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Grandal Martín, Ana (J.B.)

Alimento básico



Alimento básico

por J.B.            Esto lo explica todo, pero ya es demasiado tarde. En realidad, los indicios estaban ahí, pero no pude verlos. O no supe interpretarlos, esta realidad es tan grotesca que, ni aún en mis sueños más descabellados, me podía imaginar lo que había detrás del comportamiento de Antonio. Como en una pesadilla, los acontecimientos de las últimas semanas me martillean la cabeza y comprendo, por fin, la razón de mi presencia aquí.

* * * * *            Antonio está rarísimo y no sé por qué. No se parece en nada al chico charlatán y dicharachero que siempre he conocido, me tiene preocupada. Ni siquiera cuando abrimos el bufete se puso nervioso, al contrario, con su optimismo disipaba el agobio que me embargaba el año pasado, y eso que no quise contarle todo lo que había pasado con Felipe porque, además del asunto de la apertura de nuestro propio negocio, me acababa de quedar compuesta y sin novio. Quizás tendríamos que tener un poco más de intimidad, Antonio y yo; somos amigos, sí, desde la facultad, y hasta nos hemos embarcado en esta aventura laboral, con la confianza total en nuestras respectivas capacidades profesionales. Somos unos abogados competentes y lo estamos demostrando, pero precisamente esto es lo que más me inquieta. Se le ve agobiado, malhumorado, le noto como distanciado de su trabajo; y eso no nos lo podemos permitir. Ahora, no.            -Conchi, la declaración del 2003 de Empresas Herrero no está en el expediente.            -Ya, te la dejé encima de tu mesa esta mañana.            -Sí, tienes razón, perdona.            Y otra vez repite ese gesto: mesarse el pelo hacia atrás, como si con la gomina no fuera suficiente. últimamente lo ensaya cada dos por tres, en un ademán obsesivo.  No sé, siempre ha sido concienzudo en todo lo que hace y confío en que siga en la misma trayectoria. Pero aún me resisto a preguntarle qué es lo que le pasa exactamente.

* * * * *            Creo que ya sé el motivo de su desasosiego. Hace tiempo que no comenta nada de sus conquistas. No ha debido de comerse un rosco desde el verano, por lo menos, y eso es toda una novedad. Me acuerdo de que cada vez que ligaba no podía contener sus ansias de comentarlo, se entusiasmaba con la chica o el chico de turno, porque Antonio le da a todos los palos, lo cual ponía un poco nervioso a Felipe al principio, pero luego se acostumbró y nos partíamos de risa cuando nos describía, extasiado, las bondades de su nueva pareja: "¡Qué muslos más suculentos!", decía, o "¡Qué culito más apetitoso!", "¡Me encantan sus caderas, me las comería a bocados!". Era como un crío con un pastel de cumpleaños para él solito.

Sin embargo, casi nunca les llegábamos a conocer. Toda su desbordada euforia se disipaba, se esfumaba como por arte de magia a los dos meses, aproximadamente. Entonces era como si el amante en cuestión nunca hubiera existido, ni siquiera volvía a pronunciar su nombre, aun cuando le preguntáramos: "Bah, ya estoy empachado".

En unas cuantas ocasiones coincidimos con él y su eventual pareja en algún bar, tomando unas copas. Invariablemente, el acompañante de Antonio quitaba el aliento, un primor con un armazón escultural, como recién salido del mismísimo Olimpo. Claro que Antonio no les desmerecía en absoluto, tan alto y bien plantado, y encima con esa labia que, a poco que te descuides, te enreda en los jolgorios más disparatados. Nunca le envidié, no; a pesar de ser bajita y avergonzarme continuamente de mi encrespada melena indomable, yo tenía a Felipe, mi futuro marido de toda la vida, con el que me unían lazos más indestructibles que todos sus líos pasajeros juntos. O eso creía yo. La versión oficial es que, en el último momento, tuvo miedo al compromiso; y la extraoficial, en realidad, ni yo misma la sé. Me quedé tan perpleja que acepté su justificación sin rechistar, y eso fue lo que le conté a todo el mundo. Pero desde entonces en el pecho me ha fraguado un monolito de hormigón, que a veces extiende tentáculos por brazos y piernas, paralizando la sangre y los músculos; aunque aún es peor cuando se introduce por los recovecos de mi mente, y me deja inerme, blanda e indefensa. No debería haber dejado crecer esta mole granítica dentro de mí; tan sólo pensar en su demolición me causa un profundo agotamiento.

Bueno, esto ya es el colmo. En cuanto suba de tomarse el café le pido explicaciones.

-Antonio, esto estaba en tu despacho.

-Eh...

-¿Eh, qué? Son folletos de agencias de viajes. ¿No se te ocurre nada más que decir?

-Pues, me los dieron, sí.

-Te los dieron, claro, y te has entretenido subrayando fechas y horarios para ir a Papúa-Nueva Guinea. ¡Y deja ya de aplastarte el pelo, que me pones nerviosa! De verdad, no sé en qué estas pensando, Antonio, ahora que estamos a fin de año y están todos los clientes como locos para que les cuadremos las facturas. Porque si aún me dijeras que quieres hacerte una escapadita a... Mallorca, por ejemplo, que está aquí al lado, ¡pero nada menos que a Papúa-Nueva Guinea! ¿Qué pasa, que no has encontrado otro sitio más lejos? Mira, no sé qué te pasa ni tampoco es asunto mío, pero algo gordo tendrá que ser cuando te quieres ir a la otra punta del mundo, y lo peor de todo es que ni siquiera te importa todo el follón que me dejarías a mí.

-Conchi, ya sabes el valor que le doy a este despacho, y bajo ningún concepto me gustaría que pensases que no me preocupo lo suficiente de ti y de tu parte...

-Pues si aún estás a tiempo, anula este viaje.

-...pero también esto es necesario para mí.

-Antonio, me parece muy bien que te vayas de vacaciones pero no ahora, no tan lejos. Piénsalo bien, por favor.

Nunca le había visto ese rictus de amargura, parece como si su decisión le estuviera costando un esfuerzo sobrehumano, quebrantando un impulso que, por lo que se ve, es prácticamente irrefrenable: una gota de sudor se le ha colado por el rabillo del ojo, cierra los párpados y, al cabo, vuelve a sumergir su oscura mirada en mí.

-De acuerdo, lo anulo y no se hable más del asunto. Volvamos al trabajo, anda.

No me gusta, no me gusta nada todo esto. Ojalá pudiera ayudarle de algún modo, pero me frena el hecho de inmiscuirme en lo que, a todas luces, parece un problema de índole privada. Además, qué mierda puedo decirle yo, si ni siquiera pude contarle el episodio más devastador de mi propia vida, más allá de esa estúpida excusa que ni yo misma me creo.

* * * * *

¿Y esta mujer, quién será?

-Pase. ¿En qué puede ayudarla?

-Vengo a ver a Antonio.

Qué raro, no me ha comentado nada acerca de un cliente nuevo. Porque no se le habrá ocurrido citarse aquí con alguna de sus amiguitas.

-Soy Conchi, su asociada. ¿Le podría atender yo?

-No, bonita, vengo a verle a él personalmente.

Pues sí se le ha ocurrido, sí. Aunque ésta no parece dar la talla, conociendo las exigencias de Antonio. Será muy alta y muy rubia, pero ese jersey fucsia tan fino que lleva no puede ocultar los temblores de la piel colgante de los brazos, ni los rollizos flotadores alrededor de las caderas: una verdadera fondona. Con ese brillo amarillento en los ojos... ¡y encima fuma! No tiene nada que ver con sus compañías habituales, unos portentos de salud y apostura.

-Pase por aquí, por favor.

Me parece que Antonio no se ha percatado de la mirada asesina que le he echado cuando la he dejado pasar al interior de su despacho, tan ocupado estaba en devorarla con los ojos. Es evidente que esto no puede seguir así, estoy más que harta. Voy a seguir con los resúmenes del IVA, no quiero saber nada de todo este asunto.

Pero, ¿qué es esa especie de aullido? ¿Es miedo, sorpresa, dolor? ¿Adónde va esta señora corriendo? Se tapa media cara con la mano, pero lo que le asoma entre los dedos no puede ser sangre.

-¡Oiga, se deja el abrigo!

Ni me ha oído, ha salido por la puerta como alma que lleva el diablo.

-Antonio, ¿qué ha pasado?

-Nada, nada, una tontería. Ahora vuelvo.

Otro que se va. Estoy temblando, aunque la calefacción está a tope. ¿Qué ha pasado? No estoy segura de lo que acabo de ver y escuchar, esto es inaudito, no tiene sentido. Algo ha tenido que suceder en su oficina, pero no alcanzo a imaginarme el qué. No quiero ni pensar en la mirada de ella, jamás había visto a nadie tan espantado. Pero Antonio... no, no, le conozco, es imposible que él... Tiene que haber una explicación racional. ¿En qué cabeza cabe citarse aquí con nadie? Me va a oír, esta vez de verdad. ¿Y dónde se habrá metido este hombre?

Esta ya es la decimoquinta vez que miro el reloj; ha pasado más de una hora y nada, que no aparece. ¡Espera, oigo el ruido de la puerta!

-Conchi, te debo una disculpa.

Pobrecillo, está tan avergonzado como si le hubieran pillado robando caramelos. -Me tenías preocupada. ¿Dónde estabas? ¿Quién era esa mujer? ¿Y esos gritos?

-No sé qué decir, en realidad, no la conozco lo suficiente. Estábamos tonteando, y yo jugueteaba con su cadenilla de oro y...

-¡Tonteando! ¡Pero cómo se te ha pasado por la mente traer a nadie aquí!

-Me he precipitado, lo sé. Siempre le he dado más tiempo a estas cosas...

-¡Pero mírame cuando te hablo, carajo!- No he podido evitar zarandearle el brazo, pero este gesto ha tenido un efecto fulminante. Es como si despertara de un trance; recompone su figura, alza el mentón, y contemplándome desde su altura, que casi roza los dos metros, me aparta unos bucles de la cara.

-Tranquila, Conchi, te juro que esto jamás volverá a pasar. Nunca más con desconocidos.

-Ojala sea cierto. Mira, yo no soy quién para decirte nada, pero quizás deberías pensar en sentar un poco la cabeza, no sé, así no puedes seguir.

-Tienes toda la razón.

-Menudo truhán estás hecho-. Vamos a ver si arreglamos las cosas de una vez por todas. -¿Hacemos las paces con un café en el bar de la esquina?

-Me parece la mejor idea que se puede tener a las... humm,- se levanta con brusquedad el puño de su traje azulón, como tantas veces le he visto hacer, -...once y media de la mañana. Pero invito yo, ¿vale?-, y me sonríe. Siempre me ha gustado su voz, profunda y cálida, perturbadoramente tentadora e hipnotizante, pero al mismo tiempo transmisora de sosiego y confianza.

-Bueno, y a cambio no te echo la bronca. Pero cuando subamos te pienso endosar el expediente de Rivas S.A. como castigo por tus malos actos.

-Ay, con lo buena que pareces...

* * * * *

-¿Otro ramo de rosas?

-Nada es suficiente para mi abogada favorita.

-Pero es que ya no me queda sitio donde ponerlo.

-Aquí viene la segunda parte-, me entrega un paquete envuelto en papel dorado con un gran lazo verde.

-¡Oh, qué jarrón tan divino!

-Auténtica porcelana japonesa. Es todo delicadeza y estilo, ¿verdad? Ya puedes deshacerte del adefesio ese, recuerdo de Torremolinos.

-Sí, debería tirar otros recuerdos más a la basura.

Qué atento está últimamente conmigo, no para de traerme flores, bombones y esas cositas que él sabe que me gustan. El otro día hasta se ofreció a hacer la contabilidad del mes por mí, una tarea aborrecible y pesadísima. Con todos estos detalles y zalamerías quiere hacerse perdonar los estragos que ha provocado en el bufete y en mí durante los meses pasados. Lo cierto es que ahora está rindiendo como nunca en el trabajo y, por lo que a mí respecta, está encantador. Todo ha vuelto a la normalidad. O casi.

Advierto más intensidad, más urgencia en él que de costumbre: los regalitos, sus palabras, a veces tan arrebatadoras… Creo entrever un intento de enamoramiento por su parte, lo cual me deja un poso de perplejidad, confusión y orgullo. Sin yo quererlo noto mi pecho agrietarse, resquebrajarse, liberando una tibieza largamente escondida en mis entrañas.

-Conchi, te comunico que el sábado por la noche lo tienes ocupado.

-¿Y eso?

-Porque te voy a invitar a cenar a mi apartamento.

Vaya, esto sí que es especial. Parece increíble, pero que yo recuerde, no he estado nunca en su casa, más que el día aquel en que le ayudamos a hacer la mudanza. Guardo las imágenes de un pisito más o menos espacioso, en una zona tranquila, relativamente cerca del centro; me acuerdo de que no nos costó nada aparcar.

-Oye, ¿quieres que lleve algo?

-Sólo a ti.

* * * * *

A mi pesar, reconozco que estoy nerviosa. Más que nerviosa, emocionada. Me he pasado toda la tarde eligiendo lo que iba a ponerme, probándome vestidos como una adolescente indecisa ante su primera cita. Y es que ni sé cuándo me pasó una cosa así por última vez. Qué tonta, cualquiera diría que voy a visitar a un extraño; Antonio es prácticamente como un hermano para mí, aunque ahora esos sentimientos casi me suenan a una suerte de incesto. Bueno, pues aquí estoy.

-¡Qué guapa! Pasa, pasa a mi humilde hogar.

-Tanto como humilde...- Qué casa más coqueta, se ve que tiene buen gusto. Caray, nunca me hubiera imaginado que a Antonio le va la decoración étnica, qué maravilla de ídolos, máscaras y armas primitivas. Oh, ha puesto la mesa y todo.

-Tengo cava enfriando en la nevera. ¿Te apetece?

-Sí, claro.

-Siéntate en el diván, ahora vengo.

Estas burbujitas siempre me han dado la risa; claro que la conversación de Antonio es de todo menos aburrida. No sé si serán imaginaciones mías, pero me mira y parece relamerse de anticipación. Con él todo parece tan fácil, es como un dejarse llevar... Ay, no puede ser que me esté entrando la somnolencia ahora; claro, si es que no estoy acostumbrada a beber. Debería meter algo en el estómago para que se me pase un poco el mareo.

-Podríamos empezar a cenar ya, Antonio.

-Sí, yo también empiezo a notar un ansia gástrica. Me voy a poner mi camisa de cocinero; y tú no te muevas de aquí...- Como quien no quiere la cosa, me acaricia levemente el cabello.

¿La camisa de cocinero? ¿Es que aún no está preparada la cena? Ya me parecía raro no oler a comida nada más entrar. Me imaginé que preparía cordero al horno, o quizás un estofado de ternera; jamás le he visto comer otra cosa que no sea carne. Siempre se ha caracterizado por el desprecio más absoluto al mundo vegetal. Bueno, a lo mejor se ha decantado por una cena fría, con patés, pavo o fiambre. Voy a curiosear un poco por la cocina...

Por eso se compró esta casa Antonio, él mismo me lo contó: en esta gigantesca cocina podría levantarse una tienda de campaña para cuatro personas. Aunque esa mesa tan amplia de mármol no me suena, la ha debido de instalar después, hasta cabría una persona estirada encima; el libro que hay sobre ella, aunque se ve que es grueso, parece de bolsillo, rodeado por esa extensión tan blanca y pulida. ¿Será un libro de cocina?

"Antropofagia: mitos y realidades". Abro las tapas y un universo de horrores se despliega ante mí. Cuando llego a la parte dedicada a Papúa-Nueva Guinea, donde leo que aún hay tribus que continúan desarrollando estas prácticas nauseabundas, apenas advierto la sorpresa de volver a oír hablar de este rincón remoto del globo en menos de dos meses. Al final del tomo, hasta te obsequian con algunas recetas fáciles de preparar... De pronto, todo cobra sentido y empiezo a integrar sus aventuras, el alarido de esa mujer, su peculiar dieta y este convite. Como si un velo se rasgara en mi mente, una certeza comienza a brillar con una intensidad abrumadora: la cena soy yo.

Liberad al Minotauro



Aquello era inaudito. En el ágora de Heraklion, abarrotada, se extendió un silencio asombrado.

La comitiva acababa de entrar en la amplia plaza, precedida por los acordes de pífanos y sistros. Tras los músicos aparecieron el rey Minos y su hija Ariadna, que, como era costumbre, habían acudido a recibir a los barcos llegados de Atenas con su cargamento de catorce jóvenes, siete varones y siete muchachas, tributo anual de la ciudad ática al poderoso monarca de Creta. Éstos caminaban detrás, en ordenada fila, cuando uno de ellos, el de barba rubia y ojos determinados, se desmarcó del grupo, encaramándose a un bloque de piedra que se alzaba junto al recorrido. Acto seguido, el resto de los atenienses se arracimaron entorno a él, las cabezas alzadas en actitud desafiante. Fue una maniobra tan desconcertante que nadie movió un músculo, congelados en su estupor.

Entonces, desde la altura de su improvisada tribuna, el joven tomó la palabra: - ¡Ciudadanos y ciudadanas cretenses! Mi nombre es Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, y he venido como portavoz de un movimiento que cada vez cobra más fuerza en mi ciudad. En esta misma isla se está produciendo una situación de injusticia intolerable: un ser, cuya única falta es haber nacido distinto al resto del género humano, está siendo retenido, contra su voluntad y de por vida, en un angustioso laberinto por un gobernante que proclama su pretendida justicia por todo el Mediterráneo. El rey Minos, que tantas veces nos ha dado pruebas de su ecuanimidad y sentimiento popular, sin embargo se muestra fanático en el tratamiento que otorga al Minotauro, obligando a una criatura sensible e inteligente a pasar el resto de sus días en un aislamiento brutal, impidiendo que se desarrolle como sujeto y que sea dueño de sus propios actos. No podemos permanecer impasibles ante este atropello injustificado, esta manifestación de fuerza coercitiva; todos los que creemos en la libertad debemos unir nuestras voces para exigir el excarcelamiento de nuestro hermano oprimido. ¡Liberad al Minotauro!

- ¡Liberad al Minotauro, liberad al Minotauro! - un coro se elevó a sus pies y catorce puños se agitaron en el aire.

Ariadna fue la primera en reaccionar. Se acercó al grupo vociferante, la cara roja de ira, las finas cejas arrebujadas entre sus ojos celestes.

- ¡Cómo te atreves a hablar así de mi padre! ¿Conceder derechos al Minotauro, dices? Esa bestia, mitad toro, mitad hombre, es un monstruo que se alimenta de carne humana, un peligro para todos los habitantes de Heraklion y de Creta. El rey únicamente está protegiendo a su pueblo de los ataques de esa fiera abominable. Y tú, Teseo, - apuntó el dedo índice directamente a su rostro, - no eres más que un cobarde que te niegas a enfrentar tu propio destino, pues todos sabemos bien que pronto acabarás en el estómago de ese demonio; para eso os traemos cada año.

Teseo la miró estupefacto; abrió la boca y tomó aire, pero en ese momento, Minos bramó: - ¡Basta! ¡Ni una palabra más! ¡Soldados, a ellos!

Hombres armados se abalanzaron sobre Teseo y sus compañeros. En el tumulto, el ateniense pudo zafarse durante un momento de sus agresores y agarró el brazo de Ariadna. - ¿Es que no sabes por qué estamos aquí? ¡Pregunta a Dédalo! - Un brazo musculoso surgió detrás de su cuerpo y le agarró por el cuello, arrastrándole hacia los demás. La joven aún pudo distinguir su voz ahogada, que repetía: - ¡Pregunta a Dédalo! ¡Pregunta a Dédalo!

*  *  *  *  *            El sol caía a plomo sobre el vallecito cubierto de olivos y pinos que saturaban el aire con un pesado olor a aceite y resina, mientras las chicharras chirriaban enloquecidas. Pero dentro del palacio de Knossos, en el pasillo donde Ariadna conversaba con un hombre maduro de pelo ralo entre columnas de fuste granate y capitel de ébano, reinaba un frescor que impedía pensar en el intenso estío del exterior.            - Pero, Dédalo ¡entonces tú lo sabías!            El hombre movió la cabeza con tristeza. - Soy la única persona en toda la isla que conoce la verdad. Tiene que ser así, fui yo quien proyectó el laberinto.            Ariadna paseaba con pasos cortos, mirando al suelo. - No puedo creer lo que me estás diciendo. No es posible que mi padre sea tan cruel.            Dédalo suspiró. - El universo de los sentimientos es tan complejo como mi diseño de la morada del Minotauro. Tu padre nunca pudo perdonar a Pasifae su infidelidad, aunque fuera con el mismísimo Zeus. Es cierto, el fruto de aquellos amores no es responsable de nada, pero Minos es un hombre herido y, como el resto de los mortales en esa situación, no atiende a las razones más elementales.            - No le justifiques -, siseó con ira la joven. - Es mi hermano, por Hera, mi propio hermano -. El pasillo se asomaba a uno de los innumerables patios del intrincado complejo palaciego. Ariadna asió la balconada y dejó caer la mirada hacia los niveles inferiores. - Cómo pudo engañarme de esa manera... - Con las palmas abiertas golpeó rabiosa el murete. - ¡Y no sólo a mí, sino a toda la isla! - Se volvió hacia Dédalo con ojos eléctricos. - Se ha aprovechado del miedo de los cretenses, miedo que, por otra parte, él mismo se ha encargado de fomentar y dirigir, para respaldar su innoble acción. Nos ha tenido aterrorizados por un horror que no existe; sólo los dirigentes más abyectos utilizan unas tácticas tan retorcidas para unos fines tan bajos. Ningún ateniense ha sido sacrificado, sólo venían a hacerle compañía a mi pobre hermano. ¡Ay, con razón Teseo se asombró en el ágora cuando le increpé! -            Dédalo se acercó a ella y le posó con dulzura la mano en el hombro. - ¡Qué podía saber él! Un mes antes de que cumpla el año desde la llegada de los jóvenes entro en el laberinto por una entrada secreta que sólo yo conozco y por la noche, sigilosamente, les hago salir y les embarco de nuevo a Atenas. Muchos vuelven con pena, pues acaban entablando una verdadera amistad con el Minotauro, después de compartir con él tantos días de encuentros musicales, recitales de poesía y obras de teatro dirigidas y escenificadas por los visitantes y el anfitrión. ¡Qué carne humana, ni qué pamplinas! ¡Calor humano, eso es lo que necesita el cautivo!            Ariadna levantó el brazo y asió con fuerza la mano del hombre. - Luego Teseo tenía razón. Le ayudaré; no sólo por el lazo que acabo de descubrir y que me une al prisionero, sino porque es justo que el pueblo sepa la verdad, que se desvanezca esta odiosa mentira. El rey nos debe una explicación, a ellos y a mí, y cada uno debe exigírsela desde el lugar que le corresponde: yo misma desde palacio, con las razones y argumentos que tan bien he aprendido asistiendo a sus imparciales juicios, y los cretenses desde la calle, que mi padre oiga su clamor de indignación desde las puertas mismas de este palacio de Knossos. Alguien debe tirar del hilo que desembrolle esta madeja y, para mí, será todo un honor.

*  *  *  *  *            - ¿Me estás escuchando, hija mía?            - Lo siento, padre -, Ariadna volvió la cabeza hacia el rey, pero al igual que la multitud de personas que se agolpaban entorno al gran patio central de Knossos, no podía evitar interrumpir la conversación cada pocos segundos para dirigir la vista hacia la alta abertura del corredor del propileo norte.            La expectación era evidente. Toda Heraklion aguardaba en la periferia del inmenso espacio ceremonial, mientras Minos y su hija presidían la escena desde un mirador columnado que se abría en el flanco del este. De pronto, una figura barbada se recortó en la oscuridad del propileo y avanzó hacia el centro de la explanada.            - ¡Hermanos y hermanas cretenses! -, Teseo, con los brazos en cruz, se dirigió a la multitud. Bajó el brazo derecho y se giró. - Minos, Ariadna... Hoy es un gran día que será recordado por todos aquellos que luchan por la dignidad universal, pues se ha hecho justicia; una justicia anhelada que, si bien brotó lejos de esta isla, ha tenido a sus adalides más ardientes aquí, entre las gentes de Heraklion, que durante días reclamaron a su rey respuestas ante un hecho que claramente les había sido ocultado. De todos es sabido que cuando el pueblo habla, su voz es potente y arrolladora; por eso nunca debemos olvidar que juntos somos una fuerza imparable que demanda ser escuchada, pues en nuestras reivindicaciones anida un verdadero sentimiento de integridad que los poderosos tienen el deber de acatar -. Aplausos y gritos de entusiasmo surgieron espontáneos, coloreando la plaza de una intensa emoción.

Cuando las voces se calmaron, Teseo prosiguió. - Pero no debemos olvidar a quien también luchó por el fin de este encarcelamiento ignominioso; Ariadna, - los ojos de ambos jóvenes se encontraron, - quien, con hábiles palabras, apeló a sentimientos fraternales que no sólo la vinculan a ella misma con el rehén, sino que también conciernen a todos los seres conscientes que tienen derecho a una vida digna -, de nuevo se escucharon vítores ensordecedores.

Teseo cabeceó en dirección al rey. - Minos, una vez más, no nos ha decepcionado, demostrando ser un hombre sabio; ha sabido atender a aquellos cuyas razones no admiten rebate, cuyos principios están fuera de toda duda. El Minotauro, pues, es libre. Él mismo lo confirmará -, y miró hacia el norte.

Todas las bocas enmudecieron. Lentamente, entre las sombras, se fue distinguiendo una silueta imposible: una recia testuz coronada por dos astas marfileñas y cubierta de un sedoso pelo zaino, los belfos húmedos del aliento exhalado, y ojos mansos aunque con un destello inteligente, el cuerpo de hombre bien proporcionado, sólo cubierto por una breve falda de lino blanco atada a la cintura. El Minotauro se acercó a Teseo y habló con voz profunda y aterciopelada.

- No estoy acostumbrado a dirigirme a tanta gente, y tampoco hay palabras para expresar mi infinita gratitud. Tan sólo espero que mi presencia hoy aquí traiga calor a vuestros corazones, porque es la merecida recompensa a la lucha que emprendisteis.

Ariadna se asomó desde el balcón. - Hermano ¿qué vas a hacer ahora?

El Minotauro sacudió una oreja, como si un moscardón le estuviera importunando. - Esta isla ha constituido mi encierro durante muchos años, necesito saborear otros aires y texturas. He oído que hacia poniente hay un territorio poblado por grandes uros, esos inmensos bóvidos, los últimos de su especie. Creo que me dirigiré hacia allí, intuyo que tenemos muchas cosas que compartir. Además, debe ser una tierra muy especial, pues su forma se asemeja a la piel de un toro secándose al sol...

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