Solíamos, el poeta y yo, almorzar dos veces por semana en la cafetería de un amigo, localizada en el piso dieciocho de un edificio central. Más tarde, sin embargo, continuamos haciéndolo en el cuarto piso de uno de los bloques que conforman el centro administrativo del municipio y del departamento. Fue allí donde nos confirmaron el siguiente caso, que por insólito y dramático se torna más apasionante, como bien lo atestiguaron los diarios en su primera página hace unos días.
Se trataba de un joven cuya niñez estuvo marcada por experiencias muy contradictorias, debido a que los padres, en lugar de atender a su formación, se dedicaron a consolidar una pronta y bien cimentada fortuna. Los dos, en especial la madre que una vez dijo: “Prefiero un hijo muerto que mal encaminado”, eran personas de ideas fijas dentro de las mejores intenciones, educadas con base en preceptos moralistas a ultranza, los cuales esgrimían intolerantes contra quienes se atrevieran a cuestionar sus opiniones. Así, el niño no tuvo el privilegio de conocer horizontes despejados ni la orientación requerida en esa etapa de la vida.
Cuando se dieron cuenta del error quisieron rectificarlo asumiendo una conducta contraria de la que habían tenido hasta entonces, pero lo único que consiguieron fue hacer de él un estudiante mediocre, aunque normal en apariencia, por la sencilla razón de que el mal ya estaba hecho. Como la situación no sólo persistía sino que empeoraba, cuando la edad les pareció apropiada, decidieron interrogarlo, ofreciéndose como posibles mediadores en cualquier dificultad que tuviera. El joven, poco o nada se abría a confidencias, y no fue fácil convencerlo de que por formación y costumbre los problemas entre ellos podían resolverse con entera libertad. A regañadientes aceptó un diálogo con reticencias, presionado más que todo por las súplicas de la madre que no cejaba en el presente caso.
–¿Problemas con el estudio, hijo?
–No– respondió seco, el muchacho.
–¿Con tus compañeros de clase?– prosiguió el padre, tratando de apoyar a la señora.
–Menos– dijo él, ciñendo el entrecejo.
La madre insistió:
–Talvez te dejó la novia y estás triste... Pero no te preocupes: con tu edad, tu posición y tu presencia pronto encontrarás quién remplace a la primera.
–No me interesan las mujeres, y puedo tener las que quiera.
–¿Alguna enfermedad entonces?– aventuraron en coro los dos viejos, mirándolo de la cabeza a los pies.
–¿Qué les pasa? ¡No me interroguen más!
–Si tanto te molesta, desistiremos. Pero al menos concédenos la última oportunidad. ¿Te hace falta dinero?
–Tengo de sobra.
La respuesta pegó como un balazo sobre las mustias cabezas de los progenitores, que guardaron prudente silencio por temor a perderlo todo. El diálogo parecía imposible porque la actitud agria del muchacho creaba una atmósfera asfixiante en torno suyo. Pero cuando vio que no lo acosaban más, decidió, sin previo aviso, reanudar la conversación en los siguientes términos:
–Si se hace con verraquera, el trabajito da.
Los padres se entusiasmaron al ver cómo su hijo giraba de nuevo hacia las confidencias, y aprovechando la ocasión reiniciaron el interrogatorio.
–¿Y podríamos saber qué profesión tan especial es esa que aporta dinero en cantidades a un joven que ni siquiera ha terminado su bachillerato?
Él se permitió una pausa antes de responder, cuando ya sus ojos habían vagado por la ventana y el techo.
–Lo hago desde hace rato.
Ellos quisieron continuar, pero el joven les cerró el paso con su laconismo y sus desplantes verbales. Un silencio de plomo se abatió sobre el recinto, donde sólo se oía la respiración cansada de los viejos. Ninguno de los tres mostraba ira, pero la tensión creada era evidente y dura. A los pocos minutos, el padre se sintió indispuesto y pidió permiso para retirarse, algo que la señora consideró normal. Cuando intentó dar el primer paso hacia la puerta se fue de bruces contra la misma sin decir palabra y sin hacer esfuerzos para levantarse. La esposa se precipitó detrás, acompañada por la dentrera que andaba cerca en esos momentos limpiando porcelanas. Lo subieron al automóvil, con dificultad debido al peso y volumen del agonizante, y partieron raudos hasta dejarlo frente a la mirada del médico familiar, quien, cuando lo vio tendido en la camilla, diagnosticó sin sombra de duda la causa del fallecimiento.
Lo que siguió después fue rutinario y triste.
Pasados treinta días del trágico acontecimiento la señora intentó volver al tema que tocaba con la profesión de su hijo.
–Edgar: he sufrido bastante por la muerte de tu padre y por el difícil comportamiento tuyo, que no es el que corresponde a un joven de tu edad y educación. Es hora de hacernos más amigos y confidentes. Lo digo porque te considero persona inteligente y porque las madres tenemos sentidos adicionales para detectar y realizar actos insospechados con y por el fruto de nuestras entrañas.
–¿Y...?– farfulló él, sin prestar demasiada atención a los argumentos de la madre. Ella lo miró con una mezcla de ternura, súplica y premonición. Enseguida dijo:
–Podríamos hablar con un sacerdote amigo de tu padre; talvez quiera ayudarnos.
–¡Nadie necesita ayuda en esta casa!¡Mientras menos se metan con nosotros, mejor!
–Pero es que él...
–¿Acaso nos falta algo?
–No se trata de eso, hijo.
–¿Entonces…?
–Bueno... él es un gran confesor y tú necesitas quién te ayude, ya que no confías en mí.
Cuando la miró de frente, ella captó la carga de cinismo que despedían sus ojos, pero prefirió callar para no perder lo poco que había ganado. Durante un tiempo no se habló más del asunto y la tensión, en lugar de disminuir, aumentaba por la testarudez del muchacho y la angustia mal disimulada de la madre.
Una noche, después de pensarlo mucho, decidió invitar a su hijo para una charla en el pequeño comedor, junto a la cocina, donde solían reunirse cuando él estaba menos agresivo. Para la ocasión se compró un vestido que le sentaba muy bien; parecía una matrona clásica en su actitud hierática.
–Siéntate. Te daré un poco de café y unas galletas deliciosas que compré esta mañana en el supermercado.
–No quiero– respondió, mirándose las uñas, una por una, como si dentro de las mismas guardara algo muy importante.
–Tómalo; lo hice expresamente para ti. Hoy es un día especial y no se admiten los desprecios.
Entonces, dejando las uñas en paz, decidió alisarse el pelo mientras miraba el jardín interior, iluminado a través de la ventana. De pronto dijo:
–También te traje algo.
–¿Un regalo? ¡Muéstralo!– exclamó ella, sorprendida. En sus ojos brilló, como un relámpago, la esperanza de salvar la situación, ya trágica y fatal de aquella noche.
Él dejó de acicalarse el cabello y permaneció abstraído. Luego sacó un cuaderno que traía dentro de la mochila y se lo entregó, diciendo:
–Los tachados ya los despaché. Los que están limpios, pueden irse despidiendo.
La lista era larga en ambas partes y todos, además de la dirección y el teléfono, tenían anotaciones al margen.
Al ver lo que su hijo señalaba, sintió un estremecimiento aterrador; pero él, embelesado con aquel cuaderno siniestro, no se dio por enterado. Permaneció estupefacta ante la enorme hilera de sentenciados; sus manos y sus labios empezaron a temblar, mientras la frente, pálida y fría, mostraba los primeros síntomas de una humedad brillante. Más adelante, murmuró:
–Son demasiados muertos, hijo. ¿No te entristece tanto dolor?
–Plata es plata– masculló, y fue a sentarse junto al pocillo de café, con su violencia a flote. La señora, presa de confusión, quedó sumida en un silencio grave. Pasaron más de tres minutos, sentados el uno frente al otro, con los ojos bajos, alrededor de la mesa. Cuando quiso levantarse, ella lo atajó diciendo:
–Como rechazaste la entrevista con el Padre, podríamos hablar con un psicólogo. Él sabrá respetar el secreto profesional y tú debes pensar en la gravedad de la situación, porque ésta, sea como sea, tiene que acabarse.
–Tengo que salir– replicó él.
Intentó pararse de nuevo, pero la señora, tomándolo del brazo, lo sentó y le dijo:
–Quédate un poco más.
Su voz de súplica y rigor retumbó como una orden al oído del muchacho, y cediendo ante la presión del brazo esperó sin interés la continuación del diálogo. Ella se dirigió hacia el estante situado al lado derecho de la puerta, donde hizo ademán de secarse las lágrimas y sonarse la nariz con un pañuelo que tenía aprisionado bajo el puño de la manga.
Al regresar junto a la mesa llevaba escondido entre los dedos un frasquito diminuto que no alcanzó a ser visto por el joven. Cuando estuvo sentada, prosiguió:
–¿Es que no ves otra alternativa, ¡por Dios!, hijo?
–¿Alternativa…?
Enseguida metió la cabeza entre las manos. La señora enmudeció de nuevo, pero después de un momento, con voz cambiada y temblorosa por el llanto, continuó:
–Bebe el café, que se te enfría. Serviré una gaseosa para mí.
Acto seguido, revolvió dentro del pocillo con la cucharita, abrió el tarro de galletas y lo dejó sobre la mesa. El muchacho permaneció con la cabeza baja.
–Bebe– volvió a decir la madre, y le acercó el café. El joven levantó la cabeza y se acomodó mejor frente al pocillo. Nadie dijo nada. Masticó primero las galletas y fue bebiéndose el contenido con cierto afán, casi hasta la última gota. La señora siguió cada movimiento con mirada firme, y helada como los polos. Al ver que terminaba, preguntó despacio:
–¿Te gustó el café?
Fue una pregunta sin respuesta, porque al tragar el último sorbo empezaron las convulsiones, rápidas y cortas, de su dolorosa agonía. Luego el desplome fue total. Los ojos de la madre se inundaron más, y transfigurada por el acontecimiento se dirigió a la sala contigua, levantó el auricular y marcó un número.
–¿La policía? ¡Vengan pronto, por favor!
Dio la dirección y el número telefónico, antes de responder la pregunta formulada al otro extremo de la línea, colgando después con mano trémula. Cuando los uniformados llegaron, diez minutos más tarde, abrió la puerta y los condujo hasta el comedor donde yacía, aún tibio sobre el piso, el cuerpo de su hijo. Mientras la policía iniciaba las pesquisas para el levantamiento del cadáver, dirigió los ojos hacia el techo y con voz firme pero cavernosa, masculló: “Que Dios, en su infinita misericordia, se apiade de su pobre alma”.