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Pérez Aguirre, Ruth (Eucario Milfuegos)

¡Ah, los clásicos!



¡AH, LOS CLÁSICOS!     Cada vez, sentados a la mesa, papá empezaba a recriminarme por el tipo de vida que llevaba, que a su parecer era inútil por completo. Siendo su única hija, y por lo tanto muy mimada, me convertí en una persona lánguida, inconstante, y sobre todo aburrida.     Cuando era chica, papá y mamá se ocuparon en proporcionarme los medios para educarme, o como decían ellos, para civilizarme, y todo los rechacé. Por la hacienda desfilaron maestros de música y un hermoso piano, el que sigue  cubierto con un mantel, sin que le de uso. Tuve varias maestras de dibujo y pintura pero todas renunciaron ante mi indiferencia; otras de urbanidad, matemáticas, ciencias… Aparte mi mamá intentó enseñarme a tejer, bordar, cocinar, llevar una casa… y nada me entusiasmó aprender.     Yo prefería sentarme en los balcones y observar a los pájaros atravesar el infinito; mirar las hormigas haciendo un nuevo hormiguero, con tanto afán, como si algo urgente fuera a pasarles ese día. Disfrutaba también de caminar, vagar por el campo, reposar a la sombra de un árbol y soñar y soñar…, no sé en qué cosas pero así dejé pasar los años.     El tema principal de papá eran los libros, la lectura. A menudo sacaba algunos de su biblioteca y lo ponía en mis manos. Y yo, no bien los abría ya sentía ahogarme, así de fastidioso me parecía. Poco después, el libro regresaba a aquel lugar al que jamás entré; papá, en su empeño de entusiasmarme me decía que estaba lleno de clásicos de la literatura universal.     Papá y mamá ya no están conmigo. A veces, sentada bajo un árbol, resguardada del sol, recuerdo sus palabras que más bien eran súplicas.     --Cuando nosotros nos hayamos ido, te quedarás sola y te morirás del hastío porque no le has dado ninguna importancia a nada. Si tu vida no te interesa, al menos ocúpate en conocer la de los demás: ¡lee a los clásicos!, y encontrarás en ellos un mundo sorprendente que te cautivará.     ¡Pobre papá! Le encantaba leer, y se impacientaba cuando alguien decía que no le gustaba la lectura. Con mamá comentaba los libros y de esa manera los saboreaban como si fueran ambrosía. Aun así me negué a leer alguno, prefería conocerlos de oídas”.     La otra tarde decidí entrar a la biblioteca. Si mi papá siguiera vivo, ese día celebraría su cumpleaños; quise hacerlo como una manera de estar más cerca de él por un momento ya que desde su partida lo he extrañado mucho. Sentada en su escritorio, pasé los dedos por todos los objetos suyos que aún permanecían en el mismo lugar que él los dejara y así me sentí conectada con su ser. Aún olía a él, su presencia se percibía en el ambiente, en ese sitio que fue su placentero refugio. Me acerqué a los estantes con la idea de pasar las yemas de mis dedos sobre los lomos de los libros mientras, con lentitud, iba leyendo los títulos. Vi uno que me llamó la atención: Otelo. El sólo nombre me transportó a una tarde de lluvia, apacible, cuando tomábamos una taza de chocolate y pan francés, untado con mantequilla, y mis papás comentaban estaba obra. Yo seguía el hilo de sus palabras casi sin entender nada.     Lo bajé del estante y me dirigí al escritorio para leer sólo el primer párrafo. De pronto vi a un hombre salir de atrás de otro librero y dirigirse hacia mí, sin titubeos. Me asusté porque sabía que no había nadie más en la hacienda aparte de la gente de servicio. No pude despegar los labios que permanecieron cerrados por la fuerte impresión.     --Soy Yago –dijo, con voz autoritaria, a manera de presentación—con seguridad tú eres una espía de Otelo.     --No… no señor –contesté balbuceando como una tonta—no conozco a esa persona de la que me habla y…     Se acercó a mí, y tomándome de la mano, con fuerza, me condujo al lugar de donde había salido. Me aventó contra la pared y con un objeto filoso que me puso al cuello, amenazó con matarme.     --Si s e te ocurre decir algo de lo que has visto, perderás la vida en el intento.     --Se-señor –dije, temblando— yo no sé nada de lo que habla, se lo aseguro, por favor tenga piedad de mí.     --Es poco lo que debías saber, mujer estúpida. He estado induciendo a Otelo a dudar de la honestidad de su esposa Desdémona, y hoy mismo, llevado por sus irracionales celos, haré que la mate.     --No lo haga, señor, se lo ruego, mi papá decía que esa mujer era buena y que amaba al esposo, nunca le habría sido infiel  --repliqué, sin importarme nada, sacando valor de no sé dónde--. Buscaré a la infeliz Desdémona y le diré lo que trama en su contra. No debe morir inútilmente, ella tiene derecho a ser feliz…     No terminé de hablar porque ese hombre, llamado Yago, me asestó unan brutal bofetada que me hizo caer.     --No has entendido, mujer necia, tú también morirás si te encaprichas en cambiar el destino de ella… a menos que jures que callarás. —Me dijo, con los ojos impregnados de un brillo de maldad indescriptible. Estaba sentado a horcajadas sobre mí. Apuntándome con el arma me sujetaba de los cabellos con toda la furia de su otra mano. Intenté empujarlo, pero él me lastimó. Sentí  un líquido tibio correr por mi cuello. Yo no era una mujer acostumbrada a las fuertes impresiones; me desmayé creyendo que iba a morir en ese momento.     Pasados unos días sentí curiosidad por saber en qué terminaba esa novela de Otelo, yago y Desdémona y me atreví a ir de nuevo a la biblioteca en busca del libro que había quedado sobre el escritorio. Entré con sigilo buscando con la mirada a ese hombre, pero por fortuna no estaba, tampoco el libro. Con seguridad el ama de llaves lo había regresado a su lugar. Fui a buscarlo al librero, pero antes de dar con él una voz me hizo voltear.     --No se asuste, señora, estoy buscando a madame Renal, soy Julián Sorel, el preceptor de sus hijos. ¿La ha visto usted?     Me quedé paralizada viendo a un apuesto joven vestido con una sotana curil, y que lucía muy nervioso, desesperado, diría yo, como si se estuviera ocultando de alguien. Hablaba en voz baja, tratando que sus palabras no fueran a ser escuchadas por nadie más.     --No la he visto –contesté, sin saber a quién se refería. Se acercó a mí, y mirando a todos lados corrió hacia la ventana al escuchar un sonido proveniente de afuera. Me tomó de la mano para conducirme a un diván donde papá se acostaba a leer. Ahí me contó su triste historia, tan complicada y a la vez tan inmoral para mí. Sostenía una relación disoluta con la esposa del alcalde de Verrieres, la señora Renal, y vivían un tórrido romance que a ella la estaba conduciendo a la locura.     Julián Sorel venía a despedirse de la mujer amada, a raíz de un sentimiento de culpabilidad y de pecado que había llegado a convertirse en odio para sí misma y el cual había llegado a oídos del esposo. El atormentado muchacho iba a retirarse a un convento a terminar su noviciado, no quería marcharse sin ver por última vez a su amor imposible. Otro ruido, ahora del picaporte, lo hizo dar un salto. Sin decir palabra alguna se tiró por la ventana donde desapareció justo en el momento en que Antonia, mi cocinera, entraba con un té que yo le había pedido.     Aquella noche no pude dormir pensando en Julián Sorel y en esa afligida mujer que aseguraba amarlo tanto, tal vez más que él a ella. Al siguiente día me dirigí a la biblioteca y segura de que no iba a encontrarme con el joven, como sucedió con Yago, fui directo a la estantería de los clásicos franceses donde encontré el libro Rojo y negro, el cual tantas veces estuvo en las faldas de mamá mientras soñaba con los personajes. Cuando lo tuve en mis manos fui hacia la ventana que había quedado abierta la noche anterior y me asomé queriendo encontrar a aquel apuesto muchacho tan lleno de vida.     --Katherine, ¿eres tú?     Me volteé como impulsada por un rayo al escuchar una voz potente, pero a la vez llena de amargura, que hablaba atrás de mí. Tartamudeando, respondí que no era la persona que buscaba. Mis manos empezaron a sudar frío ante la recia presencia de ese hombre que me miraba de manera inquisitiva.     --Con seguridad estará en brazos de Edgar. Pero nadie se burlará de Heathcliff, no permitiré que la familia Earnshaw llegue a emparentar con los LInton, no estoy dispuesto a perder a Catherine, así tenga  que matar a todos los que se interpongan a mis deseos. Ella llegará a ser mía a toda costa, aunque me siga rechazando por ser un simple huérfano que no puede explicar su procedencia. Continuó diciendo igual que si estuviera hablando consigo mismo y yo no existiera--. Me he superado por ella, para estar a su nivel; me he enriquecido para realizar mi venganza. Conduciré a las dos familias a la ruina, ya lo verán…     --Señor Heathcliff –dije, con una voz tan débil que más bien parecía un susurro— en mi humilde opinión, creo que sería mejor que usted dejara en paz a esa Catherine y al tal Edgar porque ellos con seguridad se aman, ese es su destino. Usted no debe desperdiciar su vida llenándose de sentimientos de odio y venganza. Cuando la suerte está trazada no nos queda otra cosa más que hacer. Resígnese.     --¡Calle, no diga más tonterías! –Dijo casi a gritos--. Yo soy quien debe estar junto a Catherine hasta la eternidad, por eso he dispuesto que cuando muera sea sepultado junto a ella, mi único amor. Estas cumbres que nos vieron crecer guardarán nuestros cuerpos en sus entrañas porque así lo quiero yo…     Hearthcliff continuó hablando, pero su voz se fue perdiendo a mis oídos cuando lo vi abrir la puerta y salir mientras decía que iba a continuar torciendo aquel maldito destino que se empeñaba en separarlos. Fui de inmediato por el libro de Cumbres borrascosas y regresé a mi cuarto a leerlo hasta que el sueño me venció. Pasados unos días, aún mi corazón se encontraba embargado de un sentimiento de tristeza al conocer esa conmovedora historia. Regresé a la biblioteca a ponerlo en el mismo lugar en que papá lo había dejado la última vez. Sonreí al recordar sus recomendaciones, entonces decidí hacerle caso y tomé un libro al azar: El retrato de Dorian Grey.

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La T.V.

    Después de muchos dolores y problemas, nació el hijo de la sirvienta en la casa de su patrona. La mujer que la atendía comprendió de inmediato que se trataba de un parto difícil; ella no podría resolverlo sola. Enseguida suplicó que se hiciera traer a un médico, pero sus peticiones no fueron escuchadas, por lo tanto tuvo que ingeniárselas para traer al mundo a esa criatura la cual quedaba desamparada al morir la madre, minutos después.     La señora de la casa, doña Antonieta, permitió al niño quedarse bajo su techo pero sin poner el menor interés en él, al grado de no llevarlo siquiera a registrar. La criatura permaneció bajo el cuidado del ama de llaves y de la sirvienta nueva que reemplazó de inmediato a la muerta y la cual tuvo que ocuparse del niño el par de años que soportó el mal carácter de la patrona. Después de ella vinieron otras más quienes tuvieron que hacer lo mismo, aunque sin poner una sola gota de amor en atenderlo.     El Niño, como le nombraban, nunca salía de la casa al no tener quien lo quisiera llevar a ninguna parte, por lo tanto, sólo conocía la calle a través de lo que observaba desde las ventanas del piso de arriba o lo que lograba ver por una rendija del alto portón que los aislaba del exterior.     Su manera de conocer la vida había sido gracias a la T.V. la cual veía junto con la sirvienta de turno. En las telenovelas conoció la naturaleza humana, en los programas de entretenimiento supo de otras actitudes, y en los comerciales pudo ver para qué servían los productos y los sentimientos que iban mezclados con ellos. La T.V. sustituyó a su madre y a las maestras que debió tener. En las noches, ya muy tarde, disfrutaba de las películas de todo tipo que le llenaban la cabeza de fantasías.     Se enteró de la vida infantil de verdaderos niños, de sus juegos y travesuras a través de los relatos que doña Antonieta le hacía en esas tardes en que lo sentaba a la fuerza en una silla del corredor mientras ella se mecía en un mullido sillón relatándole sus experiencias de la niñez, ya que nadie en la casa deseaba escucharla. El Niño permanecía largas horas oyendo esas historias hasta quedarse dormido, aunque la señora no se daba cuenta porque ella, arrullada también con su voz, mantenía los ojos cerrados como si sólo en ese estado de ensoñación pudiera traer a su mente los recuerdos ya tan lejanos.     Una de las tantas sirvientas que pasaron por la casa, le enseñó el alfabeto y los números, los cuales reconocía en la pantalla en medio de un gran alborozo; pero de más de eso nunca pudo pasar ya que nadie se ocupó en enseñarle a leer y escribir. Otra de esas mujeres, con suerte porque ya no era un niño, le puso un nombre: Paco, porque así se había llamado un novio muy atractivo que tuvo. Pero este Paco sólo era eso, Paco a secas, no Francisco ni Pancho ni Paquito, ya que no era dueño del nombre, mucho menos de algún apellido, para él sólo era un mote como antes lo fuera el de Niño.     Pasado un tiempo, doña Antonieta puso una T. V. en la cocina y con ello, Paco pasaba más tiempo enfrente de la pantalla de la cual no quería separase en ningún momento pues era su única manera de conocer lo que sucedía afuera de su pequeño mundo. También le producía una enorme dicha ver que le era posible comer muchas cosas anunciadas en ese aparato luminoso. Se apresuraba a acercarse esos productos para tenerlos en el momento en que aparecieran y degustarlos al mismo tiempo que la persona del comercial. Estaba enamorado de los artículos de limpieza usados en la casa, los cuales aparecían todas las tardes en los intervalos de las telenovelas y demás programas.     Pero no sólo veía T.V. Desde muy pequeño ayudaba al jardinero a lavar el carro, los ventanales, a arreglar las macetas y hacer todo lo que se le solicitaba. En cuanto pudo hacer el trabajo solo, doña Antonieta retiró al empleado y Paco, aún siendo un niño, y sin darle ninguna paga, se quedó a ocupar ese lugar auxiliando a las mujeres en sus tareas, como el hombre de la casa que era.     Pasado el tiempo, una noche, solo en su cuartucho, vio una película que le causó mucha admiración por la similitud con su vida: un joven que vivía con una anciana decide matarla para quedarse con la casa y vivir feliz sin que nadie le diera órdenes. La idea le quedó muy fija en la mente como todo aquello que veía a diario.     Aprovechando una ocasión en que el ama de llaves se había ido a su pueblo a pasar una festividad con sus familiares, y la sirvienta se encontraba en una peregrinación que le tomaría muchas horas, Paco pone manos a la obra matando a la anciana de la misma manera en que lo vio en la película. De inmediato cavó un agujero en el patio para darle sepultura. Siembra, como bien sabía hacerlo, muchas flores alrededor embelleciendo el lugar.     Cuando regresa la sirvienta, entrada la noche, Paco le platica que doña Antonieta había muerto y ya estaba sepultada. A la muchacha le parece horrenda la situación y le recrimina diciéndole que era un tonto pues cuando una persona muere no se le entierra de inmediato sino se llama a un médico para dar fe y después se hacen los trámites de la defunción. Pero él nada de eso había escuchado con anterioridad, y como tampoco en la película se hizo mención alguna en ese punto, procedió como lo había visto hacer. Su propósito se debió sólo porque quería disponer de la única T. V. a colores que se hallaba en la casa, y porque doña Antonieta lo hacia trabajar mucho y no le daba tiempo para ver todos los programas de su interés.     Al volver el ama de llaves puso el grito en el cielo. Ya más serena decidió que debían rezar nueve días y hacer que Paco pidiera perdón por el error cometido. Con el paso del tiempo la mujer llegó a dudar de lo ocurrido pensando que doña Antonieta no hubiese muerto de forma natural sino que el tonto muchacho, en medio de sus fantasías, ya que era un poco raro, la hubiera asesinado.     Como la señora no tenía familiares ni amigos, igual que el personaje de la película, jamás nadie reclamó su paradero ni llegó ninguno a visitarla, excepto un  señor que aparecía una vez al año para notificarle el estado de sus bienes y al cual en esa ocasión se le dijo que la señora se encontraba haciendo una visita en otra ciudad.     La vida de los tres seres que habitaban la casa siguió su curso normal. Paco pasó la T. V. a colores a su cuarto y se sentía inmensamente feliz con el  ansiado juguete a su disposición. El ama de llaves enfermó un día y, obsesionada con la idea de que él hubiera matado a doña Antonieta y que pronto lo haría con ella para quedarse con todo, decidió regresarse a su pueblo no sin antes llevarse consigo las pocas alhajas que aún no habían vendido.     Sin el ama de llaves que estuviera fisgoneando, Paco cada vez se sintió más libre de hacer lo quisiera en la casa. Ahora casi todo el día estaba frente al televisor pues lo colores lo embrujaban. Mantenía también encendida la de blanco y negro, al mismo tiempo que la grande de color para encontrar la diferencia entre ver un programa de una manera y otra. Esto para él era un gran descubrimiento que lo obsesionaba, al grado de impedirle dormir bien.     Mantuvo abandonadas casi por completo sus actividades de la casa. Quitó todas las plantas del jardín y sólo podaba el pasto que había quedado, simplificando así un trabajo que detestaba hacer. Los vidrios de la casa permanecieron opacos al no haber ya quien les diera brillo. La sirvienta, ahora sin el ama de llaves ni la ayuda del muchacho, debía hacerlo todo ella sola, lo que la estaba cansando. No se iba de la casona porque la muy lista se llevaba los muebles y objetos de su gusto, de uno en uno, a una casa donde vivía con el novio.     Cuando creyó que era suficiente lo obtenido, le avisó a Paco de que no regresaría porque iba a contraer matrimonio. Este se sintió feliz de quedarse por fin solo. Pasados algunos días los alimentos se terminaron. No tuvo dinero para comprar más al no saber dónde llevaba la sirvienta los objetos de valor que remataba. Tampoco podría conseguir nada para comer ya que nunca había salido de la casa. No soportando más el hambre, muy a su pesar, apagó las televisiones y salió a la calle por vez primera.     Al cruzar y sentir la ráfaga de aire que emitían los coches al pasar percibió una sensación vibrante en sus venas jamás sentida, ¡era la vida, la libertad!, que lo llamaba a sus brazos. Sin saber que debía mirar a ambos lados antes de dar un paso sobre el asfalto, fue brutalmente embestido por un conductor quien de una manera aparatosa lo arrastró muchos metros bajo las llantas.     Los agentes de tránsito llegaron presurosos, la prensa también. Más tarde la televisión. Paco salió en todos los noticiarios del país. El muchacho, que en veinticinco años nadie había conocido, esa noche fue visto por cientos de miles de ávidos teleespectadores. 

La vida privada de una palabra

    --¡Me voy, me voy! Definitivamente me voy de este lugar cuanto antes, no soporto más vivir en el anonimato entre tantas palabras famosas y engreídas.     --Piénsalo bien, Ñufla, piénsalo bien. ¿Ya tienes dónde acomodarte?, o sólo lo dices movida por un berrinche –le dijo con voz suave, tratando de calmarla un poco, Ñandú, que vivía cerca de ella y con el cual Ñufla sostenía una bella relación de amistad desde hacía muchos años.     --Pues me voy, eso es lo único que sé. Ya está lista mi valija, ¡para lo que voy a llevar! ¿Qué puede detenerme aquí, en esta página, cuando no tengo el arraigo de lazos familiares? Es uno de los motivos que me mueven a hacer esto que te parece una locura.

–Decía Ñufla a Ñandú, casi llorando—. No cuento con la fortuna que posee la mayoría, como Zapato que tiene tantos familiares. ¿Has visto las fiestas que hace? Llegan muy contentos Zapata, Zapatazo, Zapateado, Zapateador, Zapateadora, Zapatear, Zapateo, Zapatería, Zapatero, Zapatera, Zapateta, Zapatilla, Zapatito, Zapatita, Zapatudo y Zapatuda. Y eso por mencionarte sólo a Zapato, ayer lo encontré bailando muy contento con zapatilla.     --Deja la envidia por un lado y céntrate en tu realidad, querida –continuó impasible Ñandú con su voz rodeada de un hermoso aleteo.     --Es que no puedo quedarme cruzada de brazos, Ñandú, no tengo a nadie, no sólo cerca de mí sino en todo el diccionario. ¿Crees que no me dan ganas de llorar cuando veo que muchas palabras, casi todas, tienen una familia con la cual identificarse? Cuando miro pasar a Tener, por ejemplo, me dan ganas de saltarle encima y atacarlo; no es ningún objeto cuya foto pueda verse, aun así su definición abarca gran parte de la página. Al encontrarnos, tiene el descaro de mirarme con sorna, con tal desprecio, como diciéndome que no tengo ningún derecho a continuar aquí, aunque ocupe un simple lugar de tan sólo dos sílabas. Y no se diga más de Pasar, Ser, Vivir… y todos esos vanidosos de primera.     --Ay, Ñufla, lo que pasa es que tienes la cabecita llena de cochambre. ¿No ves que ellos son verbos y están llenos de compromisos? Son muchas las cosas que hacen, por esa razón sus definiciones son enormes –le decía queriéndola consolar.     --Pues estoy harta de esta mediocridad. ¿Sabes que puedo irme de fiesta, mejor dicho hasta de juerga sin que nadie se dé cuenta ni pasadas varias semanas? Ah, pero que no hagan lo mismo Pascua, Papel, Pollo… a ellos sí que iban a extrañarlos; en cambio a mí ni siquiera un despistado escritor me buscaría. Soy tan insignificante que si me cambiara de página, por mi propia voluntad, nadie iba a notarlo. Pudiera conformarme con ser más pequeña, de significado muy corto, pero que al menos apareciera una figura que dijera: esta es Ñufla. Pero no, ni siquiera eso, ni yo misma sé qué definición es esa de “cosa sin valor”. ¡Qué vaguedad! ¡No lo resisto!     --Vamos, vamos, debes mirar lo positivo de tu caso. Tal vez en los diccionarios no seas una gran aportación, pero que me dices si te fueras a un glosario y…     --¡Bah! ¡Para qué quiero irme a un glosario si no se venden en las librerías! Mira qué cosas dices, Ñandú. Tú sí podrías irte a uno de animales y ser una palabra muy importante, con ese cuerpo imponente que tienes, pero yo ni eso puedo hacer, mi significado es tan poco “significativo” que no entra en ninguna categoría. Además, ¿te das cuenta que las palabras que comenzamos con “ñ” ni siquiera llegamos a ocupar más de una página en un buen diccionario que se precie de serlo? En muchos otros, que son pequeños, no aparezco por ningún lado. Eso me lo dijeron Ñú y Ñaña que siempre están en todos.     --¡Ya basta de lamentos, Ñufla! Resígnate a ser quien eres y lleva la vida con orgullo. Al menos sabes que los editores nunca te quitarán de tu lugar como hacen con algunas palabras que ya cayeron en desuso.     --Pues si piensan quitarme o no, antes quiero darles la lata –decía mientras desempacaba las cosas que había puesto en su valija— un día de estos voy a meterme en otra página y me cambiaré la “ñ” por la “n” porque sé muy bien que en otros idiomas no existe esta letra, y menos les da por buscarme. Es más, muchos de nuestros usuarios creen que mi nombre comienza con N. ¡Es terrible haber nacido para ser confundida por cualquier otra!     --Crearás un gran conflicto si haces tu capricho pues bien sabes que cuando los editores agregan alguna palabra, se suscitan problemas; algunas lloran y hasta los amenazan con irse de ahí porque les disgusta que si ocupaban el primer lugar pasen entonces a un segundo o tercero, y peor aún cuando con la palabra agregada se ven en la necesidad de pasar a otra donde no conocen a nadie, dejando a sus familiares en la página de siempre. Muchas no logran recuperarse nunca, psicológicamente, de ese trauma, de la soledad en la de pronto se ven inmersas.     --Mmmhhh –dijo Ñufla pensativa.     --Mira, creo que tengo una solución para reanimarte: ven a mi casa y sentémonos con una taza de café y, con papel y lápiz, hagamos una sopa de letras.     --¡Una sopa de letras! Te has vuelto loco, Ñandú, vete con tus plumas a otra parte, yo no estoy de humor para hacer sopas de nada. En primer lugar no puedo salir de día, quien quita y hoy, por ser lunes, a algún maestro se le ocurra pedirles a sus alumnos que busquen en el diccionario una palabra que desconozcan, que nunca la hayan escuchado y que jamás haya servido para nada, y no me encuentren.     --¿No decías que puedes irte de farra y que nadie lo notaría? Ahora quieres hacerme creer que sólo de noche puedes moverte de tu lugar. Anda, ya déjate de teatros y ven a mi casa.     --¿Pero qué clase de sopa de letras haríamos con esa cosa que llevamos como un sombrero? –contestó muy desanimada.     --En primer lugar, dejaremos nuestras “ñ” por un lado, no les haremos caso, y con el resto de las letras haremos la sopa y…     --Querido amigo, ¡tú encuentras soluciones para todo!, pero creo que no me servirá de nada. Tienes razón, debo quedarme quieta en mi sitio, y en ausencia de verdaderas raíces, los pocos habitantes de esta página serán siempre mis amigos y mi familia. En realidad soy muy afortunada de poder contar con ustedes. Cuando he necesitado la ayuda de Ñacundá, en medio de mis depresiones y nostalgias femeninas, no ha dudado en alentarme diciendo que también ella es una triste desconocida en los diccionarios. Lo mismo puedo decir de Ñaña y Ñaño, siempre atentos conmigo, de Ñaco, de Ñango, Ñaruso y Ñaure que nunca han dejado de invitarme a sus fiestas de cumpleaños. Así mismo Ñublense, Ñudo, Ñuño, Ñutir que aseguran que llevamos la misma sangre corriendo por nuestras venas.     --¿Ves qué bonito es vivir? Es muy fácil encontrar un amigo que quiera darnos la mano –agregó Ñandú secándose el sudor de la frente.     --Está bien, hagamos esa sopa de letras con “ñ” o sin “ñ”.

Mix Mix



Pseudónimo: EUCARIO MILFUEGOS

MIX MIX       Era domingo, y que mejor que hubiera caído en día de quincena para los señores Celestingo Baños del Corral y su muy distinguida esposa doña Ursulina Cristal de Baños, quienes se aprestaron, como cada quince días, a ir hacia ese mundo de magia y fantasía donde abundan las sorpresas traídas de la lejana China, a precios irrisiblemente “tentadores”.       Los señores Baños dejaban a un lado cualquier otra actividad dominguera antes de privarse de su máximo placer: visitar el supermercado Mix Mix.       Los niños Baños Cristal habían sido debidamente educados, bajo este ritual, por lo cual no conocían iglesias ni parques ni otra de las diligencias dominicales. Al igual que sus padres, disfrutaban a plenitud de esta única diversión. Por lo que ese domingo la familia en pleno entró a Mix Mix con un brillo goloso en los ojos, y una sonrisa que se les podía ver a gran distancia. Los amaestrados niños Remigito y Godofredito en cuanto los “soltaron” corrieron a las áreas dedicadas a los juguetes y golosinas, mientras sus padres recorrieran la tienda de extremo a extremo.       Don Celestingo se hallaba tranquilo en su sección favorita de herramientas donde había encontrado unas novedades increíbles, todas chinas, por supuesto, que le estaban haciendo agua la boca. Con un desarmador en las manos cuyo mango tenía forma de libélula, algo nunca visto por sus sagaces ojos, le daba vueltas y vueltas tratando de encontrarle un uso práctico, cuando de pronto ve llegar a Ursulina, toda nerviosa, pero feliz, para comunicarle de un hallazgo del cual necesitaba su punto de vista para comprarlo.       --¡Celestingo, Celestingo! Ven a admirar este prodigio que con seguridad llegó hoy mismo. Apresúrate, suelta ese desarmador que no te hace ninguna falta ya que tienes de todos los tamaños y colores, incluso los de miniatura usados por los relojeros. No te pierdas de ver esta preciosidad que acabo de descubrir.       --Pero, querida Ursulina, si se trata tan sólo de un recipiente para ensaladas. ¿Qué de particular le encuentras? Tienes en casa más ensaladeras que en un restaurante chino: de cristal checoslovaco, madera prensada, corcho, acrílico, aluminio, cobre, fibra de vidrio, latón ahumado, la psicodélica de los años sesentas, la de cartón chino laqueado, la verde vesícula…       --¡Ya basta! ¡Quiero ésta! Es bellísima; no pienses más en las otras y admira cuánta hermosura posee.       -- Lo único que veo es un simple trasto de plástico color lila…       --¡Celestingo, tú no tienes sensibilidad al arte! ¿Cuándo habíamos encontrado una igual? ¡Nunca! Esta es una verdadera oportunidad que no debemos dejar escapar, y menos ahora que el lila es el color de moda entre los artistas. ¿Sabías eso?       --No, para nada. Sin embargo no la encuentro práctica siquiera.       Pero don Celestingo lo pensó mejor y dejando a un lado sus negativas al ver que la cara de su mujercita se estaba descomponiendo y que se hallaba al borde de las lágrimas, cambió rápidamente de opinión y él mismo, con todo cuidado, puso en el carro de compras la que sería la nueva ensaladera. Y digo “carro” porque en este supermercado los usuales “carritos” son tan grandes y voluminosos que lo más correcto es decirle de esa manera, y aún así les queda chico el concepto.       Después del incidente pudo regresar ya más sosegado a la sección de herramientas, y con tan buena suerte, encontró un martillo eléctrico que era toda una “monada”. Con prisa, y el temor reflejado en el rostro por el pensamiento de que pronto se agotara el producto, tomó uno, hecho un mar de emociones y, abrazándolo muy fuerte, se fue en busca de un empleado para que lo probara.       Mientras tanto, la esposa se encontraba feliz y dichosa con un colador de plástico “utilísimo” que emitía un sonido de campanitas cada vez que lo agitaba, con lo cual daba por resuelto el problema del aburrimiento a la hora de cernir la harina. No cabía duda de que Mix Mix pensaba en todo. Ursulina se topó por casualidad con don Celestingo, cada uno iba con su propio carro repleto de cosas novedosas que deseaban compartir con los demás.       --¿Y esas toallas de baño, Ursulina?       --Las compré para que hagan juego con la ensaladera –le contestó llena de orgullo echando chispas por los ojos cargados de satisfacción.       --¿Cómo van a combinar si nunca estarán juntas? Ay, querida… --pero desviando su mirada de ese carro al suyo, continuó-- Deja que te enseñe esta cosita asombrosa que acabo de descubrir –dijo, desbordándole la boca de placer que se traslucía a través de la mirada.       Ursulina se armó de paciencia porque lo que menos quería era ver esas “maravillas” ya que de lejos una mercancía le estaba guiñando el ojo; sin embargo accedió de buena manera a retrasarse y concederle un par de segundos sólo por consideración de que él era quien pagaba la cuenta. El esposo, abriendo con mucho cuidado una cajita, sacó de ella algo que parecía un minúsculo dedal.       --¿Y eso qué es, mi vida? –dijo, extrañada.       Él, casi babeando de la emoción que le producía su hallazgo, sacó con una pincita una pequeña cosa que parecía un alfiler.       --¡Son clavos, Ursulina, clavos! Los más pequeños y delgados que nunca hayas visto.        --¿Y para qué te servirán?, tienes de todos tamaños, grosores y materiales, incluso de madera, con los cuales podrías armar una casa de leños de tres pisos.       --No sé, no sé… --respondió él nervioso, sosteniendo con temblor aquel tesoro, entornando los ojos como si estuviera imaginando todas las cosas grandiosas que podría hacer con ellos.       Remigito y Godofredito, ya para esas horas habían tocado y tratado de desarmar cuanto juguete cayó en sus manos. Llevaban en sus carros lo que les comprarían esa vez, a menos que los padres quisieran arriesgarse a escuchar sus llantos y gritos durante el regreso a casa. Habían encontrado unas bellísimas canicas de latón que brillaban muy bonito, aunque no rodaban del todo. Unos “palitos chinos” de caramelo cuyo rico sabor comprobaron después de abrir varias bolsitas, al primer descuido de un empleado, quien conociéndolos muy bien de sus otras visitas a la tienda, no les quitaba la mirada de encima. Para despistarlo, los experimentados niños tomaron un juego de “Serpientes y escaleras” con control remoto y unas matatenas electrónicas.       Más tarde se dirigieron a la sección de alimentos, con el empleado pisándoles los talones, para probar cuanta cosa ofrecieran las gentiles empleadas. Por fortuna se encontraron ahí con sus papás y el angustiado muchacho, quien ya tenía los nervios de punta, dejó de seguirlos. Ursulina le hacía ver a Celestingo que debían aprovechar una magnífica oferta de un paquete de sesenta y dos donas, de varios colores y sabores, cuyo precio de promoción era el de: ¡Sesenta piezas!       --¿Que haremos con tantas donas, querida? –Preguntó insistente el marido mientras probaba una— date cuenta que sólo somos cuatro, nos tocaría a razón de quince a cada uno, más la mitad de otra.       --Las empezaríamos a comer camino a casa. Te aseguro que los niños se sentirán felices, además, podrán llevarle todos los días una a sus maestras y congraciarse con ellas, ya ves que a los pobrecillos no los pueden ver ni en radiografía por lo inquietos que son.       --No sé si darte la razón esta vez, Ursulina, porque no creo que Remigito y Godofredito quieran comer hoy algo más después de todo lo que han “probado” aquí, y lo que les falta aún por saborear en las otras secciones. Los he visto “picar”: melón, papaya, guayaba y tunas con chile en polvo; fresas y plátanos con crema, quesos de todos tipos. Ya han tomado horchatas, rompopes, tés, cafés, jugos, yogurts, vinos de mesa, y comido jamones, chuletas ahumadas, longanizas y chorizos, mortadelas, tocinos, dulces, pasteles, bolillos… Pero en fin –agregó el entusiasta marido recordando por experiencias pasadas que lo más prudente es estar siempre de acuerdo con la esposa--, cómpralas, querida, para tomarnos un café con leche en la merienda mientras vemos los comerciales.       Apenas llevaban unas horas en Mix Mix, ameritaba pasarse tranquilamente otras más degustando cuanto les ofrecieran en materia de las últimas novedades alimenticias congeladas. Más tarde se tomarían el tiempo necesario para escoger unos cobertores que estaban bellísimos. Sí, ¡cobertores en pleno trópico! Pero estaba finalizando otoño y Mix Mix, queriendo complacer a sus clientes, se había esmerado en traerlos de todo tipo, hasta con calefacción para los más friolentos, y satisfacer a las familias como la de los Baños Cristal, y pudieran escoger entre una gama de dibujos que abarcaba desde animalitos y flores hasta paisajes mexicanos, todos ellos “made in China”.       Poco antes de cerrar, la familia, plenamente satisfecha, logró reunirse en las cajas. De regreso a casa iban felices platicando lo que descubrieron y que por desgracia los demás no tuvieron la suerte de ver. La alegría era mayúscula, en esta ocasión porque la próxima quincena sería en diciembre y habría muchas más novedades, además… ¡Llevarían el aguinaldo!

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