera de los tantos de la ciudad, y sólo algún transeúnte a lo lejos.             - Podemos caminar o sentarnos- invitó.            - ¿Y la gente y el desierto?            - No deben preocuparte, todos existen. Si no viven en tus sueños, como en este momento en que te he alejado de ellos, vivirán en los suyos o en los de alguien que los conozca.            - Yo no los conocía.            - No los conoces en forma individual, pero ellos son los que allí -señaló un lugar impreciso con la cabeza- están velando al presidente muerto. Desde hace cuatro días los ves por las calles, en fotografías y por televisión. Era imposible que no soñaras con ellos al dormir.            - ¿No es ése tu caso?             - Yo no existo allí. Soy sólo un personaje onírico, sin dueño ni existencia propia. Erro de sueño en sueño y formo parte de los tantos desconocidos que frecuentemente aparecen en los sueños de todos y a quienes casi nunca se recuerda al despertar. No sé cuánto tiempo hace que existo, si es que existo, aunque nunca había tenido problemas para hallar alguien dormido en quien vivir. Pero esta semana casi nadie durmió en este país, y los pocos que lo hicieron tenían sus sueños ocupados en otros asuntos y no pude ingresar en ellos. Intenté entrar en sueños de personas de lugares remotos, pero eran muy distintos a los de acá y no encajaba en ellos, ya que siempre había existido sólo en los sueños de esta gente.            - ¿Por qué te contactaste conmigo?            - Porque después de no sé cuanto tiempo -dijo como si recordara un pasado muy lejano- descubrí con espanto algo que nunca había sospechado: mi existencia se acababa y si no participaba en la vida dormida de alguien desaparece­ría. Empecé a recordar a aquellos cuyos sueños siempre estuvieron abiertos a mi presencia, pero casi todos estaban despiertos o no tenían lugar en ese mundo para otra cosa que lo que les sugería la muerte del presidente. Entonces te recordé. Recordé tu indolencia e inalterable estabilidad ante situaciones extremas y supe que sólo en ti, en tus sueños, podría continuar viviendo.            - ¿Por qué no te conectaste antes conmigo o con algún otro?            - Porque es un territorio vedado por la propia mente de quienes nos sueñan. Al despertar a lo sumo permanecemos como memoria pero sin posibilidades de vida propia y no es fácil conectarnos con ustedes durante la vigilia, salvo en ciertos momentos de abstracción, como el que tuviste después de despedirte de tu amigo y tomar por esa calle solitaria, oscura y silenciosa que nada te inspiraba y relajaba tu mente. De todos modos me significó un gran esfuerzo.            - Bien -dije por decir algo- me alegro de haberte ayudado ¿Cuál es tu nombre?            - No tengo nombre -dijo desconcertado-, puedes llamarme como prefieras.             - ¿Puede ser Marco?            - ¿Por qué Marco?            - No sé. Quizás porque nada significa para mí, y como en realidad no eres nadie, creo que puedo llamarte así.            - Gracias -respondió con una sonrisa irónica-, quizás ahora que tengo nombre y un amigo me empiece a sentir alguien.            Desde ese momento en que me consideró su amigo mi vida cambió. El agradecimiento por haber evitado su desaparición y por darle una existencia asegurada fue ilimitado. Bastaba con dormir y llamarlo para que él apare­ciera y juntos hiciéramos realidad cualquiera de mis fantasías. Junto a él conocí lugares exóticos, participé de aventuras y visité el futuro, aprendí a nadar, a volar, hablé con los muertos y pude cambiar mi historia yendo al pasado. Gracias a Marco logré que Ana fuera mía y humillé a golpes a aquel celador malvado de la escuela secundaria. Sin embargo, cada vez que despertaba lamentaba que mi vida no se hiciese eco de esos cambios, y comprobaba que yo seguía siendo alguien intrascendente y limitado, que los muertos seguían callados y que Ana estaba cada vez más lejos. Así que decidí escaparme de este mundo difícil e imposible y vivir junto a mi amigo, con quien al poco tiempo ni siquiera necesitábamos hablarnos, porque con sólo pensar nos percibíamos, hasta que ya no hubo secretos entre ambos.            Pero a medida que mi nueva vida se revelaba más interesante y placentera, comenzaron los problemas con mi vida anterior. Mis familiares y amigos advirtieron esa nueva y gran disposición a dormir, me atrasé en los estudios y perdí mi empleo por dormir en horario de trabajo, dejé de lado mis inquietu­des y actividades a las que antes les dedicaba muchas horas, abandoné la práctica de deportes, dejé de frecuentar a mis amistades y mis relaciones afectivas quedaron en el olvido -no necesitaba a nadie más que a Ana-. Dormía desde las primeras horas de la noche, me levantaba a la hora del almuerzo y luego tomaba una prolon­gada siesta, que sólo interrumpía para cenar y recomenzar el ciclo. Mi estado físico había desmejorado, pero en cuanto me encontraba con Marco me sentía plenamente vital. Cuando me las ingenié para conseguir los somníferos que me permitían dormir más mi familia se alarmó y me llevó a una clínica. Los médicos sólo me prohibieron las pastillas y me prescribieron un tratamiento de recomposición física, con alimentos y horarios determinados. Con los psiquiatras fue diferente: aunque Marco me había advertido que no lo hiciera, confié a uno de ellos mi amistad con él. Al principio dijo creerme y me sentí comprendido, pero luego pretendió convencerme -y eso le dijo a mi familia- de que todo era parte de mis fanta­sías y que con un tratamiento, no muy largo, mis sueños no volverían a ser más que eso y Marco nunca regresaría. Comprendí que no me había entendido y dejé de verlo con frecuencia. Cuando por satisfacer a mi familia concurría a su consultorio, me limitaba a escuchar sin ha­blar y hasta llegué a dormir en algunas de las sesiones. Finalmente dejé los tratamientos de todo tipo y continué con las pastillas. La realidad del resto de la gente se convirtió para mí en algo desagradable y casi inevitable dentro de mi verdadera vida y todo lo que en ella poseía. No me entendieron.            Mis familiares me observaron con tristeza cuando dejé la casa. La mujer de guardapolvo celeste y el hombre que me miraba de reojo mientras conducía parecían indiferentes. Quizás la situación les interesaba tan poco como a mí. Dormí durante todo el viaje y lo único que pedí al llegar fue un colchón cómodo en cualquier habitación silenciosa y oscura. Lo tenían todo preparado

Acá no se vive mal. Estoy tranquilo y no extraño a nadie, ya que puedo dormir cuando quiero y reunirme con mi familia o con quienes fueron mis amigos con sólo desearlo y pedírselo a Marco. Sólo me disgustan las reuniones en los consultorios y las visitas de los fines de semana, cuando hay mucho bullicio en todo el edificio y no puedo dormir. Acaban de retirar los cubiertos y el plato de la cena. Mañana, sábado, yo también tendré visitas y deberé atenderlas. Me reuniré con Marco ahora, para recuperar por anticipado el tiempo que perderé con ellos mañana y, quizás, el domingo a la tarde.-

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de