Sentada sobre una enorme piedra que ha quedado atravesada en la plaza del pueblo, Celia ve pasar la vida y la muerte.
El día es claro, muy claro. Los densos nubarrones que cubren el cielo dan al ambiente una nitidez irreal. El decorado desolador, la lentitud con la que ahora transcurren los acontecimientos, todo adquiere un relieve monstruoso y queda envuelto en una luminosa atrocidad. Cada escena que traspasa los ojos de cristal gastado de Celia se convierte en una imagen en blanco y negro. Esta involuntaria transformación corroe perversamente el poco valor que le queda para seguir contemplando la devastación reinante:
Oscuras sombras afligidas de lo que fueron mujeres arrastran los pies con pesada tristeza, sintiéndose culpables por saberse supervivientes… A su alrededor, niños andrajosos y polvorientos pasean su desconcierto por la plaza y las calles adyacentes. Sólo dos pequeñas, que parecen hechas de alambre, lo observan todo entre distraídas y curiosas, a través de sus enormes ojos infantiles; subidas sobre una riada de cascotes como victoriosas escaladoras, señalan con un dedo fascinado la fachada de una casa, maltrecha, pero todavía en pie. Detrás de sus ventanas y balcones, sólo las magníficas montañas, y el cielo gris oscuro. Las niñas sonríen, divertidas ante lo que ellas creen que es magia.
No muy lejos, un perro aúlla frente a una puerta que ya no conduce a ninguna parte. El mejor amigo del hombre espera fielmente, seguro de la presencia de sus amos en casa; aturdido, no logra comprender por qué no le dejan entrar. El temor se va apoderando de él a medida que intuye la respuesta, sepultada bajo los escombros.
En un extremo de la plaza, dos ancianos confusos y pasivos desmenuzan el tiempo en silencio, sentados sobre lo que fue una mesa. No tienen nada que decirse. Uno de ellos lleva la cabeza vendada con un trapo, y se pregunta con pesar por qué la herida no le ha dejado ciego. En sus camisas, como funestas condecoraciones, lucen manchas de sangre seca. Las que han quedado pegadas en el interior de sus perplejos corazones, ésas serán imborrables.
Más allá, diseminados por las calles, quedan algunos hombres, hombres quietos, inmóviles, como grandes muñecos sucios y rotos, abandonados a su trágica suerte.
El espectáculo es desgarrador.
Celia observa; observa, y calla. Ella, la parlanchina, alegre, risueña Celia, ha agotado los motivos para hablar y para sonreír. También ella se ha convertido en una oscura sombra afligida. Ya no tiene marido, ya no tiene hijo, ya no tiene casa, ya no tiene vecinos, apenas le queda esperanza, y ha perdido casi todas sus fuerzas. No logra explicarse cómo, lo que días antes había sido un pueblo como tantos otros, se ha sumado a la ensangrentada lista de víctimas de la guerra. Sentada sobre esa piedra amiga, abatida, sola y vacía, Celia siente que su mirada desalentada se desvía irremediablemente hacia la peculiar visión fuera de lugar que destaca frente a ella, como una etérea aparición:
Se trata de una esbelta figura femenina que se alza, orgullosa y radiante, en el centro de la plaza del pueblo. La delicada túnica que apenas la cubre parece resbalar por la suavidad de su piel marmórea, y le da un toque de inmaculada altivez. La abundante cabellera queda recogida en un elaborado peinado por el que el tiempo parece no pasar. Un rostro de serena belleza clásica muestra en sus rasgos una singular mezcla de señorío y candidez. Sus ojos inexpresivos evitan mirar a la cruda realidad de cara, y prefieren permanecer eternamente fijos en la lejanía del futuro. De sus manos generosas, en un gesto que a Celia se le antoja conmovedor y maternal, brota un potente chorro de agua helada.
Es la grandiosa estatua que domina la fuente del pueblo.
El mágico espejismo tiene algo de sueño hecho realidad; una cruel ironía para Celia, que no logra escapar de la intensa pesadilla colectiva.
Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera los más viejos, recuerdan aquel lugar sin la imponente presencia de la majestuosa y singular dama blanca, magnífica proveedora de un agua deliciosa. El orgullo de todos los habitantes. La envidia de las poblaciones vecinas.
La fuente se alimenta de un caprichoso manantial que nace en las profundidades de las montañas cercanas; recorre a ciegas un camino subterráneo que sólo sus inquietas aguas conocen; en su temerario fluir, brinca, imparable e independiente, sin compartir su cantar con nadie; resistente a los brutales golpes contra las rocas, continúa una oscura carrera hacia las suaves manos de la divina impasible. Allí, y en el preciso instante en el que ve la luz, estalla en un fresco grito liberador.
Ahora, más que nunca, la poca vida que ha quedado en el pueblo gira por completo en torno a la fuente; el alegre murmullo líquido se ha convertido en la llamada a la que acuden sin falta los supervivientes del odio. La fuente es su iglesia; la estatua, su sacerdotisa; el cántico del agua, una plegaria consoladora.
Y todos se dan cita allí para intentar lavar y lavarse, para borrar la sangre que se resiste a abandonar sus miradas, para recoger el fruto de la dama blanca en miserables recipientes y llevarlo a sus pobres refugios pero, sobre todo, para no dejar de beber, y generar así más lágrimas.
Y frente al agua nacida de unas manos que nunca han sufrido, los apesadumbrados habitantes del lugar se dejan llevar pasivamente por la corriente de su pureza, y entran en un mundo hasta entonces desconocido. Embelesados, todos acaban concibiéndola como la valerosa aventurera que viaja, a veces bajo tierra, otras veces bajo el sol, en busca del mar. Un agua que, en su engañosa transparencia, nunca es la misma, pero siempre es igual. Agua benéfica y luchadora, digna de confianza y portadora de vida. Agua resuelta, frente a los obstáculos que va encontrando a lo largo de su recorrido, hasta que logra fundirse con la sal. Un camino que no deja de ser una metáfora de la vida aunque, en tan crudos momentos, los supervivientes de este pueblo aniquilado sean incapaces de ver el paralelismo, de saber el significado de metáfora, y de comprender incluso el sentido de acontecimientos fatales que irrumpen en la existencia humana sin pedir permiso.
Así, dentro de su ensoñación, hacen filosofía sin saberlo, al lado de su fuente. Es lo único que les queda.
Celia imagina el frío discurrir del agua por el interior de la estatua, al igual que la sangre fluye por sus propias venas. Ya en el exterior, el chorro salta impetuoso de las manos de la dama blanca, como si de un trampolín de tratase. A Celia le gusta pensar que el sonido también lleva corriente, y que puede llegar a ser mucho más fuerte que la de un caudaloso río. Este razonamiento abre la puerta de sus oídos al cantarín murmullo; la mujer se siente arrullada, mientras las notas arrastran sin piedad el amenazante rumor lejano de los aviones, y lo barren impetuosamente junto con el silbido de las bombas al estrellarse contra su vida.
Cegada por la benéfica melodía, Celia se levanta de su piedra; de repente, siente una necesidad irracional de comunicarse con la estatua. Se aproxima a la dama blanca, dando lentos pasos sonámbulos. Cuando la distancia entre ambas empieza a rozar la intimidad, Celia se detiene. Las dos quedan frente a frente en lo que parece un pacífico duelo. Los ojos de Celia se posan en los de la estatua. Sin inmutarse, la mirada de la dama blanca sigue fija en algo imperceptible, ajeno a la realidad que la rodea.
Poco a poco, las demás mujeres que rondan por la fuente se van apartando, quién sabe si estremecidas por la expresión ausente de Celia, o impresionadas ante un acto que, sin comprenderlo, respetan.
Celia se queda sola.
Una timidez virginal se desprende de los gestos que realiza; inconscientemente, acerca sus manos a las de la estatua, y se las acaricia con suavidad, sin dejar de admirar su benévola dulzura. El agua que mana, poderosa y vital, salta nerviosamente de unas manos de mármol a otras de carne y hueso.
Celia deja que el agua sobrepase el límite de sus dedos, en busca de un cauce natural por su alma lastimada. El chorro se desborda y se transforma en miles de gotas que le resbalan por los brazos, salpican sus hombros, se cuelan por el vestido, y van cayendo sobre ella como cuentas de un collar roto.
Sus ropas van absorbiéndolas sin prisa, hasta que Celia queda empapada. La mujer entra en una especie de trance, que ella imagina purificador. A medida que se manifiesta el frío peso de su ropa mojada, se libera del espanto sufrido, y se siente más ligera. El vacío interior la abandona, y se lleva consigo la amargura almacenada en su corazón.
Es una acción inexplicable, pero necesaria.
Mientras, hilillos de odio, de rencor, de demencia, de rabia, de pena, recorren su cuerpo hasta llegar al suelo, y forman un charco que no refleja nada.
Dentro del absurdo horror vivido en las últimas horas, la fuente es el único elemento que la une a la realidad de su vida anterior. El contacto físico con un elemento puro, hijo de la naturaleza, la ayuda a no volverse loca y a seguir creyendo en el mundo y en ese ser que se hace llamar humano.
Celia intuye que el agua le quiere transmitir un benéfico mensaje. Intenta penetrar en los ojos de la dama blanca, para interrogarla desde el alma, pero no consigue llegar a ella. Celia agacha la cabeza, decepcionada. Necesita alguna señal que dé un sentido a la barbarie vivida.
Y no la encuentra.
Poco a poco, un frío intenso se apodera de su cuerpo; Celia se estremece. Los demás, lejanos espectadores mudos, creen que se debe a la ropa mojada, convertida ahora en segunda piel; pero ella sabe que es la reacción ante su incapacidad por no haber recibido el mensaje de la estatua.
En ese momento, algo rompe la trágica magia reinante:
Las dos niñas que habían estado admirando la fachada de una casa en ruinas, esas dos niñas enclenques y sonrientes, corren hacia Celia. La aparición de las dos criaturas la hace salir de su ensimismamiento.
Hay miradas que matan.
Otras, apaciguan.
Las de las dos niñas le dicen: “Ven con nosotras. Te necesitamos. Ayúdanos”. Celia siente una insoportable compasión maternal por aquellas escuálidas almas inocentes, y deja de sentir frío.
De repente, la señal que Celia estaba esperando, llega en forma de mensaje rotundo, lúcido y simple a la vez:
Celia descubre que, al igual que el agua sigue su camino, la vida continúa.
A su alrededor, todo es destrucción. Pero de las manos de la divina impasible sigue brotando agua. La plenitud se refleja en su nobleza, a pesar de haber sido testigo de la maldad humana. La fuente, custodiada por la estatua, se mantiene incomprensiblemente intacta después de un ataque despiadado, y continúa realizando su trabajo como si nada hubiera cambiado en el pueblo.
La solidez de la estatua infunde fuerzas a Celia. La ternura de las niñas da sentido a su futuro. Instintivamente, el agua le da un ejemplo a seguir, al que se aferra con desesperada esperanza. Aunque se le escape por entre las manos.
Celia sonríe por primera vez en mucho tiempo.
Antes de abandonar la plaza del pueblo en compañía de las dos niñas para seguir el curso de sus existencias como el río lo hace por su cauce, Celia le da a sus propias manos forma de cuenco; las llena del agua vertida por la dama blanca.
Un agua llena de futuro…
Celia echa una mirada, la definitiva, a la fuente, y bebe en silencio.
Y, por fin, en paz.