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Garita, Rosi (Almatinta)

El narval de oro

  - Y apareció el narval entre las olas escarpadas con el cuerpo cobrizo y el unicornio sobresaliendo entre las olas furiosas que amenazaban arrasar nuestra embarcación. Las olas se elevaban a la altura de esta casa y algunos unicornios emergían sobre la espuma por lo menos dos metros de alto… Mi padre me mostraba la altura de las olas extendiendo el índice hacia el techo de tejas rojizas de nuestra casa. Yo miraba hacia arriba e imaginaba entre el cielo azul y las nubes el narval con su unicornio dorado, que era casi hombre y que se habría camino entre las olas para guiar la embarcación de mi abuelo en las oscuridades del mar. Mi padre emocionado por el recuerdo se acomodaba el sombrero y cruzando y descruzando las piernas, las cambiaba de posición para continuar con las peripecias que viviera con su padre.   - Embistiendo las olas el hermoso caballo marino parecía entre las olas un ángel. Con astucia y agilidad asomaba mitad de su cuerpo fuera del agua abriéndose camino con la cabeza en alto. La movía a los lados con la gallardía  de un torero. Su unicornio resplandecía en la claridad del cielo y con él nos alumbraba guiándonos a través del mar por una ruta invisible para nosotros. A duras penas mi padre con sus hombres lograron controlar el timón. Seguir a ese ángel salvador que se encontraba al frente como un milagro y al cual nos encomendamos. Los hombres de la embarcación que eran pescadores a sueldo de mi padre estaban atemorizados pero mi padre aparentaba calma, tenía la confianza en que el narval nos guiaría a la salvación. Mi padre estaba contagiado de la confianza de mi abuelo pues sabía por boca de él varias historias de los narvales y él mismo había tenido una experiencia igual cuando era muchacho.  Me encontraba con mi padre sentada en un escaño bajo el almendro que crecía frondoso junto al gigantesco horno de adobe situado atrás de la casa. Había llovido y el cielo de las seis de la tarde estaba color rosa debido a los celajes. Tenía yo cinco años y mi padre era ya mayor, mostraba las primeras canas en su pelo. Era más joven que lo que soy yo ahora, que cumpliré los 97 si mi memoria no me juega una mala pasada, de esas que me atacan de vez en cuando. El rostro de mi padre estaba bronceado por el sol de las llanuras. Solía sentarme con él al atardecer cuando regresaba de las fincas de algodón, trabajo que dividía con la explotación de Las Salinas. Las Salinas era un lugar donde le habían puesto muros al mar para apresarlo. Ahí el mar se quedaba tranquilo como una vaca tirada en la arena para que los hombres lo ordeñaran. Una de las pocas veces que visité ese lugar con mi hermano Fredo; recuerdo que nos acercábamos a la orilla donde el mar estaba preso semejando pequeñas parcelas de cultivo. Fredo sacaba con un gancho de alambre hermosos camarones que poníamos en un guacal y los llevábamos a las pailas donde hacían la sal. Yo no tenía permitido acercarme sola, si quería hacerlo debía hacer señas a José con el guacal y él venía. José era el hombre más joven que trabajaba en esas pailas gigantescas empotradas en la arena. Era casi un niño. Se acercaba sonriente cuando lo llamaba y me llevaba a la orilla de la paila que hervía. En el brocal de metal poníamos los camarones que  empezaban a cambiar de color. Cuando habían perdido por completo su color blancuzco sabíamos que ya estaban asados. Esas salinas  habían nacido en mitad de las soledades del mar y del campo. Cerca de ellas no había alta vegetación, lo que hacía de ellas un lugar muy caliente, las plantas que sobrevivían esas soledades bajo el sol eran las plantas de icacos y los cornizuelos, que estaban siempre llenos de pájaros picoteando los  frutos que crecían durante todo el año. Los icacos que tenían dos cosechas anuales dejaban caer en la arena junto a la playa sus ramas cargadas de frutos que eran aprovechados por las igüanas y garrobos que llegaban hasta ahí despreciando los cornizuelos de los llanos. Una vez José recogió un mirlo pequeñito que cayó de la rama de un cornizuelo y lo crió en la casa donde se quedaban algunos trabajadores durante la semana debido a que vivían con sus familias en pueblos alejados. Este mirlo aprendió a imitar todos los ruidos que escuchaba. Imitaba los aplausos. El del motor del chapulín al arrancar. El sonido del tren. Y cuando pasaba un avión permanecía media hora imitando el ruido del motor a la vez que movía las alas como un aeroplano. Este bello lugar de Las Salinas no por ser bonito fue próspero. Al igual que el algodón, los arrozales y frijolares,  llevaron  a la ruina a mi padre.   En ese escaño bajo el almendro yo hacía volar la imaginación a mis anchas comiendo gofios en cartuchos de colores o guindas que papá me traía del puerto. Los gofios eran hechos de maíz pujagüa, que era tan morado como los caimitos maduros. Reventados en un comal caliente quedaban como rositas que eran cubiertas con miel de palo.  Las historias que papá me contaba de los narvales se remontaban a  antes del año 1900 y pasan como una cinta filmada por mi mente. Tan clara como en el momento en que las imaginé durante  la narración.  Contaba papá que el abuelo Jacinto pasaba más tiempo en el mar que en la tierra. A menudo lo llevaba en su embarcación cuando aún mi padre no cumplía los trece años. Me decía que fue en esa época en que desaparecieron los últimos narvales de oro del mar caribe. Los narvales venían del mar Ártico y cruzaban los mares del norte frente a Groenlandia, atraídos por el calor de nuestras tierras. Asentaron entre las Islas Azores y el mar de las antillas. De vez en cuando se adentraban al mar caribe dejándose ver por los pescadores cercanos a Jamaica, la cual se encuentra en línea directa con el puerto de donde salía mi abuelo con mercadería a las islas antillanas. Acercándose las navidades mi abuelo hacía cabotaje hasta los pueblos de Panamá. A la pesca únicamente se dedicaba cuando arribaba la langosta a las playas en busca de los pescadores o de cualquiera de los habitantes que quisieran tomarlas. Todos tenían derecho a ellas y eran para consumo personal. Eran tiempos en que la naturaleza marina no se había vendido todavía. Los narvales del Ártico tenían el unicornio de marfil. En tierras calientes el marfil mostraba una mutación, desarrollando un veteado con filamentos de oro alrededor del unicornio y por eso les llamaban narvales de oro. Varias veces mi abuelo Jacinto y su tripulación se encontraron con una manada de estos caballos marinos retozando en las aguas tranquilas. Una tarde. Un veinte Julio, encontraron una hembra narval que al principio confundieron con una sirena o lo que ellos podían imaginar que fuera una sirena. Era de una belleza imponente. Tenía la gracia de una gacela que corría en las praderas verdeazules del mar. Su cuerpo era blanco y la cabellera larga y cobriza con destellos dorados. A diferencia de los machos tenía los ojos rasgados y eran del color de la azúcar tostada. Los machos tenían la melena corta y crispada con los ojos redondos y negros. Poseían una mirada fulminante. Las narvalas tenían la mirada dulce y sosegada como los maizales acabados de florecer. Dijo papá que esa narvala que encontraron jugueteando sola por los andurriales marinos se sumergía, salía a flote y ágilmente se deslizaba en el agua hasta orillas de la embarcación, donde les acompañó largo rato haciendo maromas de niña coqueta. Los trabajadores dejaron sus quehaceres para mirarla. Hasta el abuelo Jacinto dejó el timón para observarla. Era un atardecer en pleno verano. La canícula se había desabrochado y lanzaba bocanadas de vaho caliente y húmedo. Así que con la complacencia del abuelo se tomaron un descanso a bordo con el maravilloso espectáculo que les obsequió la narvala.  Yo imaginaba la niña narvala jugueteando en el agua con su cabello dorado y sus ojos de china. Por ser tiempo de canícula Sirio estaría blanco y brillante. Como un zafiro en el cielo. Se  reflejaría en el mar donde la narvala lo usaría como espejo mirando su lindo unicornio de oro.  Y mi padre me hablaba también de la marisma. De las chuchecas y las piangüas que se reproducían como en un huerto y que ahora empezaban a escasear. Los únicos que seguían intactos procreándose pegados a las rocas eran los percebes que mi padre traía de vez en cuando y que mi madre al igual que el resto de los pueblerinos no lograba introducir en sus comidas por falta de costumbre pero que eran muy sabrosos. Mi padre encendía un cigarro que él mismo arrollaba y que eran hojas de tabaco de un pequeño sembradío que tenía cerca de la casa y al que le tenía mucha fe para hacer una buena venta. Con esta venta pensaba recuperar algo de unos arrozales que le había echado a perder un temporal que había durado tres semanas sin dar tregua.  Mientras tanto yo seguía con la niña narvala jugando en mi mente. La imaginaba retozando bajo la mirada complaciente de Sirio que la alumbraría. Posiblemente estaría enamorado de ella y tendría que esperar la próxima canícula para desde el cielo volver a mirarla.  Mi padre me  hablaba del otro mar. Del que ahora visitaba. Hablaba despacio. Saboreando cada palabra que decía. - Donde estuvo el primer puerto. En donde embarcábamos. Eso era un marjal que se extendía desde la orilla del puerto hasta la desembocadura del río. Los negros pobladores domesticaron el pantano formado por la anchura de la ría, haciendo un criadero de berros y verdolagas. Algunos más atrevidos se embarcaron en la siembra de arroz en pantano. Era cosa jamás vista por nosotros. Cortaban el arroz tierno y lo vendían a los chinos. Les iba bien con eso… Mi padre se restregaba la barbilla con los dedos para aflorar sus recuerdos. Y proseguía: - Ahora que volví allá. Después de estar alejado por treinta años de ese lugar, me arrepiento de haber hecho el viaje. Ya no existe nada de eso. Lo que hay es un caserío de pobres y mi recuerdo…   A pesar del desencanto de mi padre. Después de ese viaje del que él hablaba con tanta decepción vinieron otros. Un día decidió vender lo que aún no había perdido en sus malas inversiones agrícolas y nos trasladamos a esa tierra nueva donde había nacido y vivido toda su vida mi abuelo Jacinto. Compró mi padre una gran casa con árboles que yo creí al verlos que eran manzanos, y que resultaron ser unas cosas rojas que no tenían nada que ver con frutas, eran los sesos del árbol cubiertos de una cáscara dura que se habrían en trébol cuando estaban maduros, dejaban al descubierto un vegetal suave y con textura, por donde surcaban unas venas de rosa intenso que eran venenosas, los lugareños limpiaban los sesos de venas  y los preparaban con bacalao. Le acompañaban con pequeñas tortas aplastadas de plátano verde que se freían en aceite de coco. - Los narvales  de oro desaparecieron por amor al ser humano.         ¿Sabes porqué hija?- y papá se quedaba meditando con la barbilla apoyada en el torso de la mano. Luego continuaba hablando con sus frases largas sin dar un respiro y que yo luego imitaba al hablar: - Los narvales que llegaban de los mares fríos sufrieron una transformación en nuestros mares. El calor debió ser el responsable. No fueron su cuerno y organismo los únicos que sufrieron cambios sino que también cambiaron interiormente. Se volvieron animales amistosos y sensibles. Astutos e inteligentes. Acá no crecían como los caballos fofos con un cuerno de miniatura en la frente. Acá desarrollaban una belleza increíble que se unía a su astucia y ligereza convirtiéndolos en criaturas casi humanas porque además de estas cualidades habían desarrollado la cualidad del amor. ¡Si hija! Por amor a los pescadores salían bajo las tormentas a buscar embarcaciones extraviadas para llevarlas a su destino y eran fulminados por los rayos de las tormentas que eran atraídos por el metal de su unicornio. Esas criaturas eran capaces de llevar cualquier barquichuelo perdido en una tormenta hasta la playa como si tuvieran una brújula en la frente.   Contaba el abuelo Jacinto que en noches de verano. En los bohíos donde se hacían los bailongos. Con la música del güiro y los bombos.  Las risas y alborotos del baile. Se acercaban los narvales. Desde la playa se veían sus unicornios brillando en la oscuridad del mar. Eran como estrellas caídas del cielo que venían a jugar con las olas.  Junto a ese otro mar donde arribamos toda la familia. Mi padre tuvo su único negocio productivo. Para los tiempos de fiestas se iba al otro lado del país, de donde veníamos, y allá en las llanuras se proveía de vino de coyol que traía en barriles de madera y que eran la gran novedad del puerto. Era la bebida que toda mujer podía tomar sin ser mal vista. Aunque si se dejaba fermentar demasiado era peor que el guaro que se fabricaba a escondidas en las montañas. Para las fiestas largas como las de Semana Santa en que cerraban los bares y cantinas por varios días. Los hombres tomaban grandes cantidades de ese licor extra fermentado antes de los días santos. Así que les bastaba con acompañar un rato La Procesión de los santos que sacaban a pasear,  para quedar borrachos de nuevo cuando el sol les golpeaba la cabeza, haciéndoles subir otra vez la marea. Así seguían la fiesta toda la semana sin quebrantar las reglas impuestas por la iglesia. El vino de coyol se vendía barato en los caseríos de la llanura porque lo que los hombres que volteaban las palmeras iban en busca no era del líquido sino de la madera para construir marimbas. En octubre cuando el cielo se cubría de tantas estrellas que llegaban a marear y la luna era la más hermosa de todo el año en que alumbra como si fuera eléctrica, en las fincas se reunían los peones y sabaneros con guitarras junto a esas palmeras volteadas, en donde se habían abierto sobre el árbol pequeños pozos en la corteza. Lo cubrían con hojas de banano y lo dejaban varios días para que se llenara de líquido. Se dejaba fermentar  al gusto ahí mismo, esperando la primera noche de luna en que se aparecían los hombres con almuerzos envueltos en hojas de plátano. Llevaban frijoles refritos con tortillas, pescados asados y chicharrones con yuca. O bien, hacían un fuego entre piedras junto al tronco de la palmera y llevaban para asar de todo lo que encontraban en el patio de su casa o en el monte. Se miraban trinchados en pinchos desde pollos y cochinillos hasta codornices y gallinas de monte sin faltar algún tepescuintle o conejo. Lo que yo recuerdo de ese tiempo de cuando nos vinimos de las llanuras al puerto, era la Semana Santa en que me subían a una tarima y me amarraban a un palo forrado de tela blanca  para protegerme de una caída. Me vestían de largo y de blanco con alas de papel tisú y me llevaban en andas con otras niñas bajo el implacable sol del atlántico. Ese día me levantaban temprano para peinarme con colochos que me llegaban hasta la cintura y se demoraban mucho haciéndolos. Si yo no me dormía arriba de la tarima era porque me entretenía mirando al sacerdote que precedía la procesión. Llevaba una vasija de agua bendita y se acercaba a la gente que se apostaba en la acera a mirar. Cuando encontraba a alguien con facha de pecador calculaba la distancia y al pasar cerca le lanzaba un poco de agua. La persona alcanzada por el agua agachaba la cabeza asustada y avergonzada, persignándose mientras murmuraba por lo bajo algo así como: -gracias Señor por purificar nuestros pecados-. A mi me hacía mucha gracia la cara que ponían cuando el agua les caía por sorpresa. Muchas veces no podía aguantar la risa y mi madre que caminaba al lado de mi tarima tenía que llamarme la atención para que me pusiera seria. Otro recuerdo que tengo claro de ese tiempo está también relacionado con mi cabello. Se lo escuché a Teodora cuando me peinaba. Teodora ayudaba en el quehacer de la casa a mi madre y una de sus obligaciones era mantenerme el pelo cepillado y lustroso. Me lavaba la cabeza restregándome en el pelo la baba que le salía a las hojas abiertas de sábila. Me cuidaban el cabello dejándolo crecer lo suficiente para luego cortarlo y ponerle cabello a alguna virgen de las del pueblo y a la cual ya mi madre le tenía comprometido mi pelo muy gustado por su color rubio con hilachas rojizas. Pues fue a Teodora a quien le escuché decir cuando me peinaba que en el cucurucho de los coyoles se encontraban los nidos de macuá abandonados por los cuyeos, que son aves nocturnas  de montaña alta que cantan a partir de las doce de la noche y en su canto repiten clarito la palabra cuyeo. El nido de macuá es muy buscado y se vende muy caro porque es infalible en cuestiones de enamorar. Se arregla con perfumes naturales como el regaliz o el ylang ylang que son los preferidos, aunque también pueden usarse otros como el capulín. Un pedacito de este nido dentro de una bolsa minúscula de tela cruda sirve como talismán para atraer el amor. Debe llevarse prendida bajo la blusa o la camisa. El nido que se pone dentro del frasco con perfume, se usa pasándole una untadita en la piel a la persona que se quiere enamorar. Con el perfume y una oración al pájaro cuyeo, la persona cae rendida de amor a los pies de quien la requiere. Así se lo escuché decir a Teodora, que sabía todos los cuentos e historias del pueblo.   Un día mi padre se cansó de ir a las llanuras a traer vino de coyol. Aseguraba que las mujeres del caribe eran capaces de tomarse todas la montañas de coyoles y que él no quería dejar las montañas  peladas. Yo también creo que ya estaba muy viejo para estas andanzas. Para este tiempo  mi padre contaba nuevas historias en vez de las de los narvales. Cuando yo le preguntaba qué había sido de ellos me aseguraba que había sido una manada no muy grande la que se había criado en estos mares y que se habían extinguido salvando a los extraviados en el mar. Todavía quedaban en el puerto historias de otros viejos pescadores. Historias que flotaban en el mar como los cuerpos de los últimos narvales que quedaron al pairo alcanzados por algún rayo perdido. Mi padre me llevó una vez donde un viejo pescador amigo suyo que me contó haber sobrevivido de una tormenta porque un narval de oro tendido en las olas ya pronto a expirar lo había guiado con una luz en la frente hasta la playa donde quedó tirado su cuerpo.

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