Este esel teléfono de las llamadas perdidas. Miro con extrañeza este teléfono. Estéticamente no es ni mejor ni peor que otros. Es uno más de estos teléfonos funcionales que nos vemos obligado a usar cada día. Lo miro con unja extrañeza no exenta de curiosidad. Es uno de esos momentos, destinados a concluir pronto, en los que no está sonando, en el que el sonido no me sorprende. No tarará en sonar, pero ahora disfruto de este momento, ahora que puedo, y medito en este extraño teléfono. Pronto comenzará a sonar, y el mundo se volverá entonces un poco más extraño de lo que hasta entonces era. Así que ahora sólo medito frente a este aparato, en este silencio efímero, fugaz.
— ¿Es el Departamento de Atenciones Singulares?
— Pues verá, señora, aquí no somos muy singulares y, por el momento, no sé qué tipo de atenciones son las que usted necesita.
— Me refiero al Departamento que han creado recientemente en la Dirección Regional de Logística —explica la señora con gran conocimiento y breve paciencia.
— Aquí somos más bien antiguos, señora. Y en cuanto a la Logística, no andamos muy sobrados, pero tratamos de razonar lógicamente cuanto nos dejan las circunstancias. Si pudiera aclararme un poco más el motivo de su llamada se lo agradecería mucho.
La señora, con cierta impaciencia en la voz:
— Me refiero a la Dirección de Logística de la empresa…
— No señora, mejor no mencionemos nombres de otras empresas, por si acaso —le corto, muy a pesar mío.
La señora, decididamente enfadada y deseando colgar:
— Está visto que usted no va a ayudarme en nada.
—Cuánto lo siento, señora. Quizá la próxima vez.
Desagradable pitido en el oído de quien ha colgado con brusquedad, acaso cierta violencia. Luego el silencio, el dulce no oírse nada. Dispongo entonces de tiempo para meditar en las extrañas llamadas que recibe este teléfono. Un técnico de la Compañía me lo explicó. Lo cierto es que no llegué a entenderle muy bien. Al parecer, confluyen en este teléfono una serie de nodos virtuales, y también algunos no virtuales, o sea, más ciertos, y que muchas de las llamadas que no encuentran otro sitio adonde dirigirse son redirigidas hasta aquí. Le pregunté al técnico mencionado si no podían redirigirlas hacia otra parte, hacia otro lugar o, cuando menos, repartir las llamadas que se van perdiendo entre todos los teléfonos, como sería de esperar. Sin embargo, me dijo que, por cuestiones asimismo muy técnicas, que no estaban a mi alcance ni al alcance de ningún profano, me dio a entender, por esas no mencionadas y oscuras razones de orden técnico, si hiciera tal cosa el teléfono se quedaría a oscuras, que en lenguaje profano significa que no recibiría llamada alguna. Aquello me tentó, he de confesarlo, mas se impuso mi profesionalidad, y descarté la idea, por tentadora que fuera. Son necesarios esos silencios para meditar, pero me temo que si se prolongaran mas allá de lo esperable yo sería el primero en no estar conforme. Me vería teniendo que inventar yo mismo las llamadas, algo así como improvisarlas, y eso no me parece muy profesional, a mi entender. Suena ya.
Tras la llamada, otro silencio meditativo. Estos silencios me dan el sosiego que necesito para continuar atendiendo las llamadas. En estos silencios medito sobre las llamadas que se pierden, sobre todas las llamadas que se pierden y que llegan hasta aquí, tan desorientadas, tan lejanas, tan necesarias de atender. En estos silencios medito sobre las llamadas del mundo. Me son necesarios estos silencios, pero no quiero que se alarguen, no me gusta que se alarguen innecesariamente, pues quedan muchas, una infinidad de llamadas que atender. Estas llamadas que definen el mundo. En estas llamadas está todo, todo está en ellas. Ya suena, ya está su sonido, si no hermoso, al menos alentador.
— Sí, ¿quién llama?
Silencio, un preocupante silencio al otro lado. Un silencio que se prolonga más allá de la mesura. Un silencio que no quiero romper, pues el silencio es también parte de este oficio de atender a las personas y sus necesidades telefónicas. Mientras pienso de esta manera, el silencio sigue prolongándose. Al fin una voz, una voz muy débil, mue lejana, casi apagada.
— No sé quién soy.
He de confesar que no me esperaba esta respuesta. Ahora soy yo quien se queda pensativo, quien no entiende nada, quien deja que el silencio hable por mí, por mi extrañeza, mi muy honda extrañeza. Sin embargo, algo he de decir.
— Pues verá, si no me dice quién es no voy a poder ayudarle mucho. ¿Puede decirme su nombre?
— No sé mi nombre —me responden del otro lado. Ha tardado un momento en contestar, como si no entendiera siquiera qué es un nombre. Otra vez me he quedado en ese límite del no saber qué decir. Se hace necesario improvisar, la impagable imaginación telefónica.
— Está bien, habrá que darle un nombre para poder continuar esta conversación. Llamémosle Alguien, ¿qué le parece? —Al otro lado no parece que tengan ningún parecer sobre el asunto. No me cabe ninguna duda ya de que se trata de una llamada difícil. —Entonces lo dejaremos en Alguien. ¿En qué puedo ayudarle, Alguien?
Una pausa, una larga, inquietante pausa. Luego el hilillo de voz, la lejanía de las palabras, palabras al fin, palabras cuando menos.
— ¿Cree usted que puede ayudarme?
Por la ingenuidad, se diría que son palabras de niño. Sin embargo, la tristeza lo desmiente. Es una tristeza la de su voz más larga, una tristeza más desconsolada.
—Estoy aquí para intentar ayudarle, al menos. ¿Cuál es su problema? Aparte de no recordar su nombre, por supuesto.
— ¿Problema? ¿Qué es un problema?
La cosa se estaba poniendo cada vez más enrevesada. En el silencio del teléfono me pregunto cómo explicarle qué es un problema a una persona que no sabe su nombre.
— Pues un problema es aquello en lo que uno anda metido y no sabe cómo salir. Para ayudarle a hallar la salida están teléfonos como este. Así que nosotros somos las personas que estamos del otro lado. Sin embargo, eso de que estamos del otro lado no debe tomarse al pie de la letra, pues para resolver los problemas de las personas en verdad que todos estamos del mismo lado, que todos somos uno en este mundo para ello, por decirlo de alguna manera. No sé si he acertado a explicarme.
Silencio al otro lado, en el lado de las sombras telefónicas. Silencio quizá para meditar en cuanto ha escuchado, o quizá para otra cosa, quién sabe, quién puede saberlo. Silencio, triste, penosa ausencia de palabras, de sonidos, de lo que sea.
— Sí, he entendido lo que es un problema. No sé si tengo problemas. He entendido mejor que puede ayudarme. ¿Cómo puede ayudarme?
Ahora sí es sencilla la contestación, ahora que el tiempo ha pasado.
— Ya le estoy ayudando. Hablo con usted, me intereso por usted, le explico las cosas, le escucho, estoy en este lado.
— ¿En el otro lado? ¿Está usted en el otro lado?
— Sí aquí estoy aún. —Pero le pierdo, su voz, si es una voz, me suena lejana, muy lejana, cada vez más lejana—. ¿Podría hablar más alto, por favor?
— No sé... no sé cómo hablar más alto, lo siento.
— Era de esperar. Está bien. Hable como pueda.
— ¿Es ese el otro lado? —Insistía la voz, que era apenas una voz, un eco lejano.
— Pues... verá. Este es el otro lado, según se oiga.
— Y, ¿cómo es ese otro lado?
Me quedé un poco confuso ante la pregunta, y los silencios, los inquietantes silencios telefónicos se prolongaron durante unos instantes, que allá en el otro lado debieron ser aún más largos, más difíciles de sobrellevar.
— ¿Este lado? Pues el lado de acá no es ninguna cosa del otro mundo. Estoy en una habitación bastante reducida. Lo que sí tengo cerca es una ventana, la ventana por la que asoma el mundo. La ventana por la que me llega la luz del mundo.
— Ah, la luz. Hábleme de la luz. Sí, hábleme de la luz.
— Es la luz de la mañana. Estoy aquí solo en este pequeño cubículo, y en este silencio sólo puedo oír la voz que me llega de la línea telefónica. Por esta ventana alguna vez pasan los pájaros, los pájaros que van hacia lugares remotos. La luz que me llega ahora es de una mañana luminosa. Es una luz que hiere, porque te recuerda que hay lugares donde se podría estar. Es mi trabajo, es un servicio a los demás estar aquí, que no puedo abandonar. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en otros lugares que este día ilumina. No hay ni una sola nube en el cielo que veo desde aquí. Esto me trae recuerdos… —Me detuve al pronto, pues me había dejado ir más allá de lo profesionalmente correcto—. Pero usted no querrá que le hable de mis recuerdos.
— Sí, por favor, hábleme de los recuerdos —dice la voz, en la que se llegaba a notar cierta ansiedad.
Si quien llamaba lo pedía, ya era otra cosa. Accedí, pues.
— Recuerdo cuando vienen a posarse hasta el alféizar de la ventana los pájaros. Hablo, respondo a quien llama, pero me quedo mirando los pájaros que vienen a posarse hasta aquí. Veo a ese pájaro, al tiempo que atiendo la llamada, cómo se posa, cómo mira inquieto hacia todos lados. Dentro de un instante se habrá ido, pero ahora lo veo mover la cabeza con inquietud, con permanente inquietud, lo veo mirar hacia el suelo del alféizar en busca de comida, o lo que sea, lo veo mirar hacia adentro, y contengo entonces la respiración, escuchando, o callo si estaba hablando, para que no se espante cuando mira hacia aquí, pues este pájaro me trae noticias, me trae la luz del mundo, me trae todo aquello que no puedo ver desde aquí, todo aquello que pronto se irá, se echará a volar, y por eso callo. Da saltitos el pájaro, mira alguna vez más hacia adentro, sé que pronto habrá emprendido el vuelo, pronto. Ya se ha ido. Me quedo entonces en el silencio telefónico. Se ha llevado el pájaro en su vuelo esa luz del mundo que me había traído. Y me ha dejado aquí su tristeza. —Como la tristeza de este silencio presente que no puede prolongarse—. Otras veces vienen hasta aquí las palomas. Aves extrañas las palomas. Aman la presencia del ser humano, pero destruyen sus obras en piedra. Misterioso el arrullo el de las palomas, que genera desasosiego, ronquido que da el día, nada que parezca amoroso, inquietante el arrullo de las palomas. Me quedo a escucharlo, y callo. A veces se llena de oscuros presagios este silencio telefónico.
Me he callado. Y sin embargo, la línea se ha colmado con el arrullo de las palomas que algún día han venido hasta aquí. No sé si hasta el otro lado llega el lejano arrullo de las palomas. Se ha hecho el silencio. Silencio digital, numérico. Silencio al fin. En el otro lado callan también. No sé si callan con mis recuerdos. No sé si callan esperando oír el arrullo de las palomas en el alféizar. Alguien habrá de hablar si queremos que esta conversación se mantenga viva, alguien habrá de hablar si no queremos seguir para siempre en este silencio de añoranzas.
— ¿Sigue ahí, Alguien?
Sólo me llega ese inexplicable callar como respuesta. Luego un titubeo, algún ruido extraño que parece ser de la línea, más titubeos. La voz al fin.
— Sí, estoy aquí, creo.
— ¿Le han sido de ayuda mis recuerdos?
— Sí, no sabe de cuánto me ha sido de ayuda sus bellos, a veces tristes recuerdos.
— Me alegra haberle ayudado. Que al menos sirva a alguien tantas horas que paso aquí atendiendo el teléfono, tantas horas de soledad y llamadas. Sin embargo, me gustaría que me hablara de usted, la persona que hay al otro lado. ¿Quién es usted, Alguien?
— Ya le he dicho que no sé quién soy.
— Sí, es cierto. Dígame entonces desde dónde llama, qué hay ahí, en ese lado.
— ¿Aquí? ¿En este lado? Aquí no hay nada.
Me quedo callado. Me quedo sumido en las sombras silenciosas del otro lado. Pero no puedo dejar que estos silencios tenebrosos se adueñen de la línea.
— ¿Y la luz? ¿Cómo es la luz? —pregunté, y hasta yo mismo advertí la ansiedad escasamente profesional que traslucía mi voz.
— Aquí no hay luz.
— ¿No hay luz? —Ya no podía ocultar mi extrañeza, aun falta de profesionalidad, y todo ello ha podido notarse en la angustia de mi voz.
— Todo es oscuridad. Y silencio.
— ¿Silencio?
— Sí, silencio, si no fuera por su voz, la voz que me llega del otro lado, la voz que me sostiene, la voz que ilumina este mundo, este lado.
La voz se me ha quedado embargada en la garganta. A eso se debe el silencio presente. Me está diciendo que mi voz es cuanto sostiene su mundo. No me sale la voz. Y de haber salido, me hubiera temblado. Y aun temblando, ¿qué decir? ¿Qué palabras para espantar la oscuridad? No sé qué palabras pueden iluminar la oscuridad. Una voz me llega, muy lejana, muy lejana.
— ¿Hay alguien ahí?
— Sí, aquí estoy… aún.
— Hábleme, por favor, no se calle. Se me hace insufrible.
— Sí, ya lo sé. Sólo oscuridad.
— Oscuridad y olvido.
No sé si lo he oído o lo he imaginado, de tan leve, de tan lejano.
— ¿Alguien? ¿Está aún ahí? No se vaya, no se retire. Sigamos hablando. Le contaré otros recuerdos. No se retire, por favor, no se retire. ¿Puede oírme?
— …
— ¿Cómo dice? Hable más alto, le pierdo, le pierdo.
— Gracias…
La voz sigue diciendo algo, ininteligible ya, incomprensible. Aún continúa la voz diciendo alguna cosa que no alcanzo a entender.
Vuelve a dejarse oír, se pierde, se pierde…
Me tiembla el teléfono en las manos, temblor que se va extendiendo a mi garganta, a mi voz. La última de las palabras me ha llegado tan lejana, tan débil, tan levemente pronunciada que apenas he podido oírla, que podría haberla confundido con otra, que tal vez haya querido decir otra cosa. Ahora que escucho, algo parece que está diciendo la voz en el otro lado, pero apenas distingo lo que dice, se me pierde, se me pierde, del hilillo de la voz se deshebran poco a poco las vocales. Nada entiendo, no sé siquiera si habla, o es mi confundido escuchar el que imagina a alguien hablando al otro lado, el que imagina una voz tratando de hablar conmigo, una voz tratando de salir de la oscuridad.
— De la oscuridad y del olvido.
Es un murmullo ya lo que queda de la voz, apenas un susurro telefónico. Y en ese tan lejano susurro me parece oír algunos recuerdos, el lejano arrullo de las palomas, remotos cantos de pájaros. Una voz que se niega a desaparecer en la oscuridad y el olvido.
A veces me parece que es aquí adonde vienen a morir todas las llamadas que se pierden en el mundo.