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Pallarés Calvi, Ámina (Jessica Dávila)

El muro



 

Yo también pasé miedo. Nunca había visto a nadie llorar como lo hizo aquel domingo Guzmán, en la cafetería de la plaza, frente a nuestra mirada enmudecida, todo flaco, cambiado. Fue el mismo domingo que descubrieron a Jéssica muerta en su dormitorio.

Aunque nunca he visto un cadáver, a ella me la imagino como si hubiera sido yo y no su madre quien la descubrió. La señora, después de aquello, partió al Retiro para, probablemente, no volver. Nadie vuelve del Retiro.

Muchas personas en el pueblo están llamadas a declarar. Todo el mundo tiene algo que contar sobre M y quiere contarlo. M, que en realidad se llama Bárbara, no es una de las nuestras, es decir, no ha vivido siempre aquí. Apareció un buen día con una maleta mediana y unos ojos muy grandes y muy oscuros. También era domingo y también estábamos casi todos repartidos entre la plaza y el café. Traía un papel en la mano izquierda, medio arrugado y tembloroso que mostró a Daniel, el camarero, a la vez que le preguntaba por una dirección.

Fue así como supimos que era la sobrina de Doña Celia y que venía para quedarse a ayudar a su tía, bueno, a su tía abuela. Doña Celia era la única Doña del pueblo. Se lo había ganado con el pasar de los años y con su obstinación a la hora de negarse a abandonar la casa para irse al Retiro. También es la única que hoy no ha querido venir al juicio.

Del resto estamos todos, nadie quiere esperar a que se lo cuenten. Como no había espacio suficiente en el antiguo juzgado, convertido en biblioteca tras años de inutilidad, se está celebrando el evento al aire libre, en la plaza.

JUEZ: ¡Silencio en la sala!, digo, en la plaza...

El Juez trata de controlar a la muchedumbre, para seguir con los testimonios, mientras M espera con sus ojos  de espanto y su bufanda gris.

La bufanda forma parte de ella, siempre muy abrigada, incluso en  verano, por ese miedo terrible a las enfermedades. Hoy se le acusa de propagar la única plaga que hemos vivido.

Llega el turno de Guzmán, el que mejor llegó a conocerla.

FISCAL: ¿Qué relación le une con la acusada?

GUZMÁN (con tono frío): Digamos que mantuvimos una relación sentimental.

Los presentes rompen de nuevo a hablar, porque recuerdan perfectamente esa “relación”. Cómo no recordarla, si él era la envidia de cualquier hombre y alguna que otra mujer. M tenía fascinado a todo el mundo desde el mismo día  en que llegó. Por su enorme manera de mirar y por sus historias extrañas. La gente se peleaba de forma disimulada por estar con ella y escucharla hablar sobre los peligros que acechaban en cada esquina; sobre lo que había visto allá de donde venía.

M nunca salía de noche ni se subía en el ascensor del  Ayuntamiento, porque podía ser atacada o quedarse encerrada y morir por falta de oxígeno. Claro que eso era antes de empezar a salir con Guzmán, que le sacaba como dos cabezas y la llevaba siempre abrazada, pequeñita, por donde quiera que fuesen. Estaba claro que él tenía todas las de ganar frente al resto de los muchachos, por la simple razón de que siempre ganaba en todo. Ella siguió teniendo miedo pero, cuando estaban juntos, sonreía más y tenía los ojos un poco más pequeños y relajados. Hasta aquel día en que él apareció llorando en el café e hizo que todo el mundo se diera cuenta de lo que estaba pasando.

Fue Guzmán el primero en notar los síntomas de la plaga y en señalarla como culpable.

Y ahora continúa hablando sobre ella sin mirarla siquiera, como si no lo mereciese.

FISCAL: Aha, y, dígame, ¿podría hablarme de la relación que unía  a la acusada con la difunta  Dávila?

GUZMÁN: Eran amigas, muy amigas. Pasaban tanto tiempo juntas, que  empezó a parecerse demasiado a M. Primero dejó de caminar sola por la calle cuando estaba oscuro; luego tampoco quería hacerlo acompañada, ni estar en su casa sin luces, ni subir en el ascensor, ni ver payasos... hasta que mandó llamar al arquitecto y le obligó a remodelar su casa para protegerla de terremotos, huracanes, maremotos e incendios. Luego se encerró en ella. Sólo su madre entraba para llevarle qué comer.

El público guarda silencio como forma de respeto hacia la única persona que había muerto en el lugar desde que todos tenían memoria.

Pero no sólo Jéssica Dávila cambió su comportamiento tras la llegada  de M. Floriana, la peluquera, empezó a robar pequeñas cantidades de dinero de los bolsos de sus clientas y a guardarlas en un agujero de la pared del baño, por si llegaban tiempos de necesidad y se convertía en pobre, que tenía que ser horrible según le había contado M. Así surgió la leyenda del Ratero. Entonces todo el mundo comenzó a desconfiar y a mirar con ojos raros. Se impuso el toque de queda por seguridad y los vecinos formaron turnos de vigilancia mientras a Floriana se le complicaba el asunto y se encerraba, a su vez, por miedo al ladrón.

Las historias sobre el Ratero aumentaban: había quien aseguraba haberlo oído entrar en su casa; quien juraba que lo había visto de cerca, mientras que otros se conformaban con su sombra o sus huellas. Las patrullas vecinales empezaron a ponerse nerviosas, teniendo en cuenta que sólo podía tratarse de una persona del mismo pueblo, y eso produjo algunos accidentes. Como el ataque al lechero cuando se disponía a efectuar el reparto justo antes del amanecer, o el puñetazo que le propinó un vigilante sin identificar (a partir de la segunda semana, empezaron a llevar máscaras) al pobre Anacleto, encargado de recoger la basura. Entonces la gente empezó a temer a los vigilantes enmascarados y a sospechar de nuevo de todos. La tensión fue en aumento, las leyendas crecieron, el panadero dejó de vender barras de pan porque había oído que los utilizaban como arma cuando estaban duras, se prohibieron las agujas, las máscaras, las reuniones de más de tres personas, se cerró el ascensor, se ordenó por decreto el cese de las tormentas, terremotos y fuegos de cualquier tipo...

Fue entonces cuando Guzmán apareció llorando.

Y unas horas después cuando  Jéssica lo hizo muerta.

La verdad es que Fátima nunca fue muy normal. Su mayor rareza fue cuando se empeñó en que la llamaran Penélope, aunque nadie le hizo caso. Bueno, eso y lo de levantarse siempre a la hora del amanecer y esperar en la plaza a que el sol saliera del todo, tanto que acababan por llorarle los ojos de mirarlo. Después compraba el periódico y lo empezaba a leer por la página de las efemérides.

Dicen que su madre la encontró colgada de una cuerda en la escalera de caracol que subía a su cuarto. No había nota, pero sí un montón de diarios viejos medio esparcidos por el suelo que había usado para subir hasta la soga. Las hojas estaban llenas de trazos de rotulador rojo alrededor de las palabras esdrújulas. 

Ahora los exámenes ya no se corrigen con ese color.

FISCAL: Entonces, ¿cuándo fue consciente de que le había contagiado?

GUZMÁN: El día en que al mirarla sentí algo extraño: miedo a perderla, como ella me decía que tenía. Cada vez iba a más y ya no sabía cómo pararlo. Hasta que M me abandonó y me di cuenta de que todo, no sólo yo, sino todo lo que había pasado aquí era su culpa. Porque antes de que llegara ella, ninguno de esos problemas existía.

Algunos arrancan a aplaudir con las últimas palabras del galán: la peluquera ya no se siente ratera, los vigilantes vecinales se han olvidado de las máscaras, el panadero reparte barras por doquier, los niños vuelven a reír con los payasos, el ascensor sube y baja sin sentido y la gente invoca a la lluvia y las tormentas.

Porque hay una explicación a todos sus males.

Porque hay una culpable de la plaga de miedo del último año.

JUEZ: Ahora es el turno de la defensa. (Dirigiéndose a M) Señorita, ¿tiene usted abogado?

M: (atragantándose con la voz) No, Señoría. Nadie ha querido.

JUEZ: Entonces, tendrá que hacerlo usted misma. Adelante.

M: Es... es que... es que no entiendo bien de qué se me acusa.

JUEZ: De propagar el miedo entre nuestras gentes con sus historias.

M: Pero... son historias reales.

JUEZ: ¡No en estas tierras! (golpea con su puño la mesa) Y ése no es un argumento que le exima de responsabilidad. Muchachita, usted vino a perturbar la paz de nuestro pueblo y gracias a eso debemos vivir con la trágica muerte de uno de los nuestros. Yo le declaro culpable y como castigo le impongo la tarea de construir un muro que rodee nuestras casas y las defienda de nuevas incursiones de extraños, así como de los problemas que con ellos pudieran llegar.

Ahora sí, el aplauso es generalizado.  

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