Peti soltó la fregona como si quemara. Hacía rato que estaba esperando ese momento. Reconoció por los ruidos que provenían de la otra acera que comenzaban a llegar. Se asomó a la ventana con disimulo. Por fin era jueves, el ùltimo del mes. El Salón Marfil abría sus puertas para el Gran Baile de Rojo y una multitud comenzaba a darse cita en la calle donde, como todas las semanas, moros, negros, trabajadores de los invernaderos, latinoamericanos, rumanos,. se reunìan para estrenar sus mejores galas y husmearse, reconocerse, entrelazarse, darse la patita y sentirse vivos.
Peti solía espiar todas las semanas ese ritual desde la ventana de Ña Elbita, como llamaba a su patrona. Esta era médica y los jueves dejaba a Peti libre en horarios y accionar porque tenía guardia. Cualquier persona hubiera podido aprovecharse de la circunstancia, pero no era el caso de Peti. Ella adoraba a su patrona. Le gustaba su humor y buen trato, por ende, se esmeraba con la limpieza de la casa y hasta la decoraba con rosas que robaba durante la noche en la avenida del Puerto, gesto que esta agradecía sinceramente. La hacía participe de todos sus anhelos y desventuras. Le tenía profunda confianza, sentimiento que en una muchacha desconfiada como Peti no era fácil. La vida le había enseñado que era mejor reírse con todos, salir con muchos, bailar con unos cuantos pero hablar desde lo profundo de su corazón solo en ocasiones excepcionales. Como aquella vez que se enamoró perdidamente de Paco, el camarero, que hasta quería casarse con ella, pero que ponía como condición que olvidara a Kevin, el hijo que le sembró una borrachera. Peti, que podía dudar de todo, sentía, como un instinto casi animal, el límite de lo no negociable. Y encontró en su ama el alma que podía comprenderla
"Ay Peti!!!. Los hombres solo sirven para mal ejemplo! A quien se le ocurre querer separar a una madre de su hijito. Como si él hubiese nacido de una vizcacha." La vizcacha, aprendió Peti, es como un conejo grande y dientudo que no procrea Pacos y que habita en Argentina, país de Ña Elbita. "Sabe de la vida mi jefa. Por algo no se casó. Y siempre vestida como una princesa. Quizás nos entendemos porque al fin y al cabo ella también es inmigrante y desconfiada de los hombres" meditó frunciendo el entrecejo Peti.
Justamente era el vestuario de su señora lo que a Peti le causaba profunda admiración. En realidad Ña Elbita era todo menos medida. Cualidad que a una ecuatoriana del pueblo de Milagro le hacía feliz la vida. Peti adoraba ordenar la ropa que su ama dejaba en capas sucesivas sobre la cama todas las mañanas al elegir el atuendo del día. Y qué decir de los fines de semana! Los brillos asomaban entre las sedas de los chales y los terciopelos de las chaquetas marcando una geología del deseo y de la noche.
Peti, mientras ponìa orden, acariciaba cada prenda y olía su perfume cerrando los ojos, y abrazándolas hasta intentaba a veces unos pasitos de baile.
Pero ese dìa era diferente. Ña Elbita había partido de vacaciones. El viernes anterior le había dicho:
-Peti, me voy a Sicilia de vacaciones. Podrás quedarte en casa para alimentar al gato?
-Ni falta que me pida. Nero y yo nos llevamos chévere.
- Desèame suerte para encontrar un italiano guapo. El ama compartía con su empleada las mismas contradicciones...
-Ña Elbita. De noche todos los gatos son pardos. Y durante el dìa pà què lo quiere?
-Es cierto...Llegar el día y "qué comemos esta noche?." es todo uno... Ah, te quería pedir que aprovechando mi ausencia ordenes los armarios. No te molesta, no? Le dijo Ña Elbita con una sonrisa cómplice. Su señora sabìa lo que esto significaba para Peti, quien al escucharla sintió una alegrìa en todo el cuerpo: todos los vestidos, todos los zapatos, todas las blusas, todos los perfumes, tooodo a su disposición. Un inmenso sentimiento de libertad la desbordó, extendiendo sus límites. Pocas veces desde su llegada a España Peti se habìa sentido así de feliz. Echaba demasiado de menos a su pueblo natal, el olor de frutas y flores podridas que acompañaba a sus paseos. El sol caribeño que inundaba todo y embellecía los colores. La pobreza parecía menos pobre gracias a esa luz. Y la música... Y el ron... Y Tico... Tico, su "pelao", su último amor que respondió con una carcajada cuando Peti le comunicó sus planes:
-Oye Tico, quiero irme a España. Me dijeron que trabajando duro puedo juntar dinero para hacerme la casita.
-Jajajajaja. Una casita limpiando! Mira chica, no se qué es más difícil, que tu tengas una casita por limpiar o que te vayas y me dejes. Que no puedes vivir sin mí. No te das cuenta? Le dijo intentando atraerla hacia sì.
-Tú no te das cuenta que lo que no puedo es vivir contigo! Salvavidas de plomo, eso es lo que eres, como todos los hombres, menos mi Kevin, claro.
Ya se acordará de mí ese, pensó Peti, ya se habrá enterado de las remesas de la guesterunion que envìo. Mal rayo lo parta. Y que le salgan almagranas o como se llamen.
Pero ahora otro tema ocupaba su atención. Delante suyo tenia el mayor desafío que puede tener una mujer: el armario a su disposición, el armario y el baile del Salón Marfil, donde hoy la consigna es ir vestido de rojo.
Todos los jueves Peti se dedicaba a mirar por la ventana del salón. Allí era desde donde distinguía mejor la gente que se reunía antes de entrar. Ya podía saber quienes eran habitúes y quienes recién llegados. También conocía muchas de sus historias gracias a la Olguita, la mexicana, limpiadora del segundo, con la que solía encontrarse en el supermercado de abajo. La Olguita no se perdía baile, ni tampoco detalle jugoso. Peti, en cambio, aún no había ido nunca al Salón Marfil porque justamente los jueves tenía tres casas que limpiar y terminaba agotada. Además la piecita que alquilaba quedaba lejos y tenía una hora de viaje. Pero esta vez era distinto. Nadie controlaría si había hecho la limpieza. Tampoco tendría que volver a dormir a su cuarto. Comenzò el dìa dàndose un baño de inmersiòn de dos horas para el que consumiò cantidades caribeñas de shampoo y gel. Envuelta en bata de seda procediò a pintarse las uñas de rojo furioso. Se tirò en el sillòn grande para mirar televisiòn -tenìa que hacer tiempo-. Màs tarde habìa decidido fregar el suelo por el simple placer de sentir el perfume del limpiador.
Peti volviò a espiar tras las cortinas, su curiosidad crecía en la medida que conocía pormenores de las historias. Allá en la esquina estaba Carmina, la rubia. Esa era de aquí. Tenía un modo gracioso de "contar", repitìa los diálogos tal como habìan ocurrido y a viva voz. Semana tras semana siempre acercándose a la ventana, Peti se había enterado, como en un culebròn, de su amor por un rumano. Del principio, apogeo y fin de ese amor. La muchacha le tenía especial cariño a la almeriense porque la veía siempre muy alegre, riendo y vestida de oro o plata. O mejor dicho, eso era antes de que el rumano la dejara, porque lo que es ahora, la pobre, andaba con el gesto triste y vestida incluso de marrón, que por algo es el color de la mierda, fumando un cigarrillo tras otro, y mirando cómo el rumano se paseaba sin piedad con otra. "Pinchebuey hijo de la chingada" pensó Peti, que aprovechaba a la Olguita para enriquecer su vocabulario. "Ojala no se le pare". Un maullido de Nero le interrumpiò las maldiciones. El gato saltó sobre un sillón y comenzó a mirarla con desconfianza. "Ahí te quedas chico, que no eres capaz ni de una palabra, que tú también eres hombre!"
Apoyados en la pared vio a tres guapos fuertes y fornidos trabajadores de los invernaderos. De esos tenía las mejores referencias. Por las camas que habían pasado la prensa era muy a favor. Estaban impecables y repeinados. Peti fantaseó abrazarse al más alto y darle un beso en el cuello. Se imaginó hasta el perfume y el roce de la piel en su mano.
Sentado en la escalera del Paseo Marítimo estaba Mamadou. Sobresalía entre todos por su estatura y su camisa de colores, que sobre su piel oscura brillaba en la noche igual que su cadena de oro. Era un senegalès que había llegado hacia 20 años y no había perdido el acento. A Peti le causaba mucha gracia oírlo decir "chuchurrìo, todo chuchurrìo". Gesticulaba tanto como cualquier andaluz. Y como buen inmigrante veterano, su lenguaje estaba compuesto de otros lenguajes, y su acento de varios acentos.
Peti comenzó la búsqueda y captura. Las perchas eran investigadas, arrancadas de su lugar, desnudadas. A un costado de la cama fue apilando todo lo rojo o casi rojo que encontraba. Eso no le impedía en medio del frenesí, probarse lo que fuere del color que fuere. "Ay, que boniiiito, pero que boniiiito, que bacán" repetía a cada rato.
La música de enfrente ya se sentía. A pesar de las quejas de los vecinos nadie habìa logrado que en el Salón Marfil bajaran el volumen. La música le calentaba el cuerpo pero sobre todo los sesos, recuperando en su memoria el sentimiento de levedad y sensualidad que iba acompañando el ritmo. Quiso que ese momento fuese completo y se sirvió un vaso lleno de vino tinto que bajó de tres tragos, para llenarlo de nuevo. Se decidiò finalmente por una falda de satín elastizado y una blusa de terciopelo que le permitìa mostrar escote. Su "patrona" era una talla menos, lo que para Peti significaba una ventaja: cuanta curva tenía parecía querer estallar. Este conjunto realzaba sus dotes de alegre negra zumbona.
Llegó el turno a la bijouterie, primero probó con el color plata, luego el rojo, luego el oro, para terminar poniéndose una mezcla de todos que le pareció de lo más tentadora. Y para completarla qué mejor que un moño rojo brillante en el pelo. Hacía buen contraste con las medias negras de red y las botas rojas. "Una reina...-pensó- cómo se cambia arreglada!" Desde la ventana un grito la sorprendió. Entrevió por las cortinas a una brasileña gritar a su acompañante: "Vocè me enganhouuuu!!! Vocè va si lembrar de Clorinda!!!", mientras revoleaba su bolsa.
Peti achicó sus ojos con tristeza: vio a una mora jovencita con su pañuelo obligatorio y un bebé en brazos ir y venir desde una esquina a la otra, con gesto nervioso, intentando ver el movimiento del grupo. "Pobrecita, se muere de ganas de estar ahí. Si a mí me tocara ese destino, me fugo"
Giró la cabeza hacia la esquina. Mamadou seguía con sus amigos, pero los galanes habían desaparecido. Probablemente ya hubieran entrado. Solìan quedarse un buen rato afuera para saludarse con todo el elenco estable.
Paró un taxi, llegaban "las veteranas", así llamaban con la Olguita a las tres mujeres de arriba de 60 años que se emperifollaban como las de 20. Eran muy queridas por todos, y según la Olguita, no paraban de bailar. Eran las encargadas de preparar el festejo de los cumpleaños de los habitúes que allí se celebraban. Aparecían con una torta descomunal el primer jueves de cada mes. Cuando Peti escuchaba desde la ventana el Japiberdi cantado a los gritos, cantaba ella también.
Comenzó a maquillarse. Cargò las pestañas de rimmel hasta que le pesaron y utilizò el lápiz labial más rojo que pudiera existir. Cuando terminó de delinear la boca, se mirò, se gustó, hizo un gesto de monstruo y gritó "Y esto pà Tico que no creía en mí". Dicho lo cual comenzó a contonear la cadera y a enviar besos calientes a los múltiples pretendientes que se escondían tras el espejo. Vació su bolsa sobre la mesa de un golpe, dejando desparramar su contenido para pasarlo a la "de fiesta" que había elegido. Y sobre la pila de papeles, maquillaje barato, tickets de bus, apareció la foto plastificada de Kevin. La apretó contra su pecho y pidió mirando al cielo "Diosito, te lo encargo, que me crezca sanito mi niño, el más guapo de Milagro. Que cuando tenga su casita sepa que se la ganó su mamaíta. Ladrillo sobre ladrillo. La casa más bonita que se pueda tener." Se le humedecieron los ojos. Y aquí se quedó un segundo suspendida Peti en sus pensamientos. Hacía un tiempo que venía teniendo una sensación rara: confundía las palabras y las expresiones; los lugares y las costumbres. Le parecía que en su Ecuador también decían "venacàpacàaaa", o que en España alguien contento gritaba "que huevaaaà". Y hasta se había sorprendido pensando en la posibilidad que este lugar de paso pasara a ser el definitivo. Que la gente era en Almería tan alegre como en Ecuador. Que en lugar de volver a Milagro, fuese en España donde se reencontrara con su madre y su Kevin. Que aquí también había mar, y pescaito, y... Peti apartó todas las ideas de su cabeza. Hoy era un día especial. No quería que ningún pensamiento interfiriera en su camino al Salón Marfil. Ya una vez una extraña congoja sin forma la acaparó al escuchar en la radio "No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidaaaad"
Peti limpió la lágrima que le arruinaba el maquillaje, echó una última mirada al espejo.
Se gustó y sonrió. Volcó alimento para Nero como para una semana: "Vamo chico, tu
también está de festejo!" Se perfumó como un zorrino, y salió.