PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

García Clavel, Javier (Heinrich Böll)

La fortuna de los trescientos treinta dólares



La película habla de un joven de unos veinte y tantos años. Un día, mientras bebe el primer café de la mañana decide que va a dejar el trabajo y que va a buscar la fortuna. Así que deja todo –solo estaba leyendo el periódico y tenía sobre el banco unos papeles por si acaso- y sale de la cafetería. Cuando lleva andados unos doscientos metros (empieza a andar y la cámara, es un decir, le sigue haciendo un travelling y tiene que subir un poco la música y hay como un contrapicado ligerísimo para que se vea desde abajo la cara de felicidad y el sol en el fondo) se para todo de golpe porque dónde va a encontrar la fortuna, si eso no existe prácticamente. Es como el primer momento de gravedad de la historia de la película. ¿Dónde está la fortuna? Pregunta a un señor con sombrero. Perdona –una chica con el pelo corto: ¿la fortuna? No vivo aquí, lo siento, dice, y lo mejor es la sonrisa de ella ya girando el cuerpo.

El joven de veinte años, entonces, no parece encontrar la fortuna y se sienta en un banco de una plaza pública. Hay palomas que se le acercan revoloteando y no queda nadie en la plaza. A su lado, después de unos minutos en que no pasa absolutamente nada, tampoco en la cabeza del joven de unos veinte años, una niña de apenas seis se sienta a su lado. Le mira: ¿Cómo te llamas? ¿Sabes que mi mamá me ha hecho un vestido nuevo y que mi padre va a ir de viaje en avión por encima del mar? No, no lo sé, no, no me importa, contesta él. Para entender esto hay que saber dos cosas: a) que el joven de unos veinte años llevaba meses dándole vueltas –para mirar el objeto desde diversas perspectivas, con otros aires y otras luces- a la idea de dedicarse al cine, así en general; y b) que el hecho de que en la plaza no quedara nadie más le había traído a la cabeza de forma insoportablemente clara un ambiente fílmico-somnífero. Sólo así se puede comprender que el joven de veinte años dijera esto casi incorporándose ya y caminando lentamente hacia el fondo del objetivo, quedando banco y niña en primer plano, expectantes de espaldas.

El artefacto es el protagonista ahora. El protagonista de la película lo encuentra en el suelo, cuando ha doblado la esquina de la plaza, y lo recoge sin dejar de andar. Lee las instrucciones, que se borran un poco a cada paso porque cuando caminas y lees siempre pasa eso. Dicen: “No exponer”, y, más adelante, “Configurado”. Es un palo de unos treinta centímetros de longitud. De su sección transversal surge al estirar una tira de papel fílmico de unos veinte centímetros de alto y, según puede comprobar a continuación, más de ocho metros de largo. Extendido, el artefacto tiene todo el aspecto de una pancarta blanca, donde se puede leer: YO TAMBIÉN BUSCO LA FORTUNA, en mayúsculas. Con la pancarta extendida y colgada en la pared sólo un par de metros por encima de su cabeza, el joven de unos veinte años camina despacio y la recorre ida y vuelta mientras medita qué herramienta utilizar para la difusión de su artefacto. Esta frase tiene que conocerla el conjunto de la población con la mayor profundidad. He de explicársela. Ése es el punto de partida.

Entonces, podría poner justo aquí una pequeña mesa con folletos y dos sillas.

Podría poner un atril de madera delgada y un micrófono con forma de ramita de planta submarina y exponer mis argumentos, victorias y debilidades.

Podría coger ese megáfono y un pañuelo para anudárselo en el cuello.

Podría ponerme una chaqueta oscura con corbata de auditor externo y hablar con voz queda pero tan segura.

Pero no se termina de decidir del todo, ni siquiera cuando la niña de la plaza y su pequeño perro se acercan para sugerirle algo. Le señalan con un dedo qué cosas podrían valer: esta chaqueta, este megáfono pero no el pañuelo, este folleto bien maquetado. Pero la cabeza del joven de unos veinte años se mueve lentamente diciendo no una y otra vez, una y otra vez, y el joven se sienta en la silla con esa cabeza entre las manos.

Pero, por cierto –pregunta levantando la cabeza como si hubiera recordado algo de repente: ¿qué haces tú aquí? ¿Qué es este perro? La niña le mira de arriba a bajo: he venido desde la plaza, no entiendo por qué no puedes acordarte. No es tan difícil acordarse de algunas cosas, eso también deberías saberlo si estás buscando a la fortuna. El perro que está a mi lado también estaba en la plaza, pero no te fijaste –sigue diciendo la niña mientras recorre con un dedo las letras de la pancarta, elevada a unos metros del suelo. El joven de unos veinte años intenta recordar los minutos pasados en la plaza y rememora que una niña de apenas seis –años, consigue precisar- se sienta a su lado y la pregunta: ¿sabes que mañana mi mamá me ha hecho un vestido nuevo y que mi padre va a ir de viaje por encima del mar?, y luego la niña en el banco sentada y él alejándose cada vez más. Pero no había ningún perro, de eso puede estar seguro. “Y ahora, si quieres, puedo ayudarte. Ven. Siéntate aquí”.

Te recomiendo en primer lugar –dice la niña acariciando a un perro negro que hay a un lado- que dediques casi todo el tiempo que tengas a mantenerte callado. ¿Sabes? Los hombres como tú sólo deberían abrir la boca para admirarse y, a veces, para sonreír con total confianza. Pero nada más. En ese momento –aunque la niña rubia de unos seis años parecía que no iba a continuar- aparece por un lado del plano, que está enfrentado al muro y a la pancarta que cuelga de los extremos, una mujer madura.

Descripción: el aspecto de los primeros metros de andanza frente a –es un decir- cámara es de persona ocupada, aproximadamente con un nivel de ocupación similar al que pueda tener, hazte una idea, un presidente de gobierno, un dirigente en un momento de transición en el país, un ministro de gobernación a sólo unos días del mayor e imprevisto escándalo. Pero la concupiscencia de la mujer madura le obliga –esto también es un decir- a mirar la pancarta y leer titubeando la frase: yo también busco la fortuna. Cuando lee también y busco está justo delante de la niña rubia y el joven de apenas veinte años y un perro, y camina más despacio. Es leer fortuna y pararse. Cuando le da la vuelta al cuerpo –que seguía mirando al frente- cae en la cuenta de que hay tres personas sentadas en la acera y que le miran.

Comienzan a conversar.

Pronto descubren que tienen intereses comunes. Conversan mucho tiempo.

¿Quieres que nos pongamos nombre? Están recostados en una pradera verde en medio de la campiña francesa. Han puesto en el césped un mantel de hilo fino y cuadros rojos y sobre él se dispersan platos con frutas, pan crujiente con sobrasada, aceite, sal, dos botellas de vino donde el sol se refleja excesivo. La niña rubia de seis años bebe de un vaso de agua cristalina y sentada con las piernas cruzadas también se divierte de la ocurrencia. Tiene la cara iluminada y dorada. No podemos ponernos nombre -sigue la mujer madura, con una sonrisa de pan caliente- porque lo que se nombra ya no se teme. Y yo quiero seguir temiéndote mucho, mucho, como a ti, niña rubia, e incluso a ti, perro negro que estás a su lado. ¿Quieres que ya nos conozcamos del todo? ¿Que no haya secretos? ¿Que no supongas ningún misterio? ¿Que haya encontrado el tesoro y termine la búsqueda y vayamos a casa a ducharnos y ponernos el pijama?

Cuando el sol es naranja muy intenso vuelven en un tren de cercanías a la ciudad. Desde el vagón que rumorea las vías y la velocidad miran por el ventanal al horizonte. Por la mirada de la niña de seis años se deduce que está pensando la fortuna: ser actriz de cine, preparar durante dos años un papel difícil, decir a los medios sobre el terreno cuál es el estado de la situación y qué pasos deben darse ahora. Por la mirada de la mujer madura, que recuesta blanda la mejilla en el hombro de la niña se deduce que está pensando la fortuna: vivir a este lado del río, contarle a todos lo que ha conseguido ella sola, respirar por un hombre, por una persona, cantar. Por la mirada del joven de apenas veinte años que acaricia con cuidado un pequeño perro negro se deduce que están pensando la fortuna: la chica de pelo corto contesta que la fortuna probablemente sea ella misma pero que no sabe y le sonríe y ya no se marcha más.

El perro negro es posible que soñara en un hueso muy grande y de vez en cuando como suspira. Eso lo deducen al día siguiente –que ése era su sueño-, cuando corra detrás de un hueso a toda velocidad. ¿Qué hace?, preguntan. Va detrás de su fortuna, dirá la niña de seis años, ¿no lo veis? Y no se les olvidará nunca cómo brillaban los ojos del pequeño perro negro mientras corría tras el hueso. Era un brillo de doscientos bailarines, un brillo de la más extraordinaria fiesta de cumpleaños. Un brillo que mientras roía el hueso todavía apenas sin resuello -en eso se fijaron todos- desapareció.

Como no pueden salir al patio porque llueve y como tampoco pueden caminar por la calle sin nada encima el joven de apenas veinte años, la niña de pelo rubio y la mujer madura se han quedado en casa (un hotel, un hostal, una residencia, el nest hostel de la calle de la Paz) toda la tarde. La Fortuna, piensan, en el plano más largo de toda la historia, también puede venir aquí. [Para justificar lo anterior no tiene más que acudir al prospecto que guarda la caja de la Fortuna. Antes de terminar la primera y única caja de comprimidos, alguien decidió guardar esa hoja doblada con palabras difíciles en una pequeña imprenta, de donde salieron, muchos años después, las famosas doce millones de copias en los largos camiones de la flota de Martin Sodenheim. En esa hoja, de entre las ya citadas palabras incomprensibles, se leía aquello que causa aún hoy tanto revuelo: La Fortuna se escapa y tiene, no obstante, por costumbre salir al paso].

Deciden entrar a la noche en un pub, adornado tal y como aparece en “ “, el cuadro de Santi Tena fechado en 1998. La composición es, por tanto, confusa y apelmazada. Los cuerpos se adosan en los resquicios y el oxígeno se mantiene a la altura de las frentes - únicos espacios ligeramente despejados de la sala de baile. Las frentes ocupan una parte importante de esa franja de un cuarto de superficie total de la sala donde se debaten los pensamientos, donde colisionan los mensajes entre interlocutores, donde se calla abrumada por el ruido la mayor parte de la población cerebral.

En el pub la niña de seis años es la protagonista, el joven de apenas veinte años dedica la noche a acercarse a la barra y la mujer madura charla con un antiguo partenaire, maníaco y en evidente estado de descomposición. Al día siguiente no recuerdan, por otra parte, demasiado.

Se ven tres personajes a las afueras de la ciudad, a pie, en serio, en definitiva. Hay un hombre de camisa blanca y pantalón blanco al borde de la carretera. Tiene tres botellas de agua y un tetrabrik y ofrece de beber a los viandantes. Andan exhaustos y aceptan el ofrecimiento. Buscamos la Fortuna. No es fácil, ¿sabe? Hemos recorrido la ciudad de un lado a otro y no. La botella de agua está recubierta de agua escarchada. El agua está fresca. El hombre de la camisa blanca remangada y el pantalón blanco mira al infinito y se ha alejado unos metros del grupo. Les escucha hablar de sus búsquedas sin dejar de mirar al frente. No parece escucharles, deducen. No parece escucharnos. Pero el agua está fresca. Terminaremos de beber y nos marcharemos.

Entonces vuelve el hombre de la camisa y el pantalón blancos trayendo de su horizonte grandes piedras y cemento y comenta a construir, de un lado al otro de la carretera, un arco. Milagrosamente, tarda sólo unos segundos. El joven de unos veinte años se acerca al arco. Qué velocidad, dice. La mujer madura le espera ya al otro lado. Sigamos adelante. La niña de apenas seis años se acerca al hombre de la camisa remangada y acaricia en silencio sus brazos.

La carretera que sale de la ciudad y se dirige a cualquier otro lugar de paso es poco transitada y recta. Crecen a los lados del asfalto desnudo un arbusto, quizá hierba en cantidades quietas, un espigado cactus, polvo y toda la tierra del mundo. La niña de apenas seis años para aquí y allá descubriendo con alborozo pequeños animalitos que nadie ve, plantas, objetos de valor incalculable. La mujer madura, caminando a ritmo continuado y alegre en busca de la Fortuna, respira profundo en agradable conversación con el joven de apenas veinte años.

Los periódicos de esa mañana señalaban en titulares que el incremento del gasto público estaba ocasionando toda una serie de desajuste en los niveles de financiación a nivel estatal, lo que produciría a medio y largo plazo el tan temido proceso (decía tan temido proceso) de recensión económica, verdadera tormenta de arena (tormenta de arena, decía) para el consumidor y, sobre todo, para el gobierno del país.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de