PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Valdés Camacho, Orlando (Tony)

El mentiroso



 

Ahora todos llevan máscaras.

Un alud de antifaces ha inundado el mundo y amenaza con devorar los restos de verdad que se esconden bajo las hojas de loto.                                                                                                                       O.V.C

I

Enmanuelle libera el ajustador y se tira bocabajo en la arena;  perezosa, con  elasticidad de gata en celo. Si alguien le propusiera pintarla desnuda para inmortalizarla luego en una moderna sala del Louvre, no lo dudaría un instante. Los lunares multiformes de su espalda brillan por la crema recién untada con elocuente paciencia, como si toda su imagen dependiera del lento masaje, de ese brillo gelatina. Los senos, grandes y jugosos, sobresalen por sus costados; casi dejan ver la punta de sus pezones; mientras el centro del bikini se pierde entre las nalgas un tanto aplastadas.

Todavía falta para que anochezca. El sol hace relucir la espuma sobre las olas que muerden la orilla de la playa. Sólo se escucha el gorjeo del agua. Ramiro mira a Enmanuelle, bebe un trago de Caribean Club. Después, mecánicamente, echa una ojeada en derredor, vieja costumbre adquirida durante estos años lejos de Cuba. Sus cejas pobladas, la fina cicatriz en el pómulo y sus cuarenta años, resaltan la expresión dura del rostro. Pero allá, perdido en la profundidad de sus pupilas verdosas, un halo de tristeza lo traiciona.

Enmanuelle se mueve, esconde la cabeza entre los brazos  y parece olvidarlo. Está cómoda bajo el sol de la tarde. Un rato antes tomó a Ramiro del brazo y, después de un puñado de palabras francesas, gestos y señas, lo trajo a este lugar solitario para hacerle el amor.

El hombre encaja los dedos en la arena, vuelve a darse un trago. La extraña sensación de siempre le invade el cuerpo. Hace tiempo que sucede, aunque no puede precisar cuánto. Quizás cinco, diez, mil años; es un raro estremecimiento cuyo origen él conoce muy bien y para el cual sólo tiene un antídoto: Hablar en voz alta consigo mismo.  La primera vez tuvo miedo, estaba en un apartamento de Cayo Hueso, sentado en el balcón y apenas susurrante tuvo su primer monólogo. Luego descubrió que eran más conveniente los espacios abiertos, inhabitados. Entonces encendía el auto y se alejaba una veintena de millas para administrarse la misma medicina en cualquier punto escondido de la carretera.

Ramiro cierra los ojos, palpa la superficie. El aire de la costa se le cuela por la nariz. Un pájaro canta en algún lugar de las uvas caletas que se extienden detrás. Sin levantar los párpados, dice.

-Mi vida es un asco, no tengo amigos verdaderos. Creo que tanta soledad me ha robado el alma. Mírame aquí, con una rubia que dora sus tetas al aire libre, atrapada en la incomunicación de su idioma y que sólo le importa cabalgas sobre mis piernas. ¿Sabes?, todavía me sorprende tu elección, ustedes siempre los prefieren negros, sentirse empaladas, espantar la insoportable frialdad de su raza, la inercia de sus maridos. De todas maneras, gracias, aquí en Cuba los minutos pasan demasiado lentos...

-Hace diez años esta isla estaba atorada, pero la gente tenía esperanzas. En cambio ahora se ha convertido en un país triste, las personas agonizan, y eso es lo único que no debe sucederle a un país que se respete...

-La vida y sus misterios, la suerte con sus puertas grandes y pequeñas. Sin suerte hasta el dinero se te escurre entre las manos sin saber cómo. La mía se desplomó desde el comienzo, cuando conocí a Leonardo, un tipo con dominio de la psicología humana, que me hizo pensar en la posibilidad de convertirme en el agente cubano 007...

-No tengo escrúpulos. Mis amigos creen lo contrario, por supuesto, pero sucede que tengo dos tipos de amigos, los buenos y los malos, según desde donde se mire. Si tuviera más tiempo y hablaras español te explicaría, aunque fuera contra las reglas, tal vez entonces coincidirías conmigo en que simplemente soy un hijo de puta que viaja por el mundo con una pierna a cada lado de la cuerda. En realidad estoy tan vacío como los bolsillos de Cundo….

-Si ese negro me ve revienta de envidia. Yo bebiendo Caribean Club en Varadero, vacilando la vida con una buena francesa. ¿No crees Enmanuelle?

Al escuchar su nombre la mujer mueve las caderas, estira los brazos, se da vuelta. No entiende nada, apenas alguna palabra suelta del murmullo articulado de Ramiro, útil para adormecerla. Los senos salpicados de arena se inclinan hacia ambos lados del pecho, hacen correr los minúsculos granos en trote desigual hasta el suelo. Enmanuelle suspira, quiere descansar, aprovechar el sol del caribe para después consumir unas cuantas piñas coladas y arrellanarse gustosa sobre el cubano. Hace dos días que es así; palabras mal pronunciadas, unos pocos gestos en señal manifiesta de sus deseos de copular y decenas de orgasmos hilarantes; algo para contar luego en su Francia contemporánea. Es evidente, sus amigas quieren oír de primera mano los cuentos sobre la mayor de las Antillas, conocer detalles de la virilidad del cubano para luego, presurosas, salir en busca del boleto de avión que las conduzca a una experiencia nueva a mil millas de sus calles.

Enmanuelle cruza un brazo sobre la frente y deja el otro en el abdomen. Ramiro se sirve de la botella. A diferencia de sus descargas en otras latitudes, siente ahora en su tierra natal que algo lo abandona, lo libera. Entre él y la francesa sólo hay un vínculo sexual y quizás la oportunidad no se repite en siglos. Bebe largo y pregunta:

-¿Cómo estará Cundo ahora?

La francesa permanece en silencio. Para ella Ramiro practica en voz alta su próxima conferencia en un Taller Internacional de Arquitectos, al menos eso fue lo que entendió del alud de palabras y señas cruzadas con el hombre en su primer encuentro, a orillas de la piscina del hotel. Es cierto que la fisonomía y el cuerpo del  hombre no son los de un individuo dedicado horas enteras, detrás de una mesa, a desarrollar ideas modernas sobre la construcción, pero esta segura que ese es su oficio. 

-El negro Cundo debe maldecir la hora en que nació, hastiado de un mundo donde todo se resume a leer si te gusta, acumular colillas de cigarros en una bolsita, masturbarse a cuenta de fotos de revistas y fajarse para que no lo violen. Por mi cuenta, si no se complicó con alguna pelea, debe salir en libertad condicional el próximo año. Seguro cree aún que soy su mejor amigo. Negro bruto, debería saber que fui yo quién lo metió preso...

-La vida tiene cientos de misterios. Donde quiera hay un hijo de puta que se aprovecha de ellos y te convence; si eres derecho, de ser izquierdo, si te gustan las blancas, pues que cambies de parecer y te gusten las negras, así de sencillo…

-A Leonardo lo conocí una tarde de cervezas. Me abordó primero con el pretexto de la bebida: Pura orina –dijo con cara de asco- luego me pagó una jarra y habló de los precios, la jodienda del período especial, las mujeres. Cuando se acabó la cerveza eran pasadas las nueve de la noche, Leonardo estaba contento de conocerme, yo era un tipo especial. Quedamos en vernos al día siguiente, en el mismo lugar. Así comenzó todo, entre tragos, risas, cuentos exagerados y algún que otro vómito por los excesos. Cundo nunca coincidió con nosotros; después comprendería que no fue por casualidad. Sin darme cuenta dejé de tomar cerveza a granel para degustar la buena Bucanero, Leonardo siempre tuvo los bolsillos llenos de billetes. Una noche, antes de tomarnos la primera línea, me mostró la identificación y me explicó sus propósitos. Al principio me pareció un chantaje, una locura, pero ya te dije, hay gente potencialmente preparada para convencer a los demás...

-¿Quieres un trago, Enmanuelle?

Ramiro pregunta observando pensativo el líquido a través del cristal. La mujer no responde. El murmullo del aire al batir las ramas y  las palabras hilvanadas por el hombre la han dormido. Quizá la última embestida amorosa fue demasiado para su cuerpo. A él no le importa, una estela de recuerdos surca su mente y le produce cierto amargor en la boca, pero no lo tiene en cuenta. Las palabras necesitan mezclarse con el aire del océano.

El mar le recuerda a su pueblo natal: Un montón de casitas carcomidas cercanas a la playa. También aquel domingo cuando por casualidad conoció a Lucrecia frente a la cabaña del muelle. Una de esas casualidades que para Dios no lo son porque las fabrica a su antojo en cualquier época del año.

Jugaba con unos amigos, la pelota escapó y Ramiro, en loca carrera, tuvo que hacer mil piruetas para no atropellar a la joven. Ella se incorporó, se quitó las gafas para mirarlo. No sabe si fue la cara de tonto o la clara disculpa de su rostro lo que la obligaron a sonreír, lo cierto es que Lucrecia tuvo una expresión dulce, compasiva, y a partir de ahí todo cambió. Primero compartieron la conversación, sentados en la arena, después la merienda que ella trajo en su mochila, finalmente los audífonos para escuchar a Michael Bolton, muy cerca de la mejilla de la muchacha. Lucrecia pasaría con sus padres una semana de vacaciones. Quedaron en verse después de comida, Ramiro la llevaría a conocer a su madre. Cada día fue un sueño; desde la alborada hasta la noche, un espacio que en breve se fue acortando, atraídos por una intimidad recíproca, por el deseo de mantenerse juntos. En la madrugada del jueves, desnudos al final del muelle, se amaron. Casi asomaba el sol a ras del agua cuando ella se contrajo por el último orgasmo sobre el joven.

Tres años después Lucrecia fue quien más sufrió con la partida de Ramiro. El padre le prohibió todo contacto al conocer la noticia. Ella podía tener relaciones con alguien de dudosa reputación, pero una salida ilegal, estar en contra del Gobierno, era el límite. En la despedida, abrazada con fuerza de cien hombres, Lucrecia anunció su embarazo.

Ramiro se incorpora, los brazos se cruzan un instante sobre el pecho amplio. Gira el torso, observa la uva caleta más cercana. Un nido se bambolea al compás de la brisa, justo en el borde de la rama. El pájaro acomoda las hilachas con paciencia de orfebre, el instinto le dice dónde colocar cada una de aquellas hebras para soportar los próximos meses. Ramiro sonríe, en su interior admira la tenacidad del ave, la voluntad de entregarse horas y horas a la ardua labor, convencida de la importancia de ese trabajo para mantener la especie. Otro trago. La tarde avanza y dentro de poco estará oscuro, regresarán juntos por la orilla de la playa mientras la luna refleje sus siluetas a contra luz y el agua se ilumine fosforescente.

-La noche del robo llovió a cántaros. Cundo y el Fino llegaron con la camioneta como a la una de la madrugada. Evaristo y yo hacía rato esperábamos en la caseta, con el guardia inconciente, hecho un ovillo a nuestros pies. Sin darme tiempo para evitarlo Evaristo, un blanco de seis pies y veinte pulgadas de brazo, le asestó un golpe con el puño al pobre viejo. El resto fue fácil, en menos de una hora la camioneta estuvo cargada. La noche antes discutí con Leonardo todo el plan. Le dije que era mejor el cerco dentro del almacén, así nos ahorrábamos el trabajo de cargar tanta medicina, pero él me explicó que al DTI no le importaba coger a la gente, al menos no a todos, sino prepararme una fachada para misiones más complicadas. Así fue. Abandonamos el lugar pasadas las dos. Cundo y Evaristo llevarían el carro hasta el cuarto de este último, para esperar por el Fino y por mí, quienes haríamos el viaje en bicicleta. Cuando pasaron frente a la Terminal de Ómnibus el patrullero los detuvo para un aparente examen de documentos. Cundo se bajó con lentitud, entregó la licencia y el resto de los papeles, su rostro se mostró sereno, siempre fue un hombre de temple. En cambio Evaristo no pudo con los nervios. Sin previo aviso se tiró de la camioneta, derribó a uno de los oficiales y quiso desarmarlo, pero otros dos agentes vestidos de civil lo inmovilizaron en pocos segundos. Cundo no movió un solo dedo, sabía la inutilidad de resistirse. Una semana más tarde yo salí por Bahía Honda en compañía del Fino. Antes de irme fui a casa de Cundo y me despedí de la mujer. Ella me abrazó llorosa y contenta. Quedaba sola, con tres muchachos por criar y un marido que atender en la cárcel, casi me parte el corazón  al desearme toda la suerte del mundo.…

-¿Sabes? En Miami soy un tipo duro. Maté a un latino que una noche de naipes quiso pasar el límite con mi jefe. El tiro en la frente lo derrumbó sobre la mesa. Recuerdo a Mister Claudio lanzar una carcajada y luego guardar veinte dólares en el bolsillo del muerto. Ese día, agradecido por mi fidelidad, me regaló dos mil extras y un buen abrazo. En casa, entre vómitos y cigarros, no pude dormir. Era la primera vez que mataba a un hombre. - Actuaste correctamente, ahora la CIA no tendrá dudas- Dijo Leonardo cuando le conté el asunto en un mensaje cifrado...

-Mi vida es un desastre. No digo que mi trabajo no sea importante para el país, aunque tengo dudas, pero en el fondo estoy diseñado para mentir, jugar con las personas, incluso hasta el punto de traicionarme a mi mismo. Dios no va a perdonarme; Cundo, si se entera, tampoco...

-Nunca le conté a Leonardo de Lucrecia, no me pareció prudente vincular mi amor a este juego de policías y bandidos. Después en el exilio me fue imposible localizarla, las reglas lo prohibían. Por la época en que debió nacer mi hijo pasé días terribles. No sé si es hembra o varón...

-A partir de mañana voy a empezar a vivir una nueva etapa, lo he decidido. Esta noche le diré a Leonardo que renuncio. No lo hice antes por miedo, por esa cobardía inexplicable a la vergüenza. ¿Seré yo el único agente de la Seguridad Cubana arrepentido de su trabajo? ¿Dónde estará Lucrecia ahora? Tengo deseos de tener una vida normal. Llegar del trabajo a las cinco de la tarde, escuchar los cuentos de mi hijo mientras mi esposa me quita los zapatos y pregunta cómo pasé el día…

-Gracias a mi hay mucha gente presa, aunque algunos no lo merecen del todo. Cundo, por ejemplo, ese negro en mejores condiciones no habría robado nunca. La vida lo trató mal, el sistema lo traicionó...  como yo.

Ramiro estira el pie y con la punta del dedo roza el seno de Enmanuelle. La mujer no se mueve. Él repite la maniobra presionando, ella entonces se ladea y acaricia la pierna del hombre a la altura del tobillo, abre los ojos, se estira. Permanece un instante mirando como el sol toca el agua allá en el horizonte, como los últimos pelícanos emprenden vuelo sobre la cresta de las olas, seguidos por las gaviotas que no cejan en su empeño de robarles la comida.

Ha dormido plácida durante treinta minutos. Se da la vuelta, los senos bambolean. Se arrodilla, sonríe. Lo que más le atrae del cubano es su voz acompasada, el rostro serio, esa manera de hacer el amor  con cierto morbo, como si quisiera descargar en ella algo que lo molesta por dentro. No puede adivinar que Ramiro, durante esos treinta minutos, le ha contado a grandes saltos la historia de su vida, la decisión de quedarse en la isla. Después de diez años regresar lo ha trastornado. Es poco común entre gente como él, pero sucede, coño, sucede.     

Ramiro la observa y le extiende el vaso. Ella saborea el trago sin pestañear siquiera; luego pone las manos en el suelo y con movimientos felinos repta a lo largo de las piernas del hombre. Llega a la cintura, agarra la faja del short y tira de el. Ramiro no quiere ahora, prefiere quedarse quieto, ver el mar, imaginar a Lucrecia. Pero la necesidad de que el tiempo pase rápido, poner una barrera entre el mundo físico y el existencial, lo obligan a no oponerse a las mañas seductoras de la francesa. Enmanuelle con soltura bebe del miembro, quiere aprovechar a fondo estos días en Cuba. Ramiro contrae el torso, la aprieta suave detrás de la nuca. No hay dudas, tiene la destreza de una auténtica cubana. Después de unos minutos ella vuelve a incorporarse, se quita el bikini, sacude los pezones y se sienta sobre él. Un gemido placentero rompe con la música armónica de la naturaleza. Se besan envueltos en un abrazo largo. El hombre siente como la espalda de la mujer se eriza en un rápido orgasmo. Le muerde el cuello, las orejas, siempre con los ojos abiertos, sin dejar de observar la playa, el agua, pensando en su encuentro con Leonardo en apenas tres horas, en Cundo, en Lucrecia, en el hijo que no conoce...                                         

II

La luz de la luna atraviesa las ramas de los cocoteros y cae sobre los bancos del parque, proyectando las sombras en el cemento que serpentea entre el césped bien cuidado. Ramiro enciende un cigarro, el tercero en apenas un cuarto de hora. Amplias y repetidas chupadas se suceden mientras observa el reloj. Está cansado, aún antes de salir de la habitación tuvo que posar desnudo para la francesa, quien haciendo alarde de su resistencia, como si el sexo fuera para ella pura droga,  se masturbó lenta y pegajosa sobre la cama.

Faltan cinco minutos para las nueve y media. Ramiro tira el cigarro al suelo, le pone el pie encima, sin apretarlo, como si quisiera mantenerlo vivo, sentir en la suela el calor de la brasa, quemarse. Luego vuelve a contar las casas a lo largo del litoral, desde el muelle hasta donde él está. Su vista queda fija en la octava, donde el reflejo de luz a través de las cortinas pegadas al cristal ahora se le antoja pudiera ser el mismo reflejo de la casa de la vieja Facunda, vecina que lo mimó durante años como hijo propio. El hombre hace una mueca por la tonta evocación, Facunda nunca tuvo una casa con cristales, su casita era como casi todas en la costa, destartalada y pobre.

Mete la mano en el bolsillo, otro cigarro; pero se detiene para mirar fijo el envoltorio de picadura y recuerda el discurso de horas antes, cuando Enmanuelle dormía plácida sobre la arena. Ramiro crispa el rostro, aprieta con fuerza el cigarro y luego deja caer los restos; otro tanto hace con la cajetilla, pero esta queda aprisionada en su mano. Se levanta, son las nueve y veintiocho minutos. Echa a andar rumbo a la casa. Al pasar junto a un pequeño cesto de metal tira el amasijo de cigarros y sigue, atento a los ruidos, a las sombras. Algo lo intranquiliza y no sabe de qué se trata. La imagen de Lucrecia aparece por un instante delante de él y luego se difumina caprichosa, dejando tras de sí una estela de lamentos.

El silencio envuelve la moderna construcción. Toca la puerta, cinco golpes seguidos. Una figura se dibuja del otro lado de las cortinas. Pasos, la puerta se abre, se cierra. Entonces los dos hombres se miran, ritual obligado antes de chocar sus pechos en un abrazo. La alegría de ambos no es la misma, aunque difícilmente podría percibirse. Ramiro deja escapar un suspiro largo mientras cree ver a Cundo atravesar la sala,  traspasar el cristal y perderse hacia la playa, rumbo al infinito. Leonardo sonríe sin soltar la mano del hombre. Con la voz engomada pregunta.

-¿Cómo está el tipo más duro de mi equipo?

Ramiro lo observa con la cara más estúpida del mundo y comprende por qué su país se ha vuelto un país triste. Ahora, sin saber cómo, tiene tremendos deseos de hacerle el amor a Enmanuelle. Traga en seco, busca en sus bolsillos la cajetilla que acaba de tirar a la basura. Sus labios se dilatan en una mueca.

- Como siempre, listo para una nueva misión.   

No podemos culpar a los que saltan



1

Esa noche los nervios estaban a punto de noquearme, o lo habían hecho ya sin darme cuenta. No lo sé, los nervios son difíciles de conocer. Mamá también los padeció durante diez años, aunque no murió por ellos.

Me subí al muro, en el punto exacto donde las olas no dejan lugar para el arrepentimiento, donde la humedad del salitre es un rayo cortante que lastima. Nunca hasta entonces lo hice solo. De pequeño papá me obligó a caminar por los bordes o me sostuvo sobre el vacío, porque según él, aquello era algo así como una prueba al valor: No llores, déjate de remilgos, te pareces a tu madre, tienes que convertirte en un tipo duro. – Decía con aquel aliento etílico que me quemaba la cara. Y mamá suplicante: Por favor, bájalo, vas a matarlo. Pero nada, papá es uno de esos hombres con la mente más embotada que un cuchillo de mesa. Siempre lo hizo para demostrar su poder, para humillarla en una discusión que todo el tiempo terminó igual: Yo más muerto que vivo entre las piernas de mi vieja, ellos con la dignidad hecha pedazos.

El regreso era peor, lo hacíamos en el auto a tanta velocidad, que en ocasiones vomité sobre el vestido de mi madre. Ella nunca se molestó conmigo, sólo me abrazaba, soportando el hedor de mi bilis con la misma tranquilidad que soportó que muchas de esas noches papá la desnudara en la sala y la poseyera con rápidos movimientos y sucias palabras, mientras yo los observaba entre temeroso y fascinado, en un rincón detrás de las cortinas.

Antes fue diferente. No lo recuerdo porque estaba así de este tamañito, pero algunas veces, en mi cuarto, mamá dijo que todo comenzó a cambiar cuando él regresó de la misión en África: Primero el recibimiento, la Medalla de Primer Orden, la Medalla del Valor, las fiestas con los amigos. Después la realidad, la demostración de que mi padre había regresado como un despojo humano... Por eso odio las guerras.

Un día la borrachera llegó al límite, el muro pareció interminable y la noche no acabó en las ofensas ni el ultraje del sexo. El accidente se llevó a mi madre. Su rostro cubierto de sangre no pudo siquiera regalarme una despedida. Mi padre en cambio sólo  perdió las piernas. Yo, inexplicablemente, salí ileso... Pero basta, no vale la pena atiborrarte con el pasado, esas cosas se impregnan en la memoria y lo mejor es olvidarlas. Tú quieres saber qué sucedió la noche que me detuve en el borde del muro. Por qué un hombre cansado y sin esperanzas vaciló en el último instante... Espero puedas entenderlo.

Era poco más de las once. El día fue difícil en la fábrica, también en la casa donde mi padre, huraño en el sillón de ruedas, me recibió con una andanada de groseras increpaciones... Encendí un cigarro, en realidad no quise, yo no fumo, pero los nervios son impredecibles, te obligan. Miré las aguas de la bahía, el buque con bandera de no sé qué país y pensé, con el pecho a punto de estallar, que el aire sólo me alcanzaría para unas pocas horas. Fue en ese instante cuando escuché la voz a mis espaldas; una voz diferente.

- ¿Desesperado?

Mi buen amigo, si alguien de pronto te sorprende de esa manera y al darte vueltas encuentras una figura imposible de describir, saldrías corriendo sin pensarlo dos veces. Yo, en cambio, me quedé, acepté el reto.

- ¿Desesperado?

- Un poco.

- No te preocupes, terminarás pronto. No eres de esos que llegan destrozados por los accidentes o las enfermedades. Perteneces al selecto grupo de quienes me buscan por su propia voluntad, porque se agotan.

La miré. ¿Una mujer? Sí, yo quise que lo fuera. Una hermosa mujer cuyos ojos reflejaron una luz amarillenta.

- No pongas esa cara de tonto, más de una vez has deseado encontrarme.

- No entiendo

- Cuando tu madre se fue, cuando tu padre te humilla sin razón alguna.

-¿Quién eres?

- Soy la única salida, el descanso.

Comprendí, y me pareció justo porque... Espera, amigo mío, dónde vas... Es difícil de creer, lo sé. De no haberme sucedido tampoco lo creería, pero no cierres el libro, por favor, eres todo cuanto me queda..... Además, son unas pocas cuartillas.... Gracias.

Te repito, era real, palpable, la mujer que siempre soñé desde mi infancia. En ese momento rompí con mis fracasos, con la rabia de tener la boca cerrada, con los sermones del viejo cuando me decía: En esta casa no pone un pie una mujer. Nada de casarse, eres demasiado estúpido, te van a pegar los tarros. Tu obligación es cuidarme... ¿Comprendes ahora? Vi la posibilidad de ser alguien y me aferré a ella sin pensarlo. Vamos, sigue, sigue leyendo.

- ¿En qué piensas?

- No estoy pensando.

- ¿Arrepentido?

- No.

- ¿Entonces...?

- No quiero irme ahora.

- Hace un momento estabas en el borde, listo para hacerlo.

- Sí, pero...

- ¿Entonces?

Lo ves, es real, me presiona, sabe que estoy en apuros, que todos dependemos de ella... ¿Puedes ayudarme?

- Déjalo, él no puede hacer nada mientras existas, está ahí sólo para leer tu historia.

- Aún no la he escrito.

- Lo harás.

Tuvo razón. Este es el relato, lo escribo hoy, tres días después del primer encuentro. Sin embargo esa noche ambos sabíamos de tu existencia. ¿Te das cuenta de ese detalle, del alcance que tiene la imaginación del hombre? Te di participación en el cuento antes de escribirlo, y eso demuestra que no estoy loco...  ¿Verdad?

- Ya me voy.

- ¿Por qué?

- Hay otros.

El tono de su voz fue altanero, decidido, como el de mi padre. Me dio rabia, quise revelarme, someterla.

- No, no te irás... ¡Vas a quedarte!

- Imposible.

- Te quiero besar. (Fue la frase más descabellada de mi vida, no se me ocurrió otra) Olvidas que estás ahí por voluntad mía.

- Pero no soy real.

- Sí lo eres.

- Estás agotado. Tu infancia fue una pesadilla. Tu padre sigue dando órdenes, es un hombre con el alma muerta que aún cuidas porque le temes.

- Por eso, tengo derecho a una aventura, la última.

- Imposible. Represento el punto donde nadie quiere llegar.

- No, eres la salvación, la salida. Lo dijiste hace un rato.

Cuando pronuncié estas palabras di dos pasos hacia ella... ¿Mis nervios?

- No te acerques.

Su voz sonó hueca, insegura.

- Quiero acercarme.

- Soy yo quien debe llevar las acciones, quien te obligue.

-Siempre hay una primera vez.

- Estás loco. Ustedes los humanos poseen sentimientos demasiados...

-¿Demasiados?

-Peligrosos... Soy odio, miseria, la peste. ¿Cómo explicar lo contrario?

-No lo expliques

- Basta, esta conversación no puede continuar.

-Pues lo siento, no moriré sin besarte, ese es el trato.

Hubo un momento de silencio, ni las olas penetraron en las rocas para salpicarme. Una mirada de incomprensión medió entre nosotros... Se fue, de golpe.  Ambos estábamos frustrados, pero yo más. Yo con el sabor amargo de no lograr mis propósitos, de ser torpe, de ni siquiera poder suicidarme... Bajé del muro... ¿No es como para suicidarse?

Así sucedió, mi amigo. Esa noche el mundo fue un hueco por donde me perdí con los nervios a cuestas, la vida a cuestas, mi padre a cuestas. Dos horas después estaba escondido entre las piernas de una puta que en cada sacudida tenía que darse un toque de marihuana. No me importó, mi mente estaba en otra parte. Y no fue una pesadilla, claro que no, sólo tuve miedo cambiar ese lado de la vida donde no sucede nada, sin antes regalarme un poco de felicidad... ¿Pesimista? Piensa lo que quieras.

Fin de aquella noche.

2

Es la misma hora, aunque la noche está más fría. Mi sombra al pasar se deforma en los charcos que reflejan la luz mortecina de las lámparas de mercurio. ¿Vendrá hoy? No lo sabes, y si así fuera, ¿cómo ibas a decirlo? De ese lado todo es más fácil, pero tiene sus limitaciones... Ayer mi padre se orinó frente a la cama. A menudo lo hace para obligarme a limpiar. También en la fábrica tuve problemas.

Esta noche las olas son más oscuras. El viejo muro me reconoce y deja escapar su olor de mares y desperdicios. En el bar los amigos dijeron que estoy loco cuando les conté la historia, rieron como idiotas, con su aliento pestilente. Para ellos la única realidad es ir y venir por calles cubiertas de basura y de una nueva cultura americana, vegetar entre la fábrica y la cantina. Sólo hablan del alza de los precios, de la desesperanza, del bloqueo. Nunca ponen el dedo en la llaga, la de adentro. Tampoco se apuran en llegar a sus casas; donde sus mujeres usadas y grasientas no dan para más. Desconocen que el amor, esa fuerza que mueve la tierra...

¿Quién se detuvo?... Debo haber sido yo. Eso de la fuerza que mueve la tierra es bastante cursi. Si quieres no lo leas, o mejor táchalo... A veces no sé lo que digo. Eso y el párrafo anterior no tienen que ver con este cuento... Te decía... Hoy sí lo voy a hacer. Al carajo el viejo, que se pudra, yo también tengo derecho, por lo menos a morirme cuando me de la gana.

Este es el lugar... No estoy solo. Veinte metros a la derecha dos hombres lanzan sus anzuelos. ¿Serán pescadores, o personas que disimulan mientras esperan una lancha para irse del país?... Míralos bien... Son viejos, sus rostros llenos de surcos demuestran la secuela de una época difícil. Esa gente no tiene valor para irse de esta pocilga... Son pescadores... Me miran como si fuera un intruso. Pero no es así. Yo no soy nadie, son ellos los que me molestan, los indiscretos. Un suicidio es algo serio, exijo privacidad...

¿Sabes? A las personas les gusta ser dominadas, acatar órdenes,  no moverse de donde los sitúan; como marionetas. En eso tengo mucha experiencia, siempre fui la marioneta preferida de papá... Hace frío. Me pregunto dónde estarás leyendo. ¿En el cuarto, bajo un árbol, en una parada de ómnibus, en una oficina, disponiendo si este cuento puede ganar un concurso? Bah, supongo que una historia como la mía no puede ganar nada, salvo un poco de lástima... Antes yo leía en cualquier parte, hasta que mi padre botó mis libros...

Ahí se acerca una pareja. Se ven tan lindos, unidos... Pasan sin fijarse en mí, tampoco en los pescadores. Para ellos el mundo es el espacio que existe entre sus bocas, entre sus cuerpos cuando se abrazan. A propósito, ¿tienes novia, esposa, hijos, hogar?... ¿Es bueno tener hogar?....

Un auto de embajada pasa con ese arrullo de motor que tanto me gusta. En nada se parece a nuestros viejos carros de humo insoportable. Me siento en el muro y respiro. Por un instante pienso que la vida es maravillosa, a pesar de los problemas y preocupaciones. Pero son sólo unos segundos, mis nervios vuelven a la carga con la imagen de mi padre... Voy a hacerlo.

-¿Desesperado?

¿Es el eco, la imaginación, el mar? Los pescadores siguen en silencio, con la vista fija en el cordel que no se mueve. Es la misma voz... Está aquí.

-¿Confundido?

- Sí.

- ¿Por qué?

- No te esperaba.

- Llevas media hora en este lugar.

No lo comprenderás, amigo mío, su tono de voz fue suave, simple, como el de mamá. El mismo encanto en su rostro imposible de describir, ahora en cambio sus ojos no abrigaban una luz amarillenta, sino azul.

-Sí, pero aún no estoy en el borde.

- Lo sé, fui yo quien quiso venir. Los humanos siempre me dan igual, sean esclavos o presidentes, en cambio tú...

- ¿En cambio yo...?

- Eres distinto, sin ambiciones.

- Yo sí tengo ambiciones.

- Una sola, escapar, y para mí no es ambición, es la renuncia.

- Tenemos un trato, ¿lo recuerdas?

- Por eso estoy aquí.

- ¿A dónde me llevas?

- Eso lo decide Dios

-¿Cómo es Dios?

- No lo sé.

-¿Ni siquiera tú lo sabes?

- Dios es Dios

La miro entonces detenidamente. Sus mejillas se colorean, sus labios carnosos aparecen en la línea de los míos. Y me domina el deseo de tenerla, de hacerle el amor sin importarme que estés ahí, leyendo lo más íntimo de nuestro encuentro.

-¿Por qué te veo tan hermosa?

- Todo es proponérselo.

- Mi amigo también puede verte ahora.

- Tu amigo puede y sabe muchas cosas, aunque aún no lo cree posible.

- ¿Qué te hace pensar que me iré contigo? ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué no tengo miedo?

- Son muchas preguntas.

- Me duele el estómago, mejor nos vamos de una vez.

- Aguarda, tenemos un trato.

- Me siento mal... ¿Ese que está ahí no es mi padre?

- No hay nadie.

- Sí, es mi padre, y quiere hacerse.... Papá, si lo intentas juro que te mato –Grité.

Los pescadores miran  sorprendidos.

- De veras no hay nadie, son visiones.

- Mi padre es malo; una vez llevé una joven a la casa y él se masturbó frente a ella.

- Cuando venga por él voy a torturarlo.

- Bastante tortura tiene ya sin sus piernas y su vida miserable. - A pesar de todo voy a torturarlo, se lo merece.

- ¿Dónde está mi madre?

-Tu madre fue una tonta sentimental, hubiera podido luchar y no lo hizo. No sé donde se encuentra. A todos los dejo en un punto del tiempo, Dios hace el resto.

- Dios es un poco egoísta.

- Dios es justo.

- ¿Podré verlo?

- Es una pregunta difícil. Los seres humanos mueren siempre con la misma duda. Todos en el último segundo quieren ver a Dios.

- Mi padre no lo verá... Vamos al borde.

- ¿De verdad lo quieres?

- Se supone que tú me obligues.

- Las cosas han cambiado, aún puedes empezar, tener algo lindo en la vida. Podría regresar dentro de cincuenta años.

- No, vamos al borde.

Es la una de la madrugada. El viejo muro respira por sus poros la humedad y el salitre de la noche. El borde me fascina, el borde salpicado por las olas, los recuerdos, la decisión de saltar. Estamos juntos, cogidos de la mano. Ella me dice.

- Quiero besarte.

- Olvídalo, no conoces nada de amor.

- Un trato es un trato.

- Te digo que no, no voy a forzarte a romper tus hábitos.

- Quiero romperlos.

- Pero es que....

- Quiero besarte, AHORA.

Es el minuto más importante de mi existencia. Estamos a un centímetro uno del otro. La beso, la beso y mis labios sienten el sabor agridulce del último momento. Los pescadores, desconcertados por la inútil espera, me observan con aire estúpido. A ella no le importa. Me besa, me estruja, me hace levitar. Una a una pasan entonces todas las etapas de mi vida anterior. Escucho mi primer llanto, al médico cuando dice: Calma, ya pasó todo, tiene un lindo varón. Veo a mamá con las piernas abiertas, pálida por el esfuerzo, feliz. Tras un cristal papá le sonríe animoso, ya tiene un sucesor. Después los observo desde mi cuna hacer el amor con un montón de caricias. Por último las escenas de la llegada del viejo, las noches en el muro, el accidente.... La muerte me besa. La muerte...

Un momento, no puedo saltar, necesito otro narrador, los cuentos tienen un final y yo no podré dárselo... ¿No te das cuenta?... Sí, tú. Conoces muy bien la historia, puedes hacerlo. Todo está en la mente, un esfuerzo y ya. De ese lado del papel siempre es más fácil... Buena suerte... Ah, se me olvidaba, si no te gusta el título puedes buscar uno que impacte, algo trágico.... Buena suerte otra vez.

El borde me fascina. Los nervios están a punto de noquearme... Salto.

E... ¿..... ¡..... La.... ¿...... Disculpen, aún no me acostumbro a la idea de que yo pueda... Esto es cosa de locos... De todas lo intentaré.

Es un salto ingenuo, sin miedo. Detrás queda el muro con sus grietas salpicadas, historias repetidas, parejas que se besan el amor y la desesperanza. Detrás quedan los pescadores que corren al lugar del salto, mirando las aguas de la bahía que ya sepultan tu cuerpo. Detrás quedo yo, alguien incapaz de ayudarte, que no pude decirte que la muerte no es la salida, porque solo hace unas pocas líneas que existo. No, la muerte no es una ventana, aunque algo muy diferente piensan los nervios.

TITULO: SUICIDIO EN EL MALECÓN

Nota post mortem: Amigo mío, después de leerte llego a la conclusión de que el final podemos discutirlo, pero ese título es una basura. Te dije algo impactante, no ridículo. Mejor nos quedamos con el título del inicio...

Aquí no se está nada mal. Mamá te saluda... Mañana veré a Dios.



Esa noche los nervios estaban a punto de noquearme, o lo habían hecho ya sin darme cuenta. No lo sé, los nervios son difíciles de conocer. Mamá también los padeció durante diez años, aunque no murió por ellos.

Me subí al muro, en el punto exacto donde las olas no dejan lugar para el arrepentimiento, donde la humedad del salitre es un rayo cortante que lastima. Nunca hasta entonces lo hice solo. De pequeño papá me obligó a caminar por los bordes o me sostuvo sobre el vacío, porque según él, aquello era algo así como una prueba al valor: No llores, déjate de remilgos, te pareces a tu madre, tienes que convertirte en un tipo duro. – Decía con aquel aliento etílico que me quemaba la cara. Y mamá suplicante: Por favor, bájalo, vas a matarlo. Pero nada, papá es uno de esos hombres con la mente más embotada que un cuchillo de mesa. Siempre lo hizo para demostrar su poder, para humillarla en una discusión que todo el tiempo terminó igual: Yo más muerto que vivo entre las piernas de mi vieja, ellos con la dignidad hecha pedazos.

El regreso era peor, lo hacíamos en el auto a tanta velocidad, que en ocasiones vomité sobre el vestido de mi madre. Ella nunca se molestó conmigo, sólo me abrazaba, soportando el hedor de mi bilis con la misma tranquilidad que soportó que muchas de esas noches papá la desnudara en la sala y la poseyera con rápidos movimientos y sucias palabras, mientras yo los observaba entre temeroso y fascinado, en un rincón detrás de las cortinas.

Antes fue diferente. No lo recuerdo porque estaba así de este tamañito, pero algunas veces, en mi cuarto, mamá dijo que todo comenzó a cambiar cuando él regresó de la misión en África: Primero el recibimiento, la Medalla de Primer Orden, la Medalla del Valor, las fiestas con los amigos. Después la realidad, la demostración de que mi padre había regresado como un despojo humano... Por eso odio las guerras.

Un día la borrachera llegó al límite, el muro pareció interminable y la noche no acabó en las ofensas ni el ultraje del sexo. El accidente se llevó a mi madre. Su rostro cubierto de sangre no pudo siquiera regalarme una despedida. Mi padre en cambio sólo  perdió las piernas. Yo, inexplicablemente, salí ileso... Pero basta, no vale la pena atiborrarte con el pasado, esas cosas se impregnan en la memoria y lo mejor es olvidarlas. Tú quieres saber qué sucedió la noche que me detuve en el borde del muro. Por qué un hombre cansado y sin esperanzas vaciló en el último instante... Espero puedas entenderlo.

Era poco más de las once. El día fue difícil en la fábrica, también en la casa donde mi padre, huraño en el sillón de ruedas, me recibió con una andanada de groseras increpaciones... Encendí un cigarro, en realidad no quise, yo no fumo, pero los nervios son impredecibles, te obligan. Miré las aguas de la bahía, el buque con bandera de no sé qué país y pensé, con el pecho a punto de estallar, que el aire sólo me alcanzaría para unas pocas horas. Fue en ese instante cuando escuché la voz a mis espaldas; una voz diferente.

- ¿Desesperado?

Mi buen amigo, si alguien de pronto te sorprende de esa manera y al darte vueltas encuentras una figura imposible de describir, saldrías corriendo sin pensarlo dos veces. Yo, en cambio, me quedé, acepté el reto.

- ¿Desesperado?

- Un poco.

- No te preocupes, terminarás pronto. No eres de esos que llegan destrozados por los accidentes o las enfermedades. Perteneces al selecto grupo de quienes me buscan por su propia voluntad, porque se agotan.

La miré. ¿Una mujer? Sí, yo quise que lo fuera. Una hermosa mujer cuyos ojos reflejaron una luz amarillenta.

- No pongas esa cara de tonto, más de una vez has deseado encontrarme.

- No entiendo

- Cuando tu madre se fue, cuando tu padre te humilla sin razón alguna.

-¿Quién eres?

- Soy la única salida, el descanso.

Comprendí, y me pareció justo porque... Espera, amigo mío, dónde vas... Es difícil de creer, lo sé. De no haberme sucedido tampoco lo creería, pero no cierres el libro, por favor, eres todo cuanto me queda..... Además, son unas pocas cuartillas.... Gracias.

Te repito, era real, palpable, la mujer que siempre soñé desde mi infancia. En ese momento rompí con mis fracasos, con la rabia de tener la boca cerrada, con los sermones del viejo cuando me decía: En esta casa no pone un pie una mujer. Nada de casarse, eres demasiado estúpido, te van a pegar los tarros. Tu obligación es cuidarme... ¿Comprendes ahora? Vi la posibilidad de ser alguien y me aferré a ella sin pensarlo. Vamos, sigue, sigue leyendo.

- ¿En qué piensas?

- No estoy pensando.

- ¿Arrepentido?

- No.

- ¿Entonces...?

- No quiero irme ahora.

- Hace un momento estabas en el borde, listo para hacerlo.

- Sí, pero...

- ¿Entonces?

Lo ves, es real, me presiona, sabe que estoy en apuros, que todos dependemos de ella... ¿Puedes ayudarme?

- Déjalo, él no puede hacer nada mientras existas, está ahí sólo para leer tu historia.

- Aún no la he escrito.

- Lo harás.

Tuvo razón. Este es el relato, lo escribo hoy, tres días después del primer encuentro. Sin embargo esa noche ambos sabíamos de tu existencia. ¿Te das cuenta de ese detalle, del alcance que tiene la imaginación del hombre? Te di participación en el cuento antes de escribirlo, y eso demuestra que no estoy loco...  ¿Verdad?

- Ya me voy.

- ¿Por qué?

- Hay otros.

El tono de su voz fue altanero, decidido, como el de mi padre. Me dio rabia, quise revelarme, someterla.

- No, no te irás... ¡Vas a quedarte!

- Imposible.

- Te quiero besar. (Fue la frase más descabellada de mi vida, no se me ocurrió otra) Olvidas que estás ahí por voluntad mía.

- Pero no soy real.

- Sí lo eres.

- Estás agotado. Tu infancia fue una pesadilla. Tu padre sigue dando órdenes, es un hombre con el alma muerta que aún cuidas porque le temes.

- Por eso, tengo derecho a una aventura, la última.

- Imposible. Represento el punto donde nadie quiere llegar.

- No, eres la salvación, la salida. Lo dijiste hace un rato.

Cuando pronuncié estas palabras di dos pasos hacia ella... ¿Mis nervios?

- No te acerques.

Su voz sonó hueca, insegura.

- Quiero acercarme.

- Soy yo quien debe llevar las acciones, quien te obligue.

-Siempre hay una primera vez.

- Estás loco. Ustedes los humanos poseen sentimientos demasiados...

-¿Demasiados?

-Peligrosos... Soy odio, miseria, la peste. ¿Cómo explicar lo contrario?

-No lo expliques

- Basta, esta conversación no puede continuar.

-Pues lo siento, no moriré sin besarte, ese es el trato.

Hubo un momento de silencio, ni las olas penetraron en las rocas para salpicarme. Una mirada de incomprensión medió entre nosotros... Se fue, de golpe.  Ambos estábamos frustrados, pero yo más. Yo con el sabor amargo de no lograr mis propósitos, de ser torpe, de ni siquiera poder suicidarme... Bajé del muro... ¿No es como para suicidarse?

Así sucedió, mi amigo. Esa noche el mundo fue un hueco por donde me perdí con los nervios a cuestas, la vida a cuestas, mi padre a cuestas. Dos horas después estaba escondido entre las piernas de una puta que en cada sacudida tenía que darse un toque de marihuana. No me importó, mi mente estaba en otra parte. Y no fue una pesadilla, claro que no, sólo tuve miedo cambiar ese lado de la vida donde no sucede nada, sin antes regalarme un poco de felicidad... ¿Pesimista? Piensa lo que quieras.

Fin de aquella noche.

2

Es la misma hora, aunque la noche está más fría. Mi sombra al pasar se deforma en los charcos que reflejan la luz mortecina de las lámparas de mercurio. ¿Vendrá hoy? No lo sabes, y si así fuera, ¿cómo ibas a decirlo? De ese lado todo es más fácil, pero tiene sus limitaciones... Ayer mi padre se orinó frente a la cama. A menudo lo hace para obligarme a limpiar. También en la fábrica tuve problemas.

Esta noche las olas son más oscuras. El viejo muro me reconoce y deja escapar su olor de mares y desperdicios. En el bar los amigos dijeron que estoy loco cuando les conté la historia, rieron como idiotas, con su aliento pestilente. Para ellos la única realidad es ir y venir por calles cubiertas de basura y de una nueva cultura americana, vegetar entre la fábrica y la cantina. Sólo hablan del alza de los precios, de la desesperanza, del bloqueo. Nunca ponen el dedo en la llaga, la de adentro. Tampoco se apuran en llegar a sus casas; donde sus mujeres usadas y grasientas no dan para más. Desconocen que el amor, esa fuerza que mueve la tierra...

¿Quién se detuvo?... Debo haber sido yo. Eso de la fuerza que mueve la tierra es bastante cursi. Si quieres no lo leas, o mejor táchalo... A veces no sé lo que digo. Eso y el párrafo anterior no tienen que ver con este cuento... Te decía... Hoy sí lo voy a hacer. Al carajo el viejo, que se pudra, yo también tengo derecho, por lo menos a morirme cuando me de la gana.

Este es el lugar... No estoy solo. Veinte metros a la derecha dos hombres lanzan sus anzuelos. ¿Serán pescadores, o personas que disimulan mientras esperan una lancha para irse del país?... Míralos bien... Son viejos, sus rostros llenos de surcos demuestran la secuela de una época difícil. Esa gente no tiene valor para irse de esta pocilga... Son pescadores... Me miran como si fuera un intruso. Pero no es así. Yo no soy nadie, son ellos los que me molestan, los indiscretos. Un suicidio es algo serio, exijo privacidad...

¿Sabes? A las personas les gusta ser dominadas, acatar órdenes,  no moverse de donde los sitúan; como marionetas. En eso tengo mucha experiencia, siempre fui la marioneta preferida de papá... Hace frío. Me pregunto dónde estarás leyendo. ¿En el cuarto, bajo un árbol, en una parada de ómnibus, en una oficina, disponiendo si este cuento puede ganar un concurso? Bah, supongo que una historia como la mía no puede ganar nada, salvo un poco de lástima... Antes yo leía en cualquier parte, hasta que mi padre botó mis libros...

Ahí se acerca una pareja. Se ven tan lindos, unidos... Pasan sin fijarse en mí, tampoco en los pescadores. Para ellos el mundo es el espacio que existe entre sus bocas, entre sus cuerpos cuando se abrazan. A propósito, ¿tienes novia, esposa,

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de