Quien pasara por allí lo veía siempre sentado entre su casa y el matorral, que servía de límite con la vecina, justo en el centro, a una distancia perfectamente equidistante, entre las plantas y la vivienda. Rubicundo, flaco y con cara de nada… era la más aproximada descripción que en el pueblo se podía hacer de él. La casa, apenas dos ambientes consecutivos, descascarada y mostrando los viejos ladrillos de aquella época, cuando el ferrocarril construyo varias para el uso de sus empleados y los depósitos. Hoy, algunas con suerte otras no, son las viviendas que miran las vías muertas, al otro lado de la calle. Una enorme enredadera la abraza sobre uno de los costados, parece que quisiera devolverla a la tierra bajo el peso de su ramas, mientras la casucha, empecinada, la sostiene dando batalla sin tregua, en su afán de sobrevivir.
El pequeño terreno, salpicado de otras matas salvajes que, aportando su belleza, hacen menos basural el entorno.
Completando el cuadro, restos de todo tipo de cosas la rodean.
Cuando alguien pasa su ocupante saluda con un cabeceo apenas perceptible.
Aquella mañana algo alteró el inmóvil paisaje de la casa del Uberto… • Buenas, Don – saluda un hombre bajando de una camioneta - Uberto apenas acusa algo de vida, sigue sentado en su silla, impertérrito en la misma posición de siempre. • ¿Sabe donde vive Uberto Marini? Los ojos del nombrado se elevan • Aquí • ¿Esta él? • Soy yo • Ah… vengo de Maldonado, le traigo una carta del abogado de su tía, me tiene que firmar que la recibió. Con desconfianza deja que se aproxime. • A ver… - dice sin pararse - El hombre le entrega un sobre marrón abultado y una fórmula de recibo para que firme • Me firma por favor…- solicita extendiéndosela - • Pere… ¿como se que es pa mi? • ¿Es Ud, Uberto Marini? • Si • Bueno, es para Ud. • ¿Y quien dice que me lo manda? • El abogado de su tía, la que vive en Maldonado • Ahhh, si… la hermana de mi mama... • Eso no lo se… mire firme, me tengo que ir o devuélvame el sobre si no quiere recibirlo. Uberto una vez más medita sobre que hacer… apenas se distingue algún movimiento en todo él… • Gueno… ¿ande le firmo? Ya con fastidio el hombre le marca la cruz. • Aquí • ¿Tiene lápiz? Frunciendo la cara le da un bolígrafo Firma • Oiga… devuélvamelo… – dice al tiempo que tiende la mano, al notar que se lo quedaba - • Tome. Liberado, al fin, el hombre vuelve apresurado a su camioneta y parte.
Uberto con el sobre en la mano, continúa analizando que hará… Siempre sentado en el mismo lugar.
Ya pasado el medio día, ha tomado la decisión, lo abre… Allí se le informa que su tía esta muy enferma y se le pide como único pariente y heredero se haga cargo de la anciana. De su decisión dependerá continuar o no siendo el heredero de la mujer. Si no acepta hacerse cargo de ella, todo quedará para el hospital de Maldonado.
Ha pasado un mes y comparte con su tía la pequeña casa, en eso fue intransigente, él no se mudaría, seria ella la que vendría a su casa. Casi nunca se ve a la anciana, Uberto sigue sentado viendo pasar al resto de pueblo, cabeceando en respuesta a cada saludo.
Esa mañana, el dueño del comercio se sorprende al ver entrar a su futuro cliente… • Buenos días. • Uberto, ¿que haces por aquí?... ¿en que te puedo ayudar? • Aquí traigo $ 4.000, quiero un aire acondicionado, grande, el más grande que tenga –le dice poniendo la plata sobre el mostrador- Sin entender nada, el comerciante le muestra los que tiene en existencia. • ¿Este es el más grande? • Si • Bueno mándemelo • ¿Lo vas a instalar vos? • No… si no se. • ¿Te lo mando con el instalador, cuando te viene bien? • Ya… • Tengo que ubicar a Pedro, te lo mando a la tarde, con el aparato. • Bueno. • Uberto… • ¿Que? • Sobra plata… • Bueno, démela entonces. Con la misma mete el dinero en el bolsillo y sale.
Al llegar la tarde, Pedro baja el aparato y los elementos de conexión, de la camioneta • Buenas tardes… ¿Qué tal Uberto? ¿Dónde lo queres colocar? • Buenas Pedro… • Sobre esa pare… • ¿Aguantara? • Seguro Pedro le echa una mirada y comienza a trabajar. • ¿Y donde colocamos la entrada de aire? • En la primer pieza, es de la tía, ella dice que tiene mucho calor y como no sale… • Tengo que abrir un espacio… y estos ladrillos… ¿estás seguro que no se vendrá abajo la pared? A ver si derrumbo la casa…- le informa, mostrando la inseguridad que le da la edificación. • Deja todo listo, que solo quede hacer el agujero, yo me las arreglo, se como hacerlo pa que no se me venga abajo la pare…-le responde Uberto • Esta bien, acá te dejo colgando la boca de entrada y la rejilla que tenes que poner del otro lado – en pocas palabras le indica las labores faltantes para que este en uso. Pedro siente alivio, no confía en la construcción y Uberto siempre le dio algo de resquemor, por eso quiere irse cuanto antes. • Ta bien, además la tía esta descansando, voy a esperar que se levante, pa hacerlo…
El cuadro de la vieja casa ha sido modificado, hoy, sobre la pared que recorre sus únicas dos habitaciones se apoya el enorme aparato de aire acondicionado, blanco, nuevito, impecable, le da a la cuadra una imagen sub-realista de la realidad, al tiempo que es el comentario de todo el pueblo y pasaje obligado para aquellos que aun no lo han visto.
Domingo al medio día, han pasado más de dos años, desde que el aparato comenzó a formar parte del paisaje y ya nadie lo nota. • Buenas Dotor – dice abriendo la puerta del consultorio • Uberto, pasa… ¿qué te anda pasando? • A mi nada, es la tía • ¿Qué le pasa? • Mejor venga a verla • Dejame juntar unas cosas y vamos • Lo espero El médico recorre su consultorio metiendo en un maletín aparatos y medicamentos. • ¿Decime, a ella la atendían en Maldonado, no? • Si… pero desde que vino, no va mas al médico, allá • ¿Y quien la cuida? • Yo... • Eso lo se, quien es su médico, es lo que te pregunto. • Naides • Uberto, no seas animal, desde que vino, ¿no la vio ningún medico…? • No… Enfilan los dos a la salida.
Uberto abre la vieja puerta de madera, comida por la intemperie y los parásitos que habitan los vetustos tablones. • Pase Dotor Entra, la oscuridad reinante no le deja ver ni sus propios pies, solo percibe el frío, intenso… • Uberto, prende la luz, che… Apoyado en el marco de la puerta que une las dos habitaciones Uberto, da luz a la habitación. El médico se topa con el cuadro, sobre la cama esta el cadáver de una anciana, semi- momificado. Sin decir palabra, el profesional enfrenta al hombre con la mirada. • Se murió una noche, hace mucho, la encontré así… • ¿Y para qué me llamas ahora? • Por que tenían que pasar dos años y medio, hasta que juera legal mi herencia, eso dijo la tía… si moría antes, todo golvia pal hospital de Maldonado. • Por eso el aire acondicionado… - reflexiona el médico - • Si, Dotor, no se aguantaba el olor, por eso lo compre. El medico, toma el móvil. Uberto, aun en el mismo lugar, le pide • Dotor, hágame el certificado así se lo mando al abogado y listo. • ¿Y qué fecha le pongo? -acota el medico, mas por salir del tema que por otra cosa - • La de hoy… Ud. recién la ve, ta muerta, pone la de hoy y listo…- le dice muy fresco- • ¡No podes ser tan animal….! Esta muerta hace más de dos años, esa será la fecha, cuando la dictamine el forense…. – responde, mientras intenta usar el teléfono.- • Pero así no me darán la plata, ponga la de hoy, Dotor, déjese de jorobar • No voy a hacer un certificado trucho (*), para que vos cobres una herencia…ya lo sabes, es mas voy a llamar a la policía. Uberto se acerca despacio… Antes que el médico reaccione le clava el cuchillo entre las costillas, al tiempo que lo hunde empujando hacia arriba. El hombre da una boqueada y cae. Con mucho cuidado lo acomoda al lado de la tía. (*) Falso= modismo argentino.
Luego sube el nivel de frío del acondicionador al máximo, se saca la ropa ensangrentada, la mete en una palangana con agua y vuelve a su silla en el patio, seguro que nada lo delatara, no vinieron en auto y cuando entro en el consultorio lo hizo por atrás, nadie lo vio, ni al salir…. Y como le dijo que cortaran camino por los matorrales, del baldío lindero, tampoco lo vieron entrar por atrás a la casa….
En el fresco del patio y acomodado en su silla, piensa mientras ve pasar la gente… • Sabía que no se puede confiar en los dotores…. No se pa que jui…
En la habitación y bajo la cama, el teléfono móvil del médico con sus últimos estertores de batería, sigue llamando a la Comisaría sin respuesta… es la hora de la siesta…