Cruzar los Andes sin ser San Martín era una aventura para la que Catalina no se había preparado. Sin embargo ahí estaba, aterrada por la altura y enterrada en ese asiento de avión que, si todo salía bien, la instalaría definitivamente en un lugar de privilegio. A pesar del susto que le provocaba la cercanía de esos picos gigantescos sobre los que con seguridad se acabaría la película si el avión se estrellaba, se sintió una heroína cuando el comandante anunció el aterrizaje en el aeropuerto internacional de Santiago de Chile.
“Cata, por fin se nos dio”, le había gritado el Negro dos días antes del otro lado del teléfono, mientras ella dormitaba en la cama. “Prepará todo que nos vamos el jueves. Tenemos un contrato, sí, por tres meses, en una confitería de Viña del Mar”. Y ella, que ya se había acostumbrado a la monotonía de su habitación durante el día y al asco de la calle durante la noche, no tenía idea de dónde quedaba Viña y no entendía nada, así que se incorporó y le pidió a su hombre que le explicara todo, qué era eso del contrato, y qué quería que preparara si no tenían nada. Entre las interferencias y los gritos, alcanzó a entender que se trataba de la primera oportunidad de probarse como cancionista en un boliche nocturno, y aunque estaba bastante cansada y casi sin esperanzas, una lucecita le encendió el ánimo.
Catalina María Stagnaro, Caty para los viejos tanos que la habían traído a esta América benefactora cuando apenas tenía seis meses, empezaba a recuperar un sueño, el que arrastraba desde que en la casita de la Boca se paraba sobre un par de tacones de la madre, apenas cumplidos los siete años, y se adornaba con fantasías baratas, se pintarrajeaba la boquita con un rouge de ocasión, y ensayaba frente al espejo. La música siempre era la misma, algún tango compadrito, la obligada en aquella familia urgida por olvidar la aldea bombardeada y enraizarse en una patria nueva. Y cada vez que esto ocurría, y Cata componía un papel estelar, Marco y Julio Stagnaro, sus hermanos mayores, la observaban con recelo. Hasta su adolescencia sólo fueron miradas de advertencia, pero cuando la niña cumplió los quince años y en una fiesta familiar cantó frente a los más íntimos y los amigos con atuendo y gesticulaciones de profesional, Marco le avisó a su madre que no estaba dispuesto a consentir que su hermana se convirtiera en artista: “Si ustedes no se lo prohíben, la próxima vez que la vea con esa facha, le doy una buena tunda para que entienda”. Quizá fue por eso que cuando apareció el Negro los hermanos Stagnaro se inquietaron y mantuvieron durante tres meses una exasperada actitud de fiera en guardia.
El Negro era siete u ocho años mayor que Caty, los suficientes como para conocer los beneficios que la calle podía proporcionar a un hombre que no había nacido con vocación de laburante. Tampoco eligió ser chorro, aunque lo había probado, y justamente ese descarte lo decidió a mezclarse con gente enriquecida sin esfuerzos, pero que gozaba de protección para sacar adelante oscuros negocios sin caer en la cárcel.
Hugo Abel Morales se presentó a Catalina en una fiesta de barrio, con nombre y apellido, y agregando un alias, el Negro, que exigía una explicación porque la blancura de su piel no cuadraba con el apodo. “Me llaman así porque una vez hice saltar la banca en Mar del Plata. “Quince, impar y negro, gritó el crupier, y como era a ese número al que había apostado hasta el último peso, a partir de entonces, los que lo vieron me llamaron así”, aclaró.
Por aquel entonces, Caty tenía apenas dieciocho años y su experiencia con los hombres se limitaba a unos pocos muchachos que en algún baile le habían propuesto compartir una pieza. Aún no se había enamorado, pero el Negro la sedujo aquella noche, con su traje oscuro, sus pestañas de ensueño y esa voz masculina, tan protectora. A él también lo entusiasmó la tanita. De ella sabía que cantaba tangos, y por lo que podía ver, tenía una figura que prometía mucho más que canciones. Se propuso enamorarla y no le costó demasiado; fueron suficientes una caricia y un beso suave, pero prolongado, detrás de la oreja izquierda para rendirla a sus pies. Salieron varias veces a caminar durante un mes hasta que él le propuso conocer a su familia, quería formalizar y confesar sus claros propósitos para con ella. De esta forma, le permitirían más salidas. “Te amo, quiero que seas mi mujer para toda la vida”, le dijo aquel domingo, y cómo lo creyó aquella cabecita repleta de cursilerías de radionovela. Nadie, y mucho menos ella, sospechó que el hombre estuviera actuando su mejor papel cuando se presentó como el Contador Morales, al servicio del Banco de la Provincia. Todos estuvieron encantados de que el primer candidato de la nena fuera un hombre de bien y económicamente solvente, tanto como para encarar un matrimonio sin sobresaltos. Todos menos Marco, el Otelo familiar cuyo ojo atento descubrió en la primera visita algo que nadie advirtió. Morales había sacado de su porta documentos las fotos de sus padres para presentarlos a su futura familia política, pero de uno de los compartimentos se deslizó al suelo una tarjeta que el tano tapó con el pie para luego leerla a solas. En letras doradas podía leerse el nombre del novio de su hermana y debajo, en fina tinta negra, junto a una dirección y un teléfono, “representante artístico”, se aclaraba. Con cuidado, Marco elaboró su plan: primero llamaría a ese número para averiguar algo del fulano, y luego iría a conocer el lugar. Una voz femenina respondió el llamado, y luego de que Stagnaro se presentara con cualquier nombre, la mujer lo puso en conocimiento de los servicios y los precios que la empresa ofrecía. Le pareció que no iba a necesitar la visita para hacerse una idea. Marco hervía de rabia; sus sospechas se iban cumpliendo. Le dijo a la mujer que era amigo personal del señor Morales y que necesitaba hablar con él. Cuando se puso al habla, Marco reconoció su voz, y disimulando la suya, se hizo pasar por un antiguo cliente que buscaba volver al lugar, y como en otros tiempos el Negro le había recomendado siempre buena mercadería, deseaba saber cuál era ahora la mejor oferta en vigencia. El dueño del piringundín, no el Contador del Banco, le habló de una peruana, algo entrada en carnes, pero dada a hacer maravillosas fiestitas; de una cubana curvilínea, armónica, joven y dispuesta a provocar placer a cualquier argentino insatisfecho. “Pero si quiere algo especial, le recomiendo a una tanita que está por debutar; no le falta nada, como a todas las tanas, hasta puede cantarle un tango, no sabe qué bien lo hace... Y como si esto fuera poco, casi no habla, ¿no es la hembra perfecta?”, le recomendó al final como relamiéndose por aquel plato fuerte que lo convertiría en un ricachón. Stagnaro contrató el servicio para el día siguiente y aclaró que él mismo pasaría a buscar a la muchacha.
Aquel día Morales tuvo que esmerarse en el verso para convencer a Catalina, le habló de los escenarios que la esperaban si lo aceptaba como representante y esposo; la entusiasmó lo suficiente sobre el rebusque que tenía, paralelo a su empleo de Contador, y que si ella no veía inconvenientes, él no era celoso y podía compartirla. De esta manera se irían enriqueciendo en pos de la fama y una vida sin privaciones. Cata se asustó y al principio se negó, pero como el Negro le dio unas horas para decidir, y como para entonces el amor la tenía enajenada, aceptó con la esperanza de que ella se las arreglaría para sacar su propia ventaja económica.
Vaya sorpresa la de Cata cuando subió al auto y vio que el chofer era su propio hermano. Anduvieron unos minutos en silencio hasta que ella advirtió que se dirigían a su casa. “¿Qué pensás hacer?”, le preguntó con miedo. “Ya vas a ver, putita; yo te lo avisé a vos y a los viejos. No te van a quedar ganas de seguir jodiendo”, le respondió el otro. La entró tironeándola del brazo derecho, la arrojó en un sillón, llamó a los viejos y les informó que su hija frecuentaba la noche y acababa de inaugurar su vida de prostituta al servicio del fiolo que vino a presentarse como su novio. Y ahí nomás, le dio dos trompadas; una le amorató el ojo derecho, y la otra, le ensangrentó la boca. Después, fue el padre el que se quitó el cinturón y le cruzó el vientre y las piernas cuando trataba de incorporarse; y finalmente la madre la echó, le pidió a los gritos que se olvidara de que alguna vez había tenido familia. Dolorida y sin fuerzas, Catalina Stagnaro no sabía si conservaba algo más que su nombre. Salió despacito a la calle, sin nada, muerta de dolor, de frío y de miedo. Miró con tristeza los techos de chapa, húmedos por el rocío de la noche, las persianas de todos los negocios cerradas, y sintió que estaba sola para siempre.
“Por suerte te encuentro, amor, ¿qué te pasó? Seguí el auto y cuando vi que enfilaba para tu casa me imaginé algo extraño. ¿Quién te golpeó así?”, escuchó que le decía su Negro cuando acababa de sentarse en el umbral de un negocio a reposar sus dolores. Subió al auto y ya nunca más volvió ni supo nada del barrio, ni de su familia ni de sus sueños de ser cantante. A partir de entonces, trabajó para ese hombre que le regalaba ratos de amor en la pocilga que habitaron hasta que el fruto de su sufrimiento les permitió alquilar una piecita en el Once.
Así transcurrieron cinco años en los que asco y amor se mezclaron en el corazón de Cata. La promesa de ser cantante seguía latente, pero eran pocos el tiempo y las ganas que tenía de ensayar o aprender un tema nuevo, y cada noche perdía fuerzas y ganaba bronca por lo que parecía haber sido un sueño de infancia.
Cuando a pesar de todo, pisó la tierra chilena enfundada en un vestido sensual que el Negro había comprado para la ocasión, y atravesó el hall del aeropuerto tomada del brazo de su hombre, se sintió orgullosa y entusiasta. Un taxi los trasladó a un hotel de escaso confort y, después de recostarse un rato, salieron rumbo al Sinatra, el pub donde actuaría. El nombre de aquel garito le pareció un presagio que haría que su ignota voz argentina fuera gloriosa para sus sueños, y prometedora para los de Morales. El dueño del local había conocido al Negro en Buenos Aires como él se había presentado: “representante artístico”, y cuando después de un tiempo lo llamó para preguntarle si tenía una solista que animara su boliche, el Negro pensó en Catalina, la rebautizó Diana Fox y se la llevó para darle el gustazo a ella y seguir él con su descanso. “Comienza mañana por la noche”, le ordenó aquel chileno autoritario y machista, como ya le parecían casi todos los hombres que conocía. Se llamaba Javier, y tenía la osadía de llamar confitería a aquel antro. Le adivinó el gesto a la nueva cantante y la previno de que sus presentaciones deberían ser una muestra de excelencia y seducción. “Sí, sí, no se asombre, acá no viene cualquier atorrante mamao. Nos visitan militares, empresarios, altos jerarcas de la fuerza de carabineros, gente del espectáculo y del gobierno. Usted debe ser la mejor”, apuntó pretencioso. Cata arrugó, porque le entró la sospecha de que no soportaría la presión de semejante público; nunca había cantado ante un auditorio desconocido y mucho menos podría hacerlo ante éste que amenazaba ser de rango. El Negro, que adivinó la duda en su cara, le apretaba la mano mientras el hombre seguía con las recomendaciones y, sostenida por ese gesto de apoyo, aguantó aquel discurso hasta el final. Para quebrar el mutismo en el que había caído su mujer, Morales sugirió que la pusiera a prueba. Catalina se paró al lado del piano, se puso de acuerdo con quien se mostró dispuesto a servirla y cantó “Fumando espero...” como si lo hubiera ensayado toda la vida. Y aunque así no habían ocurrido las cosas, bien recordaba ella el canturreo atravesado de su madre y que luego, cuando supo leer y escribir, pudo traducir a un porteño inmejorable. Javier Melchor Hernández aplaudió a rabiar; el Negro se emocionó y lo siguió en el reconocimiento; hasta el pianista se puso de pie para felicitar a la recién llegada y le dio la bienvenida con un caballeresco beso en la mano. En apenas un minuto habían quedado atrás los engaños del amante, las palizas del padre y del hermano, y las noches de yiro y de llanto. Catalina empezaba su lenta, pero promisoria carrera de estrella.
La noche del debut fue emotiva. Cuando cantó el último tema después del bis final, el Negro la retuvo largo rato en sus brazos y ella se sintió agradecida por tan buena fortuna. Luego la llevó hasta la mesa de Hernández, que estaba acompañado por el gerente del casino y dos o tres militares. Todos y cada uno la alabaron, pero aún hubo algo más: el hombre más guapo del grupo, el gerente del casino local, hizo una seña al camarero, le dijo algo al oído, y al rato, llegó a manos de la artista un canasto con rosas rojas y una tarjeta: “Vaya este homenaje a la mujer argentina que ha seducido con su voz y su encanto personal al mejor de los chilenos”, decía, y debajo figuraba el nombre de aquel hombre, Martín Escalante Duero. El Negro Morales y Javier cruzaron miradas de asombro, pero como también eran hombres acostumbrados a la conquista para ordenar sin esforzarse, intercambiaron un gesto de complicidad que tendría, en adelante, serias dificultades para el negocio. Desde aquella noche y durante un mes, “el galante señor Martín”, como le decía Cata, no faltó a una presentación, y tampoco escatimó dinero al enviarle alguna joya, un tapado de armiño y un chofer, que de vez en cuando cumplía la orden de buscarla por el hotel y llevarla de compras. Cada una de esas atenciones venía indefectiblemente acompañada por una tarjeta firmada por el ilustre personaje en la que se exponía de modo profético: “Diana y Martín, por la victoria”.
Una tarde, el Negro, que presentía el galope del chileno petulante, negó que Cata estuviera en el hotel cuando Escalante la llamó por teléfono. Otra vez, comunicó al obsecuente chofer que la señorita Fox se encontraba descansando luego de haber sufrido una indisposición durante el ensayo de la mañana. Pero tampoco se le escaparon a Escalante Duero, machista y desconfiado, las maniobras del representante argentino de su cómplice y compatriota Hernández, de modo que, cuando logró atar cabos entre lo que unos negaban y la mujer desmentía, le propuso: “Cásate conmigo, Diana, te amo, tendremos nuestro propio Sinatra en Reñaca. Ya verás cómo estos pájaros tienen que echarse a volar y te dejarán libre también a ti”. Así lo decidió Cata después de una semana sin dormir, y no le resultó sencillo decirle al Negro que lo dejaba; después de todo, él la había traído hasta Viña y le había dado la posibilidad de soñar despierta. Morales se estaba afeitando cuando la ahora famosa Diana Fox le informó sobre su decisión de casarse con Escalante e instalar un pub propio unos kilómetros más arriba, sobre la costa del Pacífico. Agregó que en temporada se concentraban en el lugar gentes de clase media y alta que garantizaban el éxito de cualquier emprendimiento. El hombre se dio vuelta y la encaró con la navaja en la mano, la amenazó de muerte si lo dejaba. Y para asustarla aún más, la cortó levemente en una mejilla. Catalina lloró durante las dos horas que faltaban para la que ya preveía su última actuación en Viña, y, cuando ésta acabó, no pasaron inadvertidos para Martín ni el llanto ni el tajo que la mujer trataba de disimular bajo el maquillaje.
Esa misma madrugada, el Negro apareció apuñalado en la Plaza del Reloj, sin más evidencia que los quince puntazos cincelados en el torso. El famoso Sinatra fue allanado por los carabineros quienes encontraron drogas y armas de grueso calibre en la trastienda del local. Su dueño fue detenido, y luego procesado por tenencia y tráfico de armas y estupefacientes. Cuando por la mañana Cata recibió el periódico y vio en primera plana la foto del Negro ensangrentado, el Sinatra hecho un merengue y leyó la detención del empresario Melchor Hernández, lloró sin comprender, hasta que sonó el teléfono. Del otro lado una voz pretendió tranquilizarla: “Misión cumplida, cariño, vamos camino a la victoria. Sólo hacía falta librar un par de batallas”. En ese momento, Catalina Stagnaro pensó en su barrio, en su madre, en la escuela y en aquel espejo frente al cual se disfrazaba para ensayar sus canciones, y entendió que estaba sumergida en un barro más pegajoso que el de su infancia. Sin embargo, no quería retroceder, había escalado peldaños demasiado delicados para volver a esa lejana mugre. Revisó su cartera y todo estaba en orden, la veintidós y los papeles eran todo lo que necesitaba. Además, habían sido un regalo de bodas del Negro, como medida precautoria y para defensa personal. Después, preparó una valija, llamó un taxi y le ordenó: “Al casino, rápido”. El sereno le abrió la puerta sin preguntas, ya sabía quién era y a quién iba a ver. Ella recorrió el largo pasillo de la planta baja y, cuando entró a la oficina de Martín, él estaba de espaldas, hablando por teléfono. Se volvió al oír los pasos, pero Diana no le dio tiempo, porque había aprendido a ser una profesional a fuerza de convivir con rufianes. En un instante colocó la boca del arma en la nuca del empresario, y bajo amenaza de muerte, le pidió que firmarse un cheque por el importe íntegro de sus depósitos bancarios. El hábil y valiente chileno perdió la compostura, empalideció al darse cuenta de que estaba frente a una mujer ofendida que no lo amenazaba en vano, y al tiempo que firmó con mano temblorosa, le rogó que no disparara. Entonces, ella aprovechó su miedo para comunicarle que no habría matrimonio: no quería ser la mujer de un asesino. Escalante Duero debió asumir que a veces se pierde, aún siendo hombre, y no se extrañó cuando la oyó pedirle el dinero que guardaba en la caja fuerte, por si surgía un imprevisto. Mientras ella guardaba los fajos de dinero en el bolso, se quedó mirándola, estupefacto. Acababa de ingresar al mundo de los fracasados, con las manos y la caja fuerte vacías. Cuando estuvo solo, pensó en correrla antes de que saliese del edificio, quizás un homicidio más sería su última alternativa. Sin embargo, mafioso consuetudinario, mientras urdía una coartada recordó que alguien le había abierto la puerta del casino a Diana, y que quien hubiera sido sabía que él era el único que estaba allí. En esta ocasión, optó por su libertad. Después de los últimos acontecimientos en el Sinatra, estaba fichado y varios de sus cómplices lo habían abandonado por miedo.
Se fue por un tiempo de Viña, según dijeron algunos hacia el sur, porque el fracaso no es una buena publicidad para ciertos negocios, pero como no era el suyo un temperamento para permanecer alejado de la vida nocturna, luego de ocho meses, volvió a la zona turística y oyó decir que la Fox había abierto un boliche en Reñaca y que seguía cantando allí. No aguantó su curiosidad, y un sábado se mandó a ver si la encontraba. No le costó encontrar el local porque la información que le había llegado fue precisa. Lo de Stagnaro, le había dicho su compadre que se llamaba. Se ubicó en la mejor mesa, la más cercana al escenario para verla y oírla cantar, sin embargo, ella no apareció en el show. A Escalante le extrañó la ausencia, y le preguntó a una mesera por la diva. La muchacha señaló con un gesto una habitación de cristal oscuro, instalada exactamente en el centro del inmenso local. Él no alcanzaba a ver nada, pero seguramente desde allí, “la muy turra lo controla todo”, pensó. Se acercó para sorprenderla, quería saber qué cara pondría cuando lo viera. Asombrado quedó él, cuando vio a una mujer joven, de fisonomía particular, cara angulosa, algo hombruna, y cabello largo, brillante, que fumaba con parsimonia, arrellanada en su sillón. Golpeó suavemente el cristal y ella le hizo un gesto para que pasara por la puerta trasera. “Perdón, busco a Diana Fox”, le informó una vez que ella abrió la puerta, aún sin poder salir del asombro que le causaba, y sin determinar qué lo inquietaba en su impostado aspecto de diosa.
“La señora no está en el país, ricura”, respondió la mujer con pretendido refinamiento. “Ella viene una vez cada dos meses, hace un par de shows y vuelve a Italia. Está radicada allá. Este clima no le gusta desde que pasó aquel lío del Sinatra, ¿te acordás, bomboncito?”, preguntó sin cambiar de tono, mientras le señalaba unos retratos de Diana en los que se la veía posando frente a diferentes locales nocturnos. Todos los carteles de neón brillaban con el mismo nombre: Lo de Stagnaro. Él no dijo nada, y ella continuó. “Tiene una cadena en Europa, ¿sabés? Empezó con un par de ellos, en París y en Madrid. Nadie conoce el origen del dinero que utilizó para abrirlos, ni ésos ni éste, pero aunque se empeñaron en levantar denuncias, no pudieron comprobarle nada”. Martín Escalante se hizo el desentendido. “Después abrió otros; todos son un éxito: es la mejor”. Él siguió callado, pero sin quitar los ojos del rostro anguloso y de la nuez que parecía desafiarlo bailando en el largo cuello de la diosa al ritmo de la charla. Ella lo advirtió. “No me mires más que me vas a gastar, amor. Me conocen por Gabriela Santillán, y soy la gerente a cargo de este boliche. Y vos sos Martín, Martín Escalante. ¿Te sorprende que lo sepa? Pues no te extrañes, ella me lo dijo: Cualquier día aparecerá por aquí. Cuando lo haga, le decís que si lo vuelvo a ver, esta vez no lo cuenta. Y es que la Fox tiene agallas, muchas. Eso me pareció desde que se arrimó a mí aquella noche, en la calle. Me sorprendió tanto su proposición que incluso imaginé que ella era lo que no era, pero ya ves, parece que los hombres la jodieron bien jodida, y por las dudas que también la hundiera una mujer bien nacida como su madre, para llevar esto eligió a otra argentina, pero traviesa como yo”, enfatizó, remarcando las últimas palabras.