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Trillo Palanca, Isabel (Carnaval ambulante)

El marcapáginas



Pau desde niño tenía una afición confesable: escribir. Antes de acostarse siempre iba al montón de folios reciclados de encima del escritorio de su hermano mayor y volvía a su cama dispuesto a contar cualquier cosa. En el cajón de su mesita entre pañuelos, cajas de chicles, tickets de circo, piedras… había un bolígrafo que su abuelo le había regalado hace un año. Era el bolígrafo más bonito que había visto nunca y significaba mucho puesto que su abuelo compartía la misma afición que él.                       Una noche, se dispuso a escribirle un relato al padre de su madre porque al día siguiente cumplía ochenta y un años. Cuando estaba terminando empezó a sentir como la tinta ya no tenía el mismo color que los primeros días, el bolígrafo perdía fuerza. A Pau no le importó pero tenía muy claro que no compraría un recambio. Quería conservar el regalo de su abuelo tal como se lo había dado y eso es lo último que quiso expresarle. No desecharía el tubo de tinta para poner otro, pero siempre que fuera a escribir sacaría “el bolígrafo más bonito jamás regalado” de su escondite para que lo acompañara. Había encontrado el amuleto perfecto.            Su afición por la escritura había llegado a tal punto que mientras sus amigos se habían inscrito a clases extraescolares de futbol, inglés, informática… él había decidido elegir el taller de escritura.            El primer día comprobó como existían tres grupos diferenciados en esa clase: la mayoría eran niñas que se sentaban por las primeras filas, un grupo más reducido formado por aquellos que no habían tenido capacidad de elección ya que las faltas de ortografía no les habían llevado por casualidad al aula, y una pareja que pasaría a estar formada por Pau y Marc.            Pau sabía que tan importante era la elección de un bolígrafo para escribir, como el sitio donde lo hiciera, como el libro al que dedicara parte de su tiempo, pero el primer día de clase sabía que si elegía mal su pupitre nada cambiaría, pero si elegía bien posiblemente encontraría a su mejor amigo.            Y aunque Pau desde el primer día supo que Marc pasaría a ser su amigo por mucho tiempo, a Marc le costó darse cuenta que aquel chico que se había sentado a su lado el primer día de clase era especial.            Un día la profesora que había empezado con ellos el taller se despidió y presentó a su sustituto. Éste el mismo día que empezó sus clases les pidió a los alumnos que escribieran a que les gustaría dedicarse y cuáles eran sus objetivos en la vida. Les dejó un día de plazo para recogerlos al final de la clase al día siguiente.            El mismo día que se presentó el nuevo profesor en clase y les mandó los deberes extra, Pau ya tenía muy claro que iba a escribir. Llegó a casa, merendó, hizo los deberes y esperó impaciente la hora de irse a la cama para poder enfrentarse a la hoja en blanco y plasmar aquello que había rondado su cabeza toda la tarde.            Había pasado mucho tiempo desde que había adquirido la costumbre de escribir antes de dormir, pero hasta ahora no se había dado cuenta que él no necesitaba los somníferos que tomaba su padre todos los días antes de acostarse después de su jornada laboral. Pau conseguía relajarse enlazando las palabras, hasta conseguir frases y crear un relato único.

Soy Pau García, tengo doce años y desde hace algún tiempo me he dado cuenta que me gusta escribir. Lo he heredado de mi abuelo, él tiene montones de libretas y archivadores con sus escritos pero nunca me ha dejado leerlos porque dice que todavía no soy suficientemente mayor para entender ciertas cosas. Siempre que le digo que me deje cotillear  me repite: “Pau, cada cosa a su tiempo”.

Hubo un día que me regaló un bolígrafo, para mi es el más bonito que he visto hasta ahora. Cuando me lo dio me dijo que cada persona tiene un objeto que considera especial y le gusta regalarlo a aquellas personas que son diferentes. El mejor regalo para mi abuelo es un bolígrafo y cuando vi que me regalaba uno significó mucho para mí.

“El bolígrafo más bonito jamás regalado” me acompaña todas las noches cuando escribo y en el taller de escritura lo pongo encima del pupitre. Mi abuelo también me dijo que cada escritor tiene sus manías y con el tiempo me he dado cuenta que he adquirido unas costumbres que me ayudan cuando veo una hoja en blanco que tengo que rellenar.

Hace ya algún tiempo, una tarde después del colegio fui con mis compañeros al parque y se inventaron un juego en el que cada uno tenía que elegir la profesión a la que se quería dedicar: futbolista, astronauta, bombero, policía… cuando llegó mi turno todos se rieron de mí. Dije que quería ser escritor. Nunca lo había pensado pero en ese momento me vi en la obligación de dedicarme a la profesión frustrada de mi abuelo. Algunos me dijeron que eso no era una profesión y como no sabía qué decir para convencerlos decidí irme a casa y reflexionar sobre lo que había dicho. Ahora tengo claro que quiero dedicarme a ello, no sólo por mi abuelo sino por mí. No quiero llegar a casa y necesitar esas pastillas que se toma mi padre para dormir, lo único que quiero es una hoja y un bolígrafo para poder decir lo que me apetezca.

Mi ilusión sería ganar el premio Nobel de Literatura, recuerdo el día que estaba con mi abuelo y se lo dije. Yo sólo sé que es el máximo premio que se le da a un escritor y lo quiero conseguir. Mi abuelo me dijo que eso es muy difícil y que no todos los buenos escritores tienen uno. Pero lo que más me hizo reflexionar es que afirmó  con una pequeña sonrisa en la cara que siempre hay uno mejor que tú.

Ahora estoy en el taller de escritura y me siento al lado de Marc. Cuando empecé a leer lo que él escribía me dí cuenta que es mejor que yo. Comprendí lo que en su día me dijo mi abuelo. Pero justamente un relato de mi compañero de pupitre tenía una conclusión que me llamó mucho la atención: “no te importe lo que digan los demás, haz lo que te haga feliz, siempre y cuando no juegues sucio”.

Muchos libros que he cogido de la biblioteca me han enseñado como muchas personas utilizan la fuerza para imponerse, para demostrar que son mejores que los demás, que no importa lo que hagas siempre que lo consigas. Pero los que más me han gustado son aquellos en los que sus protagonistas se superaban, no pisoteaban a nadie e intentaban aprender del otro.

Sé que tengo muchas cosas que enseñar pero también muchas que aprender. Nunca me convertiré en un escritor frustrado porque siempre va a haber alguien que haga las cosas mejor que yo, eso ya lo sé, yo sólo escribiré para que todos los días pueda irme a dormir tranquilo.            Una vez el nuevo profesor había leído detenidamente los relatos de sus alumnos decidió devolvérselos. No fue de manera arbitraria que cuando le tocó repartir las hojas a la pareja que se sentaba en las últimas filas, intercambiara los folios y Marc se llevara a casa el relato de Pau, mientras que este último cambió disfrutar de su merienda delante de la televisión por un puñado de letras que le sirvieron para entender muchas cosas.

Elegí apuntarme al taller de escritura porque siempre me ha gustado leer. He intentado leer todos los libros de mi casa pero hay muchos que no acabo de entender. No me gusta la sensación que tengo cuando veo la última página del libro en blanco. Me gusta rellenarla y darle el sentido que yo quiero. Lo hago con todos los libros que caen en mis manos.

Cuando les dije a mis padres que me apuntaba al taller de escritura no me tomaron en serio. Su reacción hizo que las cosas se aclararan: mi profesión quiero que sea la de rellenar la última página de los libros.

El primer día del taller, Pau se sentó a mi lado. Él es más inquieto que yo pero desde un principio sabía que compartíamos una cosa: le gusta cambiar las historias. Yo cambio la que leo en los libros y él quiere cambiar lo que pasa delante de sus ojos.

Al día siguiente llegué el primero a la clase, esperé a que Pau llegara y descubriera que encima de su pupitre había dejado un libro y un marcapáginas. El libro era uno de los que cogí cuando fuimos a recoger los trastos que habían quedado en casa de mi abuelo después de que éste muriera. Contaba la historia de dos personas que vivían es sitios diferentes, que no se conocían pero ante situaciones parecidas actuaban igual. El final no me gustó y decidí cambiarlo, así que en esa última página hice mi aportación.

El marcapáginas no es de esos que tienen dibujos o están fabricados únicamente  para saber cual ha sido la última hoja que has leído. Me gusta coleccionar marcapáginas, me gusta guardarme pequeños recuerdos: cromos, entradas de cine… Pero el más especial es una hoja con una frase de mi abuelo: “haz lo que te haga  feliz”. Recuerdo el día que me lo dijo y es que yo creía que tenía que hacer siempre lo que querían mis padres. Pero mi padre quiere que estudie lo mismo que él para defender a los ciudadanos, quiere que sea abogado. Pero a mí eso no me hace feliz.

Pau llegó cuando ya estaban todos en clase, saludó, se sentó y ni siquiera miró mis regalos. Sacó su bolígrafo y cuando parecía que ya había visto el libro y el marcapáginas, los empujó para que dejaran su mesa libre y los dejó en la mía.

Nunca he sido muy hablador, a mi madre siempre le han llamado las profesoras para decirle que tengo que participar más en clase. No me gusta expresarme oralmente, lo hago con las letras. Y Pau no empezó la comunicación que yo le proponía. Creía que podríamos ser amigos pero me dí cuenta que a él no le hizo feliz mi regalo.

Marc Ruiz

Marc volvía de Bruselas, tenía veinticinco años y esperaba que salieran sus maletas para llegar a casa. Después de pasar seis meses en la ciudad europea tenía ganas de volver. El avión se había retrasado y  llegaba tarde a su cita. Cogió un taxi, dio la dirección de su destino y sacó de su bolsa de mano un libro.

Durante su estancia fuera de España su amigo había fichado por una editorial y había publicado un libro alabado por la crítica. Marc fue de los primeros en comprarlo por Internet pero hasta que se lo enviaron estuvo esperando impaciente. Ahora lo tenía entre sus manos, ya lo había leído varias veces y esta era la tercera. Su amigo dio tres opciones para que cada lector eligiera el punto y final de la obra. Le quedaba por descubrir la última de ellas y vio que era una página en blanco. Marc no sabía que poner, buscó el marcapáginas entre las hojas del libro: una hoja de libreta antigua y arrugada que decía: “Me hace feliz saber que he encontrado a mi mejor amigo. Pau.”  Dejó la nota de libreta en la página que esperaba ser rellenada, miró por la ventanilla, ya había llegado a su destino. Una idea le rondaba la cabeza, posiblemente este fuera el único libro en el que no se atrevería a rellenar la última hoja.

Pau sabía que  no podía llegar tarde a su cita, después de hacer una entrevista para un periódico universitario tenía que coger el metro y llegar al bar que frecuentaba desde hacía cinco años.

Cuando entró saludó al camarero y se sentó en la mesa al lado del ventanal. Habían pasado unos cuantos minutos, la cita se retrasaba, miró el móvil para comprobar la hora, pidió otra cerveza. De repente vio como un taxi paraba en la puerta del local, no estaba seguro de que fuera su cita, sólo tuvo que esperar unos pocos minutos más para darse cuenta que Marc ya estaba en la ciudad.

Alomejor después del reencuentro con Pau, Marc pensaría que debía escribir en esa última página del libro o quizá dejaría el marcapáginas que le regaló el mismo autor del libro en esa hoja en blanco. “Hay veces que es mejor  no intentar cambiar las cosas” eso es lo primero que pensó Marc al volver a casa.                        

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