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Sivak, Analía (Eraso 20)

El mundo de los Juanes



             Aunque son densas, las lágrimas de María no hacen ruido al caer. Son el único movimiento en el segundo piso de la calle Quinteros 565. Nada ni nadie más se mueve. Nada se oye. Son silenciosamente tristes al resbalar del ojo a la mejilla y de la mejilla hasta los labios y desde los labios sólo algunas hasta el piso de madera. María está sentada en el suelo desde que volvió. Mira la pared que no ve. Las lágrimas se acumulan hasta cegarla. No pestañea. Por hoy, ya vio demasiado. Las que llegan al suelo arman formas extrañas sobre los listones de madera.            ¿Y si nos mudamos? Es la primera pregunta que puede empezar a formularse racionalmente. Pero sabe que es una pregunta tonta, que algo ya cambió irreversiblemente aunque se vayan de esa casa y que otro algo no cambiará nunca aunque se muden incluso a otro país. ¿Y si deja a Juan?            Juan –el hombre que ama ¿o el que amó?– nunca había querido cambiar la alfombra del dormitorio. ¿Es que Juan, su Juan, sabía lo que había debajo? Su argumento para no cambiarla era que no le molestaba esa suciedad gris o que ya empezaba a no verla. Pero para María eran demasiadas las gotas rutinarias de café con leche que rodeaban la cama y esas marcas de migas perdidas en el tiempo. Manchas indelebles que no había podido sacar aunque las había frotado varias veces.            Entonces esta mañana María había decidido sacar la alfombra. No tenía que trabajar en la semana y quería aprovechar hasta el viernes para hacer el cambio. En dos días podría despegarla entera y luego haría el piso, esta vez de madera como el resto de la casa o con alguna alfombra de algún color más oscuro. Mientras tanto, dormirían algunas noches en el cuarto que usaban de escritorio. Juan se enojaría al principio, pero María iba a saber cómo convencerlo de que era una gran idea y cómo hacerlo reír al principio y que se olvidara del enojo después y sabía que terminarían en la cama más tarde, aunque la cama estuviera en el escritorio y la casa hecha un desastre.            Esta mañana, cuando Juan le dio un beso apurado y salió para el trabajo, María vació el cuarto y dejó los muebles en el pasillo. Le gustaba ver su dormitorio de esa manera que de golpe parecía mucho más grande y por un momento recordó cómo había sido aquel lugar cuando recién se habían mudado juntos y sólo había un colchón en el suelo y un portarretratos del lado izquierdo con una foto de los dos.            Repasó con una navaja la unión del zócalo y la alfombra mientras tarareaba las canciones que se oían en la radio. La alfombra era dura y los bordes deshilachados que se desprendían se enredaban en la navaja. Hizo fuerza hacia su cuerpo reclinado sobre el zócalo y en un descuido se cortó la rodilla. Se había cortado el pantalón y la piel. Sangró poco, se limpió apenas con la mano y siguió sin preocuparse por la pequeña herida. Dejó la navaja al terminar y con un destornillador hizo fuerza en una esquina del dormitorio para levantar la alfombra. Empezó a tirar para despegarla. Se despegaba más fácil de lo que había imaginado. Se miró la mancha oscura de sangre que le había quedado en el pantalón y siguió tirando. Volvió a tararear la nueva canción que empezaba en la radio.            Siguió levantando la alfombra tironeando bruscamente con las dos manos hasta que llegó al centro del dormitorio. Vio algo. Dejó de cantar. Dejó de moverse por un instante. Parecía una pequeña puerta en el suelo. Recobró el movimiento tosco al que se vuelve después de un susto y con las dos manos sacó el polvo que había y algunos trozos de pegamento que ocultaban aquello. Era una puerta. Tenía el borde delimitado claramente y dos pequeños agujeros que debían estar ahí para quien quisiera poner la mano y levantarla. Sacó más polvo y pudo leer lo que estaba tallado en aquel rectángulo: “Hacia el mundo de los Juanes”.            No lo dudó. Colocó sus dedos en los agujeros de la puerta y la levantó. Hacia abajo había oscuridad. Un pozo infinito que la absorbía y espantaba al mismo tiempo. El vacío en el que podría encontrar cualquier cosa o la nada misma. Se arrimó. Con la luz del dormitorio pudo ver a un costado del pozo una escalera. Fue metiéndose dentro del agujero para empezar a bajar. Era una escalera recta apoyada contra la pared del pozo. María colocaba lentamente un pie en un escalón y luego en otro, las hojotas le molestaban, bajaba de espaldas, se sostenía con las manos a las vigas frías. La música y la luz iban quedando cada vez más lejos.            Bajó varios escalones y miró hacia arriba. Había ya silencio en el pozo y la luz de su dormitorio estaba demasiado alta para iluminar. Sólo pudo ver que la pequeña puerta seguía abierta. Bajó más y dejó de ver. Sus ojos le dolieron al intentar buscar algún punto de referencia en tanto negro que la rodeaba. Bajó más. Oía el roce de su cuerpo en la escalera. Olía la humedad del pozo y su propia transpiración. Mantenía tensos los dedos de los pies para no perder las hojotas. Siguió bajando hasta que volvió a distinguir una forma allá abajo y se apuró hasta alcanzar lo más profundo.            La escalera ahora bordeaba un edificio. María no entendía. Tenía la cara fruncida por la luz y por la sorpresa. Terminó de bajar la escalera y se encontró en una calle que no conocía en una ciudad que veía por primera vez. Miró hacia todos lados. El lugar parecía vacío. Tuvo frío. ¿Era invierno en aquel lugar? Se río, de los nervios, de su pregunta tonta. Empezó a caminar. Miró atenta el lugar para acordarse por donde volver.            Caminó sobre veredas cubiertas de hojas secas, observaba los árboles secos y los edificios bajos y no entendía cómo podía haber llegado de una manera tan extraña a un lugar tan común. A lo lejos vio una figura cruzando la calle y le pareció que era Juan. Sonrió por su ocurrencia, imposible que Juan estuviera ahí.            A los pocos pasos vio salir desde un edificio a un chico en bicicleta. Tenía en la mirada esa alegría y responsabilidad de quien empieza a creerse adulto, aunque apenas fuera por una bicicleta nueva. María imaginó que así habría sido Juan, así habría pedaleado su primera bicicleta, así habría reclinado su cuerpo entusiasmado sobre el manubrio, así le habría dicho “permiso señora” a cualquier mujer de treinta, así como le dijo a María casi sin mirarla cuando pasó a su lado.            Vio alejarse al chico de la bicicleta y decidió buscar a alguien para preguntar. Las calles estaban desiertas. A los pocos pasos descubrió una farmacia y entró. Al atravesar la puerta tuvo un reflejo automático de querer darse la vuelta y salir corriendo, pero ya era tarde para huir.            María estaba con su pantalón negro de dormir, una remera ajustada al cuerpo, unas hojotas con las que no salía a la calle, tenía el pelo revuelto, la cara todavía con rastros de sueño –y ahora también de sorpresa–, de pie en la puerta de la farmacia. El susto la había sacudido y por primera vez en toda la mañana intentó comprender dónde estaba y a la vez no podía pensar del susto y miraba fijamente al hombre detrás del mostrador.            –¿Juan? –Fue lo único que le pudo decir.            –Dígame –contestó el hombre con la cortesía que debería atender a todos sus clientes.            –¿Juan?            –Sí señora, ¿qué necesita?            María iba a decir algo más, quizá hubiera vuelto a insistir con su pregunta (¿Juan?) pero ya no pudo hablar. El hombre que tenía delante la miraba como Juan. Era su cara, su cuerpo, su manera de mover los labios, su inclinación de los hombros al hablar, su pausa entre cada palabra. Sin embargo, no era Juan.            María giró lentamente para irse, como si ya no pudiera oír, como si no pudiera contestar, como si no estuviera viendo, ni sintiendo, como si todo lo exterior ya no pudiera percibirlo. Se detuvo un instante antes de salir. Luego empujó la puerta y salió de la farmacia.            Caminó sin sentir las hojas secas a sus pies. Avanzó lento sin importarle hacia dónde. Recordaba, comparaba, buscaba imágenes pasadas que le permitieran entender lo que estaba viviendo. Perdida en sus pensamientos de golpe chocó con alguien. Otro Juan. Se dijeron “perdón” mutuamente, él siguió caminando y María se giró para verlo alejarse. La misma distancia corta entre paso y paso, el mismo movimiento del cuello hacia adelante como si quisiera ganarle al resto del cuerpo, la misma velocidad ansiosa, la misma necesidad de caminar en un aparente zigzag y no en línea recta. ¿Por qué había creído que su Juan era único? Cruzó la calle distraída y un auto frenó bruscamente pero María no se animó a ver quién manejaba. Fue lentificando cada vez más sus movimientos hasta que se detuvo completamente y ya no pudo escapar de la pregunta que más la atormentaba: ¿por qué había elegido a su Juan si había tantos otros iguales a él?            Vio un bar adelante y se apuró a entrar. El mozo le preguntó que quería y ya no le sorprendió que tuviera el mismo tono áspero de voz. Supo que cuando el mozo volviera a su casa le diría a su mujer “Estoy acá” alargando la “a” y la buscaría para abrazarla aunque sólo un rato más tarde, y ya descalzo, le daría un beso. El mozo esperaba una respuesta, María lo miraba con los ojos bien abiertos y de golpe los abrió aún más. Otro pensamiento la había sobresaltado: ¿existiría también un mundo de las Marías? Y María se rió de su propia pregunta, de los nervios, de la necesidad bestial de encontrar respuestas. Pidió una botella de agua.            En la barra había otros tres Juanes. El mayor hablaba fuerte, hacía esa especie de círculos con su mano derecha al hablar, contaba una historia de un perro y teorizaba sobre los perros, como le gustaban teorizar a Juan mientras hablaba de la vida. Si hubiera sido su Juan, María le hubiera discutido que no todo se podía calcular, y hubieran seguido varias horas discutiendo sobre números, incapacidad de sistematizar absolutamente todo y sorpresas del destino. Los otros dos Juanes en la barra tenían veinte años y esa mirada curiosa que Juan había tenido cuando conoció a María y que un día hacía poco había perdido. Mirándolos, María recordó el día en que conoció al suyo. Estaba en una fiesta, también lo había visto hablar desde lejos y mientras lo observaba, aunque la luz era tenue, María creyó que estaba descubriendo a un hombre único.            El mozo volvió y dejó un vaso y la botella de agua en la mesa. María le dijo “gracias” y él contestó con un movimiento de cabeza pero sin palabras, en un gesto que ella conocía bien. Dejó un billete en la mesa y salió del bar.            Quería encontrar la escalera para subir. Caminaba lento, como aquellas personas a las que una desgracia descarriló del tiempo de un día normal. Había silencio en la calle, pero María fruncía la cara como si estuvieran gritándole al oído. La aturdían sus propios pensamientos: ¿Podría seguir amando a su Juan ahora que sabía que había tantos otros como él? ¿Es que acaso podría haber encontrado aquello que la enamoró de su Juan en cualquiera de los otros?            Llegó a la escalera. Empezó a subir. El mundo de los Juanes iba quedando abajo y María tuvo miedo cuando llegó al tramo oscuro. Siguió subiendo. La pequeña puerta arriba todavía estaba abierta. La música seguía sonando en la radio. Llegó a su cuarto. Cerró la pequeña puerta. La cubrió con la alfombra. Bajó completamente el volumen del equipo de música. Se sentó en el suelo, se apoyó en el marco de la puerta. Miró la pared.            Miró la pared hasta que oyó ruidos de llaves y giró su cabeza hacia la puerta de entrada. Es Juan. Entra y se asusta al ver a María llorando en el suelo.            –María, ¿qué pasa? –y se reclina bruscamente junto a ella.            En su ritmo, todavía lento, María contesta –Me corté la rodilla.            Juan mira su pequeña mancha de sangre seca.            –¿Te duele?            María no contesta.            –No es nada, ya se te va a pasar –Juan intenta consolarla, acaricia su rodilla, luego de la un beso en el cuello, luego le toma las dos manos con las suyas.            María pierde la última lágrima. Cierra los ojos. Suavemente retira una mano de las manos de Juan. Y luego la otra.

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