PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Torres Torres, Wilson (Tristán Carrizosa)

El mal triunfa cuando el bien no hace nada para evitarlo.



El sol cruzaba por medio de las cortinas deshilachadas y malgastadas del auditorio. Era un día ligeramente tranquilo, sin novedad, como cualquier otro. La vida corría abnegadamente, sin motivo, sin esperanza, tallando, adelante, siempre adelante y tallando. La gente fuera caminaba inocentemente hacia sus trabajos, hacia sus labores, hacia sus estudios, hacia sus celdas, pero sin saber que tras de las inmundas cortinas de este auditorio se maquinaba cómo destruir su rutinal normalidad.

–¡Joder, hombre! –Gritó enfadado Joaquín golpeando severamente con su puño el estrado del auditorio– ¡Esta vez necesitamos un golpe seco de violencia!... ¡El más impresionante! El más grande e impactante. Un golpe que haga dar nauseas y despertar a la gente. Uno que impacte en la humanidad del sistema y lo haga retorcer de miedo… ¡Es la única manera de conseguir que esta masa idiota levante su culo satisfecho y empiece a actuar! Pero por lo que parece, pedazo de mierda, usted no parece darse cuenta de esto.

Del otro lado del estrado, la cara blanca, sonsa e inocente de Sebastián Vinazco se ruborizó ante la acusación final. Se levantó, y en posición desafiante, al estilo caudillo barato, se inclinó hacia adelante, y replicó.

–¡No crea, camarada Joaquín!... ¡Yo me doy cuenta!... Pero lo que usted quiere es una catástrofe y no una fuerza colectiva que nos conduzca por los caminos del diálogo y la reflexión… ¡Por Dios! No podemos estar haciendo actos de vehemencia importándonos un carajo las consecuencias y desastres humanos que podemos causar…

–¿Por qué no? –Replicó Joaquín en tono despectivo y mirando con odio a Vinazco– ¿Por qué no? Cómo nosotros sí nos rompemos y arriesgamos el culo por ustedes. Y mientras, ustedes no hacen más que estallar algunos petardos de porquería para luego volver a sus asambleas de mierda a tratar de cambiar el mundo a punta de verborrea absurda…

La conversación que había comenzado como una asamblea común, y luego degenerado en discusión, tenía lugar en el auditorio en la universidad pública de la ciudad, todo bajo el nombre de movimiento reformista juvenil. En ella se encontraban un corro de estudiantes, desadaptados, chalados, activistas, reformistas, leguleyos, idealistas y hasta infiltrados de los grupos armados. Hacía diez minutos que Joaquín, proveniente de la provincia, y el ponente más importante invitado a la asamblea, había tomado la palabra.

–Ya les he dicho –continuó Joaquín– Hay bastantes razones por las cuales hemos venido y ésta vez no nos vamos a doblegar. ¿Es que acaso no se dan cuenta que a medida que pasa el tiempo recibimos más y más burlas y provocaciones por parte del sistema o gobierno, o como putas lo quiera llamar?

–Bien –admitió Vinazco– Entiendo que todo lo que está pasando en el país es importante, pero tal tipo de maniobras no son justificables para llevar al cabo los ideales.

–¡Maldito seas! ¡Cobarde de la puta madre!... ¿Se supone que no es justificable?... ¿Es acaso justificable quedarse sin hogar, muertos de hambre y trabajando en las calles, vendiendo dulces por un penique, mientras te meten el gran chorlo por el estrecho culo?... ¿Eso es justificable?... ¡VERDAD QUE NO, PEDAZO DE MIERDA! Yo sé qué es justificable… Y este sistema no es justificable.

Vinazco se movió algo incomodo. Todo el dialogo le fastidiaba, lo mismo que la soberbia autoridad que empleaba Joaquín desde que había cruzado la puerta con cuatro truhanes por escoltas al lado y lado. En ese instante Vinazco odió más que nunca a tal grupo de desadaptados, que sin saberlo, estaban patrocinando al diablo, y luego serían la carne de cañón, los imbéciles querubines que como en la obra de Milton, arriesgarían el culo por una sedición que ni ellos mismos entendían del todo. Vinazco, bien o mal, había leído últimamente en los medios la grave infiltración de los movimientos armados en la ciudad e instituciones públicas. Antes se resistía a creerlo, pero ahora ya se daba cuenta de que era verdad, dolorosa, pero verdad.

–El último ataque contra la fuerza pública fue una total y rotunda catástrofe –afirmó Vinazco tiesamente e intentando olvidar la intimidación de Joaquín–. Provocamos una serie de disturbios que terminaron mal… ¿Recuerda?... ¿Acaso usted no recuerda o leyó en los diarios como terminaron las cosas…?

–Así es. Pero ¿Cómo estuvo? –Preguntó Joaquín despectivamente y al mismo tiempo respondió la pregunta– ¡De madre! No completamos todos los objetivos, pero que más da… Al fin de cuentas matamos a unos inmundos policías e indigentes, y de paso hicimos dar un buen susto al gobierno local ¿No?... ¡Dígame si no!

–Bien, confieso que fue sorprendentemente sucio, canalla e injusto…

–No salga con huevonadas ¡Lamepedos! –Interrumpió Joaquín–. No cederán. Mientras no hallan disturbios por las calles. Muertos por centenares. Escuadrones combatiendo encubierta, estratégica y sistemáticamente ¡No cederán! Sólo entonces, por medio de la violencia, el miedo provocará conciencia entre los conformes. ¡Ésa es la lección de todas las revoluciones! El único mensaje que puede entender un burgués dócil y estúpido… ¿O quizás tenga usted una mejor idea? –Preguntó Joaquín en tono sarcástico– Me lo esperaba, no la tiene…– exclamó imponente al ver el silencio de Vinazco, y continuó–Yo sí la tengo, claro que la tengo, ahora cállese y escúcheme.

Vinazco bajó la vista, su enfado y desprecio pareció aumentar. Fue como si estuviese poniendo la mejilla a tremendo azote no por fe, si no por carencia de fuerza. Sin más salida, se arrellanó en su silla avergonzado hasta el tuétano.

–Bien, –Repuntó Joaquín– primero dejaremos claros algunos puntos… –Aclaró su garganta y continuó–. Nos preguntamos ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Y la respuesta es porque el sistema actual de nuestro país es pestilente, podrido, opresivo, está en la máxima de las injusticias e impunidades antes conocidas. Pero ese sistema no se puede mejorar, ya se ha intentado sin éxito. De modo que hay que destruir todo lo que existe, todo ese sistema que beneficia a los ricos y oprime a los pobres, esa oligarquía oscura que lleva años trepada en el poder, para que nosotros, los verdaderos visionarios, los que apoyamos al pueblo, podamos construir un nuevo sistema con justicia social, igualdad y compromiso. El revolucionario es el único que ve todo con claridad. Y los amigos de la libertad, junto con otros como nosotros, siempre han buscado lo mismo en todas las épocas de la historia.

Mientras hablaba, Joaquín lentamente cambiaba y dejaba ver esa enferma bipolaridad que residía en él. Por momentos era un imponente autoritario que se jactaba de las barbaridades que decía y hasta le hacía gracia, y en otros se convertía en un dirigente opositor, persuasivo y elocuente.

–¿Pero, entonces dónde comienza la destrucción? –Prosiguió Joaquín–. Idealmente, en todas partes. Pero como somos pocos por la presión del Estado a nuestros frentes, elegimos unos factores comunes, el paro, la revuelta, el saboteo, el hostigamiento y la extorsión. ¡Puta! Afecta al pueblo de los conformes, afecta las actividades capitalistas, el comercio, la estabilidad de la supuesta seguridad. Trae pérdidas a sus bolsillos, a sus economías, a sus hogares. Permite que seamos vistos y escuchados por el temor. Que logremos atraer más y más cabezas de subyugados que andan sueltos por ahí y no dicen nada, pero que son fáciles de persuadir. Esa es la herramienta que usaron desde las guerrillas bolivianas, el Tupac Amaru, la revolución en Chiapas y hasta los radicales idealistas europeos. Quien distorsione los movimientos rutinales y comerciales de una urbe destruirá momentáneamente los ejes del sistema y causara malestares entre los oídos sordos y vistas gordas.

Entusiasmado por estás ultimas palabras en pro de la revolución, Vinazco interrumpió.

–Como Trosky dijo: “El principio de toda revolución es una revolución constaste, una que se salga de los ejes comunes y expanda hacia los sectores en donde los usurpadores del poder tienen metidas sus manos”.

–¡No me interrumpa! –gritó Joaquín atestando de nuevo un golpe a la mesa–. Sé exactamente lo que dijo Trosky, y en realidad me importa un culo.

Vinazco se arrellanó de nuevo en su silla. Aquel Joaquín era un individuo distinto a las diversas variedades de intelectualoides jugando a la revolución que había visto antes. Además, entre todos los presentes reunidos en el recinto, no parecía haber muchas dudas sobre quien tenía la autoridad.

–Pero camaradas, – Prosiguió Joaquín levantándose de la mesa y caminando como un general de lado a lado del estrado– todos hemos visto y percatado que únicamente por medio de la desestabilización de la urbe podremos atraer más la atención de los amigos de la revolución, de aquellos activistas e interesados que supuestamente persiguen nuestros ideales pero que no encuentran apoyo. Sí, amigos, esos sonsos que a punta de panfletos, follones maricas, reuniones clandestinas y saboteos de mierda piensan que algo cambiará. Cuando ellos sientan nuestro recurso más poderoso: la fuerza, en esos momentos se sentirán apoyados, y se unirán, alabaran y mataran por nuestros ideales. Sí, chicos, y para quedarnos con su alma necesitamos caos.

–¡Pero, ya hicimos algo de eso! –Interrumpió de nuevo Vinazco–. ¿Recuerda? Cuando impulsamos el paro nacional y se nos adhirieron los movimientos ciudadanos. ¿Recuerda?... Paramos la ciudad por tres días, los sindicatos nos apoyaron y pararon la industria, las empresas estatales nos apoyaron y detuvieron sus labores, las demás instituciones públicas educativas se unieron y se tomaron los campus, los trasportadores se unieron y vieron la oportunidad de exponer sus preocupaciones, y los marginados salieron a marchar y rompieron más de media ciudad… ¿Recuerda? La ciudad quedó estática, en paro, a nuestra sombra, y al final ¿Qué?... ¿Qué? ¿Los sindicalistas y dirigentes no se reunieron en secreto con el gobierno e hicieron tratos a puerta cerrada?

–¡Mierda! –Señaló iracundo Joaquín al escuchar las ultimas palabras de Vinazco– ¡No sea imbécil, eso es insignificante! Eso fue una apuesta de miserias… Lo que yo quiero decir ahora es algo grande, no una marcha, o unas papas bomba maricas y luego todos para sus casas a seguir con el conformismo del consumo y la vida plena. Ahora lo que quiero es algo que demuestre a los espectadores que existe una revolución y un inconformismo, tanto para los que se sienten seguros como para los que no toman parte. Entonces así, de un golpe certero, nos prestaran mayor atención y atraeremos más militantes a la causa. Entonces tendrán miedo y pánico. Y autoridades y subordinados todos querrán correr de aquí para allá, y en su desesperación serán blancos fáciles. Eso es, y para eso necesito de su apoyo…

En esos instantes Joaquín se detuvo y sus ojos se pusieron oscuros. Por segundos miró a lo lejos, hacia algo evidentemente tétrico y descabellado que cruzaba por su mente. Era como si tuviera una revelación. Vinazco observó esos ojos detenidamente, había algo en toda esa mierda que resultaba embriagadora y contagiosa, pero se resistía a creer y seguir esa naturaleza.

Tal mensaje de subversión había excitado al público. Todos, comprendiendo el mensaje y contagiados por la violencia de la oratoria de Joaquín, se electrizaron y se llenaron de pensamientos macabros. Algunos como si tuviesen la misma mente bellaca hincaron el diente, se levantaron de sus sillas y empezaron a corear ideas: “Forjemos muchas papa bomba y hacemos saltar a los policías de mierda todas las tardes”; “¡No! Instalemos unos morteros para atacar la embajada yanqui”; “¡No! Enganchemos más gente en los barrios marginados de la ciudad, así creamos guerrillas urbanas y podremos controlar la ciudad”; “¡No! Primero lucremos el ideal de revolución por medio de la extorsión y la amedrentación de comerciantes”… En fin, así una y otra vez sonaron belicosas ideas hasta que la estruendosa voz de su villano líder les silenció, y replicó:

–¡NUESTRA OPORTUNIDAD SE ACERCA!

Luego Joaquín sacó un papel de su bolsillo. Era una hoja de periódico. Lo desenvolvió, lo estiró de pleno frente a su rostro, muy cerca a los ojos. Los asistentes esperaban en silencio que dijese algo, estaban ansiosos. Joaquín aclaró su garganta, y leyó.

–BOGOTÁ ESTRENARÁ TRONCAL. El próximo viernes 20 de agosto, se estrenará, luego de cuatro meses de retraso, la troncal de Transmilenio en la carrera trece, en la ciudad de Bogotá; a su vez se inaugurará el servicio de alimentadores en el portal del norte y en el portal del Tunal… Se tiene estimado que dicho servicio traerá un beneficio a dos millones de personas diariamente, a si mismo, el desarrollo a casi cien barrios de la ciudad. En evento de inauguración van a estar el alcalde de la ciudad, sus secretarios más cercanos, y los alcaldes de Medellín y Cali.        

Los rostros de toda la multitud al escuchar tal enunciado quedaron pasmados, sin palabras. En cambio, los ojos de Vinazco se llenaron de enfado, de impotencia.

De pronto un asistente con una sonrisa maligna se levantó, y mordiéndose su labio inferior, exclamó:

–¡Toda esa gente! … Será un caos vehicular ¡Imaginase!... Podemos enviarles un mensaje a los criminales sociales de arriba… Realizaremos explosivos y buscaremos en qué bus viajaran el alcalde y sus funcionarios…

–¡No! –Gritó Joaquín en tono jactancioso e imponente, dejando de saborear su perversión–. En el peor de los casos mataría a uno o dos, probablemente ni eso, y lo peor es que después de la primera explosión quedarían alertados y tomarían precauciones.

–Sí, es cierto… –Admitió el asistente, y los demás como si pensasen lo mismo asintieron con la cabeza–. ¿Entonces qué planeas?

–Tengo una mejor idea –Joaquín se permitió una sonrisa tensa, enferma y frívola–. Mucho mejor, algo de más trascendencia… ¡Escuchen! –Joaquín hizo una pausa, tomó una fuerte bocanada de aire, y continuó– Durante el medio día, cuando estén llenas las estaciones, ustedes viajaran en los buses con bombas incendiarias… Haremos dos series de explosiones. La primera serie estallará con precisión cerca de los portales del norte y sur; digamos a las doce y media. Esas explosiones se concentraran únicamente en las vías de un sólo carril, su finalidad será bloquear el tráfico, de modo que nadie que venga en los buses de atrás pueda escapar cuando suceda la segunda serie…

Vinazco odio tanto la idea como odiaba a Joaquín. Lo único que quería era salir corriendo de tal lugar. La cosa verdaderamente se había vuelto insoportablemente siniestra. El recinto retumbó en aclamación, el demonio había encontrado demasiados partidarios, y Joaquín prosiguió.

–Minutos después de explotar las primeras bombas, otras, también instaladas previamente, explotaran en los buses que estén atascados en el embotellamiento. Esas serian bombas incendiarias, tantas que puedan colocar para incendiar la mayor cantidad de buses y que el fuego dure.

En la cara de los demás floreció una amplia sonrisa. Vinazco, sin aliento, sentía cómo su pequeño desayuno se le intentaba salir desde la tragadera ¡Mierda! Pensó,  hasta dónde había llegado su pequeño movimiento, ya no era un movimiento, era una organización criminal, unos viles golfos, unos retorcidos, unos perros extraviados que por querer morder se iban a quedar sin dientes. En ese instante los odió tanto como a la maldita pasividad del bien para dejar que pasaran tales barbaridades. El mal sólo triunfa cuando el bien no hace nada para evitarlo.

De repente, el mismo asistente que promulgó la idea de matar al alcalde y sus funcionarios, interrumpió, y dijo:

–¡Brillante!... ¡Magnifico! Podemos hacerlo.

–Si lo hacen como lo tengo planeado –Continuó Joaquín– ni una persona que esté en los buses estancados saldrá con vida. El caos será tanto, que el objetivo en pro de la revolución triunfará y el sistema se rendirá a nuestros pies.

–Conseguir la pólvora y los explosivos no es problema –interrumpió otro asistente a quién la mente le trabajó a prisa– Pero creó que no hay gente suficiente para esta operación... Nos falta gente… Gente diversa que pase desapercibida y sea de total confidencialidad… No podemos llamar la atención.

–De eso me encargo yo… –interrumpió otro asistente– Iré a las comunas, a los arrabales, a las barriadas donde los olvidados por el sistema necesiten dinero y no pongan problema. Denme una lista de cuántos se necesita.

Siempre concentrado, Vinazco observaba cómo cada vez entre los asistentes salía un colaborador.

–Por mi parte –interrumpió otro asistente en tono efusivo– Necesito un horario de buses expresos y demás. Por lo menos de los primeros buses, así armaremos una estrategia y sabremos en donde poner los primeros y más importantes explosivos… ¿Tiene que ser exacto?

–¡Tranquilos!...–Exclamó Joaquín con una sonrisa de satisfacción que invadía su rostro de oreja a oreja– ¡Tranquilos! Bastara con un esquema.

–Entonces lo haremos nosotros –respondió de nuevo el asistente de la idea de los horarios– Esta misma tarde nos subimos y tomamos nota y realizamos un esquema.

–¿Con qué pagaremos los individuos que encontremos en las comunas? –Preguntó afanoso el asistente que pensaba reclutar gente– Necesitamos pagarles, y a otros para que mantengan las familias de éstos vigiladas por si les entra la conciencia y la moral en el camino.

–¡Por Dios!... –Gritó Vinazco al ver que la cosa se había transformado en una terrible trama– Queremos dar un aviso, no armar una hecatombe.

Joaquín sonrió astutamente y se dirigió hacia Vinazco, palmeó su hombro, se reclino hasta su oído, y le replicó:

–¿Aviso? ¡No, huevon, estas equivocado, vamos a romperles el culo!…

Vinazco quedó mudo, y Joaquín levantando su puño en son de fuerza; dirigiéndose al público, exclamó:

–¡Bien, chicos! Esa era la colaboración y efusividad que estaba buscando... Ahora tomémonos un descanso, llevamos mucho tiempo aquí enclaustrados. Más adelante decidiremos cómo nos organizaremos.  No será difícil… –Luego hizo una pausa, estiró su brazo, miró su reloj detenidamente, y continuó– Nos encontraremos aquí en media hora… Yo veré, puntualidad, puntualidad, así nacen los grandes proyectos...

Con entusiasmo los asistentes empezaron a salir, algunos se daban abrazos y saludos con el macabro líder; otros, seguían haciendo planes y maquinando en voz baja. Vinazco salió cabizbajo, pensativo, tomó una bocanada de aire, no lo pudo tragar y como loco salió corriendo por entre los estudiantes y asistentes hacia el lavado.

Vinazco no volvió esa tarde, no importó y ni hizo falta. No regresaría jamás.

Mañana será otro día en la academia pública en dónde la puntualidad a clase es fundamental para crear nación.

Un hombre necesita una mujerzuela, no una esclava de sus emociones



Ya hace un tiempo que entre Agustín y Camila estaban surgiendo problemas, roces y hasta insatisfacción sexual, todo gracias a eso de la monotonía, la rutina y el tedio hogareño. Pero fue justo cuando Agustín intentó darle un aire nuevo a la relación, invitando a Camila a tomar unas copas en un exclusivo café, que todo se bifurco.

–¡Ya estoy harta de vos! –Gritó Camila a Agustín al ver cómo este clavaba su mirada en el culo de una mujer que pasaba frente a la mesa–. ¡Siempre lo mismo, cabrón! No puedo más con su cinismo y su falta de cordura. ¡Usted ya no es un niño!... ¿Por qué no respeta y sabe aprovechar lo que tiene? Yo lo he dado todo por usted. ¿Y qué hace usted en la vida? Nada. Ni un esparrago. Nada más que escribir esas historias de porquería, quererse joder toda mujer que ve, y pasársela de juerga todos los días ¿Cree que no me doy cuenta?… ¡Por un demonio, estoy harta! No me merezco esto, me merezco algo mejor. ¡Y lo mejor es que no andemos más! Eso es lo mejor. ¡Ven! Sal de mí vida, sal de mis sueños, sal de mí casa, recoge tus cosas y lárgate, yo no voy a seguir aguantándome un vago mujeriego.

Sin esperar respuesta, Camila se levantó frenética, largó veinte mil pesos sobre la mesa y salió hacia la calle. Agustín no prestó mayor importancia al asunto, en principio le pareció otra pataleta más de su querida mujercita. El hombrecito siguió bebiendo de su copa de vodka con seven up y de paso observó cómo Camila se alejaba dando largas zancadas.

Agustín era un tipo cojonudo, confiado y engreído. Era un hombre que sobrellevaba una doble vida, por un lado era un hombre trabajador, escritor para revistas de baratas y diarios de poca monta; y por otra, un vividor empedernido que pasaba gran parte del tiempo perdiendo hasta el último centavo entre puticlubs y juergas con amigos solterones refugiados en el alcohol. Todo un cretinazo el cual traía hijos para dejarlos a la teta del seguro social y la miseria, en pocas palabras, un cabrón al que le debieron cortar los huevos hace tiempo. En fin… Volviendo a su pelea con Camila, Agustín creía que todo era cuestión de susto y risas, otra pataleta más de esas que les ocurre a las mujeres cada veintiocho días al mes; fue así que dicha situación la asumió con indiferencia, y para no pensar más en ello telefoneó a sus compañías.

–¿Carlos? –replicó Agustín al escuchar otra voz tras el auricular… ¿Quién más va a ser huevon?... ¡Si! Agustín, el mismo que ríe y canta ¿Dónde anda?… ¡Valla! Usted si no sale de ese antro... ¡Sí, ya lo se! Pero yo suelo ir sólo por dos razones, embriagarme y pasarla rico. Usted sí que se acomoda en esa pocilga... ¡No! Le pedí permiso al nuevo jefe, y como es nuevo, quiere ganarse a los trabajadores más antiguos… Marica, estoy plantado en un café del centro… ¡Ni me lo recuerde! Intenté arreglar las cosas con Camila, pero ¡Mierda! Cada vez está más insoportable, ahora os cuento… ¡No se ría! Mejor tomémonos un par de cervezas… ¡Sin vergüenza, siempre quiere que yo le invite!... ¡Ah! ¿Es hoy el show?… ¡Que mierda! ¡DE UNA! Yo invito. Todo por ver a esa puta de Sharon. Que rico cómo mueve ese culo, cómo se constriñe como una perra en celo contra ese tubo… ¿Que de dónde saque dinero? A ver, yo trabajo. Antes de ayer me han pagado… En serio. Hoy vamos a comernos todo ese puticlub... ¡La madre!… ¡Que va! Camila es una mujer que ha heredado toda la estupidez femenina de hace décadas, una maquina de amar sin pensar, un tremendo hoyo, una idiotilla perfecta en donde poner la semilla para luego poder ir de juerga y volver en la noche a comer el mismo guisado, sin reproche o problema alguno…  ¿Qué? Eso es su esposa que le pide cuentas. Igual, fresco, la mía ahora debe estar llorando a moco tendido por mí... ¡Listo! Nos vemos dentro de media hora... Bien, chau.

Agustín salió animadísimo del café y se dirigió directamente al garito de mala muerte donde tenia la cita con su amigo de juerga.

Ya entrada la noche, Agustín estaba borracho hasta el tuétano. Desde que había llegado al lugarcillo este no había parado de beber, y sobre todo había gastado y despilfarrado dinero como sí fuera un estrafalario potentado.

Ante el bullicio en el salón de baile, Agustín, se despertó aún borracho y agobiado. Miro a lado y lado, se levantó de la asquerosa cama de mimbre en donde aun yacía echada su puta favorita, Sharon, y se dirigió al lavado. Entró. Mecánicamente tiró de una cadena en el techo y encendió la luz. La luz del lugarcillo era leve y chispeaba cada nada, era como si tuviese en vez de energía una luciérnaga confinada. Torpemente dio de un manotazo al bombillo y la tenue luz se estabilizó. Con somnolencia y mirando el suelo mustio en donde las cucarachas deambulaban como si fuese una autopista, Agustín dio tres lerdos pasos hasta el sanitario. Con desgano tomó de su picha muerta, empujó desde el fondo de su entraña e inicio la meada. El líquido que fluía de sus entrañas empezó a chispear como una regadera todo el exterior del sanitario corroído por óxido. Agustín inútilmente intento correr de su prepucio para dejar el orificio sin obstrucciones, pero fue más la fuerza de meada que gran parte de sus orines terminaron bañando sus pies desnudos. La meada termino y tambaleante volvió a la cama, pero antes de echarse de nuevo observó su reloj. ¡Puta! Replicó recomponiéndose de un salto, ya es de madrugada… Con desesperación, Agustín empezó a tomar todas sus pertenencias y ponerlas de manera inútil en su sitio correspondiente. Era una lucha entre la cabeza y sus extremidades, nada encajaba, el mensaje que le enviaba el seso al cuerpo era tan confuso como un teléfono roto.

Finalmente Agustín estuvo a medio arreglar, largó cuarenta mil pesos sobre la cama de mimbre, y salió de la habitación. Oscilante bajó las maltrechas escaleras, caminó entre el salón de baile que despedía luces multicolores sobre las putitas que en su drogada se meneaban unas con otras esperando cliente, pasó por la barra atiborrada de ebrios, con un leve “hasta pronto” se despidió de la dueña del lugar, y salió con rumbo a casa. 

Entre el silencio de la noche Agustín caminó silbando, cantando y trastabillando a casa como de costumbre; dentro de todo, el inconveniente con Camila se le había borrado por completo de su memoria. Ahora tan sólo pensaba en una cama caliente, cómoda y una esposa dispuesta para cuando abriera los ojos en la mañana. Pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Lo que Agustín no sabía era que Camila se había movido rápido, más rápido de lo que algún conocido pudiese haber pensado. Como mujer herida, en cuestión de nada Camila había puesto sus sentimientos e ideas claras. Rápidamente ésta comprendió que tenía que tomar cartas en el asunto, fue así que como primera medida empacó todas las cosas de Agustín en dos bolsas de basura y las sacó a la entrada de la casa; pero como eso ya había ocurrido un centenar de veces sin resultados concretos, como segunda medida, se le ocurrió llamar a un cerrajero y cambiar las cerraduras de la puerta.

Al llegar contento y campante Agustín a la puerta de su casa; lo primero no le sorprendió para nada, ya le había sucedido lo mismo hacía un tiempo, por ello él tan sólo sonrió y le dio una leve patada a las bolsas haciendo salir un par de cosas.

–¡Llegó tu rey, guapa! –gritó Agustín esperando que la indulgente mujer le abriera la puerta. Mientras esperaba, Agustín se acicaló la camisa, se irguió hasta hacer tronar sus huesos, pasó su mano llena de saliva por su cabellera, y levantó sus brazos olfateando sus sobacos en búsqueda de algún hedor femenino.

Pasó el tiempo y Agustín no percibió movimiento alguno dentro de la casa. Llevado por el malestar se acercó a la puerta. Sacó con dificultad las llaves de su bolsillo, una y otra vez, intentó introducirla, pero no le atinaba. Lo siguió probando hasta que por fin, encajó, pero fue cuando intento dar vuelta a la cerradura que ¡Mierda! Se encontró con la fatídica realidad. Intentó de nuevo y nada. No era posible, se decía una y otra vez. Empujó de nuevo, pero nada. Sustrajo la llave, la observó detenidamente hasta ponerla a unos milímetros de la nariz. Está es, se dijo, y sonrió nerviosamente. Tozudamente volvió a introducirla. Pero nada, no giraba, Agustín se alejó de la puerta, y rascándose la cabeza se preguntó el porqué. Fue esa insignificante pregunta la que le desmanteló pequeños, pero importantes fragmentos del encuentro con Camila. Lentamente empezó a asimilarlo. Le habían dejado está vez fuera de casa, sin un centavo y sin cama donde descansar. Totalmente iracundo ante tal pensamiento, volvió a la cerradura y lo intentó una y otra vez, pero tenía que ser un Houdini para que tal llave abriera la cerradura. Entonces esperando indulgencia se asomó por la ventana de la puerta, pero no vio nada, todo estaba apagado y ni rastro de Camila.

–¡ÁBREME LA MALDITA PUERTA! –Gritó Agustín al encontrarse ya con su fatídica realidad y en la inmunda calle–. YO VIVO AQUÍ, YO TRABAJO POR ESTO, NO ME VAS A SACAR ASÍ DE FÁCIL.

Luego de una corta espera no hubo respuesta alguna, no se prendieron las luces y ni se escuchó abrir las puertas internas de la casa como en ocasiones pasadas. Las cosas se habían tornado serias, hasta tal punto que la ira ya empezaba a embargar el torrente sanguíneo de Agustín, quien empezó a dar vueltas como loco sobre del jardín.

–¡Ven! ¿Cami, Cami? –Replicó Agustín conteniéndose–. Nena, ábreme y hablamos ¡Nena! ¡Nena!

Nada, la mujer ni asomaba, ni decía nada del otro lado de la puerta. La ira estalló en Agustín quien de una cabriola se abalanzó contra la puerta y emprendió a darle de patadas, tantas y tan fuertes que los vecinos empezaron a salir, algunos a la puerta y otros por las ventanas de sus casas. La vecina del lado salió en rulos, bata y pantuflas a su puerta.

–¿Te han dejado fuera, cariño? –Preguntó la mujer en tono sarcástico– Yo sí decía que Camila no era tan estúpida para aguantarse un borracho mediocre.

Agustín iracundo, dejó la puerta, recogió algo del suelo y se acercó lo que más pudo hacia la anciana.

–¡Usted qué va saber vieja hijueputa! –Respondió Agustín tirándole un zapato–. Por eso está solterona y dándose al dedo todavía, frígida.

El zapato atestó en la humanidad de la vieja quien no respondió al agravio y agresión de Agustín. En vez, la vieja dio media vuelta y se internó de nuevo en su casa. La pelea entre la vieja y Agustín ya estaba cazada hacía años, pues la vieja, como típica fisgona y presenciando los agravios y guarradas de Agustín con Camila, día a día, entre tazas de café, aconsejaba a Camila de lo perjudicial que era para ella su relación con susodicho personaje. Pero esta vez la mujer estaba un poco asombrada y otro amedrentada; primero, porque nadie le había dicho tal cosa a la cara, ella sólo lo escuchaba a sus espaldas cada vez que iba de compras al mercado, pero la gente no tenia el valor de decírselo a la cara, cosa que le hacia fuerte y vanidosa; segundo, porque ella sabia bien hasta qué grado de violencia podía llegar un borracho que no respetaba a una persona que podía tener la misma edad que su madre.

Agustín al ver la partida de la vieja continuó en lo suyo, dando patadas a la puerta, eso sí, sin impórtale que los demás seguían ahí observándole, sin importarle nada, tan sólo pateaba y echaba baladros al aire.

–Te la vas a ver puta. Jodete, eso es lo que quieres qué te JODAN. Ábreme la puta puerta, que es mi casa.

Camila ya se había parado de la cama, estaba en bata y parada junto a la escalera. No prendió las luces, tan sólo veía la silueta del hombrecillo dándole patadas a la puerta y echando madres. Cada golpe le producía más y más susto, pues las paredes se sacudían y los vidrios parecían reventar. Ella únicamente pensaba en qué podía ocurrir si el hombre entraba; igual, ella lo sabía, tal tipo era un borracho, mediocre, cínico, mujeriego y grosero, pero nunca un animal; pero aún con eso, ella corrió hacia la habitación, desbarajustó la cama, sacó la escopeta que estaba debajo del colchón y volvió a trote a la escalera.

–¡VETE! –Gritó Camila–. ¡Vete Agustín! He llamado a la policía

–¿Pero?… Cariño, déjame entrar. Quiero ser tu macro-porno-intenso.

–¿Sí ves?... –Replicó Camila del otro lado de la puerta al escuchar las palabras de Agustín–. Tú no amas a nadie, eres tan egoísta para amar a alguien. Siempre tratas con indiferencia la vida de otros por mantener tú juego, te arrepentirás, te lo juro que algún día te arrepentirás. Ahora lárgate y déjame en paz, déjame vivir, déjame reiniciar mí vida.

–¡Ah, puta! –Gritó Agustín pateando la puerta violentamente–. ¿Reiniciar la vida? ¿No? ¿Así que hay otro? ¿Otro te esta sacudiendo el polvo?

–¡Sí!... ¿Y qué? Ya te aguante por mucho tiempo.

Pero la verdad era que no. Hacia ya tiempo que Camila había notado que su relación no tenia el mismo vigor y energía de hacía diez años, pero siempre ella daba su último esfuerzo para que las cosas no se fueran al traste. Ella tan sólo lo decía porque quería herirlo. Ella lo amaba, pero dicho sujeto era tan vivaz y mentiroso que no estaba mal dejarle por el piso por tanto amargura que le había largado.

Las calles que antes estaban atestadas de vecinos parados en el porche atendiendo el espectáculo, yacían ahora desiertas, únicamente unos pocos fisgones quedaban tras las cortinas de las ventanas. Lo que pasaba era que la gente no quería saber tanto, ya tenían demasiado en casa para querer saber que su vecino era un promiscuo que no amaba, y que se sólo quería joderse a su mujer; y que su vecina era una mujer insatisfecha, buscona de nuevas emociones.

Entonces, sucedió lo que había prometido Camila.

La policía llegó en motocicleta al lugar, sin demora, extrañamente, sin demora. Se bajaron de su aparato, y caminaron por el jardín hasta posarse en las escaleras de entrada de la casa.

–¡Señor!... –Dijo un policía en tono cordial igual de extraño como su puntualidad– ¿Usted es el del escándalo que reportaron los vecinos?

–¡Sí! –Respondió Agustín alejándose un tanto de la puerta–. Pues como ve, mi mujer me ha dejado fuera de casa. Dígale usted que me deje entrar.

–¿Esta usted borracho, señor?

–¡No! Únicamente me tomé unas cuantas copas.

–Señor, acompáñenos hasta la estación y llama a alguien que le recoja…

–¡Sí!... Sharon, puedo llamar a Sharon, y a Carlos, y a…  –Agustín no terminó de decir esto cuando la puerta de la casa se abrió de par en par y tras de ella apareció una mujer de estatura media, pechos grandes, cadera bien formada, tez blanca, pómulos anchos, cabellos rubios, ojos verdes, y que llevaba puesta una bata blanca con pantuflas blancas. Era Camila.

–¡Eso! Alcahuetes. –Gritó Camila enfadada por la permisión de los polis, y continuó –Eso, llévenselo donde las putas de donde viene. Hombres, malditos hombres, se tapan todos con la misma cobija–. Apenas acabó de decir eso, Agustín se lanzó a cruzar la puerta, pero ella se lo impidió colocando la mano con la escopeta al costado de la puerta–. ¿Pero qué? ¿No que te ibas donde Chartón, o como se llame esa puta?

–¿Pero, mí amor? No seas así –Replicó Agustín empujando levemente a Camila para hacerse paso–. Necesitó dinero. Eso no es gratis, nada en este mundo es gratis.

El policía al presenciar la “agresión” sin dudarlo se abalanzó sobre Agustín, lo cogió del brazo e intentó arrastrarlo hasta la carretera. Agustín se enfureció, la cerveza se le subió a la cabeza, y dando tremendo empujón al poli intentó escapársele. El poli, más rápido, le agarró del brazo fuertemente, y largándolo hacia él, lo tomó velozmente por el cuello intentando someterle con una llave. Agustín, contorsionándose, se zafó, e irritado por tal acto de traición, le retorció el brazo al poli, cosa que los llevó a enfrascarse en tremenda riña. Así, sin el poli soltar a Agustín, ni Agustín al poli, los dos se enlazaron y fueron a parar al centro del jardín. Mientras, el otro poli dejó su motocicleta y salió a su encuentro.

–¡Alto!... ¡Hijo de puta!...–gritó éste al llegar hasta donde estaban lo dos hombres revolcándose–¡Está arrestado!

–¡Esto es injusto! – Gritó Agustín tratándose de zafar de las llaves que el poli quería hacerle– Yo sólo quiero entrar a mí casa por dinero, malnacido poli de mierda, no entiendes eso, subnormal, solamente quiero divertirme.

El poli no podía contener a Agustín que se resistía al arresto. El otro no sabía a donde apuntar con su arma ante tal ajetreo, pero cada vez que podía ver a Agustín le pegaba con la cacha de la pistola. Camila, en tanto, se acercaba cada vez más al apretón que tenían los dos hombres.

–¡No se resista! Esto le va a salir caro.

–¡Ni mierda! –Gritó Agustín–. Esto es maltrato de la ley, yo sólo necesito dinero para seguir pasándola rico… Miren todos, presencien la brutalidad policíaca. ¡MIERDA! DIZQUE NOS PROTEGEN, PERO ¿QUIÉN NOS PROTEGE DE ELLOS? ¡AYÚDENME! ¡AYÚDENME!

–Ya veras –Dijo el poli a Agustín atestándole par derechazos en la cara–. Ya veras quien te va a ayudar, tenemos buenos maricas en el calabozo.

–Démosle a éste cabrón –Replicó el otro poli parado y dándole de patadas a Agustín.

–¡Pero yo únicamente quiero volver donde Sharon! –Replicó Agustín sincerado y protegiéndose de la brutalidad policiaca.

La riña seguía. Entonces de repente un sonido seco traspasó de lado a lado la calle, fue un golpe fuerte que retumbó los ventanales de los vecinos, y dejó casi sordo a los polis.

Agustín y el poli se detuvieron en seco. Agustín quedó inmóvil bajo el poli y éste sosteniéndole de las dos manos. El poli lentamente volteó a ver a Camila quien estaba parada junto a ellos y con la escopeta en dirección al suelo. Ella tan sólo miraba aturdida y fijamente hacia el césped.

–¡POR DIOOOOOS!... –Fue el grito que se escucho del poli que estaba parado junto a la pelea–. ¡CRISTO! ¡POOOOR DIOOOS!

El poli que estaba envuelto en la disputa con Agustín le soltó de las manos y se levantó de inmediato. Agustín quedó tirado sobre el césped, conmocionado, mirando cómo, en cámara lenta, los polis se abalanzaban sobre la mujer. Los hombres saltaron por los aires. Agustín los siguió con la mirada, hasta verlos caer sobre la mujer y rebotar dos veces contra el césped.

En esos instantes un pulsante dolor recorrió el cuerpo de Agustín.

–¡JODER!… ¡MIERDA!... AYYYYYYY… AYYYYY…

Los ventanales vecinos se llenaron de caras curiosas. Los polis intentaban apresar a la mujer, y Agustín no se levantaba del sitio en donde se había producido la contienda. Él tan sólo se cubría la entrepierna. –¿Qué has hecho mujer loca? –gritaban los polis medrosos y conmocionados–. No le vamos a joder, únicamente suelte el arma.

Camila yacía paralizada, no decía nada, solamente parpadeaba y se aferraba a la escopeta que soltaba un tenue hilo de humo.

La gente empezó a salir. La vecina solterona corrió rápidamente hacia el cercado que colindaba con el jardín de Agustín, se asomó, y de sopetón encontró a los polis sobré Camila y Agustín arrojado en el césped.

–¡POR UN DEMONIO! –Gritó–. ¿QUÉ HA PASADO?

Agustín levantó la mirada, sus ojos estaban semiabiertos, su rostro pálido y sus extremidades se sacudían, todo temblaba en él.

–¡UNA, UNA, UNA  AM-BULA-NCIA! –Gritó entrecortado–.

–¡CÁLLATE, HIJO DE PUTA! –Gritó Camila saliendo del pasmo en el que había caído sumida–. Te lo mereces… ¡Ahora sí!... Quedaste listo. Veté dónde tus putas, pero que pena con Sharton, ahora sólo podrás darle al dedo.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de