La noche está fría, dolorosa como este aniversario del absurdo. Hace siete años me convertí en la peor enemiga de mí misma. Hace siete años que vengo utilizando mis talentos a favor de mi propia destrucción, con un odio tan empecinado que podría decirse que mi ser alberga a dos entidades distintas enfrentadas y cada una entrenada para despedazar a la otra, como dos bestias de colmillos afilados que se encuentran atadas en extremos opuestos con cadenas que constituyen el único obstáculo contra un sanguinario manjar fratricida.
En el medio de las dos fieras que no llegan a alcanzarse, llora una niña aterrorizada cuyo llanto se pierde entre las dentelladas metálicas y codiciosas de los monstruos vigilantes. A veces pienso que si el odio pudiera tomar alguna forma humana, yo acabaría teniendo una gemela a la que aborrecería con tal fuerza que por extensión perpetuaría mi figura hasta el infinito.
Durante estos siete años he pensado más en mi que en los otros, acaso por arrebatar un poco de aquello que la vida ha rehusado darme ¿por qué el prado siempre es más verde en casa del vecino? Siempre he conservado la sensación de que la vida –tan exigente al imponer deberes- se ha olvidado que yo también preciso de victorias.
En mi alma la palabra felicidad resuena como un tañir de campanas en las ruinas de una antigua iglesia, un despropósito. ¿Tiene acaso sentido el repiquetear cuando el mismo toque despierta un resonar hueco, un tintineo de carencias, un vacío, como la H en la palabra Hotel?
Sí. Como la H en la palabra hotel. No se me pudo ocurrir analogía mejor para describir el fastidioso estatus de mi espíritu cansado, de mi cuerpo que se contraría cada vez que recuerdo a Adolfo en noches como esta. Porque Adolfo me enseñó el mundo de la nocturnidad, de las camas redondas, los espejos de techo y los polvos robados.
Adolfo en mis sueños, Adolfo en mis recuerdos, Adolfo en el agua transparente de la fuente del Jardín Botánico, porque Adolfo es en mí como una omnipresencia que me reconforta y me inquieta. Ni cerca ni lejos Adolfo. Hay noches en que siento las manos de Adolfo en mi cintura, los labios de Adolfo en mi cuello y regresa Adolfo a mis honduras como un rocío que se desliza por la vertiente, sin más pretensiones que evaporarse antes que el éxtasis se convierta en alba.
Esta mañana sentí su olor por toda la casa, un olor a madera, a bosque tibio y secreto, a rumor de aguas y a alas que se pierden en la espesura. ¡Como si hiciera poco tiempo que él se hubiese marchado!
Pero Adolfo no conoce esta casa, estas paredes tan vacías en las que, sin embargo, su silueta se pasea con asombrosa destreza. La realidad es cruel y yo solo pienso imposibles. A esta hora Adolfo debe estar dormido con ella, con la otra, porque desde este lado del espejo ella es la otra. A él lo siento tan mío que juraría que nos pertenecemos desde otras vidas remotas y difusas, en cuyos senos se han ido perdiendo los rastros de una legitimidad que se me antoja natural, antediluviana.
Pese a esta claridad, me siento culpable. ¿Cómo le explico yo a la sociedad que lo amo pese a que está casado?
03 de noviembre
De vuelta a la rutina. Odio los lunes, todo el trabajo acumulado, los expedientes amontonados con sus números de casos y los nombres de los condenados. Pobres hombres; alguien debería abolir la pena de muerte. Me parece que acudir a la pena de muerte como recurso es reconocer que la sociedad ha fallado.
Hoy en el pasillo vi a uno de los condenados, era negro y tenía miedo. El tragaluz proyectaba sobre él un rayo solar, ¿acaso una última caricia de Dios al cuerpo perecedero que hoy pagaba con creces una diablura espeluznante? Sus ojos me han suplicado ayuda, pero nada pude hacer.
04 de noviembre
Hoy ha sido un día hermoso. Me encontré con Adolfo en el ascensor y, aunque no hablamos, pude sentir que lo nuestro está vivo, que él me ama como el primer día. ¡Le vi nuevas canas! ¡Cuánta falta le hago! Salí del ascensor con ganas de verlo: de tenerlo cerca. Puede que a él le pase lo mismo. Pero esperaré a que se disculpe. Fue él quien me puso en duda con sus celos estúpidos.
05 de noviembre
El día pasó sin pena ni gloria. No hay mucho que contar, excepto que leí un anuncio curioso en el periódico, justo en la sección de clasificados, que decía más o menos:
“¿Estás involucrada en una relación sentimental dañina? ¿Tratas de terminar con un hombre que te hace infeliz y no puedes? ¿Reconoces que tu relación no tiene futuro y que tu pareja te utiliza? ¿Te sientes sola y culpable cuando tu pareja se desaparece durante días sin razón aparente? Si ese es tu caso, no tienes por qué sentirte deprimida. Llama al 544-0000 y haz la primera de las citas que te ayudaran a terminar con tu relación nociva. Será tu primer paso hacia la independencia emocional”.
La verdad es que me sentí desnuda al leerlo. Es como cuando un vidente al que creías charlatán empieza a a describirte con exactitud secretos que creías enterrados y bien apisonados en algún pantanal de la memoria.
Aun no sé si llamare. Me dan miedo los anuncios de los periódicos y la fauna sórdida que tras ellos se encuentra. Yo tampoco estoy exenta de fingimientos. Voy a medio camino entre la prostituida y la hipócrita. Al final de cuentas ¿qué es una amante sino un amasijo de pasiones que va tomando la forma del sujeto que a su gusto lo esculpe?
06 de noviembre
Hoy hice una cita con la psiquiatra, aquella del anuncio que vi ayer en el diario. Me toca ir mañana a las cuatro y eso me tiene ansiosa, porque nunca he contado mis cosas a un extraño y menos a uno cuya profesión tiene que ver con la locura, alguien que se lucra con la inestabilidad mental del prójimo. La locura como negocio.
07 de noviembre
Iba a escribir lo que me sucedió en el consultorio de la psiquiatra, pero tengo mucho sueño. Lo haré mañana sábado, tengo todo el tiempo del mundo.
08 de noviembre
Otro sábado sin Adolfo. Lo único que me consuela de esta soledad es que si yo lo extraño, porque era nuestra costumbre vernos los sábados, también él debe estar sufriendo en este mismo instante. O quizás no.
En todo caso, la cita de ayer fue el primer peldaño para olvidarlo. Me ha gustado mucho el encuentro con la doctora, aunque no desde el principio porque la sentía muy preguntona, curiosa por saber si mi padre y mi madre habían vivido juntos siempre y si alguna vez me habían decepcionado en la niñez.
Hablamos durante una hora, pese a que en los primeros quince minutos estuve a punto de abandonar la consulta, por un desacuerdo que tuvimos cuando ella quiso profundizar en cómo había sido mi relación con mi madre y yo le contesté que la relación “no ha sido” sino que “la relación es, porque hablo con mi madre con frecuencia”, “podría decirse que hasta más que cuando estaba viva”.
A este punto de mi respuesta la mujer se enderezó los espejuelos que ya estaban torcidos por la posición oblicua en que le gusta poner la cabeza cuando escucha o finge que escucha. Ella me contestó que resultaba duro contradecirme en algo tan importante para mi, pero estaba en el deber de informarme: “no es posible que puedas conversar con tu madre muerta. Toda imagen de tu madre que se aparece es una representación de tu mente para llenar un vacío, un asunto pendiente que no pudiste resolver con ella”.
Me enojé tanto que de hablar de mi madre pasé a hablar de la suya, pero en un tono insultante (luego le he pedido excusas a la pobre mujer), pero ella lo tomó con una paciencia sorprendente. Yo lloraba de pie junto a la ventana y ella –se llama Glorimar Gutiérrez- me invitó a sentarme de nuevo, con ademanes maternales y servilletas a mano.
A seguidas, le he contado mi vida con Adolfo, cómo lo conocí, los momentos hermosos que hemos vivido y la amargura que estoy viviendo desde que él me falta.
Debo confesar que la visita a la psiquiatra me ha servido de mucho. Siento como si me hubiese quitado un gran peso de encima. Además, en la sala de espera hice una nueva amiga, se llama Carla y también es abogada y, por lo que me dijo, está pasando por la misma situación que yo.
Sin embargo, me cohibí de contarle mis problemas porque me pareció muy parlanchina, de una incontinencia verbal escandalosa. Ni siquiera le importó que hubiera otras mujeres en el lugar para contar así sus secretos. Lo curioso es que las otras asentían en cada uno de sus planteamientos y una tal Marta propuso que se creara una sociedad de amantes, ¡Qué absurdo! Como si ser amante fuera una profesión u oficio…J De todos modos, me hizo gracia lo irracional de la proposición y les he dado mi número, por si acaso.
10 de noviembre
Hoy recibí una llamada de las mujeres que conocí en la consulta ¿puedes creer que piensan en serio constituirse en Amantes Sociedad Anónima para ayudarse mutuamente y socorrer a otras chicas en su situación?
Por supuesto que rechacé participar en semejante locura y negué, quizás con demasiada vehemencia, que yo fuera la segunda sucursal de un hombre casado, alegué que esa clase de comportamiento no se correspondía con mi formación cristiana y que ninguna mujer que tenga un poco de respeto por si misma caería en unas circunstancias tan degradantes y humillantes para su esencia de ser humano.
La verdad es que puede que sí -y puede que no- haya convencido a Marta con mi discurso, que es el mismo que utilizo siempre que se presenta el tema en conversaciones con amigas y compañeras de trabajo. Frente a ellas he aprendido a fingir la indignación, la lástima y el resentimiento exacerbado hacia las “robamaridos”, “las otras” y las “rompehogares” que abundan como una peste en nuestras sociedades, podría decirse que a razón de una o dos por cada matrimonio establecido.
08 de diciembre
Querido diario, un mes sin escribirte: un error imperdonable de esos que uno comete cuando se encuentra nervioso o muy ocupado y yo estaba a medio camino entre las dos cosas.
Hoy mi psiquiatra no hizo grandes descubrimientos conmigo, pero yo sí me he enterado de asuntos bastantes interesantes.
En la sala de espera supe por boca de las mismas mujeres del otro día –Marta y Carla- que han constituido “Amantes, Sociedad Anónima”, que según ellas es una institución “sin fines de lucro que agrupa a todas compañeras que están pasando y han pasado por la difícil situación de ser una amante, la número dos o la sucursal de un hombre casado”.
Lo de Sociedad Anónima es pura literalidad. No se trata una compañía de capitales, sino que sus fundadoras consideran que el “amantismo” es una institución antiquísima, siempre anónima y repudiada por gran parte de la población.
Como adivino algo de histórico en esta fundación, me gustaría transcribir las reflexiones de hoy. Si bien no recuerdo las palabras exactas, esta es la esencia de lo que alcancé a escuchar en la sala de espera:
-No. No tenemos derecho a usurpar un hombre que está casado con otra. Estamos conscientes de que eso no resulta conveniente a ninguna mujer, ni a la de la casa ni a la “de la calle”, como nos dicen. Pero sí estamos conscientes de que llegó el momento del cambio, el momento de que nos emancipemos de esta horrible sujeción, de esta humillación constante- proclamó Bertha, economista y asesora de un organismo multilateral en materia de dignidad de la mujer.
-¡Un momento compañera! Yo no me siento humillada. Puede que yo no esté en la mejor situación, pero no me siento vejada. Todo lo contrario. Mi hombre es un alto funcionario, un hombre que toma decisiones importantes, que me ama y yo a él, pero al que yo, lamentablemente, conocí tarde -protestó Rosa, secretaria bilingüe.
-Y si te sientes tan bien ¿por qué estás aquí con nosotras? –preguntó Loren, filósofa con especialidad en Lógica formal y dialéctica que desde que comenzó el tililá perdió todo interés en su ejemplar del Tratado de la Naturaleza Humana, de David Hume.
-No lo sé -contestó Rosa un poco apenada mientras jugaba a quitarse el esmalte con las uñas.
-¿Quieres que te diga por qué estás aquí? Estás aquí porque tu vida, al igual que la mía y la de esas otras que ves aquí, es una mierda. Un asco de cama media vacía, de amores de medio tiempo, de vergüenza 24/7 y de hijos que no llegan- exclamó Mildred, una dama de ojillos expresivos, cuerpo monumental y profesión desconocida, pero siempre cercana al poder político, una ex segunda dama.
-Yo pienso que nuestro deber consiste en retirarnos, en orientar a las nuevas para que desistan y en usar parte del poder que hemos adquirido, si es que tenemos alguno, para ayudar a los más necesitados, a los pobres-me atreví a proponer, sin darme cuenta de que con ello reconocía todo lo que antes había negado.
-Esa es una buena idea, la cosa más sensata que se ha dicho hoy -admitió Bertha, a quien la secretaria le anunciaba que ya era su turno.
-Propongo que hagamos dos reuniones semanales para trazar un plan de acción. Yo tengo los números telefónicos de varias chicas amigas mías que son segundas y de otras que he conocido aquí -sugirió Dinorah, fundadora de la entidad, junto con Marta, Carla, Mildred y Bertha.
Al final quedamos de acuerdo en vernos los viernes y los domingos. Por fin he tenido el valor de emprender algo. Me siento emocionada.
15 de diciembre
Wao, querido diario. He estado tan ocupada que en las noches caía rendida en la cama. Escribir hubiese sido un exceso. En los últimos días he estado trabajando duro con mis compañeras de “Amantes, Sociedad Anónima”. Son tantas las cosas que hemos hecho, que podría decir que al fin encuentro un propósito en la vida.
En menos de una semana hemos constituido nucleos de mujeres en todo el país y hemos contratado psicólogas para que las ayuden a salir de la relación de dependencia. La labor, debo confesarlo, ha resultado un tanto desgarradora. Hemos oído el testimonio de Rita, de 73 años, que nunca se casó ni tuvo hijos porque desde los 16 era amante de un terrateniente 13 años mayor que ella. La pobre esperó 30 años a que tomara la famosa “decisión”, pero él nunca lo hizo, siempre con argumentos nuevos. Al final, cuando el amado enviudó, se casó a los dos meses con una sobrina de Rita, flor rozagante que ya contaba los 20 años.
¡Ay los hombres! Esa especie enigmática y traidora, vendedora de cuentos e ilusiones que se agazapa detrás de un par de lágrimas cuando la cosa se pone color de hormiga.
16 de diciembre
Querido diario, ya no me acuerdo de Adolfo, como no sea para dar testimonio a otras mujeres para que no pierdan su tiempo con relaciones sin futuro.
Cierto, él aún telefonea para decirme que no puede vivir sin mi. No niego que estos argumentos me debilitan, pero recuerdo siempre lo que me dijo Flora Verdaca: “Primero se acercan humildes, para conseguirte por las buenas con palabras dulces, pero si eso no resulta, se ponen violentos o chantajistas y te dicen que si no vuelves con ellos te matan o se suicidan, ten cuidado, no le creas”.
19 de diciembre
En el grupo, gracias a Dios, muchas ya no sufrimos por esa causa. Hay quienes no se han liberado y aún continúan viendose a escondidas con sus objetos del deseo. Aún así, vamos a hacer de esta debilidad una fortaleza con el nuevo plan.
21 de diciembre
Querido diario, la huelga de piernas cerradas ha sido un éxito. Hemos recolectado dinero suficiente para hacer los primeros transplantes para los niños en condiciones de pobreza, gracias a las amantes no regeneradas, que presionaron a sus parejas para que las complacieran donando dinero para hacer las obras de caridad.
Diez millones de pesos reacudados en dos días. Es increíble tanta generosidad por parte de mujeres que nunca se atrevieron a pedir nada para sí mismas y por parte de otras que, acostumbradas a vivir en el lujo, prefirieron prescindir de la ostentación para convertirse en madrinas de esos pobres niños, que de otro modo no tendrían esperanzas. Ahora podemos decir con Maquiavelo que “el fin justifica los medios”.
24 de diciembre
La Nochebuena en familia. Desde que mamá murió estos tiempos siempre me traen nostalgia. Pero hoy, gracias a Dios, me he sentido en familia y en confianza. Después de la cena, las compañeras me invitaron a festejar hasta el amanecer para celebrar nuestra nueva vida. El alcohol nos puso happy en exceso y, eufóricas, decidimos pasar la Navidad en un viaje en barco hasta la Isla Paixpolis. Allí discutiremos la idea de un hospital infantil cuya construcción se hará con el excedente de lo que recolectamos con la huelga de piernas cerradas.
Partimos mañana a las nueve. Presiento que va a suceder algo grande, que el ritmo de nuestras vidas va a cambiar y que por fin estaremos en paz. He soltado las dos bestias de colmillos afilados que pujaban en mi interior. Y en el diario que escribo sobre mi piel solo hay espacio para un sustantivo que me obsesiona: Libertad.